La Escuela Austríaca de Economía (6° parte)


Por Gabriel Boragina ©

"Proposición 7: La competitividad en el mercado es un proceso de descubrimiento empresarial. Muchos economistas consideran la competencia como un estado de cosas (state of affairs). Sin embargo, el término “competencia” evoca una actividad. Si la competencia fuera un estado de cosas, el empresario no tendría ningún papel que jugar. Pero, puesto que la competencia es una actividad, el empresario tiene un gran rol que ocupar. En efecto, el empresario es el agente de cambio que empuja y arrastra los mercados hacia nuevas direcciones."[1]
Que haya economistas que consideren a la competencia como un estado de cosas indica que la imaginan como algo estático y externo a la actividad empresarial, y aun a la economía misma. Sin embargo, esta no es la realidad. La competencia es un proceso de descubrimiento como lo enseña Friedrich A. von Hayek y, necesariamente, ese proceso de descubrimiento ha de ser dinámico, no estático. Caso contrario, no podría darse. Y, adicionalmente, en un mundo dinámico es difícil -sino imposible- pensar las cosas como estáticas, ya que ni siquiera en el campo de las ciencias naturales sucede de dicho modo. Por lo demás, no hay que perder de vista que la competencia es un hecho natural que nace de la escasez. En un mundo de sobreabundancia no habría que competir por nada, porque todo estaría a disposición de todos en las cantidades suficientes. Pero, dado que dicho mundo no existe y las necesidades superan siempre los recursos disponibles la sociedad ha de competir por ellos.
"El empresario se mantiene alerta ante las oportunidades de ganancia mutua no reconocidas. Al reconocer oportunidades, el empresario puede obtener un beneficio. El proceso de mutuo aprendizaje a partir del descubrimiento de las ganancias que surgen del intercambio fomenta que el sistema logre una asignación más eficiente de los recursos."[2]
Entendemos que la palabra "mutua" apunta a la ganancia que las dos partes en la transacción obtienen del intercambio. En realidad, ninguna de las dos partes actúa con el objetivo de darle una ganancia a la otra, sino que -como ya advirtiera Adam Smith en 1776- todos actuamos con la mira puesta en nuestras propias ganancias y no en la de quienes negocian con nosotros. El móvil último de cualquier trato -sea dentro o fuera del mercado- es persistentemente este y no otro, por mucho que los socialistas quieran deformar la realidad e idealizar románticamente las cosas en otro sentido.
"El descubrimiento empresarial asegura que un mercado libre se mueve hacia el uso más eficiente de los recursos. Además, el atractivo por obtener beneficios arrastra a los empresarios a que constantemente busquen las innovaciones que permitan aumentar la capacidad productiva. Para el empresario que reconoce la oportunidad, las imperfecciones de hoy representan las ganancias de mañana [6] "[3]
Es decir, se optimizan los recursos del total de la sociedad. Como expresa F. v. Hayek la competencia es un proceso de descubrimiento. Y el objeto de ese descubrimiento son las diferentes oportunidades que, en el seno del mercado, se les brindan a los empresarios. La condición es -como perenemente se ha señalado- la libertad del mercado, porque de otra manera el mismo estaría condicionado a las oportunidades que agentes extra mercantiles podrían ofrecer y estos perpetuamente son externos al mercado. De hecho, es lo que ocurre en la mayoría de los países del mundo actual, donde las oportunidades que el mercado promete quedan ocultas bajo el manto que el intervencionismo estatal le otorga, encubriendo aquellas y dejando espacio únicamente a las "oportunidades" que pueda otorgar a discreción el poder de turno. O sea, la negación misma del mercado y de la competencia.
"El sistema de precios y la economía de mercado son instrumentos de aprendizaje que guían a los individuos a descubrir ganancias mutuas y a emplear eficientemente los recursos escasos."[4]
En un mundo donde no existe omnisciencia todo proceso es de aprendizaje y eso, desde luego, no podría excluir al sistema de precios y la economía de mercado. Por eso, los sistemas estatistas que pretenden dirigir la economía suponen en ellos la omnisciencia de la cual el mundo carece. Es lo que -nuevamente- el premio Nobel de economía, Friedrich A. von Hayek, denomina la fatal arrogancia, título de su grandioso último libro: la pretensión de los estatistas de saber todo lo necesario para gobernar la economía, lo que -en última instancia- implica regir la vida ajena al uso y conformidad del jerarca estatista. El proceso de mercado no es colectivamente deliberado, por lo que no es apto para ser planificado por una "mente central" desde el momento que dicho cerebro unificador no existe, y no podría existir excepto en el caso de que se quiera reconocer omnisciencia en los estatistas. Por cierto, estos presumen de ella. Basta escuchar sus discursos para percatarse de que ellos "lo saben todo" respecto de lo que "los demás necesitan".
*Macroeconomía*. Proposición 8: El dinero no es neutral. El dinero es definido como el medio de intercambio comúnmente aceptado. Si la política gubernamental distorsiona la unidad monetaria, el intercambio también resulta distorsionado. Minimizar estas distorsiones debería ser el objetivo de toda política monetaria sensata."[5]
Muchos han sido los economistas que ha sostenido (y aun lo hacen) la neutralidad del dinero. Todavía pueden leerse y escucharse declaraciones en dicho sentido. Pero ello, siempre ha sido y sigue siendo una falacia, porque el dinero no es más que una mercancía como cualesquier otra, que se comercia en el mercado (como cualquiera otra mercancía) y que tiene un precio, que oscila de acuerdo a la ley de la oferta y de la demanda. Ni más ni menos que como los demás artículos que se compran en los supermercados y comercios de bienes. Por ese mismo motivo, de idéntica manera que los precios máximos y mínimos distorsionan lo precios de mercado y terminan haciéndolos inoperativos, el control monetario hace que el precio del dinero resulte distorsionando, y esto desconfigure por completo el precio final de los bienes y servicios que se intercambian en el mercado.

