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Acerca del corto y largo plazo

 


Por Gabriel Boragina ©

 

El repetido argumento por el cual se dice que como "el gobierno lleva poco tiempo en el poder no se le debe hacer objeto de crítica alguna sino esperar los resultados" sólo sería cierto en el caso de que la tendencia de lo realizado hasta el momento fuere en favor de lo pregonado durante la campaña política y en base a lo cual fue elegido.

Pero pierde validez cuando la tendencia de lo efectivamente ejecutado durante el mucho, mediano, o corto tiempo que lleva gobernando va en contra abiertamente de lo proclamado durante la campaña política. Este, precisamente, es el caso del actual gobierno argentino.

Por otra parte, hay otro engaño en criticar a los que critican. Es auto contradecirse, porque afirmar que no se puede criticar al gobierno no es más que una contra crítica, con lo cual, aquel que contra critica se autocontradice y se desautoriza a sí mismo.

Y otro error más, consiste en creer que las consecuencias son siempre a largo plazo. Con este argumento las tiranías se han perpetuado en el poder durante decenios, y ahí siguen.

En realidad, todo lo que un gobierno hace (o no hace) siempre tiene secuelas en el momento inmediato en que lo hace o no. Si los efectos en el corto plazo son malos ¿qué razón hay para creer que siguiendo el mismo camino que llevó a ellos, en el largo plazo, serán mejores? ¿Cuál es la fórmula mágica por la cual lo que falló en el corto plazo triunfará en el largo plazo mientras la política que condujo al fracaso se mantiene y no se cambia? Porque malos medios llevan a malas derivaciones y, en este punto, si ello se advierte en el corto, mediano, o largo plazo, es por completo irrelevante.

El plazo de las resultas de cualquier cosa depende del número de casos en que se aplique la medida que las provoca. Los resultados serán más rápidos y visibles cuando el número de casos es menor, y -por contrapartida- menos rápidos y perceptibles cuando ese número sea mayor.

Pero si los productos son malos en un número pequeño de casos no hay razón lógica alguna para suponer que vayan a ser mejores a medida que el número de casos se extienda. Porque la bondad o maldad del remedio que se emplee no depende en manera alguna de la cantidad de casos en que se lo haga. Si algo es nocivo, lo será tanto en menor como en mayor escala. El número de casos no hace la diferencia en cuanto al remedio en cuestión, sólo habla de la extensión del mal. Beber cianuro no mejorará el estado de salud cuanto más sean las personas que lo tomen. Sólo que las que primero ingirieron la bebida serán los primeros afectados, y los que los sigan en el largo plazo sufrirán las mismas consecuencias. No optimizarán su salud simplemente porque su número sea mayor. He aquí la falacia de suponer que las malas políticas darán mejores frutos cuanto mayor sea el tiempo en que se las ejecuten o lleven a cabo.

Y por lo demás, si los malos desenlaces en el corto plazo no llevan a un violento cambio de timón para mejorarlos en el mediano plazo ¿qué garantía hay que vayan a ser buenos en el largo plazo?

Añádase a lo anterior que, las políticas buenas se esparcen a la misma velocidad que las malas, porque -tanto unas como las otras- tienen ambas un efecto dominó.

Todas estas falacias que los críticos de los críticos al gobierno callan o no aplican son las que los desautorizan de plano. Ello los demuestra cómo solamente una horda de fanáticos, o de ingenuos que se esfuerzan por defender lo indefendible, vaya uno a saber por qué razones. Es que, si así consiguen algún rédito personal se los puede entender aunque no justificar por su falta de honestidad intelectual. Las otras posibilidades son que sean cándidos o directamente minusválidos mentales, en cuyo caso no hay mucho que hacer hasta que no salgan por sí mismos o con ayuda clínica profesional de esos estados mentales discapacitados.

Lo cierto es que, sea como sea que se lo quiera ver, la economía argentina va por mal camino, y no se dirige en el rumbo prometido por las actuales autoridades que, en el mejor de los casos, tienen una economía estancada en un punto alto de recesión, y ninguna de las medidas de raíz que con ardor se prometieron en campaña se están llevando a cabo. El tiempo, en este contexto, es irrelevante. Lo preocupante es el rumbo equivocado, cuando es contrario al prometido.

