Bastiat y la competencia (2° parte)


Por Gabriel Boragina ©

Dado que para Bastiat competencia y libertad son sinónimas, les da a ambas el mismo tratamiento.
"¿Y qué es la competencia? ¿Es ella un ente que existe y actúa por sí mismo, como el cólera? No, la competencia sólo consiste en la ausencia de la opresión. En todo lo que me concierne, quiero elegir por mí mismo, y no quiero dejar a nadie elegir por mí y contra mi voluntad; y si alguien quiere poner su juicio en lugar del mío en mis propios asuntos, yo también me arrogaré el derecho inverso."[1]
Bastiat identifica la competencia con el proceso de selección y de elección que hace cada individuo, y esta parece ser la razón por la cual la asimila plenamente a la libertad, dado que la libertad permite optar a una persona entre diferentes alternativas. No obstante, la elección puede ser no elegir, con lo cual no se altera el principio básico, por el que el individuo siempre elige, aun cuando elige no elegir ninguna otra cosa. Desde este punto de vista, parece que la competencia que describe nuestro autor la ve entre las diferentes alternativas de elección del agente. Alternativas que se reducen -e incluso desaparecen- si el que elige por él es otra persona. Pero el punto no es tan claro como lo presenta nuestro autor. Dado que, por ejemplo, el preso que carece -por supuesto- de libertad, siempre orientará sus acciones futuras a salir de prisión, sea escapando o por otros medios legales.
"¿Tenemos alguna garantía de que entonces las cosas irán mejor? Está claro, la competencia es la libertad. El que destruye la libertad de obrar, destruye la posibilidad y la capacidad de elegir, de juzgar, de comparar, mata la inteligencia, el pensamiento, en una palabra, mata al hombre. En eso acaban los planes de nuestros modernos reformadores del mundo; para mejorar la sociedad empiezan destruyendo al individuo, con el pretexto de que de él proceden todos los males, ¡como si él no fuera también el origen de todo lo bueno!"[2]
Aquí Bastiat lo presenta mucho más claro, explicando en que consiste esa asimilación de competencia con libertad y viceversa. Quizás quiera decir que frente al individuo (Bastiat lo ejemplifica en su propia persona) hay diversas alternativas que compiten entre sí por su atención y que, potencialmente, podrían cubrir sus necesidades. Pero que de estas diferentes ofertas sólo efectivamente podría decirse que están en competencia entre sí, si el sujeto actuante tiene la libertad de elegir entre ellas. Si, en cambio, el individuo carece de esa posibilidad de elección, recayendo en un tercero el acto de elegir por él, entonces, en este supuesto no hay competencia alguna, porque se le despoja de la libertad de elección. La reflexión recuerda al paternalismo gubernamental plasmado en figuras como el "estado benefactor" o también llamado "de bienestar", en el cual sucede algo similar: donde el burócrata sea arroga por el individuo la capacidad de elegir por él qué consumir, cuándo, dónde, cómo y en qué proporciones o cantidades. Si hay uno o más oferentes y demandantes, pero ninguno de ellos tiene la posibilidad de elegir a quién comprar y a quién vender, es obvio que no hay competencia.
"Hemos visto más arriba que en el cambio se compensan prestación y contraprestación. En el fondo, cada uno de nosotros tiene en este mundo la responsabilidad de proveer mediante su esfuerzo sus necesidades. Así, si una persona nos ahorra un trabajo, nosotros, a nuestra vez, también debemos ahorrarle uno: nos entrega un bien que es el resultado de su esfuerzo; por tanto, nosotros debemos obrar con ella de la misma manera."[3]
Este pasaje nos recuerda la formulación de la Ley de Say, por el cual "toda oferta crea su propia demanda". Bastiat parece influido por la teoría del valor-trabajo o del costo de producción, ya que, como vemos, nos habla del intercambio del producto de un trabajo por el resultado de otro trabajo. Remarca las palabras esfuerzo y trabajo. Al menos hasta aquí todavía no advertimos un anticipo al descubrimiento de los autores marginalistas respecto de la teoría del valor. En principio, nos enseña que no hay nada gratis en la vida, y que somos -en primera instancia- los responsables directos de proveer a nuestras propias necesidades. No obstante, ello no implica en absoluto autoabastecernos de todo aquello que necesitamos, lo que -por otra parte- seria humanamente imposible.
"¿Pero quién debe hacer el ajuste? Ya que entre estos mutuos esfuerzos, trabajos y prestaciones debe haber necesariamente un ajuste a fin de llegar a la equidad y la justicia - a menos que queramos estatuir como regla la injusticia, la desigualdad, el azar; o sea, cualquier cosa menos el juicio humano. ¿Quién debe ser, pues, el juez? ¿No es natural que en cada caso particular las necesidades sean juzgadas por los que las sienten, los medios para su satisfacción, por los que los buscan, los esfuerzos, por los que los intercambian?"[4]
Plantea Bastiat aquí el tema del "cambio justo" o "justo precio" y parece querer decir que el mismo debe surgir de entre las propias partes que intercambian, y no de un tercero como puede ser el gobierno ("autoridad social"). A primera vista, pareciera que el punto tratado se aleja del eje central del artículo que es el de la competencia. Pero bien examinado, no es de este modo. Las partes, al buscar un intercambio pujan entre sí (compiten) por obtener el mejor producto al precio más bajo posible. Hay, por fin, una competencia de tipo binario, en tanto esta se desata entre un producto y el dinero necesario para adquirir el mismo. Tanto el dinero como el producto pueden ser ofertados y demandados por una o más personas. Según como sea cada caso, se hablará de competencia unilateral, multilateral, binaria, etc.
La equidad y la justicia es aquello que las partes juzgan justo y equitativo, ya que, si no lo consideraran de este último modo, no harían el intercambio que tienen en mira realizar. 

