Industrialización

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Individualismo, egoísmo, colectivismo y altruismo (3º Parte)

 Por Gabriel Boragina ©

El desprestigio que ha logrado la palabra egoísmo ha sido tan grande que no existe prácticamente casi nadie que quiera aceptarla y que no la condene. Inclusive muchos autores que simpatizan con el ideario liberal tratan de librarse rápidamente del término diferenciándolo del individualismo. Como ya hemos visto, K. R. Popper es uno de ellos. Por ejemplo, cuando dice:  

‘’Quizá algunos se pregunten cómo puede un individualista exigir devoción a causa alguna, especialmente a una causa tan abstracta como la investigación científica. Pero una pregunta semejante no haría sino revelar el viejo error (analizado en el capítulo anterior) de identificar el individualismo con el egoísmo’’[1]

El problema -a nuestro modo de ver y como ya hemos esbozado- consiste en creer que existe una sola interpretación para la palabra egoísmo o, dicho de otra manera, que hay una sola forma de ser egoísta. Si, en cambio, como pensamos, equiparamos al egoísmo con el interés propio, descubriremos que bajo esta última denominación se esconden actitudes personales en favor de los demás, y que en dicha dirección hasta incluso se puede admitir la posibilidad de lo que hemos llamado un egoísmo altruista, acepción que una inmensa mayoría de personas rechazaría de plano, incluyendo a la gran defensora del egoísmo, Ayn Rand.

Como dice L. v. Mises –parafraseándolo- el egoísmo engloba desde las acciones más nobles hasta las mas ruines  

‘’Un individualista puede ser generoso, dedicándose no solamente a ayudar a los demás individuos, sino también a desarrollar los medios institucionales destinados a favorecer a otra gente. (Fuera de esto, no creo que la devoción deba ser exigida, sino tan sólo estimulada) ’’[2]

El punto es que, nosotros expresaríamos que un egoísta también puede serlo y -en tal sentido- emprender las que se dan en llamar acciones solidarias.

Ese interés propio que hemos caracterizado como formando parte del egoísmo, o fusionándose con él, puede incluir perfectamente conductas que se dirijan no sólo a beneficiar a otras personas sino también al diseño de instituciones (decir ‘’sociales’’ sería una redundancia, ya que toda institución es -por su propia naturaleza- social) que por definición necesariamente incluyen la acción de otras personas distintas al del sujeto egoísta (individualista nos diría Popper según su clasificación).

Popper se refiere -en concreto- a las instituciones democráticas, que no son las únicas sino que hay muchas otras de carácter no político que benefician a la gente de muchas maneras disímiles, y la enorme mayoría de ellas son de condición privada.   

La devoción de la que nos habla el profesor austriaco es, sospechamos por el contexto, la devoción a alguna causa, es decir, implícitamente a una causa ajena (en principio) al individualista, y a la que adhiere después. Y esa exigencia no queda clara si se trata de una exigencia en abstracto o en concreto hacia alguna o algunas otras personas. Afortunadamente, en el párrafo analizado ahora, nos aclara que ‘’no creo que la devoción deba ser exigida, sino tan sólo estimulada’’.

Y decimos afortunadamente porque una devoción exigida nos estaría revelando una personalidad autoritaria que, claramente tiene poco que ver con lo que el liberalismo individualista predica.

‘’Yo creo que la devoción por ciertas instituciones, por ejemplo, las de un Estado democrático, y aun ciertas tradiciones, puede caer dentro de la esfera del individualismo siempre que no se pierdan de vista los objetivos humanitarios de dichas instituciones’’[3]

Sin duda que este es un párrafo que podemos compartir en alto grado. El individualista es un ser social que puede (como ya dijimos) ser sumamente solidario con otros e incluso con la causa de otros. Nos parece intensamente valiosa la aclaración popperiana en cuanto a la salvedad ‘’siempre que no se pierdan de vista los objetivos humanitarios de dichas instituciones’’.