Como dijimos muchas veces, en dicho escenario adverso, un gesto de honestidad y auténtico patriotismo sería la renuncia. Dar el paso al costado. Admitir las propias incapacidades; decir honestamente a la población que no se calibró bien el estado de la situación, o que se prometió algo que se sabía no se iba a poder cumplir. O quizás más valiente todavía, decir que, en realidad, se estaban proclamando consignas "liberales" en las cuales, en última instancia, no se creía o no se conocían a fondo.

Pero seguir así es sólo un engaño más para los argentinos, que en su infinita ingenuidad y adolescencia política votaron esperanzados en un cambio que no aparece por ninguna parte. Y no hay razones válidas para creer que siguiendo por este camino alguna vez vaya a vislumbrarse, por aquello tan repetido de que el camino al infierno está empedrado con las mejores intenciones.

Si durante la campaña electoral se han predicado hasta el cansancio las bondades del liberalismo y la economía libre, no tiene sentido, una vez obtenido el poder, mantener medidas antiliberales o intervencionistas de pasados gobiernos o, peor aún, profundizarse en ellas, mintiendo sobre que, en el largo plazo, esas políticas antiliberales conducirán finalmente hacia el liberalismo y la libertad tan ansiada. Se trata claramente de una estafa moral e intelectual a costa de la ciudadanía toda.

Es bastante torpe o cínico suponer que el intervencionismo soluciona los problemas del intervencionismo y, por esa razón, se lo mantiene, ya que para ser coherente (si se sostiene esa teoría) no hay razón lógica alguna para desmantelar el intervencionismo y llegar al liberalismo, sino al revés. Sin embargo, la primera es la tesis del gobierno argentino una vez llegado al poder y hasta el presente.

No es un irresponsable



Por Gabriel Boragina ©

 

Existe una tendencia muy marcada en tratar de desvincular los actos de gobierno entre los que se llevan a cabo -por un lado- por el jefe de estado y -por el otro- por sus ministros, cargando sobre las espaldas de esos últimos todas las malas políticas de la gestión y, de tal manera, justificar o exonerar de toda culpa por ella al primero de los mencionados.

Esta tendencia implica desconocer que, al menos en el caso argentino, existe una cláusula constitucional como el artículo 103 que textualmente dice lo siguiente :

Artículo 103.- Los ministros no pueden por sí solos, en ningún caso, tomar resoluciones, a excepción de lo concerniente al régimen económico y administrativo de sus respectivos departamentos.

El texto es clarísimo y no dejar lugar a duda alguna. El titular del ejecutivo es el primer y el ultimo responsable de cada una de las cosas que dicen y hacen sus ministros, y no puede desentenderse de ellas, como asi tampoco delegar en ellos funciones u obligaciones que posteriormente pueda desconocer en caso de fracasar. No hay escapatoria. Por mucho que se esfuercen quienes quieran excusarlo y echarle las culpas de sus errores, ignorancias y desaciertos a sus ministros, siempre será el último ejecutor, tanto de un buen como un deficiente encargo de sus colaboradores.

Al respecto, comenta el autorizado tratadista y constitucionalista Dr. Badeni :

Los ministros, si bien forman parte del órgano ejecutivo, no lo ejercen ni son sus titulares. El acto de refrendar o de legalizar al cual alude el art. 100, reiterando disposiciones similares contenidas en el Estatuto de 1815 (art. 5o del cap. II) y en el Estatuto de 1817 (art. 33), no equivale al ejercicio del Poder Ejecutivo sino a su control velando para que él no se aparte de la Constitución en un todo de acuerdo con los principios que configuran al sistema republicano de gobierno.

El Presidente es el único titular del Poder Ejecutivo y es el único que puede ejercer la función ejecutiva del gobierno. Bajo su dependencia, los ministros integran el órgano ejecutivo con el carácter de colaboradores dotados de jerarquía constitucional. Sus funciones son las de colaborar, y es recaudo republicano el que estén dotados de la suficiente independencia de espíritu para controlar la actuación del Presidente negándose a participar en la ejecución de aquellos actos que se oponen al texto de la Constitución o al interés de la Nación.[1]

Cabe acotar por nuestra parte a esta excelente cita que, ni el titular del ejecutivo ni sus ministros observan la Constitución de la Nación Argentina.

