Por Gabriel Boragina ©
Al hablar de corrupción no lo hacemos en el sentido corriente y popular que
se le da al termino. Sino en el que utiliza el profesor Ludwig von Mises cuando
trata el tema.
Al respecto nos explica:
Hay múltiples esferas donde, dada una organización intervencionista,
imposible resulta evitar el favoritismo. Piénsese, por citar un solo ejemplo,
en la cuesti6n de las licencias de importación. ¿A quién otorgarlas y a quién
denegarlas? No existe módulo alguno que permita hacer tal distribución de
manera objetiva y libre de consideraciones personales. El que efectivamente se
llegue o no a pagar dinero por la adjudicaci6n, en el fondo, poco, a estos
efectos, importa, pues no resulta menos recusable el, sin nada cobrar, conceder
las deseadas licencias a aquéllos de quienes la Administración espera conseguir
en el futuro particulares servicios (sus votos electorales, por ejemplo). El
intervencionismo engendra siempre corrupción. Consignado este hecho, el
economista se desentiende del asunto, dejándolo en manos de historiadores y
juristas. [2]
Pero nuestro
interés de momento no reside en lo económico, ni lo jurídico, ni lo político,
sin restarles la debida importancia que estos enfoques tienen, sin duda, sino
en lo estrictamente liberal/filosófico.
Los grandes
liberales de todos los tiempos siempre han sido contundentes en cuanto a que en
el liberalismo no se debía reconocer ventajas y prerrogativas para nadie,
porque la sinecura rompe la igualdad ante la ley, principio rector e
irrenunciable de dicha tradición.
Ahora bien,
la observación de Ludwig von Mises no constituye un caso aislado dentro del
pensamiento liberal, sino que se inscribe en una tradición mucho más amplia y
consistente. En efecto, diversos autores liberales han advertido, desde
distintos ángulos, que toda forma de discrecionalidad estatal en la asignación
de beneficios conduce inevitablemente al favoritismo y, por ende, a la
corrupción.
En esta
línea, Friedrich Hayek señala que cuanto más interviene el Estado en la
economía, más necesario se vuelve decidir quién obtiene qué, y que tales
decisiones no pueden evitar ser arbitrarias. Es decir, allí donde no rigen normas
generales y abstractas, sino decisiones particulares, el terreno queda
necesariamente abonado para el privilegio.
Por su parte,
Frédéric Bastiat definía al Estado como “la gran ficción mediante la cual todos
intentan vivir a costa de todos los demás”, poniendo de relieve que cuando el
aparato estatal es utilizado para redistribuir beneficios particulares, deja de
ser un garante de derechos para convertirse en un instrumento de expoliación
legalizada.
Ya Adam Smith
había advertido que los empresarios tienden a conspirar contra el público
cuando buscan ventajas otorgadas por el poder político, lo cual refuerza la
idea de que el problema no reside en los individuos en sí mismos, sino en el
marco institucional que permite —o impide— tales privilegios.
Más
contemporáneamente, Milton Friedman expresó la misma idea en términos
económicos: cuando el gobierno decide quién gana y quién pierde, la corrupción
no es una posibilidad, sino una consecuencia inevitable del sistema.
De todo lo
anterior se desprende una conclusión fundamental: la corrupción, entendida en
el sentido amplio que le da Mises —esto es, la concesión de privilegios
particulares en desmedro del resto— no es un fenómeno accidental dentro de los
sistemas intervencionistas, sino una consecuencia lógica de los mismos.
El episodio
reciente que involucra a altas autoridades del gobierno argentino —en el que se
promueve o favorece desde el poder un emprendimiento privado determinado—
permite iluminar una cuestión de fondo que trasciende lo meramente coyuntural:
la incompatibilidad estructural entre liberalismo y corrupción.
Si se adopta
la definición amplia de corrupción desarrollada por Ludwig von Mises, el
problema no radica únicamente en la existencia de sobornos o beneficios
monetarios directos, sino en algo más profundo: el uso del poder estatal para
otorgar ventajas particulares a unos en detrimento de otros. Bajo este
criterio, cualquier intervención discrecional que favorezca intereses
específicos constituye, en sí misma, un acto de corrupción, aun cuando no medie
delito tipificado.
Lejos de ser
una interpretación aislada, esta idea recorre todo el pensamiento liberal
clásico. Friedrich Hayek advirtió que, cuanto mayor es la intervención estatal,
más necesario se vuelve decidir quién obtiene qué, y que tales decisiones no
pueden sino ser arbitrarias. Es decir, el problema no es moral sino
institucional: allí donde el poder decide casos particulares, el favoritismo no
es una anomalía, sino una consecuencia inevitable.
En términos
aún más crudos, Frédéric Bastiat describió al Estado como un mecanismo a través
del cual distintos grupos intentan vivir a expensas de otros, poniendo en
evidencia que la captura del poder político para obtener beneficios es una
tendencia constante cuando existen instrumentos para hacerlo.
Desde el
plano institucional, James Madison y Lord Acton coincidieron en un punto
decisivo: el poder tiende al abuso y, por lo tanto, debe ser estrictamente
limitado. No se trata de confiar en la virtud de los gobernantes, sino de
diseñar un sistema en el que les resulte imposible favorecer discrecionalmente
a unos sobre otros.
A la luz de
este marco teórico, el caso analizado adquiere un significado preciso: no es
simplemente un escándalo más, ni un error político, ni una inconducta
individual. Es la manifestación concreta de un esquema en el cual el poder
público se utiliza para beneficiar intereses particulares. Y en ese punto
exacto, el sistema deja de ser liberal. Es indistinto que esos intereses sean
de los mismos miembros del propio gobierno o de quienes por fuera de ese marco
se favorecen.
El
liberalismo no se define por la retórica, ni por la autoidentificación
ideológica de quienes gobiernan, sino por principios institucionales claros:
igualdad ante la ley, normas generales y ausencia de privilegios. Cuando un
gobierno promueve, recomienda o favorece desde su posición a determinados
actores económicos, rompe esa igualdad y sustituye reglas por discrecionalidad.
Por lo tanto,
la conclusión es directa: la existencia de este tipo de prácticas no constituye
una desviación dentro de un gobierno liberal, sino la prueba de que no lo es.
Allí donde hay favoritismo, prebendas o beneficios selectivos otorgados desde
el poder (y para el poder, peor aún) no hay liberalismo posible, sino su
negación.
En este sentido, la actual corrupción no contradice al liberalismo: lo desmiente en quienes dicen representarlo.
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