El extraño "triunfo" del oficialismo

Por Gabriel Boragina ©

Los resultados de las llamadas "elecciones primarias" que se llevaron a cabo en la Argentina, confirman algunas de las tesis que hemos venido sosteniendo en estos últimos tiempos a contramano (por lo que sabemos) de la opinión de la mayoría de los analistas políticos.
Hemos ya expresado en otra parte[1] nuestro escepticismo en cuanto a las bondades celestiales del mecanismo democrático entendido este como sistema de medición de la voluntad popular. En el mejor de los casos, este sistema de medición se agota en el mismo acto electoral, para disiparse una vez concluido este.
En este contexto, el "triunfo" del oficialismo K en un marco de aguda crisis como es en el que se halla la Argentina, sólo puede explicarse por dos vías, a saber:
1.       de la sociología y la psicología de masas, fuera ya de la órbita de los mecanismos meramente democráticos y/o políticos. Lo que no encuentra una razón política, ni económica, ni lógica, hay que buscarla en la sociología y la psicología. O bien :
2.       el fraude electoral o comunicacional. Este último está vinculado con el anterior como veremos.
El oficialismo se ha caracterizado siempre, desde su ascenso al poder por su fuerte y persistente propaganda, en pos de convencer a todo el mundo de la "bondad" de sus actos y del éxito de sus políticas. A su turno, el argentino medio es profundamente susceptible a este tipo de influencias, habida cuenta su elevado grado de ingenuidad, que lo lleva a niveles mayores de credulidad, todo lo cual, lo conduce con extrema sencillez a dar por cierto todo aquello que se repite locuazmente con la suficiente frecuencia y cadencia.
El gobierno de turno viene utilizando esta técnica persuasiva prácticamente desde su ya lejano acceso al poder. Es decir, continuamente, con persistencia y por largo tiempo.
Ese fino trabajo psicológico, ha logrado neutralizar el impacto negativo de la crisis económica, política, educativa y moral en la que este mismo gobierno ha sumido al país a partir del inicio de su gestión, desviando la atención del ciudadano medio desde las verdaderas causas (políticas desastrosas del propio gobierno) hacia factores ajenos a este. En otros términos, el "éxito" del gobierno radica en esta campaña de lavado de cerebro que le ha permitido desvincularse -en el subconsciente colectivo- de las desastradas políticas que ha venido implementando desde sus mismos comienzos.
La técnica no es en modo alguno novedosa, la mayoría de los políticos de la historia han echado mano a ella, siendo el caso más paradigmático -posiblemente- el del Ministro de Propaganda del Partido Nazi Alemán Joseph Goebbels, quien consagró la fórmula por la cual sostenía (palabras más, palabras menos) que "Una mentira repetida la suficiente cantidad de veces, pasaba a convertirse en una realidad". Si esta técnica surtió efecto sobre la mente de millones de alemanes, pueblo culto si lo hubo en todas las épocas y lo hay, ¿por qué no habría de hacerlo sobre la de los argentinos, los cuales -por término medio-, no pueden destacarse en casi nada cultural? (aunque el argentino medio crea que si).
Si analizamos lo que se ha dado en llamar la "gestión de gobierno" de la Sra. Kirchner lo único que podemos encontrar, son sus interminables peroratas (mal llamados discursos). En la historia política argentina, posiblemente, haya batido records de horas frente al micrófono o las cámaras de TV.  Lo que le dio a Goebbels excelentes resultados para Hitler y su partido, ¿Por qué no iba a reportárselos a ella sobre un pueblo como el argentino, muchísimo más crédulo que cualquiera otro?
Si la anterior explicación no fuera exacta, habría que pensar, pues, en el fraude electoral, hipótesis que de ningún modo resulta descabellada, ya que se hizo uso de él (en una medida no poco importante) en la anterior elección presidencial nacional. Pero a nuestro juicio, más importante es el fraude comunicacional, esto es: la falsedad en la información transmitida. Este último, no necesita del fraude electoral en sí mismo, sino que sólo le basta dar a conocer resultados diferentes a los reales. Lo que en una elección nacional no es tan difícil obtener, en virtud de la dispersión de las fuentes de información.
Cuando recibimos una información X (por ejemplo, Fulanito obtuvo X votos) rara vez podemos comprobar la veracidad de la data. En el mejor de los casos, si fuimos fiscales de alguna mesa electoral, sólo podemos estar seguros (a veces) de los resultados registrados en nuestra mesa. Sin embargo, cuando se trata de una mesa vecina, terminamos confiando en los datos que como "finales" nos transmiten otros (fiscales o presidentes de mesa). Si extendemos el ejemplo al resto de las mesas del circuito, circunscripción, distrito, etc. el resultado será siempre el mismo: confiamos "de buena fe" en los datos que otros (que muchas veces ni siquiera conocemos) nos dan. Estos datos que obtenemos "de buena fe" en las mesas, son los que se transmiten a la prensa, los que -a su turno-, son los que los medios retransmiten a la ciudadanía toda. Si analizamos toda la cadena de transmisión, observaremos que ninguno de los eslabones de la misma constató y comprobó personal y empíricamente la veracidad de los datos recibidos del eslabón precedente. Simplemente, cada eslabón de la cadena los toma como "buenos" y "fiables". Y punto.
Ahora bien, si el dato original es falso o, siendo verdadero, se falsea total o parcialmente en alguna de las etapas de transmisión y retransmisión, el resultado final será un conjunto de datos viciados o directamente falsos en su totalidad, ya sea en su origen o bien en alguna de las etapas posteriores. 
El proceso descripto anteriormente es inevitable, porque dada la enorme masa de datos a computar, ninguna persona puede humanamente en forma individual encarar una minuciosa tarea de comprobación de voto por voto, mesa por mesa, circuito por circuito, distrito por distrito, etc. No queda más salida que creer o no creer en lo que otros que afirman X resultado nos dicen. En resumidas cuentas, no es humanamente posible tener certeza alguna, empírica y personalmente comprobada, acerca de la realidad de X resultado, sea positivo o negativo. La única salida humana a este dilema es la de creer o no creer en la información recibida.
¿Por qué la opinión pública no duda –en general- de los resultados? Hay dos razones fundamentales:
En primer lugar, cada persona sabe (o sin haberlo pensado antes, lo admitiría al leer lo anterior) que verificar física y personalmente la realidad de cada dato (o en el caso de cada voto), sería una tarea humanamente imposible para cualquiera. Tan imposible, como la sería la de aquel que quisiera confirmar por sí mismo y sin confiar en ninguna otra fuente, la cantidad exacta de habitantes que existen en el país contándolos uno por uno personalmente. 
En segundo lugar –y teniendo presente lo anterior- la gente sabe que no le queda mas remedio que creer o no creer. Todo lo que puede hacer es, pues, seleccionar la fuente de información que considere mas confiable y creer lo que esta diga, sin creer en lo que otra fuente, menos confiable, diga en contrario. No existe para nadie una tercera posibilidad, y menos en este terreno. Como en las sociedades modernas los encargados de difundir las noticias son los periodistas, recaerá en ellos, sin duda, la confiabilidad o in-confiabilidad  de la ciudadanía acerca de lo que ellos le transmitan.



[1] Véase nuestro libro, La democracia. http://libros-gb.blogspot.com/

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