Capitalismo y educación


Por Gabriel Boragina ©

"Ha impreso en los universitarios la conciencia de siempre depender del gobierno. Los universitarios han aprendido a odiar el capitalismo, no quieren saber nada de economías de mercado, libre competencia o globalización. Los universitarios de la UNAM saben quién es Carlos Marx, Lenin, Che Guevara; pero nunca han oído, ni leído una línea de Ludwig von Mises, Hayek, Friedman, Rothbard, Hoppe o Jesús Huerta de Soto. Profesores y alumnos de la UNAM se han proyectado como los grandes luchadores contra el neoliberalismo."[1]
Si bien el autor citado arriba hace expresa referencia al caso de la UNAM (México), hay que decir que la situación no es demasiado diferente en el resto de las universidades estatales del mundo, en particular en Latinoamérica. Fenómeno típico -por otra parte- de la educación estatal. Se observa difícil concluir -ante semejante panorama- que en la humanidad de nuestros días campea a sus anchas "el capitalismo".
A pesar de que pareciera que en los últimos años ha crecido un poco más el conocimiento de los autores mencionados en último término de la cita anterior, en los claustros universitarios, siguen -no obstante- siendo ampliamente mayoritarios aquellos otros que defienden ideas socialistas o de cualquier otra variante anti-mercado.
Los profesores y las cátedras anticapitalistas siguen siendo muchos más que los capitalistas. Y esto ocurre no sólo en economía, sino en el resto de las disciplinas también. Que en los claustros se enseñe fundamentalmente socialismo en sus vertientes económica, filosófica, histórica, jurídica y hasta moral es, en parte, la explicación del porque cuando estos universitarios egresan de sus casas de estudios y ante una realidad que se da de bruces con las doctrinas que les inculcaron en sus universidades, el resultado final es una sociedad estatista o intervencionista en el mejor de los supuestos. En el peor, se intenta forzar la aplicación del socialismo de cátedra a una realidad que lo contradice desde todos los ángulos, y sus resultados son las miserias y tragedia vividas en los países del bloque comunista oriental, y los ejemplos más recientes de Cuba y Venezuela.
Fuera del mundo académico los autores promercado son prácticamente desconocidos, tanto como lo eran antaño. Esta falta de divulgación, y la propagación de ideas contrarias o confusas sobre el libre mercado, es lo que fija que la sociedad de nuestros días se mueva dentro de un círculo cultural estatista-intervencionista que determina -entre otros efectos- que los gobiernos del planeta sean, en su inmensa mayoría de estos últimos signos.
Ahora bien (volviendo al campo académico): que la generalidad de las instituciones educativas profese en sus planes de estudios programas de este último orden mantiene una vinculación directa con el grado de injerencia estatal en el ámbito educativo. Esta intervención activa del estado-nación en la educación encuentra respaldo en el amplio consenso popular acerca de que la educación es "responsabilidad" del "estado", al menos en sus primeras etapas. Sucede que -desde el punto de vista formativo y psicológico- estas primeras etapas son las fundamentales de la vida, y son las que -en gran medida- marcan el rumbo de las fases subsiguientes. De donde, es difícil más tarde evitar una especie de efecto "bola de nieve" que arrastra al educando a medida que avanza en sus estudios, y le suma -en cada uno de los pasos de su carrera estudiantil- estatismo sobre más estatismo, al punto que podemos decir que, cuando finalmente llega a la universidad, es un estatista completo y convencido. Y más todavía cuando egresa de ella.
No hay, prácticamente, país del orbe donde los planes educativos oficiales y los respectivos programas de estudios no requieran de la aprobación del aparato burocrático. Es casi como una verdad de Perogrullo que el burócrata no certificará contenidos que desprestigien o mal hablen de la burocracia como tal, ni que descalifiquen la función rectora que el gobierno se auto-atribuye, respaldado por el consenso social antedicho de que la educación es responsabilidad exclusiva del "estado" (aunque no excluyente, en la medida que se admite que el gobierno autorice -en ciertas cuestiones- a los particulares a abrir institutos de enseñanza y a emplear a maestros y profesores, siempre y cuando se ajusten a las reglamentaciones dictadas para tal efecto).
Es que al estatismo le preocupa no tanto cómo se enseña, ni quién, sino lo qué se enseña. La idea popular que la educación debe dirigirse a "hacer buenos ciudadanos" es particularmente tan nefasta como -lamentablemente- ampliamente aceptada, y se opone a la concepción liberal, por la cual la educación debe estar orientada a enseñar a pensar, y a encaminar al educando en esa dirección, y no a adoctrinar. Un "buen ciudadano" es literalmente un súbdito, un subordinado, en suma, un esclavo. Es, de alguna manera, el ideal dirigista de la educación.
Detrás de todo "buen ciudadano" se esconde, en realidad, un buen gobernado, y no un buen gobernante. Este es, en definitiva, el fin que persigue la educación estatal, sea directamente estatal o indirectamente, como lo es -en esta última significación- la mal llamada "educación privada" que, en suma, se reduce, en la mejor de las hipótesis, a la propiedad del establecimiento educativo y su mobiliario, pero que ni siquiera suele ser privada en sus gastos, ya que de ordinario muchos de tales establecimientos reciben subsidios del gobierno para costearlos, es decir, su dependencia de la burocracia es bastante mayor de lo que a primera vista pareciera ser.
Y ni qué decir de los métodos extorsivos que emplean de continuo los mal llamados "docentes de la educación pública" que no son más que pequeños burócratas que fungen de "maestros" o de "profesores" sin serlos en el estricto alcance de estos términos.
La educación en manos del estado-nación, dirigida o intervenida por ese estado-nación, es instrumento de dominación, y contraria a un orden capitalista que -por definición- nace y crece en un ambiente de total y absoluta libertad, y donde campea el dirigismo no hay lugar para la libertad.
Los efectos de largo plazo de la educación (entendida esta en sus sentidos de formal e informal) son particularmente relevantes, y por eso merecen especial atención.

