Impuestos y utilidades "excesivas"


Por Gabriel Boragina ©

La distribución de la riqueza de la gente la hace esa misma gente a través del mercado libre. El impuesto altera esa distribución, ya que retrae riqueza que la gente -a través del mercado- la había dirigido hacia sectores distintos a los preferidos por los burócratas. La riqueza apropiada por estos a través del impuesto sólo pueden aplicarla a dos destinos posibles: sus propios gastos burocráticos (muchas veces personales) o a redistribuirlas entre terceros. Normalmente, la burocracia la aplica a ambos destinos en porciones disimiles que van cambiando conforme los diferentes gobiernos o políticas económicas desemejantes dentro de un mismo gobierno.
Esta redistribución siempre va en contra de los deseos del consumidor, porque de ir en el mismo sentido de ellos el impuesto no tendría razón de ser, así que necesariamente el impuesto contraría los fines sociales, sacrificándolos por los del burócrata a los que este les otorga preferencia.
En cuanto a las "excesivas utilidades" estas no existen excepto en la imaginación del autor. No hay ningún criterio objetivo que permita hablar de exceso o defecto, salvo en la personal apreciación de quien emite dichos juicios de valor. Son conceptos relativos por, lo que es "excesivo" para unos será "escaso" para otros conforme a la moderna teoría del valor descubierta y desarrollada por la Escuela Austríaca de Economía. Disponer de la propiedad ajena -como celebran los estatistas- va contra la moral, la decencia, el derecho y la economía. No hay autoridad terrenal lo suficientemente alta que pueda erguirse en juez de la propiedad ajena y menos aún disponer de ella.
"Aquí estamos en presencia de un factor social de gran valimiento que, no siempre ha movido a los hacedores de los presupuestos fiscales y que consiste en nivelar la riqueza de la población tomando como instrumento una buena y justa distribución de los impuestos."[1]
Por lo ya expuesto, esta tarea es imposible, porque el legislador de impuestos no se encuentra jamás en condiciones de realizarla. El impuesto provoca un daño y es una injusticia en si misma ya que viola propiedad del gravado. Entonces, su impacto debe ser el menor posible siendo su eliminación lo ideal. De momento que la sociedad lo acepta como "único" medio para financiar funciones de gobierno que se consideran "esenciales", estas deben ser mínimas, de manera tal que causen el menor daño posible en los bolsillos de la gente, que es lo contrario a lo que históricamente se ha venido dando y se continúa haciendo por parte de las burocracias elefantiásicas que se observan por doquier.
El objetivo del mercado no es nivelar la riqueza sino expandirla, por lo que queda claro que va en contra de los objetivos de la burocracia que aplaude el autor. Nivelar la riqueza implica siempre contraerla, disminuirla hasta cierto límite fijado arbitrariamente por el poder político de turno. Esto claramente se enfrenta con los objetivos de la sociedad civil que defiende el mercado.
"Aquí actúa el Estado como un repartidor de la riqueza nacional. "El Estado, presentándose aquí en nombre de la justicia social o de la solidaridad —afirma Gide—, como hoy día se dice, toma a aquellos a quienes sobra para dárselo a los que no tienen bastante. Inútil es decir que la escuela liberal niega enérgicamente al Estado el derecho de desempeñar tal papel- y atribuirse así la función de dispensador de la riqueza y de enderezador de entuertos."[2]
Es quitarles a unos lo que les pertenece para darles a otros lo que no les pertenece ni se han sabido ganar por sí mismos, es decir es la misma negación de la justicia real, definida por Ulpiano como la de "Darle a cada uno lo suyo" (lo suyo de cada cual).
Lo que ellos llaman "estado" (que no es más que el gobierno constituido por ciertas y circunstanciales personas) no tiene ningún derecho a repartir riqueza que no ha generado ni le pertenece y mucho menos regalarla a terceros que tampoco han contribuido a su generación. No valen para el caso aquellas falsas etiquetas estereotipadas como las de las de la "justicia social" y la "solidaridad", que no son más que elegantes e "inocentes" pretextos para despojar a los productores en su perjuicio, y en beneficio de burócratas y vividores del fruto del trabajo ajeno. Nadie está en condiciones de decir qué le sobra o le falta a otro, lo que no será más que su arbitrario juicio de valor, solo válido para el que lo formula. "Bastante" o "escaso" son meras apreciaciones personales, que cambian de individuo a individuo, de época en época, y de lugar en lugar, y nunca jamás ha habido un criterio único al respecto. Para los autores aquí analizados, que creen que el gobierno es una especie de dios terrenal que todo lo puede y le atribuyen poderes sin límite, es obvio que estos argumentos no les serán válidos.
Nadie puede hacer caridad con los recursos de otros, ni siquiera el gobierno sin violar el derecho de propiedad e incurrir en un robo liso y llano, que es lo que propone la doctrina de la "justicia social" que es pura injusticia real, tanto como su cacareada "solidaridad" que es pura insolidaridad. Si el propietario retiene sus bienes va de suyo que es porque los necesita a todos, ergo, nada de ello le "sobra". Si les sobraran los vendería o regalaría, o se desprendería de ellos de cualquier otra manera, pero si no lo hace es porque los necesita, mal que le pese al gobierno y aunque este opine lo contrario.

