Industrialización

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Costo contable, económico y marxismo

 Por Gabriel Boragina ©

‘’Hay otra visión, rival, que dice que las cosas no tienen un costo de por sí, que el costo no es intrínseco a las cosas sino extrínseco a ellas, que las personas le atribuyen a las cosas un costo, le dan un determinado costo. ¿Cuál es el costo de la cosa? Lo que yo dejo de hacer para tener la cosa. Entonces se dice, tal vez como un pleonasmo, que el costo es el costo de oportunidad, que el costo es la oportunidad sacrificada. Desde esta definición subjetivista que responde a la idea de valor subjetivo, mientras la otra responde a la idea de valor objetivo, el costo de la carpeta no sería sus integrantes, el costo no sería un problema de contabilidad, sino el costo de la carpeta seria su alternativa, el costo sería un problema económico, elecciones alternativas que tengo yo que tomar. Entonces el costo de la carpeta seria lo que yo pude haber comprado en lugar de esta carpeta’’.[1]

El costo de oportunidad se puede manifestar de dos maneras distintas. Por un lado, puede ser lo que se deja de hacer para hacer otra cosa, mientras que por el otro es lo que se deja de tener para obtener otra cosa. En ambos casos las evaluaciones que hace el sujeto actuante son subjetivas, y eso es lo que tienen en común. Pero lo que se sacrifica, en un caso y en el otro, son cosas diferentes: en una es una actividad y en otra es un objeto material (dinero u otra cosa como en el trueque).

Es lo que se da a cambio lo que marca la diferencia entre un modo de costo y el otro. El subjetivo no excluye el contable (si por este término se entiende una determinada cantidad de dinero a dar a cambio de otra cosa) porque el dinero también es valuado subjetivamente por el agente, dado que con la misma cuantía de dinero que dispongo yo puedo comprar otras cosas. El costo de ir al cine puede ser no ir a clase, (costo de oportunidad) pero además debo pagar la entrada de cine con lo que a ello tenemos que agregar el costo contable de ir al cine. Hay pues un doble costo (de oportunidad por un lado por la actividad que resigno) y otro contable (el dinero que debo dar a cambio de lo elegido)

En situación, el costo de la carpeta va estar dado por la valoración que yo haga entre lo que deba entregar por ella y la carpeta misma. Y así, su costo contable es lo que debía dar por ella, y ‘’lo que yo pude haber comprado en lugar de esta carpeta’’ sería su costo de oportunidad, pero ahora en un sentido diferente al de dejar de hacer sino al de dejar de tener.

‘’Desde este punto de vista se sostiene que todo tiene un costo. ¿Cuál es el costo de estudiar en la universidad? Los objetivistas dirían que el costo de la universidad o el costo de una clase es lo que has pagado en tesorería para venir a la universidad, los subjetivistas te dirán que el costo de una clase es lo que podrías estar haciendo en vez de estar en la Universidad, que sé yo, un partido de futbol, durmiendo, estando con tu enamorado o enamorada, fumándote un cigarrillo, tomándote un café’’[2]

La diferencia es clara, pero cabría preguntarse ¿por qué el primer concepto es el más aceptado por la gente y el segundo el minoritario o el que esa gente encuentra más extraño?

Una elucidación posible podría ser que el concepto objetivo es el que aprendemos primero desde pequeños en nuestras casas, la escuela, la universidad, los amigos, en los medios de comunicación, etc. Pero ¿Por qué este y no el otro?

F. A. v. Hayek explicó que la economía es una ciencia contraintuitiva, y posiblemente aquí está la pista de una respuesta. La teoría subjetiva del costo es una teoría económica y como tal -siguiendo al maestro austriaco- es contraintuitiva, por ende necesita ser explicada, reflexionarse sobre ella, analizarla y –finalmente- comprenderla, y esto requiere un cierto trabajo mental, al que el grueso de la gente por lo general le escapa.

‘’Entonces esto nos lleva a un problema complejo. Para los objetivistas el costo es uno solo, para los subjetivistas dos personas no tienen el mismo costo por la misma cosa. Porque cada uno de nosotros sacrifica cosas distintas para hacer algo. Hay quien dice, por ejemplo, ¿Cuál es el costo de tu enamorada? Los objetivistas dirían, bueno lo que te cuesta invitarla al cine, sacarla a bailar, a comer a la calle, yo que sé. Los subjetivistas te dirán que el costo de tu enamorada es la otra chica con la que no estás. Tal vez es un ejemplo no muy ilustrativo, pero sí práctico, o tal vez al revés: muy ilustrativo pero poco convencional’’.[3]

Esto marca una discrepancia interesante, porque es uno de los aspectos que sirve para instruir acerca de la diferencia entre contabilidad y economía, y de paso entre lo que decíamos antes: lo intuitivo y lo contra intuitivo, en términos de Hayek.

Para la visión puramente contable, el costo -en última instancia- es un problema de números y se resuelve calculando. Para la economía es -por el contrario- una cuestión de valores y de alternativas, y la solución va cambiando de sujeto en sujeto y de acuerdo a las valoraciones disimiles de cada uno de ellos.

A esto hay que agregarle algo en lo que insistimos siempre: la educación. La gran paradoja del último siglo y medio consistió en el triunfo intelectual de Marx que fue el que impuso la enorme mayoría de los errores políticos, filosóficos y económicos que hoy la humanidad da por sentados. El mayor propagador del materialismo dialectico logró enseñar a la gente a pensar en términos precisamente materialistas. Una pena.


