Colectivismo, individualismo y egoísmo


Por Gabriel Boragina ©

La principal dificultad que se presenta en el debate de este tema, -dejando momentáneamente de lado las diferencias filosóficas- es la falta de precisión de límites y contornos precisos que distingan el pensar, actuar y sentir colectivista del individualista. Cada autor tiene, por supuesto, sus propias posiciones y puntos de vista, y resultará sumamente difícil hacer un análisis de todos ellos, pero tampoco es nuestra pretensión efectuarlo aquí y ahora. Por lo que nos limitaremos a ofrecerle al lector solamente unos pocos criterios, que son los que utilizamos nosotros para trazar esas diversidades, que dicho sea de paso, para nosotros son claras.
El colectivista razona siempre de este modo:

1.   "Me debo a la sociedad" o
2.   "La sociedad me debe"

En cambio, el individualista lo hace así:
3.   "Me debo al individuo" o
4.   "El individuo me debe"

Como dijo K. R. Popper[1], un colectivista puede ser un perfecto egoísta (caso de la fórmula nº 2) contrariamente a lo que comúnmente se piensa. El egoísmo del colectivismo se diferencia del posible egoísmo del individualismo, en que el colectivista egoísta le reclama a todos que le sirvan, le provean o lo atiendan, en cambio el individualista egoísta sólo le reclama a otro ; lo que hace del egoísmo colectivista algo muchísimo más dañoso que el eventual egoísmo individualista.
Desde el punto de vista del "altruismo" se puede decir lo mismo (vendrían a ser las situaciones 1 y 3 de arriba). En el caso nº 1 el colectivista declara su voluntad de sacrificarse o permitir ser sacrificado por cualquiera de los miembros del colectivo, o por todos juntos al mismo tiempo y sin distinción de buenos o malos. El individualista altruista, en cambio, sólo se sacrificará por otro individuo, jamás por un grupo como grupo en sí mismo. Es importante aclarar esto último: un individualista altruista (o altruista individualista, que es lo mismo) puede sacrificarse a sí mismo por otra persona o por más de una persona, pero nunca lo hará al mismo tiempo, ni por los mismos motivos, ni mucho menos porque estas personas pertenezcan a un colectivo al que adhiere. Y aquí viene lo aparentemente paradójico del individualista altruista: se sacrificará por otro (u otra) por motivos puramente egoístas (ahora si, en un sentido claramente misiano), de donde concluimos que el altruismo es -en el fondo- un comportamiento tan egoísta como cualquier otro, como parece ser el pensamiento expuesto por Ludwig von Mises respecto de este tema. El presente enfoque se aparta en algo (o en mucho) -creemos- de la tajante división que hace Ayn Rand entre altruismo y egoísmo. También nos abstenemos de tratar como "virtuoso" a uno o al otro aisladamente, ya que esta calificación entra de lleno en el campo de los juicios de valor.
Demás está decir que el político -en función de gobierno- quizás el colectivista por antonomasia, declama hasta el cansancio la frase nº 1 en todos sus discursos, pero su meta es concretar -en los hechos- la fórmula nº 2, que se termina transformando en un objetivo, por el cual a la frase "la sociedad me debe" le corresponde complementarse con "la sociedad me debe... (respeto, poder, dinero, obediencia, lealtad, fidelidad, amor, temor, culto, pleitesía, reverencia, etc..) "
Como ya tuvimos ocasión de expresar en muchas otras oportunidades, el colectivista -en su versión totalitaria- reemplaza el singular por el plural, de tal suerte que transforma rápidamente las fórmulas 1 y 2 en las que -para seguir el orden de numeración- denominaremos las 5 y 6, las que convierte del siguiente modo:

5.   "Nos debemos a la sociedad" o
6.   "La sociedad nos debe"

Esta forma claramente hipócrita de expresarse, es nítidamente totalitaria, porque quien la pronuncia, asume implícitamente -por si, ante sí y también ante los demás- que todos, absolutamente todos, deben pensar, desear y conducirse de la manera en que se enuncia. Y es manifiestamente hipócrita, porque esconde habilidosamente que el autor de la frase se encuentra expresando su propia aspiración o sentir, generalizando indebidamente hacia los demás (el colectivo) su particular profesar, desear o querer. Lo que se está haciendo -en definitiva- con las fórmulas 5 y 6 es impartir una orden semi-encubierta a todos los demás, la que se "suaviza" a los sensibles oídos del auditorio con la aparente "inclusión" del ordenante dentro de la fórmula general ("nos"). En los casos 5 y 6, pareciera que el "colectivo" se dirige al "colectivo" y no como en los supuestos anteriores (1 y 2) en el que el sujeto colectivista se dirige al colectivo (activa o pasivamente). No hay ni puede haber una equivalencia semejante en el individualismo. En las fórmulas 5 y 6, el colectivista asume él mismo el rol del colectivo y se "fusiona" con él. Por supuesto que, en el mundo fáctico y real, no hay "fusión" de ninguna naturaleza, pero en la impresión de los destinatarios del mensaje queda impregnada esa misma sensación, con lo cual el colectivista totalitario consigue su objetivo (dominar a una masa dócil). Pero además, resulta implícita en las locuciones 5 y 6 la exclusión completa del individuo, y hasta podría decirse que en ambas se está haciendo una declaración –también sobrentendida- de su enemistad, tanto desde el individuo hacia el colectivo como respecto de los objetivos del mismo. Esta "enemistad" desde luego que no existe en esa dirección sino en la inversa, y es solamente una proyección colectivista que sirve a los fines del colectivismo, que no son otros, como tantas veces hemos dicho, que los del líder del colectivo en cuestión (ya sea este un colectivo político, sindical, empresarial, etc.).
Piénsese asimismo que, en la mentalidad colectivista, muchísimas veces se asume sin más que el representante "natural" de la sociedad no es otro que el gobierno mismo, por lo que -por ejemplo- el enunciado "Nos debemos a la sociedad" en rigor debe traducirse como "Nos debemos al gobierno", expresión esta última que mantiene todo su significado incluso cuando el que la pronuncia es el propio gobernante. De todos modos, ha de quedar claro que las diferencias ente 1, 2, 5 y 6 son más sutiles que de fondo.


