Industrialización

Industrialización

Impuestos, comercio exterior e intercambios

Por Gabriel Boragina ©

 

‘’Pero frecuentemente las personas aceptan y justifican que el Gobierno decrete impuestos y otras restricciones discriminatorias sobre el intercambio de productos, 10 curiosamente sólo por el hecho incidental de que quienes intercambian viven en diferentes países’’.[1]

Hemos argumentado que, esa aceptación general tiene su base ideológica en la popularidad que han adquirido las tesis marxistas, ya que no puede discutirse que Marx ha sido (y sigue siendo en sus seguidores) el enemigo número uno de la propiedad y el campeón de sus incansables ataques contra la misma.

Hoy sus discípulos son millones, aun encontrándose entre sus filas quienes ni tienen la menor idea de quien fue Karl Marx, pero son muchísimos más quienes –aun sabiendo de quien se trata- jamás han leído ni una sola línea escrita por aquel.

Los fuertes impuestos son uno de los puntos más importantes del Manifiesto Comunista elaborado pro Marx y Engels. Pero -como cualquier economista sabe- los impuestos reducen la oferta, lo que hace que los productos sobre los que recaen se encarezcan, lo que -a su turno- lleva a que la producción decrezca.

‘’En las discusiones sobre comercio internacional parece olvidarse que quienes intercambian no son los países, sino las personas. Antes de la división de Checoslovaquia en 1993, Wenceslao, un residente de Praga, intercambiaba mercancías con Vladimiro, que vivía en Bratislava. El Gobierno protegía sus derechos de propiedad y no interfería en su intercambio, excepto para proteger sus contratos. Cuando el país se dividió en dos, el intercambio que hacían se convirtió en "comercio internacional", sujeto a regulaciones y a obligaciones con el Gobierno que anteriormente no eran aplicables. No está claro por qué, desde el momento de la división, Wenceslao y Vladimiro perdieron sus derechos de propiedad’’[2]

En rigor, cada impuesto que se le impone a un producto o transacción, es una reducción del derecho de propiedad entre las dos partes.

Sin conocer el caso puntual de Checoslovaquia de antes la división aludida en el ejemplo, en Sudamérica (y en particular en Argentina) no queda bien o servicio alguno que no sufra alguna carga impositiva.

El impuesto (sin importar cuál es su alícuota) impacta negativamente en el derecho de propiedad de lo que se grava. Si mi casa está valuada en $ 1000.- y su hipotética venta está gravada con un tributo del 3%, mi derecho de propiedad se reduce en $ 30.- con lo cual el nuevo precio será de $ 970.- lo que -en otros términos- equivaldrá a decir que perdí un 3% de mi propiedad. O lo que es igual: el gobierno (vía impuestos) se ha quedado con un 3% de mi propiedad.

Como el precio expresa el valor de las interacciones de compradores y vendedores es posible conocer a través de los precios de qué manera las propiedades se valúan, sobrevaluan o infravaloran.

‘’No conozco libro alguno, tratado o autor que pretenda justificar la violación de los derechos de propiedad sobre la base de que los bienes que se intercambian pertenecen a dueños que viven en distintos países. Supongo que será porque el comercio no se considera una cuestión perteneciente al ámbito de los derechos de propiedad individual’’[3]

Ciertamente los estatistas juzgan que el comercio es algo ‘’diferente’’ al derecho de propiedad, y que es un área donde deben intervenir sacándolo de la órbita de tales derechos y de las transacciones privadas. Nunca han podido justificar ni fundamentar ese supuesto contraste pero, por desgracia, mucha gente lo acepta sin más.

Pero hemos de insistir que lo que el autor parecería señalar como algo exclusivo de las transacciones internacionales, en realidad, no es más que una extensión de lo que sucede en el ámbito local, al menos en la región que hemos indicado precedentemente.

Es decir, el fenómeno afecta tanto el comercio exterior como el interior. Admitimos, no obstante que, las cargas y los gravámenes al comercio internacional son mucho más pesados numerosos, extravagantes y carecen de total justificación.

