Industrialización

Industrialización

Los costos de la informalidad

 Por Gabriel Boragina ©

‘’Hay un ejemplo que no me cansaré de repetir, un ejemplo prototípico, que es la ley de invasión de terreno ¿Cuándo invade la gente un terreno? Invade solamente cuando el costo de comprar un terreno por la vía legal excede al beneficio de adquirir el terreno por la invasión. Y en ese momento prefiere invadir que comprar el terreno, eso probablemente es consecuencia de malas leyes que regulan la urbanización de terreno que hacen que existan barreras de acceso a los mercados inmobiliarios que empujan a desertar hacia la informalidad a gruesos sectores de migrantes del campo a la ciudad que requieren de vecindarios nuevos para vivir. Pero es consecuencia de una evaluación de costo-beneficio’’.[1]

Es importante la observación, porque destaca como las leyes atacan al mercado encareciendo las transacciones entre particulares y entorpeciendo toda la vida económica. Fruto de la falta de comprensión de los legisladores que no entienden la relación que existe entre la economía y el derecho.

Por un lado, castigan la usurpación de propiedades ajenas. Pero por el otro, elevan los costos de transacción de mil maneras (impuestos, tasas, inflación, restricciones económicas, control de alquileres con alquileres máximos, elevación de costos, etc.) de tal suerte que, en resumidas cuentas, empujan a la gente de escasos recursos hacia la informalidad y hacia el delito, no contabilizándose como delito la manera en que las legislaciones impiden la fluidez del mercado.

En estos casos las distintas leyes se contradicen entre si y los efectos buscados al sancionarlas no se alcanzan, precisamente, porque se contraponen.

‘’Yo solo invado un terreno cuando creo que me beneficia hacerlo, aunque puede que no me beneficie, es decir, hechos los números finos, de repente me perjudicó, he perdido plata por hacerlo. Pero la gente cree que no, y como actuando suponiendo que nos beneficia y suponiendo que no nos perjudica, no necesariamente hacemos una operación matemática para tomar la decisión de cumplir con la ley, hacemos una apreciación que puede ser equivocada. Pero una apreciación que guía nuestras acciones’’.[2]

Recordemos que toda acción tiene un costo. No hay acción sin costo. La expectativa puede no cumplirse y -a la larga o a la corta- el ‘’negocio’’ de invadir puede salir mal y, a veces, muy mal.

Sin duda, el terreno invadido ha de tener sus dueños, que lo reclamará formal o informalmente. Por la vía formal a través de acciones legales tendientes a su recuperación, y civiles para ser indemnizados por los usurpadores. O penales, para que los usurpadores vayan a la cárcel. Por las vías informales, mediante la violencia directa para desalojar ellos mismos a los usurpadores.

Todos estos aparecen para el invasor como costos no previstos –quizás- a la hora de usurpar. También puede darse que hubiera alguna alternativa de adquisición legal que el usurpador no haya conocido al momento de usurpar que podría haber evitado la usurpación (por ejemplo, créditos a bajo costo obtenidos en el mercado negro o paralelo, etc.)

‘’Entonces la principal limitación de la ley es su costo, la ley tiene ventajas como fuente del derecho y tiene limitaciones, la principal es que es costosa. Pero no solo es costosa, sea que hablemos del costo de oportunidad de la ley o sea que hablemos del costo como el tiempo emprendido en formación’’.[3]

En realidad, habrá que volver a repetir en este lugar que, es una ley praxeológica que toda acción tiene su costo. Y las acciones que surgen de la ley (ya sea para el que la hace, la pone en práctica y las ejecuta como sus consecuencias) obviamente no pueden escapar, ni escapan a aquel axioma praxeológico. No sólo la ley en si misma es costosa sino que sus disposiciones llevadas a al práctica generan costos a quienes el cumplimiento de la ley está dirigido.

Un ejemplo típico son las leyes laborales, que crean costos para los empleadores y beneficios para los empleados por una falacia económica difundida por el marxismo, por la cual sólo el trabajo humano es fuente del valor de las cosas. Ergo, se parte del supuesto que ‘’el patrón explota al obrero’’, y de allí que se haga ‘’necesario’’ una ley que equilibre las cosas. Todo lo que hoy se llama ‘’legislación social’’ está basado en aquella falacia marxista aceptada por casi todo el mundo.

‘’Aceptemos por un minuto que la ley es costosa. No solo es un problema que la ley es costosa, sino que ese costo de legalidad se reparte asimétricamente y permítanme una breve explicación. El profesor Douglas North dice que existe una relación inversamente proporcional entre el ingreso de la población y el costo de la legalidad. La relación inversa significa que a mayor ingreso menor costo de la legalidad y a menor ingreso mayor costo de la legalidad. Ustedes me dirán ¿Por qué? Porque si entendemos el costo de la legalidad como un costo subjetivo, como lo que yo sacrifico para cumplir la ley, la ley nunca le cuesta lo mismo a dos personas, les cuesta más a los pobres que a los ricos’’. [4]

                La ley eleva los costos de transacción porque limita lo que las personas a las que la ley afecta pudieran haber hecho en su ausencia. Podría decirse que esta es una ventaja que tiene el derecho consuetudinario por encima de la ley positiva y formal.

Los costos que imponen las leyes formales obviamente no se distribuyen de manera proporcional para todos aquellos a quienes esa ley alcance. Pero esto no es un fenómeno exclusivo de la ley. En el campo de las transacciones comerciales los costos jamás se distribuyen de manera igual para todos los agentes económicos.

El problema de la ley es que, al estar dirigida a situaciones puntales y que regulan a unos pero no a otros, forja distorsiones en las relaciones naturales y espontáneas.

