Industrialización

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Nuevo análisis del bien común

 Por Gabriel Boragina ©

El bien común (también denominado bien general, colectivo, etc.) es ese concepto del que hemos hablado muchas veces, y que es el preferido por aquellos autores que profesan su profunda antipatía o manifiesta hostilidad hacia el capitalismo y/o liberalismo. Es el que proverbialmente se presenta como opuesto al bien particular o individual.

Tradicionalmente -y con especial énfasis por parte de los cultores del derecho- se lo muestra como un bien "superior", ajeno y por encima de los bienes particulares o individuales y por completo separado de estos como si fuera una entelequia incorpórea que se moviera en una esfera invisible pero –curiosamente- cuya especial visibilidad estaría reservada sólo a algunos que serían los únicos capaces de identificarlo y definirlo. Por supuesto, estos serían los directores sociales, encargados de aplicarlo, cuestión difícil de comprender, ya que ¿cómo podrían aplicar e identificar algo que para el resto de los seres humanos resultaría invisible e indefinible pero para ellos no? Y por sobre todo ¿por qué no?

Su discusión es muy antigua y ha sido tratada por los más diversos autores de todas las épocas. Y hubo originado las exposiciones más incongruentes que se pudieran encontrar. Un famoso premio Nobel de economía nos relata un significativo episodio al respecto:

"Es lamentable, pero característico de la confusión en que muchos de nuestros intelectuales han caído por la contradicción interior entre sus ideales, ver que un destacado defensor de la planificación central más amplia, Mr. H. G. Wells, haya escrito también una ardiente defensa de los derechos del hombre. Los derechos individuales que Mr. Wells espera salvar se verán obstruidos inevitablemente por la planificación que desea. Hasta cierto punto, parece advertir el dilema, por eso los preceptos de su "Declaración de los Derechos del Hombre» resultan tan envueltos en distingos que pierden toda significación. Mientras, por ejemplo, su Declaración proclama que todo hombre «tendrá derecho a comprar y vender sin ninguna restricción discriminatoria todo aquello que pueda legalmente ser comprado y vendido;» lo cual es excelente, inmediatamente invalida por completo el precepto al añadir que se aplica sólo a la compra y la venta «de aquellas cantidades y con aquellas limitaciones que sean compatibles con el bienestar común». Pero como, por supuesto, toda restricción alguna vez impuesta a la compra o la venta de cualquier cosa se estableció por considerarla necesaria para «el bien común», no hay en realidad restricción alguna que esta cláusula efectivamente impida, ni derecho individual que quede salvaguardado por ella."[1]

Este rico pasaje de una obra imperecedera nos deja muchas enseñanzas, sobre todo por su gran actualidad a pesar de la época de su publicación, porque la discusión sigue siendo muy presente. Denota el conflicto interno (hasta cierto punto perceptible) entre los partidarios del socialismo -como el sr. Wells- por no poder compatibilizar el sistema que propician con los derechos individuales que también quieren defender. Resulta evidente que tales personas -a pesar de su condición de intelectuales- no han hecho los estudios necesarios y adecuados en campos tales como la economía que, de haberlos llevado a cabo, les hubieran echado mucha luz respecto de la incompatibilidad entre la planificación central (otra manera de denominar al socialismo) y los derechos individuales (no utilizamos la expresión "derechos humanos" por resultar un pleonasmo, habida cuenta que los derechos siempre son humanos, no existiendo un "derecho mineral", "animal" ni "vegetal").

Observamos, por lo pronto, que el sr. Wells partía de la base de un sistema suma cero (usando terminología de la teoría de los juegos). También parece que por el término "bienestar común" quería referirse a todas las demás personas diferentes a ese hombre hipotético al cual pretendía otorgarle el derecho de "comprar y vender sin ninguna restricción discriminatoria todo aquello que pueda legalmente ser comprado y vendido" lo que claramente entra en abierta contradicción con su expresión inicial de "todo hombre", porque si dentro del concepto de "bien común" no se encuentra "todo hombre" ¿que podría tener de "común" ese supuesto "bienestar"?-

Este conflicto nace de suponer que el bien común y el individual son cosas diferentes, cuando resulta falso que lo sean. El bien común –opinamos- es todo aquello que resulta bueno para todos y cada uno de los sujetos, lo que no simboliza que ese bien sea individualmente el mismo para todos esos sujetos. Llegamos a esta conclusión luego de haber pensado durante mucho tiempo que "el bien común" no era más que un mito social, y que lo único que existía realmente era el bien individual. Pero reflexiones posteriores nos permitieron encontrarle a esa fórmula (tan querida -y tergiversada- por los socialistas) un sentido compatible con el individualismo más estricto. He designado a este concepto enfoque liberal del bien común, con lo cual no quiero expresar que todos los liberales lo compartan. Simplemente lo he escogido así porque lo veo compatible con mi idea (mis ideas en rigor) acerca del liberalismo. No hay ninguna voz oficial del liberalismo que diga qué debe o no debe entenderse por cada cosa o materia que se trate o exponga determinado autor. Y, desde luego, tampoco la hay en este tema.

