¿Cuál democracia?

 

Por Gabriel Boragina ©

 

Indudablemente, las dictaduras ya no son como las del siglo pasado, pese a que todavía quedan unas cuantas a la usanza de aquella época. Los célebres "golpes de estado militares" ya son cosa del pasado. No es esta la manera elegida por los autócratas para adueñarse del poder, ni para permanecer en él. Hoy en día, aprovechando al máximo el prestigio ganado por la palabra "democracia”, nuestros modernos déspotas apelan cada vez con mayor ímpetu y entusiasmo a una supuesta "fuerza" que le dan "los números". Lo novedoso de este siglo sea tal vez, el modo que los nuevos tiranos se las han ingeniado para manipular y manejar "los resultados" de los cada vez más frecuentes simulacros de elecciones que se llevan a cabo, al menos en Latinoamérica. Chávez en Venezuela, Correa en Ecuador, Morales en Bolivia y los Kirchner en Argentina son claros exponentes de esta nueva manera de engañar y expoliar a las masas.

Aspirantes a constituir verdaderas dinastías, han echado mano, tanto al hechizo y canto de sirenas que evoca en muchas personas la tan bastardeada y maltrecha palabra democracia, como cuanto a la simulación de "victorias" de la mano de un sistema electoral que, en su faz electrónica e informática, resulta alta y fácilmente manipulable.

Sin embargo, esa machacona propaganda electoralera y demagógicamente barata, típica de los populismos, cede frente a hechos contrastables de la realidad que demuestran a aquella -para las mentes alertas y despiertas- como vergonzosamente mentirosa. Las crisis (de mayor o menor nivel, según los casos) que se viven en esos países, demuestran a las claras que, si alguna vez dichos "populismos" tuvieron cierto grado de "apoyo popular", más pronto o más tarde lo han ido perdiendo. Y sólo lo conservan en el monótono discurso de sus "líderes" que, por razones más que obvias, necesitan sobrevivir desde y en el poder.

Fieles al estilo popularizado por Joseph Goebbels (el célebre Ministro de Propaganda de la Alemania nazi) pueden nada más hacerlo mediante una constante perorata, en la que una y otra vez pasan revista a supuestos "beneficios" de "su modelo", inexistentes en el mundo de las realidades. Apuestan a que la fórmula de Goebbels por la cual "una mentira repetida el suficiente número de veces pasa a convertirse en una verdad" les va a funcionar exitosamente en cada oportunidad que se les presente. Y que permanezcan en sus cargos muestra -en algún rango- que la técnica nazi les va andando bastante bien.

Es clave en este proceso de lavados de cerebros masivos que, estos déspotas, se identifiquen a sí mismos en forma repetitiva con la democracia, lo que consigue en quienes les escuchan un efecto e impacto psicológico de largo alcance. A mayor estado de ingenuidad, credulidad y docilidad de un pueblo, esta receta nefasta será cada vez más eficaz. La presencia de estos tiranos muestra -al mismo tiempo- el nivel de declive social, moral y cultural en el que se sumen las sociedades que gobiernen de esa manera. Ellos, los tiranos, "son" la encarnación de "la democracia”; "la democracia" –dicen- que es la "encarnación del pueblo"; ergo, los dictadores "son" el pueblo mismo. Alcanzada esta falsa identificación, los pueblos quedan, pues, a su entera merced y librados a sus caprichos.

Cuando alguien debe insistir recurrentemente en sus "logros" y "cualidades", implica necesariamente que dichos "logros" y "cualidades" no están a la vista. Ergo, es altamente probable que no sean tales, o que -directamente- ni siquiera existan. Sigue siendo vigente el antiguo adagio romano por el cual res non verba. Estos gobiernos populistas, exuberantemente locuaces, demuestran con su incontinente verborragia la más completa carencia de sus fantasiosos "éxitos". Puede crearse una regla que diga que a mayor insistencia verbal de X, menor es la probabilidad de X efectivamente exista. Todo abogado sabe que no basta alegar un hecho ante el juez, sino que debe ser probado ante este último como para que se tenga por cierto. Si en lugar de ello, sólo se ocupa de seguirle repitiendo al juez que "el hecho existe" sin demostrárselo concretamente, el juez rechazará sus planteos.

