La visión jurídica del impuesto


Por Gabriel Boragina ©

Los juristas tienen, por lo general, una visión diferente del impuesto a la que tienen los economistas. Estas disimilitudes son preocupantes por cuanto el impuesto encuentra (desde el punto de vista jurídico) siempre amplias justificaciones que no se hallan debidamente fundadas en conceptos económicos, o se las basan en falsas nociones económicas demostradas como tales por la experiencia histórica. El impuesto es más una concepción jurídica que económica, y es por eso que los juristas le otorgan tanta positiva importancia a su existencia como lo manifiestan la gran cantidad de obras y textos jurídicos que se dedican al tema. Incluso una rama del Derecho se ha bautizado como Derecho tributario y financiero, materia infaltable por "imprescindible" en todas las carreras de Derecho que se dictan a nivel nacional.
Para probarlo, bastará que examinemos -al menos superficialmente- el artículo que bajo la voz IMPUESTOS desarrolla el jurista Mateo Goldstein en la afamada Enciclopedia Jurídica OMEBA y el que comienza de la siguiente manera:
"1. Concepto político-filosófico, económico y jurídico del impuesto. No se concibe la existencia del Estado, por rudimentario que sea en sus formas, o por evolucionado, que no requiera de este medio de vida, similar al oxígeno para los entes orgánicos y como la luz para las plantas."[1]
Lo primero que salta a la vista (y es una constante no solamente en el autor que vamos a comentar, sino que es invariable en todos los cultores del derecho) es la aceptación sin discusión de ninguna naturaleza de una idea antropomórfica del "estado" que siempre escriben con mayúscula inicial (cuando no es un nombre propio para que merezca tal tratamiento, y aun cuando no siga a un punto en la redacción). Así hablan de la existencia del "estado" como si fuera un ente real y corpóreo, material o materializable, con voluntad propia y al que llegan al externo (como en el caso de la cita) de equiparar con un órgano vivo ("entes orgánicos y plantas"). Esta desfiguración marca el rumbo de los desvaríos jurídicos que rigen en cuanto a la materia. Veamos cómo sigue nuestro autor:
"Pueden adquirir formas de leyenda las primeras organizaciones estatales de la historia, pero se tiene la noción precisa de que acudieron a este recurso, de una u otra manera y es probable que las primeras revoluciones en las historias hayan sido provocadas, no por la defensa de la libertad de los ciudadanos, sino para reprimir y suprimir la voracidad de las arcas fiscales."[2]
A pesar de este párrafo lúcido y prometedor, deberemos recordar para lo que sigue que, el autor en estudio es un socialista que no se asume como tal. El párrafo -en sí mismo- es acertado, pero lo que desconoce el autor es que precisamente es "la voracidad de las arcas fiscales" las que van en contra de la libertad de los ciudadanos. Es este divorcio que la gran mayoría de los juristas hacen entre libertad y economía lo que deforma y desvaloriza sus análisis y terminan justificando, a la postre, el histórico atropello a las libertades individuales que la mera existencia del impuesto significa. Algo que, dada la formación recibida quienes se dedican al estudio exclusivamente del derecho con prescindencia de cualquier otra disciplina, no pueden distinguir con claridad.