[1] K. R. Popper, La sociedad abierta y sus enemigos, Ed. Planeta Agostini. España.

Colectivismo e individualismo comparados. (I Parte)

Por Gabriel Boragina ©

 

Cuando me refiero al individuo sin más, necesariamente me estoy refiriendo a todos los individuos y no solamente a uno. Si quisiera referirme sólo a un individuo no tengo necesidad de (ni debo) hacerlo así, sino que directamente lo identificaré por su nombre propio (Pedro, Juan, Adolfo, María, etc.) o, si es una cosa, por su nombre común (una roca, un zapato, un florero, etc.). Pero si no identifico al individuo en cuestión, la palabra individuo se entiende que alude a todos los individuos. Cosa semejante sucede con el término individualismo, se refiere a una doctrina que representa y  tiene como objeto a todos los individuos y no a algunos y -menos aun -a uno en particular.  

Una persona individualista, entonces, es aquella que piensa y vive en función de todos los individuos y no solamente en la de sí mismo. Se ama a sí mismo y vive para sí mismo, es verdad, pero ello no se contrapone con que también lo haga para todos los demás individuos. Y si no llega a amarlos, como mínimo los respeta y los considera.  Si no lo hiciera así, sería un colectivista y no un individualista. Ninguna persona desconoce que, además de sí misma, existen otras personas en el mundo. Lo que diferencia el actuar y hablar de un individualista al de un colectivista no es este hecho, sino la postura y actitud mental que asuma respecto de sus semejantes. Es decir, si los considera individuos o los considera formando parte de  grupos (que pueden ser el suyo propio o ajenos).  Por ejemplo, si Juan es negro y cuando pienso en Juan lo pienso como Juan, lo estoy pensando como individuo. Si en cambio, cuando pienso en Juan no lo hago como Juan sino como "negro" lo estoy pensando no como individuo sino como parte de un colectivo, en este caso, un colectivo racial : el de los negros. Lo mismo se me aplica a mí mismo. Si en lugar de pensarme como Gabriel me pienso como rubio no me estoy pensando como individuo, sino como parte de un grupo colectivo (en este caso el de los rubios). Lo mismo sucede con muchas etiquetas tales como judíos, católicos, obreros, arios, negros, flacos, gordos, nipones, alemanes, norteamericanos, inteligentes, idiotas, etc. se tratan -en todos los casos- de etiquetas de colectivos que denotan un pensar, un decir (y en muchos casos un sentir) colectivista.

El colectivista concibe al mundo "naturalmente" como un "colectivo". No piensa en términos de individuos, sino como partes de un ente "colectivo" mayor. Para un colectivista un individuo sólo es una pieza de un mecanismo mayor y su "función" sólo se limita exclusivamente a hacer "funcionar" dicho mecanismo. Lo ve pues, como un simple engranaje de una cadena de trasmisión. La "cadena de transmisión" viene a ser el grupo o colectivo, y el individuo solamente su engranaje. Por consiguiente, cuando piensa en términos de "derechos" y "obligaciones" lo hace respecto de algún "colectivo" y nunca respecto de otros individuos.

El colectivista se debe y debe a grupos. Inversamente, entiende que tiene derechos respecto de grupos. No a ni de individuos.

Veamos algunas aplicaciones prácticas de estos conceptos.

Cuando un conductor estaciona en un lugar prohibido para tal efecto en la calle, lo hace -precisamente- porque entiende que él forma parte de un conjunto que tiene "derechos" que ejercer sobre otro conjunto que tiene "obligaciones" para con el conjunto al que el sujeto en cuestión pertenece.  Un colectivo llamado el estado-nación le ha otorgado "derechos" sobre determinados bienes que le ha dado en llamar bienes públicos. Es decir, que forma parte de un colectivo que, puede denominarse indistintamente "el público, la sociedad, el estado, la ciudadanía, etc." y que ese colectivo tiene una "propiedad pública" que es -por ejemplo- la calle. De modo tal que, actúa coherentemente con tales premisas cuando estaciona donde quiere, por cuanto lo está haciendo en un lugar que le han dicho que le pertenece tanto a él como a todos los que forman parte de ese colectivo.  Lo malo pues no está en lo que hace, o sea, en su conducta, sino en la noción de "público" que es un concepto típicamente colectivo y no individual. Por eso se trata de una conducta colectivista y no individualista.

Su mentalidad es pues colectivista, por cuanto considera que él forma parte de un "colectivo" al que puede denominar "pueblo, comunidad, etc." o -en su caso puntual- el "colectivo" de los "conductores de automóviles" que "tiene derechos" como parte de ese "colectivo" a utilizar a su antojo los espacios públicos, porque son de propiedad del público, y como él forma parte de ese público tiene "derecho" a usarlos.  En consecuencia, no se siente infringiendo ninguna disposición, ni ningún derecho cuando estaciona su automóvil en espacios públicos prohibidos a tal efecto.

La persona que fuma en un lugar público -poniendo otro ejemplo- no es individualista sino colectivista. Si fuera individualista no fumaria en lugares públicos, sino que lo haría en privados (individuales o pertenecientes a individuos). Si lo hace en un lugar público es porque es colectivista y, al serlo, puede pensar que el resto de los presentes están allí porque también son colectivistas (aunque no fumen), ergo, considera que no les molesta ni les debe molestar que el sujeto en cuestión fume. Si no fueran colectivistas no estarían allí. O bien puede pensar que si les molesta, son ellos (los molestados) los que no deberían estar allí. ¿Por qué si es un lugar público (y por lo tanto parte de él mismo) no debería hacer allí lo que le venga en gana? Este es el razonar de un colectivista.  En consecuencia, si fuma en ese lugar, su conducta es producto de su ser y "razonar" colectivista. No individualista.  Y además "coherente" con su colectivismo. Lo mismo puede decirse para otras tantas acciones que se verifican en la vía pública (es decir colectiva) como tirar basura, cruzar semáforos en rojo, adelantase en la fila, etc.