[1] Mateo Goldstein. Voz "IMPUESTOS" en Enciclopedia Jurídica OMEBA, TOMO 15 letra I Grupo 05.
[2] Mateo Goldstein. Voz "IMPUESTOS" Ibidem.

El impuesto y la distribución de la riqueza


Por Gabriel Boragina ©

Las sociedades antiguas estaban divididas en su mayoría en castas o clases sociales, y se impedía férreamente pasar de una casta a la otra y todo ello por disposición de las leyes dictadas por los gobernantes y no por los "ricos" en abstracto. Todo eso aseguraba a los líderes políticos el poder económico, impidiendo a las castas inferiores subir de peldaño. El nacimiento dentro de una determinada casta o clase determinaba toda la vida económicamente, y así, era posible de antemano saber quién viviría como rico y quien como pobre. Situaciones todas estas que recién terminan con el advenimiento del capitalismo en el siglo XVIII, primero en Inglaterra y luego en Europa y Estados Unidos.
"Contrariamente, existieron épocas en que los favorecidos de la fortuna y del favor del gobernante, estaban eximidos de costear los gastos de la administración pública, como un privilegio graciosamente otorgado por los autócratas y así, mientras la clase alta por privilegio, y la baja, por carencia de bienes, no contribuían a las cargas fiscales,, hete ahí que un sector generalmente pequeño de clase media, era el único que trabajaba empeñosamente para que el socio gratuito que poseía, el Estado, se quedara con la mayor parte del fruto de sus esfuerzos."[1]
Eran favorecidos de la fortuna, porque -primero- habían sido favorecidos del favoritismo del gobernante. En la cita se invierten "los términos de la ecuación". Pero ese privilegio que otorgaba el gobernante no era gratuito como parece presumir el autor. Toda prerrogativa siempre era concedida a cambio de otra cosa, y no por simples simpatías que podía haberlas, pero eran excepcionales.
Con todo, es cierto que existieron esas épocas, tal como sucede en la actual, sólo que la nobleza ha sido reemplazada por empresarios prebendarios y allegados al partido político al mando, que consiguen beneficios del poder de turno, aun así, son pocos. Pero nadie de salva de tributar, porque el gobierno tiene hoy más herramientas que ayer para conseguir que nadie escape al impuesto. Simplemente, el impuesto reviste actualmente formas tan variadas y diferentes a las que tenía en la antigüedad que la mayoría de las veces pasan inadvertidas. Pensemos, por ejemplo, en la inflación, el tributo -quizás- más letal de todos, al presente ampliamente utilizado por la mayoría de los gobiernos mundiales. Impuesto que no es nuevo, ya lo practicaban los gobiernos de la antigüedad, circunstancia que parece que el autor ignora.
Es cierto que en este momento hay una elite que no tributa (al menos directamente que no indirectamente) pero ella pertenece casi con exclusividad al elenco gobernante que -comparativamente- es muy reducida al resto de la población. Lo que ha cambiado es el tamaño de la mal llamada "clase media" que actualmente es mayor a la de las dos "clases" restantes ("alta" y "baja").
En el presente, el gobierno ("estado" para el autor) es socio gratuito de todas las "clases sociales", si es que puede hablarse de tal cosa como de "clase social", dado que en el capitalismo no existen "clases sociales" sino individuos.
"Este problema de hacer incidir la carga fiscal sobre el mayor número de habitantes, de modo que aquellos que más poseen afronten las mayores responsabilidades, pero sin excluir a los que poseen poco, constituye una de las ciencias más sutiles de las finanzas modernas y puede decirse que en ello radica la felicidad de los regímenes políticos y de sus habitantes."[2]
Un párrafo pletórico de ignorancia es el de arriba. Toda carga fiscal alcanza indefectiblemente a todos los que viven en el lugar donde la ley impositiva ha sido dictada, por lo tantas veces dicho: el impuesto descapitaliza, ataca el ahorro, desalienta la producción, reduce los salarios reales y -consiguientemente- aumenta la cuota de pobreza. Cuanto más se les quita a los que más poseen más pobres se vuelven los que nada poseen. Los que tienen poco podrán no pagar directamente, pero lo harán indirectamente vía un menor consumo, por un doble factor: el impuesto al aumentar los costos de producción, reducirá la oferta de bienes, además de mermar el poder adquisitivo de los salarios más bajos. El jurista ignorante de la economía no puede advertirlo. Sencillamente no lo ha estudiado. Y por ello, se limita a repetir el dogma socialista. Las finanzas "modernas" difieren poco de las antiguas en cuanto a sus métodos, y en cuanto a sus fines las arcas estatales son infinitamente más ricas que las antiguas.
"Pero digamos que la distribución del impuesto no se limita a esto: a subvenir más o menos científica y cuerdamente las necesidades del Estado, sino que cumple una altísima función de equilibrio al tomar intervención, de una manera indirecta por cierto, en la distribución de la riqueza de los habitantes. Esta es quizá la misión trascendental que el legislador asume, restringiendo las excesivas utilidades de algunos en beneficio de todos, limitando a cierto máximo las posibilidades de beneficiarse integralmente con el producto de las especulaciones que cada persona asume según su capacidad, el monto de su fortuna, la cuantía de los negocios y hasta el factor del azar."[3]
Sigue el ignorante en economía haciendo, con absoluto desparpajo, exhibición de su ignorancia supina en temas económicos. No cuestiona el impuesto sino su distribución, cuando el problema no es esta sino la existencia misma del tributo. Habla -otra vez- de "necesidades" del "estado" cuando ya demostramos antes que esto es un mito, o dos mitos en realidad; el primer mito es el "estado" como ente vivo y orgánico con "inteligencia" y "voluntad" propias (a lo que ahora le agrega "cordura"), y el segundo es que, algo que no existe en el mundo físico pueda tener "necesidades". Es decir, este autor construye frases en torno a una mitología.
Ignora, por tanto, que la distribución de la riqueza no es función del "estado" sino del mercado, y que es este y no el gobierno el que cumple dicha actividad equilibradamente, conforme a sus propias leyes económicas, que difieren de las leyes que dicta el burócrata.