[1] Enrique Ghersi ‘’El costo de la legalidad’’. publicado por institutoaccionliberal • 16/01/2014 • El costo de la legalidad | Instituto Acción Liberal http://institutoaccionliberal.wordpress.com/2014/01/16/el-costo-de-la-...

[2] Enrique Ghersi. ibídem.

[3] Enrique Ghersi. ibídem.

El costo y el costo del derecho

 Por Gabriel Boragina ©

‘’El derecho es costoso y no gratuito, el derecho cuesta en una sociedad. Nosotros estamos habituados a pensar, como abogados, que la autoridad da, que la autoridad aprueba, que la decisión que la autoridad adopta, se cumplen por ser una orden, una ley o una decisión, cuando en realidad se cumplen única y exclusivamente, como tratare de desarrollar, cuando le conviene a las personas cumplir con ellas’’.[1]

Aquí parece aludirse a la aplicación del derecho. Trataremos de explicarlo de manera un poco más clara. De la misma forma que la creación de normas implica un proceso costoso (contablemente hay que computar el costo de elección de los legisladores y –ya puestos en funciones- sus sueldos y demás gastos) la ejecución de la ley -una vez creada- genera costos y beneficios para aquellos a quienes las normas van dirigidas.

La reproducción espontánea del derecho de acuerdo a la teoría de Hayek da lugar a (y a su vez es fruto de) un proceso de ensayo y error. Fue así como surgió no solamente el common law sino también el derecho continental y –conforme F. A. v. Hayek- todas las instituciones sociales, consecuencia de un mecanismo evolutivo de orden social.

En dicho proceso la sociedad va adoptando aquellas normas que le son útiles para su bienestar y desarrollo al tiempo que descartando todas aquellas que incumplen con tales funciones.

‘’ ¿Qué es el costo? Cuando yo dicto mi curso en San Marcos, en la Universidad de Lima, una de las discusiones más acaloradas es aquella de que es el costo de algo y el calor que suscita esta discusión se deriva de que el término no es unívoco. El concepto costo es una palabra multívoca porque nos evoca muchas cosas. Pero queda claro que el costo de algo tiene que ver con el esfuerzo, de manera que todos tenemos claro que las cosas son costosas porque implica un esfuerzo para tenerlas’’.[2]

Hay, es verdad, muchos conceptos de la palabra costo. Pero, en general, es aceptable que el término se vincula con el esfuerzo -como dice el autor citado- o más exactamente con el sacrificio necesario que el sujeto debe hacer para conseguir alguna otra cosa en su lugar.

En términos del profesor L. v. Mises, el costo es la medida de lo que el agente debe ofrecer para pasar de un estado de menor satisfacción a otro de mayor. Es aquello a lo que se debe renunciar para obtener alguna otra cosa que sea de mayor valor a aquella a la que se renuncia. En el caso del trabajo –por ejemplo- el costo del mismo es el ocio. Cuando las alternativas son más de una se habla de costo de oportunidad.

‘’En la tradición de pensamiento económico hay dos conceptos de costo: el concepto objetivo de costo y el concepto subjetivo de costo. No es propósito de esta conferencia fatigarlos con un discurso interminable respecto de los conceptos económicos en discusión, sólo ilustrarlos brevemente’’.[3]

No aclara el autor a cual ‘’tradición de pensamiento económico’’ se refiere pero, en rigor, hay más de dos, ya que -como hemos mencionado brevemente- existe la de costo de oportunidad.

Por ejemplo, si tengo la opción de adquirir 5 entradas para ver -a la misma hora- 5 espectáculos diferentes, está más que claro que sólo podré optar por una de ellas. Mi costo de oportunidad estará dado por las 4 restantes que deberá resignar. Pero más adelante notaremos que se refiere a este tipo de costos aún sin denominarlos así.

De una manera un tanto confusa el autor comentado abordará en párrafos siguientes el punto del costo de oportunidad.

‘’El concepto objetivo de costo sostiene que el costo de algo está formado por ciertas cualidades intrínsecas de ese algo. Para la visión objetiva el costo de una carpeta, por ejemplo, está incorporado en la carpeta, es objetivo. ¿Cuál es el costo de esta carpeta? Sus integrantes. La visión objetivista, la visión del costo objetivo, supone que el costo es una dimensión de la cosa, que hay determinadas características que tiene una cosa y que inspeccionando esas características podremos establecer el costo de esta carpeta. Para el objetivismo, entonces, el costo es un problema de contabilidad. Por ejemplo, el costo de la carpeta sería la madera que tiene incorporada, el barniz, el diseño, el trabajo incorporado en ella, el capital necesario para llevarlo a cabo, la tecnología, el transporte, el depósito, la publicidad necesaria para venderlo, etc. Todas sus partes integrantes serian el costo de dicha carpeta. Es decir, para la visión objetiva el costo es un fenómeno intrínseco a las cosas. Las cosas tienen un costo de por sí, y es posible reconstruir ese costo’’.[4]

Esta es la noción de costo aceptada mayoritariamente por todos (académicos, políticos, profesionales, estudiantes, periodistas, gente común, etc.)

Sobre esta teoría del costo se funda otra teoría: la del valor. En este caso se la denomina la del valor-costo o costo-valor. Erróneamente formula el principio de que las cosas ‘’valen’’ por el costo que tienen incorporado en sí mismas, que consiste en una sumatoria de todos los costos que el autor cita a modo de ejemplo en el párrafo de arriba. Pero hay que hacer una salvedad.