[1] Santos Mercado Reyes. El fin de la educación pública. México. Pág. 116

Burocracia y corrupción


Por Gabriel Boragina ©

"es inherente a toda burocracia gubernamental ajustarse a un conjunto de reglas e imponerlas de manera uniforme y autoritaria. Si no fuera así, y el burócrata decidiera sobre los casos individuales ad hoc, se lo acusaría, con justo derecho, de no tratar a cada contribuyente y ciudadano de manera igual y uniforme. Sería acusado de discriminación y de brindar privilegios especiales. Además, desde el punto de vista administrativo es más conveniente para el burócrata establecer reglas uniformes en toda su jurisdicción. A diferencia de la empresa privada, cuya finalidad es obtener ganancias, a la burocracia gubernamental no le interesa ser eficiente ni servir a sus clientes lo mejor posible. Al no tener fines de lucro, y a salvo de la posibilidad de sufrir pérdidas, el burócrata puede descuidar, y de hecho lo hace, los deseos y demandas de sus consumidores-clientes. Su interés principal es "no hacer olas", y esto lo logra aplicando equitativamente un conjunto de reglas uniforme, no importa lo inaplicable que pueda ser en cualquier caso puntual." [1]
Sin embargo, a pesar de ser cierto lo anterior, también es verdad que los burócratas discriminan, y es precisamente esto último lo que se conoce con el nombre de corrupción, fenómeno cuya extensión -sobre todo en Argentina- ha llegado a niveles alarmantes batiendo todos los récords históricos hasta el presente. En realidad, como ha demostrado la Escuela de la Public Choice -con James Buchanan y Gordon Tullock a la cabeza- los burócratas si, tienen fines de lucro como cualquier ser humano normal.
Ahora bien, es cierto que, desde el punto de vista institucional la burocracia no tiene fines de lucro, porque -en tanto burocracia- fue creada para permanecer, con independencia de cualquier circunstancia económica. No obstante, lo anterior, en cambio, los burócratas no suelen ser los mismos, o no lo son por todo el tiempo. Esto hace que los burócratas, conscientes de la transitoriedad personal en sus cargos, tiendan, durante su paso por la burocracia, a tomar todo el dinero posible de ella, ya sea por vías legitimas o ilegítimas, dando lugar a la corrupción tan denostada por un lado y tan practicada por el otro. Pero la corrupción no está ínsita -por regla general- en la persona del burócrata, lo que si esta inherente en la institución es la potencialidad de promover o cobijar o -al menos- soportar actos de corrupción. Si el empleado público -además- ve con buenos ojos el cargo que ocupa como medio idóneo para lucrarse en y de él, la situación es, por supuesto, tanto peor.
La burocracia -como entidad - no tiene fines de lucro, pero el burócrata, contemplado desde la faz de un simple ser humano como todos, si los tiene. Claro que, su lucro no proviene -en primera instancia- del contribuyente, sino del organismo oficial que lo emplea. Sólo depende del peculio del contribuyente de manera indirecta. Pero si perdiera su cargo de burócrata (porque -por ejemplo- la repartición donde trabaja decidiera cesantearlo) esto lo afectaría económicamente a él en persona. De allí que, es natural que, desde su propio punto de vista, vea su puesto de burócrata como un medio para beneficiarse económicamente de él, ni más ni menos que como cualquier otro empleado privado ve su cargo en una empresa particular. Aunque naturalmente los incentivos -tanto externos como internos- sean por completo diferentes.
En la esfera política pasa algo bastante similar que en la administrativa respecto de los funcionarios elegidos popularmente mediante el voto. Su transitoriedad es mayor que la de los elencos estables burocráticos y, por consiguiente, su tendencia a acumular durante tan breve periodo también será más grande. De allí, la importancia de establecer controles de todo tipo y de gran efectividad para evitar el enriquecimiento de funcionarios y demás burócratas a costa del erario público.
Con todo, como apuntamos líneas más arriba, creemos que hay que deslindar varios aspectos y dividirlos en dos partes al menos: institucionales y personales.
La corrupción no sólo tiene que ver con las ansias de ganancia del burócrata o gobernantes, tiene que ver con el diseño institucional que, al hacer depender el funcionamiento de ciertos organismos estatales del poder económico (grande o pequeño) de los contribuyentes, convierte a los cuerpos gubernativos en sí mismos corruptos e inmorales, toda vez que para hacerse de tales fondos necesitan del imperio y la fuerza bruta que les otorga la ley respectiva que regula su creación y trabajo. Y de otra ley (superior o paralela) que determina que su marcha será solventada con fondos del erario público (en última instancia, impuestos vistos desde el lado del ciudadano).
No tiene tanto que ver en este punto la cantidad de reparticiones u organismos estatales que se creen, sino las cantidades efectivas de capital destinadas a su establecimiento y labor. Producirán mayor daño tres organismos "públicos" que tengan un presupuesto del cien por ciento del tesoro nacional (suponiendo por caso $ 1000) que diez de esos organismos a los cuales se les destine un cincuenta por ciento de lo presupuestado ($ 500) con independencia del total efectivamente recaudado. El daño al contribuyente en el primer supuesto será del cien por ciento y en el segundo de la mitad, pero en el primero sólo tenemos tres reparticiones públicas y en el segundo diez. Claro que el análisis no es completo si no se considera, no sólo la cuantía del gasto sino también su calidad, pero la cuantía luce como el dato más importante, porque la calidad del gasto siempre dependerá que se tenga algo para gastar, si esto falta es inútil entrar en un debate sobre "la calidad del gasto" cuando no hay siguiera nada para gastar. Si por $ 1000 puedo comprar un par de zapatos de la más alta calidad, vano es que me detenga a comparar calidades si ni siquiera tengo $ 1000. La calidad, pues, es una variable dependiente de la cantidad disponible para cada caso en cuestión.

