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Nacionalismo vs liberalismo

                                                                                                                               

                                                                                                                                                               Por Gabriel Boragina ©

 Luego de abordar un esquema comparativo entre el nacionalismo y el individualismo[1], se hace necesario lo mismo entre aquel y el liberalismo.

En línea a trazar diferencias entre el nacionalismo y el liberalismo, creo que debemos tener en cuenta estos aspectos:

El valor supremo de un nacionalista es la nación, no cualquiera sino, por supuesto, la suya que -en rigor- no es ''suya'' (dado que nadie le confirió un título de propiedad sobre ella, ni nadie puede hacerlo) sino la que él cree ''suya''. Por encima de cualquier otra cosa siempre para él estará esa nación.

El valor supremo de un liberal es la libertad, no la nación. Esto implica que si el liberal fuera forzado a elegir entre la nación y la libertad, su elección siempre seria por esta última, y sólo en segundo u ulteriores lugares por la nación. Pero esta última palabra no significa idéntica cosa para un liberal que para un nacionalista.

De lo antecedente se deriva que, si bien la libertad del liberal, nunca constituye una amenaza para la ''nación'', el nacionalismo del nacionalista si configura una potencial intimidación para el liberalismo o, más precisamente, para la libertad que defiende el liberal.

De lo anterior, la historia tiene numerosos ejemplos.

Los movimientos nacionalistas más destacados de la historia (como el fascismo y el nazismo) declararon la guerra al liberalismo, no al comunismo (recordemos el pacto de no agresión ''Ribbentrop -Molotov'' entre Hitler y Stalin en 1939).

Hitler atacó a Rusia años después por dos razones y objetivos fundamentales: 1) eliminar el peligro potencial que Stalin representaba en el frente oriental y 2) el repliegue alemán forzado al oriente empujado por las tropas aliadas que avanzaban desde el frente occidental y que se estaba haciendo incontenible. Hasta ese momento los nazis y los comunistas eran aliados.

En suma, la historia dejó en claro que el único enemigo del nacional socialismo alemán, del fascismo italiano y del comunismo soviético era (y sigue siendo) el liberalismo, y la guerra era contra este último.

Con esto no estamos diciendo que las naciones atacadas por los nazi fascistas/comunistas eran ''liberales'' sino que aquellos así lo suponían.

En la actualidad, esa guerra ya no se libra con armamento bélico sino que se ha trasladado de medios, siguiendo los consejos del influyente marxista italiano Antonio Gramsci, al plano académico y -más amplio aun- el cultural.

Mientras el liberalismo es individualista, el nacionalismo es colectivista, porque la nación personifica necesariamente un colectivo, nunca un individuo,

La palabra nación simboliza un grupo definido, en tanto individuo no puede encarnar más que lo que el mismo término incorpora: una sola unidad.

De lo anterior se deriva que, en tanto el individuo no representa ningún riesgo contra el colectivo, no resulta igual a la inversa: el colectivo no sólo ha constituido un peligro contra los individuos sino que toda la pobreza, masacres y miseria humanas han sido (y siguen siendo) el resultado de esta superioridad numérica (no moral) del colectivo sobre el individuo indefenso.

Basta ser tildado ''enemigo de la nación'' o de sus hipotéticos ''intereses'' para que todas las maldiciones caigan sobre el desgraciado a quien se le haya colgado tales sambenitos. Ya la misma palabra individualista busca, en boca colectivista, ser el máximo insulto que alguien pueda recibir.

Pero el punto es que el nacionalismo y -en rigor- todo colectivismo, es una entelequia, una idea, una quimera, no un ente concreto, ni existente. Por el contrario, el individualismo es una realidad palpable, visible y concreta, ya que esta corporizado en el individuo.

Mientras los individuos son entes visibles, la nación no puede verse por ninguna parte, y sólo puede representarse mediante simbolismos (escudos, banderas, escarapelas, estandartes, insignias, imágenes) en ningún caso se tratan de entes vivos dotados de voluntad y discernimiento.

Si una persona que no tuviera ni siquiera la más mínima noción de geografía llegara repentinamente a una ciudad o pueblo de un territorio cualquiera, no tendría forma de saber donde se encuentra hasta que uno le informe el nombre del lugar (en persona o mediante un cartel vial, por ejemplo), o tenga a la vista una bandera plantada en un mástil (y suponiendo que conociera las banderas de los distintos países).

Por ejemplo, cualquiera que repentinamente llegara en un viaje anónimo a la provincia de la Pampa sin que nadie, ni en la partida, ni en el trayecto, ni en el arribo le informara hacia donde lo estaban llevando, no podría enterarse ni que está en dicha provincia, y ni que ella está en un país llamado Argentina, hasta que no encontrara a alguien, o algo de producto humano, que se lo informara. Pero ningún rasgo físico natural del lugar podría darle la pista por sí mismo que está en territorio argentino. Un individuo tendría que informárselo, sea en persona sea mediante otro elemento humano o de creación humana (letrero, cartel, señal vial, etc.). Esto, de por sí, demuestra la realidad del individuo y la irrealidad del nacionalismo y su componente intelectual: la nación.

Lo cual sucede porque la nación -en si- no existe, existen individuos que la piensan y que al expresar ese pensamiento le dan el nombre de nación, patria, o similares. El que cree en ese pensamiento como si fuera una realidad viva, corpórea y externa a la mente del que lo piensa es el llamado nacionalista.

No hay tal cosa como voluntad nacional, ser nacional, pensamiento nacional, y otras fórmulas verbales que suelen brotar de la boca o la pluma de un nacionalista coherente con su nacionalismo. Voluntad, ser, pensamiento son atributos exclusivamente humanos poseídos por estos, sin importar en qué país hubieran nacido. La nación no puede expresarlos, sencillamente porque no los posee, sólo pueden ser imaginados por los colectivistas nacionalistas.

Esto no va a en contra del amar el lugar donde se ha nacido pero, a mi juicio, eso es solamente un aspecto que tiene que ver con el suelo del país que, en definitiva, no es propio del sujeto que experimenta ese sentimiento.

El Iliberal ama la libertad, y si la tiene puede ejercerla en cualquier lugar del mundo, no atado por nacionalismos que ningún beneficio le reportan.

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