Industrialización

Industrialización

Individualismo, egoísmo, colectivismo y altruismo

Por Gabriel Boragina ©

 

Es sorprendente verificar como las ideas que tenemos sobre ciertas palabras que usamos muy a menudo en los debates, y hasta en la conversación diaria con personas conocidas, amigos y familiares, encuentran su génesis en pensadores tan antiguos que a veces desechamos con algún desdén como ‘’pasados de moda’’.

El carácter despectivo que se le dan a de ciertos vocablos los une de tal manera que llega un momento en que se los usamos como sinónimos. Y lo mismo sucede en sentido inverso con la significación virtuosa que se le otorga a los que se utilizan como sus antónimos. Así sucede con los léxicos individualismo, egoísmo, colectivismo y altruismo. Un análisis interesante al respecto es el que hace el filósofo ya citado antes por nosotros, K. R. Popper. Veámoslo en detalle:

 

‘’La palabra «individualismo» puede emplearse (de acuerdo con el Oxford Dictionary) de dos maneras diferentes: (a) en oposición a colectivismo y (b) en oposición a altruismo. No hay ninguna otra palabra para expresar el sentido registrado en primer término, pero sí para el segundo, por ejemplo, «egoísmo». Por esta razón, en todo Jo que sigue utilizaremos el término "individualismo» exclusivamente con el sentido definido en (a), reservándonos la palabra «egoísmo» para aquellos casos en que queramos expresar el sentido definido en (b). La tabla siguiente puede sernos de cierta utilidad:

 

(a) Individualismo

es lo contrario de

(a') Colectivismo

(b) Egoísmo

es lo contrario de

(b') Altruismo

 

Esos cuatro términos describen ciertas actitudes, exigencias, decisiones o iniciativas frente a los códigos de leyes normativas, Pese a su carácter esencialmente vago, considero que puede ilustrarse fácilmente su contenido mediante algunos ejemplos, dándoles la suficiente precisión para utilizarlos en lo que sigue.’’[1]

 

                Es frecuente que se diga que vivimos en una sociedad individualista y egoísta. Si paramos a alguien por la calle y se lo preguntamos, en un porcentaje muy cercano al 100 por ciento la respuesta será que así es efectivamente. Sin embargo, no es verdad, simplemente porque no se conoce la esencia de cada uno de los términos articulados. O mejor dicho, se confundirán las esencias, en virtud de lo que nos ha enseñado –según Popper- el filósofo griego Platón, discípulo de Sócrates.

Dicho concepto platónico ha sido aceptado -casi inadvertidamente- por todas las generaciones posteriores de todos los países del mundo.

Platón ganó prestigio como filósofo, y su autoridad como tal hace que muchas de sus tesis hayan sido adoptadas acríticamente, no sólo por filósofos posteriores sino por el pueblo, que normalmente se considera alejado de las meditaciones y elucubraciones filosóficas.

No solamente sucede con Platón. El mismo Popper nos explica que otro tanto ha ocurrido con Hegel y con Marx. Pero tampoco se agota la lista con estos tres trascendentes pensadores. Aunque al resto –de uno u otro modo- se los puede catalogar como discípulos -aun involuntarios o no conscientes- de aquellos tres.

‘’Comenzaremos por el colectivismo, puesto que nos he­mos familiarizado ya con esta actitud, a través del examen del holismo platónico. En el capítulo anterior citamos algunos pasajes como ejemplo de su teoría de que el individuo debe subordinarse a los intereses del todo, ya sea éste el universo, la ciudad, la tribu, la raza, o cualquier otra entidad colectiva. Veamos nuevamente uno de esos pasajes, pero de forma más completa: «La parte existe en función del todo, pero el todo no existe en función de la parte... El individuo ha sido creado en función del todo y no el todo en función del individuo». Ese pasaje no sólo ilustra acabadamente el holismo o colectivismo, sino que encierra también una fuerte atracción emocional, que Platón, por cierto, conocía (como puede inferirse del preámbulo al pasaje). Esa atracción obra sobre diversos sentimientos, por ejemplo, el deseo de pertenecer a una tribu o a un grupo; y uno de sus factores es la atracción del altruismo en oposición al egoísmo. ’’[2]

                No es posible negar que ese pensamiento de Platón sea indudablemente muy actual, y que en un lenguaje quizás algo más sofisticado sea el que se sostiene en las sociedades de hoy en día, más en unas que en otras, pero de modo general en casi todas, lo que impide afirmar que nuestras sociedades sean ‘’individualistas’’ o cosa semejante.

