Inflación, poder adquisitivo y nivel de precios



Por Gabriel Boragina ©

"Cuando rige el sistema de trueque, si el precio de una docena de huevos es de un kilogramo de manteca, el poder adquisitivo de una docena de huevos será, inter alía, de un kilogramo de manteca. El poder adquisitivo de una docena de huevos será también una décima parte de un sombrero, etcétera. A la inversa, el poder adquisitivo de la manteca equivale a su precio en términos de huevos; en este caso, el poder adquisitivo de medio kilogramo de manteca es media docena de huevos. Después de la aparición del dinero, el poder adquisitivo de una docena de huevos es igual a su precio monetario, que en nuestro ejemplo es un dólar. El poder adquisitivo de medio kilogramo de manteca será cincuenta centavos de dólar, el de un sombrero diez dólares, etcétera. "[1]
Los debates sobre la inflación, que se han puesto de moda nuevamente en virtud de las altas tasas inflacionarias existentes sobre todo en los países latinoamericanos, suelen centrarse en un aspecto que -en el fondo- resulta irrelevante y que es el del aumento de los denominados "índices generales de precios", soslayando de esta manera el verdadero problema que representa la inflación, y que consiste en el paulatino o acelerado deterioro del poder adquisitivo del dinero, explicado este último concepto de manera clara por el formidable profesor Rothbard. Lo determinante del proceso inflacionario es que descalabra el precio de cada unidad monetaria, lo que genera -del lado inverso- aquel efecto al que se le llama aumento de precios. En rigor, lo que exactamente sucede es que la inflación ocasiona la baja del precio del dinero. Es por esto que decimos que la inflación consiste en un fenómeno enteramente monetario, y no debido a otro tipo de causas. Porque la emisión que es su origen y que en un contexto de curso forzoso y legal repercute sobre el precio del dinero en forma directa y principal, sólo secundaria pero inexorablemente lo hace en el precio de los demás bienes y servicios.
"¿Cuál es, entonces, el poder adquisitivo, o el precio, de un dólar? Será una vasta gama de todos los bienes y servicios que pueden adquirirse con un dólar, es decir, de todos los bienes y servicios existentes en la economía. En nuestro ejemplo, podríamos decir que el poder adquisitivo de un dólar es igual a una docena de huevos, o a un kilogramo de manteca, o a una décima parte de un sombrero, etcétera. En suma, el precio o poder adquisitivo de la unidad monetaria será una gama de las cantidades de bienes y servicios alternativos que pueden adquirirse con un dólar. Dado que esta gama es heterogénea y específica, no puede resumirse en alguna cifra de nivel de precios unitaria."[2]
La explicación demuestra la inutilidad de la pretensión de tratar de unificar las diferentes variaciones de precios en relación a un precio o índice común a todos ellos. Lo que en otras palabras nos dice la cita es que no hay un solo poder adquisitivo para el dólar (o la moneda que fuere en cada país) sino que habrá tantos poderes adquisitivos diferentes para una moneda específica de acuerdo a las diferentes valoraciones que las partes contratantes otorguen a dos tipos de bienes diferentes, a saber: por un lado, la moneda que será medio de intercambio, y por el lado siguiente, al bien o servicio que será el objeto de intercambio final. De este entrecruzamiento de valores (que también será diferente de conformidad a las particulares subjetividades de las partes contratantes) saldrá como resultado el verdadero poder adquisitivo de la moneda en cada caso particular. Es decir, el poder adquisitivo variará conforme a cuál sea la derivación de cada operación particular e individual de intercambio.
"Mises también pone de manifiesto la falacia del concepto de “nivel de precios” cuando analiza precisamente cómo aumentan los precios (es decir, disminuye el poder adquisitivo del dinero) en respuesta al incremento de la cantidad de dinero (suponiendo, desde luego, que los planes individuales de demanda de saldos en efectivo o, en términos más generales, las escalas de valores individuales permanecen constantes). En contraste con la hermética concepción económica neoclásica que separa el dinero y los niveles de precios de los precios relativos de los bienes y servicios individuales, Mises demostró que un incremento de la oferta monetaria influye de manera diferente en las distintas esferas del mercado, y con ello modifica inevitablemente los precios relativos. Supongamos, por ejemplo, que la oferta de dinero aumenta un 20 por ciento. El resultado no será, como da por sentado la economía clásica, un simple aumento general del 20 por ciento en todos los precios. Imaginemos, a título de suposición, el caso más favorable, que podríamos denominar el modelo del Arcángel Gabriel, según el cual el Arcángel Gabriel desciende de las alturas y de la noche a la mañana incrementa el saldo de caja de todo el mundo precisamente en un 20 por ciento. Ahora bien, no todos los precios aumentarán simplemente un 20 por ciento, porque cada individuo tiene una escala de valores diferente, un ordenamiento ordinal diferente de las utilidades, incluso las utilidades marginales relativas de los dólares y de todos los otros bienes de su escala de valores. A medida que aumenta el stock de dólares de cada persona, sus adquisiciones de bienes y servicios variarán de acuerdo con la nueva posición que éstos ocupan en su escala de valores respecto de los dólares. Por lo tanto, variará la estructura de la demanda, al igual que los precios relativos y los ingresos relativos de la producción, y se modificará también la composición de la gama de bienes y servicios que constituyen el poder adquisitivo del dólar."[3]
Lo que constituye a nuestro juicio en la refutación más lúcida que se haya dado del concepto falaz de "nivel general de precios" o de "índice de precios" en el que insisten muchos economistas, y cuyo valor solamente puede ser estadístico o meramente académico.