Un gobernante exitoso no se vería en la necesidad de decirlo a nadie. Sus actos y realizaciones hablarían en voz más alta que sus palabras. Los déspotas que nos gobiernan, obviamente no pueden darse ese lujo. De allí, sus inacabables y aburridas peroratas y sus diarreas orales. De la misma manera, sus incansables repeticiones de la palabra "democracia" resulta clara señal de la más completa inexistencia de esta última. Si realmente viviéramos en "democracia" no necesitaríamos que nadie nos "convenciera" de ello. Nos daríamos cuenta por nosotros mismos en nuestras propias vivencias que nos hallaríamos en ese sistema, ya que a todos nos enseñaron en el colegio lo que quería decir "democracia". De momento que el déspota "tiene que recordarnos" con frecuencia que estaríamos en una "democracia", es prueba palpable que no lo estamos. De estarlo, lo percibiríamos por nosotros mismos.

De la misma manera que, es bastante probable que quien desde la cúpula del poder nos está permanentemente alertando sobre posibles, futuros o inminentes "golpes de estado" sea -en sí mismo- un golpista o el futuro golpista, que se anuncia a sí mismo como tal, sin darse a conocer en ese carácter. Es una suerte de reconocimiento del tirano que, de encontrarse en su posición, el o ella daría ese "golpe" o, al menos, de que encuentra motivos para ello.

Es que la pregunta es extremadamente sencilla: si estuviéramos en una auténtica democracia ¿por qué tendríamos que temer o imaginar siquiera la posibilidad de un "golpe de estado"? Una democracia sólida y consolidada si es genuina, es lo suficientemente fuerte como resistir cualquier intento de "golpe de estado". Pero si "se teme el golpe", significa que no hay tal democracia sólida ni genuina, sino sólo verbalmente. Es decir, su ficción.

En los Evangelios, leemos que se dice "Al árbol, por sus frutos lo conoceréis". El árbol no puede -ni tampoco necesita- hablarnos para decirnos qué clase de árbol es. Sabemos que un árbol es un manzano cuando las frutas que recogemos del mismo observamos que son manzanas. No necesitamos que el manzano nos de un discurso desde el atril en el que diga que él puede darnos manzanas. Los gobernantes, en cambio, se parecen a árboles parlantes, que tratan de explicarnos insaciablemente que, siendo manzanos pueden darnos limones, o que siendo naranjos están capacitados para darnos peras. Lo aun increíble es que exista gente que pueda hacerles caso.