El colectivismo obra en el sentido de destruir la seguridad individual. Como la naturaleza aborrece el vacío, ese principio también se cumple en el ámbito humano, y la tendencia es que, así como se desmorona la seguridad individual la naturaleza humana tiene que reemplazarla con otro tipo de ‘’seguridad’’, y ante ello se rinde a la ‘’seguridad’’ que le brinda la manada (la que en realidad no es tal).

                Esa ‘’seguridad’’ ficticia toma el lugar de la individual y convierte al individuo en una pieza más del engranaje colectivo, y -como tal- no puede actuar si no es de consuno con lo que los demás piensan, opinan o mandan. En realidad, no ‘’pierde’’ su individualidad sino que la diluye dentro del grupo.

Pero, en última instancia, como siempre hemos insistido, como la naturaleza individual del ser humano fluye de manera constante por más ahogada que se encuentre, esa manada termina siguiendo y cumpliendo las directivas que emanan de una sola persona que es el líder del grupo, a cuyas ideas y mandatos debe adherir el resto, sea por convicción o por obligación. Es así como, los miembros del clan se sienten seguros solamente si tienen la ‘’seguridad’’ que el grupo los acepta.

                El súbdito cree estar cumpliendo con la voluntad del ‘’todo’’ pero, en contexto, lo intuya o no, está sometiéndose a la del líder del grupo. El hecho de necesitar un referente concreto en otra persona distinta a él revela su naturaleza individual. Con lo que el individualismo siempre termina –aunque fuere en el plano subconsciente- imponiéndose por sobre el colectivismo. Lo verdadero se impone sobre lo falso.

Se inyecta en las mentes la fantasía de que el mejor y único intérprete de la verdad es el colectivo. Entonces, todo lo que el individuo piense por sí mismo estará impregnado de error, y para conocer ‘’la verdad’’ deberá acudir a la manada. Esta es la ‘’lógica’’ colectivista.


[1] K. R. Popper. La sociedad abierta y sus enemigos. Paidós. Surcos 20. pág. 115-116

[2] K. R, Popper. Ibídem. Pág. 115-116

 

Orígenes del colectivismo

Por Gabriel Boragina ©

 

En realidad, el origen del colectivismo se pierde en ‘’la noche de los tiempos’’ como quien dice. Pero uno de sus primeros defensores, quizás el más conocido pero no el único, fue –en la opinión del filósofo vienés K. R. Popper, el filósofo griego Platón, el más famoso discípulo de Sócrates. En sus propias palabras:

‘’A mi juicio, el holismo platónico se halla íntimamente relacionado con el colectivismo tribal de que hablamos en capítulos anteriores. No debemos olvidar que Platón añoraba permanentemente la perdida unidad de la vida tribal. Una vida en perpetua transformación, en medio de una revolución social, le parecía carecer de realidad. Sólo un todo estable -la colectividad que permanece- posee realidad, y no los individuos caducos. Así, es «natural» que el individuo se someta al todo, que no es tan sólo la suma de muchos individuos, sino una unidad «natural» de orden superior. ’’[1]

Es difícil saber qué tipo de ‘’realismo’’ encontraba Platón en el ‘’todo’’. La misma palabra -sin referencia concreta a ninguna otra cosa- no denota más que la más pura abstracción.

La realidad desde lo tangible es la individualidad y no la totalidad en abstracto. La tribu -creía Platón- tenia ‘realidad’’ propia como un ente separado y por encima de los individuos que lo componen. Notemos que es la misma idea que actualmente se posee respecto de aquello que se llama ‘’el Estado’’ (con mayúscula inicial) y que -como también explica Popper- primero Hegel y después Marx contribuyeron a reforzar aquella idea platónica, tratando de convertir lo que no era y es más que una construcción mental en una realidad vital.