Está claro que el autor alude a las leyes civiles y comerciales, y está excluyendo a la legislación penal donde no tiene sentido hablar de pobres y ricos, excepto en aquellos casos donde la libertad se obtenga a cambio de un precio (fianza u otras denominaciones, conforme los lugares).


[1] Enrique Ghersi ‘’El costo de la legalidad’’. publicado por institutoaccionliberal • 16/01/2014 • El costo de la legalidad | Instituto Acción Liberal http://institutoaccionliberal.wordpress.com/2014/01/16/el-costo-de-la-...

[2] Enrique Ghersi. ibídem

[3] Enrique Ghersi. ibídem

[4] Enrique Ghersi. ibídem

Expectativas. Corroboración y falsación

 Por Gabriel Boragina ©

‘’Si la gente considera, a su propio juicio, que no lo beneficia cumplir con la ley, no la obedece. Solo cumplimos las leyes cuando creemos que nos beneficiamos. Aclaro que no estoy diciendo que nos beneficiamos sino que creemos que nos beneficiamos. Porque la evaluación de las preferencias subjetivas no se basa en la certeza del costo o del beneficio, sino se basa en la suposición del costo y del beneficio. Tú crees que te cuesta y crees que te beneficias y actúas en consecuencia``[1]

Esto es exacto. Pero nuevamente, recalcamos que es una derivación lógica del axioma central de la acción humana que ya expuso L. v. Mises hace considerable tiempo atrás.

Ese axioma por el cual todo individuo solo actúa con la intención de pasar a un estado mejor en el que se encuentra se aplica a todos los órdenes de la vida y desde luego, también al legal. Pero esto se llama especulación, que no es más que la expectativa que todos tenemos que, si emprendemos la acción ‘’A’’ llegaremos a la meta deseada, y el costo de oportunidad será dejar de lado las acciones ‘’B’’, ‘’C’’, ‘’D’’, etc.

No obstante, puede suceder –y de hecho ocurre a menudo- que ex post descubramos que ‘’A’’ no era el camino correcto sino cualquiera de los alternativos que dejamos de lado. Y -como dice el autor-, cuando elegimos cumplir o no con la ley ‘’X’’, sucede de la misma manera. En este sentido, evaluación y especulación son sinónimas.

‘’Entonces se dice que en economía no rige el principio de causalidad, ustedes me dirán ¿Cómo es posible ir en contra de Aristóteles? Bueno, es que la economía no es una ciencia exacta, es una ciencia de la conducta, no es una ciencia natural y resulta que en las ciencias de la conducta los efectos pueden ser antes de las causas’’[2]

        En rigor, ninguna ciencia es exacta, pero ello no significa de manera alguna que pueda abandonarse –sin más- el principio de causalidad si volvemos a analizar el tema desde un ángulo praxeológico. Y por supuesto en ningún caso los efectos pueden ser anteriores a las causas, lo cual es una contradicción en términos.

En praxeología la causa es la acción, y las consecuencias de la acción pueden ser múltiples y diversas, y contrarias incluso a la voluntad del agente que actúa y que tuvo por mira el curso de la acción emprendida. Pero esto no habilita a invertir el orden causal que -por regla de la lógica- precede a todo efecto, sea este último esperado o no.

‘’Si todo mundo espera que haya una temporada de lluvia fuerte, no tiene que caer una gota de lluvia para que se produzca el efecto económico de la temporada lluviosa, basta con que la gente suponga que va a ser una temporada lluviosa y todos apuestan por la lluvia y en contra de la lluvia Si por el contrario viene seco y estamos en secano ¿Qué hacen todos los agricultores? Apuestan por el secano o en contra del secano y no ha caído una gota de lluvia. ``[3]

          Tampoco puede advertirse que es lo que quiere ‘’demostrar’’ el autor examinado en esta cita. Puede querer referirse a la actividad agraria por la frase final.

Ciertamente, las expectativas personales determinan cursos de acción, pero apenas se advierte que los hechos ocurridos no se corresponden a las expectativas que determinaran aquellas acciones, es de esperarse que (una persona sensata) modifique la acción originaria y la cambie por otra más adecuada a la ocurrencia de los hechos.

Siguiendo con el ejemplo del autor, si espero una temporada lluviosa e invierto en equipamiento para preverla (compra de impermeables, paraguas, botas, etc.) pero una vez llegada la época de la supuesta lluvia esta no se produce, seria de insensatos que yo continuara invirtiendo mi dinero en la compra de más equipamiento contra la lluvia.

Es que, así como las expectativas existen, estas no son fijas ni inmutables sino que se van reajustando de acuerdo a la ocurrencia o no de los hechos esperados. Si esto es, en definitiva, lo que está queriendo decir el autor, hubiera sido preferible que lo hubiera explicado de esta manera. De ser otra cosa lo que quisiera significar, no podemos adivinar cuál sería ella.

‘’Sencillamente porque en realidad los costos y beneficios no están asociados con la real ocurrencia de las cosas sino con la idea, la imaginación, la suposición, de que las cosas van a ocurrir. Yo me guio por lo que creo que me beneficia, yo me guio por lo que creo que me perjudica’’[4]

Sin duda que lo que aquí se dice es exacto. Pero también lo es lo que apuntamos en nuestro comentario anterior. Al carecer de omnisciencia el ser humano sólo puede guiar su conducta intuitiva o racionalmente.  En términos de Karl R. Popper, el ser humano opera en base a conjeturas y refutaciones, las que se corroboran o no, pero jamás se verifican. Esta es la única manera –conforme el filósofo austríaco- que el conocimiento progresa.

