Por Gabriel Boragina ©
Una de las mayores desgracias que, en el terreno de las ideas, ha dejado el gobierno de ''La Libertad Avanza'' (LLA) consiste en haber instalado la falsa creencia de que liberalismo y republicanismo son conceptos distintos, cuando no directamente opuestos. Nada más alejado de la tradición del pensamiento político occidental. La separación entre ambos términos no responde a una elaboración doctrinaria seria, sino al desgaste que la práctica política del actual oficialismo ha producido sobre la palabra "liberal", hasta el punto de obligar a muchas personas a buscar una denominación alternativa para expresar ideas que, en esencia, siguen siendo profundamente liberales.
En rigor, el republicanismo no constituye una doctrina rival del liberalismo. Muy por el contrario, es una de sus consecuencias históricas más importantes. El constitucionalismo moderno, la división de poderes, la limitación jurídica del gobierno, la supremacía de la ley, la independencia judicial y la protección de las libertades individuales son instituciones que el republicanismo moderno recibe del pensamiento liberal desarrollado entre los siglos XVII y XVIII. En ese sentido, puede afirmarse que el republicanismo es fruto del liberalismo. No existe contradicción entre ambas nociones, sino una relación de continuidad: el liberalismo proporciona los principios filosóficos y el republicanismo diseña la organización institucional destinada a preservarlos.
Sin embargo, el uso político que el gobierno de LLA ha hecho del término "liberal" ha producido un fenómeno inesperado. Al presentarse permanentemente como representante exclusivo del liberalismo, mientras desarrolla políticas que poco o nada tienen que ver con los principios que dice defender, ha terminado por desacreditar la propia palabra.
Los discursos de barricada, las consignas grandilocuentes y la permanente apelación a una supuesta ''revolución liberal'' contrastan con una realidad que, promediando ya el tercer año de gobierno, muestra el incumplimiento de buena parte, o de la casi totalidad de las promesas que sirvieron de slogan para conquistar el poder.
El cierre del Banco Central, la drástica reducción del gasto público, la eliminación definitiva de la inflación, las privatizaciones masivas, los sistemas de váuchers educativos, las profundas desregulaciones económicas, la liberación integral de los mercados, la normalización del régimen cambiario, el incremento sostenido del empleo y del consumo, entre tantas otras promesas, permanecen en una mayoritaria medida incumplidas, olvidadas o muy lejos del alcance con que fueron anunciadas durante la campaña electoral.
Esa distancia entre el discurso y la acción ha deteriorado seriamente la poca credibilidad del liberalismo entre los sectores de la sociedad que tuvieron algún interés o afinidad con sus ideas, que identifican equivocadamente la doctrina con la experiencia concreta de este gobierno.
Como consecuencia de ello, muchas personas que durante años simpatizaron con las ideas liberales han dejado de llamarse a sí mismas liberales o libertarias. No porque hayan abandonado aquellas convicciones, sino porque el término ha quedado periodística y socialmente asociado al oficialismo y al fracaso de sus promesas y de su gestión concreta.
Obligados por esta circunstancia, buscan casi desesperadamente otra palabra que permita expresar sus ideas sin cargar con ese desprestigio. La denominación que con mayor frecuencia encuentran es la de "republicanos", como si ello implicara abandonar el liberalismo, cuando en realidad ambas expresiones remiten históricamente a una misma tradición política.
Este constituye uno de los daños intelectuales más profundos que deja la experiencia de ''La Libertad Avanza''. No se trata solamente de un fracaso de gestión (que lo hay y grande) o de una sucesión de promesas incumplidas. El perjuicio alcanza también al lenguaje político. Allí donde antes existía una relación conceptual clara entre liberalismo y republicanismo, hoy comienza a instalarse una división completamente artificial que sólo incrementa la confusión doctrinaria.
La consecuencia resulta especialmente grave porque esa fractura se proyecta sobre una ciudadanía que nunca tuvo, ni realmente le interesó demasiado sino, más bien, desdeñó, una formación sistemática en filosofía política. El liberalismo jamás fue una doctrina ampliamente conocida ni demandada por las masas, pero existía, al menos en los ámbitos académicos y entre quienes estudiaban historia de las ideas políticas, un consenso prácticamente unánime: un liberal era, por definición, también un republicano. Nadie consideraba seriamente que ambas categorías fueran incompatibles. Podían discutirse matices, escuelas o interpretaciones, pero nunca la pertenencia común a una misma tradición intelectual.
La situación actual es muy distinta. El descrédito del término "liberal" fruto de las políticas de LLA, ha comenzado a provocar un verdadero desdoblamiento conceptual.
Mientras el republicanismo conserva para buena parte de la opinión pública una connotación favorable vinculada con la división de poderes, el respeto por la Constitución y las instituciones, el liberalismo empieza a asociarse con prácticas políticas que históricamente le fueron completamente ajenas: oportunismo, corrupción, clientelismo, intervencionismo selectivo e incluso complicidad parlamentaria con el poder. En la percepción de muchos ciudadanos, los dirigentes que se presentan como opositores terminan votando en el Congreso Nacional la mayor parte de los proyectos impulsados por el Poder Ejecutivo, reforzando así la idea de que el llamado liberalismo no constituye más que otra variante de la política tradicional. En criollo '' más de lo mismo''.
Por ahora, esta separación entre liberalismo y republicanismo no pasa de ser, en gran medida, una cuestión de rótulos. Sin embargo, las palabras moldean las ideas y las ideas terminan modelando la cultura política. Si esta distinción artificial termina consolidándose, el daño será considerable. El republicanismo aparecerá como una corriente separada del liberalismo, mientras este último quedará progresivamente excluido de todo contenido republicano. La tradición intelectual que dio origen a la república será presentada paradójicamente como ajena a ella.
De consolidarse semejante inversión conceptual, el término "liberal" volverá a adquirir el carácter peyorativo que tuvo durante otras épocas de la historia argentina. Ya no designará al defensor de las libertades individuales, del gobierno limitado y del Estado de Derecho, sino que pasará a utilizarse para describir, casi como un insulto, a cualquier político corrupto, demagogo o intervencionista que invoque retóricamente la libertad mientras reproduce los mismos mecanismos de poder que dice combatir. Sería una ironía histórica que una doctrina cuyo principal aporte consistió precisamente en limitar el poder del Estado terminara identificada con las prácticas que siempre denunció y combatió.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario