La Escuela Austríaca de Economía (10° parte)


Por Gabriel Boragina ©

Hasta aquí hemos comentado los diez principios básicos de la escuela en estudio a partir de los cuales se enraízan sus demás teoremas.
"Las implicancias de estos diez principios son, en buena medida, radicales. Si se prueban verdaderos, la teoría económica se fundaría en la lógica verbal y el trabajo empírico enfocado a la narrativa histórica."[1]
Si bien no queda claro hacia donde apunta el autor en comentario con la frase "el trabajo empírico enfocado a la narrativa histórica" puede inferirse que, en realidad, quiere decir que los teoremas económicos y postulados de la Escuela Austríaca de Economía pueden ser corroborados en la experiencia histórica, no en el sentido de que esta "pruebe" que sean verdaderos, sino en el de que la historia (económica en el caso) confirma lo que aquellos postulan. Y no -como podría pensarse- porque dichos principios hayan sido aplicados en la mayoría de los países del mundo, sino que, por el contrario, por el hecho de que no lo fueron. No obstante, donde en escasa medida se implementaron probaron satisfactoriamente la bondad de la teoría.
Es que, como dice Ludwig von Mises, la historia -en rigor- no enseña nada, sino que se limita a ser una reseña de vicisitudes resultantes de la aplicación de teorías previas (falsas o verdaderas) llevadas a la práctica. La falsa teoría produce errores prácticos, los que en el devenir del tiempo se transforman en errores históricos. Y lo mismo sucede en sentido inverso con la teoría verdadera.
"En lo que atañe a las políticas públicas, se podrían expresar severas reservas en torno a la habilidad de los agentes gubernamentales para intervenir óptimamente en el sistema económico, por no mencionar que no podrían manejar racionalmente la economía."[2]
"Manejar racionalmente la economía" equivaldría -por parte de los burócratas- al control total o parcial de las decisiones y acciones de cientos, miles o millones de personas.
Friedrich A. von Hayek ha sido claro en lo imposible del intento, en especial en su último libro La fatal arrogancia. dado que involucraría tanto como el absoluto conocimiento previo de aquellos, de lo que todas las demás personas -ajenos a ellos- desean para ellas y para los suyos. Las "políticas públicas" no son sino otra denominación (algo más edulcorada quizás) para lo que -sin eufemismos- se trata de una verdadera planificación económica, que importa sustituir los planes de los individuos por los deseos y aspiraciones de uno o más burócratas. Es iluso conjeturar que estos últimos conozcan mejor que los propios interesados cuáles son sus verdaderas y reales necesidades y que puedan atenderlas de manera más optima que estos últimos.
Sin embargo, la tesis de la planificación central estuvo muy en boga no hace demasiado tiempo atrás, y en su base se han estructurado diferentes sistemas económicos intervencionistas, en escalas que van desde pequeñas injerencias estatales a los de mayor, para desembocar en la planificación total del aparato económico (casos de la URSS, China, Cuba, países detrás de la "cortina de hierro", bloque soviético, etc.). En la actualidad, puede decirse que, la gran parte de las naciones están situadas en un grado intermedio en esa escala, que oscila -sin embargo- hacia un más alto o menor grado de intervención, pero que en ningún caso plantea el abandono de la injerencia estatal económica.
"Tal vez los economistas deberían adoptar el credo de los médicos [11] “Lo primero es no hacer daño”. La economía de mercado se desarrolla a partir de la inclinación natural de las personas por mejorar su propia situación y, que al hacer eso, descubren que el beneficio surgido de los procesos de intercambio mutuo les permitirá alcanzar ese objetivo. Adam Smith fue el primero que sistematizó esta tesis en La riqueza de las naciones (1776)."[3]
Los economistas intervencionistas creen, por el contrario, que sin su ayuda la gente no sabría como desempeñarse en su vida económica. Esto no figura -de modo alguno- que todo el mundo sea un experto en economía; alguien puede contratar los servicios de un economista, o un asesor financiero para entender cuál es la mejor manera de mejorar su patrimonio. Pero no se necesita un economista para saber que todo el mundo quiere optimizar su situación patrimonial y que naturalmente actúa y actuará en esa dirección. Nuevamente, el intervencionismo estatal significa tratar de reemplazar los planes individuales por los de los burócratas gubernamentales, porque detrás de ellos están esos economistas intervencionistas que creen que el mundo no funcionaría en absoluto si faltaran sus consejos o -en el caso- su intervención directa. Es la fatal arrogancia de suponer que nadie haría nada sin nuestra acción e intervención directa en los asuntos de los demás. Esto no es igual a decir que la gente jamás cometería errores económicos, porque la perfección humana no existe en ningún campo del saber.
En suma -y como decía Adam Smith- la gente intercambia con otros no por motivos de beneficencia al prójimo, sino para mejorar su propria situación personal. Esto no presume que no seamos selectivos en nuestras transacciones, y que -pese a esa intencionalidad- algunos intercambios terminen perjudicándonos en lugar de beneficiarnos, lo que -dígase nuevamente- forma parte de la falibilidad humana.
"En el siglo XX, los economistas de la Escuela Austriaca de economía fueron los defensores más intransigentes de este mensaje, no porque estuvieran sometidos a una actitud ideológico negativa, sino por la propia convicción presente en la lógica de sus argumentos."[4]
Hay varias maneras de entender el término "ideología". En este caso, se lo hace como sinónimo de cerrazón mental e impermeable a cualquier idea extraña al dogma generalmente aceptado. Es decir, un bloque compacto y cerrado de ideas. Precisamente, no es el caso de los economistas de la Escuela Austríaca de Economía.
Los economistas de esta escuela no sostienen sus tesis por cuestiones caprichosas o tozudas, sino porque existe en ellos la evidencia de la certeza de sus teoremas, demostrables por vías lógicas y perfectamente racionales.