Para el caso del trabajo incorporado en ella se reserva una teoría aparte conocida como la del valor-trabajo o del valor laboral o teoría laboral del valor acorde diferentes autores. Es básicamente la tesis en la que se basa el marxismo y que goza de mayor predicamento que la del costo-valor, porque reduce todos los costos a uno sólo: al del trabajo que todos los componentes de la carpeta (o del objeto de que se trate) tienen reunidos en sí mismos. Por ejemplo, en el caso de ‘’la madera que tiene incorporada’’ no es el de la madera en abstracto sino el del trabajo de incorporar la madera en la carpeta. En términos de Marx el ‘’costo socialmente necesario’’ para hacer ese trabajo. En el del barniz no el del material en sí mismo sino el del trabajo de la persona que barniza, y así por el estilo. La teoría marxista del valor va reduciendo todos los costos al meramente de los trabajos necesarios para llevarlos a cabo por cada material que compone el objeto de que ese trate.


[1] Enrique Ghersi. ‘’El costo de la legalidad’’. publicado por institutoaccionliberal • 16/01/2014 • El costo de la legalidad | Instituto Acción Liberal http://institutoaccionliberal.wordpress.com/2014/01/16/el-costo-de-la-...

[2] Enrique Ghersi. ibídem.

[3] Enrique Ghersi. ibídem.

[4] Enrique Ghersi. ibídem.

El origen del derecho (según economistas y abogados)

 Por Gabriel Boragina ©

‘’Así como el derecho trató, a través del positivismo, de crear una ciencia autónoma y de convertir al Derecho en una ciencia pura, prescindiendo de las demás ramas del conocimiento, también los economistas trataron de hacer lo mismo. Primero con la introducción del método matemático en la economía con Pareto, y a partir de Pareto la creación de la Estadística y luego, ya en tiempo más recientes con León Walras, Stanley Jevons, entre otros, y toda la utilización masiva de los modelos económicos de equilibrio general que llegan a su esplendor con Keynes. De manera que este es un proceso que tiene poco más o poco menos de cien años, en el cual el Derecho y la Economía se han separado cada vez más’’.[1]

Excelente descripción de como se fue gestando el divorcio entre ambas ciencias en los esfuerzos de economistas y abogados por hacerlas independientes y autónomas de otras. Pero los intentos, por mucho que sean hoy aceptados en prácticamente todos los ámbitos (universitarios, políticos y populares) están destinados al fracaso.

La ciencia se divide en áreas a los únicos efectos de facilitar su estudio e investigación, y no porque la naturaleza en su faz real este fraccionada. La mera observación empírica nos muestra un mundo donde todos los elementos (animados e inanimados) conviven (en el caso de los animados) y se relacionan. Aun en el caso de los inanimados -donde no puede hablarse con propiedad de interacciones- hay inter-reacciones. En el campo de las ciencias sociales -que es donde encuadramos a la economía y el derecho- las interacciones son mayores, pese a aquella pretensión del conocimiento que persigue aislar ambas ciencias y hacerlas autónomas.

‘’Como fruto de esta separación se ha producido, en mi concepto, un grave error intelectual. Abogados y economistas creen que el derecho es un producto monopólico, que el derecho se crea monopólicamente. Influidos por una visión hobbesiana del Estado que sugiere que existiendo un monopolista de la fuerza en la sociedad, llamado Estado, el derecho es una consecuencia del monopolio de la fuerza y que por consiguiente el derecho se crea monopólicamente Los abogados están convencidos de eso, ya lo repasamos en el capítulo uno’’[2]

El autor debe estarse refiriendo a la mayoría de los abogados y de los economistas, y creo que debió aclararlo, porque, en realidad, no todos ellos creen en eso, aunque convenimos en que la generalidad si lo cree. No nos parece correcto que el autor dé por supuesto que todos ellos lo creen.

Pero la realidad es que el derecho tiene varias fuentes. En el caso, quiere referirse (entendemos) al monopolio gubernamental. Lo cierto es que hay un derecho consuetudinario que en algunos lugares llega a consolidarse paulatina y hasta evolutivamente como derecho positivo, en especial a través de los procesos de codificación, que si son resultado de una acción monopólica gubernamental final. No obstante, esta es una de las fuentes del derecho, pero en modo alguno es la única, ya que reconoce varias.

‘’iusnaturalistas y positivistas creen que el derecho se crea monopólicamente. Los positivistas a través de la ley y los iusnaturalistas a través de un determinado designio de la naturaleza, sea el iusnaturalismo de origen divino de signo religioso como en el derecho musulmán, el derecho judío o la tradición cristiana, o sea un derecho laico que se crea en la razón en la tradición de Grocio y de Puffendorf. Pero en ambos casos iusnaturalistas y positivistas creen que el derecho se crea monopólicamente. En esto coinciden la visión tradicional de los abogados y la visión tradicional de los economistas y los lleva a una conclusión de base sobre la cual quisiera elaborar en el trascurso de este capítulo’’.[3]

El origen del derecho se pierde en la noche de los tiempos pero creemos deducir que es lo que quiere decir el autor en este párrafo. Lo que hoy conocemos como derecho positivo comenzó siendo la costumbre, primero de la tribu y luego de grupos cada vez más amplios, como la polis, hasta desembocar en nuestras modernas sociedades. Es lo que jurídicamente se llama derecho consuetudinario, reconocido en la mayoría de las legislaciones modernas, incluso en las de derecho codificado.

Cierto es que el derecho positivo puede tanto reconocer como desconocer ese derecho consuetudinario y en esto radican sus diferencias, porque en el positivismo alguien que se arroga el papel de legislador (separado del resto de la comunidad) es el que decide mediante un órgano de poder qué es y qué no es ‘’derecho’’.

En rigor de verdad, el origen del derecho fue explicado de manera satisfactoria por el premio Nobel de economía F. A. v. Hayek a través de su teoría sobre el orden espontaneo, cuyo fundamento lo encontramos en la metáfora de la mano invisible de Adam Smith. Esta teoría hayekiana aplicada al mundo jurídico es lo que los juristas reconocen como el derecho consuetudinario.

‘’Los abogados creen que el derecho es gratuito. Los economistas creen que el derecho es constante. Ninguna de las dos cosas es correcta. El derecho no es gratuito y tampoco es una condición constante porque, como ya hemos explicado, el derecho se crea competitivamente y no monopólicamente en una sociedad. Quiero entonces plantearles en este capítulo otra hipótesis, otra tesis si quieren verlo de esa manera’’.[4]

Al convencerse que el derecho nada tiene que ver con la economía (pensamiento dominante incluso entre una mayoría de juristas) también se cavila que la elaboración de normas no genera costo alguno, ni a quien las hace ni a quienes están destinadas.

La producción de normas tampoco es continua en condiciones de mercado, por cuanto ellas se crean en la medida que la sociedad las necesita y las demanda como lo hace con cualquier otro producto que se ofrece en el mercado. Claro que, como dijimos, esto sucede en condiciones de mercado que imperan –incluso- para el proceso de creación de normas, lo que no es el caso de nuestra sociedad positivista, donde el poder legislativo esta monopolizado por el gobierno.


[1] Enrique Ghersi. ‘’El costo de la legalidad’’. publicado por institutoaccionliberal • 16/01/2014 • El costo de la legalidad | Instituto Acción Liberal http://institutoaccionliberal.wordpress.com/2014/01/16/el-costo-de-la-...

[2] Enrique Ghersi. ibídem.

[3] Enrique Ghersi. ibídem.

[4] Enrique Ghersi. ibídem.

Economía versus Derecho

 Por Gabriel Boragina ©

Uno de los más grandes problemas que enfrenta nuestra sociedad y que -a su vez- es generador de mayores problemas sociales es el divorcio entre ciertas áreas de estudio que se aíslan y tratan de crear sus propios ‘’mundos’’ divergiendo sus enfoques y evitando encontrar puntos de contactos entre ellas:

‘’Los abogados y los economistas vivimos de espaldas. Tendemos a desconfiar recíprocamente los unos de los otros. Los economistas, tal vez con razón, piensan que los abogados tenemos algo que esconder y que de hecho lo escondemos. Los abogados, tal vez con igual razón, piensan que los economistas nunca se comprometen. Al final de una abstrusa explicación siempre dicen que puede ser o que no puede ser y que todo depende de las condiciones que se asumen en el modelo. El resultado es que estamos acostumbrados a vivir de espaldas en ambas disciplinas. En este mundo de reciproca desconfianza los abogados hemos creado, o pensamos que tenemos, un sistema autónomo o aparentemente autónomo de conocimiento; mientras los economistas han hecho lo mismo. Han desarrollado un sistema aparentemente autónomo de una ciencia propia. No fue así siempre en la historia de ambas disciplinas’’[1]

Las contrariedades sociales exigen un enfoque y una actitud multidisciplinaria que integre de la mejor manera posible los conocimientos logrados por las ciencias a lo largo de las épocas.

Uno de los graves defectos de la especialización es que reduce el campo de visibilidad y lo acota en los propios términos del área en que el sujeto se especializa. Así los abogados tienen una fuerte tendencia a pensar que todos los problemas sociales se suscitan casi con exclusividad por la ausencia de una normativa legal adecuada, y que la solución a los mismos es precisamente proveerlos a todos del marco legal que -como por arte de magia- será ‘’con toda seguridad’’ autosuficiente para encontrar la mejor salida.

Se puede resumir en el adagio ‘’A cada problema una ley que lo resuelva’’.  Esto tiene mucho que ver con el sesgo con el cual se imparten las carreras de derecho, por el cual se lo instruye al futuro abogado en la idea que los asuntos sociales son básicamente problemas legales, y que -por lo tanto- los remedios a los mismos debe encontrar (y sólo puede encontrar) genuina respuesta en el examen legal y su previsión, que siempre será, ineludiblemente, una nueva ley que ‘’supere’’ en ‘’bondad’’ la anterior que no ha podido responder eficazmente al problema que procuraba solventar.

‘’Si examinamos cómo se enseñaba la economía en una época tan reciente como el siglo XIX veremos que la economía se dictaba en las facultades de Derecho. Era en las lecciones de jurisprudencia donde se enseñaba economía. De hecho los grandes economistas clásicos han sido profesores de derecho, empezando por Adam Smith, no tenemos que ir muy lejos. Smith era profesor de filosofía moral y profesor de Derecho Civil en Glasgow. Dictaba clases de derecho porque Escocia, a diferencia de Inglaterra, es un país de derecho civil y no de derecho común. Inglaterra es un país de derecho común, de common law, de derecho consuetudinario, Escocia por la fuerte influencia francesa en su tradición jurídica, es un país de tradición civil. De manera que leen las lecciones de jurisprudencia de Smith lo que verán es Derecho Romano. Cojan el capítulo que quieran de las lecciones de Jurisprudencia de Adam Smith, por ejemplo las del derecho de propiedad y les parecerá las clases que se reciben en cualquier facultad de Derecho: les enseña derecho civil, clásico romano, prototípico’’.[2]

No existían los compartimientos estancos que observamos hoy y a los cuales –lamentablemente- estamos tan acostumbrados, y que tomamos como si siempre hubieran existido.

