El camino al socialismo


Por Gabriel Boragina ©

Será interesante repasar como se gesta el camino al socialismo, tomando como ejemplo la experiencia europea, donde este nació y se plasmó en todas sus formas y variantes posibles. Y de paso recordar, llevados de la mano de un maestro genial, como el socialismo gestó -en última instancia- y permitió la aparición del nazismo y el fascismo, al punto de concluir que, sin el socialismo, tanto el fascismo como el nazismo hubieran sido imposibles.
"En los países de Europa central, los partidos socialistas habían familiarizado a las masas con las organizaciones políticas de carácter paramilitar encaminadas a absorber lo más posible de la vida privada de sus miembros. Todo lo que se necesitaba para dar a un grupo un poder abrumador era llevar algo más lejos el mismo principio, buscar la fuerza, no en los votos seguros de masas ingentes, en ocasionales elecciones, sino en el apoyo absoluto y sin reservas de un cuerpo menor, pero perfectamente organizado. La probabilidad de imponer un régimen totalitario a un pueblo entero recae en el líder que primero reúna en derredor suyo un grupo dispuesto voluntariamente a someterse a aquella disciplina totalitaria que luego impondrá por la fuerza al resto."[1]
Hayek describe aquí las condiciones previas reinantes a la aparición del fascismo en Europa. Su tesis consiste en afirmar que -en primer lugar- el aspirante a dictador debe reunir en torno suyo un "grupo dispuesto voluntariamente a someterse a aquella disciplina totalitaria que luego impondrá por la fuerza al resto". El totalitarismo es sólo posible en la medida en que exista o pueda conformarse un grupo de fanáticos adictos al aspirante a dictador que lo acepten por propia voluntad y -naturalmente- adhieran a sus convicciones, aspiraciones y planes de dominación. Resulta aparentemente contradictorio afirmar que un grupo menor, por mejor organizado que este, pueda aplicar su disciplina totalitario al resto, ya que este resto implica un mayor número de personas que las del grupo totalitario. La solución a este aparente dilema por el cual una minoría se estaría imponiendo sobre una mayoría la da -a nuestro juicio- el hecho de que quien detenta realmente la fuerza es quien la ejerce. Lo que parece ser lo explicado en el párrafo siguiente:
"Aunque los partidos socialistas tenían poder para lograrlo todo si hubieran querido hacer uso de la fuerza, se resistieron a hacerlo. Se habían impuesto a sí mismos, sin saberlo, una tarea que sólo el cruel, dispuesto a despreciar las barreras de la moral admitida, puede ejecutar."[2]
El uso de la fuerza es exitoso en la medida que no encuentre tenacidad alguna que se le oponga. Y esto puede ocurrir cuando solamente aquel o aquellos sobre los cuales se pretende ejercer la violencia se consideraren si mismos ineptos para hacerle cara. No hay otra posibilidad, ya que si estuvieran de acuerdo con los violentos no sería necesario hacer uso de la fuerza por parte de estos ni resistirla por parte de los violentados. Nótese que las reticencias de los partidos socialistas europeos no tuvieron analogía con la del partido bolchevique ruso, que se impuso por la fuerza en lo que luego fue la I.R.S.S. Sigamos con Hayek:
"Por lo demás, muchos reformadores sociales del pasado sabían por experiencia que el socialismo sólo puede llevarse a la práctica por métodos que desaprueban la mayor parte de los socialistas. Los viejos partidos socialistas se vieron detenidos por sus ideales democráticos; no poseían la falta de escrúpulos necesaria para llevar a cabo la tarea elegida."[3]
Sin duda, esos "reformadores sociales" estarían pensando en la experiencia soviética. La tarea elegida era la de forzar un régimen planificado de gobierno. Esos métodos -según parece derivarse del texto- son los antidemocráticos, que fueron los empleados -v.g.- por los rusos. Evidentemente, Hayek no se está refiriendo a los socialistas marxistas, sino a otro tipo de socialistas, ya que es sabido que los marxistas son partidarios expresos del uso de la fuerza, y se hallan en contra de la democracia a la que consideran una superestructura burguesa de dominación, es decir, una ideología en el sentido marxista del término. El párrafo ha de aludir, entonces, a lo que se conoce como el socialismo democrático, o bien, socialdemocracia.
"Es característico que, tanto en Alemania como en Italia, al éxito del fascismo precedió la negativa de los partidos socialistas a asumir las responsabilidades del gobierno. Les fue imposible poner entusiasmo en el empleo de los métodos para los que habían abierto el camino. Confiaban todavía en el milagro de una mayoría concorde sobre un plan particular para la organización de la sociedad entera."[4]
Es decir, no reconocían que sus planificaciones no podían lograr el consenso de la gente, sino que debían exigirse por la fuerza, por lo imposible de un acuerdo mayoritario sobre una planificación determinada. Y no deseaban hacer uso de la fuerza para obligarlo, por sus convicciones democráticas (siempre entendiéndose que no se habla de partidos marxistas, sino socialistas no marxistas). Tampoco quisieron convencerse de que sus ansias planificadoras sólo podían instituirse por medio de la fuerza. Aunque no queda del todo claro a que "entusiasmo" se refiere el autor, excepto que la palabra se utilice desde el punto de vista de los fascistas, que si demostraron entusamo en establecer sus planes por medio de la violencia física.
"Pero otros habían aprendido ya la lección, y sabían que en una sociedad planificada la cuestión no podía seguir consistiendo en determinar qué aprobaría una mayoría, sino en hallar el mayor grupo cuyos miembros concordasen suficientemente para permitir una dirección unificada de todos los asuntos; o, de no existir un grupo lo bastante amplio para imponer sus criterios, en cómo crearlo y quién lo lograría."[5]
Esos "otros" eran los nazis fascistas. Lógicamente, si se confiaba en el voto de la mayoría se corría el riesgo que esa mayoría no aprobase la planificación elegida por el panificador. Y el aspirante a dictador no podía transitar con un peligro semejante. Pero era necesario que el dictador tuviera algún apoyo que -a su vez- fuera suficiente como para permitirle llevar a cabo sus siniestros planes antisociales.

