¿Cuántas libertades hay?


Por Gabriel Boragina ©

Es frecuente creer que hay tantas libertades como seres humanos así lo estimen.
De tal suerte se habla, por ejemplo, de la "libertad" de "elegir" como si se trataran de cosas diferentes. ¿es que acaso elegir no implica el ejercicio de esa misma libertad?
El diccionario nos remite desde elegir a la palabra elección, y de esta nos dice:

elección[1]
Del lat. electio, -ōnis.
1. f. Acción y efecto de elegir.
2. f. Designación, que regularmente se hace por votos, para algún cargo, comisión, etc.
3. f. Libertad para obrar.
4. f. pl. Emisión de votos para designar cargos políticos o de otra naturaleza.

La tercera acepción del vocablo nos da la pauta de que la elección no es otra cosa que el acto por el cual ejercemos nuestra libertad. De tal suerte que, la expresión "libertad de elegir" o "para elegir" no es sino una redundancia. Si elegimos es porque somos libres.
Ahora bien ¿Qué tan amplia es esa libertad para obrar que llamamos elección? La respuesta dependerá de muchos factores a considerar. Nuestra posición social, económica, política, geográfica -e incluso- nuestros pensamientos marcarán ciertos límites al ejercicio de esa facultad de elección.
Advertimos que la elección, definida como libertad para obrar, nos queda estrecha, ya que también podemos elegir nuestras ideas y pensamientos y que, en realidad, nuestro obrar dependerá en segundo lugar de las ideas que elijamos. Suele llamársele libertad de conciencia. Esta es mucho más amplia que la de obrar.
El campo de la elección de nuestros pensamientos es bastante más extenso que el del de nuestros actos. Somos más libres para pensar que para obrar. De hecho, podemos imaginar situaciones o fantasear sobre sucesos que no podemos hacer (por ejemplo, llegar volando a la luna agitando nuestros brazos como las aves, o vivir bajo el agua sin equipo de buzo como los peces). Somos libres de pensarlo, aun cuando sabemos que es imposible realizarlo.
Pero aun la libertad de pensamiento tiene sus límites, de los cuales el más importante es nuestro nivel de conocimientos. Solo podemos pensar acerca de lo que conocemos (tanto material como espiritualmente) o -dicho de otro modo- solo podemos pensar acerca de nuestros conceptos y no sobre conceptos que no poseemos, aunque podamos llegar a formarlos o adquirirlos. A medida que aprendemos vamos ampliando transformando y/o consolidando nociones. Cada vez que incorporamos un nuevo concepto acerca de cualquier objeto, nuestra libertad para pensar acerca del mismo se va ampliando. Pero eso no extiende automáticamente nuestra libertad para obrar, es decir, elegir. Podemos conocer muchas cosas, pero lo que conozcamos siempre será mucho mayor que lo que podamos hacer al respecto de aquello o de todo aquello que conocemos. Por ejemplo, podemos saber de la existencia de lugares a los que no podemos visitar, ya sea por razones de distancia, de dinero, familiares, políticas, etc. o de todos esos factores a la vez.
