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La misión del liberalismo (y por qué Argentina sigue sin cumplirla)

Por Gabriel Boragina ©

La historia de las ideas políticas demuestra que pocas corrientes han sido tan mal interpretadas —y a veces tan injustamente deformadas— como el liberalismo. Nacido para limitar el poder, proteger a las personas frente al abuso estatal y asegurar las condiciones necesarias para la prosperidad, el liberalismo presenta una misión clara y contundente: garantizar la libertad individual como fundamento del orden social. Ese es el hilo que une a John Locke, Adam Smith, Alexis de Tocqueville, Ludwig von Mises, Friedrich Hayek, Milton Friedman y tantos otros campeones del pensamiento liberal. Pero también es, paradójicamente, la misión que Argentina ha elegido ignorar sistemáticamente durante décadas.

Locke estableció que la razón de ser del Estado es proteger la vida, la libertad y la propiedad. Sin ese triángulo moral, no hay república que sobreviva ni ciudadanía que prospere. Smith, por su parte, demostró que el progreso económico depende de un marco institucional que permita a cada individuo perseguir sus propios fines en paz, bajo reglas generales y estables. Tocqueville advirtió que las sociedades libres requieren ciudadanos responsables, instituciones vigiladas y un Estado limitado para evitar la “tiranía suave” de los gobiernos que, con el pretexto de cuidar, terminan dominando. Ya en el siglo XX, Mises y Hayek alertaron sobre la deriva fatal del intervencionismo: cuando el Estado se atribuye funciones que exceden la protección de derechos, termina sofocando la iniciativa, distorsionando precios, destruyendo incentivos y, finalmente, minando la libertad misma. Friedman remató la cuestión: cada expansión del poder estatal implica una contracción proporcional de la libertad individual, aunque se la disfrace de “política pública”.

Todas estas ideas convergen en una tesis simple pero profunda: el liberalismo no es un programa económico, sino un programa moral. Su misión es poner al individuo en el centro, no como consumidor ni como engranaje productivo, sino como sujeto soberano de su propia vida.

Argentina: una traición sistemática a la misión liberal

En teoría, Argentina abrazó alguna vez ciertos ideales liberales —aunque siempre de manera incompleta y conflictiva—; en la práctica, los fue abandonando con sorprendente velocidad. Nuestro país eligió caminar por la senda opuesta: estatismo, corporativismo, discrecionalidad, regulaciones asfixiantes, impuestos confiscatorios y una cultura política que ve a la libertad con desconfianza y al Estado como tutor permanente.

La misión liberal exige reglas estables; Argentina ofrece volatilidad normativa.

La misión liberal exige respeto irrestricto por la propiedad; Argentina ofrece inseguridad jurídica y confiscación silenciosa vía inflación e impuestos.

La misión liberal exige gobiernos austeros y limitados; Argentina mantiene un Estado elefantiásico, voraz e ineficiente.

La misión liberal exige igualdad ante la ley; Argentina multiplica privilegios sectoriales, regímenes especiales y excepciones que benefician a unos pocos.

La misión liberal exige libertad de emprender; Argentina castiga al que produce, grava al que arriesga y desalienta al que invierte.

Así, la traición no es sólo institucional o económica: es cultural. El país fue naturalizando la idea de que siempre hace falta un “Estado presente”, aunque ese Estado no logre cumplir eficientemente ni sus funciones más elementales: seguridad, justicia, educación y moneda sana. El resultado es un círculo vicioso que los clásicos liberales describieron con precisión profética: cuanto más falla el Estado, más reclama la sociedad que el Estado intervenga; y cuanto más interviene, más destruye las condiciones para funcionar correctamente.

Los campeones del liberalismo, hoy

Si Locke viviera en Argentina, preguntaría dónde quedó la protección de la propiedad privada frente a la inflación crónica que licúa salarios y ahorros.

Si Smith analizara la maraña impositiva, concluiría que el sistema está diseñado no para incentivar el trabajo, sino para castigar la productividad.

Si Tocqueville examinara nuestras instituciones, advertiría con alarma la proliferación de feudos provinciales, el uso político de los recursos públicos y el estancamiento cívico que surge de la dependencia estatal.