Resulta claro que, en la tribu el individuo era nada respecto del todo que representaban los demás miembros del grupo pero, en especial, del jefe de la tribu, ello hasta el punto que ese líder llegaba a representar a la tribu misma, y no sólo hablaba sino que hasta pensaba por ella. Nada podía hacerse sin la autorización del grupo cuya última palabra residía en el cacique. Platón veía en esa estructura una ‘’virtud’’ y fueron Hegel y Marx los que trasladaron esa misma ‘’virtud’’ a la figura del estado-nación.

La idea antropomórfica de estado/gobierno se ha aceptado masivamente, y no hay prácticamente persona alguna que no se refiera a dicha entelequia como una ‘’realidad’’ viva siendo de la esencia del colectivismo. El individualismo ha caído en desgracia, y salvo un breve periodo (visto en perspectiva histórica) que puede fecharse entre fines del siglo XVII y principios del siglo XX no volvió -hasta el día de la fecha- a recuperar la posición de privilegio que supo ostentar en aquellos tiempos.

Hoy en día, la palabra individualista es un insulto como lo era en la época en que Popper escribía. Esto -ya de por sí- importa un vigoroso triunfo del colectivismo por sobre el individualismo que refuta a todos aquellos que insisten que vivimos en una sociedad individualista. ¡Ojala fuera ello así!

Pero el pensamiento de Platón nos revela mucho acerca de los orígenes del colectivismo, para el cual ‘’Una vida en perpetua transformación’’ constituía una amenaza, una anomalía social que debía evitarse, y de presentarse, combatirse. ¿Por qué? En el fondo muy simple: porque si la vida esta ‘’en perpetua transformación’’ no puede ser controlada por el poder de turno. Y ello aunque Platón no era explícito en el punto.

 Esta idealización de la colectividad como si tuviera corporeidad está plenamente vigente en nuestro tiempo y, por lo que parece, se la debemos a Platón y sus discípulos.

Pero -insistamos- conceptos tales como colectividad, colectivismo, estado, nación, gobierno, sociedad, comunidad, son sólo eso : abstracciones imaginarias, cuya realidad nada más reside en nuestras mentes, ya que son invisibles, incorpóreos, y no pueden ser percibidos por los cinco sentidos.

La estabilidad que anhelaba Platón y los colectivistas modernos era, en realidad, lo que confundían con uniformidad y de tal modo impedía que un individuo sobresaliera sobre el resto porque, de hacerlo, resultaba claro que el hecho rompía la estabilidad del grupo. Pero esto entraba en contradicción con la aparición del líder del colectivo. La colectividad –no obstante- es una idea, un mero concepto, que sólo permanece en nuestras mentes sin existencia externa visible, ni olfativa, ni gustativa, ni audible, ni táctil. Es corpóreamente pues pura fantasía. Su realidad es solamente mental.

Lo real es que ese ‘’todo’’ sólo tomaba efectiva existencia en otra u otras personas iguales en su personalidad e individualidad al resto de los miembros del grupo, pero con la sola distinción de considerarse por encima de los demás miembros, ya sea por reconocimiento de los mismos integrantes o por imposición del que se asumirá como ‘’superior’’ y con título suficiente como para comandar a los demás.

Lo único que permanece de la colectividad es la palabra colectividad. Luego, en la vida real, todo es mutable, lo que incluye claro está, a los individuos que componen ese imaginario social que denominamos colectividad.

No hay nada de ‘’natural’’ –entonces- en ‘’que el individuo se someta al todo’’ porque ese ‘’todo’’ como realidad física no existe, excepto ‘’tan sólo [como] la suma de muchos individuos’’ que es lo que Platón negaba.

Es por todo lo que hemos venido reseñando arriba que el colectivismo no es más que una manifestación del primitivismo más crudo. Algo esencialmente retrogrado. El movimiento de masas descripto por José Ortega y Gasset en La rebelión de las masas.

Ese colectivismo es el que proclama como una ‘’virtud’’ que el individuo debe sacrificarse por el ‘’bien común’’, cuando ese ‘’bien común’’ se iguala con el ‘’todo’’ de Platón. Y, en última instancia, tanto el ‘’bien común’’ colectivista como su ‘’todo’’ no son más que el bien particular de su o sus líderes, quienes terminan identificándose a sí mismos, o equiparados por sus seguidores, como la personificación de ese ‘’todo’’ o ese ‘’bien común’’.

