Sobre feriados y "días de las memorias" varias

Por Gabriel Boragina ©

Siempre he tratado de eludir el tema que voy a abordar, porque -en el fondo- invariablemente me pareció una cuestión trivial. Pero, al comprobar con el tiempo que la mayoría de mis congéneres no lo considera así, creo que será oportuno que diga algo al respecto, aunque no sea mucho.
Hablaremos pues de los feriados. Pero antes, y para mejor orden, veamos que significa la palabra feriado yendo al diccionario de la Real Academia Española:

día feriado. 1. m. día festivo, especialmente el que no cae en domingo.
Vayamos ahora entonces a la definición de festivo:

festivo, va
Del lat. festivus.
1. adj. Perteneciente o relativo a la fiesta.
2. adj. Dicho de un período de tiempo: Señalado oficialmente para el descanso por celebrarse una fiesta solemne, por oposición a laborable. Apl. a un día, u. t. c. s. m.
3. adj. Alegre, divertido y gozoso.
4. adj. Chistoso, agudo o gracioso.

Por mi parte, -y a los solos efectos de este análisis- divido los feriados en feriados estatales (nacionales, provinciales, municipales, etc.) y privados (ninguno de los anteriores). La mayoría de las personas sólo conoce y acepta como "verdaderos" feriados los primeros, e ignora los segundos.
Nunca he creído en los llamados feriados nacionales, y persistentemente me parecieron infantiles y poco consistentes todos los trillados "argumentos" mediante los cuales se ha pretendido y se pretende "justificarlos".
Los feriados nacionales no son otra cosa que feriados estatales, fechas impuestas en el calendario alguna vez por alguna autoridad sin el consentimiento expreso, claro y contundente de cada uno de los ciudadanos a los que luego se los obliga a observar tales festividades. En realidad, este tipo de feriados carecieron de toda entidad y significación personal.
Pero ¿en qué consisten realmente estas supuestas festividades?
La inmensa mayoría de los feriados estatales argentinos conmemoran hechos militares, (guerras, golpes, rendiciones, invasiones, derrotas, victorias, etc.) los que -según el bando que se adopte entre los contendientes- tendrán el sabor amargo de la derrota o el más dulce de la victoria. ¿Realmente tienen estas fechas el carácter "Alegre, divertido y gozoso" que corresponde al vocablo festivo (nuestro equivalente a feriado)? Contesto que no, y que -además- me parece bastante enfermizo "celebrar" tales calamidades, porque realmente considero que todo hecho de violencia es una auténtica tragedia, no algo "festivo".
Constantemente he creído que los días feriados deberían ser efectivamente festivos (recordemos las acepciones 1. adj. Perteneciente o relativo a la fiesta. 3. adj. Alegre, divertido y gozoso. 4. adj. Chistoso, agudo o gracioso, de la definición del vocablo). Y -por tanto- que no se compadece con dicho espíritu el rememorar sucesos militares, o civiles en el que hayan intervenido militares. ¿Que podría tener de festivo un hecho bélico, o cualquier acto de fuerza o de violencia? Posiblemente, para alguna mente morbosa si tengan hechos tales ese carácter: 3. adj. Alegre, divertido y gozoso. 4. adj. Chistoso, agudo o gracioso. Por mi parte, no lo entiendo. Y sin embargo, los argentinos (supongo que igual que en otras partes del mundo) celebran este tipo de cosas. Me sigo preguntando ¿hay algo que valga la pena "celebrar"? Pues estas no son fechas festivas, sino que son fechas para olvidar (al menos por parte de las mentes sanas). Otra pregunta que me hago es: ¿a que ayudan a construir los feriados nacionales? Mi respuesta -luego de mucho meditar- es: a nada.