[1] Murray N. Rothbard, "La teoría austriaca del dinero", Revista Libertas Nº 13 (Octubre 1990) Instituto Universitario ESEADE, pág. 2-3
[2] Murray N. Rothbard idem nota anterior.
[3] Murray N. Rothbard, idem nota anterior.

El Papa Francisco y la ecología



Por Gabriel Boragina ©

A raíz de la encíclica papal sobre protección del medioambiente Laudato si, y la grave cantidad de imprecisiones, desaciertos y errores de todo tipo que contiene, se hace necesario efectuar algunas reflexiones sobre los aspectos más lamentables de este nuevo documento de la Iglesia.
La lectura de la encíclica revela una visión catastrofista del tema medioambiental, lo que se plasma en las palabras del papa Francisco I cuando expresamente dice: "El estilo de vida actual, por ser insostenible, solo puede terminar en catástrofes, como de hecho ya está ocurriendo periódicamente en diversas regiones" [1]
En realidad, no es el estilo de vida sino la acción de los gobiernos lo que se torna insostenible, ya que son estos -y una legislación que ataca los derechos de propiedad- los que originan y desencadenen catástrofes de todo tipo.
"Sustituir combustibles fósiles por energías renovables. El pontífice considera que se ha vuelto "urgente e imperioso" desarrollar políticas para que en los próximos años se reduzcan drásticamente la emisión de anhídrido carbónico y otros gases altamente contaminantes. "En el mundo hay un nivel exiguo de acceso a energías limpias y renovables. Todavía es necesario desarrollar tecnologías adecuadas de acumulación". "Sabemos que la tecnología basada en combustibles fósiles muy contaminantes -carbón, petróleo y gas- necesita ser reemplazada progresivamente y sin demora", explicó el papa."[2]
Sin embargo, como ha explicado el Dr. Alberto Benegas Lynch (h):
"R.C. Balling señala que “La atmósfera de la Tierra se ha enfriado en 0.13 grados centígrados desde 1979 según las mediciones satelitales […] A pesar de que modelos computarizados del efecto invernadero predicen que el calentamiento mayor ocurrirá en la región ártica del hemisferio norte, los registros de temperatura indican que el ártico se ha enfriado en 0.88 grados centígrados durante los últimos cincuenta años”. El mismo autor enfatiza que, debido a su efecto de enfriamiento, el dióxido de sulfuro provocado por aerosoles más que compensa la concentración de dióxido de carbono en la atmósfera. En este último sentido y debido a las alarmas del tipo de las expuestas recientemente en nuestro país por Al Gore, es de interés citar una declaración del Excecutive Committee of the World Metereological Organization en Ginebra, que mantiene que “el estado presente del conocimiento no permite ninguna predicción confiable respecto del futuro de la concentración de dióxido de carbono o su impacto sobre el clima”. También es importante subrayar que el fitoplancton consume dióxido de carbono en una proporción mayor que todo lo liberado por los combustibles fósiles y que los desajustes cíclicos en la capa de ozono se deben en buena medida a fenómenos meteorológicos como las erupciones volcánicas."[3]
Desafortunadamente, el papa Francisco comparte una visión sesgada y equivocada del tema medio-ambiental, la cual, asimismo es la que mayor difusión mediática goza, merced a que permite infiltrar postulados colectivistas de tipo marxista o neo-marxista, que apuntan -en suma- a la disminución y definitiva supresión de la propiedad privada, aspecto este último que el pontífice no disimula en varias partes de su encíclica, si bien sin llegar al extremo de sugerir la eliminación de la propiedad privada en forma total, pero si considerándola la causante de muchos -o de la gran parte- de los males que denuncia en su documento.
"Advierte contra el control del agua por las multinacionales. "Mientras se deteriora constantemente la calidad del agua disponible, en algunos lugares avanza la tendencia a privatizar este recurso escaso, convertido en mercancía que se regula por las leyes del mercado", denunció Francisco. Para el pontífice, "el acceso al agua potable y segura es un derecho humano básico, fundamental y universal, porque determina la supervivencia de las personas". Aseguró que el mundo tiene "una grave deuda social con los pobres que no tienen acceso al agua potable, porque eso es negarles el derecho a la vida radicado en su dignidad inalienable". El papa advirtió del peligro de que "el control del agua por parte de grandes empresas mundiales se convierta en una de las principales fuentes de conflictos de este siglo"."[4]
Pero al respecto se ha destacado que:
"Con razón se considera el agua indispensable para la vida del ser humano. Somos agua en un setenta por ciento y el planeta está compuesto en sus dos terceras partes por agua aunque la mayor proporción sea salada y en otra se encuentre atrapada por los hielos. F. Segerfeld nos informa que la precipitación anual sobre tierra firme es de 133.500 kilómetros cúbicos, de la que se evaporan 72.000, lo cual deja un neto de 41.500 que significa nada menos que 19.000 litros por día por persona en el planeta. A pesar de esto, se mueren literalmente millones de personas por año debido a la falta de agua o por agua contaminada. El autor explica que esto se debe a la politización de ese bien tan preciado, situación que no ocurre cuando la recolección, purificación y distribución se encuentra en manos privadas, que si quieren prosperar deben atender los requerimientos del público sin favores ni componendas con el poder gubernamental del momento. Ejemplifica con los casos de Ruanda, Haití y Camboya donde las precipitaciones son varias veces mayores que en Australia, pero en los primeros casos hay crisis de agua mientras que esto no ocurre en el segundo por las razones apuntadas. Por esto es que el premio Nobel en economía Vernon L. Smith escribe que “El agua se ha convertido en un bien cuya cantidad y calidad es demasiado importante como para dejarla en manos de las autoridades políticas” y, en el mismo sentido, Martin Wolf, editor asociado del Financial Times, apunta que “el agua es demasiado importante para que no esté sujeta al mercado”.[5]
No obstante, contradictoriamente, en otra parte de su encíclica, el papa propone "reducir el consumo de agua" (!!) con lo cual se advierten las inconsistencias señaladas. 
En definitiva, esta desafortunada encíclica papal -pese a las indudables buenas intenciones que han inspirado a su autor-, aconseja medidas que ya se han probado ineficaces para "mejorar" el medio ambiente y el entorno ecológico en general, además de contener severas imprecisiones científicas, sesgadas muchas veces por elementos ideológicos que se infiltran en quienes se ocupan de ordinario de la problemática ecológica.