[1] Peter J. Boettke. *Hacia una Robusta Antropología de la Economía**La Economía Austriaca en 10 Principios* Instituto Acton Argentina. Trad: Mario Šilar.
[2] Boettke, P. ibidem
[3] Boettke, P. ibidem
[4] Boettke, P. ibidem
[5] Boettke, P. ibidem

Mecánica de la racionalidad


Por Gabriel Boragina ©

Respecto a la cuestión de si hay un egoísmo racional y -por contrapartida- otro irracional podemos aceptar esta distinción con las siguientes puntualizaciones: entendemos el racional como aquel que beneficia tanto al sujeto actuante como a quienes interactúan con él. Por contrapartida, el irracional lo definimos como el que lo perjudica a él y a sus semejantes. Como dijimos, asumimos que nadie toma decisiones pensando que lo hace irracionalmente, en el mejor de los casos esa irracionalidad se descubre a posteriori de la acción consecuencia de la decisión.
Una persona –por ejemplo- puede tomar un camino que a priori considera el mejor, el más rápido y despejado (elección racional) sea porque lo transitó antes en otra ocasión o porque una fuente confiable (un amigo o un periodista en el noticiero) así se lo aseguró, y, solamente después, cuando toma ese camino elegido -y se encuentra en medio de un descomunal embotellamiento de tránsito- se da cuenta de lo irracional de la determinación adoptada. Entonces, tanto la racionalidad o irracionalidad real de la resolución primera, sólo puede ser conocida a posteriori de la elección adoptada, es decir con su ejecución. Ahora bien, lo resuelto no deja de ser racional por el hecho de descubrir -una vez tomado el camino- que la vía no era expedita, sino que se vuelve irracional en la medida que (pudiendo ir por otras rutas) el sujeto en cuestión persista en continuar en la atascada. Lo irracional no depende de la existencia de situaciones adversas a la efectivización de la determinación adoptada, sino de la voluntad del agente y su reacción ante aquellas.
En otros contextos, no es necesaria la ejecución personal del acto, sino que puede y de hecho se descubre su irracionalidad con la realización de actos análogos por parte de otros. Alguien puede concluir racionalmente –por ejemplo- no drogarse o alcoholizarse, no porque ya lo haya hecho antes y advirtió sus efectos malsanos, sino porque conoce las consecuencias negativas de y en otras personas que si ejecutaron tales actos. La decisión racional, en su respecto, es abstenerse de realizar esas acciones.
Hay circunstancias, sin embargo. donde la irracionalidad de la elección se conoce a priori, por ejemplo, la del ladrón que planeando un atraco opta por llevarlo a cabo aun sabiendo que existe un altísimo porcentaje de ser atrapado. O la determinación -en otro ejemplo- de escalar un pico elevado siendo consciente de que se carecen de las aptitudes y conocimientos necesarios para el alpinismo, o la del que resuelve cruzar un rio a nado sin saber nadar, son todas elecciones que comienzan siendo irracionales y terminan de la misma manera. Y deberíamos incluir aquí los supuestos de apariencia de racionalidad que hemos esbozado antes.
