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Revista Digital

Los argentinos y ''el Mundial''

 Por Gabriel Boragina ©

 Un signo inconfundible del drama que viven los argentinos en sus otros campos de la vida es la desmesurada pasión que despierta en ellos cada cuatro años su participación en los campeonatos mundiales de fútbol.

Llega el campeonato mundial y el país literalmente se paraliza. Los días que juega la selección argentina, aunque no se decreten feriados, son días que, ya es sabido, los comercios no levantan sus persianas, o sólo lo hacen hasta la hora de comienzo del partido en cuestión, para volver a subirlas (a veces) cuando el ''juego'' termina. Los empleados concurren a regañadientes a sus puestos de trabajo, pero se les acondicionan televisores o radios para ver o escuchar el juego en desmedro de la atención al público, que casi no se nota porque el público usuario tampoco concurre esos días de la manera habitual a los lugares de compras o de trámites presenciales exactamente por los mismos motivos.

Las calles se tornan desiertas porque casi todo el mundo esta desde hace varias horas antes parapetado frente a los televisores de sus hogares, bares, restaurantes u otros lugares de atención al público que ''milagrosamente'' no cierran sus puertas.

¿Cuál puede ser la razón sociológica de esta desaforada conducta que despierta en el argentino promedio el campeonato mundial de fútbol? Muchas veces me hice esta pregunta y he llegado a la conclusión que este brote repentino, inusitado y desbordado de locura colectiva que desemboca en miles de personas que se vuelcan a la calle por cada partido ganado tiene, en el fondo, su causa en el cúmulo de fracasos que desde hace décadas lleva el país en materia política, económica, educativa y -resumidamente- social, en general, a nivel mundial.

El estigma de ser en estos terrenos un país subdesarrollado durante la mayor parte de su historia, solamente se supera en lo prácticamente único en lo que destaca el argentino: el fútbol.

El fútbol viene a ser para el castigado pueblo argentino el catalizador perfecto a su larga historia de frustraciones políticas y económicas. Es a través del fútbol que los argentinos pueden sentirse superiores en algo a los demás países que lo superan en casi todas las demás esferas, menos en el deporte del balompié. Es el fútbol lo experimentadamente único que le devuelve la alegría a este pueblo que en los demás ámbitos ya se le hizo costumbre ir de fracaso en fracaso.

Sociológicamente, es absolutamente comprensible que un pueblo cuya historia es un largo compendio más de desengaños que de éxitos a nivel mundial, deba encontrar una válvula de escape a tantos desencantos en áreas vitales como la política y la economía que son, entre ambas, las que manejan los destinos de un país. En el argentino típico esa única vía de escape es el fútbol, y esa la razón que este se haya convertido en la pasión de sus multitudes.

Es en sus resultados deportivos, usualmente, lo único que el país puede destacar y exhibir una razonable cuota de orgullo, lo que se le niega en los demás aspectos que giran fuera de ese deporte.

Frente a la resignación ante ese destino, el fútbol se presenta al argentino promedio no solamente como factor de distracción a sus cotidianos problemas, sino como el mejor ''embajador'' del país ante el mundo.

Esta alegría externa, rebosada y repentina que sólo estalla colectivamente en cada campeonato mundial y no en ningún otro momento intermedio, no tiene una base racional. A ninguno de los festejantes le van a aumentar el sueldo por cada partido o punto ganado por el seleccionado de fútbol, tampoco se les dará un nuevo puesto de trabajo, ni un subsidio, ni ningún beneficio personal apreciable en dinero o en especie. Se trata de una alegría impersonal. Tampoco el PBI del país aumentará si el equipo argentino obtiene la copa del mundo.

Por todos estos motivos, no se trata más que de un desahogo colectivo. La transmutación de una bronca contenida durante tantos años de tristezas, angustias y enojos reprimidos. La necesidad de sentirse grande en algo y orgullosos de serlo. Un cansancio de ser un pueblo humillado por sus propios políticos mayormente corruptos unos, ineptos e incapaces los otros. Y una reacción como respuesta a ello.

También hay una cuota no menor de exhibicionismo delante de los demás. Una necesidad de mostrarse como parte de la masa que participa de las mismas emociones que los demás y no desentonar. Lo que va de la mano con el colectivismo sociológico del que tanto hemos hablado. Subyace el temor, en caso contrario, de ser tildado de antipatria, cipayo, no-argentino y otros epítetos frecuentes contra aquellos pocos que no se suman a la histeria colectiva.

Si bien no en relación a la Argentina, mi tesis no es una posición aislada ni enteramente propia, sino que ya ha sido estudiada por la sociología, donde existen diferentes teorías al respecto. Por ejemplo, la Teoría de la compensación o función compensatoria del deporte.

La teoría de la compensación sostiene que el deporte de masas cumple una función de compensación psicológica y social frente a las frustraciones que las personas experimentan en otros ámbitos de su vida, como el trabajo, la economía o la política.

Según esta perspectiva, cuando los individuos sienten que tienen poco control sobre su realidad cotidiana o padecen reiterados fracasos colectivos, tienden a depositar una mayor carga emocional en los éxitos deportivos. Las victorias de un equipo nacional les permiten experimentar sentimientos de orgullo, pertenencia y realización que no encuentran con la misma intensidad en otros aspectos de la vida social.

El deporte actúa, así como una válvula de escape o catarsis colectiva: canaliza tensiones, libera emociones acumuladas y fortalece temporalmente la cohesión social. Aunque el triunfo deportivo no modifica objetivamente las condiciones económicas o políticas del país, produce una sensación compartida de éxito que compensa, al menos simbólicamente, las frustraciones cotidianas.

Entre los autores que desarrollaron esta perspectiva se destacan Norbert Elias y Eric Dunning, quienes analizaron el deporte moderno como un espacio social donde las emociones reprimidas por la vida cotidiana pueden expresarse de forma intensa pero socialmente aceptada.

En síntesis, esta teoría explica que la extraordinaria pasión que despierta el fútbol no responde únicamente al interés por el deporte en sí, sino también a la necesidad de encontrar una fuente de satisfacción, identidad y orgullo colectivo cuando otras esferas de la vida social generan desilusión o frustración.

La Argentina encaja. a mi juicio. perfectamente dentro de esta hipótesis. Sólo reforzaría agregando que se tratan de distintas formas en que el colectivismo (antiindividualismo) se expresa.

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