La falacia de los derechos sociales



Por Gabriel Boragina ©

Hemos escrito bastante sobre la gran tergiversación en los términos que significa la populista “derechos sociales” o “estado social”, “organizaciones sociales”, etc. Todas fórmulas y expresiones que ocultan un significado muy diferente al que quieren aparentar y que -en definitiva- esconden como objetivo el logro de porciones de riquezas que deberán ser detraídas a unos para ser entregadas al grupo que se oculta tras el adjetivo “social”.
“[…] los derechos individuales han pasado de ser “negativos”, una esfera protegida de acción, a “positivos” una exigencia de materialización de beneficios concretos que inevitablemente exige quitar a unos para dárselo a otros.”[1]
Antiguamente, la única noción concebible -tanto jurídica como filosófica y económicamente- era la de derechos individuales. Todo el mundo, en épocas ya idas, tenía clara conciencia de qué significaban estas palabras unidas, y nadie cuestionaba la claridad de su sentido, al punto que había un gran consenso en cuanto a que separados estos vocablos perdían total representación. Hoy en día las cosas al respecto han cambiado bastante.
“Las libertades sancionadas por las cartas constitucionales de los siglos XVIII y XIX proporcionaban espacios y garantías para la acción libre del hombre, pero no atribuían ventajas sustantivas a nadie. Eran derechos absolutos (incondicionales) porque no tenían “coste”, porque su satisfacción no exigía la cooperación forzosa de los demás.”[2]
No eran derechos positivos sino negativos, en el concepto de que tales garantías constitucionales aseguraban que nadie pudiera interferir con las acciones, libres, voluntarias y lícitas de toda persona, reconociendo la misma obligación negativa hacia los demás. En algunos casos, los autores se refieren a ellos como derechos naturales, propios e inherentes a la condición humana, y por esto recibían este nombre. Constituían la órbita de conducta donde cada uno -sin lesionar los iguales derechos del prójimo- podía hacer lo que se le viniera en gana.
“Si tengo derecho a trabajar y nadie quiere contratarme, alguien (el gobierno) debe forzar a otro para que lo haga. Así, los derechos iguales para todos del liberalismo clásico se han transmutado en desiguales, en discriminaciones. Los modernos derechos sociales son costosos y además generan expectativas de satisfacción crecientes que inexorablemente se traducen en un deterioro, por no decir, en un creciente quebranto de los primeros.”[3]
Los “derechos sociales” son la más pura expresión de la negación del Derecho mismo, y son la causa de todos los males sociales (aunque resulte paradójico). Se tratan -como han expresado profundos pensadores, como el Dr. Alberto Benegas Lynch (h)- de pseudoderechos. Sin embargo, es la corriente imperante y dominante, no sólo en el campo jurídico sino en el económico que es donde más daño causan, ya que para que se cumplan tales “derechos sociales” se deben violar los derechos naturales de otra persona o de un conjunto de ellas. La misma necesidad de tener que calificar la palabra derecho, que ha perdido su sentido univoco para pasar a adquirir otro equivoco, nos da la pauta del caos legislativo y económico en la materia en el que se vive.
“Los derechos, que resultan significativos, son los derechos naturales, no los que se confieren por una autorización legislativa. Los llamados “derechos sociales” de hoy en día no son “derechos” y, sin dudas, no son “programas de ayuda social” pues nadie tiene la facultad de ayudar a expensas de otro; son más bien demandas que la sociedad puede o no satisfacer.”[4]
Participamos de la utilización de la locución derechos naturales que consideramos auténtica y la adecuada para expresar la naturaleza y esencia de los verdaderos derechos a los que antiguamente no era necesario adjetivar. Como bien expresa el autor que ahora comentamos, los derechos jamás provienen de la ordenanza gubernamental, ni de decreto, ni aun de ley positiva alguna. El poder político ha de reconocer los derechos individuales o naturales, mas no puede crearlos y, por supuesto, mucho menos abolirlos. Así, la Constitución de la Nación Argentina reconoce tales derechos individuales, aunque -lamentablemente- después de la infortunada reforma sufrida en el año 1994 su texto se vio desnaturalizado por completo.
“Y no obstante, en las democracias industriales modernas, a un gran número de ciudadanos se les exige trabajar para mantener a otros: en Suecia, el Estado más retrógrado en este sentido, por cada ciudadano que se gana la vida, 1.8 son mantenidos completa o parcialmente por los impuestos que él debe pagar; en Alemania y Gran Bretaña la proporción es de 1:1, y en los Estados Unidos de 1:0.”[5]
Si este es el panorama de las democracias industriales modernas imagínese el lector cual será el de los populismos latinoamericanos, donde del asistencialismo social se ha hecho más que una cultura, sino un culto mismo, y en los cuales postular la diminución o eliminación de los programas sociales de “ayuda” (en el caso particular de Argentina conocidos como “planes sociales”) es un tema tabú y merecedor de la más severa condena social para quien siquiera lo insinúe.
“Los pensadores comunistas y fascistas insistieron en que las personas somos sólo títeres de los supuestamente inapelables “capitanes de la industria”, un argumento falaz pero atractivo y conveniente para justificar que la política nos recorte o arrebate la libertad. Podemos decir que estamos en manos de leyes históricas inapelables, como diría Marx, o de héroes imprescindibles, como diría Carlyle, o de sombríos poderes económicos, como han sostenido cientos de artistas.”[6]
Para evitar esto, los propios comunistas han propuesto -como lo aclara el mismo autor líneas más abajo- la creación de los denominados “derechos sociales”. Es justamente en esos falsos “males” invocados por socialistas y fascistas (como los nombrados) que se sostiene que estamos “necesitados” de “derechos sociales”. Lo que realidad quieren es suprimir los únicos derechos reales existentes: los individuales o naturales (como lo han hecho y lo continúan haciendo). La idea de fondo es que el gobierno pueda manejar nuestras vidas y recursos como mejor le parezca.