La forma pues como se comporta la gente en espacios públicos -es decir, en espacios colectivos-nunca es ni puede ser individualista sino colectivista.

En los espacios públicos nunca resultará posible ver conductas individualistas, porque al ser espacios colectivos, necesariamente la gente que se mueve y se comporta en ellos, lo hará de modo colectivista. Si hay tres (o 10 o 30) asientos en una plaza pública y todos están ocupados, los que están sentados no tienen un derecho exclusivo ni mejor a ocuparlos que otros, por lo que si llegan otras personas que se quieren sentar y los que ocupan se resisten, los recién llegados no harán más que ejercer su derecho público y colectivo si desplazan por la violencia a los que estaban sentados primero. En el colectivismo nadie tiene exclusivos ni mejores derechos que otros.  De idéntico modo, si el hecho de violencia se produce, y los que se quieren sentar echan a los golpes a los que ya estaban sentados, lo hacen en nombre de sus "derechos públicos" o colectivos y no en virtud de ningún derecho "individualista".

Esta es la razón por la cual se necesita de la policía en los espacios públicos y no en los privados.  Sólo se requiere de la policía en espacios privados cuando algún colectivista desea ejercer su colectivismo en un reducto privado. O en otros términos, cuando una o muchas personas de mentalidad y conducta colectivista quiere/n violar el derecho de otra u otras personas, por ejemplo, cuando el ladrón quiere entrar en la casa u otra posesión del vecino o de la del lector.

La conducta del ladrón es típicamente colectivista. Cuando roba lo hace porque entiende que los bienes que roba son públicos y que él tiene algún "derecho" sobre ellos o parte de ellos. Como "el ladrón ve a todos conforme a su condición", contempla a todos sus "prójimos" como potenciales o efectivos ladrones, de modo tal que, al ser un colectivista consecuente con su colectivismo, no siente al robar encontrarse infringiendo "derecho individual" alguno, ya que no considera estarse apoderando de ninguna "propiedad privada" (la que para él no existe). Ergo, no es un individualista, sino un colectivista.

 

El mito del líder

Por Gabriel Boragina ©

En algunas sociedades más que en otras, el culto al líder, al jefe, al "Duce", al "Führer", al "César" está más extendido que en otras, y también se ha ido modificando según las zonas y los tiempos. En todos los casos, siempre pensé que se trata de un signo claro de atavismo, de primitivismo que nos remonta a la época de la tribu, con sus típicos dogmas y tabúes. Y por mucho que esto pueda sonar primitivo o cosas de tiempos remotos, no es tan así como sucede.
En lo que aquí diremos, la palabra autoridad esta empleada en el sentido de mando, de poder o de imposición. No nos referimos al sentido etimológico del término autoridad, como cuando se alude a la autoridad de un determinado escritor; de allí que no usaremos expresiones tales como la de, por ejemplo, autoridad intelectual, ya que no reflejan adecuadamente lo que con ello se quiere representar en estas líneas. A lo que describiremos aquí es a la autoridad autoritaria (valga la aparente redundancia), es decir, la autoridad derivada del autoritarismo entendido este como degeneración de la autoridad [1]
La autoridad –en el sentido en que utilizaremos el vocablo en lo que sigue- importa una relación de sumisión, con un sujeto dominante y otro dominado, o bien, con una pluralidad de ambos, lo que no viene al caso, por no hacer -en rigor- ninguna diferencia para lo que deseamos expresar ahora. El punto en cuestión es que, la autoridad impuesta, como sostenemos, sólo admite dos conductas posibles: o se la obedece o se la desobedece. Pero nunca jamás se la "respeta" espontáneamente. Por considerarme un hombre libre, (y que desea seguir siéndolo) me resisto a obedecer cualquier clase de autoridad, en todo caso, sólo me obligo a obedecer la mía propia; en otras palabras, me reconozco el poder de obligarme a obedecer las reglas y principios que me he impuesto a mí mismo y rigen mi vida propia. En otro plano, mas metafísico si se quiere, -y como cristiano- solo reconoceré autoridad por sobre mí a Dios y a su Hijo Nuestro Señor Jesucristo. Pero en el ámbito humano, no hay autoridad alguna a la que debamos someternos, ni siquiera voluntariamente, ya que ningún hombre tiene el derecho a gobernar a otro y otros semejantes. Sólo en este sentido acepto el empleo de la palabra "autoridad". Puedo admirar las cualidades de otras personas, puedo necesitar su ayuda, pero ello no implica que deba al mismo tiempo someterme incondicionalmente a ellas, ni idolatrarlas.
De hecho, el culto al líder se fomenta en los primeros años y se sigue promoviendo a lo largo de toda nuestra existencia, variando, desde luego, de lugar en lugar, de época en época y de situación en situación. Se exaltan los adalides a seguir ya en la escuela, con la enseñanza de la historia y de los principales próceres de cada país, a la vez que, tanto en el colegio como en nuestras propias casas se nos da una visión sesgada (frecuentemente) y se personalizan tales modelos. Pocos son los hogares donde se educa a los niños en el cultivo de su propia personalidad e individualidad. La tendencia -por el contrario- fue y es la de socializar al infante, con la repetida excusa de "integrarlo a la sociedad".
En todos los casos se nos exhibe a "alguien" a quien seguir, adorar u obedecer, o todas estas cosas al mismo tiempo. Y no hay base racional alguna para inclinarse ante otras personas, que -en esencia- son tan humanas como nosotros. Para un creyente como nosotros, sólo tiene base racional inclinarse ante Dios, que lejos de ser un mito, es la más absoluta de todas las realidades, o quizás mejor dicho, Él es la realidad en si misma considerada. Porque ningún hombre tiene la totalidad de sus atributos, ya que ninguna persona es omnisciente, omnipotente ni todopoderosa, ¿por qué razón entonces deberíamos adorar a otras personas que no poseen ninguna de dichas cualidades, aun cuando ellas manifiesten creer que si las tienen? Por el contrario, solemos inclinarnos ante personas cuyas debilidades y defectos son evidentes, pero que intentamos disimular en vano. Por eso decimos que no hay base racional alguna para idolatrar a otros seres humanos atribuyéndoles "poderes" sobrehumanos o cualidades divinas que no tienen. Y si –en cambio- hay base racional (y mucha o toda) para idolatrar a Dios y a todo lo que Dios representa. En última instancia, quien se diga "ateo" haría mucho mejor en seguirse a sí mismo que en rendir culto a otro ser humano como él o ella. La idolatría a un líder humano externo a nosotros –tan vigente hoy como ayer- es puro materialismo, y el materialismo sólo es una parte de la realidad, más no es -en modo alguno- la realidad en sí misma. Y como dejamos dicho, quien no obstante, porfíe en creer que el universo "es" pura materia, se honraría más en idolatrarse a sí mismo que en convertir en objeto de adoración a otro ser humano ajeno. El ateo que reniega de Dios a la vez que rinde pleitesía o profesa adulación a otras personas diferentes a sí mismo, asume en los hechos una actitud idéntica a la de los antiguos paganos, para quienes su "dios" o sus "dioses" no eran más que sus césares humanos o sus estatuas de madera, piedra o mármol.
Nada de lo dicho quita ni implica negar que existen personas que son admirables o poseen excelentes virtudes, ya sean físicas o intelectuales. No tiene nada de malo admirar y elogiar tales cualidades excepcionales. Lo que criticamos es que, en razón de una pretensa "admiración", pasemos seguidamente a someternos a esas personas a su voluntad, o nos dediquemos a calcar radiográficamente sus vidas, ya que implicaría negar nuestra propia individualidad, esforzándonos en intentar de ser "el otro", cosa que es material, psicológica y espiritualmente imposible desde todo punto de vista. Se trata de la diferencia entre admiración y sumisión, y en tanto y en cuanto la admiración nos parece sana, la sumisión nos resulta enfermiza. Claro que muchas veces, ambas van de la mano, pero ello no significa que necesariamente siempre deba ser así, porque empíricamente no lo es, ya que pueden existir una y otra, juntas o por separado. Y recalcamos que, en tanto una admiración sin sumisión es positiva, la conjunción de ambas es -a no dudarlo- negativa. Esto tampoco significa desconocer que existan personas que logren el sumun de la felicidad sometiéndose a otros/as a quienes admiran. No son extraños los casos de esclavos que admiran a sus amos. Nuestra intención no es forzar a nadie a nada y -menos aun- a despojar de su "felicidad" a un esclavo que ama a su amo o amos. Solamente señalamos que, a nuestro juicio, un esclavo de esta naturaleza reafirma su esclavitud y se aferra a ella, con lo que tenderá a permanecer en tal condición autolimitándose. Como liberales debemos respetar tales tipos de actitudes, pero no alentamos las mismas, porque conspiran contra el liberalismo que defendemos, es decir, atentan contra la naturaleza humana que es esencialmente libre.

