Apuntes para una reforma política

Por Gabriel Boragina ©

 

Los magros resultados obtenidos por la democracia en casi todos los campos, obligan, a esta altura de la circunstancias,  a delinear e insistir en la necesidad de revisar el sistema para que se acerque a su ideal, ya sea que se entienda este como mecanismo de elección de gobiernos o sistema de gobierno en sí mismo.

Las experiencias democráticas en distintas partes del mundo y en diferentes épocas pero, con especial relieve en Latinoamérica, han demostrado con poquísimas excepciones y mas allá de las etiquetas , que la democracia no ha ni limitado ni dispersado el poder, sino que lo ha expandido temporal y espacialmente, y concentrado en poquísimas manos, aun mas que muchas denominadas "dictaduras" .

Muy sintéticamente vamos a proponer algunas medidas de fondo que creemos pueden contribuir sino a fortalecer el sistema, si -al menos- a no desvirtuarlo tanto como lo ha sido hoy en día.

La propuesta que haremos tiene algún parentesco con otra similar esbozada muy esquemáticamente por Alberto Benegas Lynch (h)  aunque no seguimos con total exactitud la misma.

En primer lugar, y considerando la concentración de poder que el sistema presidencial unipersonal conlleva en sí mismo, consideramos plausible una reforma constitucional que incorpore la figura de un Triunvirato como expresa Alberto Benegas Lynch (h)  "al efecto de evitar los caudillos o `líderes iluminados´ y tamizar las decisiones". (2) En dicho sentido, es interesante recordar que esta institución no es novedosa en la Argentina, ya que fue el sistema de gobierno que sucedió al de la Junta Grande tras la Revolución de  Mayo de 1810. Este fue abandonado no porque fuera malo en sí mismo, sino por las particulares condiciones históricas e intereses de la época (fundamentalmente las vacilaciones de los primeros patriotas en torno al destino todavía incierto del movimiento emancipador, lo que a su vez impedía avanzar sobre otras materias vitales políticamente, tales como la necesidad de una constitución política, entonces y hasta mucho después inexistente, y las tendencias indefinidas, y tensiones internas entre unitarios y federales y algunas otras, que determinaron la brevedad de aquella experiencia. Pero hoy en día, las cosas son diferentes a dicha época y superadas tales dificultades, tenemos ahora al menos, independencia política, una constitución y partidos políticos, pese a que no tengamos resuelta del todo la controversia del unitarismo-federalismo, que -en términos más modernos- podríamos re denominar como de centralismo -descentralismo, habida cuenta que, si bien nuestra constitución política proclama en su articulado un federalismo formal, en los hechos y desde aquellos lejanos tiempos y con pocos intervalos, rige entre nosotros un centralismo (unitarismo, al fin de cuentas) real.

En este contexto actual, dividir el órgano ejecutivo en un Triunvirato contribuiría en mucho a descentralizar el poder, ya que en naciones como la nuestra, ya es práctica recurrente que el poder político total tiende a concentrarse en "el ejecutivo", que al ser ejercido por una sola persona genera excelentes oportunidades de abuso las que, a juzgar retrospectivamente por la experiencia, siempre se han aprovechado en la mayor extensión y medida posible.

La elección de los triunviros podría hacerse por elección directa del pueblo, y los tres más votados -siempre y cuando pertenezcan a diferentes partidos o alianzas políticas- serían los "presidentes" electos. En otros términos, ya no habría "un" presidente, sino tres con idénticas facultades y potestades, en un pie de igualdad el uno con los dos restantes, provenientes de diferentes partidos políticos, lo que haría el sistema mucho más representativo y más democrático, y permitiría un mayor y mejor control de uno respecto del otro. Las decisiones de los triunviros se adoptarían por mayoría de votos, y al ser un número impar impediría cualquier clase de empate. Nada que decidiera unilateralmente uno de ellos podría ejecutarse sin la conformidad y firma de los restantes o, al menos, de uno de los dos restantes. Durarían en sus cargos cuatro años y podrían ser reelectos, siempre y cuando mediara un periodo intermedio entre uno y otro mandato.

Si se prefiriese mantener el actual mecanismo de una presidencia unipersonal, debería impedirse, entonces, que en el poder legislativo existiera ningún tipo de representación por parte del partido oficialista, lo que -nuevamente- permitiría un mayor control y equilibro que el vigente hoy, donde al existir la posibilidad de que el legislativo tenga mayoría oficialista implica -en los hechos- que el presidente asume la suma del poder público, tornando a la oposición en meramente figurativa e inoperante.  Tal es el caso recurrente en la Argentina, por ejemplo.

Es clave en esta modalidad, que la misma persona que ejerce la presidencia no pueda ser reelecta, sino con el intervalo de un periodo, por las razones que ya hemos dado antes.

En cuanto al poder judicial, suscribimos la propuesta de Alberto Benegas Lynch (h) que mencionamos al comienzo, pero alternativamente, sugerimos que los miembros de la corte suprema de justicia deberían ser electos por el cuerpo de abogados de la nación (comprendiendo por ellos a los jueces inferiores y abogados que actúan particularmente, fuera de la estructura del poder judicial, como ser profesores universitarios, docentes y profesionales liberales) y no como ahora, en que los jueces de la corte son elegidos por el presidente con acuerdo del senado, lo que politiza enormemente la función jurisdiccional, a la par que compromete la independencia del supremo tribunal.  Circunscribimos, en este caso, el voto a los abogados, dado que aquel es el único poder del estado en que para ser miembro del mismo se requiere una formación y una graduación especifica en una disciplina técnica-legal como es la abogacía. De esta suerte, por ejemplo, un profesor emérito de una prestigiosa universidad -aunque desconocido para el resto de la población lega- podría ser electo por sus pares, alumnos y ex alumnos para ocupar un cargo en la corte, teniendo en cuenta sus antecedentes académicos e intelectuales, aun cuando no perteneciera anteriormente a la estructura del poder judicial, y no como hoy donde al nombrarlo, lo que el presidente nacional evalúa, no son los méritos académicos ni docentes del candidato (y ni siquiera su carrera judicial) sino la afinidad ideológica o futura lealtad del candidato respecto del poder ejecutivo que lo elige, lo que definirá decisivamente su elección al cargo o no.  