Si Mises y Hayek observaran el entramado de controles, subsidios, regulaciones y distorsiones, lamentarían cómo el intervencionismo destruyó la coordinación espontánea del mercado y la responsabilidad personal.

Si Friedman estudiara nuestro Banco Central, lo citaría como ejemplo perfecto de cómo la discrecionalidad monetaria es una máquina de empobrecer.

La misión liberal como tarea pendiente

Para que la misión del liberalismo se cumpla en Argentina, no basta con reformas técnicas ni con discursos promercado. Hace falta un cambio profundo de valores: recuperar la noción de que la libertad individual no es negociable, que la ley debe ser un límite al poder y no un instrumento al servicio de intereses corporativos, que el progreso es hijo de la responsabilidad y no del asistencialismo, y que la prosperidad depende más de las instituciones que de los gobiernos.

La misión del liberalismo no es gobernar “para el mercado”, sino gobernar para la libertad. Es asegurar un marco donde cada persona pueda elegir, crear, comerciar, asociarse, invertir y proyectar su vida sin miedo a que el poder político cambie las reglas o confisque el fruto de su esfuerzo. Es devolver al ciudadano la dignidad de ser dueño de su destino.

Argentina todavía está lejos de ese ideal. Pero conocer la misión del liberalismo —y entender por qué los grandes pensadores la defendieron con tanta convicción— puede ser el primer paso para reconstruir un país que, alguna vez, creyó en la libertad y, si decide hacerlo, todavía puede recuperarla.

''Republicanos y liberales'' (2da. Parte)

  Por Gabriel Boragina ©

En la primer parte de este tema nos lamentábamos de lo que denominamos una de las desgracias (aparte de la económica y política) de LLA[1] en Argentina: la de dividir y enfrentar artificiosamente a liberales y republicanos desde el mismo gobierno. Aquí vamos a ahondar un poco más sobre este tópico.

La identificación entre liberalismo y republicanismo no constituye una invención reciente ni una interpretación caprichosa. Por el contrario, representa una de las conclusiones más firmemente asentadas en la historia del pensamiento político moderno. Aunque la tradición republicana posee raíces antiguas que se remontan a la Roma clásica e incluso encuentra importantes antecedentes en Maquiavelo, el republicanismo constitucional contemporáneo —el que caracteriza a las democracias occidentales— no puede comprenderse sin la decisiva influencia del liberalismo. Las instituciones que hoy identificamos como propias de una república constitucional son, en gran medida, el resultado de la evolución del pensamiento liberal desarrollado entre los siglos XVII y XIX.

John Locke fue quien proporcionó los fundamentos filosóficos de esta transformación. Frente a la concepción absolutista del poder, sostuvo que los hombres nacen dotados de derechos naturales anteriores y superiores al Estado: la vida, la libertad y la propiedad. El gobierno no crea esos derechos; existe únicamente para protegerlos. Cuando deja de cumplir esa función o se convierte en su principal amenaza, pierde legitimidad y puede ser sustituido. De Locke deriva la idea central del constitucionalismo liberal: el poder político no es soberano sobre los individuos, sino un mandatario limitado por derechos preexistentes.

Montesquieu dio un paso decisivo al convertir esos principios filosóficos en arquitectura institucional. Comprendió que las libertades individuales no podían quedar libradas a la buena voluntad de los gobernantes, sino que requerían mecanismos permanentes destinados a impedir la concentración del poder. Su teoría de la división de poderes constituye, precisamente, la traducción institucional del principio liberal según el cual ningún órgano estatal debe acumular facultades suficientes para convertirse en arbitrario. El republicanismo moderno encuentra aquí uno de sus pilares fundamentales: la organización constitucional del poder como garantía de la libertad.

La Constitución de los Estados Unidos representa la primera gran realización práctica de esas ideas. James Madison comprendió que la preservación de la libertad exigía no sólo dividir el poder, sino también hacer que cada poder limitara efectivamente a los demás. En El Federalista sostuvo que "si los hombres fueran ángeles, ningún gobierno sería necesario", frase que resume toda una concepción liberal de la política: precisamente porque quienes gobiernan son hombres y no seres perfectos, las instituciones deben impedir que el poder se transforme en dominación. El sistema de frenos y contrapesos constituye así una consecuencia directa del principio liberal del gobierno limitado.