Ese sometimiento que pedía Platón no era a un grupo o una tribu sino al líder de la tribu al que se le debía obediencia por tomárselo como la encarnación del espíritu de la tribu. En suma, la teoría platónica no consistía más en este aspecto que una justificación a la tiranía.


[1] K. R. Popper. La sociedad abierta y sus enemigos. Paidos. Surcos 20. pág. 95

 

El colectivismo y la destrucción moral

 Por Gabriel Boragina ©

 

Hemos hecho –como nuestros lectores saben- muchos análisis del colectivismo desde el punto de vista económico y político, pero quizás el más importante lo ha realizado el fenomenal premio Nobel en Economía F.A. v. Hayek, en uno de sus libros más importantes de todos los tiempos y que citaremos a continuación, en donde, sin descuidar esos aspectos, se concentró con especial énfasis en los efectos letales que tiene el colectivismo para la moral individual.

En el párrafo que vamos a transcribir, se refería con especial atención al pueblo británico, pero estos conceptos son aplicables -en nuestra opinión- a cualquier otro de cualquier parte del mundo.

Y nos dice así que:

"Hay un aspecto en el cambio de los valores morales provocado por el avance del colectivismo que ahora ofrece especial alimento para la meditación. Y es que las virtudes que cada vez se tienen menos en estima v que, consiguientemente se van enrareciendo son precisamente aquellas de las que más se enorgullecía, con justicia, el pueblo británico y en las que se le reconocía, generalmente, superioridad. Las virtudes que el pueblo británico poseía en un grado superior a casi todos los demás pueblos, exceptuando tan sólo algunos de los más pequeños, como el suizo y el holandés, fueron independencia y confianza en sí mismo, iniciativa individual y responsabilidad local, eficaz predilección por la actividad voluntaria, consideración hacia el prójimo y tolerancia para lo diferente y lo extraño, respeto de la costumbre y la tradición y un sano recelo del poder y la autoridad. La energía, el carácter y los hechos británicos son, en una gran parte, el resultado del cultivo de lo espontáneo. Pero casi todas las tradiciones e instituciones en las que el genio moral británico ha encontrado su expresión más característica y que, a su vez, han moldeado el carácter nacional y el clima moral entero de Inglaterra, son aquellas que el avance del colectivismo y sus inherentes tendencias centralizadoras están destruyendo progresivamente."[1]

Hoy -a la distancia del tiempo- podemos afirmar que esas cualidades, que Friedrich A. von Hayek advertía que el pueblo británico iba perdiendo en virtud de la acción corrosiva del colectivismo, casi han desaparecido por completo de la faz de la tierra

Esto indica claramente que el colectivismo comienza actuando a nivel individual, destruyendo tales integridades y luego se va extendiendo, de persona a persona, como una mancha de aceite hasta abarcar cada vez más numerosos grupos sociales y terminando por afectar a toda la sociedad de manera completa.

En nuestro continente lo notamos, y esta tan ampliamente extendido que ya a casi nadie le parece algo extraño y lo peor, malo o perverso.

La responsabilidad individual y el orgullo que ella representaba para quien la ostentaba es -hoy en día- un artículo de museo social. La independencia individual ha sido reemplazada por la dependencia estatal. Cada vez son más las personas que anhelan tener un dueño de quien depender, y esto da pábulo al paternalismo estatal.

Las estadísticas más difundidas revelan que la generalidad de los jóvenes anhela conseguir un empleo en la administración pública, o cualquier otra repartición estatal. Los empleos que se buscan en el sector privado son cada vez más escasos. Esto se debe al avance del estatismo en casi todos los campos.

En lo económico la intervención estatal ha ido carcomiendo la iniciativa privada. Recordemos la enseñanza del maestro Ludwig von Mises: cada dólar que gasta el gobierno es un dólar menos en el bolsillo de la gente. Esta breve pero medulosa lección tiene implicancias muy profundas. Explica que la expansión estatal ocasiona invariablemente una contracción -de la misma proporción- en la actividad privada.

En definitiva la conclusión a la que se arriba siguiendo estas verdades es que toda crisis económica tiene como precedente una crisis moral. Y esto es precisamente lo que consigue el colectivismo. Es su fruto natural.