Podrá objetarse que, aun adoptadas estas reformas, todavía será posible que los finalmente electos realicen acuerdos espurios entre sí para concentrar el poder en sus manos y continuar acumulándolo como sucede con el sistema actual. Y no vamos a negarlo: es factible. Pero con todo, seguimos creyendo que, en el camino a la descentralización total del poder, constituye una mejora importante que, de acumularse en pocas manos pase a acumularse en muchas. En algún sentido, será un paso más a la dispersión del poder al que apunta una genuina sociedad liberal. Podrá parecer un paso pequeño, pero continuamos considerando una mejora el intentar -al menos- ir en la dirección opuesta a la de la concertación unipersonal, que es la tendencia actual.

Creemos que estas ideas, si bien no fortalecerán la democracia, si la mejorarían bastante, a la luz de los desafortunados resultados que ha venido dando la democracia en la mayor parte de los países del mundo, sobre todo desde la segunda mitad del siglo XX a esta parte, pero con especial énfasis en América latina y, muy particularmente, en el caso de Argentina.

 

 

(2) véase <http://www.libertadyprogresonline.org/2011/11/16/homenaje-a-juan-bautista-alberdi/>

 

 

 

La importancia del voto negativo

Por Gabriel Boragina ©

Lo que llamaremos voto negativo en este título, son en realidad, varias cosas que reciben denominaciones diferentes. En ellas encuadraremos el llamado voto en blanco, el voto nulo, el anulable, y el ausentismo electoral (no presentarse a votar) entre los más importantes.
En países como Argentina, el voto negativo constituye una sumatoria importante (alrededor de un 25 % por elección, o más) si tenemos en cuenta que los candidatos que más votos obtienen -en promedio histórico- rondan entre el 30 % y el 45 %. También, en países como la Argentina, la clase política (o para mejor decir, la casta política) se las ha arreglado para que los votos negativos no se contabilicen en el escrutinio final, con lo cual, en los hechos, los votos negativos vienen a ser como votos "inexistentes". Consideramos que esto es un error, aunque en el fondo, nos parece más bien una picardía de la casta política, sobre todo de aquella casta política que se rasga las vestiduras clamando defender la "democracia".
Indudablemente, el voto negativo es una forma o modo de expresar una decisión (en este caso, de rechazo hacia los candidatos, y en especial, respecto de los de mayores posibilidades de ganar). Si por democracia entendemos, ya sea el gobierno del pueblo, ya sea el de la mayoría, resulta también indiscutible que todas las decisiones cuentan, incluso aquellas que expresan un rechazo hacia los candidatos en oferta. En conclusión, sostenemos que los votos negativos deben computarse en el recuento final de las elecciones. Y así como los votos positivos deben sumarse, los negativos deben restarse, como sus propias denominaciones lo indican con claridad. Pero ¿cuándo y a quienes se le deben restar los votos negativos? El espíritu de justicia y democracia nos indica que los votos negativos deben restarse a aquellos candidatos que hubieren obtenido votos positivos por una cifra mayor a la del total de los votos negativos. De tal suerte que, si un candidato lograre, por ejemplo, el 50 % de los votos positivos, en tanto que los votos negativos totalizaren el 24 % del padrón electoral, estos últimos deberían restarse a los positivos, de modo tal que, el resultado final del candidato en cuestión vendría a ser, después de la operación antedicha : 50-24=26. Es decir un 26 % como resultado final. Si por caso, dos candidatos obtuvieren porcentajes mayores al del total de los votos negativos, en este supuesto, pensamos que deberían dividirse estos últimos por dos y restarse a los positivos de cada uno de esos candidatos.
Por supuesto que los políticos protestarán ante un mecanismo como este, con el consabido estribillo de que, si se adopta este sistema, entonces sería difícil -por no decir casi imposible- que cualquier candidato alcanzare el 40 % o 45 % que exige la Constitución de la Nación Argentina para ser ungido presidente de la nación. Ante esta objeción cabe preguntarles a estos señores ¿por qué clase de "democracia" abogan? ¿Por una en la que se consulte la voluntad de todo el pueblo, incluyendo a la de los disidentes con los candidatos en oferta? O en cambio ¿están defendiendo una oligarquía? (recordemos que la definición de oligarquía es gobierno de pocos). Porque intentar proscribir o declarar "inexistentes" los votos negativos, siendo de personas que figuran en el padrón electoral implica, claramente, una proscripción a una franja numerosa de ciudadanos en condiciones de votar. Esta proscripción, reduce -claro está- la cantidad significativa de votos, con lo que el pueblo gobierna menos que si estuviera en una genuina democracia, ante lo cual habría que sincerarse y dejar de hablar de "democracia" y pasar a hablar de oligarquía (gobierno de unos pocos). Pues bien, el sistema que se niega a contabilizar los votos negativos es indudablemente un sistema oligárquico. Nada tiene de democrático.
¿Realmente nunca alcanzaría el piso mínimo de votos ningún candidato con este sistema? Creemos que con un régimen de vueltas sucesivas, alguno de los candidatos no tendría mayores dificultades en obtenerlo. Una posible reforma constitucional debiera contemplarlo, porque posiblemente no fuera suficiente una segunda vuelta, y se necesitarían más de dos. Es decir, las necesarias hasta que alguno de los dos candidatos más votados obtengan el piso mínimo de votos exigidos, pero, eso sí, siempre contabilizando (restándolos) los votos negativos, que irían disminuyendo paulatinamente cuantas mayores rondas electorales se fueren sucediendo. La meta debería ser lograr que gane un candidato verdaderamente representativo de la voluntad de una mayoría genuina, la que siempre será resultante de la diferencia entre los votos positivos y los negativos. Insistimos en esto si lo que queremos es establecer una auténtica democracia representativa y participativa. Ello implica abrir la posibilidad de intervención a los votos negativos y no proscribirlos como se hace actualmente, en el sólo interés de una casta política que busca achicar el mercado electoral para tener un coto de caza de votos cautivos.
El procedimiento que aquí sugerimos permite solucionar de cuajo varios problemas que viene arrastrando el sistema electoral argentino, y que pese a haber demostrado su inutilidad, todavía se mantienen, por ejemplo el del mal llamado voto "obligatorio". Los altos porcentajes de ausentismo electoral que, elección tras elección, se registran en forma creciente, prueban acabadamente, de una vez y para siempre, lo absurdo de mantener formalmente una obligación de votar a la que literalmente casi un tercio del padrón jamás presta atención. El voto "obligatorio" ya no asusta a nadie y, además, Argentina es uno de los pocos países que lo mantiene. Paradójicamente, es una "institución" de inspiración fascista y servía a organizaciones de este tipo (o afines) para controlar cuáles miembros de la facción, efectivamente concurrían o no a votar "al Jefe" (por lo general, el único candidato disponible). Fue muy empleado por los regímenes de partido único (mal llamados populares). Los soviets de la URSS lo utilizaban. Que Argentina conserve este anacronismo del totalitarismo mas rancio habla mucho de la ideología de nuestros políticos cuando defienden la vigencia del voto "obligatorio".
El sistema que proponemos también soluciona de modo definitivo el eterno problema al que se enfrenta el votante argentino (y posiblemente el de otros países): el de verse obligado a votar al candidato que le desagrada menos para evitar que gane el que le repugna mas. Computando el voto negativo como lo que es (negativo) el sufragante no se verá nuevamente jamás ante dicho dilema.