Benjamin Constant profundizó esta tradición distinguiendo la libertad de los antiguos de la libertad de los modernos. Mientras en la Antigüedad la libertad consistía principalmente en participar de los asuntos públicos, la sociedad moderna debía garantizar un ámbito de autonomía individual inmune a las decisiones de las mayorías. La finalidad del Estado ya no era conducir moralmente a los ciudadanos sino proteger el espacio dentro del cual cada persona pudiera desarrollar libremente su propio proyecto de vida. Esa concepción reforzó definitivamente el carácter liberal del constitucionalismo republicano.

Alexis de Tocqueville añadió una preocupación complementaria. Observó que las amenazas contra la libertad no provenían únicamente del poder de los gobiernos, sino también del poder de las mayorías. Su célebre advertencia acerca de la "tiranía de la mayoría" puso de manifiesto que incluso los sistemas democráticos podían transformarse en regímenes opresivos si no existían instituciones capaces de limitar el ejercicio del poder político. La república dejaba así de identificarse exclusivamente con el principio mayoritario para convertirse también en un sistema de garantías destinado a proteger los derechos individuales frente al Estado y frente a la propia opinión pública.

En la tradición argentina, Juan Bautista Alberdi recogió directamente esta herencia intelectual. Las Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina constituyen probablemente la exposición más acabada del liberalismo constitucional en nuestro país. Alberdi concebía la Constitución como un instrumento destinado a limitar el poder político y asegurar la libertad civil, la propiedad privada, la seguridad jurídica y el desarrollo económico mediante instituciones estables. Para él, la República no era simplemente una forma de gobierno, sino la organización política adecuada para preservar las libertades individuales frente a los abusos del poder.

Ya en el siglo XX, Karl Popper renovó esta tradición al formular una concepción del Estado basada en el control permanente del poder antes que en la búsqueda de gobernantes ideales. La pregunta fundamental de la política, sostenía, no consiste en quién debe gobernar, sino en cómo organizar las instituciones para impedir que quienes gobiernan puedan causar demasiado daño. Su defensa de la sociedad abierta prolonga directamente la tradición liberal iniciada por Locke y consolidada por Montesquieu y Madison: las instituciones republicanas existen precisamente para limitar el poder, garantizar la crítica, permitir la alternancia y proteger la libertad individual.

Desde esta perspectiva, resulta artificial presentar liberalismo y republicanismo como doctrinas rivales. El republicanismo constitucional contemporáneo constituye, en buena medida, la expresión institucional de los principios liberales. El liberalismo aporta la filosofía política: la primacía de la persona, los derechos individuales, el gobierno limitado y la desconfianza frente al poder. El republicanismo aporta las instituciones destinadas a hacer efectivos esos principios: la Constitución, la división de poderes, el control recíproco entre los órganos del Estado, la independencia judicial, la responsabilidad de los funcionarios y el imperio de la ley. Separar ambos conceptos significa desconocer el proceso histórico mediante el cual se edificaron las democracias constitucionales modernas.

Precisamente por ello resulta preocupante que en el debate político contemporáneo se pretenda oponer ambas tradiciones como si fueran incompatibles. Quien defiende seriamente el liberalismo clásico difícilmente pueda dejar de ser republicano, del mismo modo que un republicanismo privado de sus fundamentos liberales termina reduciéndose a un mero conjunto de procedimientos institucionales vacíos, desprovistos de la finalidad para la cual fueron concebidos: la protección efectiva de la libertad individual frente al poder político.

En consecuencia, el denuesto del republicanismo por parte de LLA es una de las imposturas mas lamentables de todas las que va a dejar su desgobierno.


[1] Siglas del partido gobernante ''La libertad avanza''.