Y es que –acertadamente- las instituciones de un ‘’estado’’ democrático no necesariamente pueden tener ‘’objetivos humanitarios’’, ya sea por un defecto de diseño o por una interpretación distinta de la palabra ‘’democracia’’, lo que se compadece con las diferentes acepciones que recibe el término democracia en la teoría política, tema sobre el cual nos hemos explayado en varias de nuestras obras por lo que no volveremos a repetir aquí lo que ya dijimos en ellas.

Creo que Argentina es un claro ejemplo donde -bajo la fachada de una ‘’democracia’’ formal- se esconde una modalidad sutil de totalitarismo, de la mano de partidos que hacen del populismo lo que ya puede considerarse una característica de vida.

Por eso, siempre hemos insistido que nuestra defensa es la de una democracia liberal y no de cualquier otro tipo de ‘’democracia’’.

‘’El individualismo no debe identificarse con un personalismo antiinstitucional. Éste es un error que los individualistas cometen con frecuencia. Tienen razón en su hostilidad hacia el colectivismo, pero confunden las instituciones con los grupos co­lectivos (que aspiran a ser fines en sí mismos) y se convierten, por lo tanto, en personalistas anti institucionales, lo cual los coloca peligrosamente cerca del principio de conducción. (A mi juicio, esto explica en parte la hostilidad de Dickens hacia el Parlamento inglés.) ’’[4]

Si tuviéramos que interpretar este párrafo, nos daría la impresión que Popper se está refiriendo al anarquismo como se lo entiende en el lenguaje coloquial y corriente. La expresión ‘’personalismo antiinstitucional’’ es una frase que encaja casi a la perfección en esa idea del anarquismo que tiene casi todo el mundo. Podría señalar que, a partir de ese error que nos señala la cita, el individualista deja de ser tal para convertirse en un anarquista, o que agrega esta última clasificación a la primera.

Pero -como hemos dicho tantas veces- nosotros pensamos que alguien es un individualista porque piensa, razona y se conduce en términos de individuos, es decir percibe la realidad como compuesta de individuos, entendidos como seres humanos concretos y palpables, perceptibles por los sentidos. No cree en entidades míticas como el estado-nación, la patria, el grupo, la colectividad, la sociedad, la comunidad y expresiones abstractas y/o etéreas, equivalentes.  

Esto es lo que marca la distinción entre un individualista y un colectivista. Dos visiones diferentes del mundo y de la realidad. Dos modos distintos de pensar, sentir y de vivir.


[1] K. R. Popper. La sociedad abierta y sus enemigos. Paidós. Surcos 20. Pág. 589

[2] Popper K. R. Ibídem.

[3] Popper K. R. Ibídem.

 [4] Popper K. R. Ibídem

La divinización del ‘‘estado’’ y de la política

 Por Gabriel Boragina ©

¿De dónde proviene la divinización del estado-nación tan popular en nuestros días?, ¿Por qué los líderes estatales son prácticamente equiparados a celestiales encarnaciones? Quizás la exaltación venga de estos pasajes autoría de Hegel, que K. R. Popper reproduce en su obra:

«El Estado es la Divina Idea tal como existe sobre la Tierra... Por consiguiente, debernos adorar al Estado en su carácter de manifestación de la Divinidad sobre la Tierra y considerar que, si es difícil comprender la naturaleza, es infinitamente más arduo captar la Esencia del Estado... El Estado es la marcha de Dios a través del mundo... El Estado debe ser comprendido como un organismo... La conciencia y el pensamiento son atributos esenciales del Estado completo. El Estado sabe lo que quiere... El Estado es real, y la verdadera realidad es necesaria. Lo que es real es eternamente necesario. El Estado... existe por y para sí mismo... El Estado es lo que existe realmente, es la vida moral materializada... Esta selección de pensamientos bastará para mostrar el platonismo de Hegel y su insistencia en la autoridad moral absoluta del Estado, que rige toda moralidad personal y toda conciencia. Se trata, por supuesto, de un platonismo altisonante e histérico, pero esto sólo hace más obvio la vinculación del platonismo con el totalitarismo moderno’’[1]

Me parece que estas ideas hegelianas han impregnado tanto a la sociedad de nuestros días que constituyen una de la explicaciones más importantes (sino la más) de la razón por la cual dependemos tanto de los políticos, psicológicamente primero y económicamente después. Notable como ideas que parecen remotas en el tiempo mantienen una actualidad y una vigencia impensadas por quienes ignoran la historia de las ideas, que son muchos más de lo que creemos.

