"Robaron, pero hicieron"


Por Gabriel Boragina ©

"Robaron, pero hicieron" es el slogan con el cual políticos y quienes los votan justifican sus latrocinios una vez alcanzado el poder.
En el fondo, está el dogma marxista detrás de este slogan. Por el cual, se da por sentado que la única manera de hacer cosas es mediante el robo, con lo que el robo queda "admitido" socialmente, aunque este penado jurídicamente (menos cuando el que roba es el propio gobierno a través de los impuestos y otros "pretextos" legales).
Si el robo está aceptado para todos como "único remedio" para solucionar problemas económicos de la gente, la sociedad civil se convertirá -más temprano que tarde- en otra de ladrones que se robarán continuamente unos a otros. No cuenta -quien pronuncia esa frase- que, en dicho marco, lo que es objeto de robo será dejado de producir por el antes dueño (hoy robado) porque para robar algo de alguien otro debió haberlo producido primero, y es esta la parte que no refieren. Porque, si lo razonara, advertiría lo absurdo del slogan.
Y es marxista porque, justamente fue Marx el que decía que la producción capitalista no era más que un dato, o sea algo "dado", presupuesto. Y que obedecía a ciegas "fuerzas materiales" de producción. Para Marx, la producción y la riqueza eran algo presupuesto, y -conforme a su determinismo- siempre seria así. Ergo, quien aprueba el robo es porque da por sentado que la propiedad privada no existe o no debería existir, entonces contribuye a su abolición de la manera que puede, que es precisamente robándola.
Quien pronuncia el eslogan cree que el gobernante al que se refiere robó a otros para darle cosas a él, a su familia, o a otros "en necesidad". Nunca se cuenta entre los robados. Sin embargo, está en un error, porque cuando el gobernante se decide a robar no discrimina a sus víctimas (salvo en el discurso cuando declama "a los cuatro vientos" -y a quien quiera escucharlo y a quien no también- que el despojará a los ricos para darles a los pobres y -de esa manera- consumar la "justicia social").
No obstante, esto nunca es así, lo sepa el tirano o no. Podrá quizás -si habla sinceramente- ser esa su intención, pero en los hechos, si se decide a robarle a los ricos lo estará haciendo también a los pobres, porque la riqueza de los ricos es la misma que comparten con los pobres obligados los primeros por el mercado a proveerles de trabajo, bienes y servicios, para beneficio de los pobres y para que mediante el ejemplo de los ricos, aquellos pobres vayan dejando de serlo, siempre y cuando decidan aprovechar ese modelo y el gobierno no se entrometa en el asunto para echarlo todo a perder como habitualmente sucede en casi todas partes. En el mercado libre los ricos están forzados a compartir su riqueza con los menos ricos (o pobres) porque de lo contrario la irán perdiendo en favor de estos últimos.
Supongamos que un empresario -rico y avaro- decidiera repentinamente no pagarle más salarios a toda su actual planta de obreros para no perder ni un céntimo de su enorme fortuna. ¿quién en ese caso trabajaría para él? Nadie. Y esos obreros que se rehusaran a trabajar sin paga serian contratados por otros empresarios menos avaros y menos estúpidos que el primero. Quien habría perdido, en este caso, sería el empresario avaro y no sus obreros. Estos y sus nuevos empleadores saldrían ganando.
Pero no hace falta llegar a estos extremos, porque la gente -consciente o inconscientemente- defiende la propiedad privada de sus bienes, y se resistirá a ser robada, por muchos que sean los "argumentos" con los cuales los ladrones quieran excusar el robo. De la misma manera que quien no recibe su pago se negará a trabajar sin cobrar, porque su propiedad es su trabajo, precisamente.
Quienes defienden el slogan, generalmente, son personas incapaces de producir nada, o que habiendo intentado producir y comerciar fracasaron al primer ensayo, y en lugar de superarse y probar de nuevo en el mismo o en otro renglón, permitieron que la envidia invada sus corazones y desean con todas sus fuerzas castigar al "otro" (aunque no lo conozcan y ni siquiera exista) de quien "suponen" ha sido el autor de sus fracasos en lugar de culpar a sus propias inhabilidades o incapacidades elaborativas. Es el síndrome de la génesis del socialismo, que se nutre de la semilla de la envidia al exitoso.
Ahora bien, para reconocer que el éxito de uno o de muchos es fruto de las personales habilidades laborales y/o productivas es necesario que el marco en donde el éxito aparece sea el de un mercado abierto, competitivo e inadulterado. Si estas condiciones no se dan, cualquier riqueza será digna de sospecha. Pero raramente ese entorno de libertad económica se presenta en los países actuales.
El slogan (bien visto) luce más socialdemócrata que marxista puro. Hay en el mismo un cierto tinte de reconocimiento de que robar está mal generalmente, pero está particularmente permitido cuando con el botín se hacen "obras" para los pobres. Parece decir que robar está mal, pero -a veces- está bien dependiendo para qué o para quién se robe. Si se roba para repartir a los pobres estaría "bien", y estaría "mal" si se roba para quedárselo uno mismo. El fin (la solidaridad) excusaría el medio (el robo). Esto último está más aceptado social y jurídicamente que lo que podemos imaginar a simple examen. En realidad, todo nuestro sistema fiscal está basado en dicha premisa. Si robamos "un poco", pero es para repartir, estamos "exceptuados de condena" parece decir el lema. En última instancia, y correctamente explorado, este es el sustrato "filosófico" del mal llamado "estado benefactor" o de "bienestar", tan extendido hoy en día en el orbe.
Nuevamente, no se tiene en cuenta el meta-mensaje que se le da al resto de la sociedad con esta falaz pseudo-argumentación. Ya que, muchos serán los que se enrolen en "la causa de los pobres" simplemente para disimular sus ataques a la propiedad ajena y con fines de personal beneficio mediante el robo, quizás no por particulares manos, pero si apoyando leyes como las fiscales y la gran mayoría de las nuestras, que son expoliadoras de la propiedad privada.

