Privilegios fiscales

Por Gabriel Boragina ©

"Las referencias de Wagner y de Seligman se confirman a través de la historia de la tributación en España. Según nos entera Saavedra Fajardo (») "En las contribuciones, dice, se ha de tener gran consideración de no gravar la nobleza; porque siendo los tributos los que la distinguen de los pecheros, siente mucho verse igualar con ellos, rotos sus privilegios, adquiridos con la virtud y el valor..." Y el conde Cedillo (W), dice a modo de conclusión: "Entre las imperfecciones del sistema tributario deben contarse especialmente: la falta de generalidad en el impuesto...; la confusa multitud de los tributos, sobre todo en el período feudal, ajenos a criterio fijo y sujetos tan sólo a las necesidades y conveniencias y aún a los caprichos y arbitrariedades del momento...; la tendencia a considerar como bases de imposición a los habitantes y a los hogares, otorgándose menor importancia a la base más racional del capital y de la renta...; la mala administración de los subsidios votados en las Cortes, los cuales, según frase de los procuradores, producían poco y dejaban yerma la tierra...; los grandes inconvenientes para el Estado y para los pueblos del sistema de arriendo de los tributos...; la intervención excesiva en el manejo y cobranza de las rentas y contribuciones de los moros y judíos, quienes a título de almojarifes, tesoreros, arrendadores y cogedores ejercían violencia y presión sobre los pecheros, cuyas quejas sobre este particular dejábanse oír sin interrupción..."[1]

Nuevamente hay que decir que todas estas cosas -con independencia de tiempo y lugar- no han desaparecido, exceptuando quizás lo de los moros y judíos que se señala al final del párrafo y algunos cambios de nombres (almojarifes, tesoreros, arrendadores y cogedores) ya en desuso. Hoy en día como en aquellas épocas una pléyade de burócratas asesorados por financistas a sueldo diseña complejas fórmulas matemáticas para incorporar en nuevas leyes impositivas que se dictan a la velocidad del relámpago. Comisiones en el congreso legislativo trabajan afanosamente en una suerte de competencia para ver quien presenta el proyecto de ley de impuestos más innovativo y que más gravámenes crea. Si de imperfecciones se trata como dice la cita las mismas subsisten y paradójicamente parece que se han perfeccionado esas imperfecciones. Cada día es más difícil transitar por la vida sin necesidad de pagar algún impuesto de lo que se use o se adquiera. Todo o casi todo está gravado: consumos, rentas, patrimonios, irónicamente la frase de risueña resignación es que "falta que se cobre un impuesto al aire" para que el mero hecho de respirar le reporte ingresos al fisco.

Sobre "la confusa multitud de los tributos" ¿Qué se puede decir hoy que sea diferente a ayer? Y a los impuestos tradicionales se ha agregado el más insidioso de todos los impuestos al que ya aludimos antes: el impuesto inflacionario. La cita no hace más que ilustrarnos acerca de que los impuestos siempre fueron un problema y un verdadero castigo para todos los pueblos excepto para sus gobiernos que naturalmente vivían de ellos y sin los cuales ningún gobierno podría subsistir, lo cual en más de un caso hubiera sido una bendición para el lugar donde ello hubiera sucedido, aunque no tenemos noticia de ningún gobierno que se hubiera extinguido por falta de impuesto, que de haber sucedido que buenos servicios hubiera otorgado a la sociedad donde ello hubiera sucedido.

La cuestión de las exenciones a la nobleza tampoco ha desaparecido en nuestros días, sino que simplemente se ha transformado. La nobleza de nuestra época la constituye toda la pléyade de la burocracia gubernamental y administrativa que puebla los cargos públicos electivos y no electivos. Ejércitos de burócratas que diseñan impuestos y hasta cobran comisiones y sobreprecios para facilitar trámites (coimas en criollo) no tributan, sino que sus sueldos salen de los tributos de aquellos a quienes de ordinario humillan en los mostradores y ventanillas de las oficinas estatales, nacionales, provinciales y municipales. ¿Qué es todo este ejército de parásitos sino la nobleza de la nuestra modernidad? Como dice el Eclesiastés "No hay nada nuevo bajo el sol" en materia fiscal.