Es cierto que los del párrafo anterior son escenarios minoritarios, pero es bueno considerar que existen. El ejemplo del automovilista que elige un camino creyendo ser el mejor y resulta ser el peor, es el de una decisión que comienza siendo racional y se transforma en irracional por su resultado contrario al esperado al adoptarla, cuando pudiendo elegir rutas alternativas se persiste en continuar en la atascada. A alguien le podría gustar mucho cursar la carrera de física sin tener ni las condiciones, ni aptitudes necesarias para aprobar las materias que la componen. Quien persiste en un trabajo, estudios o profesión para los cuales ha demostrado su más absoluta incompetencia es un egoísta irracional que, en el caso de nuestra definición, se perjudica a sí mismo y colateralmente puede estar perjudicando a otros (familiares y aun a sus potenciales clientes o empleadores en la presunción de que hubiera elegido otra carrera para la cual si se es apto).
Este podría considerase el caso más frecuente, dado que al tomar una decisión no conocemos el estado que tendrán todos los factores que van a intervenir en su ejecución. Y también es bastante probable que ni siquiera podamos tener conciencia de cuales serían esos factores, o sólo la tengamos en parte. Puede ser racional elegir una carrera que nos gusta y comenzar a estudiarla, pero pueden sobrevenir circunstancias que impidan continuar cursándola que no pudimos calcular en el momento de iniciarla (mudanzas repentinas, cierre del único instituto donde esa carrera se imparte, problemas personales o familiares, viajes, etc.). como en el ejemplo del automovilista y la ruta, la actitud posterior que se asuma respecto de esas barreras determinará la racionalidad o irracionalidad de la decisión y su consecuente acción.
En esta línea se enmarca la de tomar un trabajo que -a primera vista- luzca atractivo o interesante, pero que nos desfavorezca por razones familiares, de distancia, tiempo y/o costos en lugar de otro. Se trataría de un asunto de apariencia de racionalidad o de egoísmo irracional directamente, habida cuenta que, creyendo beneficiarnos la decisión, en realidad, terminará perjudicándonos a nosotros y -transitivamente- a otros. Es irracional auto sumarse costos cuando se tiene la posibilidad de bajárselos.
Llegados a este punto, debemos recordar las aclaraciones que Friedrich A. von Hayek hizo en su momento respecto de los varios significados de la palabra egoísmo sobre lo que nos hemos referido anteriormente[1]. Resumidamente, la palabra egoísmo tiene dos sentidos, uno amplio y otro restringido. Por el amplio, incluye todo lo que interesa al individuo (su propia persona, su familia y amigos) y restringidamente, exclusivamente a él y a nadie más. Esto tiene algún parecido con lo que Ayn Rand (en la cita que hicimos antes) llama egoísmo racional en la primer hipótesis, e irracional en el segundo. Pero -como hemos señalado también- Rand y Branden utilizan diversos calificativos para el término egoísmo. Branden, por ejemplo, en su artículo citado en la nota 1 llega a hablar también de "egoísmo genuino" (presumiblemente refiriéndose al racional).
Todo lo cual parecería indicar que las discusiones en torno al polémico vocablo egoísmo son más que nada -y se reducen en el fondo- a una cuestión terminológica que conceptual. Será inevitable al aludir a la palabra, aclarar en cada contexto en qué sentido se la pretende utilizar.


[1] Ver nuestra nota "Individualismo vs. egoísmo" y sobre todo en la titulada "Los significados del egoísmo" no publicada actualmente, pero que el lector podrá solicitarnos escribiéndonos a nuestra casilla de correo personal.

¿A qué se llama una decisión racional?