A confesión de parte relevo de prueba

Por Gabriel Boragina ©

La candidata del oficialismo adoptó como consigna de campaña el eslogan "Cuenten conmigo para lo que falta". Cuando me enteré, no pude evitar reflexionar que no podía resumir de forma más perfecta la completa ineptitud que ha demostrado en su gestión de gobierno.
En efecto, un candidato político al aspirar a un cargo de la misma naturaleza, normalmente procede a presentar a la sociedad de la que espera sus votos, su plan o programa de gobierno, o en el caso argentino y en los últimos tiempos, los políticos habitualmente se limitan a declamar frente a las cámaras y micrófonos las promesas que, según nos dicen, "cumplirán" durante sus respectivos gobiernos.
Va de suyo que, todos estos programas, planes o promesas, declamaciones o como quiera el lector llamarlas, contemplan las "realizaciones" a cumplir durante los cuatro años que, ya sabe el político en cuestión de antemano, durará su mandato. La señora de la cual hablamos aquí, desde luego, no ha sido una excepción a esta regla, ya que nadie como ella ha declamado y usado tanto cámaras y micrófonos para hacerle saber a todo aquel quien quisiera escucharla qué es lo que "haría" durante el periodo de su gestión.
Pues bien, resulta ser que al finalizar este periodo, nos venimos a enterar por boca de la propia candidata que aun "le faltan cosas por hacer", con lo que ella misma esta confesando que mintió a sus electores aquella vez que la eligieron, prometiendo que haría lo que ahora admite que no hizo, porque nos dice que "le falta" por hacer, y que "necesita" otros cuatro años más para "hacerlo".
En realidad, si la Sra. Kirchner lo que quiso decir es que le falta por hacer todo lo bueno que prometió y no cumplió, bueno, en este último caso, es indudable que está diciendo la verdad, ya que resulta extremadamente difícil, por no decir imposible, encontrar alguna cosa buena en su gestión. No obstante, no nos parece que sea ese el sentido de lo que esta mujer ahora nos está diciendo, ya que, precisamente no se trata de una persona que se haya caracterizado por decirnos jamás la verdad, sino que, por el contrario, siempre que ha podido nos ha mentido.
Si en cambio, lo que la señora quiere decirnos es que le falta por hacer más de lo que ya ha hecho de mal, estamos frente a un caso de patología, en la que el paciente no reconoce el completo desacierto de sus actos (aunque, como ya hemos explicado en otra parte, estamos seguros que no es la señora la que gobierna, sino que otros lo están haciendo por ella. Una persona de las características de la Sra. Kirchner no está condiciones de gobernar, ni siquiera su jardín, no digamos ya su casa).
Pero lo importante es volver al eslogan de su campaña, que en vísperas de su aspiración a la reelección, resulta un excelente resumen hecho por ella misma de toda su gestión. Y como dijimos, admite con sinceridad (quizás la primera vez que hace uso de este atributo desde que asumió su cargo) que al final de su gestión no ha hecho todo lo que nos prometió y nos pide que le demos otra oportunidad para que lo haga. Pero cabe reflexionar sobre ese "todo" que nos dice "le faltó hacer" ¿cuánto será realmente en tiempo lo que necesitará para "completarlo"? y ¿qué garantías concretas tenemos que, si no pudo cumplir en los pasados cuatro años, cómo podemos estar seguros que esta vez sí cumplirá en los próximos cuatro? y ¿si al cabo de los venideros cuatro años, nos vuelve a confesar que "le faltan" cosas por hacer y nos pide cuatro años más? La realidad es que la señora no está en condiciones de hacer cosa alguna en política, las prometa o no las prometa. No puede cumplir con nada. En primer lugar, porque no tiene plan alguno, y lo más importante: no tiene capacidad intelectual alguna para forjar plan de ninguna índole. Esta es pues, la triste realidad. Y sólo es triste para los argentinos, porque en lo que atañe a la Sra. Kirchner no parece darse cuenta de cosa alguna, excepto que -según ella- vivimos "en el mejor de los mundos".
La señora sólo está en condiciones de hacer lo que esos "otros", que son los que gobiernan el país desde las sombras y los que, por consecuencia, también la gobiernan a ella, le indiquen y le programen minuciosamente. Sus allegados políticos, que fungen como asesores, ya sean formales o informales, usan a la señora como un símbolo (la llevan a decir discursos, la entrenan para que gesticule en la tribuna, ante las cámaras, y... no mucho mas). No le pidamos a la señora Kirchner lo que la señora no está en condiciones de ofrecernos, por mucho que ella quisiera, suponiendo –además- que se tratara de una "buena persona", aspecto este último que también ofrece algunas dudas.
Ciertamente, a la señora le falta mucho por "hacer" o mejor dicho, todo por hacer, el punto no es este, sino que no tiene ninguna capacidad ni intelectual, y -mucho menos- política, ni habilidad alguna para poder hacerlo. Si consideramos, además, que conforme hemos venido afirmando desde hace tiempo, la señora coejerció el poder con su esposo desde el año 2003 y se supone que su gobierno iba a constituir una "profundización" de lo hecho por Néstor Kirchner (lo que fue declamado hasta la saturación por esta mujer), resulta más alarmante su confesión de que, aun así y todo, todavía "le faltan" cosas por hacer. Significa, hablando claramente, que en los últimos ocho años, ni su marido ni ella han cumplido con lo que han prometido. Si no fuera este el caso, y siendo que la señora se jacta de ser una continuadora de la gestión de Néstor Kirchner, podemos afirmar, sin lugar a ninguna duda, que la administración de ambos ha sido el más absoluto y profundo fracaso de toda la historia argentina y ¿todavía nos piden más tiempo que los ocho años que estuvieron al frente del poder? ¿Cómo calificaría el lector una petición de tal naturaleza?
En realidad, lo que a la señora le falta (pero, por lógica, no puede decirlo abiertamente) es tiempo para seguir enriqueciéndose en lo personal, familiar, con sus amigos, conocidos, partidarios, sus sindicalistas obsecuentes, etc., los que -al fin de cuentas-, y por muchos que sean, no dejan de constituir una minoría, en contraste con la inmensa población argentina que los sufre. Este es, verdaderamente, el tiempo que la señora "necesita", lo que le falta para poder seguir expoliándonos a su gusto y al gusto de su séquito de obsecuentes.