[1] Lorenzo Bernardo de Quirós “Las consecuencias políticas del liberalismo: La declaración de derechos y el debido proceso”. Seminario Internacional sobre la Democracia Liberal. Democracia, Libertad e Imperio de la Ley. Sao Paulo. 15/16 de mayo Pág. 18-19.
[2] Lorenzo Bernardo de Quirós …ibidem.
[3] Lorenzo Bernardo de Quirós …ibidem.
[4] Richard Pipes. “Propiedad y Libertad: La Piedra Angular de la Sociedad Civil”. Fundación Friedrich Naumann. México Business Forum Pág. 23-24
[5] Richard Pipes. …ibidem, Pág. 23-24
[6] Carlos Rodríguez Braun “Cultura y economía”. Revista Libertas 41 (octubre 2004) Instituto Universitario ESEADE Pág. 4

El cálculo económico



Por Gabriel Boragina ©

“Hayek introduce el supuesto gnoseológico de la dispersión del conocimiento en el análisis económico para explicar la evolución de este orden espontáneo y su funcionamiento: el mercado como único mecanismo capaz de dar una respuesta al problema planteado. La comprensión de tal fenómeno social nos permite entender mejor aún el significado de los precios como expresión de la interacción de tal información (la valoración que los sujetos hacen de cada bien, por ejemplo), la transmisión de ésta al cálculo económico.”[1]
Esa dispersión del conocimiento toma en cuenta tanto el conocimiento erróneo como el correcto, lo que no asegura (siempre y en todo lugar) la toma de decisiones acertadas. Parte de ese conocimiento se compone de información, y el error o acierto de aquel depende del de esta. No hay absolutamente nada que nos permita sugerir que un ente centralizado sería capaz de tomar todo el conocimiento cierto y dejar de lado el falso, ni que pueda hacer lo mismo con la información que sirve de base a ese conocimiento. La pretensión socialista deviene una vez más como aquella fatal arrogancia que diera título al último libro de Hayek. El mercado -como proceso- va depurando y separando el conocimiento falso del verdadero, y no hay ningún otro mecanismo que pueda remplazarlo en esta tarea.
“De allí que toda adulteración efectuada sobre aquéllos termine por viciar lo que con ellos se pretende hacer. Por lo tanto, la planificación centralizada no es adecuada como método pues resulta ineficiente o incapaz de reunir toda la información necesaria para llegar al resultado buscado: satisfacer las necesidades de los individuos.”[2]
Esto supone una planificación que tenga por miras satisfacer las necesidades de los individuos, y no como sucede normalmente en que las planificaciones estatales tienen por intención la complacencia de las apetencias de ciertos grupos, los cuales se busca privilegiar para obtener de ellos sus votos como contrapartida. Para ese fin se expolia a unos para dar a otros. Es lo que sucede, por ejemplo, en el populismo. Dejando de lado este hecho cierto, los precios son la información necesaria para que el cálculo económico pueda operar, y sin ellos ningún cálculo es posible. Es importante que tengamos en cuenta que “planificación centralizada” no es sinónimo de estatal. Esto se apreciará mejor cuando veamos el punto de vista de Rothbard sobre el tema que venimos tratando.
“El cálculo económico es la herramienta mental que utiliza todo agente para maximizar el beneficio que busca con su acción. Con esta acción que tiene lugar en el plano de las decisiones individuales, este “orden extendido de cooperación espontánea” que es la sociedad disfruta de esta síntesis: el fenómeno por el cual los agentes económicos coordinan la asignación de los recursos escasos para la satisfacción de sus necesidades.”[3]