‘’En consecuencia, muchos Gobiernos utilizan rutinariamente su poder coercitivo para denegar el ejercicio de tales derechos cuando los interesados que intercambian sus bienes residen en países diferentes, como si el intercambio fuera entre países y no entre personas’’[4]

Claramente, si bien en su base los tristemente célebres aranceles aduaneros, cupos, y derechos de importación y exportación no son más que impuestos especialmente aplicados a transacciones entre residentes de diferente países, es cierto que las restricciones son mucho mayores en el comercio internacional que en el nacional.

La razón es que, debido las diferencias a veces importantes en el cambio de divisas los gobiernos pueden obtener más ganancias por la vía de estos artificios fiscales sobre todo en países que dependen en muy buena parte de su comercio exterior para poder abastecerse.

‘’Algunos defienden esta intromisión de los Gobiernos argumentando que ninguna persona tiene el derecho exclusivo a su propiedad, porque nadie produce en situación de autarquía, sin la colaboración de otros, incluyendo al mismo Gobierno’’[5]

Como más abajo criticará muy bien el autor que comentamos, el intercambio de derechos de propiedad es posible sólo cuando esos derechos se consideran exclusivos de quienes los poseen, y no cuando la situación es la inversa.

Si mi derecho no es exclusivo sino que debiera compartirlo con otros, todos los involucrados estarían dependiendo de los demás cotitulares para poder intercambiar esos derechos o no hacerlo.

Como cada persona es diferente los pareceres serian disimiles, y mientras unos estarían de acuerdo en transferirlos, otros podrían oponerse, e incluso podría surgir un tercer grupo que prefiera consumirlos, y así se podrían multiplicar los desacuerdos.

Aparecería la célebre tragedia de los comunes de Garrett Hardin, que dice que ``Lo que es de todos no es de nadie’’. El mundo se volvería rápidamente un caos, y la pobreza y la miseria se expandirían por todas partes.

‘’Conviene indicar que la esencia del proceso de cooperación social para producir bienes consiste en el intercambio contractual de derechos de propiedad, debidamente remunerados, mediante acuerdo voluntario entre las partes involucradas’’[6]

Esto no es más que la aplicación por la cual si el intercambio es libre y voluntario ambas partes ganan con el mismo y ninguna de ellas se perjudica. Ayn Rand y otros lo sintetizan en el apotegma valor por valor.

En el intercambio, se entregan y recepcionan valores mutuos, los cuales (en las apreciaciones subjetivas de los negociantes) son superiores los que reciben a los que se entregan recíprocamente.


[1] Manuel F. Ayau Cordón Un juego que no suma cero La lógica del intercambio y los derechos de propiedad Biblioteca Ludwig von Mises. Universidad Francisco Marroquín. Edición. ISBN: 99922-50-03-8. Centro de Estudios Económico-Sociales. Impreso en Guatemala. Pág. 17

[2] Ayau Cordón M. F. Un juego que…ibídem pág. 17-18

[3] Ayau Cordón M. F. Un juego que…ibídem pág. 18

[4] Ayau Cordón M. F. Un juego que…ibídem pág. 18

[5] Ayau Cordón M. F. Un juego que…ibídem pág. 18

[6] Ayau Cordón M. F. Un juego que…ibídem pág. 18

El intercambio y la propiedad

Por Gabriel Boragina ©

‘’Si estas normas recíprocas de buena conducta, renombradas desde la antigüedad 9 prevalecen, quedará como única opción el disfrutar y disponer de sus pertenencias de una manera pacífica’’[1]

                Como decimos en el comentario precedente, el gran mal de nuestro tiempo presente es la falta de respeto a dichas normas y la explicación y la razón de los trastornos que apuntábamos.

Si bien políticos y dirigentes en otros órdenes tratan de buscar ‘’soluciones’’ a las crisis de nuestro tiempo, no parecen darse cuenta que es el continuo ataque a los derechos de propiedad en donde debe buscarse y hallarse la deficiencia central que es la causa –insistimos- a todos los desbarajustes que vemos a diario por los medios masivos de comunicación.