Ellos (los políticos en ejercicio de poder y los aspirantes a cargos políticos) son vistos por una inmensa mayoría como los ángeles terrenales que tendrán a su cargo cumplir con los paradisíacos mandatos de ese dios ‘‘estado’’ que todo lo domina y al que no cabe más que rendirle culto. Estas no son más que ideas que se transforman luego en comportamientos prácticos con las nefastas consecuencias que todos conocemos.

De allí, el culto que observamos se les rinde -en general- a los políticos que aspiran a controlar y a corregir a los ‘’pecadores’’ terrenales que no prestan atención ni reconocen a la voluntad del ‘‘estado’’, y más todavía a quienes -como nosotros- negamos de plano la existencia de tal ‘‘estado’’. Aunque no sean tildados de pecadores terrenales o anti estatales se los trata de esa manera.

Siempre hemos insistido que, detrás del estado nación sólo hay personas comunes, seres humanos como el lector y yo, con las mismas falencias y debilidades que el resto de los individuos. Hay que despejar la fantasía estatista de seres superiores o mesiánicos que –en su nombre- pueden ‘’salvar a la humanidad’’ de sus necesidades materiales de una vez y para siempre.

La mistificación por la cual se endiosa al estado nación tiene su origen en la ausencia de corporeidad de tal entidad mítica. Es allí, entonces, que a falta de un ‘‘estado’’ visible se hace recaer ese concepto ficticio en quienes lo teorizan, defienden y dicen ‘’representarlo’’. Es por eso que, el estatismo es una imaginaria religión proclamada por los falsos ''profetas'' de esa divinidad estatal que pretende remplazar a toda otra divinidad religiosa tomando su lugar, y proclamando una ‘’religiosidad’’ puramente terrenal y quimérica.

Está claro que toda esa filosofía hegeliana va en contra del individualismo y naturalmente se le opone. Si el ‘‘estado’’ es todo para ellos deviene como lógica consecuencia que el individuo es y debe ser nada y se lo declara enemigo del ‘‘estado’’ como algo antinatural. A partir de allí se lo empieza a combatir y a identificar todo tipo de individualismo como simple y puro egoísmo en su expresión más peyorativa posible.

Es la base y fundamento filosófico del totalitarismo, cuyo signo ideológico carece de relevancia, en el sentido que no importa si se lo califica de ‘’derecha’’, de ‘’izquierda’’ o de ‘’centro’’.

Como el antropomorfismo estatal es imposible, el culto al ‘‘estado’’ recae invariablemente en uno o más individuos que son los ‘’destinados’’ a personificar a ese ‘‘estado’’.

Detrás de este fenómeno está el ansia de poder que impulsa al ser humano. ¿De dónde proviene esa ansia de poder? A nuestro juicios, de la poca o falta de personalidad. El poder otorga (entre muchas de sus retribuciones) una sensación de seguridad para el que se siente amenazado por otros.

¿Cómo obtener esa seguridad? Controlando a los demás. Y ese control se consigue conquistando poder sobre esos demás de manera de neutralizarlos.

En consecuencia, la mayor parte de los líderes políticos son personas inseguras de sí mismas y, por lo tanto, extienden esa inseguridad a todo su entorno. No sólo se sienten inseguras de sí mismas sino que desconfían de todos los demás y los ven como una potencial o efectiva amenaza.

Si no pueden por sí mismos adquirir el poder suficiente como para controlar y someter a todo su entorno recurren pues al poder de los ‘’representantes’’ del ‘‘estado’’.

En los llamados sistemas democráticos echan mano del voto para elegir a los políticos que prometan ejercer más poder sobre los grupos que se definen como ‘’antagónicos’’ o ‘’impopulares’’. Una sociedad autocrática se vuelve -de esta manera- más autocrática todavía, y el poder se concentra de manera progresiva en pocas manos.

