Corrupción, cohecho e incentivos


Por Gabriel Boragina ©

Los incentivos para una corrupción menor o nula tienen más que ver con la cuantía de los fondos que maneja la burocracia, de donde una menor cantidad de estos contribuirá a otra menor de corrupción. No obstante, tampoco es cierto que, la solución final a la corrupción residiría en la circunstancia de que el gobierno no maneje ningún patrimonio ajeno (cosa altamente deseable, pero imposible de momento, naturalmente).
Aun así, y como ha señalado agudamente Ludwig von Mises, si bien la corrupción siempre tiene como destino final a la fortuna monetaria, no necesariamente implica un lucro por parte de un funcionario estatal. Cita -como ejemplo- el caso de algún funcionario que, aun sin a cambio de ningún dinero, otorga -teniendo las facultades legales para ello desde luego- permisos, autorizaciones, licencias de producción o de exportación/importación etc. a particulares, sean empresarios o individuos.
No obstante, y pese a que no exista beneficio a título personal del empleado estatal que concede la prebenda, el destinatario de la ventaja burocrática obtendrá un favor ilícito que proviene de la discrecionalidad del burócrata. De donde se deduce con facilidad que la corrupción eternamente tiene como fuente ultima la facultad que las leyes otorgan a los burócratas para conceder o denegar a su arbitrio permisos o prohibiciones a las actividades económicas de los particulares.
Lo que verdaderamente interesa -conforme explica el insigne maestro austriaco- es que el costo de los actos de corrupción perpetuamente será sufragado con peculios que provendrán -en cualquier caso- de los contribuyentes o, en el ejemplo citado, de los clientes del empresario o comerciante favorecido con el privilegio conferido por el burócrata para ejercer su actividad comercial con exclusión de otros potenciales o efectivos competidores.
Pueden darse muchísimos ejemplos de esto último, que vemos a diario en el mundo de la economía. Cuando, por caso, un secretario de comercio fija precios mínimos a un determinado producto, por ejemplo, ganado vacuno, en los hechos, significa que está beneficiando indebidamente a este sector productor en desmedro de los restantes que serán -en definitiva- los que van a sufragar la diferencia entre el precio mínimo y el de mercado junto con los consumidores. Las razones particulares con las que el funcionario del área quiera justificar la medida poco cuentan, ni en nada sirven para cambiar los efectos económicos que -de todas maneras- de adoptarse, se producirán y que serán los señalados. Existe corrupción cuando las ventajas de unos se deben a los perjuicios de otros, ocasionados -unas y otros- por las decisiones de un tercero con poder suficiente como para imponerlas a sus semejantes.
Como observamos, el campo de los actos de corrupción es mucho más vasto que el común de la gente ordinariamente supone. En el ideario popular, se acostumbra asimilar la corrupción con el simple hecho del robo que comete un funcionario público en ejercicio de su cargo. Pero, como ya hemos visto, esto no perennemente es así, aunque sea la forma más corriente de los actos de corrupción. En realidad, lo que el vulgo entiende por corrupción es lo que en doctrina jurídica se denomina el cohecho, que jurídicamente se lo define de este modo:
"Cohecho. Acción y efecto de cohechar o sobornar a un funcionario público. Constituye un delito contra la administración pública en el que incurren tanto el sujeto activo (cohechante) como el sujeto pasivo (cohechado). En algunas legislaciones, y ello es lógico, se estima que el delito reviste mayor gravedad cuando el cohechado es un juez. Se configura, por parte del funcionario público, por el hecho de recibir dinero o cualquier otra dádiva y aceptar una promesa para hacer o dejar de hacer algo relativo a sus funciones, o para hacer valer la influencia derivada de su cargo ante otro funcionario público, a fin de que éste haga o deje de hacer algo relativo a sus funciones; o, en cuanto al juez, para dictar o demorar u omitir dictar una resolución o fallo en asuntos de su competencia"[1]
Tal se advierte, el cohecho es una forma de corrupción, una de las tantas variantes en las que esta se manifiesta, hasta incluso se podría decir que es la más frecuente, pero no es la única. A menudo, se incurre en el yerro de conjeturar que el sujeto activo del delito es constantemente un particular, y que el sujeto pasivo es un funcionario público. Este error popular tiene que ver con la mentalidad estatista dominante por doquier, que supone -sin mayor asidero ni fundamente que el sólo prejuicio- que los funcionarios públicos, por el mero hecho de serlo, están rodeados de un aura beatifico que los preserva y hace presumir impolutos e inocentes criaturas, inmunes a todo error, y portadores de una moral impecable y a prueba de toda tentación. Esta idea habitual, fruto de la educación estatista a la que -en mayor o menor medida- todos estuvimos sometidos o influenciados, ignora el hecho de que el cohechante puede ser tanto un particular como otro funcionario estatal de mayor o menor jerarquía que el cohechado. En ambos casos -y en último análisis- el dinero que se intercambia entre cohechado y cohechante es invariablemente dinero privado, proveniente de la exacción producida a través del mecanismo impositivo que detrae recursos a los particulares para ser usufructuados (no siempre del mejor modo) por parte de los burócratas estatales.
Pero el punto, insistimos, es que el cohecho es sólo una modalidad de corrupción. Hay instituciones que están diseñadas para promover la corrupción, lo que se manifiesta cuando las leyes son ellas mismas discrecionales o, lo que en otros términos es cuando la ley (vaya paradoja) no respeta la igualdad ante la ley o, peor aún, la misma ley viola la igualdad ante la ley. Por extraño que parezca, esta es una situación de lo más habitual entre nosotros. Las leyes que fijan precios -por ejemplo- ponen fuera de la ley a todos aquellos que compraron a un precio de mercado y luego se ven obligados a vender a otro precio inferior al de mercado. Esto genera mercados "negros, subterráneas, paralelos" y sobornos y "coimas" de todo tipo.