Eso que entendemos nosotros como bien común no puede entrar en colisión con el bien particular de nadie, porque de hacerlo dejaría de ser "común". Y, en muchos supuestos, de un "bien". Si –por caso- para un criminal es "bueno" asesinar, va de suyo que ello no puede ser un "bien común", porque no se puede concebir que sea un "bien" para su/s potencial/es o efectiva/s victima/s.

Por eso, para las doctrinas antiliberales, en cambio, el bien común es la antítesis del individual, y sólo puede ser definido por el líder del partido gobernante (o por aquellos a quienes él designe) lo que resulta -en la práctica- que por ese término se entiende lo que es "bueno" para ese partido en el poder, sus jefes, miembros, adherentes, simpatizantes y nadie más, en tanto bajo esa óptica, el "bien individual" es el de todos aquellos que no están de acuerdo con el jefe del partido al mando o con sus secuaces, es decir los opositores. En este caso, la defensa del "bien común" implica –en última instancia- silenciar o aniquilar a todos aquellos que disienten con el régimen que lo ha determinado de tal manera. En consecuencia, el bien común se caracteriza de manera distinta y antagónica dependiendo del enfoque: será uno bajo el prisma liberal y otro bajo el antiliberal.


[1] Friedrich A. von Hayek, Camino de servidumbre. Alianza Editorial. España. pág. 119.

Política, elecciones y liberalismo.

 Por Gabriel Boragina ©

 

Una nueva jornada electoral ha pasado en la Argentina y es hora de sumar nuestra reflexión sobre los resultados, y el rol de las ideas liberales y su desempeño en el plano político.

Cómo hemos advertido en otras ocasiones, no han faltado entre las filas antiperonistas quienes hayan aventurado que esta derrota en las P.A.S.O. del oficialismo peronista (en el caso, el peronismo k del Frente de Todos) sellaba la suerte definitiva de este partido que viene marcando el destino trágico de la Argentina desde 1945 hasta la fecha.

Por supuesto, se trata de un enfoque ingenuo que supone que el populismo se elimina desde las urnas, lo que revela un desconocimiento completo de lo que es el populismo, algo que trasciende al peronismo y que ha sido practicado en la Argentina por otras expresiones partidarias. Faltará ver todavía que depararán las elecciones legislativas de noviembre.

El triunfo de Cambiemos (ahora Juntos por el Cambio) es el resultado lógico de los dos años de desgobierno del FdT, al que debe agregársele el pésimo manejo de la pandemia (la cuarentena "eterna" dispuesta por el oficialismo). En Argentina se vota por reacción más que por convicción, y siempre se usa el voto como un castigo al vencido, más que como un premio al vencedor. Falta de cultura cívica y desconocimiento de la ciencia política son -a nuestro juicio- las causas principales de estos cambiantes humores electorales, que dan la victoria a "A" y se la quitan a "B" para (un par de años más tarde) dársela a "B" sólo para quitársela a "A". Cada vez que hay elecciones en la Argentina se asiste al mismo ciclo.

Los candidatos liberales han mostrado un resultado muy modesto si lo comparamos con la altísima exposición mediática que han tenido (y no desde ahora) y la profusa publicidad que se les dieran en las redes sociales, quizás mayor -en muchos casos- que la del resto de los candidatos de los partidos tradicionales del oficialismo y la oposición.

Pocos o ninguno de los derrotados admiten abiertamente la derrota, o tratan de ocultarla tras eufemismos poco convincentes.

Me ha sorprendido conocer la opinión de algunos liberales de nota que --desbordando un optimismo exagerado (y poco prudente) hasta han afirmado que alguno de esos candidatos habría "corrido el eje del debate” e instalado el ideario liberal en la sociedad. Pero la realidad en materia electoral la dan los números y –nuevamente- si los contrastamos con la altísima exposición mediática de esos candidatos liberales, el fruto de la urnas debió ser tan o más espectacular que esa exhibición mediática que tuvieron, y los magros resultados (siempre en comparación con el resto de los contendientes) difícilmente pueden leerse o interpretarse como una "victoria".

¿Cómo leer estos resultados entonces? Desde mi punto de vista, hay algunas de las siguientes cosas que están fallando en el liberalismo argentino:

1.                  La comunicación de las ideas no es buena ni es la adecuada.

2.                  La comunicación es buena y adecuada, pero simplemente la gente no comparte la idea liberal o libertaria.

3.                  Ambas anteriores combinadas.

Esto es lo que reflejan los resultados electorales. Queda para el análisis determinar cuál de las tres variantes es la que se está dando y cómo corregirla.