(Fragmento del libro del autor, titulado La teoría del mito social )

Apuntes para una reforma política

Por Gabriel Boragina ©

 

Los magros resultados obtenidos por la democracia en casi todos los campos, obligan, a esta altura de la circunstancias,  a delinear e insistir en la necesidad de revisar el sistema para que se acerque a su ideal, ya sea que se entienda este como mecanismo de elección de gobiernos o sistema de gobierno en sí mismo.

Las experiencias democráticas en distintas partes del mundo y en diferentes épocas pero, con especial relieve en Latinoamérica, han demostrado con poquísimas excepciones y mas allá de las etiquetas , que la democracia no ha ni limitado ni dispersado el poder, sino que lo ha expandido temporal y espacialmente, y concentrado en poquísimas manos, aun mas que muchas denominadas "dictaduras" .

Muy sintéticamente vamos a proponer algunas medidas de fondo que creemos pueden contribuir sino a fortalecer el sistema, si -al menos- a no desvirtuarlo tanto como lo ha sido hoy en día.

La propuesta que haremos tiene algún parentesco con otra similar esbozada muy esquemáticamente por Alberto Benegas Lynch (h)  aunque no seguimos con total exactitud la misma.

En primer lugar, y considerando la concentración de poder que el sistema presidencial unipersonal conlleva en sí mismo, consideramos plausible una reforma constitucional que incorpore la figura de un Triunvirato como expresa Alberto Benegas Lynch (h)  "al efecto de evitar los caudillos o `líderes iluminados´ y tamizar las decisiones". (2) En dicho sentido, es interesante recordar que esta institución no es novedosa en la Argentina, ya que fue el sistema de gobierno que sucedió al de la Junta Grande tras la Revolución de  Mayo de 1810. Este fue abandonado no porque fuera malo en sí mismo, sino por las particulares condiciones históricas e intereses de la época (fundamentalmente las vacilaciones de los primeros patriotas en torno al destino todavía incierto del movimiento emancipador, lo que a su vez impedía avanzar sobre otras materias vitales políticamente, tales como la necesidad de una constitución política, entonces y hasta mucho después inexistente, y las tendencias indefinidas, y tensiones internas entre unitarios y federales y algunas otras, que determinaron la brevedad de aquella experiencia. Pero hoy en día, las cosas son diferentes a dicha época y superadas tales dificultades, tenemos ahora al menos, independencia política, una constitución y partidos políticos, pese a que no tengamos resuelta del todo la controversia del unitarismo-federalismo, que -en términos más modernos- podríamos re denominar como de centralismo -descentralismo, habida cuenta que, si bien nuestra constitución política proclama en su articulado un federalismo formal, en los hechos y desde aquellos lejanos tiempos y con pocos intervalos, rige entre nosotros un centralismo (unitarismo, al fin de cuentas) real.