[2] Ídem anterior.
[3] https://eseade.wordpress.com/2015/05/14/debate-sobre-ecologia-2/
[4] Ver nota 1
[5] Alberto Benegas Lynch (h) en trabajo citado en nota 3

Estado benefactor y pobreza



Por Gabriel Boragina ©

Tanto los intelectuales en su mayoría, como las personas comunes, coinciden en considerar que el gobierno es el más "idóneo" y -en algunos casos- el único "capacitado" para "sacar" a la gente de la pobreza y eliminar situaciones de desigualdad. En ese sentido, es que se han construido teorías como la del "estado benefactor" o "estado de bienestar" que se han llevado a la práctica en la mayoría de los países del mundo, sobre todo a partir de la segunda mitad del siglo XX hasta nuestros días. Sin embargo, la totalidad de las experiencias en dicho sentido han tenido resultados muy magros, por no decir directamente negativos, dado que no se ha comprendido la enorme mitología creada en torno a la figura de un estado-nación generador de beneficencia para los más necesitados. Son varios los factores y los conceptos económicos básicos que se ignoran y que han llevado a aquellas erradas doctrinas. Pero, en lo fundamental, todas coinciden en un yerro mayúsculo, y es en el de creer que el gobierno puede "generar riqueza" cuando -a todas luces- jamás ha sido así, y ello es –además- virtualmente imposible:
"el moderno Estado Benefactor, tan aclamado por hacer pagar a los ricos impuestos exorbitantes para subsidiar a los pobres, no hace tal cosa. De hecho, si lo hiciera los efectos serían desastrosos, no precisamente para los ricos sino para las clases pobre y media, dado que son los ricos quienes proveen, proporcionalmente, una mayor cantidad de ahorro, inversión de capital, previsión emprendedora y financiamiento de las innovaciones tecnológicas esto es lo que ha llevado al pueblo de los Estados Unidos a tener un nivel de vida mayor que el de cualquier otro país en la historia. Exprimir a los ricos no sólo sería profundamente inmoral; equivaldría a una drástica condena de las mismas virtudes -economía, previsión comercial e inversión- que han sido los basamentos del destacable nivel de vida del país. En otras palabras, sería matar a la gallina de los huevos de oro. "[1]
En las palabras citadas antes, está la clave de todo para entender definitivamente este asunto. Los impuestos que se crean y se aplican a los ricos son la mejor garantía de que la pobreza aumentará allí donde se recurre a tales prácticas por parte de los gobiernos. Mayores impuestos y más altas alícuotas asegurarán en el corto, mediano y largo plazo, tasas más altas y crecientes de pobreza, al tiempo que no mejorarán en absoluto la desigualdad que (como tantas veces hubiéramos explicado) no guarda relación alguna con la pobreza. En definitiva, el impuesto combate al capital y es en el triunfo de los altos gravámenes contra el capital donde los niveles de pobreza se verán crecer en forma indetenible. Por supuesto existen muchas otras maneras en que los gobiernos "benefactores" tratan de destruir la riqueza, pese a que el pretexto sea "desviarlas" hacia sectores carenciados. Pero -en suma- el efecto definitivo será la evaporación de la riqueza, lo que en otros términos significa la entronización de la pobreza.