[1] Frédéric Bastiat "LIBERTAD COMO COMPETENCIA". Este artículo pertenece a su libro "Armonías Económicas", publicado en el año 1849.
[2] Bastiat, Frédéric. ibidem
[3] Bastiat, Frédéric. ibidem
[4] Bastiat, Frédéric. ibidem

Bastiat y la competencia


Por Gabriel Boragina ©

Hay autores que -en el tiempo- nos producen admiración por su agudeza de observación intelectual y su perspicacia. Uno de esos extraordinarios ejemplos es el de Frederic Bastiat, cuya asombrosa pluma supo combinar una suspicacia brillante con una fina ironía y, de paso, nos revela la antigüedad de los debates que -aun hoy día en nuestra época- acaloraron los ánimos más exaltados. Uno de esos temas (que en nuestro tiempo seguimos discutiendo casi en los mismos términos en que Bastiat los plantea) es el de la competencia. Veamos:

"En todo el léxico de la economía política no hay otra palabra que haya provocado más la ira de los modernos reformadores del mundo que: la competencia, o como se la suele determinar con mayor precisión para hacerla más odiosa, la competencia anárquica. ¿Qué significa competencia anárquica? No lo sé. ¿Qué se quiere poner en su lugar? Lo sé menos aún. Oigo, es cierto, que me gritan: ¡Organización! ¡Asociación! ¿Pero qué quiere decir eso? Debemos entendernos de una vez por todas. ¡Debo saber perfectamente qué clase de autoridad estos escritores quieren ejercer sobre mí y sobre todo el mundo! Porque, en efecto, yo reconozco sólo una, la de la razón."[1]

Hoy en día -y si bien aún se habla de la competencia "anárquica" como en tiempos de Bastiat- se ha popularizado otra que -al fin de cuentas- viene a ser equivalente: competencia "salvaje". Respecto de ambas, podríamos formularnos los mismos interrogantes que se hacía Bastiat en su época.  No obstante, las preguntas que se plantea a si mismo Bastiat, son meramente retóricas. Él sabía muy bien a que se referían aquellos que acusaban a la competencia de "anárquica". Hoy se sigue contendiendo a la "anarquía del mercado" como si este fuera una entelequia sin gobierno alguno ni control de ninguna índole. Conforme nos explica Bastiat, la misma idea era la que campeaba entre sus contemporáneos, lo que nos permite advertir los antecedentes remotos de las aspiraciones colectivistas y dirigistas. Bastiat lo expresa con su acostumbrado lenguaje vívido:

"¡Adelante! ¿quieren privarme de mi derecho a valerme de mi juicio cuando se trata de mi propia existencia? ¿Quieren impedirme evaluar por mí mismo la retribución que me corresponde por mis servicios? ¿Quieren obligarme a obrar como a ellos les agrade, y no como a mí me parezca? Si me dejan mi libertad, sigue en pie la competencia. Si me la quitan, no soy más que su esclavo."[2]

Bastiat identifica la libertad con la competencia. Para él se tratan de sinónimos. A tal punto que nos dice que si se elimina la competencia se pierde la libertad y nos convertimos en esclavos. Esto es de suma actualidad en tiempos presentes donde -como gran novedad- se dictan profusas legislaciones con el título ostentoso de "defensa de la competencia". Bastiat seguramente nos diría que defender la competencia es no otra cosa que defender la libertad. Pero ¿es que acaso existe la necesidad y alguna ley que defienda la libertad más allá de lo que la propia Constitución política de un país pueda reconocer? Paradójicamente, el análisis de los textos legales que dicen tener como objetivo la "defensa" de la competencia nos permiten ver que, de aplicarse obtendrán el resultado inverso: el ataque abierto a la competencia y la disminución paulatina de la misma. 