En este contexto actual, dividir el órgano ejecutivo en un Triunvirato contribuiría en mucho a descentralizar el poder, ya que en naciones como la nuestra, ya es práctica recurrente que el poder político total tiende a concentrarse en "el ejecutivo", que al ser ejercido por una sola persona genera excelentes oportunidades de abuso las que, a juzgar retrospectivamente por la experiencia, siempre se han aprovechado en la mayor extensión y medida posible.

La elección de los triunviros podría hacerse por elección directa del pueblo, y los tres más votados -siempre y cuando pertenezcan a diferentes partidos o alianzas políticas- serían los "presidentes" electos. En otros términos, ya no habría "un" presidente, sino tres con idénticas facultades y potestades, en un pie de igualdad el uno con los dos restantes, provenientes de diferentes partidos políticos, lo que haría el sistema mucho más representativo y más democrático, y permitiría un mayor y mejor control de uno respecto del otro. Las decisiones de los triunviros se adoptarían por mayoría de votos, y al ser un número impar impediría cualquier clase de empate. Nada que decidiera unilateralmente uno de ellos podría ejecutarse sin la conformidad y firma de los restantes o, al menos, de uno de los dos restantes. Durarían en sus cargos cuatro años y podrían ser reelectos, siempre y cuando mediara un periodo intermedio entre uno y otro mandato.

Si se prefiriese mantener el actual mecanismo de una presidencia unipersonal, debería impedirse, entonces, que en el poder legislativo existiera ningún tipo de representación por parte del partido oficialista, lo que -nuevamente- permitiría un mayor control y equilibro que el vigente hoy, donde al existir la posibilidad de que el legislativo tenga mayoría oficialista implica -en los hechos- que el presidente asume la suma del poder público, tornando a la oposición en meramente figurativa e inoperante.  Tal es el caso recurrente en la Argentina, por ejemplo.

Es clave en esta modalidad, que la misma persona que ejerce la presidencia no pueda ser reelecta, sino con el intervalo de un periodo, por las razones que ya hemos dado antes.

En cuanto al poder judicial, suscribimos la propuesta de Alberto Benegas Lynch (h) que mencionamos al comienzo, pero alternativamente, sugerimos que los miembros de la corte suprema de justicia deberían ser electos por el cuerpo de abogados de la nación (comprendiendo por ellos a los jueces inferiores y abogados que actúan particularmente, fuera de la estructura del poder judicial, como ser profesores universitarios, docentes y profesionales liberales) y no como ahora, en que los jueces de la corte son elegidos por el presidente con acuerdo del senado, lo que politiza enormemente la función jurisdiccional, a la par que compromete la independencia del supremo tribunal.  Circunscribimos, en este caso, el voto a los abogados, dado que aquel es el único poder del estado en que para ser miembro del mismo se requiere una formación y una graduación especifica en una disciplina técnica-legal como es la abogacía. De esta suerte, por ejemplo, un profesor emérito de una prestigiosa universidad -aunque desconocido para el resto de la población lega- podría ser electo por sus pares, alumnos y ex alumnos para ocupar un cargo en la corte, teniendo en cuenta sus antecedentes académicos e intelectuales, aun cuando no perteneciera anteriormente a la estructura del poder judicial, y no como hoy donde al nombrarlo, lo que el presidente nacional evalúa, no son los méritos académicos ni docentes del candidato (y ni siquiera su carrera judicial) sino la afinidad ideológica o futura lealtad del candidato respecto del poder ejecutivo que lo elige, lo que definirá decisivamente su elección al cargo o no.  

Podrá objetarse que, aun adoptadas estas reformas, todavía será posible que los finalmente electos realicen acuerdos espurios entre sí para concentrar el poder en sus manos y continuar acumulándolo como sucede con el sistema actual. Y no vamos a negarlo: es factible. Pero con todo, seguimos creyendo que, en el camino a la descentralización total del poder, constituye una mejora importante que, de acumularse en pocas manos pase a acumularse en muchas. En algún sentido, será un paso más a la dispersión del poder al que apunta una genuina sociedad liberal. Podrá parecer un paso pequeño, pero continuamos considerando una mejora el intentar -al menos- ir en la dirección opuesta a la de la concertación unipersonal, que es la tendencia actual.

Creemos que estas ideas, si bien no fortalecerán la democracia, si la mejorarían bastante, a la luz de los desafortunados resultados que ha venido dando la democracia en la mayor parte de los países del mundo, sobre todo desde la segunda mitad del siglo XX a esta parte, pero con especial énfasis en América latina y, muy particularmente, en el caso de Argentina.

 

 

(2) véase <http://www.libertadyprogresonline.org/2011/11/16/homenaje-a-juan-bautista-alberdi/>

 

 

 