Es cierto que, la palabra colectivismo está siendo desusada en nuestro medio, pero no debemos olvidar que de él derivan los populismos (término hoy más frecuente) en sus diversas variantes ya estudiadas: el socialista, el fascista y el nazista. Puede decirse que el más extendido de los tres hoy en día es el fascista.

Su éxito ha consistido en algo que, a la vez es –paradójicamente- muy obvio para los estudiosos y muy poco evidente para la mayor parte de la gente.

Consiste en que, mientras parece respetarse la propiedad privada, en realidad, tal respeto es sólo aparente, dado que se trata meramente de una propiedad nominal que oculta tras su fachada el hecho cierto que esa propiedad, en contexto, esta siendo detentada por el gobierno/estado. Por eso mismo, por ser tan poco obvio para las grandes masas, el fascismo ha logrado infiltrarse en la gran parte de las legislaciones del mundo como lo es en la Argentina.

En su mérito, va siendo hora que retomemos el uso del vocablo y continuemos explicando cuales son todas sus derivaciones nefastas. Porque este es un problema que continua afectando a nuestras sociedades y -por lo tanto- a sus economías.

Sin embargo, notemos que F.A. v. Hayek también indica que esas virtudes no estaban extendidas en el mundo, ya que sólo cita tres pueblos que las destacaban: el suizo, el holandés y el británico. Y los caracteriza por el tamaño. Por eso, el británico era donde tales cualidades encontraban su más amplia extensión. Y eso lo hacía admirable. Hoy en día, las cosas resultan diferentes, y la visión de F.A. v. Hayek tornaba sus palabras en cuasi proféticas. Ya que aun en esos pueblos el colectivismo ha hecho sus estragos. Con todo, suizos y holandeses siguen siendo los menos perjudicados por su avance arrollador.

La confianza en sí mismo ha sido desplazada por la confianza en esa entidad abstracta y etérea que es el estado/gobierno. Todo o casi todo se espera de él, cuando detrás de esa máscara no hay más que personas comunes, muchas de ellas con un nivel muy bajo de educación y cultura, pero dotadas de ese gran poder mítico que le otorgan los votos o el poder por el poder mismo.


[1] Friedrich A. von Hayek, Camino de servidumbre. Alianza Editorial. España. pág. 259-260

 

El fin de la ley y la moralidad e inmoralidad del Estado

Por Gabriel Boragina ©

Fueron muchos los autores que han insistido en el importante papel que cumplen las leyes en el diseño de la sociedad. Por mi parte he destacado que las leyes son el resultado más que la causa de ese diseño, en última instancia.

Si se quiere conocer la cultura predominante en una sociedad determinada, una guía o factor preponderante es su estructura legal, aspecto del cual hasta los juristas -salvo excepciones- no son plenamente conscientes.

Las legislaciones en general se han vuelto más y más intervencionistas con el curso de los tiempos. Podemos decir que el camino al socialismo esta pavimentado por el número de leyes que tenga una sociedad específica. La ley ya -en si misma- implica una intervención en una relación ajena al legislador, porque afecta a terceros, aunque el legislador pueda –eventualmente- quedar incluido en ese efecto que la ley -que el mismo promulga- tendrá a futuro. A veces ese efecto es inmediato y directo, como sucede con las leyes destinadas aumentar las dietas de los propios legisladores.

Un alto número de leyes es mal indicio contra las libertades, porque toda ley implica la regulación o control de lo que sea objeto de esa ley. Si a ello se le agrega el contenido de la ley, cuanto más interfiere en las libertades individuales estará indicando una mentalidad más estatista de sus legisladores, y si recordamos algo que perdemos de vista muy a menudo y es que los legisladores son elegidos por el pueblo tenemos la respuesta a la pregunta de cuán estatistas o liberales son las personas de ese país, zona, región, estado o ciudad.

El grado de detallismo de la ley implica acotar el margen de maniobra de las personas individuales y ampliar el de los órganos legislativos y la esfera de poder gubernamental.