Llegan a la cúspide política de tal suerte, perfiles de personajes siniestros de la historia como Mussolini, Hitler, Stalin, Mao Tse Tung, Perón, Fidel Castro, El Che Guevara, Chávez, Maduro, los Kirchner, etc.

Entonces, tenemos aquí una posible explicación a la actual divinización de la política y de sus personajes, los políticos. Sus causas son remotas y -según Popper- se remiten a la influencia de tres autores importantes: Platón, Hegel y Marx temporalmente ordenados y, por supuesto, a sus innumerables discípulos que pueblan el planeta, y que han proliferado ampliando sus ideas hasta extremos que, vistos en retrospectiva, parecen increíbles.


[1]K. R. Popper. La sociedad abierta y sus enemigos. Paidós. Surcos 20, pág. 248

El colectivismo (de Platón a Hegel) y el solidarismo

 Por Gabriel Boragina ©

 

La idea platónica (o como la llama Popper platonizante) de que el colectivismo es sinónimo del altruismo es algo que hoy -en pleno siglo XXI- las personas en su mayoría dan por sentado. Recordemos que Popper había dado estas cuatro posibilidades:

 

(a) Individualismo

es lo contrario de

(a') Colectivismo

(b) Egoísmo

es lo contrario de

(b') Altruismo

 

Admitiendo de este modo las siguientes combinaciones como posibles: La de un individualismo egoísta o altruista, a la par de un colectivismo también egoísta o altruista. Luego dice:

‘’Según Platón, la única alternativa fuera del colectivismo es el egoísmo, pues simplemente identifica todo tipo de altruismo con el colectivismo y cualquier tipo de individualismo con el egoísmo. No se trata aquí de una mera cuestión terminológica, sino de algo más profundo, puesto que en lugar de nuestras cuatro posibilidades, Platón únicamente reconoce dos. Eso ha acarreado y sigue acarreando todavía considerables confusiones en los planteamientos formulados en el campo de la ética. ’’[1]

En realidad, esas ‘’confusiones’’ aluden a la (según Popper) extrema simplificación platónica que establece tajante antagonismo entre dos conceptos que representan mucho más de lo que sus rótulos simbolizan. Por ello dice que ‘’No se trata aquí de una mera cuestión terminológica’’. Es que Popper ve en ese punto el germen y los orígenes del marxismo (quizás la expresión más conocida del colectivismo) y es por eso que le atribuye tanta importancia al tema.

Posiblemente quiera demostrarnos que el enorme prestigio ganado por el marxismo -que dominara la vida política y económica del planeta la mayor parte del siglo XX- radica en aquella identificación filosófica formulada por Platón (deliberadamente, sostiene Popper) entre el egoísmo (en su sentido más peyorativo posible) y el individualismo, al tiempo de la más alta exaltación del altruismo identificándolo con el colectivismo.

                Seguidamente involucra a Hegel como el continuador más importe de Platón en la construcción de la idea colectivista de esta manera:

‘’Con el fin de proporcionar al lector una visión inmediata de la platonizante adoración hegeliana del Estado, citaremos algunos pasajes antes de iniciar el análisis de su filosofía historicista. Estos pasajes demuestran que el colectivismo radical de Hegel depende tanto de Platón como de Federico Guillermo III, rey de Prusia durante el período crítico que comprendió y sucedió a la Revolución Francesa. La teoría en ellos sustentada es la de que el Estado es todo y el individuo nada, ya que todo se lo debe al Estado: su existencia física y su existencia espiritual. Tal, pues, el mensaje de Platón, del prusianismo de Federico Guillermo y de Hegel «Lo Universal ha de hallarse en el Estado», manifiesta Hegel. ’’[2]

Es casi, con pocas variantes, la idea popular de hoy en día. De allí nuestra sentencia que lejos estamos de una sociedad individualista como tantas veces escuchamos y leemos en nuestro entorno.

Precisamente, la critica que se hace del individualismo es con miras a apuntar al ideal del estatismo, porque el colectivismo que exalta la deidad del ‘’estado’’ es lo que modernamente se conoce con la palabra estatismo.