Trascendencia del Poder Judicial

Por Gabriel Boragina ©

    En el marco del conflicto que el poder ejecutivo, representado por el FPV (Frente para la Victoria), mantiene con la Corte Suprema de Justicia de la Nación, a raíz de la aplicación de la llamada "ley de medios" al Grupo Clarín, y en virtud de los injustificados ataques que el ejecutivo dirige a dicha Corte, no está de más repasar algunos conceptos básicos relativos a la importancia del poder también llamado jurisdiccional.
     Al respecto, el profesor Sánchez Viamonte apunta: "Según la Constitución Argentina, sólo manda la ley y nadie está privado de lo que ella no prohíbe (art. 19). La justicia consiste en aplicarla interpretando fielmente su letra, con arreglo al sentido moral que constituye su espíritu. Por eso toda la justicia reposa en los principios éticos de carácter fundamental que contiene la Constitución, y que fijan al Derecho su verdadero sentido." [1] y añade: "La administración de justicia presenta dos aspectos fundamentales: el de las relaciones puramente privadas, que para los romanos consistía en dar a cada uno lo suyo, y el de las relaciones de Derecho público, que atañen a la estructura institucional y al problema de la libertad frente a la autoridad. Para resolver el problema en sus dos aspectos, ha sido creado el Poder Judicial, como poder público, con igual jerarquía que los poderes Ejecutivo y Legislativo, y con el carácter específico de guardián de la Constitución."[2]
     A nuestros efectos, hemos de rescatar de sus palabras las siguientes: "...ha sido creado el Poder Judicial, como poder público, con igual jerarquía que los poderes Ejecutivo y Legislativo, y con el carácter específico de guardián de la Constitución". Lo que pone en un pie de igualdad al poder judicial con los otros dos poderes, algo que con frecuencia se olvida, y se ha dejado de lado muchas veces antes, pero pocas con tanta intensidad como en los últimos años, donde habitualmente los otros dos poderes (legislativo y ejecutivo) han entendido o sobrentendido que el judicial debería ser nada más que un mero apéndice de los restantes. Eso es un rasgo típico de las dictaduras y totalitarismos, como se encarga de explicarlo el profesor Ossorio, cuando expresa:
"Mas con independencia de su origen, lo cierto es que en la realidad y a lo largo de la historia, el gobierno de los Estados unas veces ha sido ejercido por regímenes autocráticos, cuya más aguda manifestación se encuentra representada por las viejas tiranías y por los modernos totalitarismos, los que concentran en el autócrata (persona individual, partido político, grupo militar, organismo sindical), todos los órganos de la administración y principalmente las funciones legislativa, ejecutiva y judicial, mientras que en otros, organizados por regímenes democráticos o Estados de Derecho, el poder, empezando por el constituyente, es un atributo del pueblo, el cual, como ya se ha dicho, lo delega en las personas y en las formas constitucionalmente establecidas. Por eso, en los sistemas autocráticos, cualesquiera sean sus modalidades y su significación, no existe división ninguna entre aquellos tres poderes, en tanto que para las democracias esa división de los Poderes Legislativo, Ejecutivo y Judicial representa su esencia y su posibilidad de actuación. Ello es así porque al Poder Legislativo corresponde el dictado de las leyes; al Ejecutivo, su ejecución mediante sus instituciones administrativas, y al Judicial, la solución de los conflictos de Derecho que se produzcan entre los particulares o entre éstos y los poderes públicos, única forma de que queden asegurados tanto los derechos individuales de los ciudadanos cuanto los colectivos de la comunidad."[3]
      Resulta claro que en Argentina, y con particular referencia al gobierno del FPV de los Kirchner en sus tres gestiones "concentran en el autócrata (persona individual, partido político [...]), todos los órganos de la administración y principalmente las funciones legislativa, ejecutiva y judicial", en las exactas palabras del profesor Ossorio. Con algunas variantes, el gobernante FPV lo ha venido haciendo desde su ascenso al poder y no sólo pretende continuar ejerciendo esta concentración de poderes, sino que desembozadamente aspira a profundízala.
      Naturalmente que esto no era lo que se tuvo en mira al crearse la Corte, porque, volviendo al profesor Sánchez Viamonte nos explica:
    "Cuando se instaló la Corte Suprema Nacional, con fecha 16 de enero de 1863, el Poder Ejecutivo, representado por el general Bartolomé Mitre y el ministro del Interior doctor Eduardo Costa, pasó una nota circular a los gobiernos de provincia en que decía: "De esta manera y por primera vez en la República, vendrán a estar constituidos y en ejercicio los tres altos poderes en que la sociedad moderna ha delegado la soberanía del pueblo, y de cuya independencia y equilibrio dependen la libertad y la conservación de los derechos que ella ha conquistado. De hoy en adelante la propiedad particular, la seguridad individual, los derechos todos que la Constitución acuerda a los habitantes de la República, sin distinción alguna, colocados al abrigo de un poder moderador, estarán garantidas contra las invasiones a que la exaltación de las pasiones políticas tan fácilmente puede conducir a los poderes públicos, induciéndoles a ultrapasar el límite de sus atribuciones respectivas".[4]
     "Independencia y equilibrio" que pocas veces se dio en Argentina, y mucho menos aun en las tres ya largas gestiones del FPV. Y agrega:
     "La división y equilibrio de los poderes se logra por la subordinación del gobierno ordinario al Imperio de las normas constitucionales y eso sólo puede obtenerse mediante un poder jurídico con autoridad suficiente para juzgar la validez de los actos de los poderes políticos ante la Constitución." [5]
     Resulta más que claro que el FPV se mofa repetidamente de estas palabras del profesor Sánchez Viamonte. La meta de ese FPV es la dictadura y la mayor concentración de poder posible.