Si hay alguien quien explica claramente este problema es el premio Nobel de Economía F. A. v. Hayek cuando nos dice:

 

"Cuando al hacer una ley se han previsto sus efectos particulares, aquélla deja de ser un simple instrumento para uso de las gentes y se transforma en un instrumento del legislador sobre el pueblo y para sus propios fines. El Estado deja de ser una pieza del mecanismo utilitario proyectado para ayudar a los individuos al pleno desarrollo de su personalidad individual y se convierte en una institución «moral»: donde «moral» no se usa en contraposición a inmoral, sino para caracterizar a una institución que impone a sus miembros sus propias opiniones sobre todas las cuestiones morales, sean morales o grandemente inmorales estas opiniones. En este sentido, el nazi u otro Estado colectivista cualquiera es «moral», mientras que el Estado liberal no lo es."[1]

 

Esos efectos particulares son los que el legislador quiere y no los que quiere la gente, pero hay aquí algo muy importante que hay que advertir: en la medida que la gente acepte y cumpla con esa ley estará hacienda suyos esos instrumentos y fines que el legislador -en primera instancia- impone.

El grado de aceptación de las leyes por parte de sus destinatarios implica la conversión de los fines del legislador en los fines de aquellos que acepten la ley como receptores. Desde este punto de vista, una ley puede ser una herramienta de opresión para la sociedad admitida por esa sociedad de manera pasiva al obedecer esa ley. Esto, naturalmente, se multiplica por la cantidad de leyes que sean promulgadas en ese ámbito social.

Aunque, sin duda, no cuestionamos la indiscutible autoridad intelectual del fenomenal economista austriaco discípulo de Ludwig von Mises, la cual no estamos en condiciones, ni de rebatir, ni de controvertir, a la luz de nuestros tiempos, tenemos dudas respecto del "estado" como "pieza del mecanismo utilitario proyectado para ayudar a los individuos al pleno desarrollo de su personalidad individual"

Creemos, más bien, que lo que pueda hacer el estado-nación en favor de ese desarrollo individual es bastante poco, y que cuando más se empeña en promover ese desarrollo individual más son contrarios los resultados que obtiene en ello.

Un caso a cuento, es la proliferación de planes sociales, subsidios, subvenciones de todo tipo que abundan en casi todas las legislaciones a nivel mundial, pero con mayor relieve en los países subdesarrollados como son los de Latinoamérica y -en particular- en Argentina.

Son crecientes con cada cambio de gobierno, sea del signo ideológico que fuere. Raros son los candidatos que prometen su reducción, y más extraños son los que directamente digan claramente que conviene su eliminación total. Hasta los aspirantes a cargos públicos que se dicen a sí mismos "libertarios" vacilan, son ambiguos o contradictorios en el tema, y exigidos por la prensa definirse por el tema optan por negar su eliminación o siquiera reducción en el caso de que sean triunfantes en las elecciones.

En el fondo, no dudan en que -en su rol de legisladores- deberán apoyar las leyes de "ayuda social” o asistenciales aunque (en el plano teórico y del discurso) hayan enfatizado que tales subvenciones son antiliberales y regresivas. Pero, por unos votos pueden pasar sin dificultad de lo políticamente incorrecto a lo correcto. Es triste escucharlos.

De esa manera, van aceptando –consciente o inconscientemente, aunque más de lo primero que de lo segundo- el rol del estado/gobierno como institución "moral" a la que se refiere el eminente pensador austriaco. Es más, se suman a esa idea y, una vez en el mando, van cimentando esa "moralidad" forzada que tratan de imponer a los demás.

Hay entonces un efecto de retroalimentación entre la sociedad y sus directores, donde cobran especial relieve los políticos que necesitan de los votos de esa sociedad para poder llegar al poder y desde allí asignar los diseños que prefieran, que no podrán ser muy diferentes -no obstante- a los ya aceptados por la cultura del lugar donde se aspire a ejercer esa autoridad.

En esos estados-naciones, vivir al margen de ese tipo de leyes "morales" es un signo de salud cívica y de independencia individual en contra de la corriente que el legislador quiere aplicar a los demás.


[1] Friedrich A. von Hayek, Camino de servidumbre. Alianza Editorial. España. pág. 109-110

 

Individualismo, egoísmo, colectivismo y altruismo

Por Gabriel Boragina ©   Es sorprendente verificar como las ideas que tenemos sobre ciertas palabras que usamos muy a menudo en los de...