Las resoluciones de los mismos, a las que alude el articulo citado, se refieren tanto a lo que resuelven comunicar como a lo que determinan hacer, es decir, tanto a sus dichos como a sus hechos. Máxime cuando resuelven hacer declaraciones públicas en los medios, o bien privadas sabiendo que pueden trascender a tales medios más tarde o más temprano. Nadie, en el ámbito del gobierno, puede válidamente (sin violar la Constitución de la Nación) alegar que uno desconocía lo que pensaba el otro (como tan a menudo se suele escuchar en ese tan típico argentinismo por el cual ''la causa de lo malo siempre es del otro, y de lo bueno siempre es de uno'').

Sabia ha sido la Constitución (como diría el ilustre Alberdi) en incluir dicha cláusula en su articulado, pese a lo cual se la ignora cada vez que la ocasión así lo presenta a los que gobiernan.

El caso se aplica al actual poder ejecutivo argentino, donde sus visibles y notorios errores en política económica pretenden hacerse recaer exclusivamente sobre las espaldas del ministro de economía, como si su jefe inmediato no tuviera nada que ver y este fuera una víctima de aquel. Pero el truco es en vano. La obligación es indelegable, como lo indica taxativamente el art. 103 constitucional.

Bien visto, la norma es lógica, por cuanto si se piensa que los ministros no se eligen ni se designan a sí mismos en tales cargos, y se supone que sus nombramientos lo son porque se los considera verdaderos expertos en cada una de sus áreas, no puede menos que recaer la responsabilidad absoluta de sus nombramientos en aquel quien cometió el error de elegir a las personas equivocadas para que lo asistan en la función de gobernar. Demuestra así su más absoluta incompetencia e inepcia en la selección de sus colaboradores.

Y si estos cometen errores (ya sean leves o graves) los mismos son también incumplimientos de aquel que conociéndolos, igualmente y a pesar de ello, los avaló de todos modos en lugar de impedirlos, teniendo, en ambos casos, el más absoluto poder para hacerlo. Si, por el contrario, la tarea de todos fuera exitosa valdría, desde luego, el mismo principio. Pero no se trata del caso argentino este último.

Mal síntoma es una alta rotación de ministros, tanto, como la equivalente a la permanencia inmutable de aquellos mismos que no hacen más que incurrir en torpezas (sean anuales, mensuales, semanales o diarias). Uno y otro síntoma no hacen más que exhibir que, quien tiene a su cargo la decisión última de designarlos o removerlos es tan o más incapaz que las personas que nombra o echa. Y es esto lo que en lenguaje legal nos está diciendo el art. 103 de la Constitución Argentina.

Naturalmente, ni los distinguidos Constituyentes que redactaron nuestra Magna Carta, ni los tratadistas más eminentes del Derecho Constitucional (como el que hemos citado arriba) podían imaginar que mamarrachos tan impresentables como los actuales gobernantes terminarían en los altos cargos que -aquellos- pensaban estarían reservados, por lo menos, a personas que demostraran un mínimo de idoneidad.

Con todo, el propósito de estas líneas es despejar ese mito de que los únicos culpables de las defectuosas gestiones gubernamentales son los ministros y no quien los nomina. Siendo que es justamente al revés.

Lo que debería existir en la Constitución (y que correspondería ser de mayor flexibilidad que lo es actualmente) sería un mecanismo para poder remover al verdadero autor de preferir ministros incompetentes, lo que debiera proceder de una lectura correcta del fenómeno que tratamos, porque la equivocada elección proviene del que elige, y no del elegido o -en todo caso- los actos del nominado son desacertados porque quien lo seleccionó no fue capaz de contar con los conocimientos mínimos para poder evaluar si sus colaboradores iban (o no estar) a la altura de las circunstancias.

Si fuera cierto (como se comenta) que, en realidad, los actuales ministros que tiene el ejecutivo no fueron seleccionados por su causante sino que fueron impuestos por otros partidos supuestamente ''aliados'' simplemente para facilitarle la tarea de gobernar, la situación, de ser cierta, no podría ser peor. Porque la lectura de esto es que el ''ganador'' no sería en este caso más que un pelele o marioneta a las órdenes del resto de sus aliados, y su ''poder'' es meramente aparente, un fantoche, por estar condicionados a lo que otros políticos le indiquen o marquen el paso. Políticos a los que se ha denostado en campaña, llamándolos despectivamente como miembros de una ''casta'', a la cual tuvo que finalmente subordinarse para poder ‘’gobernar’’.