De hecho, un reo en su celda goza de absoluta libertad sobre sus pensamientos, pero tiene prácticamente cercenada su libertad de acción. Y esto será así, aun cuando tenga un patrimonio multimillonario, del cual no pueda disponer por hallarse embargado o inhibido. La libertad económica consiste precisamente en la libertad de acción respecto del uso y disposición de ese patrimonio que se posee. Si esa libertad de acción no existe, tampoco existe ninguna libertad económica. Si el titular de un patrimonio de supongamos 10 puede optar por gastarlos, ahorrarlos, regalarlos o invertirlos tiene la libertad económica que otra persona -dueña de un patrimonio de 100 millones- no posee, porque sobre este patrimonio deciden otros, como pueden ser los ladrones, los jueces o los gobiernos. Los ladrones por vías de hecho, y jueces y gobiernos por las de derecho (o también de hecho, cuando nos hallamos en un régimen despótico).
De donde se deduce que la libertad económica no está en relación dependiente de la cuantía del patrimonio, sino en la elección de la que ese patrimonio pueda ser objeto. No es "más libre" económicamente el que "más tiene", sino el que más puede elegir sobre lo que tiene, sea poco o mucho.
Elección política o económica denota los distintos campos en los cuales podemos ejercer nuestra libertad de obrar, de donde se pueden permutar los términos por libertad de obrar política o económica. Las acepciones 2 y 4 de la definición del diccionario apuntan a lo que habitualmente se denomina la libertad política, la tercera acepción sería aplicable a las 2 y 4.
La cuestión es los límites de esa elección y -en nuestro tema- si es posible circunscribir la elección política sin afectar la económica. ¿Puede un tirano perpetuo permitir y reconocer la vigencia de las libertades económicas al tiempo que niega y censura las libertades políticas? ¿Puede admitir la propiedad privada de sus súbditos y respetar sus libertades civiles en tanto prohibir las políticas?
En principio la respuesta parecería positiva. Si, es posible. Y, de hecho, históricamente, se han registrado algunos casos en tal sentido. Pero, es importante notar que dicha situación no se sostiene en el tiempo. Porque quien ejerce el poder político es -en definitiva- quien detenta el poder legislativo, y siempre existe la tentación a abusar de este poder, sea que se encuentra en manos de uno o de muchos.
Siempre estará latente en la ciudadanía el temor y la sospecha de que el tirano que respeta las libertades civiles y económicas se sienta -de repente- tentado a violarlas, contra lo cual no habrá apelación posible ante ningún otro organismo de poder, ya que el tirano es el que arroga el poder absoluto. Ergo, la negación de la libertad política lleva, potencial o efectivamente, a la carencia de toda otra libertad, comenzando por la económica.
En el caso inverso ¿puede permitirse la libertad política negándose la económica? También es posible teórica y prácticamente en el corto plazo, pero quien no puede disponer de lo suyo por imperio legal tratará de derogar ese imperio legal, y reemplazarlo por otro que le habilite la propiedad privada de sus bienes. De modo tal que, la libertad de elección política lo llevará a elegir un régimen que le consienta su libertad económica, es decir, la facultad de poseer y comerciar libremente con lo que se posee. Lo que nos conduce nuevamente a la misma conclusión anterior ambas libertades (económica y política) al final del camino terminarán convergiendo en una sola libertad, una única libertad.
Por ello, si bien en el corto plazo es posible separar la libertad política de la económica sin que una dependa de la otra, en el mediano y largo plazo esa separación tenderá a desaparecer, y sin "una" libertad tampoco existirá la "otra", lo que nos lleva a rematar que la libertad es indivisible, aun cuando muy transitoriamente puede separarse en partes.

