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Argentina: las elecciones, los ‘’cambios’’ y la ley.

 Por Gabriel Boragina ©

 

Los cambios de gabinete realizados por el gobierno peronista del FdT luego de haber perdido las P.A.S.O. primero y las elecciones legislativas después han generado gran polémica entre la gente y el periodismo. Sin duda los siniestros personajes que se han elegido confirman que el peronismo es uno y único y que pese a sus camaleónicas transformaciones a lo largo de su historia, sus muchas variantes y modas, constituye el mismo partido pro fascista que fundó Perón y que logró sobrevivir por largo tiempo hasta nuestros días.

Lo que alarma es la falta de perspectiva histórica de la gente común. La sorpresa de muchos que pensaban en algo ‘‘distinto’‘. En fin, la ingenuidad política de un pueblo que no sabe seguir una línea de conducta coherente y uniforme y va así a los saltos viviendo la situación del momento, sin guía. Y el árbol no les deja ver el bosque. Siguen pensando en cómo ganar las próximas elecciones y especulando que de ese modo van a erradicar el peronismo k, o -peor aún- solamente a los k, creyendo que hay una diferencia sustancial entre el peronismo y la familia Kirchner cuando no existe, y toda esa presunta ‘‘separación’‘, no es más que un armado hábil para engañar a incautos como efectivamente sucede.

Al concentrar el foco sobre una sola persona como la responsable del desastre se logra desviar la atención del hecho que el peronismo (en cualquiera de sus versiones) gobierna porque es una deformación cultural que compenetra a una importante parte del electorado, que como sostuve otras veces, en modo alguno alcanza al cincuenta por ciento del mismo.

La base del peronismo fue y es fascista, pero de un fascismo que supo adaptarse a los tiempos para no pasar por tal. Y ya sabemos que el fundamento del fascismo es el marxismo. Marxismo que nunca pasa de moda y que no ha perdido vigencia. Se ha incorporado a nuestra cultura, y su forma criolla en la Argentina está perfectamente expresada en el peronismo. Y eso no se aniquila sacando fuera de escena a los Kirchner y sus compañeros de viaje que -en realidad- no son compañeros sino que son socios circunstanciales y cómplices. Para que esa gente funesta desaparezca de la escena política hay que rechazar y abandonar las ideas que generan la aparición de esos perversos personajes. No es tarea de la política eso sino de los cambios de paradigmas.

 

La renovación de las cámaras.

A esto hay que sumarle la preocupación de amplios sectores del electorado opositor por las sorpresas que se dan en el armado de los bloques legislativos, en donde muchos legisladores electos ''se pasan de bando'' o configuran los propios, a despecho de los votos recibidos en sus respectivas listas.

Acá tenemos otra muestra de candidez política del votante argentino.

Los compromisos políticos solo tienen en cuenta al elector en el momento de votar, lo que suceda de allí en más es otra historia, porque el candidato ya electo sabe que tiene asegurado el cargo, al menos por un par de años.

Una cosa es la campaña, los discursos propios de la misma, y otra cuestión diferente es la actitud y acciones posteriores del ganador una vez que obtiene los votos necesarios para acceder al poder.

Ese cierto romanticismo que existe entre la gente común respecto de la política y los políticos es un fenómeno constante entre los argentinos al menos.

Supone desconocer que dentro del recinto legislativo los votos de los proyectos se negocian como una mercancía más y que puede tanto mediar dinero como no, pero siempre habrá una moneda de pago, que será del tipo ''voto tu proyecto si votas el mío'' y muchas transacciones de tipo análogo en donde el elector (que sólo decide cuando se lo convoca a elecciones) no tiene ningún control y la mayoría de las veces ni siquiera conocimiento exacto del tipo de transacciones que sea realizan, no solamente interbloques sino entre los mismos legisladores considerados en forma individual. Por consiguiente tampoco puede evitarlas aunque las conociera.

Esto no implica un juicio moral favorable sobre la conducta de los legisladores sino simplemente la constatación de un hecho de la realidad que atañe más a la imperfección moral humana por un lado, y -por el otro- a la ingenuidad política del votante e incluso a la de muchos que pasan por ‘’analistas’’ o ‘’expertos’’ en temas políticos, a la que ya hemos aludido en otras ocasiones.

Naturalmente, este es un análisis general que tiene en cuenta las excepciones. Hay legisladores que no negocian con sus principios, pero son una isla pequeña en medio de un océano de contraejemplos. Y -por el momento- parece que están destinados a naufragar.

No se puede soslayar que, este es un defecto congénito que trae consigo el sistema democrático de gobierno y que, pese a los numerosos esfuerzos en tal sentido, no ha sido posible hasta ahora solucionar. [1]

Volviendo, entonces, a la generalidad en donde los proyectos de leyes de las diferentes bancadas disputan el favor de los miembros del congreso, los que finalmente son sancionados constituyen el resultado de aquellas negociaciones, concesiones y transacciones, en las que los partidos mayoritarios imponen sus criterios a los minoritarios (generalmente a cambio de prometerles sus votos para otros proyectos de menor cuantía, o por dinero, o dádivas en especie en los demás casos) dando como resultado leyes que son esos híbridos ideológicos con los que los abogados y jueces nos vemos obligados a trabajar diariamente, y concluyen generando lo que damos en llamar un verdadero caos jurídico.

Los que realmente se perjudican de todo este estado de cosas son los ciudadanos comunes, el hombre de a pie como se dice que es para quien las leyes se sancionan, formando subsidios cruzados típicos de toda economía intervencionista. Todo lo cual rompe la proclamada igualdad ante la ley que consagra la Constitución de la Nación Argentina, transformándola en palabras huecas.

Estas leyes, al incluir tanto contenido ideológico entremezclado, terminan contradiciéndose con otras leyes anteriores o simultaneas e incluso muchas disposiciones de una misma ley rebaten las incorporadas en otros artículos de esa misma ley.

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