[1] Dr. Carlos Sánchez Viamonte, "Poder Judicial" en Enciclopedia Jurídica OMEBA, TOMO 22 letra P Grupo 12, pág. 95. 
[2] Sánchez Viamonte, óp. Cit. Pág. 96 
[3] Ossorio Manuel. Diccionario de Ciencias Jurídicas Políticas y Sociales. -Editorial HELIASTA-1008 páginas-Edición Número 30-ISBN 9789508850553-pág. 739 
 [4] Sánchez Viamonte, Óp. Cit. Pág. 98
 [5] Sánchez Viamonte, Óp. Cit. Pág. 99

La estrategia de la dictadura

 

Por Gabriel Boragina ©

 

El fallo del tribunal que postergó la aplicación la llamada Ley de Medios respecto de la empresa periodística Clarín ha sido calificado en los círculos opositores al gobierno del FPV (Frente para la Victoria de los Kirchner) como "un duro golpe" o un "revés" para este, en su camino al cercenamiento de la libertad de expresión. Parte de esos círculos se esperanzan en que "ahora el gobierno escuchará" a los disidentes al régimen. Personalmente creemos que esas expectativas son falsas y pecan de ingenuas.

La situación tiene bastante de similar con la vivida en 2008 en ocasión del célebre "voto no positivo" del entonces vicepresidente Julio C. Cobos que obstaculizó la ejecución de una resolución del gobierno tendiente a gravar con fuertes retenciones los productos agropecuarios. Ha de recordarse que, tanto en aquella ocasión como en la del fallo "Clarín" que ahora comentamos, ambos hechos fueron precedidos por multitudinarias manifestaciones, sonoros cacerolazos y muchos fueron los que atribuyeron a estas expresiones populares, tanto el voto de Cobos como ahora el fallo "contrario" al gobierno. Los hechos que devinieron con posterioridad al voto "no positivo" de Cobos, demostraron cabalmente que el gobierno no sólo no redujo su autoritarismo, sino que lo aumentó superlativamente, a la par que -por otras vías menos mediáticas- introdujo gradualmente aquellas famosas "retenciones" que el voto de Cobos les había "negado" en primera instancia. Y lo hizo tan sutilmente que, desde entonces, no volvieron a haber marchas ni manifestaciones, pese a que el autoritarismo iba en notorio aumento. Es más, en 2011 ese mismo gobierno fue dudosamente "reelecto", y si bien creemos que lo fue con fraude, lo cierto es que no hubo ninguna reacción popular de envergadura al mismo. Si aquella estrategia dio resultado al FPV para permanecer en el poder, no vemos que exista ninguna razón por la cual no intente repetir la misma en esta ocasión. En términos más llanos: "bajar los decibeles" del discurso, entrar en un "compás de espera", aguardar "que se aquieten las aguas" de la intranquilidad popular y, logrado esto, continuar con sus ostensibles planes de dominación gradual pero absoluta -en última instancia- de la sociedad.

