Por Gabriel Boragina ©
Escuchaba días atrás al periodista argentino Nelson Castro en su editorial radial, refiriéndose al caso de corrupción presunta del jefe de gabinete de ministros del gobierno de LLA[1], Manuel Adorni, haciendo pública su confesión por la sorpresa que le produjo el ''caer en la cuenta'' (sic) de que el mencionado funcionario de alto rango ''era un mentiroso y un corrupto'' (sic).
A mí me llamó la atención, tras escuchar su comentario editorial, que un periodista de la experiencia y trayectoria de N. Castro (especializado en temas políticos con preferencia y con quien discrepo en muchos puntos de vista) se hubiera sorprendido de que un funcionario estatal pudiera mentir y (adicionalmente) ser corrupto. Me pareció, en dicho sentido, muy ingenuo su editorial.
Pero luego, pensando el tema mucho más a fondo, recordé que su función como periodista es transmitir a sus oyentes el parecer de ellos mismos (sus escuchas) y la opinión que estaba expresando representa, en realidad, la actitud análoga de muchos argentinos que cree (con la misma candidez e inocencia) que basta el hecho de ser elevado a un cargo estatal para que por obra y gracia de vaya a saber que artilugio mágico una persona del llano quedará convertida (por esa sola transición) en otro ser angelical, probo, recto e infalible, que sólo desde ese pedestal elevado de la burocracia sagrada obrará bien y repartirá solamente bienes a sus súbitos.
Esta aura bendita que el vulgo está convencido la función pública le otorga a quienes antes de acceder a esas alturas no eran más que seres humanos comunes y corrientes del llano, no es más que uno de los tantos mitos sociales en los que se sustenta un mito mayor llamado estatismo.
El estatismo tiene raíces muy profundas que, según el pensador austriaco Karl. R. Popper, encuentran su origen en Platón, pasando por Hegel y culminando en Karl Marx.
La afirmación de que el estatismo moderno tiene una genealogía intelectual que comienza en Platón, pasa por Hegel y culmina en Marx es una de las tesis centrales de Karl Popper en su obra La sociedad abierta y sus enemigos. Allí sostiene que los grandes enemigos de la libertad individual no surgieron accidentalmente en el siglo XX, sino que fueron el resultado de una larga tradición filosófica que subordinó al individuo a entidades colectivas superiores: la ciudad, el Estado, la nación, la raza o la clase social.
Según Popper, el primer gran arquitecto intelectual del colectivismo fue Platón. Aunque habitualmente se lo recuerda como uno de los padres de la filosofía occidental, Popper lo presenta como un pensador profundamente antidemocrático. En "La República", Platón imagina una sociedad rígidamente jerarquizada donde cada individuo ocupa un lugar predeterminado y donde una élite de "filósofos-reyes" ejerce el poder absoluto. El ciudadano no existe como fin en sí mismo; su valor deriva de la función que cumple dentro del organismo social. La justicia no consiste en respetar los derechos individuales, sino en que cada clase permanezca en su lugar obedeciendo la estructura diseñada por los gobernantes. Para Popper, aquí aparece por primera vez la idea de que existe un conocimiento superior que legitima la concentración del poder político.
Más de dos mil años después, esa concepción reaparece en la filosofía de Georg Wilhelm Friedrich Hegel. Hegel transforma al Estado en una entidad casi sagrada. Según su concepción, el Estado representa la encarnación de la Razón en la Historia y constituye la máxima expresión del espíritu humano. El individuo adquiere significado únicamente como parte de esa totalidad superior. La libertad ya no consiste en limitar el poder político, sino en identificarse con los fines del Estado.
Para los liberales clásicos, esta tesis resulta especialmente peligrosa porque convierte cualquier decisión estatal en algo moralmente superior por definición. Si el Estado encarna la Razón, quien se opone al Estado aparece como alguien que se opone al progreso histórico mismo. Popper veía en esta idea uno de los antecedentes filosóficos de los nacionalismos autoritarios y de los regímenes totalitarios de los siglos XIX y XX.
La tercera etapa de esta genealogía es Karl Marx. Aunque Marx criticó duramente a Hegel, Popper sostiene que heredó de él elementos fundamentales. Entre ellos, la idea de que la historia posee leyes objetivas que conducen inevitablemente hacia un destino final. Donde Hegel veía el despliegue del Espíritu, Marx vio la lucha de clases. Donde Hegel culminaba en el Estado prusiano, Marx culminaba en la sociedad comunista.
Popper denomina a esta actitud "historicismo": la creencia de que existen leyes históricas inexorables que permiten predecir el futuro de la humanidad. A partir de esa supuesta certeza, los revolucionarios pueden justificar enormes concentraciones de poder para acelerar el curso de la historia. Si el comunismo es inevitable, cualquier sacrificio presente puede presentarse como un precio necesario para alcanzar el paraíso futuro.
Desde una perspectiva liberal y particularmente desde la tradición de la Escuela Austriaca de Economía, esta evolución intelectual tiene una consecuencia común: la progresiva desaparición del individuo como sujeto moral autónoma. En Platón, el individuo está subordinado a la polis; en Hegel, al Estado; en Marx, a la clase social y al proceso histórico. En todos los casos, existe una entidad colectiva considerada superior cuyos intereses prevalecen sobre los derechos de las personas concretas.
Autores como Ludwig von Mises y Friedrich Hayek desarrollaron una crítica semejante. Ambos sostuvieron que ningún gobernante, partido o burocracia posee el conocimiento suficiente para dirigir la vida social desde arriba. La sociedad es el resultado de millones de decisiones individuales dispersas y no de un plan diseñado por una élite iluminada. Cuando el Estado pretende sustituir ese orden espontáneo por un diseño centralizado, termina destruyendo la libertad y generando consecuencias imprevistas.
Por eso Popper contrapone la "sociedad cerrada" a la "sociedad abierta". La primera se basa en verdades absolutas, jerarquías rígidas y fines colectivos impuestos desde arriba. La segunda descansa en instituciones que permiten la crítica, la libre discusión, la alternancia política y la limitación del poder. El problema fundamental no es quién gobierna, sino cómo impedir que los gobernantes acumulen un poder ilimitado.
Desde esta óptica, la línea Platón-Hegel-Marx representa una tradición intelectual que busca justificar filosóficamente la supremacía del poder político sobre el individuo. Frente a ella, Popper, Hayek, Mises y otros pensadores liberales defienden la idea opuesta: que el Estado debe estar al servicio de las personas y no las personas al servicio del Estado. Esa es, en definitiva, la gran batalla intelectual que atraviesa toda La sociedad abierta y sus enemigos: la confrontación permanente entre el colectivismo y la libertad individual.
La sorpresa de Nelson Castro que un funcionario público pudiera mentir y ser corrupto es la de una persona que está convencida de que el estado-gobierno o el gobierno/estado santifica a sus miembros cuando acceden y asumen sus cargos públicos, como si llegaran y permanecieran allí por obra de alguna especie de deidad.
Y este es, en rigor, el pensar de hoy de la sociedad argentina: claramente estatista y colectivista, y por completo alejada del liberalismo/libertarismo.
[1] Siglas del partido gobernante ''La libertad avanza''.
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