Por eso sorprende que el autor que venimos comentando insista en hablar de "evolución" en materia fiscal. Obviamente, si hubo "evolución" ella fue claramente a favor del fisco y en contra del "contribuyente", dado que la situación de este en materia impositiva claramente ha involucionado y no al revés.

"Sólo después de tantos vaivenes, señala M. Gómez González, y de tan duro calvario de ensayos y de arbitrariedades ha podido llegarse a la concepción moderna del impuesto caracterizada por dos ideas capitales: la de la legalidad del impuesto (fundamento jurídico), es decir, su establecimiento por la ley, por el Poder Legislativo, lo cual hace que su fijación no sea "unilateral" sino "libre" y "voluntaria" por parte de los representantes del pueblo en el Parlamento, y 2a, la idea de honorabilidad del impuesto, rectificación de la de sumisión y vasallaje que implicaban los tributos medioevales: consagró esta idea la Constitución francesa de 1793 al decir: "ningún ciudadano está dispensado de la honorable obligación de contribuir al levantamiento de las cargas públicas""[2]

Pese a su aparente atractivo, estas ideas son engañosas e inexactas. Veamos por qué. La idea de legalidad existió siempre, no es nueva. La diferencia reside que en antiguamente la ley la dictaba el rey, pero lo que no dice el autor es que se consideraba que el rey representaba al pueblo (si bien por "mandato" divino) por lo tanto, la soberanía del rey se confundía con la del pueblo mismo, más allá que en los hechos el rey hiciera su voluntad y no la del pueblo. Pero ya vimos que ningún rey quería ser impopular, por eso primero gravaba a los ricos, y sólo cuando las arcas de estos quedaban exhaustas acudía sin más remedio a gravar a los pobres. Ahora bien, pese a todo, raramente aun el monarca más absoluto tomaba decisiones por sí sólo. Siempre había algún "consejo" de "notables" o cortes, favoritos o nobles que vendrían a ser los modernos asesores que tienen los actuales jefes de "estado". Es decir, también en materia fiscal las decisiones eran tomadas por el rey no sin el previo consejo de sus cortesanos o "expertos" de su época.


[1] Mateo Goldstein. Voz "IMPUESTOS" en Enciclopedia Jurídica OMEBA, TOMO 15 letra I Grupo 05.

[2] Goldstein, M. ibidem. Op. Cit.