‘’Puede que la ley no perjudique a la gente, pero si la gente la interpreta como que la perjudica no lo van a cumplir. Y puede ser que la costumbre si perjudique a la gente pero la gente no lo interpreta como que lo va a perjudicar y va a preferir regirse por la costumbre y no por la ley’’[5]

        Es cierto pero, de cualquier manera, insistimos en que, si bien la gente actúa intuitiva o intelectualmente, aprende –en suma- a través del proceso de falsación explicado por Popper.

Actuamos guiados por expectativas, las cuales pueden tener una base racional o irracional. Esto puede ser corroborado o refutado mediante el método empírico. Es la experiencia la que da la respuesta de si la expectativa estuvo o no bien fundada.

Si el resultado de la acción es el efecto que esperábamos, allí corroboramos que la expectativa estuvo fundada sobre bases racionales. Si el resultado es adverso, entonces allí corroboramos que la expectativa era irracional.


[1] Enrique Ghersi ‘’El costo de la legalidad’’. publicado por institutoaccionliberal • 16/01/2014 • El costo de la legalidad | Instituto Acción Liberal http://institutoaccionliberal.wordpress.com/2014/01/16/el-costo-de-la-...

[2] Enrique Ghersi. ibídem

[3] Enrique Ghersi. ibídem

[4] Enrique Ghersi. ibídem

[5] Enrique Ghersi. ibídem

Acción humana y especulación legal

 Por Gabriel Boragina ©

‘’ ¿Cómo se conoce la costumbre? Se conoce Ex post, no ex ante. En los países de derecho consuetudinario el juez dice, en caso de conflicto y por excepción, sólo en el caso del conflicto, cómo se resuelve el conflicto en función de costumbres que él debe identificar’’[1]

El autor ha de referirse exclusivamente al juez, porque si no -en caso contrario- estaría incurriendo en contradicción. Si ante una situación de conflicto el juez debe investigar cuál es la costumbre que lo resuelve, es porque ex ante esa costumbre ya existe, no la crea el juez obviamente. Si hay una costumbre es obvio que la gente la conoce ex ante.

Las costumbres no son más que una colección de formas de actuar que la gente espontáneamente se da en determinado tipo de situaciones. El juez puede o no conocerlas ex ante, pero la gente que es -en suma- la autora de esa costumbre siempre la conoce, porque es quien la ha forjado a través de las épocas.

La costumbre preexiste al conocimiento individual de ella en sentido amplio, pero esto es aplicable a cualquier fuente de conocimiento. Todo lo que aprendemos lo aprendemos ex post de lo que estamos estudiando, pero el material de aprendizaje ya nos preexistía. No lo estamos creando a medida que lo aprendemos.

‘’Entonces en el sistema consuetudinario la costumbre se aplica por excepción al incumplimiento y se aplica ex post, producido el incumplimiento. En cambio en los sistemas de derecho romano, como el nuestro, la ley tiene una ventaja comparativa absoluta frente a la costumbre, porque se aplica es ex ante y erga omnes a todos como consecuencia del monopolio de la fuerza’’[2]

Toda acción que se aplica a una situación concreta se lo hace ex post al caso de que se trate. No aparece nítida la distinción que quiere hacer el autor en examen.

Ya nos hemos encargado de explicar que la costumbre –en definitiva- no es más que el derecho informal que se da una comunidad a sí misma.

La costumbre surge de la acción humana de muchísimas personas acumulada durante una buena cantidad de tempo que puede ser mayor o menor según el caso que se dé. Por lo que en este punto realmente no vemos la ‘’diferencia’’ que ve el autor entre el derecho consuetudinario y el derecho romano, ya que en este ultimo la solución a un caso determinado también se hace ex post.

La distinción podría estar en que en este último caso el juez no debe investigar el derecho porque ya lo tiene escrito, y por el principio Iura novit curia se presume que lo conoce ex ante. Pero en cuanto a la aplicación de ese derecho -tanto en un caso como en el otro- siempre será ex post al hecho. El elemento monopólico no hace diferencia tampoco a nuestro juicio.

‘’Entonces si bien la ley es un producto monopólico, porque la hace el Estado, el derecho no lo es, pero la ley sí porque la ley es consecuencia de la acción estatal y se sirve de ese monopolio de la fuerza. Lo que no significa, como veremos, que la gente no se sustraiga del cumplimiento de la ley y se desplace de una fuente del derecho a otra rigiéndose ya no por una ley costosa e ineficiente sino por una costumbre que a juicio de la persona que toma la decisión, le permite conseguir más fácilmente sus preferencias’’[3]

Tampoco tenemos coincidencia en este punto. Es un principio praxeológico que no hay acción sin costo. La ley no es un producto monopólico porque la haga el estado/gobierno sino porque previamente ese ‘’estado’’ se ha arrogado el monopolio de hacerla y –paralelamente- el de aplicarla.

La ley no es más que el modo en que el derecho se expresa, y aquí parece que el autor incurre en confusión de conceptos, o en una mezcla terminológica, o en ambas cosas a la vez.

Pero no podría descartarse que el estado-nación haga leyes en competencia con el sector privado. De hecho, es lo que ocurre de momento que se admite la existencia de un derecho consuetudinario. La ley puede no ser formal como sucede en el derecho consuetudinario, pero tendrá la misma fuerza obligatoria desde el instante que sea un juez el que la aplique al caso preciso que tenga entre manos.

‘’No solo la ley tiene beneficios como fuente del derecho, la ley también tiene limitaciones como fuente del derecho. La primera y principal es su costo, la ley es costosa. Yo puedo hacer mucho a través de la ley pero no cualquier cosa’’[4]

En realidad, esto es sobrenadante. Ya vimos que todo tiene su costo. Repitamos: no hay acción sin costo. En toda acción hay costos y beneficios. Pero en el costo de la acción se incurre precisamente con miras a obtener una ventaja que puede (a la postre) lograrse o no.