"La asociación, dicen, será libre y voluntaria. ¡Magnífico! - pero entonces cada asociación guardará con las demás la misma relación que hoy guardan los individuos entre sí, y seguiremos teniendo la competencia. - La asociación será universal -. Eso ya pasa de broma. La competencia anárquica hunde en la miseria a la sociedad humana, y para remediar este mal, ¿hemos de esperar hasta que todos los seres humanos, franceses, ingleses, chinos, japoneses, cafres, hotentotes, lapones, patagones, se avengan en someterse a una de las formas de asociación inventadas por vosotros?"[3]

Plantea aquí Bastiat lo que se podría afirmar como una verdad de Perogrullo. Si las asociaciones que se proponen serán libres y voluntarias, entonces no hay nada que objetar, porque -por carácter transitivo- se regularán por si mismas, de análoga manera que los individuos espontáneamente se regulan por si mismos en sus relaciones con sus semejantes. Y, de idéntico modo que cada individuo compite con su semejante (lo quiera o no) cada asociación competirá con la otra. Será bueno recordar en este punto que la competencia -como ya lo sabía Bastiat- es un fenómeno inexorable de la naturaleza, que viene dado en razón de otro hecho innegable: el de la escasez de los recursos económicos en relación a las necesidades humanas. Nos vemos obligados a competir por dichos recursos, por la sencilla razón de que en la naturaleza no existe nada en cantidades suficientes para todo el mundo.
Bastiat ironiza en la cita con respecto a la contradicción entre la idea de una asociación universal que -a la vez- fuera "libre y voluntaria". Resulta obvio que si se pretende que sea universal esto se opone a tal presumida libertad y voluntariedad de ingreso y de salida.

"Pero que andéis con ojo: con eso confesáis que la competencia no puede destruirse; ¿y querréis acaso afirmar que un fenómeno indestructible, es decir, que pertenece a la naturaleza misma de las cosas, pueda ser un mal?[4]

Tal vez en este párrafo Bastiat se refiera implícitamente a la cuestión de la escasez a la que hicimos alusión más arriba. Nosotros (en otra parte) hemos diferenciado la competencia como un hecho y como un derecho. Bastiat, no obstante, parece estar hablando de la primera. Brevemente, nuestra idea al hacer tal distinción es que la competencia -sin perjuicio de ser un hecho infalible de la naturaleza- cuando se circunscribe al campo humano se torna en un derecho, no creado por la ley, sino reconocido por ella. Como un hecho de la naturaleza, la competencia no puede ser tenida por un mal, ni tampoco como un bien, dado que con ello entraríamos en un plano ético o jus-valorativo, propios precisamente de la ética o bien del derecho, donde si caben esas valoraciones.

1 Frédéric Bastiat "LIBERTAD COMO COMPETENCIA". Este artículo pertenece a su libro "Armonías Económicas", publicado en el año 1849.
[2] Bastiat, ibidem.
[3] Bastiat, ibidem.
[4] Bastiat, ibidem.