La importancia del voto negativo

Por Gabriel Boragina ©

Lo que llamaremos voto negativo en este título, son en realidad, varias cosas que reciben denominaciones diferentes. En ellas encuadraremos el llamado voto en blanco, el voto nulo, el anulable, y el ausentismo electoral (no presentarse a votar) entre los más importantes.
En países como Argentina, el voto negativo constituye una sumatoria importante (alrededor de un 25 % por elección, o más) si tenemos en cuenta que los candidatos que más votos obtienen -en promedio histórico- rondan entre el 30 % y el 45 %. También, en países como la Argentina, la clase política (o para mejor decir, la casta política) se las ha arreglado para que los votos negativos no se contabilicen en el escrutinio final, con lo cual, en los hechos, los votos negativos vienen a ser como votos "inexistentes". Consideramos que esto es un error, aunque en el fondo, nos parece más bien una picardía de la casta política, sobre todo de aquella casta política que se rasga las vestiduras clamando defender la "democracia".
Indudablemente, el voto negativo es una forma o modo de expresar una decisión (en este caso, de rechazo hacia los candidatos, y en especial, respecto de los de mayores posibilidades de ganar). Si por democracia entendemos, ya sea el gobierno del pueblo, ya sea el de la mayoría, resulta también indiscutible que todas las decisiones cuentan, incluso aquellas que expresan un rechazo hacia los candidatos en oferta. En conclusión, sostenemos que los votos negativos deben computarse en el recuento final de las elecciones. Y así como los votos positivos deben sumarse, los negativos deben restarse, como sus propias denominaciones lo indican con claridad. Pero ¿cuándo y a quienes se le deben restar los votos negativos? El espíritu de justicia y democracia nos indica que los votos negativos deben restarse a aquellos candidatos que hubieren obtenido votos positivos por una cifra mayor a la del total de los votos negativos. De tal suerte que, si un candidato lograre, por ejemplo, el 50 % de los votos positivos, en tanto que los votos negativos totalizaren el 24 % del padrón electoral, estos últimos deberían restarse a los positivos, de modo tal que, el resultado final del candidato en cuestión vendría a ser, después de la operación antedicha : 50-24=26. Es decir un 26 % como resultado final. Si por caso, dos candidatos obtuvieren porcentajes mayores al del total de los votos negativos, en este supuesto, pensamos que deberían dividirse estos últimos por dos y restarse a los positivos de cada uno de esos candidatos.
Por supuesto que los políticos protestarán ante un mecanismo como este, con el consabido estribillo de que, si se adopta este sistema, entonces sería difícil -por no decir casi imposible- que cualquier candidato alcanzare el 40 % o 45 % que exige la Constitución de la Nación Argentina para ser ungido presidente de la nación. Ante esta objeción cabe preguntarles a estos señores ¿por qué clase de "democracia" abogan? ¿Por una en la que se consulte la voluntad de todo el pueblo, incluyendo a la de los disidentes con los candidatos en oferta? O en cambio ¿están defendiendo una oligarquía? (recordemos que la definición de oligarquía es gobierno de pocos). Porque intentar proscribir o declarar "inexistentes" los votos negativos, siendo de personas que figuran en el padrón electoral implica, claramente, una proscripción a una franja numerosa de ciudadanos en condiciones de votar. Esta proscripción, reduce -claro está- la cantidad significativa de votos, con lo que el pueblo gobierna menos que si estuviera en una genuina democracia, ante lo cual habría que sincerarse y dejar de hablar de "democracia" y pasar a hablar de oligarquía (gobierno de unos pocos). Pues bien, el sistema que se niega a contabilizar los votos negativos es indudablemente un sistema oligárquico. Nada tiene de democrático.
¿Realmente nunca alcanzaría el piso mínimo de votos ningún candidato con este sistema? Creemos que con un régimen de vueltas sucesivas, alguno de los candidatos no tendría mayores dificultades en obtenerlo. Una posible reforma constitucional debiera contemplarlo, porque posiblemente no fuera suficiente una segunda vuelta, y se necesitarían más de dos. Es decir, las necesarias hasta que alguno de los dos candidatos más votados obtengan el piso mínimo de votos exigidos, pero, eso sí, siempre contabilizando (restándolos) los votos negativos, que irían disminuyendo paulatinamente cuantas mayores rondas electorales se fueren sucediendo. La meta debería ser lograr que gane un candidato verdaderamente representativo de la voluntad de una mayoría genuina, la que siempre será resultante de la diferencia entre los votos positivos y los negativos. Insistimos en esto si lo que queremos es establecer una auténtica democracia representativa y participativa. Ello implica abrir la posibilidad de intervención a los votos negativos y no proscribirlos como se hace actualmente, en el sólo interés de una casta política que busca achicar el mercado electoral para tener un coto de caza de votos cautivos.
El procedimiento que aquí sugerimos permite solucionar de cuajo varios problemas que viene arrastrando el sistema electoral argentino, y que pese a haber demostrado su inutilidad, todavía se mantienen, por ejemplo el del mal llamado voto "obligatorio". Los altos porcentajes de ausentismo electoral que, elección tras elección, se registran en forma creciente, prueban acabadamente, de una vez y para siempre, lo absurdo de mantener formalmente una obligación de votar a la que literalmente casi un tercio del padrón jamás presta atención. El voto "obligatorio" ya no asusta a nadie y, además, Argentina es uno de los pocos países que lo mantiene. Paradójicamente, es una "institución" de inspiración fascista y servía a organizaciones de este tipo (o afines) para controlar cuáles miembros de la facción, efectivamente concurrían o no a votar "al Jefe" (por lo general, el único candidato disponible). Fue muy empleado por los regímenes de partido único (mal llamados populares). Los soviets de la URSS lo utilizaban. Que Argentina conserve este anacronismo del totalitarismo mas rancio habla mucho de la ideología de nuestros políticos cuando defienden la vigencia del voto "obligatorio".
El sistema que proponemos también soluciona de modo definitivo el eterno problema al que se enfrenta el votante argentino (y posiblemente el de otros países): el de verse obligado a votar al candidato que le desagrada menos para evitar que gane el que le repugna mas. Computando el voto negativo como lo que es (negativo) el sufragante no se verá nuevamente jamás ante dicho dilema.