Los tiempos antiguos tenían una visión más universal y unificada del conocimiento o mejor sería decir más integrada que la que devino con posterioridad. Había más conciencia de la profunda interrelación existente entre los diferentes estudios y las divisiones eran de tipo académico más que orgánicas.  Esto permitía a los primeros economistas comprender que todos los temas sociales tienen un origen común, y que es en la visualización de este punto por donde debe comenzarse la investigación.

La disección que se practica en la actualidad entre ramas del saber que comenzaron siendo afines no consiste en un verdadero progreso sino en un severo retroceso en el campo del conocimiento universal. Y el hecho de que economistas por un lado y abogados por el otro pretendan para sus propias asignaturas tener todas las respuestas y poder contenerlas dentro exclusivamente de sus propias áreas de especialización es una de las desgracias de nuestra humanidad actual.

Esto no alcanza sólo a economistas y abogados, hay que incluir a profesionales de otras carreras. La híper especialización entraña los riesgos de acotar la visión del profesional que sólo puede dar respuestas muy delimitadas que dejan muchas cosas sin explicar, porque se niega reconocer validez a propuestas o respuestas que escapen a sus campos, ya sea que estemos hablando de ingenieros, contadores, médicos, sociólogos, o científicos de cualquier materia.

‘’De manera que no era así esta desconfianza. Esta separación entre abogados y economistas es una separación relativamente reciente, se origina de una pretensión del conocimiento. En un determinado momento los economistas quieren hacer una ciencia autónoma y los abogados quieren construir una ciencia autónoma. Kelsen trata de construirlo, trata de hacerlo a través de su teoría pura del derecho’’[3]

A nuestro juicio se trata del síndrome de híper especialización, que es un fenómeno que, lejos de ser positivo (como se lo acostumbra a ver en nuestros días) resulta muy negativo, porque es un abandono al sano enfoque interdisciplinario que, como bien explica el autor analizado, era el que prevalecía en tiempos no tan remotos como el mismo expone. La pretensión del conocimiento no es más que el tema del último libro de F. A. v. Hayek precisamente titulado La fatal arrogancia, donde se explaya de manera magistral sobre ese contenido.

¿Y qué es lo que motiva este hecho?. No hay explicaciones sencillas, pero muchas veces la preferencia o gusto por una rama del saber puede llegar a fanatizar a sus adeptos. De todos modos, debe prestarse atención a la enseñanza, que es de donde provienen la mayoría de los males de nuestros tiempos. 


[1] Enrique Ghersi ‘’El costo de la legalidad’’. publicado por institutoaccionliberal • 16/01/2014 • El costo de la legalidad | Instituto Acción Liberal http://institutoaccionliberal.wordpress.com/2014/01/16/el-costo-de-la-...

[2] Enrique Ghersi. ibídem.

[3] Enrique Ghersi. ibídem..

Crisis de la democracia ‘’representativa’’ y de la idoneidad política

 Por Gabriel Boragina ©

 

Cuando se habla de democracia, en general, se asume que hay un solo tipo o sentido de ella, pero ya nos hemos encargado de estudiar y exponer que no es en modo alguno así.

Se asume que lo que se llama ‘’democracia’’ a secas es la democracia representativa.

Vamos a soslayar por el momento los diferentes tipos de democracias existentes remitiendo al amable lector a los lugares donde desarrollamos ese tema.[1]

Vamos a concretarnos en la democracia representativa para enfatizar lo ya dicho en cuanto a que no resulta tan ‘’representativa’’ como realmente se piensa popularmente.

Algunos autores importantes de Derecho Político diferencian entre una representación política y otra jurídica como modo de explicar porque razón un político electo para determinado cargo público puede desconocer literalmente el mandato recibido por el elector en el momento del voto. Esta distinción nos parece inaceptable en una materia tan delicada como es la política donde se trata de las relaciones de poder entre un gran número de personas.

Dicha impersonalidad que tal diferenciación permite en la relación elector-elegido es la que justifica el divorcio que se observa a diario en las llamadas democracias representativas que, de esta manera, sólo son ‘’representativas’’ nada más que en el nombre.

Conductas tales como legisladores que, una vez electos se cambian de partido o agrupación política, conforman otros bloques, no participan de los debates o de las votaciones, votan proyectos de leyes o presentan propios que contradicen las promesas que vociferaron en campaña, e incurren en acciones similares a las descriptas revelan no sólo comportamientos reprochables a título individual sino las graves falencias que reviste ese sistema endiosado con el cual muchos ‘’se llenan la boca’’ y que llaman ''democracia''.

Es por eso que, nosotros propiciamos asimilar la representación política a la jurídica y ligar de alguna manera la voluntad del elector con la de elegido, y que cuando el mandato del primero se incumple por parte del segundo aquel tenga alguna herramienta que no sea simplemente esperar hasta la próxima elección o renovación de las bancas para remover al candidato traidor al mandato. La simple condena social no resulta suficiente para purgar tales actuaciones desleales y que hacen de la política un mundillo pestilente para la gente de bien.