Acerca del uso y abuso de saludos estereotipados


Por Gabriel Boragina ©

Daría la impresión que se ha extendido una moda por la cual cada vez que uno pregunta o contesta algo por un medio electrónico (chat de WhatsApp, correo electrónico, foros o redes sociales) empieza escribiendo “buenos días” o “tardes” o “noches” como si estuviera hablándole a la persona en presencia de ella o telefónicamente y no a través de un medio asincrónico como son los señalados.
Es bastante probable que quien así escribe (casi todo el mundo, en rigor) lo haga creyendo que es algo “debido” como un gesto de buena educación. Es cierto que es de buena educación saludar, pero el saludo ha de adecuarse al medio a través del cual se lo hace.
Si estoy empezando a escribir un mail, un chat de WhatsApp, o un mensaje en alguna red social, a menos que tenga la certeza y confirmación que el destinatario está en ese mismo instante en línea, es correcto -según sea la hora en que lo hago- saludarlo con un “buen día…tardes…o noches”, pero si este no es el caso (y en el 99 % de las situaciones no lo es) es -por el contrario- un gesto de soberbia y altanería presuponer que el destinatario debería estar pendiente en ese mismo momento de mi mensaje para recibirlo y leerlo (e incluso responderlo).
Normalmente, no tengo tiempo de leer todos los correos, mensajes o chats en el mismo momento o al momento siguiente en que me los envían o recibo. Y me resulta bastante ridículo si lo abro a la noche encontrarme con un mensaje en que mi remitente me saluda con un “buenos días” sin pensar que podría recién leer su mensaje por la tarde o por la noche. Inmediatamente pienso que significa que mi remitente suponía que iba a estar toda la mañana esperando su mensaje para que yo lo leyera durante ese lapso horario, sin cavilar que yo podría leerlo mucho más tarde, o incluso en días subsiguientes.
Tan ridículo y descolocado me parece lo anterior como un mensaje que comienza con un “buenos días” tener que contestarlo con un “buenas noches” como respuesta, habida cuenta que estoy respondiendo por la noche un mensaje que está encabezado con un “buenos días”. Realmente me resulta grotesco.
Es decir, (y desde un análisis psicológico) el remitente tuvo en cuenta al momento de redactarlo su contexto y no el mío. Pensó en él y no en mi al escribir su saludo inicial. Al menos, esa es la impresión que me produce una cosa así.
Por lo demás, es sobreabundante, cuando casi todos los medios informáticos señalados -incluyendo teléfonos celulares- dejan expresa constancia numérica del día hora, minuto y segundo del mensaje emitido, que el remitente “aclare” (además) el momento del día (mañana, tarde o noche) en el que está escribiendo. ¿para qué, si ya lo tengo fechado en día, hora, minutos y segundos en el mail o el chat del mensaje? ¿supone acaso el remitente que no se leer el horario que figura en el mensaje de manera predeterminada, que además “tiene” que o “debe” aclararme si está escribiendo a la mañana, a la tarde o a la noche? ¿me subestima? Es por todo esto que me resulta algo arrogante en lugar de “educado” o “formal”, contrariamente a lo que los demás opinan.
Por eso, yo cuando dirijo un mensaje de ese tipo a alguien, lo encabezo saludándolo con un simple, sencillo, simpático, enfático y cordial “¡Hola!” que es atemporal, porque parto de la base que mi destinatario no necesariamente va a (ni mucho menos “debe”) leer mi mensaje de manera instantánea y ni siquiera inmediata, y que podría hacerlo recién bastante más tarde, a varias horas transcurridas del mensaje emitido o, incluso, al día siguiente, o subsiguientes. Y si quiere saber en qué momento del día lo escribí, pues ya el sistema se lo está informando en pantalla con detalle de fecha, día, hora, minuto y segundos en que el mensaje fue enviado. Es decir, pienso en el otro y no en mí.
Entonces, un llano, afable y cordial “¡Hola!” sirve para cualquier hora del día…mañana, tarde o noche. Es un saludo respetuoso, distendido y -además- pensado en el otro, en función de los tiempos ajenos y no propios. Si se lo complementa con un “¡Hola! ¿Qué tal?” y el nombre del receptor da la señal de mayor cordialidad, a mi gusto.
Como es imposible saber en qué momento del día mi destinatario va a leer mi mensaje, lo verdaderamente considerado (y ante la posibilidad de que pueda leerlo en cualquier parte del día y no justamente en la hora que yo le escribo) es saludarlo con un sencillo y atento “Hola”, que es funcional a cualquier hora del día que fuere y es tan amable como los acartonados y gélidos “buenos días… tardes…noches” de los cuales no sólo se hace uso, sino abuso.
También es adecuado el cortés y formal saludo con el cual encabezan sus mensajes muchos latinoamericanos del norte andino o caribeño (“¡Cordial saludo!”) que es asimismo atemporal como el clásico “hola”.
Todo lo dicho -claro está- exceptuando la conversación telefónica o en persona y en tiempo sincrónico, que sí, justifica los formales “buenos días…tardes…noches”, porque mi interlocutor está ahí conmigo personalmente, o sino hablando telefónicamente, pero de modo sincrónico. Caso contrario, saludar dando precisión del tiempo en que se lo hace en un medio asincrónico, es de pedante o despistado (en el mejor de los casos).
Es posible que alguien crea que le doy demasiada importancia a algo que no la tiene, y probablemente tenga razón. En realidad, no es que le de importancia, de hecho, no dejo de contestar ni de tratar a nadie por la curiosidad de lo que aquí describo. Y tampoco es algo que me ofenda, me altere, ni mucho menos. Sólo que, en ocasiones, me llaman la atención estas modas verbales que se imponen, y quizás -puede ser- este demasiado expectante a la forma en que los demás se expresan y me tratan, pero bueno, no puedo evitarlo, y a veces me gusta comentar estas rarezas que encuentro en la gente… y eso es todo.