Menger y los bienes económicos


Por Gabriel Boragina ©

"Así pues, la economía humana y la propiedad tienen un mismo y común origen económico, ya que ambos se fundamentan, en definitiva, en el hecho de que la cantidad disponible de algunos bienes es inferior a la necesidad humana. Por consiguiente, la propiedad, al igual que la economía humana, no es una invención caprichosa, sino más bien la única solución práctica posible del problema con que nos enfrenta la naturaleza misma de las cosas, es decir, la antes mencionada defectuosa relación entre necesidad y masa de bienes disponibles en el ámbito de los bienes económicos."[1]
En otras palabras, nos dice Menger que la economía y la propiedad nacen en forma simultánea de un único fenómeno causal: el de la escasez de bienes. Notemos que dice "algunos bienes", dado que los bienes libres también satisfacen necesidades, pero estos últimos no interesan al estudio de la economía; solo los bienes escasos esto es los bienes económicos son relevantes a nuestra ciencia. En abierto desafío a las teorías socialistas que expresan lo contrario, el genial Menger nos explica que la economía y la propiedad que aparecen al unísono no son fruto de capricho humano. Por el contrario, economía y propiedad aparecen como la única y exclusiva solución viable para paliar la realidad de la escasez de bienes en relación a la necesidad que existe de ellos. Va de suyo que, si las necesidades fueran inferiores a la cantidad existente de bienes desatinadas a satisfacerlas, ni la economía ni la propiedad hubieran sido necesarias, ergo, ni siquiera hubieran aparecido.
"Por esto mismo, es también imposible eliminar la institución de la propiedad sin eliminar al mismo tiempo las causas que llevan forzosamente a ella, es decir, sin multiplicar al mismo tiempo las cantidades disponibles de todos los bienes económicos hasta tal punto que pueda quedar realmente cubierta la necesidad de todos los miembros de la sociedad o sin disminuir hasta tal extremo les necesidades de los hombres que los bienes de que de hecho disponen basten para cubrir aquellas necesidades.
Si no se consigue un equilibrio de este tipo entre necesidad y masa disponible, un nuevo orden social podrá conseguir, sin duda, que sean otras personas —en vez de las actuales— las que pueden utilizar las cantidades disponibles de bienes económicos para la satisfacción de sus necesidades, pero nada ni nadie podrá impedir que siga habiendo personas cuyas necesidades de bienes económicos no son cubiertas, o lo son incompletamente, y frente a cuyas siempre posibles acciones violentas tendrán que ser defendidos los nuevos propietarios. La propiedad, en el sentido mencionado, es, pues, inseparable de la economía en su forma social y todos los planes de reforma social sólo pueden tender, si quieren ser razonables, a una distribución adecuada de los bienes económicos, no a la supresión de la institución de la propiedad."[2]
Reafirmando que la propiedad surge de la escasez de bienes suficientes para satisfacer las necesidades humanas, Menger contesta a quienes postulan la abolición de la propiedad explicándoles que la única manera de lograrlo es multiplicando la totalidad de los bienes existentes en tal extensión que permita cubrir perfectamente todas las necesidades humanas. Alude –recordemos- a bienes económicos como sinónimo de bienes escasos. La otra manera por la cual podría llegarse a la supresión de la propiedad sería operando en forma inversa, es decir reduciendo todas las necesidades de todas las personas hasta un punto tal que solamente queden las necesidades que puedan ser cubiertas con la cantidad total de los bienes existentes hasta ese momento. Exclusivamente en estos dos casos, o sea, logrando estos objetivos, la propiedad podría llegar a desaparecer. Va de suyo la imposibilidad fáctica de ambas hipótesis, pese a que no han faltado experimentos en la historia económica en los que se haya intentado tanto un extremo como el otro, y en donde los fracasos en dicho sentido no han dejado de ser recurrentes.
Seguidamente, apunta Menger que de no poderse obtener ninguno de los dos objetivos antes esbozados, lo único que le queda a quien aspira a suprimir la propiedad es a despojar a los actuales propietarios de sus bienes económicos para entregárselos a lo no propietarios, con lo cual quienes pasarán a satisfacer todas sus necesidades serán los nuevos propietarios, en tanto los anteriores expoliados propietarios pasarán a padecer de las mismas necesidades que antes sufrían los ahora nuevos "propietarios". Como sabemos, esto es lo que en la práctica ha hecho siempre el socialismo: un simple pasaje de términos, en lo que Alberto Benegas Lynch (h) ha resumido en la acertadísima fórmula: "quitar a unos de lo que les pertenece para darles a otros lo que no les pertenece", es decir, la fórmula en la que se sintetiza la llamada "justicia social". Finalmente, en este párrafo, Menger llama la atención sobre la posible violencia que producirá tal tipo de despojo, lo que nuevamente hemos visto verificado en la práctica, en todos los regímenes socialistas habidos y existentes a hoy.
"En las dos secciones precedentes hemos considerado la naturaleza y el origen de la economía humana y hemos defendido la opinión de que la diferencia entre los bienes económicos y no económicos se fundamenta, en definitiva y en el más exacto sentido de la palabra, en la diferente relación existente entre la necesidad y la cantidad disponible de dichos bienes."[3]
Menger remarca una y otra vez la característica de escasez que distingue a los bienes económicos de los no económicos, si bien lo hace –al decir de F. A. v. Hayek- sin emplear (entendemos que en el original en alemán) la palabra escasez (en la traducción española si, aparece a menudo esta palabra, seguramente por obra del traductor, como ya hemos apuntado más arriba). En la cita precedente se refiere a la escasez cuando alude a "la diferente relación existente entre la necesidad y la cantidad disponible de dichos bienes."[4]. Los "bienes no económicos" –como recordaremos- también se designan como "bienes libres" en la jerga económica.

[1] Carl Menger. Principios de economía política. Introducción de F. A. v. Hayek. Ediciones Orbis. Hyspamerica. pág. 69
[2] Menger Carl. Principios…ob. cit. pág. 69
[3] Menger Carl. Principios…ob. cit. pág. 71
[4] Menger Carl. Principios…ob. cit. Pág. 71

Bastiat y la competencia (2° parte)

Por Gabriel Boragina © Dado que para Bastiat competencia y libertad son sinónimas, les da a ambas el mismo tratamiento. "¿Y q...