Distintos nombres para el mismo delito

 Por Gabriel Boragina ©

Los tributaristas distinguen impuestos de tasas, pero para estas últimas caben las mismas consideraciones que respecto de los impuestos: en ningún supuesto se justifica la coerción y, en el caso de las tasas, si la "retribución" también es forzada será un robo de igual categoría que el latrocinio que el impuesto representa. Es cierto que pueden elaborarse cientos de teorías que justifiquen el robo (en este caso según quien sea el sujeto que hará las veces de ladrón) pero por mucho que los ladrones cambien, por muy refinados que resulten sus métodos, por muy importantes que sean unos delincuentes con respecto a los otros, el que roba será igual de ladrón como lo es cualquier otro ladrón.

Y el mandamiento de Dios "no robaras" se dio nada más y nada menos porque ya en aquel tiempo existían los ladrones.

Además de ser "prácticamente imposible determinar en qué proporción los servicios han beneficiado a cada contribuyente" como dice Goldstein[1], hay que tener en cuenta que el servicio en cuestión no llega a todos, por lo que, si bien todos pagan el impuesto por el servicio no todos lo reciben, es decir, el impuesto además de antieconómico es siempre injusto, y está injusticia no hay ningún modo de repararla excepto eliminando el impuesto de cuajo. No hay otra fórmula para solucionar este problema.

Por ejemplo, tomemos el caso de los ferrocarriles estatales argentinos, no llegan a todas las ciudades, pueblos y localidades del país sin excepción. Sin embargo, todos pagamos los impuestos para mantener un servicio del que solo "disfrutan" algunos (los que viven cerca de alguna estación de ferrocarril) y perjudica al resto de la población (los que viven lejos o viviendo cerca no tienen ni siquiera para pagar el pasaje, o no los usan por trabajar en sus domicilios o muy cerca de los mismos), o usan otros medios de locomoción más económicos, o de otro tipo. Otro ejemplo similar es el de la empresa de aviación Aerolíneas Argentinas y, en general, todas las actividades que -de una u otra forma- el gobierno ha tomado a su cargo o explota directa o indirectamente, con el agravante que el costo de mantener esas empresas y actividades supera con creces los ingresos que las mismas reciben, lo que hace que sistemáticamente sean deficitarias y arrojen pérdidas.

Si bien no es posible saber a quiénes benefician los servicios, si es posible saber que perjudican a una enorme mayoría de personas que no tienen disponible el mismo por razones de distancia o de costos.

"2* Teoría: el impuesto es "una prima de seguro por la prestación que hace el Estado". Se halla inspirada en los principios individualistas de los filósofos Hobbes, Spinoza, Kant y los economistas fisiócratas, así como los políticos Montesquieu y Thiers. Las réplicas a esta teoría son también numerosas, y se inspiran generalmente en que el Estado moderno ya ha superado la etapa de la era producción de la seguridad de las personas y de los bienes, al decir de Flora, sino que realiza muchos otros fines. De ser exacta la teoría, infinidad de ciudadanos nada tendrían que pagar por concepto de impuestos al carecer de toda clase de bienes para asegurar. El Estado, por lo demás, conformándose a la teoría del seguro debería salvaguardar los bienes y las personas de quienes mejor retribuyen, en forma de impuestos, lo cual es inexacto. Un argumento más, en contra, desvanece la base misma de la teoría: el seguro está originado en un contrato; el impuesto en un mero deber."[2]

Lo primero que sorprende él es rótulo de "individualistas" a los autores mencionados, en especial respecto de Hobbes. Claro que, tampoco se puede etiquetarlos de colectivistas. Pero si por "individualista" se entiende liberal es muy dudoso que aquellos autores encajen en este último concepto. Fuera de esto, la "producción de la seguridad de las personas y de los bienes" no es ni con mucho una simple "etapa" de una "era" sino que es la única función que cabría reconocerle al gobierno, lo que, como ya señalamos, en manera alguna justifica su monopolización por parte del mismo. Si se quiere admitir que el gobierno preste algunos servicios, debería hacerlo en competencia con el sector privado de la economía. Es cierto que lo que estos autores llaman "estado" (cuando quieren referirse a lo que no es más que el gobierno) "realiza muchos otros fines" pero, nuevamente, se tratan todos de fines que bien podrían ser llevados a cabo con mucha mejor eficiencia -y a menor costo- por la actividad privada, y que el gobierno efectúa arrogándose funciones que -con mucha ventaja- los particulares -solos o asociados- vienen cumpliendo desde hace siglos.

Ninguna razón, excepto la voracidad fiscal ya analizada, y el haber monopolizado el uso de la fuerza, hizo que el gobierno se apoderara de tales fines y actividades necesarias para llevarlos a cabo. Pero la voracidad fiscal por sí sola no hubiera conseguido que los aparatos estatales del mundo asumieran y monopolizaran fines y medios que -con gran ventaja, mejor provecho y a un costo infinitamente menor- venía desempeñando exitosamente la iniciativa privada.

Fue necesaria una prédica constante y paciente que comenzó en las escuelas primarias, se extendió a las secundarias, y después llegó -más temprano que tarde- a las aulas universitarias hasta hacerse y convertirse en ese pensamiento único que se llama estatismo. Es la doctrina que campea por doquier y se da por sentada en todas partes como la única "lógica". Se resume en que el "estado" todo lo puede y lo debe, y es en base a este supuesto "deber" que sus teóricos lo han facultado a obligar a todos los ciudadanos a financiar ese "poder" y ese "deber". Nada diferente a lema de Mussolini "Todo dentro del Estado, nada fuera del Estado, nada contra el Estado". Este es, en suma, el único fundamento del impuesto. Pero como vimos, es un "fundamento" falaz, refutado con los contrafundamentos que hemos dado en este y en nuestro otro trabajo.


[1] Mateo Goldstein. Voz "IMPUESTOS" en Enciclopedia Jurídica OMEBA, TOMO 15 letra I Grupo 05.

[2] Goldstein, M. ibidem.

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