Accion Humana

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Revista Digital

¿Por qué políticamente la Argentina, tratando de votar al menos malo, termina eligiendo al peor? (Segunda Parte)

(Ver la primer parte aquí) 

 Por Gabriel Boragina ©

VI. El problema de la oferta electoral

Aquí llegamos al punto central.

Suele analizarse la política desde el lado de la oferta: 

«Los políticos son malos». 

Pero en una democracia existe también una demanda. 

Los políticos necesitan votos. 

Y, por lo tanto, tienen incentivos para ofrecer aquello que los electores premian.

Si el electorado premia propuestas serias, institucionales y de largo plazo, los partidos tendrán incentivos para producirlas.

Pero si el electorado premia fundamentalmente:

·                     la capacidad de generar indignación;

·             la identificación de enemigos;

·             las soluciones inmediatas;

·             las promesas extraordinarias;

·             el liderazgo personal;

·             la destrucción del adversario;

entonces la oferta electoral tenderá a adaptarse a esas preferencias.

Es aquí donde puede producirse un círculo vicioso.

La ciudadanía genera una determinada demanda política.

La política responde a esa demanda.

La nueva oferta modifica las preferencias de la ciudadanía.

La ciudadanía vuelve a demandar una oferta todavía más extrema.

Y así sucesivamente.

Por eso la decadencia de la oferta política y la decadencia de la cultura política pueden terminar reforzándose mutuamente.

VII. La trampa del «menos malo»

Y aquí llegamos finalmente al problema planteado por el título.

Votar al menos malo puede ser perfectamente racional.

Si existen dos candidatos y uno es considerado sustancialmente peor que el otro, elegir al menos malo puede ser una decisión perfectamente comprensible.

El problema aparece cuando el voto defensivo se convierte en la regla permanente de funcionamiento del sistema.

Entonces la competencia política deja de ser:

«¿Quién es mejor?»

y pasa a ser:

«¿Quién es menos malo?»

La diferencia parece pequeña.

Pero sus consecuencias son enormes.

Porque si un candidato no necesita ser bueno para ganar, sino solamente ser menos rechazado que su adversario, los incentivos para mejorar la calidad de la política disminuyen.

Ya no es necesario construir una gran propuesta.

Puede ser suficiente con construir un adversario suficientemente malo.

Entonces la política comienza a funcionar por comparación negativa.

No elegimos porque queremos.

Elegimos porque queremos evitar.

Y esto puede producir una consecuencia paradójica:

el sistema que permanentemente vota al menos malo puede terminar produciendo candidatos cada vez peores.

VIII. La espiral descendente

Puede imaginarse el mecanismo de esta manera:

Candidato A: «No soy bueno, pero el otro es peor».

El electorado lo vota para impedir que gane B.

Gobierna A.

Una parte del electorado se decepciona.

Años después aparece C prometiendo terminar con A.

C tampoco necesita demostrar que será excelente.

Le basta con convencer al electorado de que A es insoportable.

C gobierna.

Se produce nuevamente la decepción.

Aparece D prometiendo destruir a C.

Y comienza nuevamente el ciclo.

Así puede producirse una suerte de espiral descendente de la calidad política.

No necesariamente porque cada candidato sea objetivamente peor que el anterior desde el primer día, sino porque cada elección aumenta la tolerancia del electorado hacia candidatos que en otro contexto hubieran resultado inaceptables.

La vara se desplaza.

Lo que ayer parecía inadmisible hoy puede ser presentado como «el mal menor».

Y lo que hoy parece inadmisible mañana puede ser presentado como «la única alternativa».

IX. La paradoja argentina

Ésta es, finalmente, la paradoja que creo que explica buena parte del problema:

El ciudadano no necesariamente vota al peor porque considere que es el mejor. Puede votarlo porque considera que el adversario es todavía peor.

Pero cuando todos los actores políticos utilizan la misma lógica, el resultado puede ser exactamente el contrario del buscado.

El voto destinado a impedir al peor termina legitimando al menos malo.

El menos malo se convierte posteriormente en el nuevo problema.

Entonces aparece otro candidato que se presenta como solución.

Y el electorado vuelve a votar al «menos malo».

El problema no es solamente quién gana una elección.

El problema es el mecanismo cultural que determina qué candidatos llegan a ser competitivos.

X. ¿Estamos condenados?

No necesariamente.

Y aquí es donde la tesis deja de ser simplemente pesimista.

Si el problema es cultural, la solución también debe serlo.

No alcanza con cambiar presidentes.

No alcanza con cambiar partidos.

No alcanza siquiera con modificar el sistema electoral.

Hay que modificar los incentivos culturales que hacen posible determinada oferta política.

Una ciudadanía mejor educada, más informada y con mayor conocimiento constitucional puede exigir algo diferente.

Puede comenzar a preguntar:

¿Qué propone?

pero también:

¿Cómo piensa hacerlo?

¿Cuánto costará?

¿Qué consecuencias tendrá?

¿Es constitucional?

¿Quién controlará al gobernante?

¿Qué ocurrirá si fracasa?

Y, sobre todo:

¿Estoy votando a este candidato porque considero que es bueno o simplemente porque considero que el otro es peor?

Esta última pregunta debería formar parte de toda elección.

Porque quizás allí se encuentre una de las claves del problema argentino.

XI. Una conclusión incómoda

Es cómodo atribuir todos nuestros males a los políticos.

Es más difícil aceptar que los políticos también son, en alguna medida, el producto de la sociedad que los elige.

No significa que el ciudadano sea responsable de cada decisión de un gobernante.

Significa algo diferente:

una sociedad no puede producir indefinidamente una política de alta calidad si no desarrolla simultáneamente una cultura política capaz de exigirla.

La democracia permite elegir.

Pero no garantiza que elijamos bien.

La Constitución limita el poder.

Pero no garantiza que los ciudadanos conozcan esos límites.

La educación proporciona herramientas.

Pero no garantiza que las utilicemos.

Y las elecciones permiten reemplazar gobernantes.

Pero tampoco garantizan que el reemplazante sea mejor.

Por eso quizá la pregunta correcta no sea:

«¿Por qué los argentinos votamos siempre mal?»

La pregunta debería ser mucho más incómoda:

«¿Qué características de nuestra propia cultura política hacen posible que, elección tras elección, sigamos considerando que nuestra única alternativa consiste en votar al menos malo?»

Porque cuando una sociedad llega al punto en que ya no busca al mejor sino simplemente al menos malo, puede haber comenzado a aceptar, sin advertirlo, que la política no puede ofrecer nada mejor.

Y ése quizá sea el verdadero problema.

No que elijamos ocasionalmente al peor.

Sino que hayamos aprendido a conformarnos con el menos malo.

 

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