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Los gobiernos ‘’liberales’’

 


por Gabriel Boragina ©

 

Puedo entender a quienes se autodesignan ''liberales'' que adhieran a un gobierno ''liberal'' en la medida que dicho apoyo les represente algún beneficio personal económico, porque una conducta así es coherente con el axioma praxeológico por el cual la acción siempre procura pasar de un estado de menor satisfacción a otro de mayor bienestar. Digamos que es praxeológicamente coherente.

Lo que no puedo concebir ni justificar es que ese actuar se tilde de liberal habida cuenta que ese provecho económico que se recibe de un gobierno (por más que se autotitule ''liberal'') proviene de recursos de terceros a quienes se les sustrajo por vía de la fuerza (impuestos, controles de precios, y las mil y una forma en las cuales la alta burocracia dirigente invade el mercado).

Un gobierno liberal no opera de manera distinta a cualquier otro gobierno no liberal o antiliberal. Para ser gobierno debe expoliar a los gobernados, exactamente igual que lo hacen los socialistas, populistas, marxistas, castristas, comunistas, etc.

Puedo admitir que me digan que esa expoliación sea menor y hasta infinitamente menor que en un gobierno antiliberal o no liberal, pero desde un punto de vista de pura honestidad intelectual sería deseable que lo explicaran así, y no en cambio decir (como he escuchado y leído) que un gobierno liberal favorecería a todos, porque si somos liberales sabemos que esto último no es verdad, ni puede serlo nunca, no porque el liberalismo no aproveche a todos (porque si lo hace) sino porque ningún gobierno -en tanto gobierno- puede enriquecer a todos sin excepción.

Quiéralo o no, lo sepa o no, un gobierno liberal otorgará ventajas a unos y perjuicios al resto, no porque desee hacerlo así, sino porque como gobierno será un mero repartidor de bienes y de servicios, y jamás podrá escapar a ese papel, toda vez que no hay gobierno liberal alguno que pueda reemplazar el proceso de mercado. Se verá ingratamente obligado (muy a su pesar) a hacer la justicia social que tanto objetó y crítica el liberalismo.

Se dirá que, claramente, no me encuadro dentro de los liberales tildados de utilitaristas, y esto es verdad si por liberalismo utilitarista se cree quitarles a unos lo que les pertenece para darles a otros, en mayor numero, lo que no les pertenece, pero sucede que esto es lo único que pueden hacer los gobiernos de cualquier partido, y no tiene que ver con las intenciones que, sin duda, podemos suponer sean las mejores en todos los partidos. Se trata que no es posible violar las leyes praxeológicas, por muy ansiado que ello así fuera.

El problema es que, estadísticamente probado que todo gobierno, en tanto monopólico, tiende a su propia expansión, y que el propio poder acompaña ese crecimiento, como liberal debo proclamarme enemigo de todo poder que no sea sobre mí mismo y nadie más.

Lo que si me parece intelectualmente honesto (y esto es sólo mi opinión personal) es pregonar que el gobierno liberal es el que menos daño produce a la sociedad que le toca gobernar, y que sólo por esto es preferible, pero no decir que es el que mayores y superiores bienes provee a toda ella, porque cualquier liberal en serio debería saber que tal cosa no es en modo alguno verdad.

Y forma parte de esa honestidad intelectual el divulgar que ello siempre y cuando se logre inserto en un marco institucional que respete la Constitución Nacional y la división republicana de poderes, todo intrínsecamente de sus estrictos límites legales.

Pero, por desgracia, no veo muchos liberales exponiendo esto sino lo contrario, defendiendo el avasallamiento al orden constitucional en nombre de un proyecto mesiánico, a la par que se apoya el otorgamiento de facultades extraordinarias y absolutas al poder ejecutivo. Sin duda cualesquier liberal honesto sabe que estas cosas no tienen nada que ver con el liberalismo, aun en la versión más utilitarista concebible.

Es que depositar nuestra confianza en un gobierno que se haga llamar ''liberal'' (y que muchos crean que efectivamente lo sea) implica quitársela al mercado reduciendo su campo de acción.

Gobierno y mercado conviven en un mismo espacio en un juego de suma cero: los lugares que ocupa uno es porque el otro los pierde, y así, cuanto más grande sea el gobierno más pequeño será el mercado y viceversa.