Pero ninguna acción se emprende sólo para incurrir en costos. Seria de necios hacerlo así. La costumbre también es costosa porque, como toda acción humana, no es más como dijimos que la colección en el tiempo de una multiplicidad de acciones humanas en determinadas áreas del quehacer (familiar, económico, político, educativo, etc.)

‘’ ¿Cuáles son los límites de la ley? Las preferencias de las personas. ¿Cuándo se cumple la ley? Cuando a juicio del ciudadano el costo de cumplir la ley es menor que su beneficio, solo cuando la gente cree que se beneficia, cree que gana algo, cumple con las leyes’’[5]

Nuevamente, insistimos: esta es una característica propia de toda acción humana, es como diría L. v. Mises, un principio praxeológico: no hay acción sin costo, y toda acción se emprende para pasar de un estado menos satisfactorio a otro de mayor satisfacción.

Lo que en realidad sucede es que -en nuestro sistema- la ley impuesta por un tercero ajeno a las partes (estado/gobierno) desequilibra la relación armónica de la sociedad, porque presupone erróneamente que los miembros de esa sociedad viven y desarrollan sus relaciones en medio de un conflicto permanente, lo que en modo alguno es así.


[1] Enrique Ghersi ‘’El costo de la legalidad’’. publicado por institutoaccionliberal • 16/01/2014 • El costo de la legalidad | Instituto Acción Liberal http://institutoaccionliberal.wordpress.com/2014/01/16/el-costo-de-la-...

[2] Ghersi. Enrique, ibídem.

[3] Ghersi. Enrique, ibídem.

[4] Ghersi. Enrique, ibídem.

[5] Ghersi. Enrique, ibídem.

Monopolio de la coacción

 Por Gabriel Boragina ©

‘’Dicen los teóricos que la ley además de tener economías de escala tiene una ventaja comparativa como fuente del derecho: el monopolio de la coacción. La ley se basa en el monopolio de la coacción. En las sociedades modernas el Estado monopoliza la coacción y al ser el monopolista de la coacción sólo es posible aplicar legítimamente la fuerza a alguien o algo en una sociedad si el Estado lo hace’’[1]

Como habíamos destacado antes, dicha supuesto ventaja comparativa puede tornarse en una clara desventaja cuando la ley que se aplica es injusta.

Los costos de imponer una ley arbitraria son enormes, y es la situación que se vivió en muchas partes del mundo. La historia brinda ejemplos muy conocidos de esto si se piensa en los casos de la leyes de los estados fascistas como la Italia de Benito Mussolini, las nazis del hitlerismo, las leyes comunistas en la Unión Soviética, los países detrás de la Cortina de Hierro, China, Extremo Oriente, y en América los casos de Cuba y el más reciente de Venezuela chavista. En esos lugares -y otros menos conocidos- la ‘’ley`` es instrumento de injusticias.

‘’La fuerza monopolizada por el Estado es de dos tipos: la fuerza coactiva y la fuerza coercitiva, dicen los filósofos políticos. No son lo mismo. Los abogados muchas veces usan de manera confusa los términos, significan cosas exactamente contrarias. Las dos son fuerzas: una es fuerza positiva, coacción es represión; y la otra es fuerza negativa, coerción es disuasión’’[2]

La distinción, en realidad, es más académica que práctica. En términos más simples, representa la diferencia entre la amenaza de la fuerza y la efectivización de la misma.

Los vocablos ‘’positiva’’ y ‘’negativa’’ no tienen el sentido de una clasificación entre bondad y maldad de una y otra sino –precisamente- marca la diferencia entre el decir y el hacer respecto del uso de la fuerza.

‘’Coacción significa obligar a una persona a hacer algo que voluntariamente no haría, es decir, yo te agarro de la cabeza, te doy un palo en la cabeza y te llevo a la cárcel, te coaccioné, es la aplicación de vis compulsiva, de fuerza, es la represión, te reprimo violentamente’’[3]

El uso de la coacción resulta legítimo cuando se trata de reprimir un delito o de la posibilidad de cometerlo. Pero, lo que nos interesa en este examen es la situación que se presenta cuando el órgano de gobierno emplea ese monopolio que detenta en la represión de actividades que no constituyen delitos, como las que de ordinario llevan acabo las personas comunes cuando realizan transacciones comerciales.

‘’Por definición en el Estado moderno, solamente el Estado tiene la potestad legítima de aplicar coacción a una persona. La coerción es la disuasión, es la amenaza: si usted hace eso va preso o le pego. El mismo policía en vez de pegarte se para en la esquina con un garrote inmenso y pone un cartel que dice «no fumar» y ya está, entendiste, si fumas te rompe la cabeza a palazos pero sólo si fumas. Te disuadieron, es vis negativa, tú no le pegas a nadie, tú sólo dices: «ojo, el que haga esto va a la silla eléctrica», el propósito que se busca es disuadir a la gente’’[4]

Tanto la coerción como la coacción (más allá de sus posibles diferencias) son de ordinario utilizadas a diario por cualquiera en todas las situaciones vitales. En la familia, en el trabajo, en la escuela, universidad, etc. En distintos grados se la observa.

El problema, insistimos, reside en cuanto el estado/gobierno tiene su monopolio y -en los hechos- abusa del mismo.

En rigor, toda situación monopólica tiende -por su propia dinámica- a su expansión, y en esta propensión (casi podríamos decir natural) reside el problema del monopolio cuando el factor monopolizado (en este caso el uso de la fuerza o de la amenaza de ella) puede ser esgrimido tanto para bien como para el mal. Este mal esta representado por su aplicación frecuente (por desgracia) a situaciones de intercambio comercial en el sentido más amplio que se le puede dar a este término.