"¿Y qué otras cosas podían demandar las arcas fiscales que no fueren las contribuciones y los tributos, primero para satisfacer las necesidades de los organismos rectores de la vida social y nacional, después, para proveer a los elementos de la población, de una serie de garantías y comodidades que han ido creciendo a medida que avanzaban las edades hacia un mínimo de perfeccionamiento?"[3]
En su pensamiento organicista, el jurista entiende que los organismos estatales (a los cuales les atribuye -de paso- la dirección "de la vida social y nacional" (en una clara acepción dirigista y totalitaria) tienen "necesidades", de la misma manera que las tienen organismos físicos (humano, animal y vegetal) tal tuvimos ocasión de observarlo cuando analizamos el primer párrafo citado.
Es decir, como para la mayoría de las personas, para él, "estado" es una realidad física, cuando, en verdad, no se trata más que de una ficción jurídica. En rigor, sólo los entes físicos tienen necesidades, y en el campo de las ciencias sociales que nos ocupa son solamente las personas individuales las que pueden experimentarlas, nunca entes míticos e ideales como el "estado".
Agrega el autor que -según su punto de vista- los impuestos son necesarios "para proveer a los elementos de la población, de una serie de garantías y comodidades que han ido creciendo a medida que avanzaban las edades hacia un mínimo de perfeccionamiento" fraseología rebuscada y -por demás- confusa. Que el gobierno se considere para garantizar la libertad y propiedad de las personas es algo cierto y aceptable, y si la palabra "comodidades" se refiere a esa libertad y propiedad no cabría, en principio, efectuar objeción alguna a la misma. Ahora bien, si por "comodidades" se quiere aludir al otorgamiento de prebendas, privilegios y dadivas a los ciudadanos no estaremos de acuerdo con ese sentido, porque es responsabilidad personal de cada individuo el proveerse de lo necesario para su mejor confort y satisfacción de sus propias necesidades de orden material y espiritual. En ningún caso es misión del gobierno suplirlo en dicha función, y mucho menos justificar la imposición fiscal para llevar a cabo acciones que sólo competen a los particulares.
"Recordaráse, sin duda alguna, que los Estados de la antigüedad clásica, el Egipto, sobre todo, gozó de una particular concepción de pueblo y gobierno y se especializó en succionar a las poblaciones miserables, propias, y las que fueron sometidas a su vasallaje con gravámenes fiscales que se percibían en las formas más rudas y violentas."[4]
Lamentablemente, no aclara la cita cual es esa concepción, pero puede inferirse del resto de la oración. Ciertamente, la idea dominante en la antigüedad era de que algunas personas nacieron para someter a otras a la esclavitud, es decir, se creía que había gente que nacía predestinada para ejercer el poder en tanto que el resto estaba en este mundo para agachar la cabeza incondicionalmente a sus dictados.
El autor en estudio pretende una "evolución" de aquel estado de cosas hasta la actualidad conforme se puede apreciar del resto de su artículo. No obstante, nosotros no percibimos con tanta claridad esa supuesta "evolución", al menos en el plano político y económico, donde aún hoy en día se observan métodos violentos por medio de los cuales las personas circunstancialmente encaramadas en el poder intentan doblegar a sus semejantes claramente, al menos, en el campo económico. Lo que pudieron haber evolucionado son las formas que, en la actualidad, lucen como algo más sutiles que en la antigüedad. Pero no se visualiza notable "evolución" en cuanto a los fines: la expoliación de unos (los súbditos) por parte de los otros (los gobernantes).

