Politización y partidos políticos



Por Gabriel Boragina ©

Otras veces hemos llamado la atención sobre la exageración que representa –a nuestro modo de ver- la esperanza que muchas personas, la mayoría en rigor, deposita en la política como una vía idónea para la solución de prácticamente todos los problemas humanos.
Esto ha dado origen a un término que refleja adecuadamente esta tremenda tendencia. Ese término es la "politización". Del mismo se ha dicho:
"J. Ellul sostiene que la politización "[...] no es un fenómeno que se sucede por la naturaleza de las cosas, se debe a la glorificación que nosotros le atribuimos, por la importancia que le asignamos cada uno de nosotros, por el temblequeo frenético exhibido cada vez que el sacramento político -la bandera, el jefe, el slogan- se acerca a nosotros [...] Más aún, en lugar de la presencia consoladora -esa experiencia tan deseada por las personas religiosas- el hombre ahora experimenta fe y convicción religiosa en su participación política. Lo que se ha perdido por la Iglesia se encuentra en los partidos [...] Entre las definiciones básicas del hombre los dos se vinculan en este punto: homo politicus es por su naturaleza homo religiosus [...] Vean cuán llenos de devoción están y cuán llenos de espíritu de sacrificio se encuentran esos hombres apasionados que están obsesionados por la política" (68). Al contrario de lo que a veces se piensa, Ellul sostiene que una de "[...] las condiciones que determina la politización de la sociedad es el crecimiento de la participación individual en la vida política" [1]
 Esta verdad se advierte de lleno en los debates que se escuchan o se leen a menudo por todas partes. En tales discusiones siempre aparecen tres partes perfectamente distinguibles: el oficialismo, la oposición y la ciudadanía. A juzgar por muchas de esas polémicas, esta última prácticamente no tendría nada ver con los dos primeros. La ciudadanía concentra sus juicios críticos o elogiosos depositándolos ya sea en el oficialismo o en la oposición, como si la responsabilidad de lo que ocurriere en un país, nación, estado, provincia o municipio dependiera siempre de esta o de aquel, y como si esa ciudadanía que juzga, condena o premia y aplaude no tuviera ningún  compromiso en el actuar política (y en sus consecuencias) respecto de lo que oficialistas y opositores hagan o deshagan. Una de las manifestaciones de la politización puede encontrarse en el hecho de que no son muchas las personas que piensan que los partidos políticos deberían autofinanciarse y no depender de subsidios estatales. Por ejemplo:
"Propiedad privada significa que deben ser privadas las empresas, pero también los partidos políticos, institutos educativos, servicios médicos y cajas de jubilaciones y pensiones; y sin privilegios: en libre competencia. Lo opuesto es la confusión de lo público y lo privado, con abandono de la neutralidad."[2]
En nuestra sociedad latinoamericana -al menos- que los partidos políticos se autofinancien, es decir que sean completamente independientes de las arcas del estado—nación es algo bastante difícil, por no decir prácticamente utópico, máxime si se tratan de partidos que se alternan en el poder, y por este mismo motivo han tenido acceso a las múltiples fuentes de financiamiento a través de los cuales -en función de gobierno- esos mismos partidos han actuado políticamente durante el periodo que les ha tocado gobernar. Y en cargo de la politización que ya hemos comentado, no existe en la ciudadanía un verdadero consenso en cuanto a dicha independencia, altamente deseable en el discurso, pero difícilmente plasmable en la práctica. Además:
"Todos los partidos políticos tienen uno u otro tipo de «intereses creados» en los movimientos impopulares de su ad­versario. Así, podría decirse que viven de ellos, hallándose siempre listos a destacarlos, exagerarlos, o, incluso, buscarlos cuidadosamente. Pueden llegar, asimismo, a estimular los errores políticos de sus adversarios en la medida en que esto no los obligue a compartir la responsabilidad de los mismos. Esto, junto con la teoría de Engels, condujo a algunos partidos marxistas a vivir a la expectativa de las maniobras políticas realizadas por sus adversarios contra la democracia. En lugar de combatirlas con dientes y uñas, se contentaban con decirles a sus adeptos: «Ved lo que hace esta gente. Eso es lo que llaman democracia. ¡Eso es lo que llaman libertad e igualdad! Acordaos de esto cuando llegue el día de arreglar cuentas». (Frase ambigua que podría referirse igualmente a las elecciones o a la revolución.) Esta política de dejar al adversario que se ponga al descubierto debe conducir al desastre cuando se la extiende a las maniobras contra la democracia. Es la política de los que mucho hablan y nada hacen ante la inminencia de un peligro real y creciente. Es la política consistente en hablar de guerra y actuar pacífica­mente que tan bien les enseñó a los fascistas la inestimable técnica opuesta de hablar pacíficamente mientras se hace la guerra."[3]
Resulta realmente impresionante la actualidad política de estas palabras de K. R. Popper, que parecen describir patentemente una realidad de nuestros días, en la que oficialistas y opositores se culpan mutuamente de atentar contra los valores democráticos, en tanto ninguno de ambos bandos hace absolutamente nada por evitar la destrucción de esos valores, y -en su lugar- resulta ser cierto que tanto unos como otros contribuyen, ya sea con su acción o con su omisión, a hacer añicos los principios sobre los cuales se construye la democracia, y que ellos "dicen" (declaman, mejor dicho) defender. También es innegable que, tanto oficialistas como opositores, proceden de continuo "a estimular los errores políticos de sus adversarios en la medida en que esto no los obligue a compartir la responsabilidad de los mismos".
Todo esto debería ser una advertencia para la ciudadanía altamente politizada, que exhibe la tremenda paradoja de no confiar en los políticos, pero seguir confiando en la política como una vía factible del cambio social. Ya hemos expuesto muchas veces nuestra posición en cuanto consideramos la política como una consecuencia de otros factores de los cuales depende, directa o indirectamente, entre los cuales encontramos la educación y el ambiente sociocultural de la sociedad en donde la política aparece.



