La importancia del voto negativo

Por Gabriel Boragina ©

Lo que llamaremos voto negativo en este título, son en realidad, varias cosas que reciben denominaciones diferentes. En ellas encuadraremos el llamado voto en blanco, el voto nulo, el anulable, y el ausentismo electoral (no presentarse a votar) entre los más importantes.
En países como Argentina, el voto negativo constituye una sumatoria importante (alrededor de un 25 % por elección, o más) si tenemos en cuenta que los candidatos que más votos obtienen -en promedio histórico- rondan entre el 30 % y el 45 %. También, en países como la Argentina, la clase política (o para mejor decir, la casta política) se las ha arreglado para que los votos negativos no se contabilicen en el escrutinio final, con lo cual, en los hechos, los votos negativos vienen a ser como votos "inexistentes". Consideramos que esto es un error, aunque en el fondo, nos parece más bien una picardía de la casta política, sobre todo de aquella casta política que se rasga las vestiduras clamando defender la "democracia".
Indudablemente, el voto negativo es una forma o modo de expresar una decisión (en este caso, de rechazo hacia los candidatos, y en especial, respecto de los de mayores posibilidades de ganar). Si por democracia entendemos, ya sea el gobierno del pueblo, ya sea el de la mayoría, resulta también indiscutible que todas las decisiones cuentan, incluso aquellas que expresan un rechazo hacia los candidatos en oferta. En conclusión, sostenemos que los votos negativos deben computarse en el recuento final de las elecciones. Y así como los votos positivos deben sumarse, los negativos deben restarse, como sus propias denominaciones lo indican con claridad. Pero ¿cuándo y a quienes se le deben restar los votos negativos? El espíritu de justicia y democracia nos indica que los votos negativos deben restarse a aquellos candidatos que hubieren obtenido votos positivos por una cifra mayor a la del total de los votos negativos. De tal suerte que, si un candidato lograre, por ejemplo, el 50 % de los votos positivos, en tanto que los votos negativos totalizaren el 24 % del padrón electoral, estos últimos deberían restarse a los positivos, de modo tal que, el resultado final del candidato en cuestión vendría a ser, después de la operación antedicha : 50-24=26. Es decir un 26 % como resultado final. Si por caso, dos candidatos obtuvieren porcentajes mayores al del total de los votos negativos, en este supuesto, pensamos que deberían dividirse estos últimos por dos y restarse a los positivos de cada uno de esos candidatos.
Por supuesto que los políticos protestarán ante un mecanismo como este, con el consabido estribillo de que, si se adopta este sistema, entonces sería difícil -por no decir casi imposible- que cualquier candidato alcanzare el 40 % o 45 % que exige la Constitución de la Nación Argentina para ser ungido presidente de la nación. Ante esta objeción cabe preguntarles a estos señores ¿por qué clase de "democracia" abogan? ¿Por una en la que se consulte la voluntad de todo el pueblo, incluyendo a la de los disidentes con los candidatos en oferta? O en cambio ¿están defendiendo una oligarquía? (recordemos que la definición de oligarquía es gobierno de pocos). Porque intentar proscribir o declarar "inexistentes" los votos negativos, siendo de personas que figuran en el padrón electoral implica, claramente, una proscripción a una franja numerosa de ciudadanos en condiciones de votar. Esta proscripción, reduce -claro está- la cantidad significativa de votos, con lo que el pueblo gobierna menos que si estuviera en una genuina democracia, ante lo cual habría que sincerarse y dejar de hablar de "democracia" y pasar a hablar de oligarquía (gobierno de unos pocos). Pues bien, el sistema que se niega a contabilizar los votos negativos es indudablemente un sistema oligárquico. Nada tiene de democrático.
¿Realmente nunca alcanzaría el piso mínimo de votos ningún candidato con este sistema? Creemos que con un régimen de vueltas sucesivas, alguno de los candidatos no tendría mayores dificultades en obtenerlo. Una posible reforma constitucional debiera contemplarlo, porque posiblemente no fuera suficiente una segunda vuelta, y se necesitarían más de dos. Es decir, las necesarias hasta que alguno de los dos candidatos más votados obtengan el piso mínimo de votos exigidos, pero, eso sí, siempre contabilizando (restándolos) los votos negativos, que irían disminuyendo paulatinamente cuantas mayores rondas electorales se fueren sucediendo. La meta debería ser lograr que gane un candidato verdaderamente representativo de la voluntad de una mayoría genuina, la que siempre será resultante de la diferencia entre los votos positivos y los negativos. Insistimos en esto si lo que queremos es establecer una auténtica democracia representativa y participativa. Ello implica abrir la posibilidad de intervención a los votos negativos y no proscribirlos como se hace actualmente, en el sólo interés de una casta política que busca achicar el mercado electoral para tener un coto de caza de votos cautivos.
El procedimiento que aquí sugerimos permite solucionar de cuajo varios problemas que viene arrastrando el sistema electoral argentino, y que pese a haber demostrado su inutilidad, todavía se mantienen, por ejemplo el del mal llamado voto "obligatorio". Los altos porcentajes de ausentismo electoral que, elección tras elección, se registran en forma creciente, prueban acabadamente, de una vez y para siempre, lo absurdo de mantener formalmente una obligación de votar a la que literalmente casi un tercio del padrón jamás presta atención. El voto "obligatorio" ya no asusta a nadie y, además, Argentina es uno de los pocos países que lo mantiene. Paradójicamente, es una "institución" de inspiración fascista y servía a organizaciones de este tipo (o afines) para controlar cuáles miembros de la facción, efectivamente concurrían o no a votar "al Jefe" (por lo general, el único candidato disponible). Fue muy empleado por los regímenes de partido único (mal llamados populares). Los soviets de la URSS lo utilizaban. Que Argentina conserve este anacronismo del totalitarismo mas rancio habla mucho de la ideología de nuestros políticos cuando defienden la vigencia del voto "obligatorio".
El sistema que proponemos también soluciona de modo definitivo el eterno problema al que se enfrenta el votante argentino (y posiblemente el de otros países): el de verse obligado a votar al candidato que le desagrada menos para evitar que gane el que le repugna mas. Computando el voto negativo como lo que es (negativo) el sufragante no se verá nuevamente jamás ante dicho dilema.


