Por Gabriel Boragina ©
Tratamos, no hace mucho, en una serie de comentarios sobre el Capitulo X de la obra de Friedrich A. von Hayek, Camino de servidumbre (ver http://www.accionhumana.com/2026/03/la-vigencia-de-hayek.html) el tema de los despidos indignos o humillantes de los funcionarios que integran (o lo hicieron inicialmente) los cuadros del poder ejecutivo a cargo del partido gobernante LLA[1].
La modalidad de gobierno se conserva intacta, pero se olvida que, no solamente las destituciones de funcionarios que dejan de ser dóciles al delirante actual mandamás supremo del país siguen siendo degradantes, sino que se producen designaciones como funcionarios de personas que ya han sido previa y públicamente avergonzadas por el mandamás del partido gobernante con antelación a la nominación.
Los casos de Patricia Bullrich (tildada como montonera asesina de niños por la misma persona que la nombró al frente del ministerio de seguridad, o el del actual ministro de economía, Luis Caputo, rotulado por el mismo sujeto como un inútil, incapaz y ''timbero'' son apenas un par de ejemplos sobre otros nombres).
Esta variante confirma un estilo de gobierno que tempranamente advertimos apenas LLA ganó las elecciones que lo llevaran al poder (Ver nuestra nota http://www.accionhumana.com/2023/12/el-triunfo-de-un-estilo.html ) donde adelantamos casi premonitoriamente el triunfo político de las malas formas, del insulto, la deshonra al disidente del jefe supremo (y por parte de este mismo o de cualquiera de sus otros lacayos políticos), los premios a los obsecuentes y a los que se rebajan hasta el límite de la abdicación total de la propia autoestima y la renuncia expresa o implícita de la propia dignidad humana y del respeto a si mismo con tal de lograr un cargo a costa del erario público, o una prebenda del estado/gobierno que -en el discurso mendaz (en el ínterin)- tanto dicen ''aborrecer'', pero ante el cual no dudan en ponerse de rodillas a cambio de unas migajas estatales que son fruto, como ellos bien saben o deberían saber, de la feroz expoliación a los contribuyentes, a quienes cínicamente dicen ''representar'' y ''defender'' cuando, en realidad, los están esquilmando diariamente.
Cuando el titular del poder ejecutivo nombra en el cargo ofrecido a alguien a quien públicamente ha denostado calificándolo como notoriamente incapaz, inepto, ignorante y cubriéndolo de una cantidad de epítetos de similar o peor tenor, adicionando a los mismos un rosario de insultos de grueso calibre, indirectamente también está confesando públicamente que sus anteriores nombramientos, tanto de quienes aún permanecen en sus puestos como de los que ya fueron expulsados de los mismos, fueron todos guiados por idénticas premisas y exactamente los mismos parámetros. Es decir, también sabia o pensaba que ninguno de ellos era apto para la función, por padecer, según su opinión expresa o implícita, de las mismas falencias y defectos que atribuyó anteriormente a quien posteriormente asignó una posición cualquiera dentro de su gobierno.
Esto habla mal de sus propias decisiones y da un mensaje a la sociedad de haberse rodeado desde el principio de los peores colaboradores que pudo haber elegido, dejando de lado a los mejores o menos malos posibles. Porque si puede darse cuenta de quien para él es un bruto, también debería darse cuenta que optar por ese candidato lo llevará por un camino análogo, y los resultados de su elección no podrán ser sino los peores.
Es decir, no solamente habla mal de su equipo de gobierno, sino de sí mismo como un pésimo gerente y director de los asuntos públicos y -al fin- selector final del personal que debe acompañar su gestión.
Es cierto que, en una sociedad indolente como la argentina estos son apenas episodios fugaces que suscitan la momentánea atención y curiosidad pública solamente por unos pocos días hasta que los medios periodísticos encuentren e instalen otra noticia con la cual tapar las anteriores y distrayendo permanentemente a la opinión pública, trivializando cada suceso que, de otra forma, pasaría a ser en una sociedad seria y madura, (lo que la argentina decididamente no es) un escándalo tan mayúsculo y bochornoso que ocasionaría y produciría renuncias instantáneas y en masa. Algo que en Argentina nunca ocurrió y probablemente jamás suceda.
Si, por el contrario, eventualmente alguien dijera (o él mismo), que no creía en lo que anteriormente le reprochaba a quien fuera (a la postre) su elegido para emplearlo a sueldo del estado, y que todas aquellas indignas descalificaciones otrora hechas públicas no eran sinceras, dicha confesión -de ser cierta- nos confirmaría que estamos en presencia de un gran mentiroso, imperdonable defecto en quien ostenta el máximo rango político del país. Se descalificaría a sí mismo, más de lo que ya lo hace habitualmente con sus continuas y siempre renovadas contradicciones, idas y venidas, marchas y contramarchas, tanto en sus dichos como en sus hechos, lo que revela, como también es público, evidentes y serios desarreglos nerviosos o, incluso, psíquicos de cierta gravedad.
Pero sigamos suponiendo que no haya de aquí en más retractación alguna de esas vergonzosas descalificaciones y epítetos públicos para el funcionario/a y -luego de ellas- después seleccionado/a para ocupar la vacante. Y que, por el contrario, se ratifiquen y se los quiera hacer aparecer como reacciones impulsivas o arrebatos del pasado que ya no existen. Mas allá del clarísimo desequilibrio emocional que esto denotaría ¿qué garantías tiene la ciudadanía que no se repitan en el futuro? Quedaría, de todas maneras, la sensación o -mejor dicho- la corroboración de la falta de estabilidad psíquica y (en suma) política de uno de los poderes del estado/nación.
Por donde se lo mire, y en cualquiera de los supuestos analizados, la cuestión es sumamente preocupante por tratarse de cuestiones de Estado.
Del otro lado, están las olvidadas instituciones que, claramente, no funcionan en Argentina, con la excepción de la electoral, única que parece conocerse de todas las que crea o reconoce en su texto la Constitución Nacional. El resto son popularmente decorativas (cuando se las conoce. Ni hablar de estudiarlas).
Es de esperarse que esta extraña forma de selección (y luego de despido) de una persona públicamente infamada, ridiculizada, y afrentada de la peor manera posible no termine como comenzó antes del nombramiento, y que esta modalidad de relacionarse políticamente no se consolide, constituyéndose en una ''institución'' no formal, ni afiance el estilo de gobierno del que hablábamos en nuestra nota citada al comenzar estos párrafos: ver http://www.accionhumana.com/2023/12/el-triunfo-de-un-estilo.html . Hacemos votos para que así suceda. Lo que, a la vez, es una convocatoria desde nuestro humilde lugar a que la clase dirigente revea sus formas y sus códigos de comunicación con sus pares y subordinados.
[1] Siglas del partido gobernante argentino ''La libertad avanza''
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