A confesión de parte relevo de prueba

Por Gabriel Boragina ©

La candidata del oficialismo adoptó como consigna de campaña el eslogan "Cuenten conmigo para lo que falta". Cuando me enteré, no pude evitar reflexionar que no podía resumir de forma más perfecta la completa ineptitud que ha demostrado en su gestión de gobierno.
En efecto, un candidato político al aspirar a un cargo de la misma naturaleza, normalmente procede a presentar a la sociedad de la que espera sus votos, su plan o programa de gobierno, o en el caso argentino y en los últimos tiempos, los políticos habitualmente se limitan a declamar frente a las cámaras y micrófonos las promesas que, según nos dicen, "cumplirán" durante sus respectivos gobiernos.
Va de suyo que, todos estos programas, planes o promesas, declamaciones o como quiera el lector llamarlas, contemplan las "realizaciones" a cumplir durante los cuatro años que, ya sabe el político en cuestión de antemano, durará su mandato. La señora de la cual hablamos aquí, desde luego, no ha sido una excepción a esta regla, ya que nadie como ella ha declamado y usado tanto cámaras y micrófonos para hacerle saber a todo aquel quien quisiera escucharla qué es lo que "haría" durante el periodo de su gestión.
Pues bien, resulta ser que al finalizar este periodo, nos venimos a enterar por boca de la propia candidata que aun "le faltan cosas por hacer", con lo que ella misma esta confesando que mintió a sus electores aquella vez que la eligieron, prometiendo que haría lo que ahora admite que no hizo, porque nos dice que "le falta" por hacer, y que "necesita" otros cuatro años más para "hacerlo".
En realidad, si la Sra. Kirchner lo que quiso decir es que le falta por hacer todo lo bueno que prometió y no cumplió, bueno, en este último caso, es indudable que está diciendo la verdad, ya que resulta extremadamente difícil, por no decir imposible, encontrar alguna cosa buena en su gestión. No obstante, no nos parece que sea ese el sentido de lo que esta mujer ahora nos está diciendo, ya que, precisamente no se trata de una persona que se haya caracterizado por decirnos jamás la verdad, sino que, por el contrario, siempre que ha podido nos ha mentido.
Si en cambio, lo que la señora quiere decirnos es que le falta por hacer más de lo que ya ha hecho de mal, estamos frente a un caso de patología, en la que el paciente no reconoce el completo desacierto de sus actos (aunque, como ya hemos explicado en otra parte, estamos seguros que no es la señora la que gobierna, sino que otros lo están haciendo por ella. Una persona de las características de la Sra. Kirchner no está condiciones de gobernar, ni siquiera su jardín, no digamos ya su casa).
Pero lo importante es volver al eslogan de su campaña, que en vísperas de su aspiración a la reelección, resulta un excelente resumen hecho por ella misma de toda su gestión. Y como dijimos, admite con sinceridad (quizás la primera vez que hace uso de este atributo desde que asumió su cargo) que al final de su gestión no ha hecho todo lo que nos prometió y nos pide que le demos otra oportunidad para que lo haga. Pero cabe reflexionar sobre ese "todo" que nos dice "le faltó hacer" ¿cuánto será realmente en tiempo lo que necesitará para "completarlo"? y ¿qué garantías concretas tenemos que, si no pudo cumplir en los pasados cuatro años, cómo podemos estar seguros que esta vez sí cumplirá en los próximos cuatro? y ¿si al cabo de los venideros cuatro años, nos vuelve a confesar que "le faltan" cosas por hacer y nos pide cuatro años más? La realidad es que la señora no está en condiciones de hacer cosa alguna en política, las prometa o no las prometa. No puede cumplir con nada. En primer lugar, porque no tiene plan alguno, y lo más importante: no tiene capacidad intelectual alguna para forjar plan de ninguna índole. Esta es pues, la triste realidad. Y sólo es triste para los argentinos, porque en lo que atañe a la Sra. Kirchner no parece darse cuenta de cosa alguna, excepto que -según ella- vivimos "en el mejor de los mundos".
La señora sólo está en condiciones de hacer lo que esos "otros", que son los que gobiernan el país desde las sombras y los que, por consecuencia, también la gobiernan a ella, le indiquen y le programen minuciosamente. Sus allegados políticos, que fungen como asesores, ya sean formales o informales, usan a la señora como un símbolo (la llevan a decir discursos, la entrenan para que gesticule en la tribuna, ante las cámaras, y... no mucho mas). No le pidamos a la señora Kirchner lo que la señora no está en condiciones de ofrecernos, por mucho que ella quisiera, suponiendo –además- que se tratara de una "buena persona", aspecto este último que también ofrece algunas dudas.
Ciertamente, a la señora le falta mucho por "hacer" o mejor dicho, todo por hacer, el punto no es este, sino que no tiene ninguna capacidad ni intelectual, y -mucho menos- política, ni habilidad alguna para poder hacerlo. Si consideramos, además, que conforme hemos venido afirmando desde hace tiempo, la señora coejerció el poder con su esposo desde el año 2003 y se supone que su gobierno iba a constituir una "profundización" de lo hecho por Néstor Kirchner (lo que fue declamado hasta la saturación por esta mujer), resulta más alarmante su confesión de que, aun así y todo, todavía "le faltan" cosas por hacer. Significa, hablando claramente, que en los últimos ocho años, ni su marido ni ella han cumplido con lo que han prometido. Si no fuera este el caso, y siendo que la señora se jacta de ser una continuadora de la gestión de Néstor Kirchner, podemos afirmar, sin lugar a ninguna duda, que la administración de ambos ha sido el más absoluto y profundo fracaso de toda la historia argentina y ¿todavía nos piden más tiempo que los ocho años que estuvieron al frente del poder? ¿Cómo calificaría el lector una petición de tal naturaleza?
En realidad, lo que a la señora le falta (pero, por lógica, no puede decirlo abiertamente) es tiempo para seguir enriqueciéndose en lo personal, familiar, con sus amigos, conocidos, partidarios, sus sindicalistas obsecuentes, etc., los que -al fin de cuentas-, y por muchos que sean, no dejan de constituir una minoría, en contraste con la inmensa población argentina que los sufre. Este es, verdaderamente, el tiempo que la señora "necesita", lo que le falta para poder seguir expoliándonos a su gusto y al gusto de su séquito de obsecuentes.

¿Benefician a la gente las reelecciones?