A confesión de parte relevo de prueba

Por Gabriel Boragina ©

La candidata del oficialismo adoptó como consigna de campaña el eslogan "Cuenten conmigo para lo que falta". Cuando me enteré, no pude evitar reflexionar que no podía resumir de forma más perfecta la completa ineptitud que ha demostrado en su gestión de gobierno.
En efecto, un candidato político al aspirar a un cargo de la misma naturaleza, normalmente procede a presentar a la sociedad de la que espera sus votos, su plan o programa de gobierno, o en el caso argentino y en los últimos tiempos, los políticos habitualmente se limitan a declamar frente a las cámaras y micrófonos las promesas que, según nos dicen, "cumplirán" durante sus respectivos gobiernos.
Va de suyo que, todos estos programas, planes o promesas, declamaciones o como quiera el lector llamarlas, contemplan las "realizaciones" a cumplir durante los cuatro años que, ya sabe el político en cuestión de antemano, durará su mandato. La señora de la cual hablamos aquí, desde luego, no ha sido una excepción a esta regla, ya que nadie como ella ha declamado y usado tanto cámaras y micrófonos para hacerle saber a todo aquel quien quisiera escucharla qué es lo que "haría" durante el periodo de su gestión.
Pues bien, resulta ser que al finalizar este periodo, nos venimos a enterar por boca de la propia candidata que aun "le faltan cosas por hacer", con lo que ella misma esta confesando que mintió a sus electores aquella vez que la eligieron, prometiendo que haría lo que ahora admite que no hizo, porque nos dice que "le falta" por hacer, y que "necesita" otros cuatro años más para "hacerlo".
En realidad, si la Sra. Kirchner lo que quiso decir es que le falta por hacer todo lo bueno que prometió y no cumplió, bueno, en este último caso, es indudable que está diciendo la verdad, ya que resulta extremadamente difícil, por no decir imposible, encontrar alguna cosa buena en su gestión. No obstante, no nos parece que sea ese el sentido de lo que esta mujer ahora nos está diciendo, ya que, precisamente no se trata de una persona que se haya caracterizado por decirnos jamás la verdad, sino que, por el contrario, siempre que ha podido nos ha mentido.
Si en cambio, lo que la señora quiere decirnos es que le falta por hacer más de lo que ya ha hecho de mal, estamos frente a un caso de patología, en la que el paciente no reconoce el completo desacierto de sus actos (aunque, como ya hemos explicado en otra parte, estamos seguros que no es la señora la que gobierna, sino que otros lo están haciendo por ella. Una persona de las características de la Sra. Kirchner no está condiciones de gobernar, ni siquiera su jardín, no digamos ya su casa).
Pero lo importante es volver al eslogan de su campaña, que en vísperas de su aspiración a la reelección, resulta un excelente resumen hecho por ella misma de toda su gestión. Y como dijimos, admite con sinceridad (quizás la primera vez que hace uso de este atributo desde que asumió su cargo) que al final de su gestión no ha hecho todo lo que nos prometió y nos pide que le demos otra oportunidad para que lo haga. Pero cabe reflexionar sobre ese "todo" que nos dice "le faltó hacer" ¿cuánto será realmente en