La mecánica para implementar sanciones a estas irregularidades no está exenta de dificultades por los intereses que toca, sobre todo desde el lado de los políticos, siempre tan propensos a requerir el voto de los ciudadanos y, una vez llegado al cargo, darles la espalda para volver a renovar sus propósitos de enmienda en las próximas campañas electorales, con el sólo objetivo de permanecer en el cargo político la mayor cantidad de tiempo posible, o abrirse camino en la llamada ‘’carrera política’’ que tiene bastante de semejante con la ley de la selva.

Pero, si se pretende que la democracia sea lo que la mayoría declama, es importante que se implementen los correctivos necesarios para atar la voluntad del elector a la del elegido de la manera más estrecha posible. Para comenzar es importante la denuncia del problema, que al día de hoy está a la vista de todos.

No es el único inconveniente que presenta la democracia, pero ya nos hemos ocupado muchas veces de ello.[2]

No es que se trata de impedir que los políticos cambien de ideología, de partido, de consigna, no formen alianzas o cosas por el estilo. Lo único permanente es el cambio, y el cambio no puede ser objeto de crítica excepto cuando implique dañar a un tercero. Y este es el punto: la violación al compromiso asumido en la campaña, el apartarse del programa o de la plataforma política de la agrupación por la cual el candidato aspira a ser elegido. Todo cambio que implique la falta de la palabra empeñada implica una traición a quien va a votar, o votó confiando en esa palabra. Y esto es lo que debe ser castigado con la ejemplaridad del caso.

 

Revocabilidad del mandato

 

''Artículo 66- Cada Cámara hará su reglamento y podrá con dos tercios de votos, corregir a cualquiera de sus miembros por desorden de conducta en el ejercicio de sus funciones, o removerlo por inhabilidad física o moral sobreviniente a su incorporación, y hasta excluirle de su seno; pero basta la mayoría de uno sobre la mitad de los presentes para decidir en las renuncias que voluntariamente hicieren de sus cargos''.

 

Esta cláusula constitucional -a primera vista- podría ser la solución al problema que planteamos en el comienzo, incorporando los vicios de los que venimos tratando entre las causales de desorden de conducta, o bien como inhabilidad moral. El problema que advertimos aquí es que el control sigue estando en manos de los propios legisladores y fuera del alcance del ciudadano elector.

En los hechos el poder legislativo se ha comportado corporativamente, como es tan usual e en la Argentina en todos los ámbitos, no sólo estatal sino también privado.

 

La idoneidad

La Constitución de la Nación Argentina establece como condición de acceso a la función pública o empleos públicos el de la idoneidad, en los siguientes términos:

 

''Artículo 16- La Nación Argentina no admite prerrogativas de sangre, ni de nacimiento: No hay en ella fueros personales ni títulos de nobleza. Todos sus habitantes son iguales ante la ley, y admisibles en los empleos sin otra condición que la idoneidad. La igualdad es la base del impuesto y de las cargas públicas''

 

Este aspecto ha sido muy descuidado por la legislación política, dado que la constitución no define qué debe entenderse por tal los autores de derecho político y constitucional le otorgan una vaguedad tan grande de significados que, prácticamente, la palabra queda vacía de contenido y cada uno entiende lo que quiere por ella.

Solo dos veces aparece la palabra idoneidad en la Constitución, y en ninguna otra parte de su extenso articulado figura siquiera un concepto aproximado de su significado.

Urge pues darle un contenido preciso, tanto a la llamada idoneidad técnica como a la ética, y evitar -de este modo- que los malos políticos le proporcionen el contenido que más les convenga a fin de sortear los daños que ocasionan sus actitudes antidemocráticas. Pero ya hemos hablado abundantemente de este tema.[3]


[1] Nuestro libro La democracia en https://libros-gsb.blogspot.com/

[2] Nuestro libro La democracia en https://libros-gsb.blogspot.com/

[3] Nuestro libro Política, burocracia y economía en https://libros-gsb.blogspot.com/

 

El socialismo en Occidente

 Por Gabriel Boragina ©

 

Cuando se habla de socialismo todavía se sigue pensando en los casos de la Unión Soviética, Europa del Este post segunda guerra mundial, China, Corea del norte y los casos más recientes de Cuba y Venezuela considerados cronológicamente.

Sin embargo, desde comienzos del siglo XX, el socialismo ha ido penetrando poco a poco en los tradicionalmente denominados países democráticos y aún más audazmente llamados ‘’liberales’’ o ‘’capitalistas’’.

Hemos en varias partes analizado fragmentos de autores que en sus libros se dedican a explicar este fenómeno. Por ejemplo, uno de ellos apunta en una nota lo que transcribimos a continuación:

‘’Nota: 3. Esto aparece tanto más claramente cuanto más se aproxima el socialismo al totalitarismo, en Inglaterra se afirma más explícitamente que en ningún otro lugar en el programa de la última y más totalitaria forma del socialismo inglés: el movimiento de la Common Welth de sir Richard Acland. El principal rasgo del nuevo orden que promete es que, en él, la comunidad “dirá al individuo: “no te preocupes de la manera de ganarte tu propia vida». ’’[1]

De la nota surge que, había muchas formas de socialismo inglés, algo que podría sorprender a algún desprevenido (no son tan pocos como se podría pensar) que cree que Inglaterra siempre fue un ‘’país liberal’’ y conservador, lo que es manifiestamente falso.

Cabe recordar que las primeras ideas liberales aparecieron en el Reino Unido recién ya bastante entrado el siglo XVIII, aunque hubo esporádicos antecedentes en el siglo anterior que sirvieron de base a los autores que escribieron después.