El aceptar tales imposiciones extrañas de gente a la que se ha despreciado en la campaña, y a la que se ha prometido erradicar de la política, para luego, contrariamente, incorporar a esa misma gente entre sus cuadros gubernamentales, habla de la más completa carencia de ideas, ideales, principios, respeto a si mismo y de dignidad de ningún tipo.


[1] Badeni, Gregorio. Tratado de Derecho Constitucional. Tomo II- 2ª Edición Actualizada. Ampliada - 2a M. - Buenos Aires- La Ley, ISBN 987-03-0947-X (Tomo II)-ISBN 987-03-0945-3 (Obra Completa) Pág. 1684.

‘’Espero que le vaya bien’’

 


Por Gabriel Boragina ©

 

Cada vez encuentro más personas que confiesan que, si bien votaron por el gobierno actual lo han hecho no plenamente convencidas sino forzadas por las circunstancias y como única vía de impedir que continuara el gobierno anterior. 

Esta manera de actuar deviene no de una visión individualista sino colectivista. Colectivista en el sentido de la popular creencia de que son los colectivos los que determinan nuestra suerte y en particular ese colectivo representado por el gobierno, visto como un grupo de personas que, por el sólo hecho de acceder al poder, ‘’sabrá qué hay que hacer y la mejor forma de hacerlo''. Este craso error, fruto de la educación colectivista, se extiende desde antaño hasta el presente y, probablemente, seguirá repitiéndose en el futuro hasta que se produzca un cambio de paradigma el que, por el momento, no se avizora.

El paternalismo estatal está detrás de esta creencia. A la confesión anterior se le suele agregar que, aunque no se ‘’apoye al gobierno’’ se espera ''que le vaya bien''.

Parece no comprenderse que lo que es bueno para el gobernante suele ser lo opuesto para el gobernado.

Ludwig von Mises ha definido sabiamente al gobierno como el aparato de fuerza y coacción y nada hay más opuesto a la libertad que la fuerza y la coacción. Desde este ángulo, si al gobierno le va bien implica que a la libertad le ira mal. Y no hay salida para este dilema, excepto que el gobierno no haga absolutamente nada, salvo reprimir la libertad de los que hacen mal.

Pero definir lo que está mal dejado en manos del gobernante es muy peligroso, porque, en general, la tentación del poder de precisar que lo malo es aquello que se oponga a ese poder lo lleva a restringir aún más la libertad y usar ese aparato represivo para limitar crecidamente todavía la libertad de todos, tanto de los que hacen mal como los de lo que hacen bien.

La cuestión real es que, el mal que el gobierno debe combatir y contra el cual usar su fuerza represiva, es el mal que las personas (que no gobiernan) les hacen a otras personas que tampoco gobiernan, y no a las personas que si gobiernan. Es aquí donde se produce el malentendido, si es que, en realidad, esto consiste en un malentendido y no en un acuerdo tácito, donde todos (o la mayoría) casi sin saberlo, están de acuerdo.

Pero raramente la fuerza del gobierno se usa en dicho sentido, o no exclusivamente en el mismo. Es decir, el poder reprime no sólo a los gobernados que hacen mal a otros gobernados sino a los gobernados que hacen críticas al gobierno mismo.

Este gobierno argentino actual no es la excepción a esta regla. La manera personalista en el que se ejerce y la falta cada vez más evidente de capacidad de todos sus integrantes (desde el jefe de todos hacia el ultimo cargo) día a día conforma todo lo dicho arriba.

Pese a todo, la gente que no se detiene a pensar de este modo sigue esperando que al gobierno ‘’le vaya bien’’ porque creen que asi les ira mejor a ellos. Es todo una contradicción.

Desde el momento que el gobierno para existir debe cobrar impuestos está (en ese mismo momento) haciéndole un mal a la gente, comenzando por los que no votaron al actual gobierno, y siguiendo por aquellos que si lo votaron, pero con la expectativa de que esos impuestos volvieran duplicados en beneficios para sus propias personas, familiares y amigos.

