Por Gabriel Boragina ©
· Se cuestiona la baja de pobreza al 28,2% en el segundo semestre de 2025 según INDEC, ya que la Canasta Básica Total subió 16% mientras los salarios promedio (formal privado 13,2%, público 10,2% e informal 23,3%) crecieron 14,6%.
· EL INDEC un organismo oficial que en la práctica y desde hace muchos gobiernos ha perdido total credibilidad por ser fácilmente manipulable por la intereses subjetivos de los distintos partidos políticos que se turnan en el poder cumple esta cuestionaba función también con el falso gobierno ''liberal'' de LLA.
· Por más que se explique y trate de justificarse la metodología utilizada no deja de ser cierto que las metodologías pueden variar y adulterarse (no sería la primera vez que se hiciera en Argentina) por lo que sería una pérdida de tiempo ponerse a discutir este punto.
· Según INDEC, el sector informal, con mayor concentración de pobres, tuvo un aumento salarial del 23,3% que superó el de la CBT, lo que ayudó a que más hogares superaran la línea de pobreza.
· Resulta contradictorio decir que el sector informal es el más pobre a la vez que se afirma que tuvo el mayor ingreso salarial, porque a mayor ingreso menor pobreza lo que es un silogismo lógico. Lo mismo que trazar una supuesta ''linea de pobreza'' no es más que un arbitrismo y -por tal- cuestionable. Por lo demás ¿cómo una entidad formal como el INDEC puede medir la informalidad? ¿con que parámetros que no sean la subjetividad del funcionario que mide y que responde a otro funcionario superior que el que lo designó para el cargo, y -subiendo la escala- hasta el titular del poder?
· Esto ocurre con todas las estadísticas oficiales que -precisamente- por ser oficiales, ya de por si dejan de ser objetivas e imparciales.
· Se dice que la medición oficial de pobreza usa ingresos familiares totales (incluyendo transferencias como AUH con alzas superiores) y promedios semestrales, no solo variaciones puntuales de salarios versus CBT.
· Insistiendo que un organismo oficial mal puede conocer ingresos no registrados oficialmente en ninguna parte, resulta una trampa y una broma de mal gusto incluir entre los ingresos de la población los subsidios (transferencias) que el propio gobierno sustrayendo dichos ingresos a unos le traspasan a otros. Estos subsidios o subvenciones son el fruto de los mecanismos que propone la doctrina de la justicia social populista que tan bien combatieron autores de la Escuela Austríaca de Economía como Friedrich A. von Hayek.
· Que un gobierno que alardea de representar las ideas de esta escuela y de este autor haga uso de dicho instrumentos que el socialismo de todas las épocas ha reivindicado y puesto en práctica en donde se hubiera ensayado es la mejor demostración de la mendacidad de los jerarcas (y nunca tan bien expresada esta calificación de jerarcas) respecto de sus verdaderas intenciones.
· Sin duda, como sucede en toda política intervencionista hay quienes se benefician de ella y quienes se perjudican. En el corto plazo pueden ser más lo que se favorecen que los contrarios, pero en el largo plazo (como ha demostrado dicha escuela) serán más los que se perjudican que los que no. Y esto es lo que a un liberal le interesa que no ocurra. Por eso (como liberales) denunciamos a este gobierno ruin y farsante.
• Esta inconsistencia entre los datos que se pretenden presentar como técnicos y la realidad cotidiana percibida por la población no hace más que profundizar la desconfianza generalizada en las instituciones. No se trata de una mera discusión académica sobre indicadores, sino de la distancia evidente entre lo que se informa y lo que efectivamente se vive en la calle: caída del consumo, precarización laboral, aumento del endeudamiento de los hogares y deterioro del poder adquisitivo real.
• A su vez, cuando se recurre a promedios para explicar fenómenos sociales complejos, se incurre en una simplificación que distorsiona aún más la realidad. Los promedios esconden las dispersiones: no reflejan que mientras algunos sectores pueden haber mejorado levemente su situación, amplias capas de la población han empeorado sustancialmente. Este tipo de construcción estadística permite mostrar una supuesta mejora agregada que no se condice con la distribución efectiva del ingreso.