En cambio, creo que esas fechas recordatorias, sobre todo si se refieren a sucesos acontecidos en el pasado reciente- solo sirven para avivar odios y rencores entre los partidarios de los bandos opuestos.
Caso típico es la nefasta evocación en Argentina de cada 24 de marzo recordando un golpe de estado. Desde su instauración como feriado nacional, la fecha solo ha servido para reavivar heridas entre partidarios y adversarios de los dos bandos en pugna de entonces: militares y subversivos. Cada bando tratando de torcer la historia para su propio lado, desfigurando todas las veces que se presenta la fecha en ocasión hechos históricos, roles, móviles, objetivos, causas, efectos y todo lo que se pueda tergiversar de aquella etapa historia. Generando un torbellino de discusiones inútiles, obtusas y aburridas que se repiten invariablemente en el mismo sentido, el mismo tono airado, y el mismo tenor, año tras año cada día 24 de marzo.
Los miembros (o simpatizantes) de un bando se esfuerzan por convencer a los partidarios del contrario de la razón de la lucha desde su propio punto de vista. Se habla de "memoria completa". Cuando todo esto es inservible. Los miembros de bandos antagónicos no están dispuestos a conceder ninguna porción de razón a los del bando antagonista. La recordación, cada vez que se presenta, revive los odios y las antiguas adversidades. Cada año es la misma historia.
También está el aspecto económico: la multiplicidad de feriados, además de no tener razón de ser para mí, entorpecen la productividad económica, son un aliciente a la irresponsabilidad laboral y al ocio inducido sin motivo válido.
Quiero aclarar que respeto mucho a los memoriosos y nacionalistas, quienes de buena fe son muy, pero muy afectos a "festejar" feriados patrios y demás. Sólo que aclaro que no me alisto entre ellos, y que mi crítica no se dirige a las personas que -de buena fe y en su propio circulo social- celebran estas fechas. Mi diatriba se orienta hacia el decreto de fechas oficiales, estatales, gubernamentales, etc.
Sostengo que es tiempo de liberarnos del pasado y empezar a construir la Argentina del futuro. No hay mayor falacia que aquella que dice que los pueblos que no recuerdan su pasado están condenados a repetirlo. Porque -contrariamente también se puede argumentar que- recordarlo tendenciosamente cada año es una forma de repetirlo o de inducir a revivirlo. Y esta forma de resurgirlo -aunque por ahora sea en los discursos y en la memoria- es una forma de reavivarlo, reencender odios y pasiones que hace tiempo deberían estar sepultados, y que impiden mirar hacia adelante y empezar a construir una genuina nación.
No estoy en contra a que cada persona, cada familia o cada grupo privadamente celebre estas y todas las fechas que se deseen. Pueblos y naciones que gusten vivir del pasado, o en nombre del respeto a sus tradiciones rememorarlas, deberían estar en plena libertad de hacerlo, pero, en el ámbito estrictamente privado o social civil. El estado-nación no debería de cumplir ni arrogarse ningún papel rector al respecto.
En cambio, me parece insano institucionalizar fechas recordativas, obligando a la sociedad toda a observarlas.
Establecer feriados obligatorios a nivel nacional y constreñir el aparato estatal a tolerar sus discursos oficiales, material de propaganda, y demás elementos que la corrección política del momento dicte a los gobernantes de turno, es desde mi propio punto de vista inmoral.