Casi no se piensa que el gobernante es también un ser humano y que se beneficiará, en primer lugar a sí mismo, luego a sus familiares, amigos y, finalmente, devolverá los ‘’favores’’ recibidos durante la campaña política a todos aquellos que colaboraron para el triunfo. Pero como no alcanzará para todos (los recursos son escasos y las necesidades son ilimitadas) alguno quedará en el camino sin su porción esperada. En este orden de reparto, el ciudadano llano, el que votó al gobierno, permanecerá postergado, o lo que terminará recibiendo será tan ínfimo que no estará nunca a la altura de sus expectativas.

Por eso, este modo de ver las cosas es fruto del colectivismo y no del individualismo. La fantasía de creer que el colectivo gobierno es una suerte de Santa Clauss Nacional que trabaja (y debe hacerlo incansablemente) todos los días del año y no solamente en navidad para beneficiar a ese otro colectivo llamado pueblo.

Esta utopía sigue tan vigente hoy como lo era en las épocas que se creía que los reyes eran puestos por Dios para el bienestar de los súbditos. Y esta filosofía no únicamente es las de los gobernados sino también la de los gobernantes. Lo saben y se aprovechan de ella al máximo. Se cree que el gobierno es ese rey benevolente que ‘’si le va bien’’ el reino se favorece. Mentiras. Sólo se beneficiaba el mismo rey, su familia, los cortesanos, la nobleza y sus favoritos, en tanto el pueblo exclusivamente recibía las migajas. Cuando las recibía, y si las recibía. En ese sentido, como ayer, hoy.

Simplemente cambiaron las formas. Hoy en día, al rey se lo elige en democráticas elecciones. Pero una vez pasadas las mismas, todo vuelve a ser como en las antiguas monarquías y teocracias. El rey es el dios.

Asi, el actual rey argentino, elegido por las urnas en noviembre pasado, disfruta de todas las prebendas que la realeza argentina le brinda.

Desde esta perspectiva, el bien del rey es el mal de sus súbditos. Y yo, personalmente espero que les vaya bien a los súbditos y no al rey. ¿A los dos? Es imposible. Son antónimos. Porque para que les vaya bien a ambos, el rey no debería reinar, es decir, tendría que dejar de ser rey. Y en la historia, los únicos reyes que abdicaron a sus tronos fueron por la fuerza, o porque ya no tenían más alternativas que esa.

La democracia, sin duda, ha degenerado, porque su idea no fue la de elegir reyes cada tantos años sino de destronar la monarquía, y no convertirse en una nueva manera de perpetuar el sistema a través de elecciones populares. Pero el poder todo lo invade, y también se ha hecho presa de la democracia.

Los primeros pasos

 


Por Gabriel Boragina ©

 

Se ha dicho que es demasiado pronto para criticar los primeros pasos de un gobierno. Que ''hay que darle tiempo'', ''hay que apoyar'' porque si no ''vuelven los otros''.

Esto quizás podría tener algo de cierto cuando el gobierno que asume es uno de izquierda (socialista, socialdemócrata, populista, etc. ). Un liberal, en este caso, podría tener la esperanza que un gobierno de ese signo se moderara.

Pero, en realidad, desde una posición realista y madura, es previsible que un mando de estos signos busque el poder por el poder mismo, y dé los pasos necesarios para vigorizar y acrecentar el poder obtenido. No sería de sorprender. La crítica del liberal se debería oír antes, durante y después de la instalación y ejecución de un sistema de tal índole.

Sin embargo, es cuando le toca gobernar a un partido del signo contrario a aquellos que un liberal debe estar más alerta y vigilante cuando, como en el caso argentino, ese partido supuestamente ‘’liberal’’ comienza su gestión con medidas y actitudes completamente contrarias al ideario liberal que, no obstante, en el discurso se esfuerza vanamente por sostener.

Esa atención debe reforzarse cuando quienes acceden a ese status demuestran -además- inexperiencia, falta de tacto, y poca empatía con la crítica, sin distinguir la constructiva de la puramente destructiva (aunque toda crítica brinda elementos que, según sea la perspectiva del criticado, dan la oportunidad de obtener alguna enseñanza, aunque sea mínima).

Muchas veces dije que, como liberal esperaba que un gobierno que se auto rotulara de esa manera comenzará su gestión poniendo en práctica los postulados de ese ideario. A la fecha de la redacción de estas líneas sigue siendo el caso, pero no advierto esa dirección sino la contraria. Y no comparto el consejo, tantas veces recibido, que deba callarme la boca y no denunciar los actos que contradictoriamente toma un poder ejecutivo ''liberal'' en contra del liberalismo.