[1] Murray N. Rothbard. For a New Liberty: The Libertarian Manifesto. (ISBN 13: 9780020746904) Pág. 149-150

Intervencionismo y educación


Por Gabriel Boragina ©

"Podemos hacer conjeturas respecto de nuestras acciones en el futuro pero, dada las circunstancias cambiantes, sólo conoceré la información de mí mismo una vez que he actuado…En este sentido es que Hayek sostiene que el intervencionismo estatal es básicamente un problema de presunción del conocimiento"[1]
Esto implica lo que el mismo F. A. v. Hayek ha llamado La fatal arrogancia dando título a su último gran libro. El intervencionista -y por extensión el socialista, que no es sino un intervencionista de más amplio alcance- presupone "conocer" todos los detalles de la vida de todos y cada uno de nosotros. Y en esa jactancia del conocimiento de qué es lo mejor para otros, se cree totalmente autorizado para intervenir, dirigir, corregir, prohibir, permitir lo que al intervencionista le parece lo más adecuado para los demás.
Lo más paradójico del asunto resulta cuando muchas personas que no admitirían de ninguna manera injerencia de terceros en sus vidas privadas, aceptan -en cambio- de buen grado la indiscreción de los gobernantes de turno y, más extraño aún, les otorgan alegre y confiadamente su voto para que -una vez en el poder- se entrometan en sus vidas privadas de mil maneras diferentes. Esta curiosa psicología de masas demuestra que el intervencionismo no es un proceso que se da de arriba hacia abajo, sino que, en cambio, se opera en sentido inverso.
Daría la impresión que -por alguna razón que permanece oculta, o que no resulta sencilla de explicar- la mayoría de la gente cree que el acceso a los estratos de poder le otorga a quien llega a dichas alturas alguna especie de omnisciencia que le permite conocer con soberbia amplitud las necesidades y carencias de absolutamente todo el mundo. Esta actitud de servilismo social pudo haber sido lo que varios han advertido como una de las causas más probables por las cuales la esclavitud legal se mantuvo vigente durante toda la historia humana y sólo tardíamente -hacia el siglo XVIII y en algunos casos bien entrado el siglo XIX- se la comenzó a cuestionar en casi todas partes para, finalmente, derogarla (al menos de las legislaciones).
Pero, parece que la mentalidad esclavista pervive en los espíritus de numerosos, que no se consideran aptos para ser libres por sí mismos, y necesitan depender de terceros en posiciones de poder político.
Otra de las posibles causas no económicas del intervencionismo puede residir en la ausencia del sentido de responsabilidad de cuantiosas personas. El hecho cierto que el fenómeno intervencionista este tan extendido en el mundo estaría revelando una indiscutible combinación de estos factores. Y el del abandono del sentido de responsabilidad individual, de la negación a hacerse cargo de las consecuencias de las propias decisiones podría ser otro de los elementos coadyuvantes que estarían determinando la permanente tendencia a la delegación de las propias responsabilidades en terceras personas, de la cual el intervencionismo gubernamental es su última y más culminante expresión social.