Ludwig von Mises enseña que el mercado es un proceso en el cual los individuos intercambian derechos de propiedad, y al respecto dice :

''No hubo nunca poder político alguno que voluntariamente desistiera de interferir la libre operación y desarrollo de la propiedad privada de los medios de producción. Los gobiernos toleran, en efecto, el derecho dominical de los particulares sólo cuando no tienen otro remedio; jamás admiten voluntariamente su conveniencia social. Hasta los políticos liberales, reconozcámoslo, cuando llegan al poder, relegan a un cierto limbo las ideas que les amamantaron. La tendencia a coartar la propiedad, a abusar del poder y a desconocer la existencia de un sector no sujeto al imperio estatal hállase tan implantada en la mentalidad de quienes controlan el aparato gubernamental de fuerza y coacción que no pueden resistir la tentación de actuar en consecuencia. Hablar de un gobierno liberal, realmente, constituye una contradictio in adjecto. Sólo la presión de unánime opinión pública obliga al gobernante a liberalizar; él jamás, de motu propio, lo haría.''[1]

Como vemos, no hace excepción de los gobiernos liberales, pero se apresura en aclarar que, para él, la locución es una contradicción en términos, en cuanto el gobierno es, por definición, el aparato de compulsión y coacción, algo que, coherentemente, es lo contrario a la noción misma de libertad y por lo tanto de su sistema, el liberalismo

Se comprende así que, un gobierno sólo pueda ser ''liberal'' como efecto y no como causa. ¿Efecto de qué? De esa ''presión de unánime opinión pública'' que obligue ''al gobernante a liberalizar'', porque de lo contrario ''él jamás, de motu propio, lo haría''.

Se descubre cómo, en última instancia, todos los gobiernos, de cualquier directriz ideológica, se ven forzados a cumplir con su función de coerción y compulsión, aun también los que se autodenominan ''liberales''.

El gobierno libera no por iniciativa suya sino por reacción unánime de la sociedad.

Ahora bien, esta unanimidad es, en los hechos, bastante difícil de lograr. Lo habitual es encontrar divisiones en las cuales unos estarán en favor de liberalizar y otros en contra.

Aunque parezca mentira a un espíritu libre, hay mucha gente que prefiere la sumisión y la obediencia a cambio de un sustento seguro por parte de un gobierno protector. Esto, que estaba muy generalizado en el mundo antiguo (y por ello hubo generaciones enteras de esclavos que no sospechaban siquiera posible su existencia bajo otra condición diferente a la que poseían en ese momento) pervive en nuestros días, al punto que diera lugar a la conocida figura del estado benefactor o de bienestar, famoso en los países nórdicos como sistema económico político (hoy en retirada).

Pero más frecuentemente, la opinión pública mayoritaria tiene una idea de la libertad igual a la que tiene de la riqueza, viendo ambas como un juego de suma cero: la libertad que alguien gana es porque otro la ha perdido, y viceversa. Esta noción es debida al marxismo, y pese a que se supone que este ha desaparecido del mundo, no es así, al menos culturalmente.

Entonces, no es estrictamente cierto que todo el mundo quiera ser libre, ya que hay quienes perciben que hay ventajas no siéndolo, por un lado. Y por el otro, hay quienes -considerando que la libertad sólo puede lograrse a costa de un tercero- están deseosos de negar esa libertad al prójimo para ganársela en su lugar.



[1] Ludwig von Mises. Liberalismo. "La política económica liberal" pág. 92-93

El dilema del gobierno

 


 Por Gabriel Boragina ©

 

La praxeología[1] nos enseña que los gobiernos nunca crean riqueza ni pueden hacerlo. Sólo el mercado puede originarla, y el mercado no admite sustitutos, es su exclusiva potencialidad.

Los gobiernos sólo pueden apoderarse de ella y redistribuirla en un sentido diferente al que le hubieran dado sus productores. Todo gobierno está encerrado en este dilema, y los gobiernos liberales, por supuesto, no constituyen excepción a este principio axiomático que, como tal, se cumple siempre en todo lugar, tiempo, y bajo cualquier circunstancia histórica o política.

En consecuencia, el papel del gobierno, constantemente, es el de un mero repartidor de bienes ajenos. Su función es, circularmente, la de un juego de suma cero, lo que les da a unos es porque antes se lo tuvo que quitar a otros y (en su función de gobierno) sólo tiene dos opciones: 1) o procede de ese modo, o bien 2) se abstiene de hacerlo. Esta abstención debe ser absoluta porque, de lo contrario, perennemente estará despojándoles a unos y dándoles lo saqueado a otros, en un círculo vicioso sin fin.

Lo dicho hasta aquí, implica que los receptores de los bienes y servicios ajenos se verán favorecidos en tanto los desvalijados se verán perjudicados. Si el gobierno revierte la operación, dándole a ''A'' lo que primero le usurpó a ''B'' y luego le sustrae a ''A'' lo que antes desfalcó a ''B'' para devolvérselo a ''B'', persistentemente está dentro del juego de suma cero.