Visto en perspectiva, el último partido liberal que fue capaz de correr el eje del debate en cuanto a l ideario liberal fue la UCeDe (Unión del Centro Democrático) durante los años `80 y principios de los `90 gracias al impulso de su artífice y líder indiscutido, el Ingeniero Álvaro Alsogaray, que supo aglutinar a gente de todas las edades y comunicar eficazmente por primera vez en la Argentina de manera política las ideas liberales, dando cauce a todas las expresiones que caben dentro de ella, las que incluían a conservadores, austriacos, liberales clásicos, libertarios e, incluso, anarcocapitalistas. Hasta tal punto, de que luego de constituir por primera vez la tercera fuerza política en las elecciones de 1989, forzó al presidente peronista Carlos Menem a adoptar algunos de sus principios y nombrar a referentes del partido en puestos del gobierno. La UCeDe tenía presencia en el entonces Concejo Deliberante (actual legislatura de la Ciudad de Buenos Aires) y por primera vez en la historia varios legisladores en el Congreso, incluyendo al jefe del partido, Alsogaray.

Dicha experiencia no volvió a repetirse en el país. Su fracaso obedeció a múltiples factores, entre los cuales, quizás el de mayor peso, fue el que la mala implementación de medidas de inspiración liberal (o ausencia por completo de ellas) por parte de Menem, sumados a varios hechos de corrupción de su gobierno enviaron una señal falseada a la ciudadanía sobre lo que se promocionaba como un gobierno "neoliberal".

El resultado fue que "el eje del debate" volvió a correrse hacia la izquierda, y las ideas socialdemócratas volvieron a resurgir, poniendo en el gobierno al radical Fernando de la Rúa, para -tras un anunciado fracaso estrepitoso- dar paso nuevamente al populismo más abyecto, que fue lo que se volvió a instalar en el escenario político con la llegada de los Kirchner y de allí hasta el momento de escribir estas líneas.

La reacción a todo esto no fue liberal sino que fue Cambiemos, un partido de corte desarrollista -a la usanza del MID que en los años 50/60 llevara al gobierno al Dr. Arturo Frondizi-, lo que (desde un punto de vista liberal) promueve el desarrollo a través de un programa de inversiones en infraestructura urbana, vial e industrial fundamentalmente, con alguna promoción a las PyMES, pero con importante presencia estatal. La nota distintiva de Cambiemos fue el combate a la corrupción como bandera, pero al mantenerse políticas de corte populista -en especial los subsidios a través de la figura del asistencialismo que se tradujo en el mantenimiento de los planes sociales que fueron el sostén del populismo al que sucedieron- le quitó margen de maniobra, agravado por la ausencia casi completa en el Congreso, donde Cambiemos fue minoría durante toda su gestión.

En este marco histórico las ideas liberales no tienen prácticamente cabida, excepto en una minoría que es la de siempre. Habrá que examinar cuál de los tres factores que señalamos (o cuales otros que se le añadan o los suplanten) son los que hacen que –políticamente- el liberalismo no haya retornado a aquel efímero brote que se vivió y que -por sobre todo- la legislación habida desde entonces hasta ahora en lugar de liberalizar más a la gente cada día la oprima más, y por qué el populismo tiene tan amplia aceptación entre los argentinos.

El mito del capitalismo "de estado"

 Por Gabriel Boragina ©

 

"En América Latina y en Colombia no se dieron revoluciones democráticas y este es un elemento clave de por qué el Estado no ha sido un instrumento de desarrollo capitalista permanente."

Francamente, no vemos el punto de contacto entre "revoluciones democráticas" y el estado/gobierno como "instrumento de desarrollo capitalista permanente", ni tampoco queda claro a qué se refiere el autor con la locución "revoluciones democráticas" las que reputa "inexistentes" en América latina y en Colombia.

Si lo que quiere decir es que las instituciones democráticas que se pretendieron implantar en el continente no han sido consistentes con lo que la mayoría de la gente (sean legos o doctos) consideran una democracia, quizás podríamos estar de acuerdo con el mismo. Ahora bien, aun así y todo, que observe en ello un factor "clave" en el hecho de que el gobierno/estado no hubiera sido "instrumento de desarrollo capitalista" no puede entenderse desde el punto de vista que hemos venido esbozando, porque -conforme ya desarrollamos- ningún gobierno/estado puede serlo, ni cumplir siquiera provisoriamente con ese papel.

El carácter polisémico del vocablo capitalismo utilizado sobre todo en el sentido peyorativo que le supo dar el marxismo, genera desde su popularización una variedad de significados que desdibujan su concepto quitándole precisión y confundiéndolo con otros que no tienen que ver con él, parcial o totalmente. El capitalismo es un orden espontáneo (F. v. Hayek) de tal suerte que, el estado/gobierno no es ni puede ser "instrumento" del mismo, y menos aún para su "desarrollo". Antes por el contrario, la relación entre estado y capitalismo siempre ha sido conflictiva y contrapuesta, ya que el estado/gobierno es el aparato de coacción social, y el capitalismo nace y se desarrolla sola y exclusivamente en un ámbito de libertad social.   

