Cambio y consenso


Por Gabriel Boragina ©

No son ni el voto ni es la política los medios por los cuales se corre el eje del debate que permite la transformación de las ideas políticas del momento en otras que representan estadios más avanzados y superadores respecto de los anteriores. El ámbito adecuado para dicha evolución es la academia, de allí que los que quieren llevar la academia al plano político o -viceversa- introducir este en aquella están errando gravemente el camino y condenados a fracasar.
La política, en rigor, las doctrinas en que ella se sustenta es el resultado y no el origen de las controversias generadas en el plano académico. Los políticos trabajan con las opiniones que previamente les han aportado los intelectuales del área, sea mediante la catedra o el libro. Y lo sepan ellos o no.
Esas mismas ideas son las que nutren el pensamiento político de la ciudadanía, y lo que conforma lo que llamamos su "cultura" o educación cívica.
Pero imbuirse en esta cuestión (que es de la mayor importancia) no implica necesariamente abandonar por completo y dejar de lado la coyuntura, porque de otra forma nos induciría hacia el aislamiento. La catedra es de superlativa jerarquía, pero al salir a la calle debemos mirar hacia los dos lados cuando nos disponemos a cruzar una avenida, es decir, tenemos que estar atentos a la coyuntura por mucho que podamos sostener que los automóviles deben detenerse cuando aparece la luz roja, amortiguar la velocidad cuando se enciende la amarilla, o -directamente- no deberían pasar por allí, o bien ni siquiera deberían existir. Y el ejemplo sirve para ilustrar -en grado menor- la importancia, tanto de la teoría como de la coyuntura, porque esta es producto de alguna teoría anterior (buena o mala).
La teoría sirve para mejorar o cambiar la coyuntura, nunca al revés. Pero esto no implica ignorar o despreciar la coyuntura, por muy desagradable que nos resulte y por muy indeseable que esta sea en los hechos. En un estado de guerra -en otro ejemplo- es magnífico discutir en la academia sobre los mejores métodos para evitar las guerras, pero -nuevamente- al salir a la calle debemos cuidarnos de los bombazos y los tiros. La guerra no terminará simplemente porque seamos adversos a ella, si bien esto tampoco es ninguna excusa para acomodarse a coyunturas malas.
En el campo de la política corre otro tanto. Ya sea el sistema como la clase política pueden ser muy deplorables y necesiten de una reforma o un recambio urgente, pero -en el ínterin- se suceden los acontecimientos y llegan las fechas de las elecciones, y no se puede ser indiferente al hecho, ni a los candidatos que hay en el candelero simplemente porque los consideremos a todos mediocres, fatuos o directamente insignificantes. Después de todo, en lo inmediato, sean unos o los otros, alguno de ellos nos va a gobernar de cualquier manera.
Lo racional es pues, aun desatendiendo el material humano y político que tenemos, elegir de entre ellos al que pensemos que menos daño nos hará. Maxime en un sistema político como el nuestro, donde por ley el voto en blanco implica tanto como un voto nulo o inexistente que no se contabiliza ni a favor ni en contra de los candidatos presentados.
El voto en blanco sólo es una opción atendible en sistemas legales donde su emisión implica restar en el cómputo final votos al total de sufragios obtenidos por todos los candidatos, ya que -claramente- el voto en blanco es un voto negativo, por el cual quien lo emite esta rechazando todos los candidatos en danza al momento. No puede ser interpretado de otra manera, ya que, si el elector en blanco hubiera preferido un candidato a otro, directamente lo hubiera votado. No obstante, el voto en blanco equivale a decir "no me gusta ninguno". Pero -reitero- sólo tiene sentido como "voto castigo" o "no-voto" en un sistema legal donde el voto en blanco cuente como restante a los votos positivos totales a prorrata de todos los candidatos presentados, porque resulta imposible ponderar a cuál candidato se lo votó más en blanco que a otros.
Simultáneamente han de continuar -o comenzar en su caso- las discusiones en medios académicos respecto de los temas de fondo y de forma en los grandes campos de la ciencia política, con miras a lograr el progreso de las instituciones o -eventualmente- sus cambios. Aquellos que se llaman los "prácticos" de la política se nutrirán (lo quieran o no, lo sepan o no) de las conclusiones de esas polémicas cuando ganan grandes espacios. Y si bien son actividades distintas, no puede decirse que no interactúen entre sí y se retroalimenten en algún sentido. En ciencias sociales no hay compartimientos estancos.
Toda práctica política es consecuencia de una previa teoría política que le sirve de fundamento y no al revés. Las transformaciones que se operen en la teoría política son las que darán por resultados las mutaciones coyunturales en esa misma área cuando la teoría que les sirve de base sea aceptada mayoritariamente (consciente o inconscientemente).
Las coyunturas de largo plazo dependerán siempre de teorías asentadas durante idénticos o mayores anteriores plazos a los de la coyuntura puntal a la que la aplicación de la teoría en cuestión dé lugar. Es en la academia de hoy donde se diseñan las coyunturales políticas del mañana. Y esto siempre ha sido así de este modo y no de otro. Lo que hacen los políticos de hoy es el resultado de las ideas que se fueron consolidando en el ayer mediato e inmediato. Por eso, es vano esperar metamorfosis profundas desde la praxis política del hoy, porque esta praxis es la consecuencia de la teoría del ayer que al día está más afianzada.
Es dentro del corsé de este ambiente teórico que el político puede desenvolverse y ejercitar su accionar. Si pretende salirse de él, corriéndose más hacia la derecha o hacia la izquierda de ese ámbito, comenzará a perder apoyo y será relegado y, finalmente, desplazado de su rol de político. Para que haya revolución tiene que -previamente- haber un entorno revolucionario suficientemente asentado y en expansión, caso contrario la revolución fracasará. Dígase otro tanto de la contrarrevolución, de la paz y de la estabilidad social. No hay cambio sin consenso social.