[1] Alberto Benegas Lynch (h) Hacia el Autogobierno. Una crítica al poder político. Emecé. pág. 461-462.
[2] Alberto Mansueti. Las leyes malas (y el camino de salida). Guatemala, octubre de 2009. Pág. 307
[3] K. R. Popper. La sociedad abierta y sus enemigos. Paidos. Surcos 20. Pág. 377

La política "farandular"



Por Gabriel Boragina ©

Resulta de interés destacar -una vez más- la notable similitud (habría que hablar, en realidad, de total identidad) entre la farándula y la política. Hasta el mismo diccionario de la Real Academia Española lo reconoce en su definición. Veamos lo que dice:

farándula.
(Del prov. farandoulo).
1. f. Profesión y ambiente de los actores.
2. f. Antigua compañía ambulante de teatro, especialmente de comedias.
3. f. despect. Arg., Cuba, El Salv., Ur. y Ven. Mundillo de la vida nocturna formado por figuras de los negocios, el deporte, la política y el espectáculo.[1]

Tal como vemos, la tercera acepción del diccionario recoge la expresión farándula identificándola y relacionándola expresamente con el mundo de la política. Y es que, verdaderamente -al menos en la Argentina- la mayoría de la gente vive, recepta, "analiza" y comenta las noticias políticas de la misma manera en que lo hace con las del mundo del espectáculo.
Tampoco es casual -a mi modo de ver- que no sean pocos los artistas (en el sentido de actores y actrices del "arte escénico") que a menudo saltan del escenario televisivo, cinematográfico o teatral a la palestra política, y aparecen postulándose para los más diversos cargos, ya sean estos en el poder legislativo o el ejecutivo. La sola excepción -por ahora- parecería ser la del poder judicial, aunque -al paso que van las cosas y en vista de la profunda degradación moral, cultural, educativa y -por supuesto- económica en la que se desbarranca Argentina- pronto no nos sorprendamos también de enterarnos del brinco de personajes de la farándula que traten de infiltrarse dentro de las filas del poder judicial.
Es que efectivamente, el argentino promedio se posiciona frente a la política y a los políticos como quien ve una representación en la TV, en el cine o en el teatro, y en verdad piensa que todo eso que observa, es algo en lo que él o ella es sólo un simple y mero espectador, que nada puede hacer por modificar la trama de la historia, ni el guion de la película. Sólo se considera a sí mismo un espectador pasivo, inerme para cambiar los roles de los protagonistas en la escena, incapaz incluso de permutar a los actores de reparto (en este caso los políticos mismos).
Es más, cree que no es a él al que le corresponde reemplazar ni a los actores de reparto, ni a la función que está observando, sino que esa acción sólo le cabe al director de la obra, sin siquiera asumir que el director de la obra política siempre es el ciudadano que vota -es decir el mismo- y no un "tercero".
Esta visión farandúlica de la política se extiende también a la mayor parte del denominado periodismo político. Si se observa atentamente el diseño de la difusión, comentarios y análisis político se puede advertir de inmediato que tiene idéntica estructura que la difusión, comentarios y análisis del mundo de la farándula.
De la misma manera que un periodista de cine, televisión o teatro "analiza" si la actriz fulanita se divorció o "se juntó" con el actor menganito, de semejante modo muchos "analistas" políticos describen la "alianza" del político "Juan" con el político "Pedro" ; la "traición" del candidato B al partido C ; el "coqueteo" del candidato X con el "presidenciable" Z ; etc. etc. etc..
Es por ello que, en general, el político argentino está más preocupado por ser un buen actor, que obtenga la mejor posición posible en el "rating", que en qué es lo que "podrá" hacer, "piensa" hacer, o posiblemente "haría" en el caso de resultar electo. Este último aspecto es el menos importante para él.
El argentino promedio "vive" la política como un drama o una comedia, pero dicha "vivencia" siempre le es ajena en su auto-atribuida calidad de espectador, condición esta última a la que raramente renunciará. Y se lamenta y se regocija frente a los sucesos políticos de la equivalente forma en que se divierte mientras disfruta de una comedia televisiva o cinematográfica, o se entristece ante la pantalla o la butaca de una obra trágica. Y observa y habla de los políticos de parecida manera en que lo hace de los actores y actrices del mundo de la escena.
Incluso la mayoría de los comentarios familiares o con amigos de los hechos y protagonistas del mundo político, también tienen semejanzas notables con los que se ven o escuchan en los muy célebres programas televisivos o radiales de "chimentos del ambiente". Esto anima a muchos conductores de programas de chimentos de la farándula a exponer en esos mismos programas hechos o actos políticos, no siendo tampoco extraño ver en esos programas televisivos de chismes del espectáculo a notables figuras de la política.
Esto explica -siempre en mi opinión- la razón por la cual la corrupción, la violación de la ley, el latrocinio estatal, el peculado y la rapacidad burocrática, etc. se ha hecho algo cotidiano entre los argentinos. El promedio de ellos está convencido de que la corrupción es meramente un fenómeno político que no tiene nada que ver con nadie que no actúe en el plano ni en el ámbito de la política. Es "algo" que "sólo se ve por TV", o "se lee en los diarios". "Algo" que hacen "otras" personas que, a la sazón, reciben el nombre de "políticos".
El espectador se posiciona frente al espectáculo como "algo" que es ajeno a él, sobre lo que tiene ningún otro control más que cambiar el canal o la frecuencia de la emisora que está escuchando. Y esta misma actitud la extiende al mundo político, como algo que pasa "fuera de él" y como en una dimensión lejana, que ni siquiera lo roza. Piensa que "el director" de la obra tiene que divertirlo o entretenerlo siempre, y dejarle un mensaje positivo. Y opera mentalmente de la misma manera ante los acontecimientos de la política nacional.
Esto permite a la clase política dominar la escena y -a la vez que dan su espectáculo- esquilmar a los bolsillos de sus espectadores (los ciudadanos).



