Accion Humana

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Revista Digital

El dilema del gobierno

 


 Por Gabriel Boragina ©

 

La praxeología[1] nos enseña que los gobiernos nunca crean riqueza ni pueden hacerlo. Sólo el mercado puede originarla, y el mercado no admite sustitutos, es su exclusiva potencialidad.

Los gobiernos sólo pueden apoderarse de ella y redistribuirla en un sentido diferente al que le hubieran dado sus productores. Todo gobierno está encerrado en este dilema, y los gobiernos liberales, por supuesto, no constituyen excepción a este principio axiomático que, como tal, se cumple siempre en todo lugar, tiempo, y bajo cualquier circunstancia histórica o política.

En consecuencia, el papel del gobierno, constantemente, es el de un mero repartidor de bienes ajenos. Su función es, circularmente, la de un juego de suma cero, lo que les da a unos es porque antes se lo tuvo que quitar a otros y (en su función de gobierno) sólo tiene dos opciones: 1) o procede de ese modo, o bien 2) se abstiene de hacerlo. Esta abstención debe ser absoluta porque, de lo contrario, perennemente estará despojándoles a unos y dándoles lo saqueado a otros, en un círculo vicioso sin fin.

Lo dicho hasta aquí, implica que los receptores de los bienes y servicios ajenos se verán favorecidos en tanto los desvalijados se verán perjudicados. Si el gobierno revierte la operación, dándole a ''A'' lo que primero le usurpó a ''B'' y luego le sustrae a ''A'' lo que antes desfalcó a ''B'' para devolvérselo a ''B'', persistentemente está dentro del juego de suma cero.

Aunque no se verifique aquel dicho por el cual ''El que reparte se lleva la mejor parte'', invariablemente en el reparto, el beneficio de uno será a costa del perjuicio de otro. Pero lo que sucede es que, el que reparte, aunque no se lleve la mejor parte, invariablemente alguna porción se lleva, lo que se denomina el costo del reparto y esto hace que, en realidad, los sujetos del reparto se lesionen ambos, y si son más de dos sujetos se perjudiquen todos, y el único que se favorezca sea el repartidor (es decir, el gobierno mismo).

Aun suponiendo las más sanas de las intenciones de cualquier gobierno liberal, en tanto gobierno no puede escapar a este dilema. Así como es absolutamente falso que un gobierno (del color político que sea) pueda mejorar a toda la sociedad, esta regla también se aplica a los gobiernos liberales o libertarios.

No se trata de una cuestión ideológica sino praxeológica. En vano los discursos, las proclamas, los comunicados de los voceros oficiales, ministros, los mensajes en cadenas nacionales de TV y radio, etc. podrán decir lo contrario. Lo sepan o no, sean de buena o mala fe, en contexto, les están mintiendo a la gente, y si son de buena fe se están mintiendo a sí mismos.

Aun perore sobre las bondades del libre mercado, cite autores liberales a granel que admire mucho, recite párrafos de eminentes escritores liberales, etc. en cuanto gobierno (y en su ''actuar'') infaliblemente estará sustrayéndoles a unos para proporcionar a otros (quiéralo o no), y este proceder nada tiene que ver con el liberalismo. No es liberal. Y no puede entenderse como algunos que se llaman a si mismo ''liberales'' pueden defender un gobierno así, excepto que, en verdad, ya no sean liberales, nunca lo hayan sido o, quizás, entendido.

Por eso mismo, L. v. Mises, en su temprana obra titulada Liberalismo, decía que :

''Hablar de un gobierno liberal, realmente, constituye una contradictio in adjecto. Sólo la presión de unánime opinión pública obliga al gobernante a liberalizar; él jamás, de motu propio, lo haría.''[2]

Tenemos que comprender que no necesitamos un gobierno liberal sino una sociedad liberal. Y a esta no se llega por vía de aquel.

No se alcanza la sociedad liberal a través de o por medio de un gobierno liberal sino que es exactamente al revés: se obtiene un gobierno liberal sola y exclusivamente mediante una sociedad previamente liberal.

¿Cómo se logra eso? Por conducto de la educación, sea formal o informal.

El liberalismo no es algo que pueda imponerse sino proponerse en su filosofía, raíces, virtudes, ventajas. Eso se ha de aceptar voluntariamente por el educando o destinatario del mensaje. No hay otro sendero. Todos los intentos de lograr una sociedad liberal por canal de un gobierno liberal han fracasado estrepitosamente.

Nos hemos cansado de repetir que los gobiernos son un producto, una consecuencia de la sociedad que gobiernan, y no a la inversa como popularmente se cree.

Cuando se pretende imponer el liberalismo desde el poder estatal, invariablemente se daña no solamente el gobierno que lo quiere sino la filosofía liberal en sí misma. Verificablemente, esto sucede con cualquier doctrina y no solamente con la liberal, pero puesto que estamos convencidos que la mejora social sólo se puede obtener por cauce del liberalismo, el daño que se provoca es mucho mayor al tratar de emplear la metodología inversa, que es la equivocada.

Y de conseguirse por ese camino un gobierno genuinamente liberal ¿cuál sería su rol?. Imagino que pasaría casi inadvertido, porque bastaría reducirse a una mera administración de unos muy pocos servicios que bien podrían delegarse en unidades administrativas cada vez más pequeñas, como los municipios primero y comunas barriales después, en un proceso de descentralización cada vez más profundo en la medida que la gente tomara conciencia de las ventajas de autoadministrarse o autogobernarse.

Una desconcentración así, sólo podría darse evolutivamente como enseñaba Friedrich A. von Hayek, nunca desde el vértice del poder hacia la base como en una pirámide, sino a la inversa, perdurablemente desde la base en dirección al vértice en recta ascendente, pero descendente si invertimos la pirámide y la base queda en la parte superior y el vértice en la inferior.

Como decimos, cualquier filosofía (y no solamente la liberal) se da de esa manera, y se va impregnando en una sociedad de acuerdo a esos pasos. Por eso, los gobiernos son resultados y nunca causas de los fenómenos sociales, pero si pueden (y de hecho lo hacen) interferir negativamente con estos cambios evolutivos. Cada intervención del gobierno (y este sólo puede intervenir) retrotrae ese orden espontáneo explicado brillantemente por Hayek.



[1] Ver Ludwig von Mises, La acción humana, tratado de economía. Unión Editorial, S.A., cuarta edición.

[2] Ludwig von Mises. Liberalismo. "La política económica liberal" pág. 92-93

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