"Frecuentemente sectores privilegiados han considerado al Estado como de su propiedad particular. En ciertas fases ese estado ha pretendido reemplazar este desarrollo social mediante el corporativismo – gremios de la producción, grupos financieros y sindicatos de trabajadores - y el capitalismo de Estado con resultados positivos durante un tiempo, para después generar condiciones en las que políticos y sindicatos de trabajadores públicos capturan las rentas públicas para ellos y el desarrollo es ahogado por espirales inflacionarias e inestabilidad macroeconómica."[1]

Si bien no explica, en su caso, qué entiende por "capitalismo de estado" parece claro que lo considera algo diferente al corporativismo del que habla en primer lugar. Podemos pensar entonces que por tal "capitalismo" participa de la idea que es un sinónimo de socialismo, como en términos más o menos parecidos, lo tratan el resto de los autores examinados con anterioridad.

Lo verdaderamente curioso es que diga de dicha conjunción de corporativismo y socialismo que la misma hubiera dado "resultados positivos durante un tiempo". Lamentablemente no explícita cuales fueron esos "resultados", por lo que no podemos analizarlos, ni mucho menos evaluarlos, pero no conocemos resultados de ese tipo en ninguna experiencia a nivel mundial, cierto es -en cambio- que el socialismo genera resultados muy positivos para los líderes políticos que lo aplican, que son los únicos que se benefician del sistema: una minoría a costa de una mayoría que mantiene sus lujos.

Para la elite gobernante esos resultados no son positivos solamente durante un tiempo sino que se prolongan en la misma medida que el régimen de esclavitud socialista se extienda, y en la proporción que la sociedad a la cual esclaviza tenga o le quede algo para producir. Más allá de ello, ningún estado/gobierno ha sido jamás factor ni gestor de desarrollo de ningún pueblo. Por lo tanto, las "condiciones" que termina apuntando el autor en virtud de las cuales "políticos y sindicatos de trabajadores públicos capturan las rentas públicas para ellos" no son en modo alguno de extrañar, ya que constituyen consecuencia lógica y natural del sistema corporativista que -en última instancia- es simplemente una variante del socialismo.

Pero incluso existen autores que al régimen comunista cubano también llaman "capitalismo de estado" dejando de lado los vocablos comunismo y socialismo:

"El país muestra una ineficiente organización productiva e institucional, con una mezcla de lo público y lo privado. En esta mixtura domina un capitalismo de Estado, en donde el gobierno es el mercado principal interno, para que los intereses puedan explotar la mano de obra, los recursos primarios y el paisaje nacional. A su vez, lo que más atrae a los dirigentes y burócratas cubanos son los fondos, tecnologías y vínculos comerciales y financieros de los inversores extranjeros."[2]

Repitamos que, ningún gobierno puede "reemplazar" al mercado. Es una aberración creer y -más aun- afirmar cosa semejante. Cierto es que el socialismo y el comunismo siempre han pretendido hacerlo (en rigor es su objetivo principal) pero jamás lo han logrado, ni pueden conseguirlo, ni lo conseguirán nunca.

L. v. Mises ya explicó con suficiente claridad que no es posible ningún "sistema mixto" entre el capitalismo y el socialismo. Los medios de producción no pueden ser poseídos por el estado/gobierno a título de propiedad sino de usurpación, y que aun así no puede explotarlos, porque al restringir o desaparecer la propiedad privada también se esfuman las señales que el mercado libre provee para que cualquier economía pueda funcionar, es decir, los precios. Sin estas herramientas propias del mercado libre, los estados/gobiernos carecen de datos ciertos y fidedignos, y los mismos se trasforman en un juego de adivinanzas a la hora de saber qué, cómo, cuánto y cuándo producir. Esto ocasiona des-economías o -más correctamente denominados- despilfarros de capital.

Si el control de la economía no es total, los resultados de los experimentos mixtos -que L. v. Mises llama intervencionismo- son cada vez más insatisfactorios desde el propio punto de vista de los burócratas interventores. Es esto lo que hace que el gobierno no pueda conformarse controlando un solo precio o una serie de precios de varios productos sino que tenga que ir controlando todos los de la cadena de producción, hasta que todas las ramas elaborativas queden intervenidas, desapareciendo el mercado libre y con él, el capitalismo (incluyendo tal extraña cosa como el "de estado"). 


[1] Salomón Kalmanovitz "LAS INSTITUCIONES COLOMBIANAS EN EL SIGLO XX" Pág. 5. Publicado en www.hacer.org

[2] Puerta, Ricardo. Corrupción en Cuba y cómo combatirla. - 1a ed.- Buenos Aires: Fundación CADAL, 2004. Pág. 165

¿Cuántos "capitalismos" hay?