[1] Ossorio Manuel. Diccionario de Ciencias Jurídicas Políticas y Sociales. -Editorial Heliasta-1008 páginas-Edición Número 30-ISBN 9789508850553 pág. 175

Algunas hipótesis sociológicas sobre la argentinidad


Por Gabriel Boragina ©

El tema de las crisis argentinas es recurrente en la mayoría de los análisis, tanto locales como extranjeros. En ellos se focaliza la mirada sobre sus causas económicas y políticas por lo general, pero hace tiempo que venimos -por nuestra parte- sosteniendo que las verdaderas razones de este fenómeno son subyacentes, y que lo político y económico es -en realidad- lo que emerge a la superficie solamente. Es decir, es el síntoma de algo más de fondo o de base. Vamos a reflexionar seguidamente -una vez más- sobre lo que para mí serían estos posibles orígenes, aclarando que, lo que a continuación consigno someramente, son no más que observaciones personales provenientes de mi experiencia diaria. Comencemos:
Veo que el argentino, mayoritariamente, siempre está empezando de nuevo, pero no empieza algo nuevo, sino que repite lo ya hecho antes. No continúa con algo, sino que lo reinicia, por eso perpetuamente está estancado en el mismo lugar. Quizás -intuyo- ese sea el motivo por el cual el país no progresa ni avanza.
Cuando algún valiente (en minoría) quiere principiar algo realmente nuevo, de inmediato es atacado por el primer grupo (el mayoritario) que quiere emprender como "nuevo" algo que ya se ha ensayado en múltiples ocasiones anteriores, previo echar al olvido todas las experiencias pasadas en tal sentido.
Un ejemplo personal pero recurrente: luego de estar organizando durante varios días una acción conjunta con varias personas y ya tener definida la tarea a emprender, alguien (que no participó de tales negociaciones, por equis motivo) llega de repente al grupo, y alegando que "no pudo" estar presente en las anteriores tratativas, propone realizar otra reunión para volver a discutir y volver a decidir lo que ya se había resuelto antes por los que si participaron. Es decir, en pocas palabras, comenzar todo de nuevo y desde cero.
Lo lógico (reflexiono) hubiera sido que los demás integrantes del equipo se opusieran a la "idea" de la persona recién llegada que plantea (como "gran novedad") recomenzar todo desde cero. Pero, para mi sorpresa (sorpresa que -ante un sin fin de experiencias anteriores similares- ya va dejando de serlo) no. Todos aceptaron volver a discutir lo ya discutido y volver a decidir lo ya "decidido". En pocas palabras: horas, días y semanas de debates, "definiciones" y "resoluciones" ya tomadas perdidas.
También lo noto muy seguido en mis relaciones interpersonales y también las laborales. Doy instrucciones, indico una metodología de trabajo, fijo metas a un grupo de trabajo que depende de mí, y después de obtener las conformidades, aceptaciones y acuerdos de todos, puestos a trabajar me encuentro con que -en los hechos- ninguno entendió nada, o realizan la tarea en forma completamente contraria a la convenida.
¿Será esta una característica más de nuestro pueblo? ¿sucede también así en otras partes del mundo? No lo sé a ciencia cierta. Pero puedo dar fe que en toda mi experiencia laboral u organizativa en el país esto ha sido perennemente una constante. No obstante, en los últimos años, la veo agudizada en extremo. Mi conclusión, triste conclusión, es que persistentemente estamos comenzando todo de nuevo, y que cuando creemos "definir", o haber "definido algo" en realidad no hemos definido nada en el más pleno sentido de la palabra definición. O, definimos y redefinimos sin cesar en forma invariable, permanente y sin fin. De allí, proyecto y deduzco, que esta puede ser una hipótesis fuerte a la hora de explicarnos porque no avanzamos como país ni como nación.