Otra visión de la crisis


Por Gabriel Boragina ©

Una explicación más a la crisis argentina es la gran cantidad de personas incapacitadas que ocupan puestos de trabajo, tanto en la función pública como en la privada. Este análisis microeconómico rara vez se encuentra en los textos y notas que ocupan los comentarios periodísticos. Las redes sociales son -a veces- una buena fuente de los mismos, pero la experiencia cotidiana también lo demuestra. La mediocridad de este mercado laboral es cada vez mas notoria.
Son muchos los índices que lo manifiestan. Por ejemplo, las consultas que no son respondidas o lo son extemporáneamente, generalmente traen como respuestas por parte del funcionario o empleado particular cuestiones o materias que no fueron objeto de la consulta.
La falta de capacidad de empleados y funcionarios para contestar a temas simples no sólo es patente, sino que también contribuye al dispendio de tiempo y recursos, lo que obstruye la oportuna resolución de problemas y -al fin y al cabo- la productividad de la economía. En mi trabajo, lo veo y experimento a diario. Tengo experiencia de primera mano en lo que expongo.
Es manifiesto que los procesos de selección de personal o bien no existen o son hartos flexibles, o -quizás- empresas y reparticiones públicas no tienen más remedio que tomar gente que ya viene descalificada desde la escuela y la universidad.
La comunicación por escrito es -prácticamente- un problema mayor aun, por la verdadera ausencia de comprensión de textos por parte de empleados y funcionarios, en tanto el "intercambio" oral resulta un verdadero "diálogo de sordos", que obliga a la redacción de la consulta, repitiéndose el ciclo, con lo que todo el circuito se convierte en un círculo vicioso.
No hace mucho, cuando un empleado llano no podía resolver una inquietud del cliente o del usuario de un servicio, la cuestión normalmente se solucionaba por medio de un jefe, supervisor, o del gerente del área. Hoy en día, ya ni siquiera en estos niveles se encuentran respuestas útiles, coherentes y mucho menos inteligentes. Uno se pregunta cómo es que personas como esas pueden estar ocupando cargos jerárquicos y de responsabilidad. Y ni imaginar que podría estar sucediendo en escalas superiores, ya sean directores regionales o presidentes de empresas. La chatura circundante es descomunal.
Deviene evidente que -en cada vez más ámbitos- los niveles de exigencia de selección y de posterior gestión han caído de manera estrepitosa, tanto en el campo laboral como educativo. Se vive una apariencia de "ilustración" cuando, en realidad, lo que se observa es deseducación. Los pocos esfuerzos por elevar el nivel son -en la mayoría de los casos- vanos a juzgar por las consecuencias.
Hace pocos años atrás, mis nuevos colaboradores en la oficina entendían la tarea a realizar con la primera explicación. Raramente hacía falta una segunda. Al día de hoy, los nuevos colaboradores contratados necesitan que exactamente la misma tarea les sea explicada hasta tres o más veces para "poder" -al fin y a duras penas- "comprenderla". Y, aun así, después de que "parecieron" asimilarla, cometen y repiten los mismos errores más de tres o cuatro veces, lo cual revela severos defectos de atención y de retención. Y no hablamos, por cierto, de labores en absoluto complejas, sino de las más sencillas y elementales que se les asignan justamente por iniciarse en la actividad. Ni que decir cuando tengo que adjudicarles otra de alguna mayor o efectiva complejidad.
Esta es otra visión y explicación de la crisis que vivimos. Revela un descalabro educacional que deviene en otro laboral y, por último, desemboca en uno económico, ya que el sistema funciona como una cadena de transmisión, que produce un "efecto dominó" que va de lo micro a lo macro. 
Por supuesto que, el origen de todo lo anterior es la educación, como tantas veces hemos insistido, pero no solamente aludimos a la educación formal, sino también a la informal donde el entorno familiar tiene que ver mucho en este movimiento declinante. Hace mucho que, en el seno de la mayoría de las familias no se educa, sino que se deseduca. El rol de la familia en la educación puede decirse que, hoy por hoy, es nulo, pero -en cambio- inmenso en el mecanismo de deseducación. Basta la indiferencia en cuanto a los contenidos que los alumnos reciben en la escuela para que la corriente des-educativa se inicie y prosiga.
El pobre nivel de actividad general se debe -en buena parte- a la falta de preparación de la gente que trabaja, ya sea en el sector privado como en el estatal.  Una baja calificación educativa conlleva otra menor en el campo laboral, esto impide que las remuneraciones sean elevadas, y expulsa directamente del mercado laboral a los que menos habilidades pueden exhibir, lo que añade otro elemento perturbador al mercado del trabajo ya maltrecho por las numerosas leyes laborales que, en lugar de "proteger" al trabajador lo desamparan perjudicándole, ya que -entre otras negatividades- lo desmotivan para perfeccionarse.
Tiempo atrás solía hablarse de "talentos" para referirse al personal contratado. Hoy en día dicha palabra deviene casi vacía de contenido y obsoleta, porque si hay algo difícil de encontrar en el mercado laboral argentino son verdaderos "talentos". Basta conformarse con que alguien pueda -a duras penas- desempeñar tareas básicas.
"Profesionales" egresados que carecen de las competencias mínimas para las cuales se supone que deberían estar calificados tornan inexplicable cómo los mismos pudieron haber recibido un título universitario, cuestión que se torna día a día más palpable en el campo en el cual me desempeño. Y en otros ajenos al mío también.
Si se instala una "cultura" por la cual el mérito no vale nada y se retribuye por igual la indolencia que el esfuerzo, el efecto natural de esta anomalía será un vuelco masivo de la sociedad hacia la apatía y su consiguiente rechazo a cualquier tipo de iniciativa por mínima que sea. Y esto se observa claramente en la sociedad argentina de nuestros días, lo que no es por cierto un fenómeno nuevo, sino que la explanación a la actual debacle que sufre tal sociedad.
Revertir esto no es tarea de un gobierno, ni de muchos, sino que es algo más de fondo. No es un problema meramente coyuntural.