Algunas lecciones de Leandro N. Alem para el actual gobierno argentino

Por Gabriel Boragina ©

Releyendo algunos artículos de Libertas, me acabo de topar con uno de relevante actualidad para la Argentina supuestamente ‘’libertaria’’. Se publicó en la Revista Libertas Nro. 3 (Octubre 1985) la edición semestral realizada por el Instituto Universitario ESEADE y lleva por título ‘’Bancos Oficiales y Emisionismo’’ (Leandro N. Alem).

En una nota a pie de página el editor dice: *Por su actualidad se ha considerado de interés reproducir dos apartados de la Declaración de Principios de la Unión Cívica de fecha 23 de noviembre de 1891. El documento lleva la firma de Leandro N. Alem, presidente; Joaquín Castellanos, Carlos A. Estrada, Daniel D. Tedín, Abel Pardo, secretarios. Este documento es también conocido como Manifiesto Radical porque el mismo representa la opinión del grupo de dirigentes de la Unión Cívica que al poco tiempo estableció formalmente la Unión Cívica Radical. En realidad el nombre de Unión Cívica Radical ya se utilizaba con anterioridad a este documento como lo demuestra, entre otras expresiones, la carta de Leandro N. Alem a Bernardo de Irigoyen fechada en Córdoba el 22 de septiembre de 1891. (L. N. Alem, Mensaje y Destino, Editorial Raigal, 1955, tomo VIII, pp. 52-54. El documento ha sido reproducido de la edición de La Prensa de Buenos Aires, noviembre 24 de 1891.’’

El documento se reprodujo en 1985 por su actualidad en aquel entonces, pero su relectura indica que hoy sigue siéndolo. Veamos resumidamente que dice allí L. N. Alem.

El Comité Nacional de la Unión Cívica, presidido por Leandro N. Alem, advierte sobre los peligros que enfrenta la República y llama a la unión de los patriotas para una obra de salvación común. Afirma que la crisis proviene del exceso de oficialismo y de que “los Bancos oficiales han sido el agente activo de la ruina de la fortuna pública y privada y de la depresión del carácter nacional”, ya que siempre serán instrumentos políticos sujetos a pasiones partidistas.

Propone su supresión, pues concentran poder económico y político, limitando la libertad ciudadana: “El Banco oficial, entonces, es un elemento perturbador del orden social y será sabia la política que tienda a suprimirlo”. Cita como antecedente al Presidente Jackson de EE.UU., quien en 1836 abolió los privilegios del Banco de Filadelfia, advirtiendo que “por donde quiera que el espíritu de monopolio se alía al poder político hace visto nacer la tiranía y el despotismo”.

El Comité defiende la libertad bancaria y rechaza toda injerencia oficial en la administración bancaria. Plantea limitar las emisiones fiduciarias, evitando leyes de curso forzoso retroactivas. Advierte que la emisión sólo debe ser “ampliación del capital pero no sustitución del capital”, ya que las emisiones sin garantía encarecen la vida, desalientan la inmigración y ahuyentan capitales.

Finalmente, propone eliminar la intervención oficial en las Bolsas de Comercio, confiando su regulación a la independencia del mercado y la intervención judicial en casos necesarios, recordando que la intervención estatal en los últimos años sólo agravó las finanzas nacionales.

No pueden dejar de citarse algunos párrafos en forma textual que resultan verdaderamente admirables desde una óptica liberal. Por ejemplo, el que sigue :

Es un axioma ante la conciencia Argentina que el mal se ha producido por exceso de oficialismo y de que los Bancos oficiales han sido el agente activo de la ruina de la fortuna pública y privada y de la depresión del carácter nacional. El Banco oficial constituye un peligro permanente, porque siempre será un medio político sujeto a la influencia de las pasiones partidistas. Trabajar, entonces, contra este género de establecimientos es hacer obra de cordura y de patriotismo. Los ciudadanos necesitan desenvolverse libremente en la vida del Estado, pero para ello es menester que éste no se apodere de todos los resortes de su acción individual. Si, el Estado, tomado en el sentido restrictivo del Gobierno, que maneja el tesoro, el ejército, la escuadra, los empleados públicos, constituyendo ya una fuerza enorme, se encuentra además dotado del poder de manejar el crédito particular de los ciudadanos, éstos en realidad no existen como hombres libres, pues se hallan aprisionados en el único terreno que debía ser su baluarte de defensa, en su hogar. La historia humana enseña que los hombres tienen heroísmos contra la prepotencia de la fuerza, pero que son débiles contra la influencia en sus sentimientos: esto es perfectamente lógico: ellos se agrupan en pueblo o nación para garantir su acción individual y la felicidad de sus hogares. El Banco oficial, entonces, es un elemento perturbador del orden social y será sabia la política que tienda a suprimirlo.