Hipnotismo fiscal


Por Gabriel Boragina ©

"Las fases y los detalles de la evolución histórica del impuesto los analiza Adolfo Wagner, con gran riqueza de erudición y de comentario en los párrafos 101 a 123 de su Finnanzissenschaft: en los pueblos primitivos constituidos en estado de economía natural, los impuestos casi no se conocen: no hay autoridad suficientemente organizada y fuerte para exigirlos —en la antigüedad y en la Edad Media el impuesto despierta la idea de subordinación, del vencido al vencedor, de unas clases sociales a otras: su establecimiento se efectúa de un modo unilateral, despótico, sin recabar el consentimiento de quienes han de pagarlo—"[1]
Bandas de saqueadores que arrasaban pueblos enteros cada tanto, descubrieron que era mejor negocio ofrecer a esos mismos saqueados protección contra otras bandas de saqueadores a cambio de una parte de sus bienes. De negarse quedarían expuestos a seguir siendo saqueados, sea por quienes así los extorsionaban o por otros saqueadores.
Es la historia del ladrón errante y del ladrón estable. En los comienzos de la humanidad, donde los gobiernos no existían, la vida se debatía entre el ladrón errante que asolaba y saqueaba pueblos y aldeas y una vez devastado todo, se retiraba hacia otro pueblo o aldea y repetía la operación hasta que llegaba un punto en que no le quedaba más para saquear y devastar. En la segunda fase de la historia, el ladrón errante se dio cuenta que obtendría mayores ganancias de otra manera, y en lugar de despojar todas las comarcas era mejor establecerse en una sola, y dedicarse a atracar periódicamente allí sin incursionar en las otras, ya que sus costos disminuirían al eliminar las incesantes y agotadoras incursiones. Otra ventaja del nuevo sistema consistía en que tampoco correrían el riego de encontrarse antes con otra banda de saqueadores más fuertes que pudieran vencerlos. El saqueo ("pacifico") periódico local sería un "precio" que el ladrón estable le cobraba al campesino o habitante del lugar, ese precio (tributo) se pagaría como reembolso por la protección contra otros ladrones errantes que quisieran asolar el lugar.
Este es el verdadero origen del impuesto. No había demasiadas alternativas para pueblos de agricultores, ganaderos, artesanos o mercaderes (las principales actividades productivas de la antigüedad), inexpertos en el uso de las armas. Ladrones y matones constituyeron así los primeros gobiernos de la historia. Algo que en el tiempo no ha cambiado demasiado, salvo muy honrosas excepciones.
Aquellas primeras gavillas de criminales si estaban suficientemente organizadas y fuertes para exigirlos, y han devenido en los gobiernos de la actualidad, pese a sus apariencias seudodemocráticas de las que tanto se ufana el autor en estudio.
También en la actualidad el impuesto conserva aquella "idea de subordinación, del vencido al vencedor, de unas clases sociales a otras" esto se mantiene en espíritu y en esencia, aunque no resulta políticamente correcto decirlo desde luego.