[1] Peter J. Boettke. *Hacia una Robusta Antropología de la Economía**La Economía Austriaca en 10 Principios* Instituto Acton Argentina. Trad: Mario Šilar.
[2] Boettke, P. ibidem
[3] Boettke, P. ibidem
[4] Boettke, P. ibidem

La Escuela Austríaca de Economía (9° parte)


Por Gabriel Boragina ©

"La intrincada organización del capital para producir distintos bienes de consumo es gobernada por el sistema de precios (price signals) y el cuidadoso cálculo económico que hacen los inversores. Si se distorsiona el sistema de precios, los inversores cometerán errores en la organización de los bienes de capital. Una vez que el error se hace manifiesto, los agentes económicos reordenarán sus inversiones, pero en el ínterin se habrán perdido recursos muy valiosos [9]"[1]
Es lo que se ha llamado despilfarro de capital, porque al intervenir en el mercado a través de diferentes mecanismos el gobierno altera los indicadores económicos. Uno de esos medios de interferir en el mercado es la inflación, pero no es el único. Hay otras injerencias, como la fijación de precios políticos a bienes (entre los cuales está la moneda) y servicios. Los errores vendrán dados porque los inversores calcularán sobre precios previamente falseados.  En otros términos, sobre precios políticos y no de mercado. De alguna manera, cabria incluir en términos generales aquellos precios (que son resultado de distorsiones creadas por la inflación) dentro de la categoría de precios políticos de momento que la inflación sólo puede ser generada políticamente. Si bien los tradicionales precios políticos son los máximos y mínimos, por medio de los cuales los gobiernos pretenden fijar deliberadamente nuevos sistemas de precios, la inflación al distorsionar los precios de mercado produce un efecto similar, a veces involuntario por parte del funcionario a cargo de la máquina de imprimir dinero, otras veces voluntario. Pero si nos atenemos a los resultados, los precios resueltamente siempre sufrirán distorsión por motivos de origen político.
"Proposición 10: Las instituciones sociales suelen ser el resultado de la acción humana, pero no del designio humano. Muchas de las instituciones y de las prácticas sociales más importantes no son el resultado del diseño directo sino que son un subproducto de acciones que se realizaron para alcanzar otros fines. Un estudiante en el Medio Oeste (Midwest) de los Estados Unidos, que intenta llegar rápido a clase durante el mes de enero (invierno boreal), a fin de evitar el frío decide tomar un atajo a través de un jardín en lugar de seguir el camino más largo alrededor del mismo. Al haber acortado su trayecto caminando por el jardín, el estudiante ha dejado algunas huellas en la nieve; en la medida en que otros estudiantes sigan estas huellas, harán que las marcas en el camino queden cada vez más definidas. Aunque el objetivo de cada uno de estos estudiantes es simplemente llegar a clase tan pronto como sea posible, y evitar así las frías temperaturas, en el proceso han creado un sendero en la nieve que, de hecho, sirve a otros estudiantes, que arribarán más tarde, para alcanzar su objetivo más fácilmente. La historia del “sendero en la nieve” viene a ser un ejemplo gráfico de lo que es un “producto de la acción humana, que no es resultado del designio humano” (Hayek, 1948, p. 7)."[2]
El propósito no fue crear un camino, sino llegar más rápido al lugar de destino. De la misma manera y siguiendo lo que dijimos antes, cuando los gobiernos emiten moneda, muchas veces su intención no es causar inflación, sino que, vía de doctrinas económicas erróneas y creyendo que el dinero es riqueza en sí mismo, quieren dotar a la gente de mayor poder de compra, cuando en realidad están ocasionando el efecto inverso. Este fenómeno que también se denomina de las consecuencias no intentadas o no queridas, sucede en muchos ámbitos de la vida, no sólo en el económico como ese ejemplo de la cita comentada lo ilustra bien.
Friedrich A. von Hayek ha trabajado mucho sobre esta idea y la ciencia económica le debe grandiosas contribuciones. Pero su precursor fue -sin lugar a dudas- Adam Smith, quien ya en 1776 introduce la teoría en su obra magna "La riqueza a de las naciones" a través de su célebre metáfora (tantas veces tan malinterpretada) de "la mano invisible". Por ella, no es la beneficencia lo que anima a la gente a intercambiar sus productos con los de otras personas, sino que lo son motivaciones egoístas, entendido este término como de interés propio, y no con el sentido estrecho que normalmente se le da. En el caso, no está en el designio de los hombres trabajar y producir para beneficiar a otros, por ejemplo, el objetivo primordial del empleado en su empleo no es laborar para favorecer a su patrón, sino hacerlo para recibir una paga por ello. Y a la inversa, muchas veces la solidaridad en lugar de ayudar a su destinatario lo perjudica.
Pero las injerencias estatales en el perímetro de la economía son los ejemplos más claros donde ello sucede. Así, el llamado "estado de bienestar" o "benefactor" está inspirado en la proposición de que el gobierno debe dotar a la gente de recursos para su felicidad y abundancia.
"La economía de mercado y su sistema de precios son ejemplos de un proceso similar. Las personas no se proponen crear el complejo entramado de intercambios y señales de precios que constituyen una moderna economía de mercado. Su intención, simplemente, es mejorar la propia situación vital, pero sin embargo su comportamiento da como resultado el sistema de mercado. El dinero, el derecho, el lenguaje, la ciencia, entre otros, constituyen fenómenos sociales cuyo origen no obedece al designio humano, sino a las personas que se esfuerzan en lograr su propio progreso, y que durante ese proceso generan un resultado que beneficia al todo social [10] "[3]
Este es -como también ha explicado F. v. Hayek- un mecanismo espontáneo o -en sus propias palabras- un orden espontáneo, expresión que, a primera vista, resultaría contradictoria pero que, sin embargo, lejos está de serlo como la menor experiencia puede comprobar. Por ejemplo, "El dinero, el derecho, el lenguaje, la ciencia" y otras instituciones sociales no fueron fruto de la premeditada decisión, ni de una persona, ni de un grupo de ellas, sino consecuencia de la acción humana, que, si bien indudablemente siempre es intencional en mira de resultados individuales, en sus consecuencias sociales no lo es.