Sin precios no hay cálculo y el cálculo permite la comparación de diferentes precios de bienes y servicios que los individuos estiman necesitar. El cálculo siempre se refiere a un concepto cardinal donde se ponderan cantidades, y no pueden serlo otras cosas diferentes a estas. En tanto los precios refieren a términos cardinales los valores lo hacen a términos ordinales. He aquí la diferencia entre precio y valor. Podremos, ergo, calcular precios, no valores, si bien los primeros son expresiones numéricas de los segundos. Es la única manera en que los humanos tenemos una referencia y guía válida para saber que vender, comprar y en que cantidades hacerlo. Y sólo el sistema capitalista ofrece esta herramienta indispensable.
 “El cálculo económico es cálculo monetario, y como tal requiere de los precios monetarios como instrumento esencial. A través de ellos el calculista podrá expresar numéricamente el valor de sus costos y el valor de sus ingresos esperados; de esa comparación determinará a priori la existencia de ganancias o de pérdidas. Si el cálculo resulta en ganancias, habrá servido para comenzar con el proyecto; si en pérdidas, estará indicando que el proyecto no es económicamente conveniente. “[4]
Sin poder calcular precios ningún proyecto sería pasible de ser evaluado y no se sabría si encararlo o no. En realidad, todo sería azaroso en un mundo sin el cálculo económico, porque no se sabría si iniciar un emprendimiento o abstenerse de hacerlo. Ninguna certeza habría sobre la eventualidad de pérdidas o de ganancias, y ante la contingencia de perder nadie movería un dedo para hacer nada. Por lo demás, no significa que el cálculo sirve únicamente a priori del proyecto, ya que una vez decidido su comienzo será necesario seguir calculando para poder evaluar si el cálculo inicial que arrojaba utilidades realmente se está cumpliendo o, si no es así, resultara necesario hacer reajustes al proyecto original, o bien abandonarlo por completo. Para calcular, nuevamente se necesitan precios, y para estos de un mercado, es decir, propiedad privada.
 “El cálculo económico se aplicará por el lado de los costos no sólo a los costos reales sino también a los costos de oportunidad para determinar el ingreso que cada alternativa podrá dejar y al que el agente renuncia al optar por la más rentable. “[5]
Preferimos hablar de costos contables en lugar de costos reales como distintos a los de oportunidad, porque para nosotros los de oportunidad también son costos reales. Puede que sea una mera cuestión terminológica, pero aun así nos parece más claro expresarlo de esta manera. El costo de oportunidad aparece cuando frente a diversas alternativas de producción todas arrojan rentabilidad, pero no todas pueden ejecutarse al mismo tiempo. El cálculo es útil para determinar la más beneficiosa, lo que servirá para descartar o -en todo caso- postergar las restantes.

[1] Cecilia Gianella de Vázquez Ger. “El cálculo económico en el socialismo: una visión contemporánea”. Revista Libertas 18 (mayo 1993). Instituto Universitario ESEADE, pág. 6
[2] Gianella de Vázquez Ger C., Ibidem. Pag. 6.
[3] Gianella de Vázquez Ger C., Ibidem. Pag. 8
[4] Gianella de Vázquez Ger C., Ibidem. Pag. 8
[5] Gianella de Vázquez Ger C., Ibidem. Pag. 8

Gobierno, economía y educación

Por Gabriel Boragina © Es casi un lugar común considerar que la educación debe prioritariamente estar a cargo del gobierno. Existe u...