Hay naturalmente formas más o menos totalitarias de socialismo aunque todas ellas -en última instancia- poseen una tendencia inevitable hacia el totalitarismo, que la única solución que tiene es erradicar por completo cualquier manifestación de socialismo. No hay socialismos ‘’buenos’’ o ‘’más buenos’’ que otros sino que, bajo apariencias benévolas de tal ideario, esconden una filosofía que puede lograr toda su expresión únicamente en la plena imposición del totalitarismo.

Se describe en la nota al ‘’estado providencia’’ la forma más totalitaria de socialismo, porque semeja como la más indulgente. Es el fundamento de los llamados ‘’estado benefactor’’ o ‘’estado de bienestar’’ que fueron tan populares décadas atrás (y que aun gozan de gran predicamento) por sus apariencias ‘’democráticas’’ (el tan citado modelo sueco o escandinavo que finalmente tuvo que ser desmantelado aun cuando conserva el rótulo que lo hizo famoso).

Ahora bien, es impresionante -cuando se contemplan las sociedades de nuestro tiempo- tomar noción acerca de qué internalizada tiene la gente en su inconsciente lo de ‘’la comunidad “dirá al individuo: “no te preocupes de la manera de ganarte tu propia vida»’’.

Que un pensador de nota como el premio Nobel F. A. v. Hayek considere a esta como la peor forma de socialismo en el sentido de la más totalitaria revela hasta qué punto la gente puede creer que es ‘’libre’’ cuando en realidad está sometida a la peor de las esclavitudes: la de la satisfacción en medio de la más absoluta sumisión a los demás.

‘’En consecuencia, como es lógico, «tiene que ser la comunidad en cuanto tal quien decida si un hombre será empleado o no, con nuestros recursos, y cómo, cuándo y de qué manera trabajará», y la comunidad tendrá que “establecer campos para vagos, en condiciones muy tolerables”. ¿Es para sorprender que el autor descubra que Hitler “se ha encontrado por casualidad (o por fuerza) con algo, o quizá, se diría, con un aspecto particular de lo que, en última instancia, necesita la Humanidad?’’((Sir Richard Acland. Bt. TI1, Forward March, 1941, págs. 32, 126, 127, 132.) ’’[2]

                En el socialismo los recursos son de una entelequia llamada ‘’comunidad’’ que -en rigor- está representada por una persona o un conjunto de ellas que detentan una cierta cuota de poder sobre un determinado espacio geográfico. Este grupo relativamente pequeño en relación a los demás que no se encuentran dentro de su órbita, decide –entonces- a quien se emplea y a quien no y en qué tareas, fijando todas las demás condiciones de trabajo (horario,, cantidad a producir, etc.).

                No es casualidad que los socialistas –del estilo de Sir Richard Acland- estén encantados con Hitler, ya que este (como L. v. Mises se encarga de enseñarnos) el líder nazi no sólo copió sino que perfeccionó todos los métodos utilizados por Stalin para construir ‘’el socialismo real’’.

En él, ‘’la comunidad’’ (que no es más que un término sinónimo para designar al ‘’estado’’ o -más precisamente- al gobierno) es la que decide por el individuo acerca de cuál será el papel que este desempeñará en la enorme maquinaria estatal que dirige el líder supremo. Si el individuo no está de acuerdo en ello, simplemente se lo recluye primero y, en caso de ulterior insistencia en la resistencia, se lo extermina más tarde en función de las ‘’necesidades del todo’’. Ese ‘’todo’’ está representado -por supuesto- por el déspota.

                En el estado totalitario ‘’vago’’ es todo aquel que no desea hacer lo que el jefe máximo le indica que haga. A estos efectos, resulta indiferente (como anticipamos) si ese jefe absoluto se expresa por sí mismo o a través de sus leyes, como también es indistinto si es uno solo o son varios. Tampoco es relevante si están reunidos en cuerpos colegiados como comités, parlamentos, comisiones, ministerios, secretarías, y otras denominaciones en apariencia respetables o con visos ‘’democráticos’’.

Ahora bien, como decíamos al comenzar, F. A. v. Hayek hace notar la presencia de estos elementos en el imperio británico, el paradigma (para la mayoría) del ultra liberalismo o ultra conservadurismo. Sin embargo, lo mismo cabe decir de los Estados Unidos de Norteamérica tenidos por casi todos en aquella misma categoría que a los británicos. Si el virus socialista se ha infiltrado en las que otrora fueron dos grandes naciones ¿qué puede esperarse para el resto del mundo? La debacle social que presenciamos es la respuesta más elocuente a nuestra pregunta.


[1] Friedrich A. von Hayek, Camino de servidumbre. Alianza Editorial. España. pág. 256-257

[2] F. A. v. Hayek, ibídem.

Argentina: las elecciones, los ‘’cambios’’ y la ley.

 Por Gabriel Boragina ©

 

Los cambios de gabinete realizados por el gobierno peronista del FdT luego de haber perdido las P.A.S.O. primero y las elecciones legislativas después han generado gran polémica entre la gente y el periodismo. Sin duda los siniestros personajes que se han elegido confirman que el peronismo es uno y único y que pese a sus camaleónicas transformaciones a lo largo de su historia, sus muchas variantes y modas, constituye el mismo partido pro fascista que fundó Perón y que logró sobrevivir por largo tiempo hasta nuestros días.