Por Gabriel Boragina ©

A esta altura de los hechos, parece quedar claro que el famoso "modelo" político tan pregonado por el matrimonio Kirchner, consistió y sigue consistiendo en la eternización en el poder. A ser honestos, no han sido los primeros en aspirar a perpetuarse al mando. El fundador de su partido y ex-presidente, J. D. Perón, impulsó la reforma constitucional (que finalmente logró) con ese mismo propósito en 1949. Más tarde, otro presidente (Raúl Alfonsín) de otro partido (Unión Cívica Radical) intentó reformar nuevamente la constitución con el mismo objetivo (reelegirse indefinidamente). Felizmente, su intentona no prosperó. Sin embargo, algunos años más tarde, un nuevo presidente (Carlos Menem, del mismo partido peronista, en alianza con Alfonsín para tal propósito) logró la tan ansiada reforma, la que le permitió haber sido reelegido por un segundo periodo consecutivo. La Sra. Kirchner, siguiendo esta misma línea de sus predecesores, intenta, como ellos, eternizarse en el poder. Aunque el caso de esta mujer ofrece diferencias notables con las de los anteriores.
En efecto, la Sra. Kirchner sucede en el gobierno a su esposo, Néstor Kirchner, sin embargo, durante el gobierno de este, sólo a algún despistado pudo habérsele escapado que su esposa co-ejercía el mando con aquel, naturalmente en un segundo plano, pero a nadie se le podría escapar que esta señora se desempeñaba como una vicepresidente de facto, ya que se necesita ser extremadamente distraído para creer que un pusilánime como Daniel Scioli (el entonces vicepresidente formal) tuvo algún tipo de influencia sobre Néstor Kirchner o su consejo fuera requerido por este para algún acto de gobierno. Todo lo cual, indica a las claras que, lo correcto es hablar de tres gobiernos "Kirchner". Primero, el iniciado en 2003 del matrimonio en forma conjunta (el marido como presidente legal y su mujer como vicepresidente de facto, con un vicepresidente formal (Scioli) pero en los hechos, políticamente inoperante) y un segundo gobierno de la Sra. Kirchner sucediendo al de su esposo. Por lo tanto, si esta mujer fuera reelecta en las próximas elecciones, el venidero vendría a ser su tercer gobierno (aunque formalmente se le considere el "segundo").
La constante en todos los casos mencionados es que los anhelos reeleccionistas intentan justificarse invocando repetitivamente la palabra "democracia", tan bastardeada ésta como lo está. Entonces, cabe preguntarse ¿es de la esencia de la democracia la perpetuación de los mismos personajes o de sus cónyuges, familiares o amigos, indefinidamente en la cúspide del poder? Y desde un punto de vista práctico, si no fuera así, ¿es de todos modos conveniente permitir que así ocurriera? Creemos, como tuvimos oportunidad de exponer en otra parte, que la respuesta no puede ser sino negativa. Desde una perspectiva de una democracia de tipo republicano, que vendría a ser, más o menos, la que pretendería tener la Argentina (a juzgar -al menos- por lo que dice su actual texto constitucional), consideramos que la esencia de la misma es (debería serlo, mejor dicho) la limitación del poder, limitación que no solamente entendemos como la típica división horizontal de poderes, la que estimamos necesaria pero insuficiente, sino que juzgamos indispensable la limitación temporal del poder. Claro que, mencionarles la palabra limitación a los déspotas que hemos citado más arriba, es objeto de anatema para ellos y sus seguidores. Sin embargo, si lo que pretendemos es seguir declamando por una democracia republicana (que pensamos- ya no tenemos desde larga data), consideramos que debemos aceptar el concepto de limitación temporal del poder e integrarlo al de división del poder.
¿Obtienen alguna ventaja los pueblos con las reelecciones indefinidas? Indudablemente tampoco. ¿Por qué? Por varias razones. Entre ellas: el poder político no es otra cosa que un medio o trampolín por el cual se llega al poder económico. El acceso al gobierno otorga al gobernante la facultad de dictar leyes impositivas o regulatorias de la economía, de las cuales la fundamental es la de crear dinero, mediante la emisión monetaria, lo que le otorga un control casi omnicomprensivo sobre el total de las vidas de los ciudadanos que, a partir de allí, pasan a convertirse en súbditos. Los impuestos y la inflación (que es otro impuesto encubierto) no son otra cosa que transferencias de dinero de los bolsillos de la gente a los de los burócratas. El o la presidente de un país, no es otra cosa que un Gran Burócrata, o en otras palabras, El Jefe de Todos los Burócratas de un país. Sus ingresos son los egresos que sufren sus súbditos. En la medida que un presidente es reelegido indefinidamente siente en su interior que su poder se expande también indefinidamente, y en ese sentido tenderá a comportarse como tal, ampliando su poder todo lo que le sea posible. Como la política es un juego de suma cero (lo que gana A, lo pierde B) todo poder que gana un presidente es un poder que pierde el que lo vota (si *B* vota a *A*, en realidad *B* esta cediéndole parte su poder a *A*. El voto de B será una cuota del poder de A. El poder de A será el resultado de la sumatoria de todos los votos que obtenga). Esto es así porque partir de ese momento el poder cedido no será ejercido por el cedente sino por el cesionario, de tal suerte que toda cesión de poder implica una pérdida para quien lo cede y una ganancia para quien lo recibe. El candidato ganador lo sabe y -a no dudarlo- estará dispuesto a utilizar todo ese poder ganado y cedido por sus votantes en su propio favor, porque sabe que sus votantes ya no tienen ese poder (al menos hasta los próximos comicios).
En este punto, recordemos la sentencia de Lord Acton: "El poder tiende a corromper. El poder absoluto corrompe absolutamente". Esta sentencia, según nos enseña la historia, se ha cumplido en todo tiempo y lugar en forma inexorable. La experiencia histórica también nos ha instruido que todo político que aspira al poder, una vez que lo logra se fija como meta siguiente a obtener precisamente ese poder absoluto, pero ¿por qué? Porque recordemos que el poder político sólo es un medio que utilizan los políticos para obtener poder económico. Y existe un axioma básico de la economía que nos informa que "los recursos son escasos y las necesidades son ilimitadas". Las reelecciones indefinidas potencian superlativamente todo este proceso. El juego de suma cero se repite en cada reelección: los reelectos ganan cada vez más y los votantes cada vez menos. Y así ad infinutum.