Industrialización

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El voluntarismo y la moralidad legal

Por Gabriel Boragina ©

“El derecho, buscando un buen objetivo, sea cual éste fuere, puede ser utilizado para cualquier otro. Una sociedad anónima puede ser utilizada para un crimen. Por supuesto, toda esta disciplina del money laudering, que es una maravilla por cierto, no es sino el uso de estrategias legales para fines ilegales.”[1]

Inclusive, en muchos casos, los mismos legisladores se empeñan en la producción de leyes con fines implícitamente ilícitos, para ser ellos los únicos o exclusivos beneficiarios (lo que puede incluir a sus familias, amigos o grupos de conocidos también que quizá se le deban favores políticos económicos o personales de otra naturaleza).

En otras palabras puede haber leyes creadas con claras intenciones y que producen efectos malsanos por sí mismas, aunque (aun siendo técnicamente neutrales) se las utiliza con fines ilícitos. Nuevamente, todo depende de quién en definitiva haga uso del instrumento legal.

“La ley no tiene contenidos morales, las personas tienen contenidos morales, yo le doy el contenido moral que me da la gana darle. La ley puede ser usada para el bien o para el mal, para unir o para separar, para construir o destruir, para hacer justicia o injusticia, dependiendo para qué la uso y la intensidad de mis preferencias.”[2]

Bueno, esto es una reiteración de lo que se dijo antes, y que ya hemos comentado de manera suficientemente explícita a nuestro entender, en donde se aclaró que muchas de las formulaciones jurídicas explicadas por juristas en las facultades de derecho que hablan de la moralidad en la ley, en realidad, metafóricamente se están queriendo referir a  la del legislador. Lo cual puede ser quizá de interés académico como un tema materia de estudio en esas mismas facultades de derecho, pero que -a la luz del análisis económico del derecho que venimos esbozando en estas líneas, y siempre desde el punto de vista de la ciudadanía- es una cuestión que no reviste el menor interés práctico, y ajena por completo no sólo al sentir popular sino al curso de las acciones de cada uno de los agentes económicos.

“Si para mí, dado el costo y beneficio y mis preferencias, es más conveniente cometer un crimen, lo cometo. Un acto criminal es una decisión racional, cumplir con la ley es una decisión racional.”[3]

Lo que demuestra el acierto de esta reflexión es precisamente el hecho de que, a pesar de toda la evolución moral que pudo haber existido a través de las distintas épocas de la historia, no es difícil constatar que nuestra época y en todas partes del mundo se siguen cometiendo todo tipo de crímenes y delitos. Claro que este hecho pondría en cuestionamiento el mismo concepto de evolución moral. Pero el análisis de esta cuestión nos alejaría del tema actual, y preferimos reservarlo para otra oportunidad en que nos toque tratar expresamente el punto.

“Yo no digo que no haya moral. Lo que estoy diciendo es que la moral es individual y que cada uno de nosotros tiene sus principios morales pero así como una falda, un par de zapatos o un suéter no tienen contenidos morales, el derecho tampoco los tiene porque el derecho es solo un bien de capital que yo uso sólo para lo que me conviene, para lo que me abriga, para lo que me ayuda. El derecho no tiene contenidos morales por sí mismo, aunque pretenda tenerlos, las personas son las que tienen contenidos morales.”[4]

Está claro que los objetos no tienen contenidos morales. Es quizás esta la moda actual impuesta por el socialismo que nos enseña a desligarnos de nuestras responsabilidades individuales, que ‘’no somos’’ responsables de nuestros actos sino que todo lo que nos ocurre es por ‘’culpa de otros’’, como el destino, la fatalidad, personas, pero ‘’nunca’’ culpa nuestra, es lo que haya creado la costumbre (frecuentemente observable en la gente) de echarle la culpa de lo que sucede a las instituciones, olvidando que éstas no se han creado solas, sino que son el fruto del diseño de la mente humana.

La aceptación de determinados diseños institucionales como fatalidad es ignorar el carácter instrumental de las instituciones, a la vez que desconoce también que la misma mente que concibió determinado tipo de instituciones puede imaginar y materializar otros diferentes.

Si designamos determinado orden legal de inmoral, es porque, lo sepamos o no, inmorales han sido las intenciones de quienes lo crearon. Y tal despersonalización no es otra cosa más que una excusa para eximir de responsabilidad a esos autores.

“David Hume en el capítulo de la justicia de su monumental tratado, propuso la separación fuere entre moral y derecho y moral y justicia. Según él, de las proposiciones descriptivas no se derivan proposiciones normativas, es decir, de los hechos no se derivan mandatos morales. Usemos esta propuesta que es conocida en la literatura filosófica como la guillotina de Hume. La separación entre moral y derecho es sólo para tratar de ilustrar el argumento. Puede ser que los políticos y los legisladores crean que han actuado moralmente al aprobar determinada ley pero la ley está desprovista de objetivos morales y no porque los legisladores los hayan tenido le transmiten sus objetivos morales a las leyes.”[5]

Entendemos que lo que quiere decir el autor, es que, aun aceptando que el legislador haya actuado moralmente al sancionar determinada ley, podría hallarse que el objetivo conjunto o individual de especifica  comunidad fuere inmoral. La consecuencia, en este último escenario, sería que esa supuesta ley moral, o bien no fuera acatada, o directamente fuera violada.

Otra vez: ni la ley tiene objetivos morales, ni los supuestos o reales propósitos morales del legislador (impuestos a través de la ley) necesariamente convertirán en moral a una sociedad inmoral. Será decisión de cada individuo. Y recordemos que -aunque sea un pleonasmo- las decisiones sólo podrá ser individuales, ya que no hay tal cosa como decisiones grupales. No hay ley alguna que pueda torcer tales elecciones.

Nuevamente, es oportuno recalcar que ni el autor citado, según lo venimos interpretando, ni nosotros estamos sosteniendo la tesis de la inexistencia de una moral objetiva. Particularmente estamos convencidos de su existencia como tal. Otra cuestión radica en la percepción que cada persona tiene de esa moral objetiva y, como en tantas otras materias, esa percepción puede ser acertada, o en caso contrario, equivocada.


[1] Enrique Ghersi ‘’El costo de la legalidad’’. publicado por institutoaccionliberal • 16/01/2014 • El costo de la legalidad | Instituto Acción Liberal http://institutoaccionliberal.wordpress.com/2014/01/16/el-costo-de-la-...

[2] Ghersi E. ‘’El costo...’’ Ibídem.

[3] Ghersi E. ‘’El costo...’’ Ibídem.

[4] Ghersi E. ‘’El costo...’’ Ibídem.

[5] Ghersi E. ‘’El costo...’’ Ibídem.

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