[1] Real Academia Española © Todos los derechos reservados

Gobierno, economía y educación


Por Gabriel Boragina ©

Es casi un lugar común considerar que la educación debe prioritariamente estar a cargo del gobierno. Existe un consenso generalizado en cuanto a este aspecto. La función de educar se piensa esencialmente tarea a cargo del "estado" y sólo subsidiariamente de los particulares. Es posible que esta convicción resida en el hecho de que la educación se cree una actividad "no económica". Es bastante discutible este último aserto si lo observamos desde el ángulo de que quien se educa lo hace principalmente con el objeto de adquirir conocimientos que le den competencia en el campo laboral y le permitan no sólo subsistir financiando sus necesidades cotidianas, sino además darle mayores oportunidades de progreso que -necesariamente- se van a reflejar en lo económico. Por supuesto que, la educación no solamente sirve para conseguir buenas colocaciones laborales, sino también para obtener satisfacciones intelectuales y hasta espirituales. Pero una cosa no excluye la otra, y resulta -a nuestro juicio- apresurado descartar sin más los resultados económicos de la educación desde el punto de vista individual.
Lo mismo cabe decir -desde un enfoque praxeológico- de la "medicina, previsión social, arte, ciencia" etc. Sin embargo, hay autores que defienden la propiedad privada y que hacen esas distinciones. Citamos al respecto el siguiente párrafo:
"Propiedad privada. El éxito en educación, medicina, previsión social, arte, ciencia y otras actividades no económicas, se basa en los mismos dos principios anteriores. Por eso la propiedad privada, sostén y garantía de todas las libertades, debe ser respetada por todos, gobernantes y gobernados, no sólo en economía y finanzas, sino también en enseñanza y cultura, salud y deportes, cajas de jubilaciones y pensiones; y en los ámbitos de familias, partidos, iglesias y demás instituciones privadas."[1]
Debemos recordar que la propiedad privada es una institución fundamentalmente económica, que nace de un hecho natural como es el de la escasez de bienes y servicios. Si bien los valores últimos perseguidos por los seres humanos no son siempre ni completamente económicos, resulta innegables que los medios indispensables para concretar esos valores si lo son, mal que les pese a quienes discurran que la economía sólo se trata de una ciencia de números, gráficos y ecuaciones. 
Iglesias, partidos y familias ("y demás instituciones privadas") necesitan de la economía para poder sostenerse y continuar creciendo, y más aún si pretenden desarrollarse. No se trata de un enfoque materialista el que hacemos, sino que reconocemos a la economía una función instrumental como medio idóneo para que el ser humano pueda desplegar sus facultades, tanto físicas, intelectuales, como espirituales. Es decir, la economía es el medio que permite al ser humano perseguir aquellos valores no económicos. No obstante, todas las actividades (y siempre desde el enfoque praxeológico) son económicas.
Pero si incluimos un análisis cataláctico, podemos preguntarnos: si los costos, tanto monetarios como de oportunidad para educarse, sea que los afronten los padres del estudiante o el estudiante mismo, no son económicos ¿Qué tipo de costos son? ¿Cómo podría -en tal caso- considerarse la educación fuera del mundo económico?
"Los Gobiernos han usurpado funciones para las cuales sus rasgos esenciales son disfuncionales. ¿Cómo ha sido? ¿Cuándo comenzaron? 1) Empezaron en el s. XVIII con la educación, asumiendo que los padres no enviarían a sus hijos a la escuela si no fuesen forzados a hacerlo; que la educación estatal sería “gratuita”; y además “neutral” en materia religiosa. El primer supuesto es históricamente falso: por siglos los padres han enviado a sus hijos a la escuela sin ser obligados. La gratuidad no es tal, es financiamiento con impuestos. La neutralidad tampoco: Es catequización en la religión del Humanismo secular iluminista, evolucionista, idólatra y políticamente estatista. Además, la calidad de la educación estatal ha sido y es muy pobre en todos los países: los niños de primaria no salen bien en las pruebas de lectoescritura y comprensión, ni de aritmética elemental. Tampoco los bachilleres en las de ciencia y cultura general. Y la formación profesional de los universitarios es harto defectuosa."[2]
Compartimos completamente los conceptos que se vuelcan en el párrafo citado, y lo conectamos con nuestros comentarios previos en cuanto a las funciones e implicaciones económicas de la educación. ¿Por qué los gobiernos se comportaron -y aun lo hacen- como indica el autor en comentario? Pensamos que porque los gobiernos han comprendido que manejando la educación podían (y efectivamente pueden) manipular los recursos económicos de la gente que es gobernada. Sólo mediante la educación estatal logra convencerse al futuro ciudadano de la bondad y "necesidad" de -por ejemplo- pagar puntualmente los impuestos como si estos fueran una "necesidad social" o peor aún, una "obligación moral", señalando a quien los evade como el máximo de los delincuentes sociales. Es en las escuelas y universidades estatales donde se enseñan las bondades del mal llamado "estado benefactor" o "de bienestar" (verdadera contradicción en términos al decir del profesor Alberto Benegas Lynch (h) acertadamente); donde se instruye que la solidaridad sólo puede ser pública (o sea, estatal) y desafortunados conceptos por el estilo, que hoy en día casi nadie cuestiona o se lo hace en muy escasa medida.
¿Cuál es, pues, el objeto de los gobiernos al tomar (por si o por otros) las instituciones educativas e inculcar estas perniciosas doctrinas si no es el convencer a la gente de que entregue de buena gana el fruto de sus esfuerzos laborales al fisco a efectos de alimentar sus voraces arcas, siempre ávidas de fagocitar más y más recursos? ¿no es acaso económico? Creemos que sí. Y es en esto en que basamos nuestro convencimiento de la economicidad de la educación o si se quiere la de sus fines económicos.
Claro que la educación estatal no presenta ni expone tales fines de los gobiernos de la manera descripta en el párrafo anterior. En su lugar, hablará de "justicia social" solidarismo, confraternidad, conciencia social, y completará todo sustantivo posible con el adjetivo "social" que, como dice el fenomenal Friedrich A. von Hayek, no es sino la palabra comadreja que, como ese animal hace con el huevo lo vacía de contenido sin siquiera romper la cascara.

