Accion Humana

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Revista Digital

El trauma argentino

 Por Gabriel Boragina ©

Hemos reflexionado más de una vez sobre las posibles razones por las cuales la sociedad argentina en materia política se limita a la queja de sus gobiernos y de sus políticos preferentemente, sin pasar al campo de las acciones para corregir la situación. Es decir, tomar decisiones positivas (o afirmativas) mediante las vías institucionales que pone a su disposición la Constitución Nacional.

Ensayamos al respecto la hipótesis de que, de la misma manera que una persona es el resultado de su crianza, educación y experiencias de vida, de manera análoga, un país, un pueblo o una nación lleva en sí mismo idénticos componentes que lo transporta a ser como es y a experimentar todo lo que le sucede.

La historia política argentina reciente está salpicada de contradicciones que la han condicionado y direccionado de querer ser originariamente una nación republicana a haber derivado posteriormente en otra populista y antirrepublicana, mientras se sigue reclamando aquella oriunda pretensión como si fuera la actual sin serlo.

En el caso argentino, esta deformación social ha dado principio a una serie de mitos políticos, fruto de la falta de cultura cívica y, sobre todo, de ejercicio cívico. De la misma manera que los fisiólogos dicen que la falta de ejercicio de un músculo puede derivar en su atrofia, la ausencia de ejercicio cívico y de la utilización de los mecanismos republicanos que los argentinos tienen en su Constitución Nacional explican su profunda y actual atrofia cívica.

El temor implícito social a ser tildado de ''golpista'' es consecuencia directa de un pasado histórico plagado de golpes de Estado militares desplazando a gobiernos civiles. Por esta razón, cuando se señala que no se es ''golpista'' por recomendar la remoción de un gobierno utilizando los mecanismos que la misma Constitución Nacional habilita a través de instancias como, por ejemplo, el juicio político (art. 53 y concs. de la Carta Magna) no se acepta el argumento y, en el debate, se insiste que un mal gobierno debe (a pesar de ello y de todo) completar el periodo por el cual ha sido elegido, sin comprender que su continuidad implicaría estar consintiendo agravar el mal que su mala gestión viene provocando.

Paralelamente, se insiste que el problema se corrige con exhortaciones (más o menos pueriles a nuestro entender) para que el rumbo se enmiende.

Es absurdo tildar livianamente de ''golpista'' un mecanismo de reemplazo de gobernantes y de políticos que la misma Carta Magna estatuye en su seno, tan absurdo como tachar de ''golpistas'' a los vecinos de un edificio que pretenden cambiar a su mal administrador por otro.

Lo que en un terreno no político se ve como algo lógico y razonable (echar a un mal empleado o un mal gerente y reemplazarlo por otro más competente e idóneo) en el plano político se visualiza como un acto de ''golpismo''. Me parece que esto es un claro síntoma de trauma social fruto de una actitud hipócrita: la pretensión de creer ser democrático (no ''golpista'') cuando se respetan ciertas formas (votar cada cuatro o dos años) sin advertir o no queriendo hacerlo que los mecanismos institucionales de remoción de autoridades que conlleva en su seno el texto constitucional también representan formas perfectamente legales y democráticas de proceder.

Otro trauma político de la sociedad argentina me parece verlo en el hecho de la común creencia que el mero reemplazo de personas que, en el fondo, representan un mismo pensar político es suficiente para resolver el problema que se cree impedimento para el avance del país. Es -en otro símil- como el espectador que está viendo una mala obra de teatro o una película mal guionada y que, ingenuamente, considera que cambiando a los actores o personajes el problema se resuelve, y la obra pasará de ser una mala historia a ser otra excelente. Pero no son los personajes los que hacen a la historia, sino al revés: es esta, su trama la que hace que los actores hagan un buen papel. Si la historia es mala, los actores de la misma no podrán representar algo mejor. Podrán si quizás agravarla, pero no mejorarla.

De manera análoga, si un sistema político es malo porque la teoría indica que no puede funcionar como otro que sea bueno, y la práctica, además, lo corrobora en forma reiterada, no importa quien en definitiva ejerce o dirige ese mal sistema: los resultados siempre serán los que derivan lógicamente de ese sistema político.

En el caso argentino actual, si la política a ejecutar es populista no importa quien gobierne, los resultados de ese programa siempre serán populistas. Es ingenuo y pueril esperar que del ensayo de un gobierno populista podrían derivar frutos propios de un sistema liberal. Esto explica el porqué de las frustraciones actuales en la Argentina gobernada por LLA[1].

Se elija a Juan, a Pedro o a Tomás para gobernar, si el sistema es populista no importan las características personales de los primeros, el resultado de sus acciones serán populistas. Ellos pueden declamar (como el actual gobernante argentino) que no hacen populismo sino liberalismo, sin embargo, y -como dice Jesucristo en el Evangelio- ''Al árbol por sus frutos lo conoceréis'' y si el árbol da frutos populistas es porque el nombre del árbol es populismo y no liberalismo, aunque nos guste llamar al árbol por el nombre de frutos que ese árbol no da (liberalismo).

Lo mismo sucederá si el sistema político imperante en esa sociedad es el opuesto.

Argentina no madurará políticamente hasta que no trate sus traumas sociales/históricos y se libere de ellos, y no como ocurre ahora que persevera en el error, sin reconocer su causa originaria.

Sin conocer o conociéndola sin aceptar la causa, o negándola, ni siquiera se ha comenzado a abordar el problema de fondo. Vendrán recambios de personajes políticos, pero si no se madura constitucionalmente nada cambiará.


[1] Siglas del partido gobernante ''La libertad avanza''.

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