tiempo lo que necesitará para "completarlo"? y ¿qué garantías concretas tenemos que, si no pudo cumplir en los pasados cuatro años, cómo podemos estar seguros que esta vez sí cumplirá en los próximos cuatro? y ¿si al cabo de los venideros cuatro años, nos vuelve a confesar que "le faltan" cosas por hacer y nos pide cuatro años más? La realidad es que la señora no está en condiciones de hacer cosa alguna en política, las prometa o no las prometa. No puede cumplir con nada. En primer lugar, porque no tiene plan alguno, y lo más importante: no tiene capacidad intelectual alguna para forjar plan de ninguna índole. Esta es pues, la triste realidad. Y sólo es triste para los argentinos, porque en lo que atañe a la Sra. Kirchner no parece darse cuenta de cosa alguna, excepto que -según ella- vivimos "en el mejor de los mundos".
La señora sólo está en condiciones de hacer lo que esos "otros", que son los que gobiernan el país desde las sombras y los que, por consecuencia, también la gobiernan a ella, le indiquen y le programen minuciosamente. Sus allegados políticos, que fungen como asesores, ya sean formales o informales, usan a la señora como un símbolo (la llevan a decir discursos, la entrenan para que gesticule en la tribuna, ante las cámaras, y... no mucho mas). No le pidamos a la señora Kirchner lo que la señora no está en condiciones de ofrecernos, por mucho que ella quisiera, suponiendo –además- que se tratara de una "buena persona", aspecto este último que también ofrece algunas dudas.
Ciertamente, a la señora le falta mucho por "hacer" o mejor dicho, todo por hacer, el punto no es este, sino que no tiene ninguna capacidad ni intelectual, y -mucho menos- política, ni habilidad alguna para poder hacerlo. Si consideramos, además, que conforme hemos venido afirmando desde hace tiempo, la señora coejerció el poder con su esposo desde el año 2003 y se supone que su gobierno iba a constituir una "profundización" de lo hecho por Néstor Kirchner (lo que fue declamado hasta la saturación por esta mujer), resulta más alarmante su confesión de que, aun así y todo, todavía "le faltan" cosas por hacer. Significa, hablando claramente, que en los últimos ocho años, ni su marido ni ella han cumplido con lo que han prometido. Si no fuera este el caso, y siendo que la señora se jacta de ser una continuadora de la gestión de Néstor Kirchner, podemos afirmar, sin lugar a ninguna duda, que la administración de ambos ha sido el más absoluto y profundo fracaso de toda la historia argentina y ¿todavía nos piden más tiempo que los ocho años que estuvieron al frente del poder? ¿Cómo calificaría el lector una petición de tal naturaleza?
En realidad, lo que a la señora le falta (pero, por lógica, no puede decirlo abiertamente) es tiempo para seguir enriqueciéndose en lo personal, familiar, con sus amigos, conocidos, partidarios, sus sindicalistas obsecuentes, etc., los que -al fin de cuentas-, y por muchos que sean, no dejan de constituir una minoría, en contraste con la inmensa población argentina que los sufre. Este es, verdaderamente, el tiempo que la señora "necesita", lo que le falta para poder seguir expoliándonos a su gusto y al gusto de su séquito de obsecuentes.