‘’Por tanto la coerción es impedir que alguien haga algo que voluntariamente haría, exactamente al reverso que la coacción. La coerción es también monopolizada, sólo puede ejercer coerción legítimamente el Estado moderno, ninguna otra persona o autoridad puede ejercer legítimamente coerción’’[5]

En realidad, no es un fenómeno originario del ‘’estado moderno’’ ya que, desde antiguo, los reyes, monarcas, emperadores, jefes, caciques, duces, etc. se arrogaron ese monopolio ellos de manera personal y exclusiva a través de edictos, decretos o bandos. Desde este ángulo de vista, podemos decir que es un monopolio bastante antiguo, y que sólo han cambiado los nombres con los cuales se lo designa, o las cabezas en las cuales recae.

‘’Desde que la coerción y la coacción, que son fenómenos físicos y políticos, están monopolizados por el Estado, a través del derecho constitucional moderno, de Hobbes en adelante, la ley adquiere una ventaja comparativa como fuente del derecho porque es la única que se puede servir del monopolio del poder’’[6]

Insistiremos que no acordamos con el autor comentado en la calificación de ‘’’moderno’’ que le da al monopolio de la fuerza. Por el contrario, es muy antiguo ya que no hay prácticamente registro histórico que no lo mencione. Ese monopolio -es cierto- en la antigüedad estaba detentado por numerosos pequeños reyes que gobernaban ciudades, y que luego (mediante la conquista) lo iban extendiendo a otros territorios que anexaban. El Imperio Romano es un buen ejemplo de lo que decimos, pero no el único que reconoce la historia.

Ahora bien, otro punto importante a destacar es que, esa ventaja -que tanto pondera el autor citado- no es natural sino que es artificial. Es decir, viene impuesta y no se da de manera espontánea.

 ‘’Entonces, producir derecho mediante la ley no sólo tiene economías de escala, tiene una ventaja comparativa absoluta con la costumbre, que carece de esa fuerza compulsiva por parte de la autoridad Estatal’’[7]

Nuevo tema discutible. De nuevo, se prescinde del contenido de la ley (¿es justa esa ley? A la ley injusta ¿puede propiamente llamársele ‘’ley’’?) Pero además de eso, encontramos otra discrepancia en cuanto a la costumbre, por cuanto el derecho consuetudinario (que es, justamente, el derecho que recoge la costumbre) tiene su propia fuerza compulsiva que, hoy en día, podría resumirse en lo que se conoce como la condena social. En el ámbito mercantil -por citar un ejemplo rápido- el mal comerciante resulta aislado, tanto por sus competidores como por sus antiguos clientes.


[1] Enrique Ghersi ‘’El costo de la legalidad’’. publicado por institutoaccionliberal • 16/01/2014 • El costo de la legalidad | Instituto Acción Liberal http://institutoaccionliberal.wordpress.com/2014/01/16/el-costo-de-la-...

[2] Ghersi ‘’El costo…’’ Ibídem.

[3] Ghersi ‘’El costo…’’ Ibídem.

[4] Ghersi ‘’El costo…’’ Ibídem.

[5] Ghersi ‘’El costo…’’ Ibídem.

[6] Ghersi ‘’El costo…’’ Ibídem.

[7] Ghersi ‘’El costo…’’ Ibídem.

División del trabajo, ventajas comparativas y proteccionismo

 Por Gabriel Boragina ©

‘’Cooperando cada uno de nosotros hace lo que puede hacer mejor e intercambia los excedentes. Un sistema que se auto-regula cooperativamente por el principio de simpatía que vamos y hacemos cosas según esa inclinación natural’’[1]

En realidad, la palabra simpatía no parece la más adecuada excepto que el autor este dándole un sentido que no aparece nítido de entrada. Como dijo Adam Smith, no es por caridad ni por benevolencia hacia el prójimo que la gente intercambia sino por pura necesidad, es decir para satisfacer sus propios intereses egoístas (aquí la palabra egoísmo se emplea como sinónimo de interés propio, que era el mismo sentido que le daba L. v. Mises, y no en el significado peyorativo que normalmente se le otorga).

Si se quiere decir por ‘’simpatía’’ que hacemos las cosas que más nos gustan, es notorio que, a veces, lo que más nos gusta no es lo que hacemos mejor. De allí que, el término no resulte del todo feliz. Tampoco lo es si por simpatía se quiere referir que hacemos cosas bien porque los demás nos resultan simpáticos, lo que claramente tampoco es real, salvo en situaciones muy puntuales.

‘’¿Esto qué produce? Dicen los economistas que, mutatis mutandis, cambiando lo que haya que cambiar, el principio de división del trabajo aplicado a las naciones, países, regiones, se convierte en el concepto de ventajas comparativas, es decir, las colectividades, las instituciones, las sociedades, zonas, regiones o países, tienen ventajas comparativas unas respecto de otras. Hay un país que puede hacer una cosa mejor que otra, entonces no tiene sentido que todos hagan todo sino que todos descubran dentro del principio de división del trabajo qué pueden hacer mejor y exploten lo que puede hacer mejor’’[2]

Sin embargo, no todos los economistas sostienen esa teoría. Se puede decir que -con excepción de los economistas liberales- nadie más participa de esa tesis. De lo contrario, el mundo no estaría tan mal económicamente como lo está. De hecho, antes del siglo XVIII la gran mayoría del mundo era proteccionista, y los teóricos que se ocupaban del tema propiciaban la autarquía por encima del librecambio.