Y no se trata de corregir errores donde procede dar marcha atrás. Sino de recomenzar todo el proceso "decisorio" sin ponerlo en ejecución y, por ende, sin siquiera contar con la experiencia del error. Ya que si ni siquiera se emprende es imposible conocer si el proyecto será exitoso o no.
Tampoco se trata de tener un proyecto en común, sino de fijar un objetivo y llegar a la meta. Con las correcciones necesarias y los ajustes del caso forzosos y naturales, pero para llegar a la meta fijada, y no estar gastando horas, días, meses y años en discutir y volver a "definir" (sin definir) medios y fines…y no llegar a ninguna meta, y ni siquiera cruzar la línea de largada.
Otro rasgo acusado que observo es la gran manía argentina por complicar lo sencillo y burocratizar lo no-burocratizable. Advierto que cuando el argentino promedio frente a una situación a resolver tiene dos caminos, uno simple y otro más complejo, casi invariablemente elige este último. Un hecho que a muchos parecerá trivial a mí me resulta altamente significativo. Por ejemplo, el nombre de la ciudad de Buenos Aires. Lo que antes era simplemente la Capital Federal, o simplemente la Capital o Buenos Aires, ahora lleva el quilométrico nombre de "ciudad autónoma de Buenos Aires". Es decir, lo que antes designábamos solamente con dos palabras ahora necesitamos cinco para denominarla. O, en otros términos, lo que antes se abreviaba con dos iniciales (CF) ahora necesitamos cuatro (CABA) lo que además es -desde el punto de vista jurídico- una denominación incorrecta, ya que la ciudad como tal no es "autónoma", habida cuenta que, en tanto y en cuanto, las autoridades nacionales (como sucede hoy) tengan su asiento y residencia en su ámbito ello le priva de total autonomía y, como han señalado autorizados constitucionalistas (entre ellos los Dres. Badeni, Spota y otros) lo que verdaderamente es "autónomo" es el gobierno de la ciudad, en tanto no depende (en teoría) del nacional (cosa también relativa) pero no la ciudad en sí misma. Puede -insisto- parecer al lector un detalle de lo más baladí, pero lo tomo como significativo de la gran manía argentina de enredar absolutamente todo, de lo que ni siquiera se salva el lenguaje.
Cosa parecida han hecho con los nombres de las calles. Lo que antes era la calle llamada simplemente "Artigas" ahora lleva el nombre completo del prócer "José Gervasio de Artigas" pasando de una palabra simple a la innecesaria complicación de cuatro palabras solo para denominar a la misma calle. De la calle "Pozos" pasamos a "Combate de los Pozos" (de una a cuatro palabras). Y así, siguen los ejemplos.
En fin. Esto, como digo, veo que se proyecta de lo micro a lo macro y viceversa, esta manía por embrollar definitivamente todo, por girar continuamente en torno de un mismo asunto sin avanzar, por cambiar para que todo siga igual (gatopardismo). Es algo que, creo, identifica en muchos aspectos a los argentinos y -como expresaba al comienzo- se proyecta de lo micro a lo macro, y explica, de alguna manera, nuestra peculiar sociología, de marchas y contramarchas, idas y venidas, que tanto llama la atención a los extranjeros que nos visitan.