[1] Friedrich A. von Hayek, Camino de servidumbre. Alianza Editorial. España. pág. 176-177
[2] Friedrich A. von Hayek, Camino…ibidem.
[3] Friedrich A. von Hayek, Camino…ibidem.
[4] Friedrich A. von Hayek, Camino…ibidem.
[5] Friedrich A. von Hayek, Camino…ibidem.

Cristo y las riquezas


Por Gabriel Boragina ©

Muchas personas han encontrado y siguen encontrando conflictos entre sus principios morales y religiosos -por un lado- y la posesión de bienes materiales -por el otro-. Y en no pocas oportunidades la Iglesia católica se ha pronunciado también en dicho sentido, como -por ejemplo- con el actual pontificado de Francisco I. Pero, no sólo los católicos, sino otros cristianos también son unánimes en su condena a la riqueza como algo inmoral por sí mismo. Por eso, en tiempos donde todavía quedan quienes dicen que Nuestro Señor Jesucristo fue un ferviente enemigo de los ricos, será oportuno volver sobre este tema.
La prédica cristiana contra la riqueza debe -nos parece- ser entendida en su contexto temporal, para lo cual es importante conocer cuáles eran las circunstancias económicas que imperaban en tiempos de Cristo. En su vista, resulta necesario remontarse más atrás aún. Veamos entonces que dice la historia sobre aquellos tiempos:

"[…] la casa de Omri, mundana y exitosa como Salomón, también suscitó agrio resentimiento social y moral. Las gran­des fortunas y las propiedades se acumularon. Se incremen­tó la distancia entre ricos y pobres. Los campesinos se endeu­daron, y cuando no podían pagar, se los expropiaba. Esta medida contrariaba el espíritu de la ley mosaica, aunque no contradecía taxativamente su letra, pues a decir verdad insiste sólo en que uno no debe desplazar los mojones de un veci­no."[1]