No deja de ser alarmante que, con estos hechos relativamente recientes a la vista, aun haya sectores de la sociedad que sigan ilusionados en que "a golpe de cacerolas" el gobierno del FPV "dará señales de diálogo", lo que denota una ingenuidad a toda prueba de los que así piensan y declaran. Ello implica desconocer por completo al enemigo gobernante, cuyos cuadros están conformados por elementos que reivindican (si bien eufemísticamente) la subversión terrorista en la década del 70, es decir la violencia como medio para perpetuarse en el poder.

Tradicionalmente en la sociedad argentina -y en situaciones como las descriptas-, el pueblo acostumbraba a apelar a la intervención de las fuerzas armadas, en lo que el dicho popular acuñó como frase célebre "ir a golpear las puertas de los cuarteles". La experiencia de esta práctica (que fue recurrentemente utilizada durante la mayor parte del siglo XX) demostró "que el remedio resultaba ser mucho peor que la enfermedad". Ningún gobierno militar fue "mejor" que ningún gobierno civil, y ningún gobierno civil dejó de mostrar -en algún grado, por pequeño que pareciere- signos de autoritarismo. Pero lo relevante es que -hoy en día- la opción popular de acudir a las fuerzas armadas (tantas veces practicada otrora) resulta inexistente, y esto es lo verdaderamente novedoso en la historia argentina del último siglo. Al presente, es imposible resolver las crisis -como la actual- de esa manera. Durante dos décadas hubo un proceso de desintegración de las fuerzas armadas (interno y externo; moral y material) que descartan de plano cualquier hipótesis de "golpe" como falaz y deliberadamente agita el gobierno.

Es cierto que la reacción popular (civil) derribó al gobierno de "La Alianza" de Fernando de la Rúa, pero, tanto las circunstancias como el personaje eran completamente diferentes a los del FPV. Durante la década que precedió al gobierno de De la Rúa, la Argentina había vivido una cierta "estabilidad" de precios (no estrictamente económica, atención) inédita respecto de las décadas anteriores. El abrupto cambio de "las reglas de juego" el 2001 fue algo que la sociedad interpretó como demasiado violento en comparación a la década anterior, y generó una violencia equivalente -y de signo contrario- que desembocó en la eufemística "renuncia" de De la Rúa. Aquietados un poco los síntomas de aquella crisis, la sociedad volvió a entrar en su clásico, tradicional e histórico sopor "cívico", hasta la crisis del campo en 2008. A nuestro juicio, cuando ya era demasiado tarde. En el ínterin, el autoritarismo del FPV de los Kirchner se convirtió en autocracia y fue creciendo de manera solapada, pero a paso firme y seguro, y bajo apariencias y muchísimos "discursos" donde se hizo y se hace uso -y máximo abuso- de la tan bastardeada palabrita "democracia".

Quizás el problema de fondo radique en la ambigüedad del significado de democracia. Generalmente, se concibe esta palabra como "gobierno de la mayoría" y sólo una minoría lo ha entendido como un sistema de valores que incluya nociones tales como los de república (división horizontal de poderes) gobierno limitado, respeto irrestricto a la libertad, la propiedad, etc. Se defiende el primer concepto cuando el defensor se considera formando parte de esa mayoría. Pero en cuanto esa misma mayoría amenaza su libertad, propiedad, etc. el agredido suele pasarse al segundo bando. La misma sociedad que, durante mucho tiempo, defendió "el gobierno de la mayoría", ahora se ve avasallada por esa misma "mayoría" (que, en realidad, es sólo una minoría que fraudulentamente se hace pasar por "mayoría"). Y esto genera la crisis política.

 

Una hipótesis sobre la vigencia del peronismo

 

Por Gabriel Boragina ©

 

Mucho se ha hablado y escrito sobre las posibles razones por las cuales un movimiento como el peronista mantuvo larga vigencia hasta nuestros días. En esta oportunidad, ensayaremos una hipótesis tentativa, que podría llegar a explicar su perdurabilidad hasta nuestros días.