 Por Gabriel Boragina ©

 

La base de todo capitalismo es la propiedad. El derecho de propiedad es un derecho individual no colectivo, pese a que se haya creado esta última ficción en el campo del derecho y sea, hoy por hoy, la más popular de todas. No hay ninguna necesidad de distinguir el mercantilismo de un "capitalismo liberal". Basta decir que el mercantilismo no es capitalismo, sin necesidad de adjetivar a este como liberal, ya que se trata de una redundancia, el capitalismo no puede ser socialista ni estatista ni colectivista con lo cual estaríamos confundiendo absolutamente todo y tendríamos que elaborar un trabajoso compendio de expresiones aclaratorias y clasificaciones discutibles además de interminables. Para hablar de un "capitalismo liberal" deberíamos explicar que sería, entonces, el capitalismo antiliberal.

"El capitalismo liberal se distingue tanto del socialismo o capitalismo de Estado de las izquierdas, como del mercantilismo o capitalismo monopolista de las derechas, en cualquiera de sus variantes."[1]

Bastará decir de nuestra parte -y en desacuerdo con el autor- que el capitalismo se distingue del socialismo y del mercantilismo, simplificando y clarificando los conceptos y precisándolos. Por otra parte, la terminología que se emplea en la cita es una suerte de claudicación frente a los enemigos del capitalismo y que implícitamente supone admitir que habría partes o tipos de capitalismo malsanas, o que este admite combinaciones con otros tipos de sistema, lo que, nuevamente, autores como L. v. Mises han demostrado que es imposible simbiosis alguna del capitalismo con cualquier otro. Podría parecer una cuestión menor y reducirse a una disputa sobre etiquetas. Pero entiendo que va más allá de eso, ya que se trata de no quedar incomunicados y darle a las palabras una significación concreta que le quite toda ambigüedad o la mayor posible.

Por otra parte, es fundamental recordar los tres componentes básicos para que haya capitalismo: propiedad privada, precios y mercados, a partir de los cuales se podrá calcular económicamente. La existencia de bienes de capital (y por ello de capitalismo) depende de la posibilidad de realizar dicho cálculo. Si aquellos tres elementos no existen o se los entorpece, tampoco podrá determinarse si hay o no bienes de capital. Y si no es posible esto último no hay capitalismo alguno. 

"En cuanto al socialismo o capitalismo de Estado, poco difiere del mercantilismo excepto en sus discursos e intenciones declaradas de servir específicamente a los pobres antes que a “la nación”; y en los sectores que realmente lo aprovechan, principalmente grupos políticos y burocráticos, en lugar de los tradicionales empresarios estatistas."[2]

El mercantilismo -que es casi el mismo que L. v. Mises denomina intervencionismo- no es una combinación de socialismo y capitalismo sino un tercer sistema que no es ni una cosa ni la otra, pero cuya propia dinámica lo lleva de camino al socialismo. El profesor austriaco, con mayor precisión, lo llamaba socialismo de patrón alemán para diferenciarlo del socialismo de patrón ruso aludiendo a las distintas maneras de aplicar un mismo sistema.

Las razones para censurar la fórmula "capitalismo de estado" empleadas por este autor (de la cita al pie) son las mismas a las que dimos anteriormente. Capitalismo y "estado" no son intercambiables, de la misma manera que tampoco los son capitalismo y socialismo. Más allá del discurso que menciona el párrafo, las diferencias son de organización económica.

"Toda economía es capitalista, en tanto emplea ahorros y medios de producción para multiplicar los bienes y servicios. Pero el liberalismo o capitalismo liberal se opone al mercantilismo y al socialismo: el mercantilismo es el estatismo o capitalismo de Estado en provecho exclusivo de los sectores económicos establecidos"[3]

Aquí el autor insiste en expresiones a las que ya ha aludido con anterioridad. Y si bien -como ya dijimos- le asiste razón cuando afirma que toda economía es capitalista ello es así cuando se sobreentiende que se habla de la economía privada en la que -por definición- el burócrata no interfiere. Sin embargo, esto se dio recién a partir de finales del siglo XVIII. La economía mundial antes de esa fecha no era capitalista, fue esclava en primer lugar, luego feudal, más tarde mercantilista, y recién a partir del siglo indicado comenzó tenuemente la etapa del capitalismo, de tal suerte que, la afirmación peca de inexactitud o parcialidad histórica. Más correcto hubiera sido haber aseverado que toda economía tiende a ser capitalista (si se le permite serlo).