[1] Peter J. Boettke. *Hacia una Robusta Antropología de la Economía**La Economía Austriaca en 10 Principios* Instituto Acton Argentina. Trad: Mario Šilar.
[2] Boettke, P. ibidem
[3] Boettke, P. ibidem

La Escuela Austríaca de Economía (8° parte)


Por Gabriel Boragina ©

"En segundo lugar, la inflación imprevista cumple un rol redistributivo (negativo) en la medida en que los deudores ganan a expensas de los acreedores."[1]
Lo cual implica que las deudas se pagan con dinero depreciado, lo que en otros términos es como decir que las deudas son menores a las que lo eran cuando las mismas fueron contraídas. Aunque nominalmente la cantidad de billetes a entregar fuera de la igual nominación (por ejemplo $ 1000.-) la pérdida del poder adquisitivo de cada unidad monetaria hará que lo que se pueda comprar con el mismo billete sea de una cantidad mucho menor a lo que se podía adquirir con idéntica unidad monetaria antes de la inflación.
"En tercer lugar, en tanto las personas no pueden anticipar perfectamente el proceso inflacionario y en tanto el dinero se introduce en algún lugar específico del sistema –por caso, a través de la compra de bonos del gobierno–, algunos precios (el precio de los bonos, por ejemplo) se ajustan antes que otros, lo que significa que la inflación distorsiona los patrones de intercambio y de producción."[2]
Donde primero se incorpora el dinero inflacionario es donde primero se distorsionan los precios, sea en el sector que fuere. Si ese dinero adicional p. ej. se ingresa por medio de los bancos en el sistema financiero, será aquí donde la distorsión relativa tendrá sus iniciales manifestaciones, afectando las tasas de interés del crédito. En rigor, poco cuenta si las personas pueden o no anticipar la inflación, porque aun cuando tuvieran noticia precisa de en qué momento el gobierno piensa incrementar la oferta monetaria y en qué exacta cuantía (caso, por cierto, no sólo poco frecuente, sino en extremo raro) no podrán jamás prever en qué proporción y en qué sectores específicos dicha emisión distorsionará los precios de los mercados de que se traten.
“En la medida en que el dinero es el vínculo para casi todas las transacciones en la economía moderna, las distorsiones monetarias afectan a esas transacciones. El fin de la política monetaria, por tanto, debería ser el de minimizar estas distorsiones monetarias, precisamente porque la moneda no es neutral [7]”[3]
El ideal -más que minimizar- es la de directamente eliminar la emisión monetaria por causas exógenas al mercado, y dejar librado al propio juego de la oferta y la demanda la creación y emisión de dinero por parte de cualquier particular que estuviera interesado en el negocio y quisiera emprenderlo. Ni más ni menos como fueron históricamente los orígenes de la moneda, que comenzó siendo un medio de intercambio privado, como lo atestigua la figura del trueque donde una mercadería valorada de manera diferente por disímiles contratantes se convirtió paulatinamente en un medio común de cambio evolutivamente hasta transformarse en dinero.
"Proposición 9: La estructura de capital consiste en bienes heterogéneos que presentan usos multiespecíficos que deben ser alineados. En este mismo instante, gente en Detroit, en Stuttgart y en Tokio están diseñando vehículos que no serán adquiridos sino hasta dentro de una década. ¿Cómo pueden saber el modo adecuado de asignar los recursos para lograr este objetivo? La producción siempre está orientada hacia una demanda futura que es incierta, y el proceso de producción exige diferentes etapas de inversión, que van desde las más remotas (minería para la extracción de hierro, por ejemplo) a las más inmediatas (el concesionario de vehículos).[4]