[1] Diccionario de la Lengua Española - Vigésima segunda edición - Real Academia Española © Todos los derechos reservados

Planificación, democracia y moral



Por Gabriel Boragina ©

"Aunque para la mayor parte de los socialistas sólo una especie del colectivismo representará el verdadero socialismo, debe tenerse siempre presente que éste es una especie de aquél, y que, por consiguiente, todo lo que es cierto del colectivismo como tal, debe aplicarse también al socialismo. Casi todas las cuestiones que se discuten entre socialistas y liberales atañen a los métodos comunes a todas las formas del colectivismo y no a los fines particulares a los que desean aplicarlos los socialistas; y todos los resultados que nos ocuparán en este libro proceden de los métodos del colectivismo con independencia de los fines a los que se aplican. Tampoco debe olvidarse que el socialismo no es sólo la especie más importante, con mucho, del colectivismo o la «planificación» sino lo que ha convencido a las gentes de mentalidad liberal para someterse otra vez a aquella reglamentación de la vida económica que habían derribado porque, en palabras de Adam Smith, ponía a los gobiernos en tal posición que, «para sostenerse, se veían obligados a ser opresores y tiránicos»'.[1]
F. A. v. Hayek advertía de este modo –a comienzos de la década del cuarenta del siglo pasado- la manera en que "las gentes de mentalidad liberal" habían aceptado los postulados básicos del socialismo, en particular el de la planificación económica, abriendo paso nuevamente a las tendencias hacia la opresión gubernamental y la tiranía de todo tipo que se encontraban en pleno auge en los días en los que F. A. v. Hayek redacta su obra (citada al pie) y que en fechas posteriores continuó vigente, si bien bajo formas y maneras algo más pacificas en el resto del mundo hasta nuestro tiempo, pero conservando la esencia totalitaria que -al fin de cuentas- conlleva todo intento de planificación económica.
Es importante destacar que por "planificación" no ha de entenderse solamente el sentido restringido de la expresión, y por el mismo suponerse que quien gobierna ha de tener algún plan específico en particular a aplicar. Mas bien, la alocución "planificación económica" habrá de pensarse como la posición filosófico-política que acepta que toda actividad humana ha de ser controlada y dirigida por el gobierno, sin importar demasiado en qué sentido se irá a orientar dicha planificación. El término habilita preferentemente la idea de que se excluye la planificación privada, y que sólo se permitirá y tolerará la estatal. Lo que está implicado en este asunto es -en esencia- una cuestión moral:
"De la misma manera que el gobernante democrático que se dispone a planificar la Vida económica tendrá pronto que enfrentarse con la alternativa de asumir poderes dictatoriales o abandonar sus planes, así el dictador totalitario pronto tendrá que elegir entre prescindir de la moral ordinaria o fracasar. Ésta es la razón de que los faltos de escrúpulos y los aventureros tengan más probabilidades de éxito en una sociedad que tiende hacia el totalitarismo. Quien no vea esto no ha advertido aún toda la anchura de la sima que separa al totalitarismo de un régimen liberal, la tremenda diferencia entre la atmósfera moral que domina bajo el colectivismo y la naturaleza esencialmente individualista de la civilización occidental."[2]