La Edad Antigua, Media y Moderna (en la clásica aunque bastante cuestionable división escolar de las etapas históricas) fueron dominadas prácticamente por el feudalismo, el que luego -paulatinamente según zonas y momentos- fue siendo reemplazado por el mercantilismo. Imperaba en la época el Dogma Montaigne llamado así por el pensador francés de ese tiempo que sintetizaba el problema bajo el apotegma que formuló por el cual según él ‘’La pobreza de los pobres era consecuencia de la riqueza de los ricos'’, y fue en base a esta popular falacia que se cimentaron las ideas proteccionistas primero y socialistas después. En tal sentido, Montaigne fue un temprano precursor del marxismo.

Muy tardíamente, hacia finales del siglo mencionado antes (XVIII) trabajosamente fueron tomando cuerpo las primeras ideas librecambistas. Sin embargo el siglo XX con el advenimiento del socialismo representó históricamente una regresión a las épocas más primitivas del mundo, con una vuelta hacia las economías tribales de subsistencia. Aunque pareciera de toda obviedad, lo que expone el párrafo citado sigue siendo al día de hoy una teoría cuasi revolucionaria aceptada por muy pocos.

Pero el autor comentado sigue explicando el modelo :

‘’El ejemplo prototípico es Chile, que ha creado toda su filosofía y su política económica en la explotación de su ventaja comparativa y ¿Cuál es su ventaja comparativa? La estación cambiada. Cuando los agricultores chilenos descubrieron una cosa obvia, que están al sur del Ecuador y pueden vender fruta al norte cuando allá es invierno, se volvieron ricos porque en lugar pretender ser un país desarrollado haciendo fábricas para competir con los chinos, cosa que nunca podrían hacer, decidieron vender manzanas, flores, peras y salmones, al norte. Es decir, vender en Ámsterdam, Frankfurt o en Londres un ramo de rosas por San Valentín no vale lo mismo que venderlo en Lima o Bogotá, donde es verano, pero al norte, donde no es verano, explotas a un precio distinto’’[3]

En realidad, el ejemplo aplicaría no sólo a Chile sino también a la Argentina antes de la llegada del populismo en la década del 40 hasta la fecha. La grandeza de la economía argentina residió (hasta principios del siglo pasado) en su carácter de productor y exportador de artículos primarios (denominación clásica que se les da a aquellos que son de origen agropecuario y ganadero).

En aquella época las ideas liberales estaban más aceptadas (si bien no plenamente) que con posterioridad. La Argentina se especializó en lo que sus ventajas naturales le permitían y, en base a ello, se convirtió en un país agroexportador, colocando sus productos en los mercados internacionales con gran aprobación. Todo esto duró hasta que las teorías intervencionistas y proteccionistas fueron ganando terreno hacia finales de la década del 30 y fueron abriéndose camino hasta la actualidad. Fue a partir de allí que se inició la vía hacia el subdesarrollo del país en el que continua sumido a hoy.

El peronismo significó el apogeo de estas ideas retardatarias, y su inexplicable vigencia la causa de la frustración y postergación del país hasta hoy. Incluso en los breves intervalos en los que no fue gobierno sus eventuales reemplazantes dieron una suerte de continuidad (aunque en sus discursos lo negaran) a sus más perversas prácticas, las que apenas se atrevieron a suavizar un poco, o darles una apariencia más ‘’presentable’’, pero en ningún caso representaron una erradicación de cuajo de su proteccionismo e inclinaciones autárquicas.

Pero otro tanto ocurrió con los demás países de la región en distintos grados, variantes y periodos. Chile fue quien, quizás, mejor mantuvo la filosofía que expone el autor comentado. Pero al momento de escribir estas líneas un gobierno de corte comunista amenaza con sumir al país nuevamente en la autarquía, lo que equivaldría a destruir lo que con tanto esfuerzo se obtuvo.


[1] Enrique Ghersi ‘’El costo de la legalidad’’. publicado por institutoaccionliberal • 16/01/2014 • El costo de la legalidad | Instituto Acción Liberal http://institutoaccionliberal.wordpress.com/2014/01/16/el-costo-de-la-...

[2] Ghersi ‘’El costo…’’ Ibídem.

[3] Ghersi ‘’El costo…’’ Ibídem.

Economías de escala, de diversificación y división del trabajo

 Por Gabriel Boragina ©

‘’Los economistas distinguen entre economías de escala y economías de diversificación o de espectro, ya que es una variante de la economía de escala ¿Cuál es la economía de diversificación? La que hay en el supermercado ¿Por qué hay supermercados? Porque tienen economías de diversificación, vas a un solo sitio donde puedes comprar carne, un par de zapatos, un DVD, cortarte el pelo, comprar un poco de verdura e ir al banco, porque haces muchas cosas en un solo sitio. Bueno, la ley tiene economías de escala y de diversificación. Los códigos, la legislación, te permiten hacer con el costo de una ley resolver una pluralidad de conflictos futuros y de todo tipo, de manera que solucionas el problema de la escala (cantidad) y el problema de la diversificación (cualidad). Entonces la ley objetivamente tiene economías de escalas, por tanto tiene sentido hacer derecho a través de leyes. Es económicamente más rentable producir el derecho a través de leyes, a condición de que las leyes sean eficientes’’[1]

La realidad es que de la misma manera que, todo monopolio tiende de un modo verificable a su propia expansión, y desde que el estado-gobierno tiene el monopolio de hacer leyes, la proliferación de leyes desdibuja bastante este esquema ideal que nos presenta el autor en la cita de arriba.

Por otra parte, lo que dice podría ser relativamente cierto en el área del derecho civil, pero por desgracia no nos dice nada de las otras ramas del derecho, sobre todo las que se relacionan con el derecho estatal en el sentido del derecho administrativo, aduanero, fiscal, agrario, aeronáutico, naviero y las diversas sub-ramas de estos que fueron apareciendo a medida que el gobierno-nación iba apoderándose de más y más porciones de lo que otrora eran actividades exclusivamente privadas, dando lugar al desgraciado fenómeno del intervencionismo que tan bien explicara L. v. Mises.