[1] Mateo Goldstein. Voz "IMPUESTO" en Enciclopedia Jurídica OMEBA, TOMO 15 letra I Grupo 05
[2] Goldstein, M. ibidem. Op. Cit.
[3] Goldstein, M. ibidem. Op. Cit.
[4] Goldstein, M. ibidem. Op. Cit.

Controles de precios y ley del mercado


Gabriel Boragina ©

Es materia de ignorancia económica confundir causas con efectos. Esto sucede con ciertos aspectos de la economía tales como los controles de precios y no es de ahora, sino que ya sucedía en la época de los nazis:
"A mucha gente le fascinaba el supuesto éxito del control alemán de precios. Decían: Solo tienes que ser tan brutal y despiadado como los nazis y conseguirán controlar los precios. Lo que no veía esa gente, ansiosa por luchar contra el nazismo adoptando sus métodos, era que los nazis no aplicaron un control de precios dentro de una sociedad de mercado, sino que establecieron un sistema socialista completo, una comunidad totalitaria."[1]
Ya aclaramos que los controles de precios no operan si se apadrinan como medidas aisladas que afectan a determinados productos y excluyen a otros. Las del nazismo, en consecuencia, no eran simples disposiciones intervencionistas de vigencia transitoria y temporal, sino que consolidó un total control de la economía en su conjunto. Había una cuestión de rótulos que lo disfrazaban y ocultaban como un real socialismo, y era justamente el hecho de que el régimen nazi decía no desconocer la propiedad privada de los medios de producción, lo cual -en apariencia- resultaba verosímil a la vista de todos aquellos que no conocieran a fondo la ciencia económica y como marcha una economía de mercado y otra socialista.
No obstante, fueron muchos los países que defendieron el sistema nazi de control de precios, inclusive hasta la actualidad y en regímenes que insisten en denominarse "democráticos" o "de mercado". Por ejemplo, todos los partidos "progresistas" propician este tipo de políticas.
"El control de precios es contrario al fin si se limita solo a algunos productos. No puede funcionar satisfactoriamente dentro de una economía de mercado. Si el gobierno no deduce de este fracaso la conclusión de que debe abandonar todos los intentos de controlar los precios, debe ir cada vez más allá hasta que sustituya la economía de mercado por una completa planificación socialista."[2]
La historia de los controles de precios demuestra exactamente lo que la cita indica. Las naciones que los llevaron hasta las últimas consecuencias culminaron todos en estados opresivos y criminales como demostraron los casos de la U.R.S.S. y sus estados satélites detrás de "la cortina de hierro" de Europa oriental; en Asia, China, Corea, Camboya y otros lugares; y en América: Cuba, Chile de Allende y la actual Venezuela castro chavista comunista. No sólo sus economías resultaron colapsadas, sino que las libertades civiles y políticas (como no podía ser de otra forma) terminaron también suprimidas.
Esto no significa que en otras latitudes los precios políticos no fueron aplicados. Por el contrario, hoy en día casi todos los pueblos los patrocinan formando parte de la política económica de la mayoría del mundo mal llamado "libre". Lo que sucede es que, comprobado tiempo más tarde su fracaso, es abandonados temporalmente por periodos más o menos largos, hasta que vuélvese a implantar, por lo general, con cada cambio de gobierno, o dentro de un mismo gobierno con cada cambio de ministro de hacienda o de economía que crea o no en el sistema como medio de corregir los aumentos de precios. Esta variante dependiente de estos factores ha impedido que muchos de los territorios de occidente hayan colapsado económica y políticamente y hayan terminado en estados totalitarios como si ha sucedido en los casos mencionados anteriormente.
"La producción puede dirigirse o bien por los precios fijados en el mercado por los compradores y por la abstención de comprar por parte del público o puede dirigirse por el consejo central público de gestión de la producción. No hay disponible una tercera alternativa. No hay un tercer sistema social viable que no sea economía de mercado ni socialismo. El control público de solo una parte de los precios debe llevar a un estado de cosas que, sin ninguna excepción, todos consideran como absurdo y contrario a sus fines. Su resultado inevitable es el caos y la inquietud social."[3]
Este aserto científico se ha venido cumpliendo década tras década de manera ineluctable como si se tratara de una profecía. Sin embargo, los intentos de creer y de establecer una "tercera vía" o "sistemas alternativos" perduran también hasta hoy, desconociendo la verdad científicamente afirmada en la cita anterior. La dirección del mercado solamente puede estar en dos manos, a saber: o la de los consumidores o en la de los burócratas. No existe, pues, ninguna otra posibilidad ni fórmula mágica por la cual la economía pueda manejarse en su totalidad. En otras palabras, o se trata de socialismo o de capitalismo (economía de mercado). Apenas se intenten "terceras vías", sistemas "intermedios" economías "mixtas", "híbridas" o como quiera rotulárselas los resultados indeseables de tal política comienzan a aparecer, y sólo cesan cuando se abandonan los experimentos intervencionistas.
Sin embargo, abundan los "profetas" que intentan presentar como "nuevo" lo que ha venido fracasando durante siglos desde los tiempos de Hammurabi[4]. En tal sentido, se cumple -una vez más- aquello de que la práctica confirma la teoría.
"Es esto lo que los economistas tienen en mente al referirse a la ley económica y afirmar que el intervencionismo es contrario a las leyes económicas."[5]
No se procura decir que el mercado sea perfecto en el significado de que resulta siempre capaz de resolver todas las necesidades humanas, por cuanto hablar de "perfecciones" en abstracto carece de toda coherencia, y mucho más en el campo de las ciencias sociales. De lo que se discute es de dejar en claro que el mercado tiene sus propias leyes, y que autoajusta por medio de las mismas las posibles imperfecciones de las cuales pudiera adolecer, es decir, no se debate sobre una perfección imaginaria ni utópica, sino que se reflexiona sobre una realidad científica comprobable, que muestra ciertas regularidades que se cumplen de manera inexorable, y que cuando se alteran por factores exógenos ocasionan consecuencias indeseables. Esto es tan solo lo que se quiere significar con la cita anterior.

