Intervencionismo y socialismo


Por Gabriel Boragina ©

El capitalismo no es necesariamente incompatible con un cierto grado de intervención en la economía por parte del gobierno. De hecho, si consideramos que para que exista un gobierno debe -al mismo tiempo- que contar con los fondos mínimos y necesarios para que cumpla con su función de tal y que dichos dineros no pueden ser generados por el gobierno mismo, va de suyo que la mera coexistencia de los impuestos cuyo destino es precisamente posibilitar la presencia y el sostén del gobierno implican necesariamente echar mano a los recursos de los particulares, dado que de otra manera ningún organismo que se atribuyera las ocupaciones de un gobierno podría moverse y ni siquiera darse.
"Mientras solo ciertas empresas concretas estén controladas públicamente, las características de la economía de mercado que determinan la actividad económica siguen esencialmente inmaculadas. También las empresas de propiedad pública, como compradoras de materiales en bruto, bienes intermedios y mano de obra, y como vendedoras de bienes y servicios, deben ajustarse a los mecanismos de la economía de mercado."[1]
Podemos aquí diferenciar, quizás, entre un mercado libre y una economía de mercado. En el ejemplo dado en la cita anterior, si bien no podría hablarse en cabalidad de un mercado completamente libre ello no obstaría, en cambio, a decir que si hay allí una economía de mercado. En realidad, lo que parece quiere decirse es que un pequeño control sobre algunas empresas o -tal vez- un gran control sobre una sola empresa no empaña la concurrencia de una economía de mercado.
Es que el control del gobierno sobre una o algunas empresas no implica por sí mismo la presencia de regulaciones sobre el resto de las variables económicas (por ejemplo, precios, salarios, producción, ventas, exportaciones, importaciones, moneda, etc.). Mientras estas permanezcan libres de intrusismo estatal seguirnos estando -conforme nos enseña L. v. Mises- en una economía de mercado, aunque, añadimos nosotros, no podamos referirnos a un mercado completamente libre.
Y así se dice que esas empresas:
"Están sujetas a las leyes del mercado, tienen que buscar beneficios o, al menos, evitar pérdidas. Cuando se intenta mitigar o eliminar esta dependencia cubriendo las pérdidas de dichas empresas con subvenciones tomadas de fondos públicos, la única consecuencia es un cambio de esta dependencia en otro lugar"[2]
Es decir que, aun siendo empresas de control estatal o semiestatales se hallan bajo la órbita de las leyes del mercado. En este punto se hace alusión a las leyes de la oferta y la demanda, para lo cual deben buscar mercados con el objeto de poder colocar sus productos, implicando ello que deben ofrecer artículos o servicios de calidad a un precio competitivo, lo que da por supuesto un régimen de libre competencia. Resulta claro que se trata el caso de empresas que comenzaron siendo privadas y a las que luego se les añadió un cierto control estatal, las que son conocidas en la jerga legal-económica como empresas mixtas o con participación estatal (que puede ser minoritaria o mayoritaria).
Aun siendo frecuente que se intente enjugar sus pérdidas (las que son habituales en la medida de la injerencia estatal) a través de subvenciones (subsidios) los resultados de esta medida no dejan de darse dentro del ámbito de la economía de mercado.
"Esto pasa porque los medios para las subvenciones se han tomado de algún sitio. Pueden conseguirse recaudando impuestos. Pero la carga de dichos impuestos tiene sus efectos en el público, no en el gobierno que recauda el impuesto. Es el mercado, y no el departamento de ingresos, el que decide sobre quién recae la carga del impuesto y cómo afecta a la producción y el consumo. El mercado y sus leyes inevitables son supremos."[3]
En realidad, la contundencia de la frase final de la cita precedente marca el destino de cualquier política estatal sea cual fuere la misma. "El mercado y sus leyes inevitables son supremos" y se abren camino en medio de toda la maraña de intervenciones y regulaciones que los gobiernos quieren de continuo infligirle a cada paso. Los obstáculos que las políticas estatales oponen continuamente a las leyes del mercado no anulan a estas últimas, sino que solamente desvían las consecuencias que aquellas producen hacia otros sectores, como en genial analogía se ha dicho puede representarse al mercado como un sistema de vasos comunicantes, y las secuelas de aplicar una restricción en un sector tendrán inexorablemente sus repercusiones en otro u otros. Pero siempre en obediencia a las leyes del mercado.
"Segundo: Hay dos patrones para la consecución del socialismo. El patrón uno (podemos llamarlo el patrón marxista o ruso) es puramente burocrático. Todas las empresas económicas son departamentos del gobierno igual que la administración del ejército y la armada o el sistema postal. Cada fábrica, tienda o granja tiene la misma relación con la organización centralizada superior, igual que una oficina de correos con el Cartero General. Toda la nación forma un solo ejército laboral con servicio obligatorio: el comandante de este ejército es el jefe del estado."[4]
Es el estatismo total, donde no queda sector alguno que este fuera de la esfera del gobierno. No hay ni libertad, ni propiedad privada, ni derechos de ninguna índole o -mejor dicho- donde quien define "qué es" un "derecho" o "no lo es" es el jerarca de turno. El mundo ha conocido este nefasto sistema en la URSS, los países que dependían del bloque oriental soviético, China, Cuba y en otros lugares. Toda la actividad económica queda subordinada y depende de manera exclusiva de un solo ente o persona: el gobierno central. El jefe del estado es quien determina los precios a los que se ha de vender y comprar absolutamente todo, qué debe producirse y qué no y en qué cantidades hacerlo, qué se vende, se compra, y qué no debe venderse ni comprarse y así con cada detalle de la vida comercial y empresarial, hasta llegar a la del menor consumidor particular. Ningún aspecto del universo económico -sea empresarial o particular- queda fuera de la regulación estatal.