• En este sentido, la utilización de mediciones semestrales también contribuye a diluir los impactos negativos de coyunturas específicas, suavizando artificialmente los datos. La pobreza no se experimenta en promedio ni en semestres: se experimenta día a día, en la imposibilidad concreta de acceder a bienes básicos, en la pérdida de calidad de vida y en la incertidumbre constante.
• Por otro lado, la inclusión de transferencias estatales dentro del cálculo de ingresos plantea un problema conceptual profundo. No solo porque, como ya se dijo, implica contabilizar como “ingreso genuino” lo que es en realidad una redistribución forzada, sino porque además encubre el verdadero origen de esos fondos: la presión fiscal sobre otros sectores productivos. Esto no genera riqueza, simplemente la reasigna, muchas veces de manera ineficiente y con claros sesgos políticos.
• Desde la perspectiva de la teoría económica desarrollada por Friedrich A. von Hayek, este tipo de intervenciones no solo distorsiona los precios y las señales del mercado, sino que además socava las bases mismas de una sociedad libre, al concentrar poder en manos del Estado y debilitar los mecanismos espontáneos de coordinación social. La manipulación estadística, en este marco, no es un fenómeno aislado, sino parte de un esquema más amplio de intervención y control.
• Asimismo, no puede soslayarse que la medición de la pobreza en función de una “canasta básica” determinada por el propio Estado introduce un componente arbitrario adicional. ¿Qué bienes se incluyen? ¿En qué cantidades? ¿Con qué criterios de calidad? Todas estas decisiones responden, en última instancia, a definiciones políticas antes que a realidades objetivas. De este modo, la línea de pobreza no es un dato inmutable, sino una construcción susceptible de ser ajustada según conveniencias circunstanciales.
• A esto se suma la dificultad evidente de capturar la dinámica del sector informal, que por definición escapa a los registros oficiales. Pretender medir con precisión un universo que no deja huellas formales implica, necesariamente, recurrir a estimaciones, supuestos y modelos que abren la puerta a amplios márgenes de error —o de manipulación—. En consecuencia, cualquier conclusión derivada de estos datos debe ser tomada, como mínimo, con extrema cautela.
• En definitiva, el problema no radica únicamente en la veracidad de un número puntual, sino en la legitimidad del sistema que lo produce. Cuando la confianza en las instituciones estadísticas se erosiona, todos los datos que emanan de ellas quedan bajo sospecha, independientemente de su exactitud. Y sin datos confiables, la posibilidad de diseñar políticas públicas efectivas se ve gravemente comprometida.
• En este contexto, resulta particularmente grave que un gobierno que se autodefine como liberal recurra a prácticas propias del intervencionismo más clásico, tanto en materia económica como en la construcción del relato estadístico. La contradicción entre discurso y acción no solo debilita su credibilidad, sino que además desvirtúa los principios que dice defender.
• Finalmente, cabe recordar que las consecuencias de estas políticas no se manifiestan de inmediato, sino que se acumulan con el tiempo. El deterioro institucional, la distorsión de los incentivos y la pérdida de confianza generan efectos que trascienden coyunturas y gobiernos. Por ello, la crítica no se limita a un dato puntual o a una administración específica, sino que apunta a un problema estructural más profundo: la utilización del aparato estatal como herramienta de construcción política antes que como garante de reglas claras y estables.
• En conclusión, lejos de reflejar una mejora real en las condiciones de vida de la población, las cifras difundidas parecen responder más a una necesidad de validación política que a un diagnóstico honesto de la situación. Y mientras esta lógica persista, cualquier discusión sobre pobreza seguirá estando atravesada por la desconfianza, la opacidad y la falta de rigor que caracterizan a un sistema que ha perdido, hace tiempo, su pretendida objetividad.