‘’Estas limitaciones al derecho de propiedad, generalmente aceptadas aunque incluyan zonas grises, constituyen y definen las reglas básicas de una economía de mercado: respeto mutuo a la vida, la libertad, la propiedad y los contratos’’.[2]

                La economía de mercado (que para L. v. Mises sería una expresión redundante) es sinónimo de orden y paz, de convivencia armoniosa. Su ausencia puede explicarse como la causa de la violencia a la que asistimos en el mundo de nuestros días y la habida en el pasado.

Si los intercambios no son libres y voluntarios, el único modo de satisfacer las ilimitadas necesidades humanas es a través de la violencia. Es por eso que, las guerras encuentran su causa última en políticas que atentan contra los intercambios libres y voluntarios, ya sea reduciéndolos o directamente suprimiéndolos.

‘’Para que alguien intercambie una cosa, primero debe ser su legítimo propietario. El derecho a la propiedad puede ser ejercido de dos maneras: usando y disfrutando personalmente lo que se posee, o intercambiándolo por algo, ya directamente mediante el trueque o, indirectamente, utilizando dinero y valiéndose de la intermediación de terceros’’[3]

Si no hay derecho de propiedad los incentivos cambian drásticamente de dirección. La ausencia o restricción de derechos de propiedad hace que el intercambio carezca de interés, y habilita y justifica al mismo tiempo el despojo. El más fuerte toma violentamente lo que necesita de los que están menos dotados físicamente o poseen menos armas para defenderse. El mercado es remplazado por la guerra.

La adquisición legítima de aquello que deseamos poseer (lo que en otros términos se denomina intercambio de derechos de propiedad) es lo que marca la barrera entre la civilización y la barbarie.

‘’Así, el comercio es una manifestación fundamental de nuestro derecho a la propiedad. Cuando usted no puede intercambiar pacíficamente sus derechos, porque alguien se lo impide por la fuerza o por razones que no están relacionadas con la protección de los derechos individuales de otros, en ese momento usted deja de ser el único propietario de lo que posee’’[4]

El comercio se define, entonces, como el libre y voluntario intercambio de derechos de propiedad entre individuos. Decir entre individuos resulta ciertamente ampuloso, porque no hay otros entes vivos que puedan ser titulares de derechos.

Por eso, los animales no son propietarios de nada, ni pueden adquirir nada, porque están impedidos física y mentalmente de reclamar y ejercer esos derechos. Ni siquiera pueden comprender la noción de derecho por mucho que se les explique.

Los llamados ‘’derechos del animal’’ no son más que prohibiciones legales impuestas a otras personas para evitar el maltrato animal, de la misma forma que se protegen bienes muebles o inmuebles del daño de terceros.

‘’Ciertamente, para sostener a los gobiernos es necesario tomar medidas tributarias (éstas suelen constituirse en una de las zonas grises aludidas arriba), de tal manera que, para financiar sus gastos e inversiones, los Gobiernos exigen y expropian una porción de los patrimonios o rentas de las personas’’.[5]

No vamos a ingresar nuevamente en este momento en la discusión sobre si los impuestos pueden o no recaudarse por vía voluntaria (con lo cual ya no tendría sentido llamarlos impuestos) porque ya hemos dedicado varias obras a ese debate[6].

Más allá de los múltiples sistemas y reformas fiscales que juristas y economistas han propuesto a través de la historia (y que analizamos en la bibliografía sugerida en la nota al pie anterior) hoy por hoy el impuesto -a nuestro juicio- no es más que una confiscación jurídicamente validada por casi todas las legislaciones mundiales, pero altamente cuestionable desde el punto de vista moral, filosófico y económico. A quien desee ampliar este punto lo remitimos a la bibliografía citada.

‘’Dado que los impuestos no son optativos, cualquiera de ellos implica necesariamente una confiscación de derechos de propiedad. Aunque esto es discutible, generalmente se acepta la aplicación de un impuesto -por ejemplo, un impuesto sobre las ventas- con el propósito de que el Gobierno disponga de recursos para financiar asuntos de interés colectivo, como la policía, siempre que tal impuesto sea general y no discriminatorio (es decir, que sea el mismo para todos).[7]

Ciertamente, la gente, en general, no suele quejarse de los impuestos en sí mismos sino de su peso que, individualmente, se traduce en la alícuota que debe soportar cada uno para pagarlo.