Y mas adelante agrega :

¿Qué no será, como sucede entre nosotros, si el poder político sigue reuniendo en sí mismo todo, esto es, los capitales, los privilegios y la dirección -de los principales Bancos del Estado? El Comité Nacional que se inclina decididamente por la libertad bancaria, pero que no resuelve por ahora el sistema definitivo que deberá adoptarse para. la República, porque eso dependerá en mucho de las circunstancias y los medios, declara que propenderá a la supresión absoluta de toda ingerencia oficial en la administración bancaria, cualquiera que fuere el sistema que predominare.

No había diferencia con lo que ocurría en la Argentina cuando Libertas reprodujo el Manifiesto de la UCR bajo la inspiración de L. N. Alem, como tampoco lo hay en la actualidad bajo la impronta de un gobierno mendaz que esgrime la bandera del liberalismo mientras hace lo que Alem le criticaba al gobierno de su época cuando escribió el Manifiesto que analizamos.

De vez en cuando, es muy conveniente recordar las lecciones de hombres ilustres del pasado como lo fue Leandro N. Alem.

La justificación de la tiranía

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Hayek: democracia, socialismo y liberalismo

 


Por Gabriel Boragina ©

 

Camino de servidumbre de Friedrich A. von Hayek (premio Nobel de economía 1974) fue escrito en 1944. Sin embargo, sus conceptos son plenamente aplicables a la actualidad. Ponen claridad y sensatez en los temas sociales que aun hoy en día se siguen discutiendo.

A pesar de ser poco conocido masivamente, es un libro que tiene un valor histórico y doctrinal a la vez, porque nos permite indagar en la génesis de las doctrinas que hoy continúan en debate.

Yo la tildo como una obra profética y visionaria, como casi todas las de los autores que pertenecieron a la aun hoy mayormente ignorada Escuela Austriaca de Economía.

Mi intención será -en lo que sigue- citar y comentar sólo unos pocos párrafos del autor, donde aborda el tema de la democracia, el socialismo y el liberalismo. Comentario que, en modo alguno reemplaza la lectura completa de la obra. Comencemos:

 

‘’Sólo bajo la influencia de las fuertes corrientes democráticas que precedieron a la revolución de 1848 inició el socialismo su alianza con las fuerzas de la libertad’’[1]

 

La democracia en sus orígenes fue, sin duda, un producto del liberalismo. El socialismo fue genéticamente antidemocrático en razón de su antiliberalismo.

La aguda observación de Hayek nos da la pauta que, el prestigio de la democracia era tan grande en esa época, que a los socialistas no les quedaba mucho margen (si es que su intención era popularizarse entre las masas) que reconocer esa estrecha asociación entre democracia y liberalismo.

 

‘’Pero el nuevo «socialismo democrático>, tuvo que vivir mucho tiempo bajo las sospechas levantadas por sus antecesores. Nadie vio más claramente que De Tocqueville que la democracia, como institución esencialmente individualista que es, estaba en conflicto irreconciliable con el socialismo’’[2]

 

En sus orígenes, la palabra democracia tenía un sentido univoco y, por ello, podía ser fácilmente identificada con el liberalismo. Con el tiempo, y la irrupción del populismo, fue desdibujándose esa identificación casi natural y, paradójicamente, mediante diversos trucos semánticos, se la fue asociando con su contrario : el socialismo. Pero, como el mismo Hayek nos advierte, esto no fue evidente para la mayoría hasta bastante después.

No era obvio para De Tocqueville en 1848 que la democracia que él había conocido se transformaría alguna vez mas tarde en la tiranía de las mayorías sobre las minorías. Tampoco era indudable para los entusiastas partidarios de la democracia de aquella época.