No se trata -repítase hasta el hartazgo- de estar a favor o en contra de tal o cual persona. Aquí no hay cuestiones personales de por medio. No hay simpatías, ni antipatías. Sólo me preocupan las ideas, sea quien fuere el que las lleve a la práctica. Tampoco es cuestión de nombres y apellidos, los que no los hago porque todos conocemos a los personajes de la historia que estamos viviendo.

Se trata, en cambio, como dije, de ser realista y denunciar la improvisación, la inmadurez, la inexperiencia, el exabrupto, la prepotencia, el insulto, insistiendo que ese no es el camino, porque es lo que hemos vivido siempre desde que tenemos uso de razón. El liberalismo tiene y debe ser algo completamente diferente a todo eso. Y lo es, pero no en lo que estamos viviendo.  

La experiencia debe ser útil, y el liberalismo es coherente y, por lo tanto, quien lo enarbole debe demostrar serlo. Pero lejos esta de la congruencia declamar la libertad por un lado y por el otro pedir poderes omnímodos y absolutos a los demás. Peor aún, ejercerlos sin que nadie se los hubiera conferido.

Estas actitudes, aunque alguien puede considerarlas forzosas, son antiliberales, ayer, hoy y siempre, aquí y en todo lugar. La misma existencia de un gobierno ''liberal'' es una contradicción en términos, como bien ha enseñado Ludwig von Mises. Y, como cuando formuló esta aserción, vuelve a tener razón en el día de hoy.

Por eso, se hace ineludible hacer una nueva exhortación al gobierno nacional a que limite al máximo su poder, incluso que se abstenga de ejercerlo, aun en la órbita en que la Constitución de la Nación Argentina se lo permite, dando signos visibles de una auténtica vocación liberal. Lo que a la fecha no es el caso.

Vuelve a ser cierta la máxima que, la mejor enseñanza es la que se hace a través del ejemplo.

Sin embargo, cuando los primeros pasos confirman lo que vimos en la campaña electoral, no tanto en la arenga sino en las actitudes, un liberal debe dar la voz de alarma.

Y la disertación política marca un contraste profundo con las alianzas tejidas, los cuadros formados, los elencos definidos, la distribución de los cargos, los personajes elegidos, las políticas concretas, etc. Un sinnúmero de aspectos que marcan en la práctica más cruda todo lo antiliberal de la ejecución política.

Todo ello no es más que la natural contradicción que surge entre el liberalismo y el poder, y que se potencia cuando se los quiere combinar o armonizar. Es una tarea, a la larga, condenada al fracaso. Y debe ser de liberal el denunciarla.

Y como la experiencia debe ser útil para que sirva de algo, el liberal no puede sino sentir una recóndita desconfianza con tales comportamientos contradictorios. Y esa suspicacia se proyecta hacia el futuro.

Con el liberalismo está hondamente consustanciada la seguridad jurídica y económica, y son precisamente estos dos aspectos los que amenaza la política actual del poder ejecutivo. Y sume en una difidencia aún más insondable que, desde la perorata, se siga predicando lo contrario cuando los hechos lo desmienten día a día.

Y no es cierto que sea demasiado pronto para dar la voz de alarma, siendo este el momento preciso para ello, antes de que sea demasiado tarde.

Es que lo está en juego no son las personas sino la filosofía liberal misma. Esta filosofía debe preservarse con independencia de las personas que gusten sentirse sus representantes y se autoproclamen como tales. Máxime cuando no comprenden que el liberalismo no tiene (ni puede tener) representación oficial, ni se estructura jerárquicamente como un poder del estado donde unos mandan y otros obedecen en función de una autoridad autodefinida.

Finalmente, hay que salir de la recurrente bipolaridad política por la cual ''si no son estos vienen los otros''. Hay que ser creativos y liberar la imaginación para generar alternativas políticas verdaderamente liberales y cesar de estar girando en torno de círculos viciosos, para volver a caer -una y otra vez- en la mediocridad, tanto intelectual como política. Una sociedad crece cuando escapa a estos dilemas autoconstruidos y auto frustrantes. La nuestra, por desgracia, está lejos de ello.

¿Por qué políticamente la Argentina, tratando de votar al menos malo, termina eligiendo al peor? (Segunda Parte)

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