[1] Ludwig von Mises, Caos planificado, fuente: http://mises.org/daily/2454 (Publicado el 3 de febrero de 2007). pág. 13
[2] L. v. Mises ibidem, pág. 13.
[3] L. v. Mises ibidem, pág. 13-14.
[4] Véase a Robert L .Schuettinger - Eamonn F .Butler. 4000 años de Control de Precios y Salarios. Cómo no combatir la inflación. Prólogo por David L. Meiselman. Primera Edición. The Heritage Foundation. Editorial Atlántida - Buenos Aires.
[5] L. v. Mises ibidem, pág. 14

Controles de precios y socialismo


Por Gabriel Boragina ©

Como hemos afirmado tantas veces el intervencionismo es vicioso en el sentido que, una vez que se comienza con él genera lo que coloquialmente (y para rápida comprensión) puede catalogarse como un "efecto bolo de nieve" similar al que en un alud la hace crecer gradualmente a medida que la nieve va cayendo por la ladera del monte. Pero -a diferencia de la bola de nieve- el intervencionismo puede detenerse, ya que no se trata de un fenómeno natural, sino que de uno provocado por la voluntad deliberada de cierta política económica. Es decir, humano. Cuando el gobierno decide controlar precios estamos frente a una típica medida intervencionista, que origina resultados como el señalado con el precio controlado de la leche en el clásico ejemplo. Luego de controlado el precio de la leche:
"Ahora el gobierno tiene que afrontar la alternativa: o refrenar sus esfuerzos por controlar los precios o añadir a su primera medida una segunda, es decir, fijar los precios de los factores de producción necesarios para la producción de leche. Luego la historia se remite a otro nivel: el gobierno tiene que fijar de nuevo los precios de los factores de producción necesarios para la producción de aquellos factores de producción que se necesitan para la producción de leche."[1]
Técnicamente, se llama a este proceso intervenir en la estructura vertical de la cadena productiva en escala ascendente, en otras palabras, partiendo de los bienes de consumo que se pretenden controlar y trepando en la escala productiva a los demás bienes de producción necesarios para la obtención del articulo final, pasando por todos los bienes intermedios dentro de la misma sucesión.
Pero, nótese que todos estos precios que se van aplicando son precios máximos, o sea, están determinados por debajo del precio de mercado lo que implica que, junto con ellos también se reduce el margen de ganancia de los agentes que participan en el proceso, comenzando por el vendedor minorista y siguiendo por el mayorista para, de allí, pasar al distribuidor y de él al tambero, y así sucesivamente en un nivel cada ciclo más elevado, generando asimismo, una cadena sucesiva de descensos de ingresos y de aumento de pérdidas que reemplazan a las anteriores ganancias, subiendo -a su tiempo- todos los costos de cada etapa en particular.
"Así que el gobierno tiene ir cada vez más allá, fijando los precios de todos los factores de producción, tanto humanos (trabajo) como materiales, y obligando a cada empresario y a cada trabajador a continuar trabajando con esos precios y salarios."[2]
Literalmente significa la obligatoriedad de trabajar a pérdida a todos los agentes involucrados en el proceso, ya que se comprimen los márgenes de ganancias de los comerciantes y empresarios del sector comprometido, y la disminución de dichas entradas tiene también un efecto cascada de abajo hacia arriba.