¿Benefician a la gente las reelecciones?

Por Gabriel Boragina ©

A esta altura de los hechos, parece quedar claro que el famoso "modelo" político tan pregonado por el matrimonio Kirchner, consistió y sigue consistiendo en la eternización en el poder. A ser honestos, no han sido los primeros en aspirar a perpetuarse al mando. El fundador de su partido y ex-presidente, J. D. Perón, impulsó la reforma constitucional (que finalmente logró) con ese mismo propósito en 1949. Más tarde, otro presidente (Raúl Alfonsín) de otro partido (Unión Cívica Radical) intentó reformar nuevamente la constitución con el mismo objetivo (reelegirse indefinidamente). Felizmente, su intentona no prosperó. Sin embargo, algunos años más tarde, un nuevo presidente (Carlos Menem, del mismo partido peronista, en alianza con Alfonsín para tal propósito) logró la tan ansiada reforma, la que le permitió haber sido reelegido por un segundo periodo consecutivo. La Sra. Kirchner, siguiendo esta misma línea de sus predecesores, intenta, como ellos, eternizarse en el poder. Aunque el caso de esta mujer ofrece diferencias notables con las de los anteriores.
En efecto, la Sra. Kirchner sucede en el gobierno a su esposo, Néstor Kirchner, sin embargo, durante el gobierno de este, sólo a algún despistado pudo habérsele escapado que su esposa co-ejercía el mando con aquel, naturalmente en un segundo plano, pero a nadie se le podría escapar que esta señora se desempeñaba como una vicepresidente de facto, ya que se necesita ser extremadamente distraído para creer que un pusilánime como Daniel Scioli (el entonces vicepresidente formal) tuvo algún tipo de influencia sobre Néstor Kirchner o su consejo fuera requerido por este para algún acto de gobierno. Todo lo cual, indica a las claras que, lo correcto es hablar de tres gobiernos "Kirchner". Primero, el iniciado en 2003 del matrimonio en forma conjunta (el marido como presidente legal y su mujer como vicepresidente de facto, con un vicepresidente formal (Scioli) pero en los hechos, políticamente inoperante) y un segundo gobierno de la Sra. Kirchner sucediendo al de su esposo. Por lo tanto, si esta mujer fuera reelecta en las próximas elecciones, el venidero vendría a ser su tercer gobierno (aunque formalmente se le considere el "segundo").
La constante en todos los casos mencionados es que los anhelos reeleccionistas intentan justificarse invocando repetitivamente la palabra "democracia", tan bastardeada ésta como lo está. Entonces, cabe preguntarse ¿es de la esencia de la democracia la perpetuación de los mismos personajes o de sus cónyuges, familiares o amigos, indefinidamente en la cúspide del poder? Y desde un punto de vista práctico, si no fuera así, ¿es de todos modos conveniente permitir que así ocurriera? Creemos, como tuvimos oportunidad de exponer en otra parte, que la respuesta no puede ser sino negativa. Desde una perspectiva de una democracia de tipo republicano, que vendría a ser, más o menos, la que pretendería tener la Argentina (a juzgar -al menos- por lo que dice su actual texto constitucional), consideramos que la esencia de la misma es (debería serlo, mejor dicho) la limitación del poder, limitación que no solamente entendemos como la típica división horizontal de poderes, la que estimamos necesaria pero insuficiente, sino que juzgamos indispensable la limitación temporal del poder. Claro que, mencionarles la palabra limitación a los déspotas que hemos citado más arriba, es objeto de anatema para ellos y sus seguidores. Sin embargo, si lo que pretendemos es seguir declamando por una democracia republicana (que pensamos- ya no tenemos desde larga data), consideramos que debemos aceptar el concepto de limitación temporal del poder e integrarlo al de división del poder.
¿Obtienen alguna ventaja los pueblos con las reelecciones indefinidas? Indudablemente tampoco. ¿Por qué? Por varias razones. Entre ellas: el poder político no es otra cosa que un medio o trampolín por el cual se llega al poder económico. El acceso al gobierno otorga al gobernante la facultad de dictar leyes impositivas o regulatorias de la economía, de las cuales la fundamental es la de crear dinero, mediante la emisión monetaria, lo que le otorga un control casi omnicomprensivo sobre el total de las vidas de los ciudadanos que, a partir de allí, pasan a convertirse en súbditos. Los impuestos y la inflación (que es otro impuesto encubierto) no son otra cosa que transferencias de dinero de los bolsillos de la gente a los de los burócratas. El o la presidente de un país, no es otra cosa que un Gran Burócrata, o en otras palabras, El Jefe de Todos los Burócratas de un país. Sus ingresos son los egresos que sufren sus súbditos. En la medida que un presidente es reelegido indefinidamente siente en su interior que su poder se expande también indefinidamente, y en ese sentido tenderá a comportarse como tal, ampliando su poder todo lo que le sea posible. Como la política es un juego de suma cero (lo que gana A, lo pierde B) todo poder que gana un presidente es un poder que pierde el que lo vota (si *B* vota a *A*, en realidad *B* esta cediéndole parte su poder a *A*. El voto de B será una cuota del poder de A. El poder de A será el resultado de la sumatoria de todos los votos que obtenga). Esto es así porque partir de ese momento el poder cedido no será ejercido por el cedente sino por el cesionario, de tal suerte que toda cesión de poder implica una pérdida para quien lo cede y una ganancia para quien lo recibe. El candidato ganador lo sabe y -a no dudarlo- estará dispuesto a utilizar todo ese poder ganado y cedido por sus votantes en su propio favor, porque sabe que sus votantes ya no tienen ese poder (al menos hasta los próximos comicios).
En este punto, recordemos la sentencia de Lord Acton: "El poder tiende a corromper. El poder absoluto corrompe absolutamente". Esta sentencia, según nos enseña la historia, se ha cumplido en todo tiempo y lugar en forma inexorable. La experiencia histórica también nos ha instruido que todo político que aspira al poder, una vez que lo logra se fija como meta siguiente a obtener precisamente ese poder absoluto, pero ¿por qué? Porque recordemos que el poder político sólo es un medio que utilizan los políticos para obtener poder económico. Y existe un axioma básico de la economía que nos informa que "los recursos son escasos y las necesidades son ilimitadas". Las reelecciones indefinidas potencian superlativamente todo este proceso. El juego de suma cero se repite en cada reelección: los reelectos ganan cada vez más y los votantes cada vez menos. Y así ad infinutum.