[1] Alberto Mansueti. Las leyes malas (y el camino de salida). Guatemala, octubre de 2009, pág. 40
[2] Mansueti A. ibidem. P. 89

La importancia del G-20


Por Gabriel Boragina ©

La “cumbre” del G-20 que convoca a los principales líderes políticos (aclaramos lo de políticos porque hay muchos otros tipos de líderes que no son de esta clase) y que se realiza en la República Argentina concentra la atención de los medios de todo el mundo. En muchos casos por admiración y en otros por rechazo a este tipo de cónclaves.
No voy a explicar aquí que es el G-20, ni cuáles son sus fines declarados, porque dicha información abunda en todos los medios de comunicación, sean nacionales o internacionales. Sino que voy a abordar mi propia impresión de este tipo de invitaciones.
La verdadera importancia de estas convocatorias entre jefes de estado (y por la cual creo que hay que prestarles mucha atención) reside en el hecho de que estas personas son las que manejan el fruto del trabajo de millones de otras que son las que verdaderamente producen la riqueza que los gobiernos redirigen hacia otros sectores, o que directamente consumen por sí mismos. Lo que decidan -por muy diversa que sea su agenda- tendrá siempre uno u otro efecto, o ambos.
La suerte de los destinos económicos mundiales está en sus manos, porque poseen la fuerza legal para captar sus recursos sin que nada (o muy poco) podamos hacer para evitarlo.
La presencia física de los jefes de estado de las diversas naciones que lo componen es -a mi juicio- un dato irrelevante que sirve no más que para atraer la atención e impresionar a las personas del llano alejadas de los entornos políticos. Digo esto, porque en la era que vivimos donde la informática y las telecomunicaciones tiene un desarrollo tal que no hace falta como antaño la reunión física de personas para trabajar o concretar negocios, los que hoy en día pueden realizarse sin mayor esfuerzo ni necesidad de desplazarse de un lugar a otro a través de internet y las demás formas de ciber-comunicación, tornan -de alguna manera- superfluos los múltiples desplazamientos geográficos que antaño resultaban necesarios.
De hecho, las economías de los países intervinientes no estarán ni más ni menos controladas por la circunstancia de que los jefes de estado se reúnan en un salón físico o no lo hagan. Los mismos efectos se acusarían si la “cumbre” se celebrara por teleconferencia o similares. Lo relevante son las resoluciones que estos políticos toman y no los medios (presenciales o a distancia) en que lo hagan. Es indistinto se están realmente próximos o distantes, en tanto existen formas de comunicación simultáneas y perfectamente sincronizadas. Pero no es en estos plenarios (donde todos se muestran juntos para las fotos) donde se toman las determinaciones relevantes que afectan a la economía mundial, sino que es mediante los acuerdos internacionales previos que tampoco requieren la presencia corporal de los contratantes por las mismas razones dadas antes y que normalmente se firman a través de representantes diplomáticos con mandatos suficiente, lo que pocas veces justifica el desplazamiento de los "líderes" máximos del mundo político.
