Industrialización

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El caso Trump y la libertad de expresión y de prensa

 Por Gabriel Boragina ©

 

Los temas de coyuntura no son los que prefiero tratar (como ya sabe quién me leyó en alguna oportunidad). Pero a raíz de un debate generado en torno al candidato a la reelección a la presidencia de los Estados Unidos, Mr. Donald Trump, me parece oportuno dar mi punto de vista sobre el particular.

El razonamiento por el cual se arguye que si alguien (cualquier persona) es censurado en la libre expresión de sus ideas por un medio privado asiste derecho a este último a tal proceder en virtud de ser el titular del medio, es válido en tanto y en cuanto nos halláramos en un contexto de economía de mercado o mercado libre.

Pero ¿es igual de válido en un entorno de economía intervencionista como el actual? Concretamente las Big Tech ¿son monopolios de libre mercado, o lo son artificiales creados o favorecidos por las políticas económicas de tales o cuales gobiernos? ¿es pertinente argumentar lo primero si la respuesta a la primera pregunta fuera la segunda?

Si el mercado de las comunicaciones y de la información esta intervenido y es monopólico en función de esta intervención el primer argumento pierde fuerza, porque siguiendo el razonamiento de F. Bastiat lo que se ve es el monopolio artificial y lo que no se ve son todas las empresas o emprendimientos de telecomunicaciones (y etc.) que hubieran surgido si el monopolio u oligopolio artificial (legal) no existiera. No interesa si el monopolio artificial actual es originario o derivado. Muchas empresas empiezan siendo pequeñas y no monopólicas, y en cuanto adquieren un tamaño considerable piden al gobierno alguna exclusividad en uno, muchos o todos los productos que genera, y -a menudo- obtiene ese monopolio, lo que implica que a partir de allí otros emprendimientos similares privados no podrán llevarse a cabo ni iniciarse, y si estaban en marcha estarán condenados a desaparecer. De donde no habrá fuentes alternativas para expresar ideas diferentes a la que el monopolio artificial acepte entre sus "políticas".

De igual manera opera la legislación que impone serias restricciones a la producción de tal o cual articulo o por parte de tal o cual empresa. Implica que el gobierno está decidiendo que lo que no hace A lo hará B. No porque A no pueda hacerlo sino porque el gobierno no quiere que lo haga, y para que no queden dudas de ello, por encima lo prohíbe legalmente.

¿Existe alguna razón que impida que en el mundo de las ideas los gobiernos y sus leyes intervengan de la misma manera?

Descartando que la economía estadounidense sea una de libre mercado (aunque tampoco lo es socialista, claro) no veo motivos para excluir a las empresas periodísticas y a las Big Tech del razonamiento anterior. Por eso, creo que no se puede admitir afirmar ni proponer "soluciones" de libre mercado a la censura que ciertos medios en apariencia "privados" (en rigor, monopolios artíficamente privados) imponen a determinadas personas en detrimento de otras. En el caso, si se alega que en el pais X no existe la censura previa, y -por contrapartida- un monopolio de esta índole (semiprivado) la impone, está violando la ley que garantiza la libertad de opinión y expresión. Cualquier otra conclusión contraria implica hacer análisis fuera de la realidad de un contexto mundial de economías intervenidas gubernamentalmente.

Pretender que el censurado abra su propio medio de difusión en un pais donde existen leyes "de medios" que -en rigor- pretextando "regular" la actividad periodística lo que hacen es practicar la censura previa imponiendo condiciones restrictivas, irrazonables y hasta absurdas a la inauguración de canales de TV emisoras de radio, periódicos o sitios web, es del todo fuera de foco y alejado del núcleo de la discusión.

No interesa "quien" es el personaje censurado. Este análisis que hago prescinde de la calidad, investidura o títulos que, revista el sujeto, ni las simpatías o antipatías, odios, pasiones o adhesiones que genere en otras personas.

El monopolio artificial o legal privilegia la propiedad privada de ciertos medios (monopolizados) en perjuicio de la de otros que no se verán ni siquiera surgir en algunos casos, en virtud precisamente de la existencia de los medios predilectos estatalmente. Recordemos nuevamente a Bastiat (lo que se ve y lo que no se ve). Tampoco es necesario que el medio llegue a ser un gran monopolio, ya que quien recibe un subsidio está absorbiendo fondos que se quitaron a otros. Lo que se toma como un estímulo para que forme un monopolio artificial.

Otra manera de subsidiar a un medio periodístico o una red social es a través de exenciones fiscales. Quien goza de una exención fiscal está en una situación de prerrogativa respecto de demás competidores que, al no gozar de dicha prebenda "corren la carrera" en franca desventaja. Por ello, hablar de un periodismo "independiente" tiene sentido -como dijimos al principio- en un contexto de mercado libre, pero -nuevamente- no parece que sea el escenario actual, ni siquiera en los Estados Unidos. Las exenciones fiscales como modo de subsidiar empresas son promonopolio.

A través de estas exenciones lo que antes de ellas era un medio privado periodístico de cierta envergadura puede convertirse después de ella en un valioso agente de propaganda gubernamental a cambio de la exención y en la extensión de esta.

A esta altura, todos sabemos que los gobiernos no necesitan canales ni radios oficiales (aunque de todos modos no renuncian a poseerlos) para transmitir su ideología y propaganda, ya que echan mano a vías más sutiles y eficaces, como las tristemente célebres pautas publicitarias que ofrecen a canales de TV, emisoras de radio, diarios (supuestamente "privados") y -con toda seguridad- a las masivas redes sociales que se han insertado como un medio más de comunicación, y que cuentan con millones de usuarios más que otros medios periodísticos de menor tamaño. La pauta publicitaria es una competencia desleal del estado-gobierno contra demás auspiciantes privados, ya que el costo de la pauta estatal sale de impuestos que pagan incluso sus competidores auspiciantes.

Estas pautas publicitarias son jugosas y tentadoras para cualquier medio periodístico o red cibernética, tanto que hace sumamente difícil rechazarlas, ya que además de privar al medio periodístico de apetitosos fondos, lo hace correr el riesgo de represalias o boicots gubernamentales de diverso grado.

Todo esto excede al candidato Juan o Pedro, ya que son estructuras legales armadas hace décadas y que forman parte del sistema económico político de cualquier nación de hoy en día.

En todo caso, la sumatoria de los factores antedichos, y otros no mencionados por razones de espacio, nos permiten concluir en un análisis realista por el cual, lejos de gozar de un periodismo o prensa "independiente" lo que tenemos hoy en mayor o menor medida es un periodismo político y económico oficialista u opositor concentrado y repartido entre los grandes medios. La única información realmente "independiente" de estos enormes conglomerados podría hallarse, quizás, en las secciones de deportes, espectáculos y modas, y esto con dudas y hasta cierto punto.

El verdadero periodismo independiente esta atomizado en miles de medios pequeños y, en la mayoría de los casos, muy chicos a nivel local, con un alcance y una envergadura muy reducida, casi a la insignificancia. Dado un contexto de economía monopolística de diseño artificial/gubernamental, estos órganos de prensa independiente carecen de posibilidad alguna de crecer, a excepción de que renuncien a su independencia y cedan a ingresar en el mercado de las pautas publicitarias estatales.

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