Aunque no se verifique aquel dicho por el cual ''El que reparte se lleva la mejor parte'', invariablemente en el reparto, el beneficio de uno será a costa del perjuicio de otro. Pero lo que sucede es que, el que reparte, aunque no se lleve la mejor parte, invariablemente alguna porción se lleva, lo que se denomina el costo del reparto y esto hace que, en realidad, los sujetos del reparto se lesionen ambos, y si son más de dos sujetos se perjudiquen todos, y el único que se favorezca sea el repartidor (es decir, el gobierno mismo).

Aun suponiendo las más sanas de las intenciones de cualquier gobierno liberal, en tanto gobierno no puede escapar a este dilema. Así como es absolutamente falso que un gobierno (del color político que sea) pueda mejorar a toda la sociedad, esta regla también se aplica a los gobiernos liberales o libertarios.

No se trata de una cuestión ideológica sino praxeológica. En vano los discursos, las proclamas, los comunicados de los voceros oficiales, ministros, los mensajes en cadenas nacionales de TV y radio, etc. podrán decir lo contrario. Lo sepan o no, sean de buena o mala fe, en contexto, les están mintiendo a la gente, y si son de buena fe se están mintiendo a sí mismos.

Aun perore sobre las bondades del libre mercado, cite autores liberales a granel que admire mucho, recite párrafos de eminentes escritores liberales, etc. en cuanto gobierno (y en su ''actuar'') infaliblemente estará sustrayéndoles a unos para proporcionar a otros (quiéralo o no), y este proceder nada tiene que ver con el liberalismo. No es liberal. Y no puede entenderse como algunos que se llaman a si mismo ''liberales'' pueden defender un gobierno así, excepto que, en verdad, ya no sean liberales, nunca lo hayan sido o, quizás, entendido.

Por eso mismo, L. v. Mises, en su temprana obra titulada Liberalismo, decía que :

''Hablar de un gobierno liberal, realmente, constituye una contradictio in adjecto. Sólo la presión de unánime opinión pública obliga al gobernante a liberalizar; él jamás, de motu propio, lo haría.''[2]

Tenemos que comprender que no necesitamos un gobierno liberal sino una sociedad liberal. Y a esta no se llega por vía de aquel.

No se alcanza la sociedad liberal a través de o por medio de un gobierno liberal sino que es exactamente al revés: se obtiene un gobierno liberal sola y exclusivamente mediante una sociedad previamente liberal.

¿Cómo se logra eso? Por conducto de la educación, sea formal o informal.

El liberalismo no es algo que pueda imponerse sino proponerse en su filosofía, raíces, virtudes, ventajas. Eso se ha de aceptar voluntariamente por el educando o destinatario del mensaje. No hay otro sendero. Todos los intentos de lograr una sociedad liberal por canal de un gobierno liberal han fracasado estrepitosamente.

Nos hemos cansado de repetir que los gobiernos son un producto, una consecuencia de la sociedad que gobiernan, y no a la inversa como popularmente se cree.

Cuando se pretende imponer el liberalismo desde el poder estatal, invariablemente se daña no solamente el gobierno que lo quiere sino la filosofía liberal en sí misma. Verificablemente, esto sucede con cualquier doctrina y no solamente con la liberal, pero puesto que estamos convencidos que la mejora social sólo se puede obtener por cauce del liberalismo, el daño que se provoca es mucho mayor al tratar de emplear la metodología inversa, que es la equivocada.

Y de conseguirse por ese camino un gobierno genuinamente liberal ¿cuál sería su rol?. Imagino que pasaría casi inadvertido, porque bastaría reducirse a una mera administración de unos muy pocos servicios que bien podrían delegarse en unidades administrativas cada vez más pequeñas, como los municipios primero y comunas barriales después, en un proceso de descentralización cada vez más profundo en la medida que la gente tomara conciencia de las ventajas de autoadministrarse o autogobernarse.

Una desconcentración así, sólo podría darse evolutivamente como enseñaba Friedrich A. von Hayek, nunca desde el vértice del poder hacia la base como en una pirámide, sino a la inversa, perdurablemente desde la base en dirección al vértice en recta ascendente, pero descendente si invertimos la pirámide y la base queda en la parte superior y el vértice en la inferior.

Como decimos, cualquier filosofía (y no solamente la liberal) se da de esa manera, y se va impregnando en una sociedad de acuerdo a esos pasos. Por eso, los gobiernos son resultados y nunca causas de los fenómenos sociales, pero si pueden (y de hecho lo hacen) interferir negativamente con estos cambios evolutivos. Cada intervención del gobierno (y este sólo puede intervenir) retrotrae ese orden espontáneo explicado brillantemente por Hayek.



[1] Ver Ludwig von Mises, La acción humana, tratado de economía. Unión Editorial, S.A., cuarta edición.

[2] Ludwig von Mises. Liberalismo. "La política económica liberal" pág. 92-93

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