Pero, por otro lado, los acuerdos comerciales que pretendieran efectuarse en esas "cumbres" ya vienen condicionados por tratados internacionales previos, a los que hay que agregarles el cúmulo de sus legislaciones internas propias de cada país miembro, que determinan y reducen a un punto muy menor el margen de maniobrabilidad que tengan los actuales jefes de estado como para permitirles incorporar grandes innovaciones, que luego podrían llegar a correr el albur de no poder imponer, total o parcialmente, modificando sus respectivas legislaciones internas.
Estas circunstancias le quitan mucha de toda esa espectacularidad con la que las personas comunes (y la prensa en general) suele rodear estas "cumbres" mundiales. Lo que queda después es, esencialmente, escenografía pura.
Esto no minimiza -no obstante- el enorme poder que tienen tales personajes sobre nuestras economías domésticas. Las que aun contando con las limitaciones señaladas pueden manejar casi a su antojo.
Lo trascendente -con independencia de la forma y el lugar donde se lo haga- es que estas personas son las que -en definitiva- decretan como se gastarán las producciones que millones de otras personas, que no pueden y ni siquiera desearían participar de estas “cumbres", han elaborado mediante su propio esfuerzo.
Es que parece que el mundo se ha acostumbrado a que los grandes resultados empresariales no los tomen ya los empresarios sino los políticos. Esto se ve como algo normal y aceptable a los ojos de la gran mayoría de las personas. Y, desde mi propio punto de vista, me parece altamente preocupante. Se considera como "normal" que lo privado sea manejado por lo público o -más precisamente- por lo estatal, y que soluciones que, en una economía sana, serían tomadas por consumidores y proveedores (léase empresarios, comerciantes, etc.) lo sean por el estado-nación o cualesquiera que fueren sus representantes de turno. Es -ni más ni menos- la sustitución del mercado libre por el más puro estatismo. Y esto se refleja en ocasiones como las que ahora ocupan estos comentarios.
Pero, como decimos, es lo expuesto lo que nuestras sociedades actuales aceptan. Los que se oponen a estas “cumbres" no lo hacen por los motivos que estamos esgrimiendo, sino alentados por imponer -también desde el gobierno- una orientación ideológica diferente (sea denominada de izquierda, de derecha o de centro) pero siempre teniendo al gobierno como protagonista y agente activo, es decir, con exclusión del individuo y de la iniciativa privada en sí misma.
Lo positivo de todo el asunto puede resultar de efectos colaterales que la publicidad de estos encuentros puede generar. Algunos empresarios privados, hipotéticamente, ajenos por completo a los vínculos con el poder, pero fácilmente dependientes emocionalmente de la publicidad que los medios le otorguen a aquel, podrían ser influenciados por la difusión que se les dan a estos actos burocráticos, y los decida a invertir en los países anfitriones. Esto podría ser un rasgo positivo y no querido (o sí) por parte de los jefes mundiales al autoconvocarse de esta manera, cuando, el verdadero propósito -podemos sospechar- es el de qué manera beneficiar a las empresas dependientes o vinculadas al gobierno miembro participante.
 Con todo, el efecto psicológico que tienen estos sucesos políticos para la población en general resulta verdaderamente impactante, por la corriente actitud de genuflexión ante el poder que inspiran las imágenes de autoridad que dan los gobernantes.

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