Industrialización

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El socialismo en Occidente

 Por Gabriel Boragina ©

 

Cuando se habla de socialismo todavía se sigue pensando en los casos de la Unión Soviética, Europa del Este post segunda guerra mundial, China, Corea del norte y los casos más recientes de Cuba y Venezuela considerados cronológicamente.

Sin embargo, desde comienzos del siglo XX, el socialismo ha ido penetrando poco a poco en los tradicionalmente denominados países democráticos y aún más audazmente llamados ‘’liberales’’ o ‘’capitalistas’’.

Hemos en varias partes analizado fragmentos de autores que en sus libros se dedican a explicar este fenómeno. Por ejemplo, uno de ellos apunta en una nota lo que transcribimos a continuación:

‘’Nota: 3. Esto aparece tanto más claramente cuanto más se aproxima el socialismo al totalitarismo, en Inglaterra se afirma más explícitamente que en ningún otro lugar en el programa de la última y más totalitaria forma del socialismo inglés: el movimiento de la Common Welth de sir Richard Acland. El principal rasgo del nuevo orden que promete es que, en él, la comunidad “dirá al individuo: “no te preocupes de la manera de ganarte tu propia vida». ’’[1]

De la nota surge que, había muchas formas de socialismo inglés, algo que podría sorprender a algún desprevenido (no son tan pocos como se podría pensar) que cree que Inglaterra siempre fue un ‘’país liberal’’ y conservador, lo que es manifiestamente falso.

Cabe recordar que las primeras ideas liberales aparecieron en el Reino Unido recién ya bastante entrado el siglo XVIII, aunque hubo esporádicos antecedentes en el siglo anterior que sirvieron de base a los autores que escribieron después.

Hay naturalmente formas más o menos totalitarias de socialismo aunque todas ellas -en última instancia- poseen una tendencia inevitable hacia el totalitarismo, que la única solución que tiene es erradicar por completo cualquier manifestación de socialismo. No hay socialismos ‘’buenos’’ o ‘’más buenos’’ que otros sino que, bajo apariencias benévolas de tal ideario, esconden una filosofía que puede lograr toda su expresión únicamente en la plena imposición del totalitarismo.

Se describe en la nota al ‘’estado providencia’’ la forma más totalitaria de socialismo, porque semeja como la más indulgente. Es el fundamento de los llamados ‘’estado benefactor’’ o ‘’estado de bienestar’’ que fueron tan populares décadas atrás (y que aun gozan de gran predicamento) por sus apariencias ‘’democráticas’’ (el tan citado modelo sueco o escandinavo que finalmente tuvo que ser desmantelado aun cuando conserva el rótulo que lo hizo famoso).

Ahora bien, es impresionante -cuando se contemplan las sociedades de nuestro tiempo- tomar noción acerca de qué internalizada tiene la gente en su inconsciente lo de ‘’la comunidad “dirá al individuo: “no te preocupes de la manera de ganarte tu propia vida»’’.

Que un pensador de nota como el premio Nobel F. A. v. Hayek considere a esta como la peor forma de socialismo en el sentido de la más totalitaria revela hasta qué punto la gente puede creer que es ‘’libre’’ cuando en realidad está sometida a la peor de las esclavitudes: la de la satisfacción en medio de la más absoluta sumisión a los demás.

‘’En consecuencia, como es lógico, «tiene que ser la comunidad en cuanto tal quien decida si un hombre será empleado o no, con nuestros recursos, y cómo, cuándo y de qué manera trabajará», y la comunidad tendrá que “establecer campos para vagos, en condiciones muy tolerables”. ¿Es para sorprender que el autor descubra que Hitler “se ha encontrado por casualidad (o por fuerza) con algo, o quizá, se diría, con un aspecto particular de lo que, en última instancia, necesita la Humanidad?’’((Sir Richard Acland. Bt. TI1, Forward March, 1941, págs. 32, 126, 127, 132.) ’’[2]

                En el socialismo los recursos son de una entelequia llamada ‘’comunidad’’ que -en rigor- está representada por una persona o un conjunto de ellas que detentan una cierta cuota de poder sobre un determinado espacio geográfico. Este grupo relativamente pequeño en relación a los demás que no se encuentran dentro de su órbita, decide –entonces- a quien se emplea y a quien no y en qué tareas, fijando todas las demás condiciones de trabajo (horario,, cantidad a producir, etc.).

                No es casualidad que los socialistas –del estilo de Sir Richard Acland- estén encantados con Hitler, ya que este (como L. v. Mises se encarga de enseñarnos) el líder nazi no sólo copió sino que perfeccionó todos los métodos utilizados por Stalin para construir ‘’el socialismo real’’.

En él, ‘’la comunidad’’ (que no es más que un término sinónimo para designar al ‘’estado’’ o -más precisamente- al gobierno) es la que decide por el individuo acerca de cuál será el papel que este desempeñará en la enorme maquinaria estatal que dirige el líder supremo. Si el individuo no está de acuerdo en ello, simplemente se lo recluye primero y, en caso de ulterior insistencia en la resistencia, se lo extermina más tarde en función de las ‘’necesidades del todo’’. Ese ‘’todo’’ está representado -por supuesto- por el déspota.

                En el estado totalitario ‘’vago’’ es todo aquel que no desea hacer lo que el jefe máximo le indica que haga. A estos efectos, resulta indiferente (como anticipamos) si ese jefe absoluto se expresa por sí mismo o a través de sus leyes, como también es indistinto si es uno solo o son varios. Tampoco es relevante si están reunidos en cuerpos colegiados como comités, parlamentos, comisiones, ministerios, secretarías, y otras denominaciones en apariencia respetables o con visos ‘’democráticos’’.

Ahora bien, como decíamos al comenzar, F. A. v. Hayek hace notar la presencia de estos elementos en el imperio británico, el paradigma (para la mayoría) del ultra liberalismo o ultra conservadurismo. Sin embargo, lo mismo cabe decir de los Estados Unidos de Norteamérica tenidos por casi todos en aquella misma categoría que a los británicos. Si el virus socialista se ha infiltrado en las que otrora fueron dos grandes naciones ¿qué puede esperarse para el resto del mundo? La debacle social que presenciamos es la respuesta más elocuente a nuestra pregunta.


[1] Friedrich A. von Hayek, Camino de servidumbre. Alianza Editorial. España. pág. 256-257

[2] F. A. v. Hayek, ibídem.

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