Sobre las próximas elecciones


Por Gabriel Boragina ©

En un escenario de alta polarización política y frente a elecciones inminentes, no entiendo bien cuál sería la lógica de aquellos que dicen que votarán a un candidato en primera vuelta y a otro en segunda.
Si ya tengo definido mi voto por el candidato "X" ¿Qué cambia si es en primera o segunda vuelta? En las dos debería votar por "X" y punto. Puesto a reflexionar sobre esta cuestión, sólo se me ocurren estas posibles respuestas al interrogante así planteado:
1.                        Inmadurez política y/o falta de cultura cívica.
2.                        El votante no cree en la polarización de candidaturas.
La respuesta numero 2 suena bastante poco creíble, si es que tenemos en cuenta el agudo grado de información política que existe en la actualidad en los medios masivos de comunicación, redes sociales, etc. y -por, sobre todo- en la experiencia de épocas pasadas, y de otros países, donde la regla ha sido -poco más o poco menos- la polarización de candidaturas en dos o tres partidos como máximo.
En Argentina no puede decirse ya que exista un sistema bipartidista como sucedía en el pasado donde la alternativa, sobre todo a partir de la irrupción en escena política del peronismo, era de estos o del radicalismo, dado que la UCR -en los hechos- se ha fragmentado a un punto tal que ya no es posible decir que configure un sólo partido político. Por otra parte, hemos insistido siempre que, desde la aparición del peronismo se instaló en la Argentina una única forma de gobernar, que se puede sintetizar en la palabra populismo, porque desde Perón en adelante todos los gobiernos lo hicieron siguiendo los lineamentos del populismo (obviamente en escalas que van del 1 al 100%, pues los sistemas puros de gobierno no existen) incluidos los militares que, más allá de su forma antidemocrática de acceder al poder, una vez en el mismo han debido adaptarse a la contracultura creada por Perón (que no pudieron, no supieron o no quisieron erradicar) y que ha logrado -tristemente- perdurar hasta la actualidad.
De tal suerte que, podemos decir siguiendo los lineamientos anteriores que, en el panorama político actual tenemos populismo de grado superlativo (peronismo y su variante K) y populismo de grado medio o bajo (representado por la coalición "Cambiemos" integrada por la UCR y la CC-ARI).
Esto excluye a las disyuntivas antipopulistas (liberales) y a los populismos extremos o ultrapopulistas ("izquierdas").
En otras palabras, el próximo teatro electoral se presenta -análogamente- como uno más bipartidista o más precisamente bi-populista, por llamarlo de alguna manera.
Ya nos hemos explayado mucho sobre las razones por las cuales no creemos que la secta creada por el matrimonio Kirchner tenga diferencias sustanciales con el peronismo de donde emergieron y dentro del cual nosotros los incluimos. Históricamente, y desde el derrocamiento de Perón, su partido siempre tuvo esas veleidades, ambigüedades y travestismos. En este sentido, el de los K es uno más de ellos. Por lo cual -reiteramos- que no existen diferencias. Ambos sumados son peronismo puro y duro.
Las aparentes "divisiones" del peronismo siempre han sido exactamente nada más que eso: aparentes. Forman parte de una antigua "estrategia" política que simula "fracturarse" con fines puramente electorales, y con el sólo objetivo de restar votos al candidato opositor (u oficialista en este caso puntual) para habilitar a una segunda vuelta (ballotage) e imponer a su candidato en ella.