Corrientemente, suele considerarse que el advenimiento del peronismo trajo consigo el reconocimiento de los derechos de los trabajadores y la creación de los sindicatos. Sin embargo esto es falso, habida cuenta que a la llegada de J.D.Perón al poder ya existían numerosas leyes laborales y sindicatos. Perón, simplemente, se sirve de estas fuerzas laborales como medio para construir su propio proyecto de poder absoluto y hegemónico, para lo cual, procede a dotar a los sindicatos de privilegios "legales" y políticos, por encima de los derechos de otros sectores de la sociedad que no se mostraban dispuestos a colaborar con su plan personal de absorción y perpetuación en el poder.

No obstante, creemos que no fue la llamada "política social" la auténtica razón por la cual J.D.Perón fuera derrocado por sus propios compañeros de armas al cabo de sus dos primeras presidencias. Sino que la verdadera causa por la cual fuera desplazado del gobierno -pensamos- radicaba en su propia persona y no en sus políticas. Lo que sus derrocadores no podían ni estaban dispuestos a tolerar era su proyecto personalista y su autocracia, y no tanto un desacuerdo visceral con sus políticas.

Es cierto que J.D.Perón durante sus gobiernos contribuyó muchísimo a crear una verdadera "cultura" del ocio y la holgazanería disfrazados hábilmente de "políticas sociales", pero también lo es que ese tipo de "cultura" -o si mejor se quiere decir, hábito ciudadano- no era del todo mal visto por sus contemporáneos. Observamos la prueba de ello en que, ya una vez J.D.Perón fuera del gobierno, los militares que lo reemplazaron no abrogaron la totalidad de la legislación sancionada y promulgada durante las dos primeras presidencias peronistas, sino que -en lo sustancial- fueron mantenidas leyes y políticas del periodo, y si bien es cierto que dejaron sin efecto la constitución de 1949 aprobada a instancias de Perón, se vieron movidos a reconocer lo sustancial de su articulado en una reforma practicada en 1957, incorporando el aun hoy vigente art. 14 bis, que no es sino mas que una breve síntesis de aquella "constitución peronista" condensada.

No es difícil imaginar que a los ojos de la ciudadanía de aquella época, no debió resultar claramente explicable la razón por la cual si no se había prácticamente "tocado" la legislación y política "peronista", en cambio se desplazó violentamente del poder a su autor. Los antiperonistas debieron sentirse satisfechos por un lado, por la deseada caída de Perón, pero al mismo tiempo, también debieron sentirse defraudados por el mantenimiento -por parte de los militares del gobierno provisional (como se le llamó)- de la estructura política, económica y legislativa que el peronismo había creado. Y naturalmente, tampoco es dificultoso suponer que a los peronistas, estos mismos hechos, posteriores al derrocamiento de su líder, los debió haber confirmado aun más en su adhesión al peronismo.

En efecto, la mayor parte de los monopolios creados por J.D.Perón no fueron desmantelados a continuación a su caída. Las estatizaciones peronistas (como la tan famosa de los ferrocarriles, muy pregonada y celebrada por el régimen) se mantuvieron en las décadas ulteriores, sobreviviendo a varios gobiernos, tanto civiles como militares. Podía parecer natural que la gente de entonces se preguntara ¿si todo lo que hizo J.D.Perón fue sustancialmente mantenido por los gobiernos posteriores, por qué lo derrocaron? No parece arduo deducir que quienes transformaron, involuntariamente claro está, a Perón en una "víctima propiciatoria" fueron aquellos que quisieron ser sus propios verdugos. Y lo que más contribuyó a la creación del célebre mito peronista, a nuestro juicio, fue el haber mantenido prácticamente casi toda la estructura legal, política y económica que Perón había creado. De allí, a la construcción del mito peronista había un pequeño paso. Y ese paso fue dado, a tal punto que, casi 20 años después de su caída, J.D.Perón retornó triunfante al país, y en pocos meses más se le convertiría -nuevamente- en presidente por tercera vez, siendo la primera que un ciudadano argentino accedía a un tercer periodo presidencial.