No puede minimizarse el rol que la educación juega en este proceso, que solamente esbozamos y no tratamos en profundidad. Cabe tener en consideración que, en la mayoría de los países, hay consenso en que la formación de las personas -desde las primeras etapas de su vida- ha de estar a cargo del aparato gubernamental, de tal suerte que es el estado-nación el que a través de sus organismos burocráticos dirige y controla el proceso educativo en todos sus niveles, incluyendo el de la mal llamada "educación privada" que de "privada" tiene bastante poco, desde el momento en que los planes de estudio de los institutos supuestamente "privados" han de contar con el aval y la aprobación de los entes burocráticos del área.
No es extraño, entonces que, desde la infancia, las personas se "eduquen" en un ambiente estatista, que da por sentado que hay una entelequia superior que debe imponerse sobre las voluntades particulares y dictar a los individuos que es lo mejor para ellos y cuál es la más óptima manera de conducirse, por encontrase imaginariamente las personas que ocupan circunstanciales posiciones de poder "más preparadas" que las "inferiores" para elegir por estas últimas.
Se está, pues, dando por sentado que, el campo estatal es un ámbito donde existen jerarquías que, por el sólo hecho de adscribirse a dicho campo, han de suponer conocimientos superiores a los existentes en la órbita privada, sin caer en la cuenta que esa manera de pensar no es otra cosa que fruto de un lavado de cerebro que nos han acostumbrado a llamar (sin serlo) "educación". El cumplimiento de funciones públicas electivas de ningún modo implica en los electos condiciones especiales ni la adquisición de dotes sobrenaturales tal como existe consenso en la actualidad de que efectivamente así sucede para quienes llegan al poder.
Hitler dijo una vez: "Yo he quitado al pueblo alemán la pesada carga de pensar. Yo lo he liberado de la facultad de decidir", lo que consiste un resumen preciso de lo que implica la doctrina estatista, que termina centrándose en un sólo y único individuo que pretende tener dotes sobrenaturales para poder resolver por otros. Poco cuenta si el proceso comienza siendo colectivo para irse transformando en otro de tipo individual como muestran los casos históricos del nazismo, fascismo y comunismo. La dictadura de uno no es demasiado diferente a la de un sinnúmero. Y una vez que se comienza este camino si no se revierte a tiempo el desenlace es siempre el mismo.
Pero, retomando la cita con la que iniciamos estas reflexiones, no tenemos constancia de que exista ningún ser humano que pueda poseer, contener y procesar en su cerebro toda la información necesaria que le permita planificar por el resto de las personas a ningún nivel, ni individual, grupal, regional, nacional, ni -menos aun- internacional. Los burócratas que de ello presuman no son más que soberbios ignorantes pretenciosos, como bien los describió en la obra antes citada el fenomenal Friedrich A. von Hayek.

[1] Alberto Benegas Lynch (h), "A propósito del conocimiento y la competencia: punto de partida de algunas consideraciones hayekianas". Disertación del autor en la Academia Nacional de Ciencias Económicas el 18 de junio de 2002, pág. 7

Capitalismo y educación

Por Gabriel Boragina © "Ha impreso en los universitarios la conciencia de siempre depender del gobierno. Los universitarios han...