Si bien es una confiscación, es en alguna condición aceptada, pero entra a jugar aquí el resbaladizo concepto de lo razonable, que no puede definirse de modo general a través de una ley, y ni siquiera mediante la opinión de terceros, ya que lo razonable suele ser bastante diferente para cada uno, habida cuenta se lo compara con distintas circunstancias que la desigualdad humana nos impone.

De la misma manera (y siguiendo idéntica lógica argumental) delimitar y dar contenido a expresiones como ‘’interés colectivo’’ es una empresa harto difícil y, en la mayoría de las situaciones, imposible como sucede con cualquier otro termino que no designe cosas concretas sino ideales.


[1] Manuel F. Ayau Cordón Un juego que no suma cero La lógica del intercambio y los derechos de propiedad Biblioteca Ludwig von Mises. Universidad Francisco Marroquín. Edición. ISBN: 99922-50-03-8. Centro de Estudios Económico-Sociales. Impreso en Guatemala. Pág. 16

[2] Ayau Cordón M. F. Un juego que…ibídem pág. 16

[3] Ayau Cordón M. F. Un juego que…ibídem pág. 16

[4] Ayau Cordón M. F. Un juego que…ibídem pág. 16

[5] Ayau Cordón M. F. Un juego que…ibídem pág. 17

[7] Ayau Cordón M. F. Un juego que…ibídem pág. 17

Transcendencia del derecho de propiedad

Por Gabriel Boragina ©

Tomo este tema prestado del capítulo I del interesantísimo libro del Profesor Manuel Ayau (fundador y primer rector de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala) que cito a pie de página. De esta breve pero rica obra vamos a comentar y analizar algunos de sus párrafos más destacados.

‘’Algunos, que se consideran a sí mismos campeones del derecho a la propiedad privada, se sorprenderían al descubrir que cuando se oponen al libre comercio y a la "globalización" están negando a otros su derecho a la propiedad’’[1]

Negar a unos su derecho de propiedad equivale a robarles directamente, o permitir que otros sean los que les roben.

El término ‘’globalización’’ que se utiliza aquí, se refiere (en contexto) a la globalización del libre comercio. Lo aclaramos en función de que lo que expusimos en otras muchas ocasiones en cuanto a que globalización alude a un fenómeno general y expansivo que puede atañer a cualquier cosa, inclusive a actuaciones delictivas. En virtud de su excesiva ambigüedad nosotros hemos preferido no usarlo.

‘’Generalmente la propiedad se define como el derecho exclusivo de posesión, disfrute y disposición de algo tangible o intangible. Sir William Blackstone (1723-1780)6 la definió como "ese despótico dominio que un hombre mantiene y ejercita sobre cosas externas del mundo, en total exclusión del derecho de otro individuo en el universo 7’’ [2]

Esta definición ha ido evolucionando, y si bien en esencia es cierta, requiere de ciertos matices aclaratorios.

Por ejemplo, ese dominio no solamente puede ejercerse sobre cosas externas sino sobre internas. Es el típico caso del cuerpo humano y la vida misma del hombre en cuanto a si mismo como dueño de sus actos, sus pensamientos, y el uso que haga de ellos que puede ser, por supuesto, tanto bueno como malo. Recién hoy en día, no cabe duda que cada persona es dueña de su cuerpo y de su vida, pero no siempre esto fue así.

No olvidemos que, apenas a fines del siglo XVIII la esclavitud dejó de ser un ‘’derecho’’ de unos sobre otros, un derecho que -en el curso de los siglos precedentes- fue absoluto, lo que incluía potestad de vida o muerte sobre el esclavo que, legalmente, era considerado una mera cosa mueble similar a un animal (jurídicamente un semoviente).