Estas proféticas palabras de F. A. v. Hayek parecen haberse plasmado en la realidad histórica posterior hasta nuestros días. Raramente los gobernantes mal llamados "democráticos" han renunciado a dejar de lado sus planes y, por sobre todo, su vocación planificadora. Por el contrario, han tendido a creer que toda la cuestión se reducía a elegir y seleccionar cual debería ser "el mejor plan", el que daban por sentado sólo podía provenir de mentes burocráticas y no de ninguna otra parte. Así, en este derrotero que se ha seguido hasta hoy, la mayor parte de las "democracias" mundiales han devenido en verdaderas dictaduras, dando lugar a numerosas variantes, entre las cuales se encuentran los populismos que, en fechas recientes han proliferado, sobre todo en Latinoamérica, como en la Argentina con los Kirchner, Morales en Bolivia, Correa en Ecuador y el comunismo castrochavista venezolano, regímenes todos que -en diferentes grados y medidas- han pretendido emular al totalitarismo cubano-castrista.
A su turno, aquí reside la explicación del porque todas aquellas mal llamadas democracias han derivado finalmente en regímenes inmorales como los mencionados anteriormente. Necesariamente toda "democracia" que se inspire en principios colectivistas siempre tendrá un destino de inmoralidad. Habrá que apuntar que lamentablemente "la naturaleza esencialmente individualista de la civilización occidental" certeramente señalada por F. A. v. Hayek, se ha ido perdiendo con el trascurrir del tiempo.
"Las «bases morales del colectivismo» se han discutido mucho en el pasado, naturalmente; pero lo que nos importa aquí no son sus bases, sino sus resultados morales. Las discusiones corrientes sobre los aspectos éticos del colectivismo, o bien se refieren a si el colectivismo es reclamado por las convicciones morales del presente, o bien analizan qué convicciones morales se requerirían para que el colectivismo produjese los resultados esperados. Nuestra cuestión, empero, estriba en saber qué criterios morales producirá una organización colectivista de la sociedad, o qué criterios imperarán probablemente en ella. La interacción de moral social e instituciones puede muy bien tener por efecto que la ética producida por el colectivismo sea por completo diferente de los ideales morales que condujeron a reclamar un sistema colectivista. Aunque estemos dispuestos a pensar que, cuando la aspiración a un sistema colectivista surge de elevados motivos morales, este sistema tiene que ser la cuna de las más altas virtudes, la verdad es que no hay razón para que un sistema realce necesariamente aquellas cualidades que sirven al propósito para el que fue creado. Los criterios morales dominantes dependerán, en parte, de las características que conducirán a los individuos al éxito en un sistema colectivista o totalitario, y en parte, de las exigencias de la máquina totalitaria."[3]
F. A. v. Hayek aquí nos explica que no importan las intenciones morales colectivistas, lo que realmente cuentan son sus resultados. Y estos resultados en nuestras democracias colectivistas siempre han sido de los peores.