El capitalismo (se le quiera llamar liberal o no, lo cual no es más que una redundancia) es un fenómeno relativamente nuevo en la historia económica mundial. En favor del autor podría argüirse que la palabra capitalismo ha sido tan manoseada, malinterpretada y tergiversada por sus enemigos (de buena y de mala fe) que en muchos aspectos se justifican sus esfuerzos por distinguir entre varios tipos de capitalismo, ya que la gente tiende a confundir todo y a apegarse a la versión marxista del vocablo, que es claramente peyorativa.

Pero lo anterior valdrá solamente con aquellos que poco o nada saben de economía, ni de historia económica. Quienes tienen algunas nociones de estas, pueden y deberían estar en un nivel de comprensión mucho más alto, que les permita entender que el capitalismo se define por sus condiciones propias, y que se distingue de los demás sistemas sin necesidad de rotulaciones específicas. Una vez que estudiamos el tema y lo entendemos nos damos cuenta que es ocioso etiquetar al capitalismo con epítetos tales como "de estado" "privado" "liberal" "de mercado" y por el estilo, que no son más que términos redundantes que ya están implícitos e integran de la misma manera el concepto que encierra la palabra capitalismo. O que son incompatibles como el "de estado".

Hay otra razón por la cual el capitalismo no puede ser estatal. Al no producir capital alguno el gobierno solo puede expropiárselo. No hay otra vía ni manera por la cual el gobierno puede manejar el capital. No obstante -y paradójicamente- apenas el gobierno consuma el acto de expropiación del capital este deja de ser tal, o sea, lo que hasta ese momento era "capital" deja a partir de su ingreso a la esfera estatal de serlo. Su condición de capital se evapora, desaparece. El capital sólo es tal mientras se halla bajo el control de su propietario. No es indiferente el origen del capital.


[1] Alberto Mansueti - José Luis Tapia Rocha. LA SALIDA. o la solución a los problemas económicos y políticos del Perú, Venezuela y América Latina- Edición ILE. Perú. pág. 91

[2] Mansueti - Tapia Rocha. Ibídem, Pág. 92

[3] Mansueti - Tapia Rocha. Ibídem. Pág. 246

No existe el candidato perfecto

Por Gabriel Boragina ©

 

Los debates giran en torno a tal o cual candidato. Siempre es igual en vísperas de elecciones. Escasean las ideas y mucho más todavía el intercambio de ellas. Hay pocas excepciones, pero el grueso de lo que se lee o escucha es de si fulano es mejor que mengano. Por supuesto que la persona importa, pero lo que la persona hace o dice es el resultado de lo que piensa. Y cuando el candidato dice o promete una cosa pero hizo o hace lo contrario, su verdadero pensamiento es el que plasma en su acción. Y como lo que se piensa son las ideas el debate debería girar en torno a ellas. Sin embargo, las discusiones políticas en Argentina no pasan por este eje. No es que no existan ideas sino que estas, simplemente, no importan a la masa. Y por lo tanto tampoco interesan a los candidatos políticos.

No hay que culpar al electorado de lo anterior. Por lo menos no a esa parte de gente (muy pequeño por cierto) que piensa seriamente. Ocurre que, con demasiada frecuencia, los candidatos cambian de idea o sostienen proyectos o promesas contradictorias. Ante semejantes giros y veletas, es lógico que ese electorado serio, culto y pensante se convierta en parte de esos famosos indecisos que no saben a quién depositarle el voto.

No es fácil decidir cuándo quienes (entre los candidatos) se llaman “liberales” prometen medidas de “justicia social" y los que defienden el populismo aparecen proponiendo recetas de” libre mercado”. ¿A quién creerle? La experiencia indica que a ninguno, pero la práctica en materia política también aparece como un producto altamente devaluado. Tuvimos la vivencia de un gobierno que durante más de una década asoló y devastó económicamente al país, pero tras un breve paréntesis ese mismo pueblo asolado y devastado por ese gobierno lo ha vuelto a elegir para proseguir su obra demoledora. ¿Fraude electoral o simple idiotez colectiva? Carezco de respuesta aunque me consolaría pensar lo primero.

Pero todavía persiste el mito en algunos de buscar al "candidato perfecto" olvidándose que los políticos son seres humanos como cualquiera, con los mismos defectos y virtudes que los demás. Por eso insisto en la importancia de las ideas y no de las personas que portan esas ideas. Porque las personas no están atadas a sus ideas sino que a menudo las cambian y en materia política con más frecuencia que en cualquiera otra. Creo que no hay nada más coyuntural que la política.

Dado que, si se admite que haya candidatos indecisos ¿por qué no se acepta que los políticos vacilen en cuanto a las cosas que pensaron o hicieron antes? Por ello, es un error seguir a fulanito o menganito, y es un acierto seguir la idea tal o cual, según cual sea la que la persona considerara la acertada. Pero en materia política no basta seguir una idea y votar al candidato que dice defenderla sino que se necesita más. Y aquí es donde entran a juzgar otros factores. Estaremos en mejores condiciones de saber a quién votar no solamente si la persona en cuestión defiende las ideas en las que creemos sino que también deberíamos identificar en esa persona estos elementos:

 1) experiencia política

 2) coherencia de ideas

 3) gerenciamiento

 4) liderazgo

 5) decencia

Yo no votaría nunca a quien no le conociera ninguna de estas condiciones.