Conocida como la teoría de la imputación expuesta por Ludwig von Mises -entre otros autores- los valores fijados a los distintos bienes de capital los son desde abajo hacia arriba y no la inversa como suele sostenerse. Se otorga valor a un determinado factor de producción por la sencilla razón de que hay un consumidor que está dispuesto a conferir valor al bien final que será resultado de esa cadena de producción en lo que se da en llamar la estructura vertical del mercado. Pero también dicha concesión tendrá efectos en la estructura horizontal del mismo, alcanzando a los factores adyacentes o complementarios que contribuyen a la producción del bien final. En realidad, el proceso de producción está orientado hacia una demanda prevista pero incierta, y sería más adecuado expresarlo de este modo. Porque nadie produce algo previendo que no será demandado por nadie. Lo incierto es que la demanda se concrete, porque la misma siempre estará condicionada a los volubles gustos y preferencias de los consumidores por un lado y por el otro a quien sea el más capaz de anticipar los cambios relativos en esos deleites y predilecciones por efecto de la innovación de otros agentes del mercado. Entonces, esa demanda futura, no es totalmente incierta, sino que sólo lo es parcialmente.
"El valor de todos los bienes de producción en cada etapa de la producción deriva del valor que los consumidores otorgan al producto fabricado. El plan de producción alinea varios bienes en una estructura de capital que produce los bienes finales, de modo ideal, de la forma más eficiente. Si los bienes de capital fueran homogéneos ellos podrían ser utilizados en producir todos los productos finales deseados. Pero los bienes de capital son heterogéneos y multifacéticos; una planta de producción de vehículos sólo puede fabricar vehículos, no puede producir chips electrónicos para computación [8][5]
La imputación de valores -como decimos- va en sentido ascendente. Parte de la asignación de valor que hace el consumidor por el producto final y se extiende hacia arriba hasta los bienes de orden superior. Uno de los principales obstáculos de la mal llamada economía socialista es el de ignorar que los bienes de capital son heterogéneos. Los suponen homogéneos. Si fueran homogéneos no habría tal cosa como una estructura de capital, sino un bien único de capital que sería capaz de producir todos los bienes intermedios y -asimismo- todos los bienes finales posibles. Pero ese mito marxista no existe. Lo que la cita expresa es que esa estructura de bienes heterogéneos comprende bienes de capital que alinean bienes intermedios para la producción de los bienes finales. Y es el mercado el que se ocupa de ese proceso.

[1] Peter J. Boettke. *Hacia una Robusta Antropología de la Economía**La Economía Austriaca en 10 Principios* Instituto Acton Argentina. Trad: Mario Šilar.
[2] Boettke, P. ibidem
[3] Boettke, P. ibidem
[4] Boettke, P. ibidem
[5] Boettke, P. ibidem

La Escuela Austríaca de Economía (10° parte)

Por Gabriel Boragina © Hasta aquí hemos comentado los diez principios básicos de la escuela en estudio a partir de los cuales se enr...