[1] Friedrich A. von Hayek, Camino de servidumbre. Alianza Editorial. España. pág. 64
[2] Hayek...od.cit. Pág. 174
[3] Hayek...od.cit. Pág. 175

Estado y responsabilidad social



Por Gabriel Boragina ©

La idea de que el estado-nación ha de hacerse cargo de la mayoría o, peor aún, de todos nuestros problemas, es -como hemos señalado en múltiples oportunidades- de antigua data, y de profunda raigambre entre las personas, no sólo en Latinoamérica sino en el mundo entero. Aunque, claro está, con diversas intensidades y cantidades de aplicación. Será interesante rastrear en la historia los casos en que esto comenzó a suceder y los lugares donde tuvo su origen:
"En general la intromisión del estado en Inglaterra fue acentuándose desde la primera guerra pero en la década del cuarenta comienza una etapa distinta marcada clara y contundentemente por la intensa participación del estado en temas llamados de “seguridad social”. El llamado “estado de bienestar” o “estado benefactor” divorció la moral de la política social y afectó la idea de la responsabilidad individual y los incentivos para los emprendimientos privados al tiempo que se acentuó el deterioro del concepto del derecho transformándolo en una enumeración de deseos con rango cuasi constitucional con lo que en buena medida se destruyó el concepto del respeto por el fruto del trabajo de otros y la idea de autonomía individual degradándose la idea de la solidaridad y la benevolencia. Se implantó la curiosa teoría de que el antropomorfismo “sociedad” era la responsable de los problemas sociales y, a través del estado, tenía la obligación moral de resolver estos problemas. Este fue el sentido del Beveridge Report, documento publicado en 1942 que anunció al “estado de bienestar” como una “revolución británica”.[1]
Estas consecuencias, por supuesto, no se limitaron al caso de Inglaterra, sino que se extendieron por todo el mundo desde entonces y hasta nuestros días. Pero en realidad, ya conocía antecedentes con la Socialpolitik implementada por el canciller Otto von Bismarck en Prusia en el siglo anterior al de la primera guerra mundial. Dicha invasión del estado-nación en los asuntos privados y -por sobre todo- en temas en los que se debatían las causas de la pobreza y de la riqueza, fue debida -a su vez- a la incomprensión de las masas respecto de elementales cuestiones económicas, y –fundamentalmente- de la profunda interrelación que estas tienen con las denominadas "políticas sociales". Lo que -a su turno- fue consecuencia de la popularidad creciente de las erradas ideas socialistas entre los dirigentes políticos y los intelectuales. La separación conceptual apuntada entre "políticas sociales" y economía fue lo que indujo a pensar a dirigentes y dirigidos que existía un divorcio entre unas y otras. Bajo esta falacia se construyó la teoría del "estado benefactor", y todos los mitos que se tejieron respecto de sus "prodigiosas capacidades" para "solucionar" la vida de casi todo el mundo. Esto provocó la subversión de los principios morales que se marcan con notable acierto en la cita precedente y cuyas consecuencias se ven agravadas en la actualidad.