No hay noticias que estas lamentables circunstancias se hubieran modificado en tiempos de Cristo. A la inversa, parece que se habrían agravado. De allí, la insistencia del Señor frente a los ricos que amaban a sus riquezas. Esos ricos no lo eran por derecho propio, sino por explotación al pobre. Si encima amaban el producto del botín, tanto peor. Hay que entender que, desde los comienzos de la civilización hasta el siglo XVIII de nuestra era la economía mundial era una economía de suma cero (lo que ganaba uno era porque lo perdía otro u otros, y viceversa). En dicho contexto, toda riqueza era injusta. Y era riqueza todo lo que superara la mera supervivencia o poco más.
Si bien había monedas circulando por Palestina, tanto romanas como judías, ello no implicaba que todos tuvieran acceso a ellas. El grueso de las transacciones se celebraba a través de trueques, sobre todo entre la población más pobre.
Había, pues, dos pecados a condenar por Cristo: por el primero, ganar a costa de otro y, por el segundo, amar el botín más que al prójimo, e incluso, más que a uno mismo. Extrapolar aquellas condiciones económicas a nuestros tiempos actuales se mantiene vigente en cuanto a la segunda censura (amor a la riqueza, lo que presentemente se conoce como avaricia o codicia). En cuanto a la primera (economía de suma cero) sigue sucediendo en aquellos lugares (que son muchos por desgracia) donde no se aplica (o se lo hace escasamente) el sistema capitalista de producción. Y, en general, es la forma en que los gobiernos habitualmente operan, apropiándose de la riqueza producida por los particulares, a través de los impuestos y otros artilugios legales. Tomarlo en otro sentido -como, por ejemplo, una censura a cualquier tipo de riqueza- no sólo descontextualiza el texto bíblico, sino que desfigura la enseñanza cristiana.

"Los reyes se opusieron a la opresión de los pobres por la élite, porque necesitaban de los hombres pobres para sus ejércitos y sus cuadrillas de trabajo; sin embargo, las medi­das que adoptaron fueron débiles. Los sacerdotes de Siquem, Betel y otros santuarios eran asalariados, que se identificaban estrechamente con la casa real, se preocupaban por las ceremonias y los sacrificios y no demostraban interés —se­gún afirmaban sus críticos— por la angustia del pobre."[2]

Evidentemente la descripción del autor peca de poca claridad. Hemos de entender -empero- que esta angustia era económica y no de otro tipo, ya que la angustia económica lleva a la física. Pero, aparentemente, la elite oprimía físicamente a los pobres, probablemente reduciéndolos a la esclavitud, es decir, sin paga. En tanto, ha de suponerse que los reyes retribuían -de alguna manera- los servicios de los pobres en el ejército o en esas cuadrillas de trabajo. Si lo relacionamos con el párrafo anterior, hemos de concluir que esos pobres eran los ex-campesinos expropiados, o no. Sabemos que las deudas se pagaban con la cárcel. Incluso en la Biblia hay constancias de que así era. Es factible que, en otros casos, el deudor fuera reducido a la esclavitud, ya sea como siervo de su acreedor o vendido por este a terceros.

"En estas circunstancias, los profetas reaparecieron para expresar la conciencia social. […] Durante el gobierno de la casa de Omri, la tradición proféti­ca se fortaleció súbitamente en el norte gracias a la sorpren­dente figura de Elías. […] Como casi todos los héroes judíos, era de origen pobre y hablaba por ellos. […]Hacía milagros en beneficio de los pobres y se mostró suma­mente activo en periodos de sequía y hambre, cuando las masas sufrían".[3]

Si bien el historiador describe aquí tiempos muy anteriores a la aparición de Cristo en el mundo, cabe destacar que las circunstancias socioeconómicas de su época no eran muy diferentes e, incluso, lejos de experimentar progreso denotaron franco retroceso. Los profetas se encargaron de denunciar la explotación a los pobres. La economía era agrícola mayormente y ganadera en menor escala. Se comprende entonces que las sequias provocaran hambrunas recurrentes. Resulta lógico que Cristo se hubiera rebelado contra aquellas conductas y cosas, y enfocara su discurso adverso a los efectos malsanos de las condiciones sociales deplorables de su tiempo.
Examinando los Evangelios resulta notable, por ejemplo, el énfasis que se le dan a las comidas. Lo que en nuestro día es algo casi común y corriente para la mayoría de la gente (las típicas tres comidas diarias o cuatro si se cuenta la merienda) eran una rareza en tiempos bíblicos. No se comía varias veces al día y en ocasiones tampoco se comía todos los días. Sólo los ricos podían darse ese lujo. La parábola del mendigo Lázaro y el rico grafican -de algún modo- ese contexto. De allí que, en los Evangelios las comidas se presentan como ocasiones de grandes acontecimientos o eventos de suma importancia. Y a ellas concurrían muchas gentes.

[1] Paul Johnson, La historia de los judíos. Ediciones B, S. A., 2010 para el sello Zeta Bolsillo. Pág. 104-105
[2] Johnson, P. La historia…ibidem.
[3] Johnson, P. La historia…ibidem.

El camino al socialismo

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