¿Benefician a la gente las reelecciones?

Por Gabriel Boragina ©

A esta altura de los hechos, parece quedar claro que el famoso "modelo" político tan pregonado por el matrimonio Kirchner, consistió y sigue consistiendo en la eternización en el poder. A ser honestos, no han sido los primeros en aspirar a perpetuarse al mando. El fundador de su partido y ex-presidente, J. D. Perón, impulsó la reforma constitucional (que finalmente logró) con ese mismo propósito en 1949. Más tarde, otro presidente (Raúl Alfonsín) de otro partido (Unión Cívica Radical) intentó reformar nuevamente la constitución con el mismo objetivo (reelegirse indefinidamente). Felizmente, su intentona no prosperó. Sin embargo, algunos años más tarde, un nuevo presidente (Carlos Menem, del mismo partido peronista, en alianza con Alfonsín para tal propósito) logró la tan ansiada reforma, la que le permitió haber sido reelegido por un segundo periodo consecutivo. La Sra. Kirchner, siguiendo esta misma línea de sus predecesores, intenta, como ellos, eternizarse en el poder. Aunque el caso de esta mujer ofrece diferencias notables con las de los anteriores.
En efecto, la Sra. Kirchner sucede en el gobierno a su esposo, Néstor Kirchner, sin embargo, durante el gobierno de este, sólo a algún despistado pudo habérsele escapado que su esposa co-ejercía el mando con aquel, naturalmente en un segundo plano, pero a nadie se le podría escapar que esta señora se desempeñaba como una vicepresidente de facto, ya que se necesita ser extremadamente distraído para creer que un pusilánime como Daniel Scioli (el entonces vicepresidente formal) tuvo algún tipo de influencia sobre Néstor Kirchner o su consejo fuera requerido por este para algún acto de gobierno. Todo lo cual, indica a las claras que, lo correcto es hablar de tres gobiernos "Kirchner". Primero, el iniciado en 2003 del matrimonio en forma conjunta (el marido como presidente legal y su mujer como vicepresidente de facto, con un vicepresidente formal (Scioli) pero en los hechos, políticamente inoperante) y un segundo gobierno de la Sra. Kirchner sucediendo al de su esposo. Por lo tanto, si esta mujer fuera reelecta en las próximas elecciones, el venidero vendría a ser su tercer gobierno (aunque formalmente se le considere el "segundo").
La constante en todos los casos mencionados es que los anhelos reeleccionistas intentan justificarse invocando repetitivamente la palabra "democracia", tan bastardeada ésta como lo está. Entonces, cabe preguntarse ¿es de la esencia de la democracia la perpetuación de los mismos personajes o de sus cónyuges, familiares o amigos, indefinidamente en la cúspide del poder? Y desde un punto de vista práctico, si no fuera así, ¿es de todos modos conveniente permitir que así ocurriera? Creemos, como tuvimos oportunidad de exponer en otra parte, que la respuesta no puede ser sino negativa. Desde una perspectiva de una democracia de tipo republicano, que vendría a ser, más o menos, la que pretendería tener la Argentina (a juzgar -al menos- por lo que dice su actual texto constitucional), consideramos que la esencia de la misma es (debería serlo, mejor dicho) la limitación del poder, limitación que no solamente entendemos como la típica división horizontal de poderes, la que estimamos necesaria pero insuficiente, sino que juzgamos indispensable la limitación temporal del poder. Claro que, mencionarles la palabra limitación a los déspotas que hemos citado más arriba, es objeto de anatema para ellos y sus seguidores. Sin embargo, si lo que pretendemos es seguir declamando por una democracia republicana (que pensamos- ya no tenemos desde larga data), consideramos que debemos aceptar el concepto de limitación temporal del poder e integrarlo al de división del poder.