Lo que alarma es la falta de perspectiva histórica de la gente común. La sorpresa de muchos que pensaban en algo ‘‘distinto’‘. En fin, la ingenuidad política de un pueblo que no sabe seguir una línea de conducta coherente y uniforme y va así a los saltos viviendo la situación del momento, sin guía. Y el árbol no les deja ver el bosque. Siguen pensando en cómo ganar las próximas elecciones y especulando que de ese modo van a erradicar el peronismo k, o -peor aún- solamente a los k, creyendo que hay una diferencia sustancial entre el peronismo y la familia Kirchner cuando no existe, y toda esa presunta ‘‘separación’‘, no es más que un armado hábil para engañar a incautos como efectivamente sucede.

Al concentrar el foco sobre una sola persona como la responsable del desastre se logra desviar la atención del hecho que el peronismo (en cualquiera de sus versiones) gobierna porque es una deformación cultural que compenetra a una importante parte del electorado, que como sostuve otras veces, en modo alguno alcanza al cincuenta por ciento del mismo.

La base del peronismo fue y es fascista, pero de un fascismo que supo adaptarse a los tiempos para no pasar por tal. Y ya sabemos que el fundamento del fascismo es el marxismo. Marxismo que nunca pasa de moda y que no ha perdido vigencia. Se ha incorporado a nuestra cultura, y su forma criolla en la Argentina está perfectamente expresada en el peronismo. Y eso no se aniquila sacando fuera de escena a los Kirchner y sus compañeros de viaje que -en realidad- no son compañeros sino que son socios circunstanciales y cómplices. Para que esa gente funesta desaparezca de la escena política hay que rechazar y abandonar las ideas que generan la aparición de esos perversos personajes. No es tarea de la política eso sino de los cambios de paradigmas.

 

La renovación de las cámaras.

A esto hay que sumarle la preocupación de amplios sectores del electorado opositor por las sorpresas que se dan en el armado de los bloques legislativos, en donde muchos legisladores electos ''se pasan de bando'' o configuran los propios, a despecho de los votos recibidos en sus respectivas listas.

Acá tenemos otra muestra de candidez política del votante argentino.

Los compromisos políticos solo tienen en cuenta al elector en el momento de votar, lo que suceda de allí en más es otra historia, porque el candidato ya electo sabe que tiene asegurado el cargo, al menos por un par de años.

Una cosa es la campaña, los discursos propios de la misma, y otra cuestión diferente es la actitud y acciones posteriores del ganador una vez que obtiene los votos necesarios para acceder al poder.

Ese cierto romanticismo que existe entre la gente común respecto de la política y los políticos es un fenómeno constante entre los argentinos al menos.

Supone desconocer que dentro del recinto legislativo los votos de los proyectos se negocian como una mercancía más y que puede tanto mediar dinero como no, pero siempre habrá una moneda de pago, que será del tipo ''voto tu proyecto si votas el mío'' y muchas transacciones de tipo análogo en donde el elector (que sólo decide cuando se lo convoca a elecciones) no tiene ningún control y la mayoría de las veces ni siquiera conocimiento exacto del tipo de transacciones que sea realizan, no solamente interbloques sino entre los mismos legisladores considerados en forma individual. Por consiguiente tampoco puede evitarlas aunque las conociera.

Esto no implica un juicio moral favorable sobre la conducta de los legisladores sino simplemente la constatación de un hecho de la realidad que atañe más a la imperfección moral humana por un lado, y -por el otro- a la ingenuidad política del votante e incluso a la de muchos que pasan por ‘’analistas’’ o ‘’expertos’’ en temas políticos, a la que ya hemos aludido en otras ocasiones.

Naturalmente, este es un análisis general que tiene en cuenta las excepciones. Hay legisladores que no negocian con sus principios, pero son una isla pequeña en medio de un océano de contraejemplos. Y -por el momento- parece que están destinados a naufragar.

No se puede soslayar que, este es un defecto congénito que trae consigo el sistema democrático de gobierno y que, pese a los numerosos esfuerzos en tal sentido, no ha sido posible hasta ahora solucionar. [1]

Volviendo, entonces, a la generalidad en donde los proyectos de leyes de las diferentes bancadas disputan el favor de los miembros del congreso, los que finalmente son sancionados constituyen el resultado de aquellas negociaciones, concesiones y transacciones, en las que los partidos mayoritarios imponen sus criterios a los minoritarios (generalmente a cambio de prometerles sus votos para otros proyectos de menor cuantía, o por dinero, o dádivas en especie en los demás casos) dando como resultado leyes que son esos híbridos ideológicos con los que los abogados y jueces nos vemos obligados a trabajar diariamente, y concluyen generando lo que damos en llamar un verdadero caos jurídico.

Los que realmente se perjudican de todo este estado de cosas son los ciudadanos comunes, el hombre de a pie como se dice que es para quien las leyes se sancionan, formando subsidios cruzados típicos de toda economía intervencionista. Todo lo cual rompe la proclamada igualdad ante la ley que consagra la Constitución de la Nación Argentina, transformándola en palabras huecas.

Estas leyes, al incluir tanto contenido ideológico entremezclado, terminan contradiciéndose con otras leyes anteriores o simultaneas e incluso muchas disposiciones de una misma ley rebaten las incorporadas en otros artículos de esa misma ley.

Costo contable, económico y marxismo

 Por Gabriel Boragina © ‘’Hay otra visión, rival, que dice que las cosas no tienen un costo de por sí, que el costo no es intrínseco a las...