"A lo largo del siglo XIX se acrecentaron las iniciativas privadas de caridad así como la constitución de sociedades de ayuda mutua, contexto en el que surgieron instituciones que perdurarían en el tiempo, como es el caso del Ejército de Salvación. Con el fin de la primera guerra mundial, el surgimiento del estado de bienestar sembró la semilla del divorcio entre la moral y la ayuda hacia el prójimo que encontró en la obra del economista británico John Maynard Keynes el sustento teórico que permitió llevar adelante la irrefrenable intervención del gobierno en la economía, trasladando la caridad de la esfera privada y voluntaria hacia la pública y obligatoria."[2]
Aquellas instituciones privadas que proliferaron en el siglo XIX, nacieron bajo las ideas de la responsabilidad individual, la conciencia de la necesidad del prójimo y un profundo sentido de solidaridad que inspiran todos los principios del liberalismo. Sin embargo, toda esa notable labor privada, fue siendo destruida poco a poco por la paulatina pero incesante tarea de socavación moral e intelectual por parte del estado-nación y de sus ideólogos, como lo fuera el muy nefasto Lord Keynes. Con todo, como bien anotan los autores citados, esas instituciones "perdurarían en el tiempo, como es el caso del Ejército de Salvación". Aunque claro está, no cumpliendo un rol de la relevancia que tenían en la época de su formación originaria. Pero resulta notable que, muchas de las iniciativas privadas de este tipo, aunque menguadas por la competencia desleal del estado-nación, resultan mucho más eficientes que las "ayudas" estatales que suelen ser menores en cuantía, calidad y en eficacia. La idea de caridad, responsabilidad moral e individual fueron completamente desvirtuadas por el estatismo. Lo mismo sucedió en Alemania:
"En 1950 Röpke advirtió, en un informe comisionado por el Gobierno, que había una “fuerte tendencia” a restringir exageradamente el mercado. Asimismo, Röpke insistía en que los gastos sociales y los impuestos no pueden sobrepasar cierto nivel “sin perjudicar los aspectos expansivos y concertadores de una economía de libre mercado”.
 Las críticas de Röpke a los programas de bienestar aumentaron en los años siguientes. Así, censuró duramente la decisión del Gobierno Erhard (1957) de ajustar el programa de pensiones al costo de la vida: a su juicio, era un paso para convertir el sistema de bienestar en “una muleta para la sociedad”.
 Esa muleta sigue estando ahí. Hoy, los partidos políticos alemanes ofrecen rebajar los impuestos al tiempo que prometen más gastos sociales. Eso no es financieramente responsable, pero los políticos saben que muchos alemanes no votarán por quien diga que va a reducir el Estado de Bienestar."[3]
Indudablemente, la cita refleja la falsa conciencia creada en el pueblo (no sólo en el alemán del caso, sino en el del resto de mundo) de que es el estado-nación y no nosotros quien debe ocuparse de todas nuestras necesidades. Los gastos sociales son financiados con impuestos, impuestos que pagamos todos, pobres y ricos, pero que perjudican más a los pobres que a los pudientes. En los hechos -y si bien las promesas son de menores impuestos- estos no han dejado de crecer en las últimas décadas a nivel global.



[1] Alberto Benegas Lynch (h) – Martin Krause. En defensa de los más necesitados. Editorial Atlántida. Buenos Aires, pág. 325/6
[2] Alberto Benegas Lynch (h) – Martin Krause. En defensa ...ob. cit. pág. 330
[3] Sam Gregg -No hubo milagro alemán-2 de Julio de 2008-Fuente: http://www.fundacionburke.org/2008/07/02/no-hubo-milagro-aleman/ pág. 2

El Derecho (7° parte)

Por Gabriel Boragina © “F. La coerción jurídica en la práctica. Saliendo ahora del aspecto puramente filosófico y emplazando el tema...