El extraño "triunfo" del oficialismo

Por Gabriel Boragina ©

Los resultados de las llamadas "elecciones primarias" que se llevaron a cabo en la Argentina, confirman algunas de las tesis que hemos venido sosteniendo en estos últimos tiempos a contramano (por lo que sabemos) de la opinión de la mayoría de los analistas políticos.
Hemos ya expresado en otra parte[1] nuestro escepticismo en cuanto a las bondades celestiales del mecanismo democrático entendido este como sistema de medición de la voluntad popular. En el mejor de los casos, este sistema de medición se agota en el mismo acto electoral, para disiparse una vez concluido este.
En este contexto, el "triunfo" del oficialismo K en un marco de aguda crisis como es en el que se halla la Argentina, sólo puede explicarse por dos vías, a saber:
1.       de la sociología y la psicología de masas, fuera ya de la órbita de los mecanismos meramente democráticos y/o políticos. Lo que no encuentra una razón política, ni económica, ni lógica, hay que buscarla en la sociología y la psicología. O bien :
2.       el fraude electoral o comunicacional. Este último está vinculado con el anterior como veremos.
El oficialismo se ha caracterizado siempre, desde su ascenso al poder por su fuerte y persistente propaganda, en pos de convencer a todo el mundo de la "bondad" de sus actos y del éxito de sus políticas. A su turno, el argentino medio es profundamente susceptible a este tipo de influencias, habida cuenta su elevado grado de ingenuidad, que lo lleva a niveles mayores de credulidad, todo lo cual, lo conduce con extrema sencillez a dar por cierto todo aquello que se repite locuazmente con la suficiente frecuencia y cadencia.
El gobierno de turno viene utilizando esta técnica persuasiva prácticamente desde su ya lejano acceso al poder. Es decir, continuamente, con persistencia y por largo tiempo.
Ese fino trabajo psicológico, ha logrado neutralizar el impacto negativo de la crisis económica, política, educativa y moral en la que este mismo gobierno ha sumido al país a partir del inicio de su gestión, desviando la atención del ciudadano medio desde las verdaderas causas (políticas desastrosas del propio gobierno) hacia factores ajenos a este. En otros términos, el "éxito" del gobierno radica en esta campaña de lavado de cerebro que le ha permitido desvincularse -en el subconsciente colectivo- de las desastradas políticas que ha venido implementando desde sus mismos comienzos.
La técnica no es en modo alguno novedosa, la mayoría de los políticos de la historia han echado mano a ella, siendo el caso más paradigmático -posiblemente- el del Ministro de Propaganda del Partido Nazi Alemán Joseph Goebbels, quien consagró la fórmula por la cual sostenía (palabras más, palabras menos) que "Una mentira repetida la suficiente cantidad de veces, pasaba a convertirse en una realidad". Si esta técnica surtió efecto sobre la mente de millones de alemanes, pueblo culto si lo hubo en todas las épocas y lo hay, ¿por qué no habría de hacerlo sobre la de los argentinos, los cuales -por término medio-, no pueden destacarse en casi nada cultural? (aunque el argentino medio crea que si).
Si analizamos lo que se ha dado en llamar la "gestión de gobierno" de la Sra. Kirchner lo único que podemos encontrar, son sus interminables peroratas (mal llamados discursos). En la historia política argentina, posiblemente, haya batido records de horas frente al micrófono o las cámaras de TV.  Lo que le dio a Goebbels excelentes resultados para Hitler y su partido, ¿Por qué no iba a reportárselos a ella sobre un pueblo como el argentino, muchísimo más crédulo que cualquiera otro?
Si la anterior explicación no fuera exacta, habría que pensar, pues, en el fraude electoral, hipótesis que de ningún modo resulta descabellada, ya que se hizo uso de él (en una medida no poco importante) en la anterior elección presidencial nacional. Pero a nuestro juicio, más importante es el fraude comunicacional, esto es: la falsedad en la información transmitida. Este último, no necesita del fraude electoral en sí mismo, sino que sólo le basta dar a conocer resultados diferentes a los reales. Lo que en una elección nacional no es tan difícil obtener, en virtud de la dispersión de las fuentes de información.
Cuando recibimos una información X (por ejemplo, Fulanito obtuvo X votos) rara vez podemos comprobar la veracidad de la data. En el mejor de los casos, si fuimos fiscales de alguna mesa electoral, sólo podemos estar seguros (a veces) de los resultados registrados en nuestra mesa. Sin embargo, cuando se trata de una mesa vecina, terminamos confiando en los datos que como "finales" nos transmiten otros (fiscales o presidentes de mesa). Si extendemos el ejemplo al resto de las mesas del circuito, circunscripción, distrito, etc. el resultado será siempre el mismo: confiamos "de buena fe" en los datos que otros (que muchas veces ni siquiera conocemos) nos dan. Estos datos que obtenemos "de buena fe" en las mesas, son los que se transmiten a la prensa, los que -a su turno-, son los que los medios retransmiten a la ciudadanía toda. Si analizamos toda la cadena de transmisión, observaremos que ninguno de los eslabones de la misma constató y comprobó personal y empíricamente la veracidad de los datos recibidos del eslabón precedente. Simplemente, cada eslabón de la cadena los toma como "buenos" y "fiables". Y punto.
Ahora bien, si el dato original es falso o, siendo verdadero, se falsea total o parcialmente en alguna de las etapas de transmisión y retransmisión, el resultado final será un conjunto de datos viciados o directamente falsos en su totalidad, ya sea en su origen o bien en alguna de las etapas posteriores. 
El proceso descripto anteriormente es inevitable, porque dada la enorme masa de datos a computar, ninguna persona puede humanamente en forma individual encarar una minuciosa tarea de comprobación de voto por voto, mesa por mesa, circuito por circuito, distrito por distrito, etc. No queda más salida que creer o no creer en lo que otros que afirman X resultado nos dicen. En resumidas cuentas, no es humanamente posible tener certeza alguna, empírica y personalmente comprobada, acerca de la realidad de X resultado, sea positivo o negativo. La única salida humana a este dilema es la de creer o no creer en la información recibida.
¿Por qué la opinión pública no duda –en general- de los resultados? Hay dos razones fundamentales:
En primer lugar, cada persona sabe (o sin haberlo pensado antes, lo admitiría al leer lo anterior) que verificar física y personalmente la realidad de cada dato (o en el caso de cada voto), sería una tarea humanamente imposible para cualquiera. Tan imposible, como la sería la de aquel que quisiera confirmar por sí mismo y sin confiar en ninguna otra fuente, la cantidad exacta de habitantes que existen en el país contándolos uno por uno personalmente. 
En segundo lugar –y teniendo presente lo anterior- la gente sabe que no le queda mas remedio que creer o no creer. Todo lo que puede hacer es, pues, seleccionar la fuente de información que considere mas confiable y creer lo que esta diga, sin creer en lo que otra fuente, menos confiable, diga en contrario. No existe para nadie una tercera posibilidad, y menos en este terreno. Como en las sociedades modernas los encargados de difundir las noticias son los periodistas, recaerá en ellos, sin duda, la confiabilidad o in-confiabilidad  de la ciudadanía acerca de lo que ellos le transmitan.