La expansión estatal necesitaba de leyes que no solo la acompañara sino que la justificaran. Estas leyes -de un modo o de otro- privilegiaban las actividades estatales y subordinaban las de los privados o particulares. Podrían ser eficientes para la burocracia estatal pero ello implica que resultan ineficientes para los particulares.

También se pasa por encima en el tema, no sólo las leyes que se superponen entre si sino las que se contradicen con otras y -muchas veces- hasta consigo mismas. Y también no se analiza el problema de la continua derogación de leyes que son reemplazadas por otras diferentes a las derogadas.

Quizás en el pasado, cuando existían menos leyes y estas eran más sencillas podría darse el cuadro que hace la cita anterior. Pero difícilmente en la actualidad. En fin, todas cuestiones que se dejan de lado y que forman parte de la realidad cotidiana de todos aquellos que estamos inmersos en el mundo legal.

En favor del autor digamos que siendo peruano y desconociendo nosotros el sistema legal de ese país, quizás las cosas sean en el Perú más cercanas al esquema que describe. Lo cierto es que la realidad legal argentina no tiene casi nada que ver con leyes que tengan economías de escalas pero si de diversificación. Tanta diversificación que leyes que supuestamente tratan del mismo tema no tienen nada que ver unas con las otras.

‘’No solamente tiene economías de escala, la ley como fuente del derecho tiene ventajas comparativas con cualquier otra fuente del derecho. ¿Qué es esto de las ventajas comparativas? Primero, recordemos el concepto de división del trabajo. Por este concepto cada uno de nosotros tendera a hacer aquello que puede hacer mejor, es decir, todos nosotros podemos hacer todo, pero sucede que cada uno de nosotros tendera a hacer lo que puede hacer mejor. Eso no significa lo que más te gusta. Yo quisiera ser modelo de pasarela, obviamente no tengo las condiciones para serlo. De manera que yo he terminado hablando en público, hablando y dando clases porque aparentemente puedo hacerlo mejor que desfilar en ropa interior. Pero cada uno de nosotros tiende, por consiguiente, a hacer lo que puede hacer mejor. La tesis de Smith es que si cada uno de nosotros tiende a hacer lo que puede hacer mejor, cooperando entre nosotros podremos organizar espontáneamente una sociedad y desarrollar los mercados. Si cada uno de nosotros tiende por naturaleza a hacer lo que mejor puede hacer, la clave es la cooperación’’[2]

Es una forma sencilla, fácil y rápida de explicar la teoría de la división del trabajo y las ventajas comparativas. El principio de la división del trabajo ha demostrado a través de los tiempos su superioridad sobre su opuesto: el del colectivismo, en el que todos deben hacer de todo y no especializarse en nada. En realidad, el mundo económico en sus comienzos fue inconscientemente colectivista.

En la tribu todos debían contribuir por igual en las tareas comunes y -de la misma manera- en la propiedad que esas tareas dieron como resultado. Si todos trabajaban las cosas, era como implícito que las cosas deberían pertenecer a todos los que las trabajaban. Nadie podía ser dueño exclusivo de nada que no perteneciera también al resto de la tribu. La consecuencia de este sistema primitivo de organización económica es muy conocida, aunque a veces olvidado, sobre todo por los autores utópicos. La producción colectiva siempre era insuficiente, rústica y de mala calidad, y dado que el consumo era irracional (ya que la propiedad privada no existía) los stocks se agotaban rápidamente.

Esto obligó a las tribus y pueblos antiguos (de a apoco y como si fuera un mal menor) a ir reemplazando la propiedad común por la privada o individual, advirtiendo que por esta vía los recursos no solo duraban más sino que podrían acrecentarse.

Tardó mucho tiempo la humanidad en descubrir el principio teórico que explica que la escasez era una realidad de la naturaleza, y que la propiedad común o colectiva no solucionaba el problema sino que lo agravaba. Sólo unos pocos pensadores iluminados empezaron a atisbar el problema.


[1] Enrique Ghersi ‘’El costo de la legalidad’’. publicado por institutoaccionliberal • 16/01/2014 • El costo de la legalidad | Instituto Acción Liberal http://institutoaccionliberal.wordpress.com/2014/01/16/el-costo-de-la-...

[2] Ghersi ‘’El costo…’’ Ibídem.

La ley y las economías de escala

 Por Gabriel Boragina ©

‘’Explicaremos el problema de las economías de escala. ¿Por qué digo que la ley tiene economías de escala como fuente del derecho? Eso me obliga a explicarles qué es una economía de escala. Los que son economistas me disculparán por la simpleza de la explicación. Es muy sencillo. No es lo mismo hacer uno que hacer cien; si tú haces un par de zapatos te cuesta más que si haces cien, y por su puesto hacer mil te cuesta menos y hacer un millón te sale menos y por eso China invade el mundo’’[1]

La extrema simpleza de la explicación deja de lado elementos sin cuya mención la conclusión del autor carece de sentido. Y así, desecha un factor fundamental sin el cual el ejemplo escasea de lógica. Ese elemento es el tecnológico que es -en suma- el que permite las economías de escala. Porque si hago un par de zapatos sin herramienta alguna -salvo las de mis manos- hacer dos pares me llevará el doble de tiempo, trabajo y de materia prima, con lo cual no me cuesta menos hacerlo sino más.

