Un país fácil de gobernar


Si bien en abstracto no es fácil gobernar, en concreto, y más específicamente, en relación a la Argentina, la experiencia histórica de, digamos, poco antes de la mitad del siglo pasado hasta el presente, demuestra que, al menos en el caso argentino, a los personajes que, por diversos motivos, accedieron al poder, ya hayan sido estos sujetos militares o civiles, no les ha costado demasiado gobernar el país. 
Por supuesto que esto no tendría nada de peculiar ni de extraño si hubieran concurrido mínimamente dos factores, a saber:

1.                        que todos ellos hubieran recibido el más amplio apoyo mayoritario de la población y
2.                        que hubieran gobernado bien o, al menos, medianamente bien.

Lamentablemente, ninguno de estos dos factores se dio durante el periodo analizado, no sólo porque ha habido varios golpes de estado en dicho lapso, sino porque -incluso- en aquellos casos en que los gobiernos llegaron por medio de elecciones, tampoco se han verificado, ninguno de los dos puntos señalados antes.
En cuanto al punto uno, es innegable que unos pocos presidentes fueron electos con importante caudal de votos (Perón, Alfonsín y Menem, durante el periodo en estudio) lo que no es igual a decir que hubieran recibido el más amplio apoyo mayoritario de la población ya que, en el mejor de los casos, y tras sus elecciones, sus apoyos se limitaron a sus partidarios y a medida de que sus errores y desaciertos crecían, perdían -además- quizás en idéntica medida, el apoyo de los mismos. Las tremendas crisis políticas y económicas desatadas por los dos primeros de los nombrados, no les impidieron, con todo, gobernar con facilidad (y el que se les haya permitido llevar el país a extremos caóticos es una buena demostración de lo que dejamos dicho en el punto). El caso de Menem se distancia de los dos anteriores y, aunque lejos de hacer un buen gobierno, tampoco encontró mayores obstáculos en su gestión. Lo mismo se puede decir para las tristes experiencias de: De la Rúa, Duhalde y el nefasto matrimonio Kirchner.
Cada uno de los nombrados llegó sin mayores méritos -ni personales, ni académicos, ni mucho menos intelectuales- a la cima del poder y obraron con la mayor de las libertades, siempre en relación (y en comparación) con la que hubieran gozado en otras latitudes foráneas. Su único límite residió en la propia potencialidad de cada uno de hacer daño, y en este sentido, el país se benefició con aquellos de los cuales su capacidad de inferir graves daños a la población era menor a la de sus pares. Las crisis que generaron y de las cuales, adicionalmente, fueron –a la larga- sus propias víctimas, hallaron sus orígenes en sus propias y notorias incapacidades, más que en los obstáculos que sus gobernados pudieran haberles opuesto.
Siempre sostuve que estos personajes no fueron más que productos de la sociedad de la cual emergieron. Hasta podría decirse que cada uno de ellos representa cada una de las distintas facetas que pueden encontrarse en el argentino medio, del llano o como a veces se dice "de a pie", cuyo notable punto de coincidencia puede fijarse en la obsesiva manía de descargar las propias culpas en la "responsabilidad" de los demás, los otros, "los diferentes a uno". Un síndrome típicamente argentino.
El análisis político no puede prescindir de la relación sociológica y psicológica existente entre gobernantes y gobernados. Y en el caso argentino esta relación es engañosamente incompatible entre sí. Prueba de ello es que en el periodo que analizamos no han existido conflictos violentos entre ambas categorías[1]. Los gobernados se han acoplado -más o menos bien- a los caprichos de sus diferentes gobernantes porque, en esencia, repitamos, ni psicológica ni sociológicamente, se diferencian en sustancia unos de otros. Ya hemos hablado antes, de las peculiares contradicciones que existen entre la mayoría de los argentinos, por ejemplo, el rechazo de estos hacia los políticos pero -a la vez- el beneplácito con que confían sus destinos a ese ente inmaterial y amorfo llamado "política partidaria". Y es una contradicción porque, si se confía en la política como panacea y "solución" a todos los males, no se puede prescindir de los políticos, sin embargo, los argentinos -en su mayoría- pretenden que la política "resuelva" todos sus problemas en forma completa, pero –paradójicamente- sin recurrir a los políticos. Hasta que la sociología (o la psicología quizás) argentina no supere estas antinomias, el pueblo no encontrará su rumbo ni estabilidad.
Todas estas características, y otras muchas que hemos estudiado en detalle en otra parte[2] hacen que el pueblo argentino sea visto por sus políticos como una masa de gente quejosa y, a veces, ruidosa[3] pero, al fin de cuentas –y para lo que les interesa a tales políticos- dócil y, en última instancia, resignada a su suerte, dispuesta a aceptar a cualquier idiota, energúmeno e impresentable (hombre o mujer) que acceda a las más altas magistraturas, tal y como ha venido sucediendo en la vida política argentina hasta nuestros días. La cultura del rebaño (como prefiero denominar a las características enumeradas antes) parece profundamente afianzada y afincada entre los argentinos, el menos en su mayoría, lo que no permite realizar -al momento- pronósticos optimistas con miras al futuro.




[1] Los hechos sucedidos en la década del 70 –tremendamente magnificados hoy día- no fueron un enfrentamiento entre gobernantes y gobernados. Sino que fueron un enfrentamiento entre grupos guerrilleros terroristas CONTRA gobernantes y gobernados.
[2] Véase mi libro Apuntes sobre filosofía política y económica en http://libros-gb.blogspot.com/
[3] Como en los hechos que determinaron la caída del presidente De la Rúa

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