"Entonces, ¿qué puede hacer el gobierno para ayudar a los pobres? La única respuesta correcta es la respuesta libertaria: apartarse. Si el gobierno deja el camino libre a las energías productivas de todos los grupos de la población, los ricos, la clase media y los pobres por igual, el resultado será un enorme aumento del bienestar y del nivel de vida de todos, y en particular de los pobres, a quienes supuestamente ayuda el mal llamado "Estado Benefactor".[2]
La generación de riqueza siempre está a cargo de personas o empresas particulares movidas por los incentivos de ganancia (lucro) que todos -invariablemente- los seres humanos poseen con independencia de cuál sea su pasada, presente o futura condición económica. Es el ánimo de lucro que motoriza que los empleados siempre traten de obtener el puesto de trabajo mejor remunerado posible, como que los comerciantes y empresarios también intenten de alcanzar el mayor precio obtenible por sus servicios o productos. Esto es igual de válido tanto para el obrero más humilde en la escala social, como para el multimillonario más encumbrado de ella. El principal efecto del "estado benefactor" es la demolición de las anhelos de los más necesitados, y la elevación de los índices de pobreza allí donde se imponga tal nefasta ideología política y económica.
"El gobierno podría ayudar mejor a los pobres -y al resto de la sociedad- haciéndose a un lado: eliminando su vasta y paralizante red de impuestos, subsidios, ineficiencias y privilegios monopólicos. El profesor Brozen resumió así su análisis del "Estado Benefactor": Típicamente, el Estado ha sido un aparato que produce riqueza para unos pocos a expensas de muchos. El mercado produce riqueza para muchos con un pequeño costo para unos pocos. El Estado no ha cambiado su estilo desde los días en que los romanos ofrecían pan y circo a las masas, si bien ahora finge proveer educación y medicina, como también leche gratuita y artes interpretativas. Sigue siendo la fuente del privilegio monopólico y del poder para unos pocos mientras aparenta proveer bienestar para muchos -bienestar que sería más abundante si los políticos no expropiaran los medios que utilizan para dar la ilusión de que se preocupan por sus electores-.^ [3]
Necesariamente, la intervención del gobierno en la economía -a través de los mecanismos indicados en la cita- reduce la cantidad de riqueza disponible en la comunidad y la dirige a determinadas áreas compuestas por pseudo-empresarios amigos del poder de turno, y a los adictos partidarios del gobierno en cuestión. Aun cuando la intención de los gobiernos fuera la de beneficiar a todos, económicamente ello es imposible, porque el "estado de bienestar" implica achicar la torta a medida que se va consumiendo. Y solo el capitalismo liberal es el que hace crecer el pastel. En términos más simples : cuanto más se le quita el fruto de su trabajo al que produce para entregárselo gratuitamente a quien no produce nada o produce menos que aquel a quien se lo ha despojado, menos incentivos tiene el productor o trabajador para volver -en el periodo siguiente- seguir aumentando su producción.

[1] Murray N. Rothbard. For a New Liberty: The Libertarian Manifesto. (ISBN 13: 9780020746904). Pag.  191
[2] Murray N. Rothbard, Ob. Cit. Idem. Pág. 191
[3] Murray N. Rothbard. Ob. Cit. idem. Pág. 197

El Derecho (7° parte)

Por Gabriel Boragina © “F. La coerción jurídica en la práctica. Saliendo ahora del aspecto puramente filosófico y emplazando el tema...