Al individualista se lo critica por no ser solidario (ya hemos visto que lo es) que -en definitiva y resumidas cuentas- es un reproche por no ser estatista. Por no dejar en manos del ‘’estado’’ decidir qué es ser ‘’solidario’’, es decir, definir qué y cuáles actos son solidarios o no. Nos recuerda a la clasificación que hace F. A. v. Hayek entre estados morales e inmorales que hubiéramos comentado antes.

Pero también Mises se ocupó de esa doctrina que se llamó solidarismo y a la que ya nos hemos referido en otras ocasiones. Luego de un examen profundo y minucioso del solidarismo lo resume de manera brillante. Citemos nuevamente uno de sus párrafos:

‘’El ala de mayor inclinación estatista dentro del solidarismo pretende llevar a cabo una acción “solidaria” a través de acciones del estado: a través de leyes que impongan obligaciones a los propietarios en favor de los desposeídos y en favor de la beneficencia pública. El ala de mayor inclinación eclesiástica del solidarismo desea alcanzar el mismo fin mediante llamados a la conciencia: el amor cristiano hará que el individuo cumpla con sus deberes sociales."[3]

                Nosotros hemos expuesto antes nuestra tesis que niega que el individualismo sea insolidario o anti solidario. Solo los individuos pueden ser solidarios, y no entes hipotéticos como los estados-nación o los gobiernos.

La solidaridad implica un acto voluntario, y exclusivamente los individuos están dotados de voluntad, no entes míticos tales como ‘’el estado, la nación, la sociedad, la comunidad, el grupo, el colectivo’’ y expresiones análogas que designan ideas ficticias.

La diferencia entre el ala estatista y eclesiástica del solidarismo es clara: la primera necesariamente ha de ser coactiva, en tanto la segunda solo puede ser voluntaria. Lo que revela que -en suma- la diferencia se reduce a coerción vs libertad.

En el primer caso, otra persona o grupo de personas decide qué es la solidaridad, y cómo, cuándo y dónde los demás deben ejercerla, contando aquellos con la potestad que les da el aparato de coerción y compulsión que es el estado/gobierno para obligar a todas las demás personas a ser ‘’solidarias’’, y a aplicar los castigos correspondientes a quienes no quieren, no pueden o no desean ser ‘’solidarios’’ en el sentido definido por los burócratas.

En el segundo caso (eclesiástico) no hay ningún aparato de coerción ni de compulsión que obligue a la gente a ser ‘’solidaria’’. Será la influencia que sobre la conciencia ejerzan las doctrinas respectivas lo que convencerá a cada uno y a cada cual de ser solidario o no con el prójimo.

Independientemente de la religión que se profese, no hace falta reflexionar mucho para decidir que la libre conciencia es preferible a la conciencia forzada.


[1] K. R. Popper. La sociedad abierta y sus enemigos. Paidós. Surcos 20. pág. 115-116

[2] K. R. Popper, ibídem

[3] Ludwig von Mises. "SOCIALISMOS Y PSEUDOSOCIALISMOS" (Extractado de Von Mises, Socialism: An Economic and Sociological Analysis, capítulos 14 y 15. La traducción ha tenido como base la versión inglesa publicada por Liberty Classics, Indianapolis, 1981. Traducido y publicado con la debida autorización. Estudios Públicos, 15) Pág. 25 a 28

 

Individualismo, egoísmo, colectivismo y altruismo (2º Parte)

 Por Gabriel Boragina ©

‘’Platón sugiere que si no se puede sacrificar los intereses propios en aras de los de todos, entonces se es egoísta, Pero una mirada a nuestra pequeña tabla nos mostrará que las cosas no son así. El colectivismo no se opone al egoísmo, ni tampoco es idéntico con el altruismo. El egoísmo colectivo o de grupo, por ejemplo, el egoísmo de clase, es cosa muy común (Platón lo sabía muy bien), y esto muestra con bastante claridad que el colectivismo propiamente dicho no se opone al egoísmo. ’’[1]

           En lo anterior Popper da por sentado el carácter restringido de la voz egoísmo como excluyente del altruismo. Para nosotros –como hubiéramos explicado otras tantas veces- egoísmo es sinónimo de interés propio, y dentro del propio interés no se encuentra solamente la persona de uno mismo sino también otras personas (familia, amigos, vecinos, compañeros de trabajo o estudios, etc.).