Prescinde (o quizás da por sentado) que lo que baja los costos (y por ende permite las economías de escala) es la tecnología y no el trabajo manual. Porque deja de lado dos componentes claves: tiempo y medios tecnológicos. Es la tecnología la que permite la producción en masa, como bien explicara L. v. Mises, y la que reduce los costos de manera geométrica o proporcionalmente. Ningún otro constituyente logra ese resultado. La máquina hace el trabajo de muchísimas personas y en menor tiempo que si se contratan muchos zapateros sin tecnología alguna.

‘’Eso es en vulgar. Economía en escala significa que los costos unitarios decrecen por la cantidad de productos o de servicios que haces, eso es grosso modo. Bien, traslademos ese concepto a la ley. ¿Por qué digo que la ley tiene economías de escala superiores a la costumbre como fuente de derecho? Porque con una ley haces muchas cosas que requerirían centenares de miles de millones de costumbres independientes en un periodo de tiempo muy largo y prolongado’’.[2]

El autor sigue sin mencionar los integrantes fundamentales que deben darse para la aparición de economías de escalas, pero damos por supuesto que los asume -sin más- para no caer en una explicación económica que lo aparte del tema central.

Cómo apuntamos anteriormente, en realidad, la ley no es otra cosa que la síntesis de las costumbres del lugar donde se crea. Por eso, las primeras leyes eran, en rigor, recopilaciones de esas costumbres seguidas ancestralmente por años e incluso por siglos, y los primeros códigos romanos llevaban (no casualmente) ese mismo nombre (recopilaciones).

Por supuesto, a medida que los gobiernos iban monopolizando la creación de las leyes, y se iban constituyendo en sus únicos productores (en términos económicos), esas recopilaciones pasarían a ser las de las leyes creadas por los distintos reyes, monarcas, etc. habidos en el tiempo, en los que a veces se combinaban las costumbres con la voluntad del rey (o reyes, dinastías, etc.) y -en otras- se dejaban de lado las costumbres para dar paso únicamente a la voluntad y -cuantiosas veces- al capricho de los gobernantes de turno.

‘’La costumbre para existir requiere de un periodo muy largo de tiempo. Cualquier uso no es costumbre, los clásicos decían que para que haya costumbre hay dos requisitos: interverata consuetudo y opinio necesitatis. Eso requiere tiempo y gente, de mucha gente haciendo lo mismo en un periodo de tiempo, la ley no. De una sola ley que haces hoy, solucionas miles de problemas’’[3]

O creas miles de problemas, reiteramos lo dicho en nuestros comentarios anteriores. El autor sigue partiendo de la base que las leyes siempre son buenas, tienen nobles propósitos, ayudan a la gente cuando, en muchos casos, resulta todo lo contrario. Volvamos a los casos de las leyes donde rigen gobiernos dictatoriales. Esa legislación, si bien formalmente cumple con todos los requisitos de lo que el mundo jurídico cataloga como ‘’ley’’, no deja espacio ni para el derecho ni para la justicia, porque esas leyes sólo responden a la voluntad del déspota, tirano o dictador de turno.

No es que estemos refutando al autor sino que, sencillamente, decimos que el análisis completo del tema no puede dejar de lado los aspectos éticos y morales de la ley.

Con esto retomemos el tema de la ley eficiente o ineficiente que es importante en este punto. Y con el de las preguntas ¿para quién es eficiente la ley? ¿Para el gobernante que la hace, o para el ciudadano a quien está destinada?

‘’Piensa en el Código Civil ¿has visto la cantidad de problemas que resuelve el código civil? La ambición napoleónica era que el Código Civil fuera el catecismo del ciudadano, que el ciudadano sólo tuviera que leer el Código Civil y solucionara toda su vida. Allí está todo. Las relaciones de padres e hijos, los esposos, los contratos, las herencias, las responsabilidades por los daños, todo, que no hubiera necesidad de ninguna otra ley. Entonces la ley tiene economías de escala para resolver problemas. Si tú con una ley puedes hacer todo simultáneamente, pues mucho mejor’’[4]

En la práctica ha sucedido lo contrario. Y ponemos nuevamente el caso argentino que es el que más conocemos por trabajar en el área legal. A finales del siglo XIX se sancionó la ley del código civil creado por el Dr. Dalmacio Vélez Sarsfield, que puede catalogarse como una verdadera obra maestra del derecho, considerando la época de su sanción.

Pero, con el andar del tiempo, la modificación en las costumbres sociales, el avance del intervencionismo estatal, los cambios de gobierno (con la diferente ideología política del partido al que le tocara asumirlo) y el (varias veces) injustificado fanatismo por ‘’lo nuevo’’ (que no necesariamente implica mejorar lo ‘’antiguo’’ sino que la mayoría de las veces no pasa de ser una simple moda) entre otras razones dignas de mejor causa, fueron apareciendo leyes que, o bien enmendaban sinnúmero disposiciones del código original, o agregaban, modificaban o suprimían artículos, hasta convertir el código primigenio en virtualmente lo que coloquialmente se conoce como una verdadera ‘’sopa de letras’’.

Al menos en el caso argentino, esa ‘’ambición napoleónica’’ nunca se cumplió, salvo por un periodo muy breve antes de que comenzara ese proceso de continuas reformas y contrarreformas que llevó décadas, hasta que en el año 2015 directamente se lo reemplazó por otro código.


[1] Enrique Ghersi ‘’El costo de la legalidad’’. publicado por institutoaccionliberal • 16/01/2014 • El costo de la legalidad | Instituto Acción Liberal http://institutoaccionliberal.wordpress.com/2014/01/16/el-costo-de-la-...

[2] Ibídem.

[3] Ibídem.

[4] Ibídem.

Los costos de la informalidad

 Por Gabriel Boragina © ‘’Hay un ejemplo que no me cansaré de repetir, un ejemplo prototípico, que es la ley de invasión de terreno ¿Cuánd...