Es altamente posible que la creación de este mito haya sido una consecuencia no querida por parte de los antiperonistas, y es probable que asiera fuera. Incluso parece que el propio J.D.Perón así lo habría reconocido, ya que se le atribuye una frase que, parafraseada vendría a decir que no es que su gobierno hubiera sido "bueno", sino que los posteriores fueron tan malos que el suyo quedó como el "mejor".

Se daría así la paradoja: tanto los militares que derribaron a J.D.Perón como los gobiernos que siguieron a esos militares (la mayoría de tales gobiernos también militares) querían, en realidad, eliminar la figura de J.D.Perón, su persona y su autocracia (posiblemente) pero no disentían demasiado en el fondo con sus políticas, sobre todo la económica, laboral y sindical. Evidencia de ello es que tales políticas apenas sufrieron pequeñísimas modificaciones, casi podría decirse que puramente "cosméticas", incluso hasta nuestros días. Y, nuevamente, como una consecuencia no deseada por los antiperonistas, convirtieron al país en un peronismo sin Perón, que era lo contrario a lo que decían querer.

Cuando cayó el nazismo, sus vencedores barrieron con todo vestigio de sus instituciones, legislación y políticas. Lo mismo sucedió a la caída del fascismo. Quienes reemplazaron a nazis y fascistas, estaban bien conscientes que no bastaba con la eliminación física de Hitler y de Mussolini, sino que más importante que esto era todavía suprimir toda huella de sus "obras". El gobierno de facto que derrocó a J.D.Perón operó en un sentido inverso al de tales ejemplos europeos: se ocuparon de perseguir tenazmente a J.D.Perón, al tiempo que dejaron casi intacta su política, sus "instituciones" y su economía. Y como efecto no querido, su alta popularidad. El resultado esta hoy a la vista: con o sin J.D.Perón el peronismo continúa dominando a pleno la vida política argentina.