En consecuencia, y como partidarios del sentido amplio, incluimos dentro de egoísmo también al altruismo, porque todo aquello que a ojos de un tercero puede implicar el sacrificio de una persona (o de sus bienes) por otra, esta motivado en un acto de propio interés, es decir, egoísta. Por eso, decimos que el egoísmo puede ser altruista o no altruista en la medida que el acto de alguien tenga por mira satisfacer una necesidad para sí o para otros. Este parece ser el sentido que le dan a la palabra autores como Ludwig von Mises. En cambio, la perspectiva de Popper es parecida a la de Ayn Rand en cuanto a la oposición (y antagonismo) entre egoísmo y altruismo. En lo demás, claramente, la filosofía de Popper tiene pocos puntos en común con la de Rand.

En el sentido indicado en el párrafo anterior, podríamos decir que Popper describe (en la cita precedente) el egoísmo no altruista de nuestra clasificación. En el caso, la aplica al grupo (con bastante acierto a nuestro modo de ver). Es el egoísmo que tiene por objeto satisfacer las necesidades exclusivamente del propio grupo que, en última instancia, se van a reducir a las del líder o líderes del grupo y su entorno de privilegiados como en toda organización colectiva se pueden apreciar.            

Paradójicamente desde esta perspectiva, la actividad de los miembros del grupo van a terminar beneficiando (en proporciones mayores a un cincuenta por ciento) a sus líderes, con lo cual -en la nomenclatura convencional- concluirían siendo acciones altruistas que -como resultado- beneficiaran el egoísmo de los jefes del grupo o colectivo.

En realidad, no solo el colectivismo no se opone al egoísmo sino que nada se le opone, en la inteligencia que toda acción es egoísta, según la entendemos nosotros y hemos explicado arriba.

Cuando Marx proclama que los proletarios deberían unirse para combatir a los burgueses y arrebatarle todo el capital, estaba proponiendo lo mismo: satisfacer el egoísmo proletario poniéndolo por encima del egoísmo burgués. Pero la lucha contra el egoísmo es vana si lo concebimos de la manera en que lo hemos propuesto.

‘’Por otra parte, un anticolectivista, esto es, un individualista puede ser, al mismo tiempo, un altruista; puede hallarse pronto a hacer sacrificio si éstos ayudan a otros individuos. Dickens es tal vez uno de los mejores ejemplos de una actitud semejante. Sería difícil decir qué es en él lo más fuerte, su apasionado odio al egoísmo o su apasionado interés en los individuos, con todos sus defectos y debilidades; y esta actitud se combina en él con cierta antipatía o aversión no sólo hacia lo que llamamos hoy cuerpos colectivos, sino incluso ante el auténtico altruismo, si éste se halla dirigido hacia grupos anónimos y no individuos concretos. (Recuerde el lector a Mrs. Jellyby en Bleak House: «una dama consagrada a los deberes públicos».) ’’[2]

Recordemos la terminología y la diferencia entre la que usamos nosotros y la que le da el autor citado. Un egoísta (en la nuestra) también puede ser altruista, algo que sería inaceptable tanto para Popper como para Ayn Rand. Con todo, esta última autora, en varios de sus escritos, y en los de su discípulo Nathaniel Branden, suele diferenciar entre dos tipis de egoísmo: uno racional y otro irracional. El primero parece tener bastante semejanza con nuestro egoísmo altruista, en tanto el segundo con el (también nuestro) no altruista. Pero para no salirnos del tema (que, en definitiva, es individualismo vs colectivismo) tenemos en claro que un individualista puede ser (en la nomenclatura de Popper y de casi todo el mundo) egoísta o altruista. En cambio, para Ayn Rand el individualista siempre es egoísta y es esto lo que lo diferencia de un altruista como marca distintiva.

Si todos somos -en el fondo- egoístas ¿qué diferencia entonces al individualismo del colectivismo? Creo que entre las muchas respuestas que ya hemos dado en distintas partes, sobresale la siguiente: el individuo es real, el colectivo es ficticio. El individuo puede ser percibido sensorialmente, en tanto que el colectivo no.