 

‘’La democracia extiende la esfera de la libertad individual (decía en 1848]; el socialismo la restringe. La democracia atribuye todo valor posible al individuo; el socialismo hace de cada hombre un simple agente, un simple número’’.[3]

 

Esto describía para De Tocqueville lo que nosotros hoy denominaríamos la democracia republicana o directamente liberal. [4]

La democracia representaba entonces una clara victoria del liberalismo sobre el absolutismo, y por eso su defensa era encendida, y muchas veces poco precisa conceptualmente.

Probablemente, con la expresión ‘’extiende la esfera de la libertad individual’’ De Tocqueville quisiera aludir a la libertad política, entendida como la participación del plebeyo (hoy diríamos ‘’el ciudadano de a pie’’) en la formación del gobierno, por así expresarlo.

En otros términos, el hombre del llano (a quien no se consultaba, ni se tenía en cuenta su opinión en las monarquías absolutas) adquiría bajo el novedoso sistema democrático un papel que pasaba de pasivo a activo, mediante el reconocimiento del derecho a elegir a sus autoridades. La esfera de su libertad se extendía a áreas que antes del advenimiento de la democracia le estaban vedadas.

 

‘’La democracia y el socialismo sólo tienen en común una palabra: igualdad. Pero adviértase la diferencia: mientras la democracia aspira a la igualdad en la libertad, el socialismo aspira a la igualdad en la coerción y la servidumbre’’.[5]

 

Como siempre hemos de aclarar, esta igualdad de la que se habla es teórica o -más precisamente- una igualdad de origen conceptual, ya que la mera observación nos da cuenta que en la naturaleza no existe nada igual, ni física, ni intelectual, ni espiritualmente. O como en feliz fórmula expresara un importante autor, ´´la igualdad es una abstracción de las matemáticas’’.

De esta verdad surge que la igualdad tiene pocos puntos de contactos con la libertad, porque fácil deberá ser comprender que si en el mundo no hay nada igual la única libertad que puede reconocerse es esa: la de ser todo (y todos) distinto/s. No se trata de un derecho sino de un hecho. Pero es necesario que el derecho lo admita como tal (como lo que es: un hecho).

 

"Mientras los «progresistas», en Inglaterra y en los demás países, se forjaban todavía la ilusión de que comunismo y fascismo representaban los polos opuestos, eran más y más las personas que comenzaban a preguntarse si estas nuevas tiranías no proceden de las mismas tendencias’’.[6]

 

La distinción que se hacía entonces (y todavía se hace) entre ambos no era más que resultado de una efectiva, prolongada e iterativa propaganda.

Como decía el tristemente célebre ministro de la propaganda nazi, Joseph Göebbels, sigue siendo cierto, por desgracia, que ‘’una mentira repetida suficiente número de veces, termina convirtiéndose en verdad’’ para los espíritus pocos reflexivos, y ellos abundan en todas partes, como la experiencia histórica nos permite advertirlo.

Hoy como ayer, las personas vuelven a plantearse el mismo interrogante. Es decir, la historia se repite, con lo que se demuestra que aquella propaganda persiste, tal vez en forma más sutil que entonces, y la prevalencia del progresismo que pervive, si bien en distintas variantes.

El mismo autor explica en su brillante obra el origen común del comunismo y fascismo, como también lo hiciera el economista y sociólogo Ludwig von Mises, mentor de Friedrich A. von Hayek.

Por desgracia, el fin de las ideologías pregonado por autores como Francis Fukuyama no es más que una falacia.


[1] Friedrich A. von Hayek, Camino de servidumbre. Alianza Editorial. España. pág. 54

[2] Hayek, F. v. Camino…ob cit. Pág. 54

[3] Hayek, F. v. Camino…ob cit. Pág. 54 (citando a De Tocqueville).

[4] Ver nuestro libro La democracia

[5] Hayek, F. v. Camino…ob cit. Pág. 54 (citando a De Tocqueville).

[6] Hayek, F. v. Camino…ob cit. Pág. 54.

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