[1] Mateo Goldstein. Voz "IMPUESTOS" en Enciclopedia Jurídica OMEBA, TOMO 15 letra I Grupo 05.
[2] Goldstein, M. ibidem. Op. Cit.
[3] Goldstein, M. ibidem. Op. Cit.

El "fundamento" económico del impuesto


Por Gabriel Boragina ©
El impuesto es siempre una confiscación mal que les pese a los juristas y -en particular- a los tributaristas, porque viola la propiedad privada, pero no sólo esta, sino que -además y por, sobre todo- la libre voluntad del obligado al pago.
No existe tampoco ningún "mandato de la colectividad ejercitado por medio de sus representantes legales y que importa la decisión colectiva de hacer entrega al Estado de la parte alícuota del patrimonio particular" salvo en un sentido romántico e idealista de la democracia. Pero, en su significado realista ese mandato es el de una mayoría sobre una minoría que es, en esencia, lo que constituye la base del sistema democrático (el gobierno de una mayoría sobre una minoría) excepto en el raro caso de un resultado por unanimidad.
Pero aun en caso de unanimidad hay derechos que no son votables. El derecho a la vida no puede ser objeto de votación y nadie -ni en democracia o fuera de ella- puede desconocerlo. Si una unanimidad parlamentaria decidiera que los blancos pueden -de aquí en más- esclavizar a los negros (o viceversa) tal ley seria nula por violar el derecho natural. De la misma manera, ninguna unanimidad democrática puede arrogarse derechos sobre lo que es propiedad de otros. Estas cosas no son fruto de elección colectiva, ni de decisión siquiera. La propiedad privada es un hecho que el derecho simplemente se limita a reconocer protegiéndolo. Si democráticamente se decidiera suprimirlo sería imposible, porque implicaría que lo que es de todos no es de nadie, apareciendo "la tragedia de los comunes" explicada por Garret Hardin. Involucraría volver a "la ley de la selva" del "todos contra todos", disputándose todos, la propiedad exclusiva de las cosas. La civilización es posible gracias al reconocimiento del derecho de propiedad. La barbarie es el resultado de su desconocimiento. Estos derechos -entonces- están mucho más allá de las elecciones y votaciones parlamentarias.
Si el gobierno fuera una necesidad real de la gente no sería necesaria compulsión alguna contra ella para crearlo y sostenerlo económicamente. Lo seria voluntariamente.
"En punto al fundamento económico del impuesto, no existe razón más valedera que la necesidad de mantener al Estado, y la consiguiente exigencia de que todo el mundo brinde su aporte al respecto. De otro modo, probablemente ocurriría el dramático vaticinio de Stuart Mill: "En ausencia de todo gobierno, los fuertes, los ricos, veríanse obligados a protegerse recíprocamente; pero los débiles, los pobres, no podrían escapar a la esclavitud"."[1]
Sucede que el vaticinio de Stuart Mill se cumplió con los gobiernos incluidos, con los cuales todos, ricos y pobres se han visto reducidos a la esclavitud gubernamental. No era algo difícil de vaticinar: ya estaba ocurriendo en su época, y había sucedido antes de la suya. La fortaleza de los ricos pasó a los gobiernos, volviéndose ricos estos y reduciendo a los antes ricos a la debilidad de la pobreza, excepto en aquellos casos en la que los ricos entraron en alianzas espurias con los gobiernos para obtener ventajas de parte de este. Hoy en día, ricos y pobres se encuentran obligados a protegerse del gobierno cuando tendría que ser al revés. La cita anterior no tuvo en cuenta que basta una ley del gobierno que decrete que los ricos deben entregar su fortuna al poder de turno para que su antigua riqueza pase a ser solo un melancólico recuerdo y su despojo una triste realidad presente. La fuerza la tiene el que hace la ley y la ejecuta. Y eso solo lo pueden hacer los gobiernos, no los ricos.
