Industrialización

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Origen y ventajas de la división del trabajo

Por Gabriel Boragina ©

La división del trabajo hace que la gente se beneficie del trabajo de otras personas, aun cuando esas personas no aumenten sus capacidades laborales específicas.

‘En la mayoría de las explicaciones se ignora cómo la división del trabajo per se -de acuerdo con el principio de las ventajas comparativas- incrementa la riqueza de quienes participan de la misma, aun suponiendo que no haya incremento alguno de las habilidades individuales, debido a que aumenta la productividad del grupo, trátese de una sociedad primitiva o de una sociedad avanzada ’’[1]

Suele ponderare el aspecto individual y los bienes que en este sentido reporta la división del trabajo, pero no aludirse al ángulo social, en el que los favores del sistema son mucho mayores. En otras palabras, si bien la regla es que el proceso incrementa las habilidades individuales de quienes participan del mismo, también es posible que tales habilidades no aumenten en absoluto.

Pese a ello, el participante se lucra de la productividad total. Y adicionalmente ese provecho alcanza a todo el grupo interviniente en el transcurso. A escala, esta utilidad se traslada al conjunto social y la sociedad toda, en última instancia.

‘’En La acción humana, Ludwig von Mises dice que "en un mundo hipotético en el que la división del trabajo no aumentase la productividad no habría sociedad alguna". 14 En efecto, Mises le atribuye a la división del trabajo el surgimiento mismo de la sociedad, porque, si los individuos no previeran que estarán mejor dividiéndose el trabajo, no se produciría la cooperación social, y en ausencia del beneficio derivado de la división del trabajo per se y del consecuente aumento de productividad, las personas no se verían unas a otras como colaboradores sino como rivales que buscan apropiarse de los bienes escasos e insuficientes’’[2]

Para que esto se cumpla debe aceptarse primero que esas personas son plenamente conscientes de ser propietarias de lo que poseen.

Reconocido el derecho de propiedad y sólo mediante este requisito previo, puede darse como segundo paso la división del trabajo.

Si también nos percatamos que el trabajador (en su sentido más amplio posible) es dueño de su capacidad de trabajo, y si se le admite, asimismo, la libertad necesaria para poder intercambiar esa capacidad laboral con sus semejantes (ya sea alquilándola o intercambiando con los demás aquello que sea el fruto de su trabajo) caeremos en la cuenta que la frecuente separación que trazan los socialistas entre capital y trabajo es ficticia.

La capacidad laboral de cada persona es su capital primario, la fuente de cualquier otra forma de capital derivado de esa capacidad laboral.

No hay que confundir la cuantía de ese capital con la noción de capital misma, como erróneamente hacen los marxistas.

Desde este punto de vista un obrero es un capitalista, en donde su capital es su fuerza de trabajo. Ese capital le permite ganar un salario que -a su vez- lo habilita a adquirir bienes y servicios producidos por otros obreros como el, con lo cual se está beneficiando de las ganancias que la elaboración de aquellos bienes les han procurado a otros. Así funciona en su raíz el capitalismo.

Este sistema es el que superó a la sociedad feudal y a la mercantilista, y produjo la explosión de bienes y servicios de la que disfrutan las colectividades contemporáneas. La teoría opuesta es la socialista que es la dominante actualmente en sus distintas versiones, con predilección por la variante fascista en la mayoría de las naciones latinoamericanas.

‘’Una explicación frecuentemente citada en torno al comercio y a la división del trabajo es la observación de Adam Smith en el sentido de que los individuos tienen una "propensión natural a comerciar, trocar e intercambiar unas cosas por otras". 15 Sin embargo, me parece que la propensión humana es diferente: los individuos prefieren ser independientes y autosuficientes, y comercian sólo porque perciben que podrán vivir mejor en sociedad dividiéndose el trabajo’’[3]

En realidad, es en parte como dice el autor en comentario pero, desde mi punto de vista, requiere una mayor explicación.

En los comienzos de la historia, el hombre primitivo pasó del aislamiento y el autoabastecimiento individual y familiar a vivir en comunidades pequeñas llamadas tribus, clanes, etc. porque la población era relativamente reducida y los recursos naturales parecían sobreabundantes en relación al tamaño de aquella población.

A medida que el crecimiento demográfico se iba expendiendo había (lógicamente) más gente, lo cual implicaba un mayor consumo, congruentemente los recursos naturales se iban reduciendo.

Las comunidades ya no eran autosuficientes, y entonces prevalecían las guerras en las que, los individuos primero y las tribus después, procuraban despojarse mutuamente. Como esto tenía un trabajo y un costo humano muy elevado, sobrevino la necesidad de comenzar a intercambiar los escasos recursos entre las tribus en lugar de guerrear, ya que en este punto recién se advirtieron las ventajas del intercambio.

Todo esto (aquí apretadamente reducido) implicó, en la realidad, largos periodos de tiempo muy prolongados.

‘’Los individuos valoran lo que reciben más que lo que dan en el intercambio y, por lo tanto, están dispuestos a aceptar la desventaja de volverse más dependientes de otros como el costo de llegar a vivir mejor’’[4]

Ciertamente, hay una suerte de resignación en el punto, porque a la naturaleza humana le gustaría tener de todo lo necesario sin hacer absolutamente nada y ni mover un dedo. Pero es esta imposibilidad y las desventajas de la lucha armada por conseguir lo necesario (con el riesgo de costos físicos y materiales muchos mayores a los del intercambio pacifico con otros) lo que ha dado origen al comercio, y no esa imaginaria propensión a intercambiar que realmente jamás existió.

Básicamente, toda acción humana se basa en una necesidad, que no involucra solamente el ámbito de lo material sino que lo supera y alcanza también a lo espiritual (cuando el hombre adopta una religión o una filosofía de vida, también lo hace por necesidad).


[1] Manuel F. Ayau Cordón Un juego que no suma cero La lógica del intercambio y los derechos de propiedad Biblioteca Ludwig von Mises. Universidad Francisco Marroquín. Edición. ISBN: 99922-50-03-8. Centro de Estudios Económico-Sociales. Impreso en Guatemala. Pág. 21

[2] Ayau Cordón M. F. Un juego que…ibídem pág. 21-22

[3] Ayau Cordón M. F. Un juego que…ibídem pág. 22

[4] Ayau Cordón M. F. Un juego que…ibídem pág. 22

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