Pero, volviendo al comienzo ¿por qué los políticos se muestran escasos de ideas en campaña? Las respuestas podrían ser varias, por ejemplo que no las tienen, pero también que el electorado no las demandan. En cualquier caso, las promesas son de “más bienestar para todos”. Esto -puede decirse- es una constante en cualquier campaña política y, probablemente, que en cualquier país. ¿Qué político aspiraría a ganar elecciones si prometería al votante que si triunfa va a estar peor que si perdiera?

De cualquier manera, prometer el “bienestar general” es de imposible cumplimiento (lo sepa el promitente o no) porque implicaría suponer que el bienestar es para todas las personas el mismo, lo que no es cierto, porque el bienestar de cada uno es diferente al del otro. Y aunque en algunos pocos puntos pudieran coincidir temporalmente, ello se diluye cuando se trata del bienestar de millones de personas disimiles.

¿Cómo saber que es concretamente lo que cada uno necesita? El bienestar de Juan no es el de Pedro, por eso prometerles lo mismo a ambos es una utopía (y una tremenda ingenuidad de Juan y de Pedro si creyeran que el candidato que votan confiando en aquella les cumplirá la promesa). Más allá de que aun el candidato fuera verdaderamente bienintencionado, materialmente nunca podría cumplir con esa promesa, por mucho que fuera la buena fe con la que la hace.

Existe un mito por el cual el político -por el sólo hecho de ser político- está ya de por si capacitado para -llegado al poder- producir la felicidad de “todo el mundo”. Es más, hay una especie de acuerdo tácito en la sociedad en que este es “su deber”. Lo dicho parece ser un resabio de la época monárquica y la célebre doctrina del poder divino de los reyes que fuera indiscutible hace apenas un poco más de dos siglos, pero trasladado ahora a todo político. Este mito desconoce lo que ya señalamos muchas veces: que el político es un ser humano con las mismas apetencias, virtudes, defectos y debilidades que las que posee cualquiera de nosotros. Y también con sus ambiciones personales, las que no son ni malas ni buenas, excepto por la tentación que el poder provoca en aquellos que acceden a el de abusar del mismo para su beneficio personal perjudicando a los demás. En el político electo particularmente grave, porque se le confiere dominio sobre las haciendas y propiedades ajenas.

No necesariamente con esto indico que todo político sea deshonesto. Sino que aun sea el más decente de todos puede cometer errores, ser imperito y dañar el patrimonio ajeno o los derechos de otros. El daño en tal caso será el mismo de que si lo hiciera adrede. Lo único que cambiaría seria la motivación. Sin duda es peor moral y jurídicamente el perjuicio a los demás cuando es deliberado. Pero cuantitativamente, ya sea por corrupto, o por ignorante o imperito, en ambos casos el político está perjudicando a la comunidad y no debe ocupar ese lugar.

Acerca de los Estados "capitalistas"

 Por Gabriel Boragina ©

Hemos venido criticando la expresión "capitalismo de estado" empleada por ciertos autores (inclusive aquellos partidarios del capitalismo (a secas)) por creer que se trata de no otra cosa que una contradicción en términos.

En esa línea, parece que uno de ellos, el célebre historiador británico, Paul Johnson, gusta llamar "capitalismo de estado" a "los gobiernos [que] crecieron y aumentaron su poder"[1]. Podemos plantear aquí las mismas disidencias que hicimos al autor examinado en las oportunidades precedentes que nos ocupamos del tema.

El crecimiento de cualquier gobierno no es "capitalismo" sino que es estatismo, vocablo este último que expresa con meridiana claridad y en toda su dimensión la realidad del fenómeno, sin necesidad de extrapolar términos cuya significación denota conceptos muy diferentes al más claro estatismo. L. v. Mises también lo llama intervencionismo, cuyo significado es intuitivo y también mucho más apropiado al de "capitalismo de estado".

Habrá que insistir, entonces, que el capitalismo es propio de la actividad privada y no se confunde con los gobiernos excepto en el mal uso y abuso que se hace de las palabras.