Si –por caso- en un determinado lugar hay cinco o diez personas reunidas, un colectivista dirá que allí hay un grupo o colectivo reunido, en tanto que un individualista expresará lo primero: que allí hay cinco o diez personas. Este último describe literalmente lo que ve (y que cualquiera normalmente puede ver). Aquel otro narrará en palabras algo que sólo es un concepto que alberga en su mente y al que quiere darle entidad propia como si fuera real físicamente.

‘’Creo que esos ejemplos bastarán para explicar claramente el significado de nuestros cuatro términos y demostrar que cualquiera de ellos puede combinarse con cualquiera de los dos términos incluidos en la otra columna (de lo que resultan cuatro combinaciones posibles). De ese modo, es sumamente interesante comprobar que para Platón -y para la mayoría de los platónicos- no es posible la existencia de un individualismo altruista (como, por ejemplo, el de Dickens). ’’[3]

           Paradójicamente, la postura de Ayn Rand viene a coincidir con la de Platón, ya que aquella también reputa imposible un individualismo altruista. Porque para ella, el individualismo o es egoísta o no es. En tal sentido nos resulta más razonable la posición de Popper.


[1] K. R. Popper. La sociedad abierta y sus enemigos. Paidós. Surcos 20. pág. 115-116

[2] Popper, K. R. Ibídem.

[3] Popper, K. R. Ibídem.

Individualismo, egoísmo, colectivismo y altruismo (1º Parte)

Por Gabriel Boragina ©

 

Es sorprendente verificar como las ideas que tenemos sobre ciertas palabras que usamos muy a menudo en los debates, y hasta en la conversación diaria con personas conocidas, amigos y familiares, encuentran su génesis en pensadores tan antiguos que a veces desechamos con algún desdén como ‘’pasados de moda’’.

El carácter despectivo que se le dan a de ciertos vocablos los une de tal manera que llega un momento en que se los usamos como sinónimos. Y lo mismo sucede en sentido inverso con la significación virtuosa que se le otorga a los que se utilizan como sus antónimos. Así sucede con los léxicos individualismo, egoísmo, colectivismo y altruismo. Un análisis interesante al respecto es el que hace el filósofo ya citado antes por nosotros, K. R. Popper. Veámoslo en detalle:

 

‘’La palabra «individualismo» puede emplearse (de acuerdo con el Oxford Dictionary) de dos maneras diferentes: (a) en oposición a colectivismo y (b) en oposición a altruismo. No hay ninguna otra palabra para expresar el sentido registrado en primer término, pero sí para el segundo, por ejemplo, «egoísmo». Por esta razón, en todo Jo que sigue utilizaremos el término "individualismo» exclusivamente con el sentido definido en (a), reservándonos la palabra «egoísmo» para aquellos casos en que queramos expresar el sentido definido en (b). La tabla siguiente puede sernos de cierta utilidad:

 

(a) Individualismo

es lo contrario de

(a') Colectivismo

(b) Egoísmo

es lo contrario de

(b') Altruismo

 

Esos cuatro términos describen ciertas actitudes, exigencias, decisiones o iniciativas frente a los códigos de leyes normativas, Pese a su carácter esencialmente vago, considero que puede ilustrarse fácilmente su contenido mediante algunos ejemplos, dándoles la suficiente precisión para utilizarlos en lo que sigue.’’[1]

 

                Es frecuente que se diga que vivimos en una sociedad individualista y egoísta. Si paramos a alguien por la calle y se lo preguntamos, en un porcentaje muy cercano al 100 por ciento la respuesta será que así es efectivamente. Sin embargo, no es verdad, simplemente porque no se conoce la esencia de cada uno de los términos articulados. O mejor dicho, se confundirán las esencias, en virtud de lo que nos ha enseñado –según Popper- el filósofo griego Platón, discípulo de Sócrates.

Dicho concepto platónico ha sido aceptado -casi inadvertidamente- por todas las generaciones posteriores de todos los países del mundo.