Véase la contradicción del autor analizado cuando cita a Mill (con quien acuerda) comparado con sus primeras reflexiones sobre los gobiernos de la antigüedad (Egipto, Grecia, Roma, etc..) de los que decía que reducían a la miseria a sus pueblos sin distinción de fortunas. Egipcios, griegos, romanos, etc. no eran pueblos sin gobiernos. Lo que dice Mill era lo que ocurría con los gobiernos antiguos y modernos. Los gobiernos no evitan la esclavitud, sino que esclavizan a sus súbditos apenas tienen la oportunidad de hacerlo. La esclavitud no aparece por la ausencia de gobierno sino por su exceso. En realidad, la esclavitud sólo ha aparecido en aquellos lugares donde primero brotaron los gobiernos.
En consecuencia, el "fundamento económico del impuesto" que da el autor no es tal.
"Es verdad que, a través de los tiempos, varió el carácter de la gravitación del impuesto sobre los diversos factores que incluyen a la sociedad: los magnates, los poderosos, los ricos, los pobres, los totalmente desheredados de fortuna. Es obvio que en los casos de pobres y desamparados, no se debían construir doctrinas jurídico-filosóficas para justificar su exoneración de impuestos. Los hechos de su propia impotencia para hacer frente a cualquier carga fiscal, los colocaban al margen. Pero existían modos muy violentos para hacer que tampoco los absolutamente despojados de bienes materiales se excluyeran de la obligación de contribuir al sostén del Estado y entre ellos, el más conocido, fue la reducción a la esclavitud, al trabajo forzoso, para que, de esta manera, solventara sus deberes."[2]
En realidad, raro es encontrar alguna época en el curso de la historia en que los gobiernos de cualquier signo que fueran excluyesen a alguien de la obligación de tributar en función de su escasa o amplia fortuna. Mas allá de las elucubraciones jurídicas que hace la cita, en el mundo real todos los gobernantes sometían a todos sus súbditos a la obligación de tributar. Recordemos que el mismo autor que estamos comentando comenzó su artículo exponiendo varios casos de lo dicho. Es más, los pobres eran el resultado directo del impuesto, que reduce la capitalización y -por lo tanto- la riqueza existente. No eran pobres por algún infortunio natural, sino que la causa de su pobreza era el impuesto, aspecto que los juristas -en general- desconocen por su falta de formación económica, lo que es palmario en el autor que analizamos ahora.
Si bien la pobreza es la condición natural del hombre, la riqueza en el pasado reconoce una historia de desfalcos y apropiaciones, cuyos autores eran los fuertes que eran -coincidentemente- los que ejercían el gobierno. Y es por esto que eran ricos, no porque compitieran en un mercado libre de regulaciones estatales, cosa que en no existió hasta bien entrado el siglo XVIII, y en forma germinal. Los ricos del pasado -como hoy- eran los gobernantes, sólo que actualmente se enriquecen de manera algo más sofisticada y menos brutal.

[1] Mateo Goldstein. Voz "IMPUESTOS" en Enciclopedia Jurídica OMEBA, TOMO 15 letra I Grupo 05.
[2] Goldstein, M. ibidem. Op. Cit.

Impuestos y utilidades "excesivas"

Por Gabriel Boragina © La distribución de la riqueza de la gente la hace esa misma gente a través del mercado libre. El impuesto alt...