Pobreza, caridad, estatismo y monopolios


Por Gabriel Boragina ©

Muchas son las diferencias que encuentro en las actitudes personales hacia los pobres entre las personas que adhieren a ideas socialistas (o de izquierda como se las llama frecuentemente) y las que rechazan estas ideologías. Y, como expliqué en otra parte, las distintas maneras de entender la caridad es una de las tantas. Los liberales sostienen que la caridad es tal -si y sólo si-- se hace anónimamente y de modo voluntario. De lo contrario no hay caridad posible.
En cualquier caso, esta no es la diferencia más importante, sino que lo realmente trascendente es que este último grupo de personas (por cierto muy reducido) hace sus labores de caridad y de beneficencia con recursos propios, en tanto el primer conjunto (el mayoritario) "clama a los cuatro vientos" que los "pobres" deben ser subsidiados, subvencionados, apoyados, etc. expoliando el fruto del trabajo ajeno (no el de los mismos proponentes) y que el encargado de tal despojo "por el bien de los que menos tienen" debe ser no otro que el gobierno por medio de la fuerza bruta "legal". Esta sería pues la idea dominante en nuestra sociedad actual.
Creo que un rasgo característico de una sociedad culturalmente primitiva, sea el hecho de que las personas que declaman la igualdad de rentas y de patrimonios sean más admirados y hasta más respetados que las que -sin prescribir nada de eso- tratan de mejorar la suerte de sus semejantes más desfavorecidos dándoles de su propio peculio, pero sin tanta alharaca. Por supuesto, en este tipo de sociedad (un ejemplo puede ser la argentina, donde muy a menudo se observa este síndrome) existe un altísimo grado de hipocresía por parte de esos verdaderos apologistas de la "igualdad" y de sus admiradores (los que, como sus admirados, menos aún están dispuestos a dar de lo suyo a los que menos tienen). Los medios audiovisuales, por ejemplo, nos muestran a diario a grandes personajes de la farándula, el deporte y hasta de la política que no se cansan de clamar por los pobres y carenciados pero que no se distinguen por donar parte siquiera de sus fortunas por ninguno de los que tanto se lamentan ante las cámaras y los micrófonos.
Claro que, detrás de toda esta cuestión hay -como dijimos- un componente cultural muy fuerte cuyo nombre es el de estatismo. Tal como su designación lo indica, el estatismo es un sistema totalitario en el que el estado-nación todo lo estatiza (valga la redundancia. De allí lo de estatismo). Por supuesto que, hay rincones y recovecos sociales que son difíciles de estatizar, pero lo importante del estatismo no es lo que queda sin estatizar, sino que el estatismo tiende -en última instancia- a estatizarlo todo, y puede lograr ese objetivo, aunque no sea al cien por ciento en cotas cercanas a ese porcentaje. Esta es la tendencia que se observa en algunos lugares más, en otros menos. Pero lo cierto es que es la tendencia.
Y en el fenómeno estatista, tienen que ver primordialmente las ideas que mantiene el conjunto de la sociedad donde la manifestación estatista se manifiesta. El estatismo surge como aparición a partir de la idea de que la sociedad está compuesta por monopolios. A esta idea se sigue otra, por la cual dichos "monopolios sociales" tenderían (según la creencia popular) a perjudicar a la gente, ergo (como en un tercer paso) se sugiere que el único remedio que existiría para dicha "desgraciada conclusión" sería el de otorgarle un monopolio mucho mayor (lo mayor posible) al estado-nación que le permita "neutralizar" todo otro monopolio no estatal. La "lógica" de esta forma de "razonar" se pierde cuando quienes esto sostienen no pueden explicar satisfactoriamente los siguientes interrogantes:
1.       ¿Cuál sería la prueba de que la sociedad civil sería proclive a la formación de monopolios?
2.       Y si tal prueba existiera (lo que no es el caso) ¿cuál sería la razón por la cual un monopolio estatal sería mejor que otro monopolio no estatal, o -en términos más simples- no se explica por qué los monopolios privados serian "malos" y un único monopolio estatal seria "bueno" o "más bueno" que uno o más privados.
En otras palabras, si se pudiera probar que la sociedad libre conduciría al monopolio (prueba que –reiteramos- jamás nadie ha presentado) aun así no se explica porque se cree que únicamente el gobierno tendría el monopolio de la bondad.
La tesis del "monopolio social" (si así podemos llamarla) ha sido refutada una y otra vez. Quienes la sostienen no son consecuentes o, directamente, ignoran el proceso por el cual se conforma un monopolio y -sobre todo- las condiciones necesarias para ello. Son estas condiciones las que escasamente se dan en el mundo real. De allí que, los monopolios económicos que no cuentan con protección del gobierno sean pocos, raros y -a la larga- efímeros, excepto, como dejamos dicho, que los gobiernos acudan a su rescate, o los abordan directamente dentro de la estructura gubernamental (lo que sucede –por ejemplo- cuando se nacionaliza o estatiza una empresa o actividad).
Puede quizás ser posible que muchos individuos tiendan a ser (o deseen ser) monopolistas, pero en la medida que existan otros individuos que también traten de serlo, la competencia que se desataría entre ellos impediría que cualquiera de los involucrados en la misma llegara a configurar un monopolio. Y ninguno de ellos podría -sin más- eliminar la competencia, sino por medio de la fuerza, prerrogativa que en nuestra sociedad sólo posee el estado-nación, y de la que hace uso muy a menudo. El gobierno tiene dos formas básicas de eliminar o restringir la competencia: prohibiendo "legalmente" cierta actividad a todos menos a uno o algunos, o bien buscando el mismo efecto a través de restricciones monetarias, fiscales, presupuestarias, etc. para las cuales el instrumento de fondo también es el mal uso de la ley (como decía el celebrado F. Bastiat).   
Esta idea errada y absurda de que el libre mercado conduce al monopolio, es una de las que da origen al mal llamado "estado benefactor" o de "bienestar" y que llevada a su extremo justificaría cualquier dictadura como -lamentablemente- la historia da testimonio a través del curso de los siglos, hasta desembocar en el nazismo, el fascismo y el comunismo, los tres derivados del socialismo.

Corrupción, cohecho e incentivos

Por Gabriel Boragina © Los incentivos para una corrupción menor o nula tienen más que ver con la cuantía de los fondos que maneja la...