[1] Véase nuestro libro, La democracia. http://libros-gb.blogspot.com/

Paternalismo

Aproximación al paternalismo

Por Gabriel Boragina ©

paternalismo.
1. m. Tendencia a aplicar las formas de autoridad y protección propias del padre en la familia tradicional a relaciones sociales de otro tipo; políticas, laborales, etc. U. m. en sent. peyor.[1]

El individuo o las sociedades afectadas de paternalismo, suelen ser rígidas y poco flexibles, intolerantes, soberbias y, como señala la definición de la Real Academia Española, autoritarias.  El sujeto paternalista es potencialmente peligroso, y dicho peligro crece exponencialmente en la medida que tal sujeto accede mas y mas a nuevas posiciones de poder.
El daño que un paternalista puede hacer será pues, tanto menor cuanto menor sea su radio de influencia sobre otros, y a la inversa, crecerá en cuanto ese radio social se amplíe, y en esa misma medida.
El paternalista es un afectado por dos síndromes que a su vez, sirven para reconocerlo como tal. Denomino a estos síndromes como el de la regularitis y la legalitis. El paternalista estima y siente que toda actividad social -o la mayor parte de la misma- debe estar regulada y legislada, y su hablar y actuar (en el caso de que tenga alguna posición de poder) se manifiesta en este último sentido. Siente un impulsivo deseo a reglamentar a los demás, siempre conforme a sus gustos personales y pareceres. Es ciertamente un dictador en potencia, y de llegar al poder se convertirá -a no dudarlo- en un dictador en acto.
No necesariamente estará animado por malas intenciones. El paternalista no es en sí mismo un ser perverso. Como muchos padres, quizás alentados por la mejor de las intenciones "querrá lo mejor" para sus hijos. De la misma manera que ocurre a muchos padres, a pesar de que creen conocer "muy bien" a sus hijos, olvidan a menudo que tales hijos son -después de todo y en última instancia- personas diferentes e independientes en su humanidad de sus padres (algo difícil de reconocer incluso a muchos buenos e inteligentes padres). Olvidar que un hijo es, en suma, otra persona y no la misma persona que sus padres, ha traído y sigue trayendo no pocos conflictos familiares, y en lo psicológico, una buena cantidad de traumas de la niñez, que se suelen arrastrar por toda una vida. Esta situación se agudiza muchísimo más cuando el paternalista pretende proyectar su paternalismo fuera del radio específico de su propia familia y pretende asimismo ejercer su paternalismo sobre parientes, amigos, conocidos y -si le resultara posible- sobre la sociedad completa, en la cual se encuentra el inserto. Es el síndrome de la regularitis y legalitis llevado al extremo.
Pero si un padre bueno puede hacer daño cuando cree hacer bien ¿qué podremos esperar de un padre malo? Alguien dijo alguna vez sensatamente que, la mayoría de los padres no están preparados para ejercer su paternidad. Tener hijos es un hecho biológico relativamente simple, no requiere más que copular y ser fértil. Pero ejercer el rol de padre ya es otra cuestión, para la cual, alguien mas dijo que no existe una carrera universitaria ni de ningún nivel medio o inferior que nos eduque para ser padres. Aun así y todo, hay sujetos que pretenden ejercer su paternalismo sobre el resto de la sociedad, y los hay en todas las sociedades. 
En todos lados encontramos estos sujetos paternalistas: en nuestro trabajo, en la universidad, en el club, en el barrio, en nuestro vecindario, en nuestro edificio, en nuestro circulo social, en nuestra ciudad, nuestra provincia, y más frecuentemente, en nuestra nación, es decir, en nuestros gobernantes. En este sentido, un gobierno no es más que una legión de paternalistas (o si son mujeres, maternalistas) juntos y en plena acción.
Como dijimos, el paternalista no se caracteriza precisamente por su maldad, por lo que el daño social que generalmente provoca procede de su propia ignorancia (que suele estar combinada con una buena dosis de arrogancia, pedantería y soberbia). El desconoce completamente aquel dicho célebre por el cual "El camino al infierno está plagado de las mejores intenciones". El paternalista de buena fe cree que puede pensar, sentir, preferir y decidir lo que es "más conveniente" por y para los demás. Cree que sus gustos, inclinaciones y convicciones son (y deben ser) las mismas que deben adoptar sus semejantes, y, llegado el caso, si no es él mismo el que deba regularlas y legislarlas, deben ser otras personas que crean lo mismo que él (es decir, otros paternalistas), pero que se encuentren instaladas o a instalarse en el poder.  Por lo general, el paternalista no sabe que lo es, y cuando se le señala que lo es, naturalmente lo niega de plano. Se trata de una reacción normal en ellos.