Por Gabriel Boragina ©

Si se acepta, que la razón es la Facultad distintiva del hombre (animal racional) que le permite llegar a la esencia o verdad de las cosas a partir de la intelección y por medios discursivos, entonces una decisión racional debería ser aquella por la cual una persona llega a tomarla conociendo la esencia o verdad de lo que decide o siguiendo un método que le permite conocerlas. Sin embargo, no es novedad para ninguno de nosotros que no todas las decisiones que tomamos lo hacemos conociendo la esencia y verdad de lo que decidimos, porque de lo contrario no erraríamos nunca y todas nuestras elecciones serian correctas y acertadas, el mundo en el que vivimos sería perfecto, en suma, el Edén sobre la Tierra. Luego, dentro de esta última categoría entrarían las decisiones y acciones irracionales.
Ahora bien, nadie emprende una acción sin una previa decisión, y nadie toma una decisión presuponiendo de antemano que lo que está decidiendo es irracional. Toda acción persigue un fin que esta -a su vez- definido por la elección adoptada, la que se supone -por el agente- racional a priori, ya que en caso contrario no se la tomaría. La decisión del ladrón de robar ¿es racional o irracional? Desde su propio punto de vista, la esencia o verdad del acto de robar tiene que tener un significado distinto al que le otorga su víctima. Digamos que, la esencia del robo es la apropiación de un bien ajeno y que esto es, asimismo, verdadero. Y en esto último podrían estar de acuerdo tanto el ladrón mismo como su potencial o real víctima. Lo que cambia en uno y en otro es la valoración moral del acto. Mientras para la víctima el robo es un delito, para el ladrón no lo seria. En suma, tanto para la víctima como para el victimario el robo sería una decisión (y su consecuente acción) racional, pero mientras para la victima la acción de robar como su decisión originadora serian inmorales e ilegales, para el ladrón resultarían lo contrario. En este caso, a la valoración moral se le agrega la jurídica. Y las apreciaciones jurídico-morales de la acción y decisión no afectan la racionalidad del acto. De donde, un acto puede ser inmoral y/o antijuridico pero racional.
Desde este punto de vista la racionalidad de una idea y su ejecución parecería moverse dentro de la esfera de lo objetivo, en tanto la valoración final que se hará -ya sea desde el plano de la moral, de la ética o del derecho- entraría dentro del campo de lo subjetivo. Para el ladrón estará "bien" robar, pero para la víctima estará mal (juicio ético o moral); según el ladrón habrá obrado con "derecho" para ello, pero para el juez que lo juzgue lo habrá hecho contra el orden jurídico, es decir, sin derecho (juicio jurídico o legal).
Sin embargo, cabe considerar el concepto de apariencia de racionalidad que desdibuja el de racionalidad objetiva o acto objetivamente racional. Y tener en cuenta, además, que el ser humano no es puramente racional, sino también es emocional. Nunca podremos estar seguros que elementos genuinamente racionales y cuales otros emocionales son los que están combinándose para tomar la decisión final cuyo curso de acción seguirá el sujeto actuante. Una acción puede parecer ejecutada en base a una decisión también aparentemente racional, pero podría ser que -en un último análisis- haya intervenido en su elaboración (uno o más de) un elemento emocional. Los actos impulsivos o reflejos cabrían en esta última categoría. Por ejemplo, si alguien me agrede sorpresivamente, mi más inmediata reacción será la de devolver el golpe. Se trata de una decisión donde caben más elementos emocionales que racionales, especialmente si la fuerza de mi agresor es superior a las mías, de donde lo verdaderamente racional, quizás, seria eludir el golpe o, incluso, huir si el violento extrae un arma, por caso.
Entonces, hay una apariencia de objetividad racional o de razón objetiva por un lado y por el otro hay una certeza de racionalidad subjetiva o razón subjetiva, dado que no podemos más que apreciar subjetivamente la racionalidad ajena y, por supuesto, la nuestra propia.
A esto se añaden las dificultades antes consideradas para tener absoluta certeza de la esencia y verdad de todas las cosas, lo que de plano descartamos en el ámbito humano y reservamos exclusivamente a la órbita de lo divino. De esto sólo Dios es capaz, no el hombre. Podrá, quizás, el hombre llegar a la esencia y verdad de algunas cosas (no todas) pero, aun así -y siguiendo el método popperiano al que adherimos- únicamente se logrará de manera provisional. De donde concluimos que la razón -en realidad- es un método de conocimiento, o la facultad que permite conocer de ese modo, fragmentario, provisorio y parcial.
Lo contrario a esto nos conduciría -de alguna manera- al racionalismo constructivista denunciado por el Premio Nobel de economía Friedrich A. von Hayek, o bien a una suerte de iluminismo racionalista.
La razón humana constituye simplemente una derivación imperfecta de la Razón Divina y es solamente está la que conoce a la perfección la esencia y verdad de todas las cosas, precisamente porque es esa misma Razón Divina la creadora de todas las esencias y poseedora de la más absoluta Verdad.
En la segunda acepción de la definición de razón, se alude a la decisión razonada, es decir, argumentada y demostrada, aunque, en rigor, no se tratan de sinónimos. Algo puede estar bien argumentado, pero carecer de fuerza probatoria, cuestión que se ve con harta frecuencia en el mundo del Derecho. El sentido cambia completamente respecto de la primera acepción. Si bien sigue siendo una facultad distintiva del hombre y no de otras especies, en este caso la razón es un equivalente al argumento demostrativo de algo, ya sea en cuanto a su existencia o su verdad. Aquí ya no estaría buscando llegar a la esencia, sino a la existencia de otra cosa, pero tampoco necesariamente se estaría excluyendo la primera. El sujeto que por medios racionales habría llegado a la esencia y existencia de algo, se encuentra en la necesidad de demostrarlo a un tercero, y lo hace a través de la razón o razonamiento, entendido como un proceso explicativo de esa esencia o verdad que se cree haber encontrado.

La Escuela Austríaca de Economía (6° parte)

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