Ahora bien, hay que reconocer que, en el curso de las eras, ha habido una suerte de domesticación del pueblo por parte de los estatistas, por la cual han convencido -de cierta forma- a una mayoría sobre la "necesidad" el impuesto. En parte, por eso la institución sobrevive. El éxito del lavado de cerebro es mérito, sin duda, del marxismo que ha convencido a la mayoría de la humanidad de que los impuestos son "buenos" porque los pagan los "ricos" en "beneficio" de los "pobres". Esta falacia ha calado hondo en las gentes, lo que naturalmente incluye a la pléyade de autores socialistas que estamos comentando.
"durante un periodo intermedio, que comprende desde fines de la Edad Media hasta bien avanzada la Edad Moderna, se producen evoluciones que el profesor norteamericano A. Seligman ha esclarecido con sus análisis etimológicos y terminológicos. Durante este período: a) a veces el impuesto aparece como una espontánea y benévola "donación" de los súbditos a sus soberanos (donum, benevolence); b) a veces como una humilde "súplica" dirigida por el soberano al pueblo (precarium; Bede-de beten, rogar; peticiones cuadernos de...); c) a veces predomina en ellas la idea de "asistencia" de "ayuda" voluntaria ofrecida al Poder (contribución; uide; steuer-áe steuern, ayudar); d) a veces lo que adquiere mayor relieve es el sentimiento del "deber", de la obligación de pagar el impuesto (de ahí la palabra duty en Inglaterra; e) otros vocablos, en fin, acusan la idea de que el impuesto se fija "unilateralmente" por el Estado (tasa, arbitrio; rate)"[2]
Exceptuando el último punto, los casos anteriores no se tratan de impuestos porque el elemento coactivo que lo caracteriza y constituye se encuentra ausente. Toda dación voluntaria de algo a otro es una contribución, donación, etc. pero nunca podrá llamarse impuesto. Precisamente porque en esos casos no hay imposición de ningún tipo. Donde existe voluntariedad, no hay imposición, por eso tales ejemplos dados arriba no se tratan de "impuestos".
Si esos casos han existido (confesamos no conocer la obra de A. Seligman) será excelente volver a ponerlos en práctica, pero (por lo que apuntamos en el final de nuestro párrafo anterior) lo vemos medio complicado: hay un consenso social bastante fuerte sobre la "necesidad" del impuesto, falacia que ya nos hemos ocupado de desenmascarar. No obstante, somos conscientes que nuestra posición es minoritaria y dicho asentimiento lamentablemente existe. Mucha gente acepta la "necesidad" de los impuestos; algunos con resignación, otros con entusiasmo, convencidos que los "pagarán" los "ricos" sin que ellos se vean afectados, lo cual es falso, porque los impuestos que pagan los "ricos" generan más pobreza y no menos. Sin embargo, esta última realidad es contraintuitiva para la gente ignorante de la ciencia económica y sus aciertos. En nuestro libro Impuestos hemos tratado este tema bajo el rótulo de la "ilusión fiscal".
Volviendo a la cita comentada arriba, lo que allí se mencionan en los distintos apartados, son todos casos de contribuciones voluntarias, no de impuestos. Y en algún momento, aquellos gobiernos han convertido dichas contribuciones de tales en obligatorias. Por eso, en la obra señalada en el párrafo anterior hemos criticado -como también lo hacemos aquí- que al que paga impuestos se le llame "contribuyente" porque no lo hace voluntariamente sino de manera forzada bajo amenaza de ser penado por la ley en caso de negarse a pagar. La expresión "contribución forzada" es auto contradictoria.