[1] Ludwig von Mises, Caos planificado, fuente: http://mises.org/daily/2454 (Publicado el 3 de febrero de 2007). Pág. 7
[2] L. v. Mises ibidem, pág. 7
[3] L. v. Mises ibidem, pág. 7
[4] L. v. Mises ibidem, pág. 7

Intervencionismo


Por Gabriel Boragina ©

Los intentos de reemplazar al capitalismo por otro u otros sistemas han sido constantes prácticamente desde la aparición del mismo en la escena económica de los pueblos.
Al identificárselo como el "enemigo" del bienestar y del progreso económico de la gente han sido múltiples los pensadores que trataron de idear modelos alternativos. El más popular desde hace buen tiempo hasta la actualidad es el mixto:
"Se supone que esta economía mixta no es capitalismo ni socialismo. Se describe como un tercer sistema, tan alejado del capitalismo como del socialismo. Se supone que está a medio camino entre socialismo y capitalismo, manteniendo las ventajas de ambos y evitando los inconvenientes propios de cada uno".[1]
En realidad, esta pretendida fusión de dos patrones en uno que, a su vez, no son ni uno ni el otro no es más que un mito, una verdadera utopía quimérica. Para prueba basta observar que prácticamente todas las economías del mundo han prohijado tal pretendido diseño mixto, lo que ha provocado y sigue ocasionando las recurrentes crisis económicas en las que el planeta se debate sin cesar año tras año, década tras década y ya sin fronteras visibles. Pero no hay tal supuesto tercer esquema, sino que lo que existe es una mezcolanza de dos modelos que se oponen abiertamente entre sí y que no poseen los pretendidos "elementos comunes".
"Hace más de medio siglo, el principal hombre del movimiento socialista británico, Sídney Webb, declaraba que la filosofía socialista no es “sino la afirmación consciente y explícita de principios de organización social que ya se han adoptado en buena parte inconscientemente”. Y añadía que la historia económica del siglo XIX era “una historia casi continua del progreso del socialismo”.[2]
De alguna manera, la afirmación anterior era exacta y contradice la observación de muchos (o de la mayoría de los socialistas de nuestro tiempo) que sostienen que vivimos en un "universo capitalista". No tenemos -por cierto- tal "mundo capitalista" al menos en la medida que pueda decirse que es la economía que impera y que sustentan los países más desarrollados y los menos del planeta. El capitalismo nunca pudo operar en ninguna parte del planeta al cien por ciento de sus potencialidades, sin embargo, donde lo ha hecho -en muy escasa medida- ha producido adelantos y progresos formidables, que son a los que debemos todos los artículos de confort que han mejorado nuestras vidas y las de nuestros contempéranos.
"Unos pocos años después, un eminente estadista británico, Sir William Harcourt, declaraba: “Todos somos ahora socialistas”.2 Cuando en 1913 un estadounidense, Elmer Roberts, publicó un libro sobre las políticas económicas del gobierno imperial de Alemania llevadas a cabo desde finales de la década de 1870, las llamó “socialismo monárquico”."[3]
Digamos que, tanto en la filosofía de estos pensadores como en el ambiente popular la última etapa sería la imposición del socialismo por sobre el capitalismo, y que la misma seria "altamente deseable". Marx, contradictoriamente, sostenía que esta conclusión se daría natural y evolutivamente por el mero devenir histórico, y que -por lo tanto- ningún esfuerzo humano podría acelerar o retardar el proceso. Sin embargo, en sus escritos revolucionarios junto con Engels (tales como el tristemente célebre Manifiesto comunista de 1848) mantenía la necesidad de provocar lo que -por otra parte- había declarado antes no sería necesario promover, ya que de lo contrario la revolución socialista no se daría nunca o no lo haría cuando el suponía que tenía que realizarse.