Sigue siendo fundamental para entender este tema tener en cuenta la objeción de este último autor en relación a la imposibilidad de calcular económicamente en el socialismo. Dicho último factor determina que, en el mismo, no puede establecerse qué cosa es un bien de capital y que no lo es, ya que en el socialismo (y por extensión en el estatismo) los bienes no tienen pecios, es decir, en rigor no serían bienes sino simplemente cosas. Si una cosa no tiene precio puede ser literalmente cualquier cosa. En sentido económico, podría ser tanto un bien de capital como otro de consumo. En un sistema semejante un tractor –por ejemplo- podría servir tanto para la labranza como para dar un paseo por la vecindad. Lo que determinará qué uso se le dará estará condicionado a si hay o no precios para los productos de ambas actividades. En un régimen capitalista los habrá para la labranza y no para los paseos (en tractor), pero en otro socialista no los habrá para ninguno de los dos. En consecuencia, es imposible saber en este último sistema si el tractor es un bien de capital o no. Ergo, es absurdo llamar "capitalista" a un esquema semejante, donde no se pueden diferenciar los bienes de capital de otros tipos de bienes, es decir, donde todos ellos son simplemente cosas, y no puede deducirse cuáles de esas cosas son bienes propiamente dichos y cuales otras simplemente cosas.

Veamos otras opiniones parecidas a la examinada antes:

"Respectivamente, mercantilismo y socialismo se definen también como “capitalismo oligopólico” y “capitalismo de Estado”. Una economía siempre es “capitalista”, porque hay capital: no toda la producción se destina al consumo inmediato, un excedente se ahorra, para ser invertido en producir bienes que sirven para producir otros bienes, por ej. maquinaria, equipos, plantas e instalaciones, edificios de oficinas. En este sentido, en toda economía la producción es indirecta. Esos bienes de segundo orden -bienes instrumentales o productivos- se llaman “de capital”.[2]

Hasta aquí la explicación es correcta, y podemos coincidir en un todo con ella, lo que no será así con la segunda parte del párrafo que citaremos seguidamente. Es cierto que "Una economía siempre es “capitalista”, porque hay capital" pero no es acertado llamar a un estado/gobierno "capitalista" o "capitalismo de estado", ni avalar esos usos idiomáticos.

Sería redundante aludir a la "economía privada", pero dado el tal grado de confusión que el mal uso de las palabras hacen en este tema se torna imprescindible realizar aclaración tras aclaración.

Toda la explicación del párrafo anterior citado supone la existencia de los tres requisitos forzosos para darse el capitalismo que ya hemos mencionado antes: propiedad privada, precios y mercados. En ninguna economía estatista (si es que puede hablarse de tal cosa) se dan, o bien, se permiten en esferas tan pequeñas e insignificantes que no logran efectos de largo alcance. En una palabra, la descripción que se hace en la cita es lo que ocurre en un sistema capitalista o también designado como economía de mercado.

"Por eso en toda sociedad hay capital -mucho o poco-, que puede ser propiedad del Estado o de los particulares. Pero en el segundo caso, el acceso a los mercados -y por tanto las oportunidades de formar capital- puede estar más o menos restringido por el poder, como es en el mercantilismo, o haber libre competencia, como es en el capitalismo liberal. Así como en política la democracia puede no ser liberal, también en economía hay un capitalismo no liberal, que es el mercantilismo. Y un capitalismo de Estado, antiliberal también, que es el socialismo."[3]

Aquí comienzan nuestras discrepancias con el autor que estamos estudiando ahora. El capital no puede ser "propiedad" del estado/gobierno, porque la creación de capital es privada y no hay tal cosa como "propiedad estatal" o "pública, colectiva, comunal", etc.

Por lo demás, ya hemos explicado que -siguiendo al profesor L. v. Mises- allí donde el sistema de precios no exista o se encuentre restringido por controles gubernamentales se dan estas situaciones: 1) o directamente no se puede calcular o 2) los cálculos que se hagan siempre tendrán como resultado distorsiones tanto o más severas cuanto más este interferido el sistema de precios.

Un control de precios es una restricción a la propiedad privada. En la medida que el gobierno no pueda distinguir (en virtud de su propia intervención) cuáles bienes serían de capital y cuáles de consumo, todos los bienes van pasando -más temprano o más tarde- a esta última categoría. En rigor, se estaría consumiendo capital, pero el gobierno estatista o socialista no puede saberlo con exactitud y ni siquiera aproximadamente, ya que ha desfigurado todo el sistema de precios, porque ha restringido o suprimido -parcial o totalmente- la propiedad privada de los medios de producción.

Uno de los peligros que existen al intentar explicar este tema por parte de los autores es entrecruzar o entremezclar economía con política. Como se observa haca el final de la cita, el autor hace ese entrecruzamiento entre política y economía.


[1] Citado en Eduardo García Gaspar. Ideas en Economía, Política, Cultura. Parte I: Economía. Contrapeso.info 2007. Pág. 319

[2] Alberto Mansueti - José Luis Tapia Rocha. LA SALIDA. o la solución a los problemas económicos y políticos del Perú, Venezuela y América Latina- Edición ILE. Perú. pág. 42-43

[3] Mansueti-Tapia Rocha. La Salida. Ibídem. pág. 42-43

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