"Ricos y famosos"


 Por Gabriel Boragina ©

Puede decirse que la gran mayoría de las personas quieren ser conocidas por diferentes razones:
1.                        Los empresarios, vendedores y profesionales para captar clientes.
2.                        Los políticos para lo mismo, pero traducidos en votos.
3.                        Los empleados para conseguir empleo.
4.                        Los religiosos para tener a quienes predicar.
5.                        Los docentes a quienes enseñar.
6.                        Etc.
Es decir, que prácticamente todos queremos ser -más o menos- conocidos por muy disímiles razones cada uno.
Pero ¿existe gente que quiera ser conocida simplemente por el hecho de ser conocida, con independencia de lo que la gente opine de ella?
Muchas personas buscan protagonismo para hacerse ver. Es verdad. Pero siempre hay una finalidad detrás de esa búsqueda, aunque no aparezca explícita a primera vista, ni sea evidente por sí misma.
Y los famosos no siempre consiguen una excelente opinión de ellos por parte de la gente que los conoce.
La fama no es algo que otorgue la opinión pública de manera gratuita. Quien quiera ser famoso debe dar algo a cambio de su fama. Ni más ni menos que como todo en la vida.
La fama -cuando crece- genera casi en partes iguales tantos "amores" como "odios” a los famosos. No sólo se goza de fama como se suele decir, sino que también se sufre de ella.
Cuando la ecuación se desbalancea hacia el lado de los odios, la fama no es tan agradable y apetecible como suponen normalmente quienes la persiguen afanosamente.
Hitler fue un hombre "amado" por millones, lo que revela su ascenso y permanencia en el poder (de otra forma no podría ser explicado), sin embargo, ese "amor" y apoyo popular se fue transformando lentamente en odio a medida que su opresión y agresividad aumentaban. Es probable que cuando tuvo certeza de que había sido definitivamente derrotado no hubiera deseado llegar a ser tan famoso.
Otros tiranos y personajes sinestros tuvieron mejor suerte y salieron indemnes y famosos de la historia pese a sus masacres y miserias generadas (Stalin, Mao Tsé Tung, Perón, el Che Guevara, Fidel Castro, Chávez, etc.). Para sus enemigos fueron famosos por sus crímenes, para sus partidarios por sus "ideales". Para cuál de los dos bandos fueron más famosos es imposible saberlo.
Existe la creencia de que todo el mundo quiere que los demás tengan una alta opinión de ellos. Este deseo es bastante difícil de plasmar en la práctica, por no decir imposible. A veces, hasta en la propia familia hay severas desavenencias como ya advertía Jesús durante su paso terrenal por este mundo.
Pero hay otras personas para las cuales la fama está por encima de cualquier otra cosa, inclusive de sus afectos personales. Posiblemente porque se cree que la fama trae dinero con independencia del amor o del odio que se tenga por el famoso. Sin embargo, parece que aquello de que la fama trae por si misma fortuna no siempre es así si se piensa en casos como -por ejemplo- el de la Madre Teresa de Calcuta, que pese a su fama era pobre. O el ejemplo mismo de Nuestro Señor Jesucristo, a quien su fama no sólo no le reportó riqueza (que nunca la buscó) sino que le llevó a la cruz.