Mientras –como señalamos- el paternalista tiene acotado su ámbito de poder, su daño se limita simplemente a las personas que le prestan oídos a sus "infalibles –y siempre listas- recetas" para regular todo lo regulable, es decir, absolutamente todo. Como dijimos antes, la cuestión ya cambia cuando esos sujetos acceden a posiciones de poder, y lo hacen a menudo, ya que no cabe la menor duda que detrás de todo político hay un paternalista "hecho y derecho". He aquí cuando su peligro se materializa en toda su dimensión, ya que estos sujetos consideran a sus semejantes como una suerte de infradotados y estúpidos que necesitan siempre de alguien quien los guie, corrija y los discipline en todo o casi todo. ¿y quién mejor para ello que nuestro "amigo" paternalista? Es decir, en realidad, no los consideran como semejantes, o sea como individuos, sino como algo inferior: como si fuéramos infra-individuos.
El paternalista choca a menudo (o casi siempre) con el individualista, ya que este último naturalmente no está propenso a acatar los dictados que el paternalista pretende imponerle, aun cuando el paternalista lo haga en sentido y con modales fraternales, como un "amigo" que aconseja "inocentemente" o que simplemente "sugiere". Detrás de cada aparente "sugerencia" o "consejo" del paternalista en realidad se esconde una mal disimulada orden de carácter claramente imperativo, que por mucho que lo disimule con sus amables y educadas palabras, un interlocutor suficientemente alerta y que no sufra del síndrome complementario del infantilismo  puede claramente advertir.
No es extraño que los sujetos paternalistas se sientan ideológicamente inclinados por las doctrinas colectivistas (como, por ejemplo, las socialistas o socialdemócratas) o admiren países como Suecia (el paradigma del paternalismo estatal) ya que dichas ideologías cuentan con una elevada dosis de paternalismo o bien puede considerarse que son la resultante de un conjunto de actitudes paternalistas acumuladas.



[1]DICCIONARIO DE LA LENGUA ESPAÑOLA - Vigésima segunda edición -Real Academia Española © Todos los derechos reservados

Individualismo versus paternalismo

Por Gabriel Boragina ©

1. Definiciones

Entre nosotros es ya casi un lugar común atribuir nuestros males políticos, económicos y sociales al individualismo. Esto es un grave error, porque nuestra sociedad no es en modo alguno individualista, sino paternalista. Esto es muy notorio, sobre todo en Latinoamérica.
¿Por qué nuestra sociedad es paternalista y no individualista? ¿Qué diferencias hay entre el individualismo y el paternalismo? Muchas. En este texto sólo señalaremos unas pocas y las más acusadas.
Comencemos por definir los términos. Veamos en primer lugar la definición de individualismo que nos da la Enciclopedia Encarta:
Individualismo, en filosofía política y económica, doctrina promulgada por teóricos como el filósofo inglés Thomas Hobbes y el economista escocés Adam Smith, según la cual la sociedad es un artilugio artificial que sólo existe para promover el bienestar de sus miembros como individuos y que sólo se puede juzgar adecuadamente basándose en criterios establecidos por los propios individuos. Un individualista no defiende forzosamente la doctrina del egoísmo, que considera que el interés personal es la única motivación humana lógica. Por el contrario, el individualista puede tener un pensamiento político y económico cuyas motivaciones se basen en el altruismo y defender que el objetivo de la organización social, política y económica es aumentar el bienestar al máximo para el mayor número de personas. Lo que caracteriza al pensador individualista es, sin embargo, su concepto del "máximo número" como un conjunto de unidades independientes y su oposición a la interferencia de la acción del Estado en la felicidad o la libertad de dichas unidades.(1)
Veamos ahora la definición de paternalismo según la misma enciclopedia:

paternalismo
 m. Carácter paternal.
2 Actitud protectora de un superior respecto a sus subordinados. Tómase a mala parte cuando éstos interpretan esa actitud como un pretexto para eludir determinadas obligaciones sociales o políticas que los subordinados estiman como un derecho propio. (2)