La eficacia del control no sería tal si se permitiera a los productores, empresarios y comerciantes del sector retirarse del negocio, porque el objetivo del gobierno es el contrario, a saber: que en cada ocasión se produzca y se venda más leche, lo que no sucedería si se dejara en libertad a todos los afectados en el mecanismo de su producción, elaboración y comercialización.
"No puede omitirse ninguna rama productiva de esta fijación completa de precios y salarios y esta orden general de continuar con la producción. Si se dejaran en libertad algunas ramas de la producción, el resultado sería un traslado de capital y mano de obra a ellas y una caída correspondiente en la oferta de bienes cuyos precios había fijado el gobierno. Sin embargo, son precisamente estos bienes los que el gobierno considera especialmente importantes para la satisfacción de las necesidades de las masas."[3]
Como se puede apreciar el proceso desemboca en un sistema de trabajos forzados tal se aplicaron en la URSS, China, Alemania nazi, Italia fascista y más recientemente en Cuba y otros lugares. Derivación inevitable para el gobierno (decidido en ese sentido) será intervenir toda la estructura vertical del mercado generador del bien controlado y -al mismo tiempo y quizás como un efecto no deseado- tener que obligar a todos los agentes que participan de ese mercado a seguir adelante con la producción del bien, aun a pérdida. De lo contrario, como bien señala la cita, los capitales huirían del sector para refugiarse en aquellos otros donde los márgenes de rentabilidad sean mayores o más atractivos, y donde no se deba trabajar a pérdida o con un nivel de ingresos menor.
De cualquier modo, el objetivo primario del gobierno (abundancia de leche "para todos") no se verá cumplido, por cuanto -de una manera o de otra- el aumento de costos hará imposible continuar con el ritmo de producción anterior al control de precios, y la única solución que admitirá un gobierno resueltamente intervencionista será la de estatizar la producción total, pasando de la categoría de intervencionista a socialista.
"Pero cuando se alcanza este estado de control completo de los negocios, la economía de mercado se ha visto reemplazada por un sistema de economía planificada, por socialismo. Por supuesto, no es el socialismo de gestión directa de toda fábrica por el estado, como en Rusia, sino el socialismo del patrón alemán o nazi."[4]
No es un socialismo "de derecho" sino "de hecho" donde se aparenta que "no hay" socialismo porque el gobierno no pone a su nombre los establecimientos fabriles o agrícola-ganaderos, sino que permite que estos sigan a nombre de sus respectivos "titulares" (o pseudopropietarios) sean personas individuales o sociedades comerciales, pero -en los hechos- quien maneja dichas "propiedades" es el estado-nación con lo cual -a la postre- lo que hay es socialismo puro y duro.
No importa el nombre que se le quiera dar, porque será una cuestión meramente nominativa que no cambiará la naturaleza del sistema resultante, funcionará como socialismo y, por lo tanto, corresponde llamarlo así, por más que se le quiere disfrazar con rótulos diferentes.

[1] Ludwig von Mises, Caos planificado, fuente: http://mises.org/daily/2454 (Publicado el 3 de febrero de 2007). pág. 12-13.
[2] L. v. Mises ibidem, pág. 13
[3] L. v. Mises ibidem, pág. 13
[4] L. v. Mises ibidem, pág. 13

La visión jurídica del impuesto

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