Platón ganó prestigio como filósofo, y su autoridad como tal hace que muchas de sus tesis hayan sido adoptadas acríticamente, no sólo por filósofos posteriores sino por el pueblo, que normalmente se considera alejado de las meditaciones y elucubraciones filosóficas.

No solamente sucede con Platón. El mismo Popper nos explica que otro tanto ha ocurrido con Hegel y con Marx. Pero tampoco se agota la lista con estos tres trascendentes pensadores. Aunque al resto –de uno u otro modo- se los puede catalogar como discípulos -aun involuntarios o no conscientes- de aquellos tres.

‘’Comenzaremos por el colectivismo, puesto que nos he­mos familiarizado ya con esta actitud, a través del examen del holismo platónico. En el capítulo anterior citamos algunos pasajes como ejemplo de su teoría de que el individuo debe subordinarse a los intereses del todo, ya sea éste el universo, la ciudad, la tribu, la raza, o cualquier otra entidad colectiva. Veamos nuevamente uno de esos pasajes, pero de forma más completa: «La parte existe en función del todo, pero el todo no existe en función de la parte... El individuo ha sido creado en función del todo y no el todo en función del individuo». Ese pasaje no sólo ilustra acabadamente el holismo o colectivismo, sino que encierra también una fuerte atracción emocional, que Platón, por cierto, conocía (como puede inferirse del preámbulo al pasaje). Esa atracción obra sobre diversos sentimientos, por ejemplo, el deseo de pertenecer a una tribu o a un grupo; y uno de sus factores es la atracción del altruismo en oposición al egoísmo. ’’[2]

                No es posible negar que ese pensamiento de Platón sea indudablemente muy actual, y que en un lenguaje quizás algo más sofisticado sea el que se sostiene en las sociedades de hoy en día, más en unas que en otras, pero de modo general en casi todas, lo que impide afirmar que nuestras sociedades sean ‘’individualistas’’ o cosa semejante.

El colectivismo obra en el sentido de destruir la seguridad individual. Como la naturaleza aborrece el vacío, ese principio también se cumple en el ámbito humano, y la tendencia es que, así como se desmorona la seguridad individual la naturaleza humana tiene que reemplazarla con otro tipo de ‘’seguridad’’, y ante ello se rinde a la ‘’seguridad’’ que le brinda la manada (la que en realidad no es tal).

                Esa ‘’seguridad’’ ficticia toma el lugar de la individual y convierte al individuo en una pieza más del engranaje colectivo, y -como tal- no puede actuar si no es de consuno con lo que los demás piensan, opinan o mandan. En realidad, no ‘’pierde’’ su individualidad sino que la diluye dentro del grupo.

Pero, en última instancia, como siempre hemos insistido, como la naturaleza individual del ser humano fluye de manera constante por más ahogada que se encuentre, esa manada termina siguiendo y cumpliendo las directivas que emanan de una sola persona que es el líder del grupo, a cuyas ideas y mandatos debe adherir el resto, sea por convicción o por obligación. Es así como, los miembros del clan se sienten seguros solamente si tienen la ‘’seguridad’’ que el grupo los acepta.

                El súbdito cree estar cumpliendo con la voluntad del ‘’todo’’ pero, en contexto, lo intuya o no, está sometiéndose a la del líder del grupo. El hecho de necesitar un referente concreto en otra persona distinta a él revela su naturaleza individual. Con lo que el individualismo siempre termina –aunque fuere en el plano subconsciente- imponiéndose por sobre el colectivismo. Lo verdadero se impone sobre lo falso.

Se inyecta en las mentes la fantasía de que el mejor y único intérprete de la verdad es el colectivo. Entonces, todo lo que el individuo piense por sí mismo estará impregnado de error, y para conocer ‘’la verdad’’ deberá acudir a la manada. Esta es la ‘’lógica’’ colectivista.


[1] K. R. Popper. La sociedad abierta y sus enemigos. Paidós. Surcos 20. pág. 115-116

[2] K. R, Popper. Ibídem. Pág. 115-116

 

Individualismo, egoísmo, colectivismo y altruismo (3º Parte)

  Por Gabriel Boragina © El desprestigio que ha logrado la palabra egoísmo ha sido tan grande que no existe prácticamente casi nadie que ...