[1] Mateo Goldstein. Voz "IMPUESTOS" en Enciclopedia Jurídica OMEBA, TOMO 15 letra I Grupo 05.
[2] Goldstein, M. ibidem. Op. Cit.

Fantasías tributarias


Por Gabriel Boragina ©

Tratando de justificar la importancia y necesidad de los impuestos se ha dicho lo que sigue:
"Pero estos diversos empleos del impuesto son más o menos facultativos, mientras que la satisfacción de las necesidades de los funcionarios públicos, es indispensable. El impuesto es una parte de las rentas generales tomadas por la autoridad para la manutención del gobierno y de sus agentes y algunas veces para otros usos reputados de útiles para la comunidad"[1]
Si de repente, viene un ladrón y me roba mi dinero, ningún principio de valoración voluntaria se cumple, porque dichas valoraciones desaparecen: el ladrón no me entrega ningún valor a cambio de la propiedad de la que me despoja. No me genera riqueza sino pobreza. Es lo mismo que pasa con el gobierno, que vía impuestos quita a un tercero de su riqueza y con el construye -por ejemplo- un puente. Este no constituye ninguna riqueza para el desvalijado que de haber podido retener su dinero lo hubiera destinado a sus necesidades (un reloj, comida, ropa, muebles, ahorros para su familia, etc.) lo que ya no podrá hacer porque el gobierno ladrón lo ha asaltado y le dio otro destino diferente al fruto de su trabajo.
Nada que haga un tercero con dineros ajenos "forma riqueza", porque destina fondos que no les pertenecen a destinos que el dueño de esos fondos no les hubiera dado. Y si eventualmente el propietario hubiera querido darles a sus dineros esos destinos no se justifica la violencia del despojo estatal. El ladrón puede gastar el dinero de su víctima, pero al no estar sacrificando nada propio sólo genera riqueza para sí y para nadie más. Lo propio sucede con el gobierno, cuando cobra impuestos se enriquece a si mismo (en rigor a sus integrantes) pero a nadie más. Es falso que enriquezca a la comunidad, esta se ha visto -en su conjunto- empobrecida con el impuesto.
Cuando la gente necesita una ruta la construye con fondos privados espontánea y voluntariamente colectados e invertidos, por ejemplo, a través de cooperativas u otras asociaciones particulares. En estos casos esa ruta se computa como riqueza. Pero si la hace el gobierno ese gasto se traducirá en una pérdida para los que pagaron el impuesto para su construcción, lo que es algo contrario a la riqueza. Ello porque los desfalcados no querían una ruta, ya sea porque no se encontraba dentro de sus prioridades o no estaban en condiciones de mantenerla luego de construida, o no hallaban en condiciones de transitarla por no tener ningún vehículo para hacerlo o -sencillamente- vivir lejos de ella. Por ello, todo lo que se llama "obra pública" no es más que el nombre que se le da el resultado del saqueo que se le ha hecho a la gente.
Si alguien quisiera objetar esto diciendo que rutas, caminos, puentes, viaductos son "necesarios" debería demostrarlo poniendo dinero de su bolsillo y colectar voluntariamente de sus semejantes (que opinen igual que él) el caudal necesario para construirlos, y no pedir que se les robe a las demás vías impuestos para hacer cosas que no se desean y -por lo tanto- no se estiman como "riquezas".
"Señala un escritor español que la noción de impuesto no siempre ha sido la misma, sino que ha variado profundamente de época a época y de pueblo a pueblo. Esto no es de extrañar, porque el impuesto, lejos de ser una "categoría absoluta", un concepto meramente doctrinal —como pretenden algunos teoricistas— es, ante todo, un producto del medio social, una verdadera "categoría histórica". El impuesto y el derecho de imponer están, en efecto, condicionados por una porción de circunstancias: constitución político social del país, régimen jurídico, costumbres, ideas dominantes, luchas de clases y de intereses, grado de desenvolvimiento económico, etcétera. De lo cual resulta: a) que los impuestos no pueden aislarse, sino que hay que considerarlos en relación con todas esas circunstancias; y b), que el estudio de los impuestos no es un simple problema financiero, sino que es siempre al mismo tiempo un problema político, ético, social, económico."[2]
Una nueva ensalada de palabras que solo apunta a confundir al lector y no arroja ninguna luz sobre la verdadera naturaleza del impuesto. Nosotros, claramente, nos enrolamos en la teoría de la "categoría absoluta" del impuesto, que el autor denosta sin fundamento a nuestro juicio. Ya lo explicamos muchas veces: el impuesto ha sido y sigue siendo sencillamente una exacción, un pillaje de riqueza (en todo o en parte) por métodos y vías coactivas que el gobierno realiza de manera impune, y aun con respaldo de leyes creadas por ese mismo gobierno contra gente indefensa, cuya única protección reside en resistir el atraco legal poniéndose al margen de la ley (creada por el mismo ladrón). No hay más secreto que este para desentrañar la verdadera naturaleza jurídica, política, ética, filosófica y económica del impuesto.
Cualquier otra cosa que se diga respecto del cómo funciona la pretendía y risueña “categoría histórica" no son más que figuras distractoras que buscan sacar de foco el verdadero problema que representa la existencia del impuesto en tanto factor de atraso económico de los pueblos.
Es cierto que sus nombres han cambiado en el curso de la historia. También lo es que sus métodos de recaudación, asimismo, han mutado. Pero más allá de como se lo haya llamado o querido llamar, y de quienes, y cómo los recaudaron y recolectan hoy día, en todas las diferentes etapas de la historia siempre se ha caracterizado por una constante: su carácter coactivo, el que nunca ha cambiado y aún conserva. Esta condición coactiva del impuesto (o como se lo quiera denominar) ha encontrado siempre amplio respaldo legal por parte del autoconstituido acreedor del gravamen: el gobierno mismo, que por sí mismo crea las leyes fiscales a las que hace obligatorias, y en las cuales fija severísimas penas contra quien o quienes osen siquiera eludir o evadir su pago.
Si hay coerción hay impuesto, con absoluta independencia de épocas, tiempos, lugares, etc. Todo lo demás que se diga es verborragia pura.

[1]   Mateo Goldstein. Voz "IMPUESTOS" en Enciclopedia Jurídica OMEBA, TOMO 15 letra I Grupo 05.
[2]   Goldstein, M. ibidem. Op. Cit.

Privilegios fiscales

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