¿Obtienen alguna ventaja los pueblos con las reelecciones indefinidas? Indudablemente tampoco. ¿Por qué? Por varias razones. Entre ellas: el poder político no es otra cosa que un medio o trampolín por el cual se llega al poder económico. El acceso al gobierno otorga al gobernante la facultad de dictar leyes impositivas o regulatorias de la economía, de las cuales la fundamental es la de crear dinero, mediante la emisión monetaria, lo que le otorga un control casi omnicomprensivo sobre el total de las vidas de los ciudadanos que, a partir de allí, pasan a convertirse en súbditos. Los impuestos y la inflación (que es otro impuesto encubierto) no son otra cosa que transferencias de dinero de los bolsillos de la gente a los de los burócratas. El o la presidente de un país, no es otra cosa que un Gran Burócrata, o en otras palabras, El Jefe de Todos los Burócratas de un país. Sus ingresos son los egresos que sufren sus súbditos. En la medida que un presidente es reelegido indefinidamente siente en su interior que su poder se expande también indefinidamente, y en ese sentido tenderá a comportarse como tal, ampliando su poder todo lo que le sea posible. Como la política es un juego de suma cero (lo que gana A, lo pierde B) todo poder que gana un presidente es un poder que pierde el que lo vota (si *B* vota a *A*, en realidad *B* esta cediéndole parte su poder a *A*. El voto de B será una cuota del poder de A. El poder de A será el resultado de la sumatoria de todos los votos que obtenga). Esto es así porque partir de ese momento el poder cedido no será ejercido por el cedente sino por el cesionario, de tal suerte que toda cesión de poder implica una pérdida para quien lo cede y una ganancia para quien lo recibe. El candidato ganador lo sabe y -a no dudarlo- estará dispuesto a utilizar todo ese poder ganado y cedido por sus votantes en su propio favor, porque sabe que sus votantes ya no tienen ese poder (al menos hasta los próximos comicios).
En este punto, recordemos la sentencia de Lord Acton: "El poder tiende a corromper. El poder absoluto corrompe absolutamente". Esta sentencia, según nos enseña la historia, se ha cumplido en todo tiempo y lugar en forma inexorable. La experiencia histórica también nos ha instruido que todo político que aspira al poder, una vez que lo logra se fija como meta siguiente a obtener precisamente ese poder absoluto, pero ¿por qué? Porque recordemos que el poder político sólo es un medio que utilizan los políticos para obtener poder económico. Y existe un axioma básico de la economía que nos informa que "los recursos son escasos y las necesidades son ilimitadas". Las reelecciones indefinidas potencian superlativamente todo este proceso. El juego de suma cero se repite en cada reelección: los reelectos ganan cada vez más y los votantes cada vez menos. Y así ad infinutum.

El derecho de propiedad y su violación

Por Gabriel Boragina © Desde todos los ángulos imaginables se reclaman con urgencia "políticas públicas" como supuesta y ú...