Algunos opinan que la fama se procura porque se considera que otorga poder al que la ostenta. Un poder que no siempre se traduce en algo monetario. Para tener poder hay primero que ser conocido. Hablamos naturalmente de poder sobre los demás, porque para tener poder sobre sí mismo basta con conocerse a uno mismo, por supuesto.
Algunos anhelan el poder para ser famosos, invirtiendo la ecuación, porque para tener poder primero uno tiene que ser conocido, y cuanto más conocido más famoso, y a mayor fama mayor poder (para bien o para mal). Poder que incluye el ser "amado" u "odiado".
Y aunque deliberadamente se busque el poder para ser famoso ese no el orden en que se lo genera, sino que primero viene la fama y después el poder. ¿Poder para qué? El poder puede quererse con diferentes finalidades. Por ejemplo, para tener dinero ¿y para qué sirve le dinero?, básicamente para comprar bienes o servicios. No olvidando que la fama no depende del que la ambiciona, sino del que la concede. No hay famoso sin alguien que lo afame. Y afamar a quien no merece ser afamado es un gravísimo error, pero muy común en nuestro tiempo. Muchos de los famosos de hoy no merecen la fama que se les otorga.
Sin embargo, esto no siempre funciona así. Muchos poderosos se esconden detrás de testaferros creando la ilusión que el poder está en estos últimos y no en quienes los contratan. Y los primeros pagan para hacer "famosos" a sus substitutos, en tanto ellos permanecen en el anonimato y conservan todo su poder. Así, muchos supuestos "ricos y famosos" sólo son famosos, y no verdaderamente "ricos". Simplemente "otros" (los verdaderos ricos) han pagado la publicidad suficiente para hacerlos pasar por ricos en lugar de ellos.
Esto no siempre tiene fines delictivos, sino que a veces se hace con fines preventivos, para no ser víctima de delitos. La riqueza ajena no sólo atrae a gente decente, sino también a delincuentes de todo tipo. Y una manera eficaz de protegerse de estos últimos es simulando que la riqueza no pertenece a su auténtico dueño, sino a un tercero que -en realidad- tiene su patrimonio en cero.
Cierta vez conocí a un hombre muy acaudalado que poseía una flotilla de los mejores coches últimos modelos de las marcas más costosas. Pero, en sus movimientos diarios usaba un desvencijado automóvil usado, muy antiguo y en mal estado, sólo para evitar llamar la atención de los ladrones y que intentaran robarle los mejores y más caros. Ningún "amigo de lo ajeno" repararía en alguien conduciendo un cascajo de cuatro ruedas.
Así también, hay ricos que esconden sus riquezas poniéndolas a nombre de personas de escasos recursos, o de sociedades que -en los papeles- son gerenciadas por indigentes.
Porque la riqueza cuando se divulga trae fama, y atrae a todo tipo de personas, tanto honestas como no. Y la riqueza genera para el rico dos tipos de reclamos por parte de la sociedad: uno, que se la done a los pobres, y otro de parte de los ladrones, que quieren tomarla para si, por el fraude o por la fuerza (igual como hace el gobierno cuando cobra impuestos). Por lo que ser "rico y famoso" no es tan buen negocio como se supone. Algunos valoran más ser ricos anónimos. Otros ser famosos, aunque no ricos.

"Robaron, pero hicieron"

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