Esta "estrategia" (chicana política en rigor) comenzó a utilizarse en 2003 en cuyas elecciones compitieron por la presidencia de la nación cuatro candidatos peronistas bajo distintas denominaciones, llegando a la paradójica situación que dos de ellos de la misma extracción partidaria (Menem y Kirchner) quedaron en condiciones de acceder a la segunda vuelta. Quien habilitó tal evento fue el presidente de ese entonces (Duhalde) a la sazón también miembro del mismo partido peronista. En otras palabras, entre ellos mismos trasladaron una interna partidaria a nivel nacional.
En las posteriores competencias electorales el peronismo ha repetido sucesivamente el mismo artilugio. Cuando finalmente uno de ellos logra obtener el poder, automáticamente todos los que antes "disentían" se alinean detrás del/la nuevo/a jefe/a, porque la doctrina "justicialista" es precisamente verticalista, con lo que cae la máscara de aparente "quebrantamiento" interno, que sólo se utilizó como estrategia (chicana) electoral.
En las próximas elecciones el peronismo estará repitiendo el mismo esquema brevemente descripto antes, si bien con otros candidatos. Esto así, porque la "lógica" de la doctrina peronista -desde su fundación y su líder máximo en adelante- ha sido y sigue siendo la del poder por el poder mismo, y en su consecución adhiere al método de que "El fin justifica los medios".
El problema real es que el espectro político actual, tanto peronista como no-peronista, en lo que coinciden ya sean los candidatos como los electores, concuerda en la aplicación de diferentes dosis de populismo (total, mayores o menores) a la acción de gobierno.
Y en una atmósfera semejante las opciones antipopulistas no tienen ninguna chance real siquiera de estar en condiciones de acceder a una segunda vuelta. No parece sensato ante similar cuadro de situación "rifar" el voto a presidente entre candidatos que sólo por medio de un milagro o acto de magia sobrenatural podrían llegar a arañar los números necesarios como para ingresar en un segundo lugar que los habiliten para competir en un eventual ballotage.
En cuanto a las funciones para presidente se refiere, entiendo que la opción más razonable es votar al que menos populismo nos ofrece y no al que declama implementarlo en forma absoluta y total, dado que estas son las dos únicas posibilidades que al momento se nos presentan con más perspectivas.
Distinta es la cuestión en materia legislativa. Aquí cambio el enfoque. Este es el lugar para votar todas las propuestas antipopulistas existentes. Y la misma solución, por supuesto, para los cargos provinciales y municipales. La coyuntura no admite otra vía.
Y tampoco luce razonable votar pensando en rectificar el voto en una segunda vuelta. Esto no consiste de ninguna manera una "estrategia" electoral, a mi modo de ver. Frente al contexto actual, se debe votar la candidatura a presidente (al menos) con la mira a un triunfo definitivo en la primera vuelta. No hacerlo así aseguraría prácticamente el lamentable retorno del populismo absoluto con todas las desastrosas consecuencias conocidas ampliamente por todos.

Cambio y consenso

Por Gabriel Boragina © No son ni el voto ni es la política los medios por los cuales se corre el eje del debate que permite la trans...