 Como vemos, el individualismo nada tiene que ver con el paternalismo y además podemos comprobar que nuestras sociedades -particularmente en Latinoamérica- son paternalistas y no individualistas como repetida y equivocadamente se dice.
Como se desprende de las definiciones de la enciclopedia transcriptas, el individualista se ve a sí mismo y ve a su prójimo como individuo y no en términos de superiores o subordinados. En el individualismo no hay relaciones de mando y obediencia, pero este tipo de relaciones es esencial al paternalismo. De allí que el paternalismo conduzca y se entremezcle con el dirigismo, que es lo que padece Latinoamérica desde hace décadas.
En tanto en el individualismo un individuo coopera con el siguiente, en el paternalismo las personas tratan de someterse entre sí, en una suerte de puja por ver quien puede ejercer el rol de superior en tanto se procura dominar al vecino en el papel de subordinado. Estos roles no son constantes y pueden variar y -de hecho- varían de persona a persona y aun en una misma persona. "A" puede ser superior de "B", en tanto "B" puede ser superior de "C" y este, a su vez, de "D" y así sucesivamente. El paternalismo se estructura en forma piramidal y jerárquica, donde los mismos individuos pueden representar simultáneamente y respecto de personas diferentes, los roles de jefes y subordinados. En cambio, nada de esto sucede en el individualismo.
El individualismo es inherente al liberalismo. Al respecto es muy ilustrativa la distinción que hace Blank y que transcribimos:
"Uno de los principios básicos del liberalismo es que el estado no debe hacer por el individuo lo que éste puede hacer por sí mismo. A esto se opone el paternalismo de estado, que considera que el estado está obligado a hacerle todo al individuo, lo que también implica una visión infantilista de los individuos, como si estos fuesen niños que no son capaces de hacer nada por sí mismos. (Carlos Blank en "Popper, centinela de la libertad")"
Precisamente esta visión dual "paternal-infantil" es lo que caracteriza las relaciones sociales en Latinoamérica. Los latinoamericanos se ven a sí mismos y ven a sus semejantes como "padres" o como "niños" y se comportan respecto de sus prójimos de acuerdo al rol que asumen.
Del paternalismo se derivan el caudillismo y el dirigismo, males típicos de Latinoamérica, tal como su historia y su presente cabalmente demuestran. En el paternalismo, el "padre" representa la autoridad que no sólo protege sino que corrige y castiga, reprende y aprueba. Véanse los gobiernos latinoamericanos y se comprobará este esquema. Pero bajando de los gobiernos al llano, estas mismas conductas se observarán en las relaciones ínter sociales e inter comerciales entre latinoamericanos. Los gobiernos no son más que reflejos de sus pueblos.
Si el estado paternalista tiene una visión infantilista del individuo, es porque, precisamente, las personas adoptan y asumen esa actitud infantilista. Esto puede apreciarse en muchos países, como Argentina, por ejemplo, donde los votantes se quejan de los políticos elegidos, pero cada dos o cuatro años siempre eligen a los mismos burócratas de los que se quejaron antes y que década tras década se han comportado paternalísticamente, en un paternalismo abusivo y claramente despótico, mas parecido al del "pater familiae" de la antigua Roma, que gozaba de potestad de vida y muerte sobre su prole.
La actitud del votante argentino de resignación y enojo hacia sus gobernantes, es claramente infantil. Es la misma actitud que asume el niño cuando su padre le niega la golosina anhelada o el paseo prometido. El niño protesta, patalea, refunfuña, pero el padre hace su voluntad a pesar de los lloriqueos.
En las sociedades latinoamericanas, los "padres" son los burócratas y los "niños" son quienes se subordinan a ellos luego de haberlos votado.

2. Indiferencia social

Otro error frecuente es afirmar que nota típica del individualismo es la indiferencia social. El error parte de volver a confundir individualismo con egoísmo. Pero ya la enciclopedia nos ha aclarado que el individualismo es altruista y no egoísta.
Según el diccionario:

indiferencia
 f. Estado del ánimo en que no se siente inclinación ni repugnancia a una cosa.
SIN. Frialdad. (3)

En realidad, ni en el individualismo ni en el paternalismo existe tal indiferencia social. Pero en tanto el individualismo es altruista el paternalismo no lo es. Veamos otra vez el diccionario:

altruismo
(fr. altruisme &larr; lat. alteru, otro)
m. Esmero y complacencia en el bien ajeno, aun a costa del propio.
2 fil. Individualismo ético, opuesto al egoísmo, que afirma como objeto de la acción moral otras personas que no son el sujeto de dicha acción.
CONTR. Egoísmo. (4)

El paternalismo no es altruista. ¿Por qué no? Un paternalista nunca aceptaría sacrificar su propio bien a favor del bien de otro. En el mejor de los casos reclamaría para sí el mismo bien ajeno, pero nunca aceptaría aquello de "aun a costa del propio". Lo mismo cabe decir de la segunda acepción del diccionario de la definición de altruismo. El paternalista jamás aceptaría NO ser sujeto de dicha acción. Pero como se ve, ni el individualismo ni el paternalismo son indiferentes sociales.
Observemos, por ejemplo, el tema de la pobreza, tema recurrente en estas cuestiones políticas y económicas. ¿Cómo resuelve un paternalista el problema de la pobreza y como lo hace un individualista?
El paternalista ve a sus semejantes como inferiores o superiores, tal como un hijo de familia ve a sus hermanos, a los que distingue por mayores y menores. Si soy de mentalidad paternalista y mi hermano menor carece de un juguete que yo si tengo, como paternalista no le presto mi juguete a mi hermano menor, sino que voy y le digo a mi padre que le quite su juguete a mi hermano mayor y se lo entregue a mi hermano menor. Es decir, no me sacrifico ni busco hacerlo, sino que pido el sacrificio de otro u otros. En el lenguaje socio-político económico, esta acción se conoce como "justicia social"
El individualista lo resuelve de otro modo. Como ve a sus semejantes como individuos tal y como él se ve a sí mismo, si su prójimo carece de algo que él si posee, no acude a ninguna autoridad para que le quite a otros lo que poseen y lo entregue al desposeído, sino que procura dárselo de su propio peculio o bien enseñarle a conseguirlo por si mismo. No acude el individualista a ninguna autoridad. Resuelve el problema por sí mismo como individuo.

1 "Individualismo", Enciclopedia Microsoft(r) Encarta(r) 99. (c) 1993-1998 Microsoft Corporation. Reservados todos los derechos.
2"paternalismo", Enciclopedia Microsoft(r) Encarta(r) 99. VOX - Diccionario General de la Lengua Española, (c) 1997 Biblograf, S.A., Barcelona. Reservados todos los derechos.
3"indiferencia", Enciclopedia Microsoft(r) Encarta(r) 99. VOX - Diccionario General de la Lengua Española, (c) 1997 Biblograf, S.A., Barcelona. Reservados todos los derechos.
4"altruismo", Enciclopedia Microsoft(r) Encarta(r) 99. VOX - Diccionario General de la Lengua Española, (c) 1997 Biblograf, S.A., Barcelona. Reservados todos los derechos.