‘’Ciertamente, Sir William no pensaría que si usted es el propietario legítimo de una cosa puede disponer de ella en cualquier forma, sin ningún tipo de límite, porque, si no hubiera limitaciones, nadie tendría garantía de poder disfrutar de derecho alguno’’[3]

Por supuesto, la circunstancia de ser dueño de un automóvil no autoriza a su propietario a salir a la calle a embestir a personas y a otros automovilistas. Nadie podría decir en su sano juicio que el mero hecho de poseer un derecho de propiedad sobre el coche habilita sin más a su propietario a cometer crímenes o delitos usando el mismo.

La situación sería la misma si, en lugar de atropellar a transeúntes u otros automóviles, se usara el vehículo para transportar cosas robadas o personas secuestradas. El derecho de propiedad y su carácter de absoluto no faculta este tipo de empleo.

‘’El límite generalmente aceptado, en relación con el ejercicio de los derechos, es que, mientras todos respeten los derechos generalmente reconocidos e iguales para todos, nadie puede decir cómo los demás deben disfrutar y disponer de sus propios derechos 8’’[4]

                El derecho a la vida y la libertad es un derecho reconocido naturalmente a todos en la postura iusnaturalista que sostenemos, lo que no implica que en la positivista (que es la preponderante en los tiempos que corren y no -por cierto- desde ahora sino desde antaño) no se lo reconozca.

Pero ha habido (y todavía subsisten) criterios positivistas, donde dichos derechos naturales se desconocen, y se pretenden reemplazar por otros ’’positivos’’, en los que la ley es lo que el gobierno dice que es ley, fórmula que podría sintetizar la tesis positivista acerca de la cual también nos hemos explayado en distintas partes.

‘’En otras palabras: mientras todos observemos las reglas de buena conducta, aceptadas recíprocamente, que hacen viable la vida en sociedad, todos somos libres para disponer de lo propio, de lo legítimamente adquirido’’[5]

                Una sociedad donde no existiera (por haberse derogado por ley) el derecho de propiedad, habilitaría a todos a robarse mutuamente, porque ya nada sería de nadie en particular, y todos se creerían con derecho a usar todo lo que existe y a consumirlo.

Fácil es darse cuenta que una ley de ese tipo (que no es ni más ni menos que lo que el comunismo ha pregonado y perseguido durante toda su existencia) convertiría rápidamente dicha sociedad en otra donde prevalecería la ley de la jungla, en la que el más fuerte predominaría sobre los más débiles y el conflicto y la guerra serian constantes. Lo único que impide a nuestras sociedades convertirse en tribus que se fagociten mutuamente es el derecho de propiedad.

‘’Efectivamente, las normas de buena conducta -como, por ejemplo, los Diez Mandamientos- establecen límites respecto de lo que no se puede hacer, con el propósito de proteger los iguales y recíprocos derechos individuales de todos’’[6]

           Aunque parezca mentira, el gran problema de nuestro tiempo es la falta de respeto a estas normas en casi todas partes, pero –y con particular magnitud- en Latinoamérica. Esto es sintomático porque, es la causa no sólo de la pobreza y miseria generalizada sino incluso del crimen, la depravación, y la corrupción en todos los estamentos sociales, desde los más bajos hasta los más altos. A todo esto es a lo que lleva el desconocimiento mínimo al derecho de propiedad. De allí su importancia.


[1] Manuel F. Ayau Cordón Un juego que no suma cero La lógica del intercambio y los derechos de propiedad Biblioteca Ludwig von Mises. Universidad Francisco Marroquín. Edición. ISBN: 99922-50-03-8. Centro de Estudios Económico-Sociales. Impreso en Guatemala. Pág. 15

[2] Ayau Cordón M. F. Un juego que…ibídem pág. 15

[3] Ayau Cordón M. F. Un juego que…ibídem pág. 15

[4] Ayau Cordón M. F. Un juego que…ibídem pág. 15-16

[5] Ayau Cordón M. F. Un juego que…ibídem pág. 16

[6] Ayau Cordón M. F. Un juego que…ibídem pág. 16

Impuestos, comercio exterior e intercambios

Por Gabriel Boragina ©   ‘’Pero frecuentemente las personas aceptan y justifican que el Gobierno decrete impuestos y otras restriccion...