"Sin embargo no sería correcto identificar simplemente intervencionismo y socialismo. Hay muchos defensores del intervencionismo que lo consideran el modo más apropiado de llegar (paso a paso) al socialismo total. Pero también hay muchos intervencionistas que no son abiertamente socialistas: buscan el establecimiento de la economía mixta como un sistema permanente de gestión económica. Quieren restringir, regular y “mejorar” el capitalismo por interferencia pública con los negocios y con el sindicalismo."[4]
Esto, de alguna manera, explica que sea el intervencionismo el estándar económico actual en la mayor parte del orbe (por no decir en todo el). Unos lo apadrinan por un motivo y los demás lo implementan por todos los motivos restantes. Es decir, tanto partidarios como adversarios del socialismo y del capitalismo aceptan el intervencionismo por razones diametralmente diferentes. En el caso socialista, se recurre al mismo como método para llegar gradualmente al socialismo, y -en el opuesto- los antisocialistas o pseudo-capitalistas creen que es el intervencionismo la vía por medio de la cual el capitalismo se puede "mejorar".
Pero lo que están más cerca de acertar en esta aparente "paradoja" son los socialistas, ya que la admisión de la supuesta "economía mixta" es un verdadero camino de servidumbre como diría F. v. Hayek parafraseando el título de su más célebre libro. Unos para aniquilar el capitalismo y otros para "mejorarlo" hacen que el intervencionismo sea el modelo económico que siguen la mayoría de los países del globo.
"Primero: Si, dentro de una sociedad basada en la propiedad privada de los medios de producción, algunos de estos medios son propiedad y están gestionados por el gobierno o por los municipios, esto sigue sin ser un sistema mixto que combinaría socialismo y propiedad privada."[5]
La economía de mercado no se ve afectada si sólo algunos bienes de producción son de propiedad estatal en tanto el resto de ellos permanece en manos privadas. No concurre aquí -nos dice L. v. Mises- intervencionismo, ni tampoco socialismo, sino capitalismo. Cabría pues inferir que, en tanto no más del 49% de los bienes de producción está en manos del gobierno no habría allí ninguna economía intervencionista. Aquí nos parece relevante apuntar que, no sólo la cantidad de las empresas de propiedad estatal debería ser reducida sino también el tamaño concreto de esas empresas debería serlo, porque es difícil aseverar que si una empresa (o conjunto de ellas) cuyo tamaño equivale al 100% de la producción total de la economía deviene en propiedad del estado (vía expropiación, estatización, etc.) dicho entramado continuaría siendo una economía de mercado. Si bien el ejemplo suele ser infrecuente (salvo en regímenes abiertamente socialistas) no está de más tenerlo en cuenta.

[1]Ludwig von Mises, Caos planificado, fuente: http://mises.org/daily/2454 (Publicado el 3 de febrero de 2007). Pág. 6.
[2] L. v. Mises ibidem, pág. 6
[3] L. v. Mises ibidem, pág. 6
[4] L. v. Mises ibidem, pág. 6-7
[5] L. v. Mises ibidem, pág. 7

Intervencionismo y socialismo

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