Ley de medios

Por Gabriel Boragina ©
Antes de abordar el tema de nuestro titulo, me parece de la mayor importancia distinguir y diferenciar entre dos conceptos que -normalmente- suelen tomarse como sinónimos y no lo son. Nos referimos a las expresiones "periodismo independiente" por un lado y "libertad de expresión" o también -a veces- llamada "libertad de opinión" o "libertad de prensa", por el otro.
"Periodismo independiente" no es -en mi opinión- sinónimo de las tres últimas expresiones, en primer lugar, porque yo no creo en el "periodismo independiente", es más, creo que el periodismo nunca es independiente. ¿Por qué? Porque para que exista periodismo, antes debe existir libertad de expresión (o de prensa u opinión) y si esta última no existe no puede haber periodismo de ninguna clase (ni ninguna otra cosa, pero por el momento, circunscribiremos este análisis al tema de la prensa, que es lo que actualmente se encuentra en debate).
Al depender de la existencia de una previa libertad de prensa, el periodismo deja entonces de ser "independiente" y pasa a ser dependiente. Pero hay otras razones más para que digamos que no creemos en el "periodismo independiente" y es que el periodismo esta hecho por personas, que tampoco son "independientes" sino que dependen de muchos otros factores, tanto externos a sus vidas como internos a ellas. En lo que atañe al tema que ahora estudiamos, el periodista siempre depende de sus ideas (en primer lugar) las que están -a su vez- condicionadas por una cantidad enorme de factores, entre los que se cuentan su educación inicialmente, y sus condicionamientos sociales seguidamente, el entorno familiar y amistoso, y una buena cantidad de prejuicios ideológicos. Esto es particularmente visible en temas inherentes a las ciencias sociales, tales como la política y la economía.
En otras palabras, todos dependemos de nuestras ideas, y de momento que los periodistas no son seres extraterrestres, sino humanos, también se encuentran afectados por dicha dependencia, llamémosle cultural, aunque el término no sea de lo mas preciso, pero sirve para entendernos. Ahora bien, todo lo dicho no tiene nada de malo ni de bueno en sí mismo, (cada uno calificará de acuerdo a su personal escala de valores) simplemente se limita a señalar lo que me parece un hecho, o en términos más puntuales, una circunstancia fáctica, en un sentido claramente orteguiano, por el cual, el hombre nunca es él sólo, sino que es él y su circunstancia.
La "ley de medios" que quiere aplicar el FPV no sólo apunta a acabar con el periodismo opositor (o no afín a sus personas) sino que atenta, en forma directa y artera, contra la misma libertad de opinión que es lo que realmente le molesta, consciente como es de la enorme influencia que la prensa (tradicionalmente llamada "el cuarto poder") tiene sobre las masas. Y es –precisamente- ahí adonde asestan. El FPV no quiere un "periodismo independiente" ni nada por el estilo, ambiciona un periodismo completamente dependiente, pero no de las ideas personales de cada uno de los periodistas, o de la línea editorial del medio que fuere, sino que ansía un periodismo completamente dependiente de los personales designios del FPV, del mismo modo que opera el tirano Chávez en Venezuela.
Y esto, no deberá interpretarse como una "defensa" al Grupo Clarín. Clarín, como todos los medios que yo conozca del país, nunca fue "independiente". La cuestión no pasa por utilizar esta última palabra, que -como ya explicamos- carece de sentido. El ataque del FPV contra Clarín es por la gran llegada que tiene este Grupo a la mayoría de los argentinos, posiblemente el de mayor amplitud, de modo tal que, se entiende la estrategia y el interés del FPV en dominarlo. Y decimos que Clarín nunca fue independiente porque, durante los sucesivos gobiernos que rigieron a través de su existencia, siempre se ha alineado más hacia unos que hacia otros, y ello, sin duda, en función de los intereses económicos del Grupo, que se ha sabido mover al compás de los vaivenes de los favores, las dadivas y las prebendas. De modo tal que, no tengo yo un interés personal en la "defensa" del Grupo Clarín, simplemente, trato de poner un poco de orden en las ideas en debate. Este mismo Grupo Clarín, acompañó al gobierno de Kirchner, durante buena parte de su gestión y contribuyó a que muchas personas creyeran –incluso- que las cosas "marchaban viento en popa", es decir, fue -en su momento- cómplice de los siniestros planes que venía tramando el FPV contra la Argentina.
La suerte de Clarín no tiene importancia (al menos no la tiene para mi, que jamás sigo a ese Grupo). Lo verdaderamente grave es que, en su embestida contra el "multimedio", el FPV arrasa en el camino con la libertad de prensa (o de expresión u opinión) dejando en el tendal a cualquier medio que asome como tibiamente opositor a la línea dictatorial –que profundiza C.F.Kirchner- y que sojuzga a la Argentina. Por eso, "el debate" que hace girar esta cuestión en "estar en contra o a favor de Clarín" es, o hipócrita o ignorante.
El FPV ha hecho y sigue haciendo un daño enorme a la Argentina, y esta acometida contra la libertad de prensa se alinea en mi tesis sostenida en solitario desde que el patagónico llegara al poder (sin haber sido elegido con los votos mínimos exigidos por la Constitución de la Nación Argentina para ello) de que el sujeto y su mujer han venido para instalar una dictadura, al mejor estilo castrista o chavista, y ya he tenido oportunidad de comentar, en uno de mis artículos que, si al momento, no han hecho más daño al país, es porque sus respectivas incapacidades se lo impiden y no porque no desearan hacerlo. Teniendo en cuenta que es visible y notorio que esta diabólica pareja sólo se ha movido por odios y rencores, y la única forma de actuar que –hoy- el FPV parece conocer es mediante el sometimiento o la venganza hacia el enemigo.

El derecho de propiedad y su violación

Por Gabriel Boragina © Desde todos los ángulos imaginables se reclaman con urgencia "políticas públicas" como supuesta y ú...