La igualdad en la historia



Por Gabriel Boragina ©

La declamación política de la igualdad jurídica –por una parte- y su manifestación contraria en el campo de los hechos –por la opuesta- no es, en verdad, algo novedoso, ni privativo de los tiempos modernos. Por el contrario, es asunto que se remonta muy atrás en la historia. Comencemos con el antiguo Egipto:
"Según Sánchez Viarnonte, al dividir la historia política de Egipto, considera en el tercer período (del 3400 a 2200 a. C.), especialmente al final del mismo, el apogeo de la monarquía y en ella la consolidación de un principio igualitario en el derecho público, sosteniendo que "ante la ley, todos los egipcios son iguales en derecho, No hay nobles ni esclavos, aunque el Estado utiliza los prisioneros de guerra para la construcción de carreteras, o para trabajar en los dominios de la corona". "La familia -sigue diciendo-reposa sobre la igualdad jurídica de los cónyuges"[1]
Esa supuesta "consolidación" debió darse en el terreno de la letra de la ley, tal como ocurre en nuestros días también, en donde prácticamente todas las constituciones políticas del mundo proclaman la "consolidación" del mismo principio, en tanto que simultánea o posteriormente, se dictan una pléyade de leyes que consagran privilegios, prebendas y prerrogativas regias a determinado grupos o personas individuales, al tiempo que se les niega a otros. Así, bastaba el simple expediente de decidir quién era egipcio o quien no lo era, para estar incluido o excluido de plano en dicho hipotético régimen "igualitario", al igual que hoy, ciertos regímenes legales, como –por ejemplo- las leyes laborales, determinan quién merece o no merece ser calificado de "trabajador" para gozar o no de sus "beneficios", excluyendo de ellos a quienes -según esas mismas leyes- no disfrutan de "créditos" suficientes como para ser meritorios de tal etiqueta.
"Pero lentamente la monarquía se va caracterizando por un fuerte absolutismo, apoyado por la clase sacerdotal que se convierte por último en una oligarquía privilegiada, e integrada también por grandes funcionarios administrativos -visires- especie de nobleza que va acaparando beneficios y privilegios e inmunidades. "En adelante, la población se compondrá de nobles privilegiados y de vasallos que dependen de su dueño o señor a título perpetuo, y que se transforman en siervos". "La inmunidad fiscal de que gozaban los nobles hizo recaer todo el peso del impuesto sobre los pequeños poseedores, los cuales arruinados y endeudados, se ven en la necesidad de vender sus tierras a los grandes propietarios, cuando no son despojados de ellas" (9)."[2]
Dado que el poder tiende a concentrarse en el corto, mediano o largo plazo, el fenómeno no puede llamar la atención de nadie que no esté atento a lo que acontezca su alrededor. Porque, salvando las diferencias históricas y contextuales del caso, el esquema corriente de nuestros días es -en esencia- similar: el poder político indefectiblemente tiende a crecer y absorber al económico, y la explotación que el estado-nación moderno ejerce sobre sus súbditos contribuyentes al exprimirlos con impuestos, sólo en las formas y modos difiere a la que se describe como sucedida en el antiguo Egipto. La pretérita nobleza se esconde actualmente entre los partidos políticos que normalmente acceden al poder o se turnan en el mismo. A los otrora vasallos ahora se les llama "contribuyentes" que si lo son, es únicamente por la fuerza de la ley, pero no por la razón de ella. Ya que la ley injusta no es propiamente ley, aunque técnicamente se la designe así.
"Siguiendo con la evolución política y social de Egipto, entre los años 2360 y 2180 a. C. corre un período de verdadera revolución social, documentada por algunas piezas arqueológicas halladas, que demuestran un grado de subversión tal en la organización social y política del pueblo egipcio, que da la impresión que todo se hubiera transformado y pervertido. A ese descalabro sigue el advenimiento de la monarquía tebana que organiza un gobierno centralista, apoyado por una clase formada por funcionarios y togados, impulsándose la actividad comercial como base de la expansión y del progreso, aflorando también principios místicos en el culto al Dios Osiris, que trae una igualdad de los hombres ante el Dios, y un sentimiento piadoso que impulsa hacia las grandes peregrinaciones al célebre templo de Osiris en Abydos."[3]
Este párrafo es bien curioso. Parece que el autor opone a la supuesta transformación y perversión en la "organización social y política del pueblo egipcio" "el advenimiento de la monarquía tebana que organiza un gobierno centralista". Da la impresión que la alusión al gobierno centralista como "solución" a tal hipotético "descalabro" implicaría que este último estaría representado por algún movimiento federalista (o parecido) en el seno de la sociedad egipcia. Si así fuera, llama la atención las connotaciones que el autor en examen le estaría otorgando a la supuesta revolución federalista (la que tilda con los epítetos de subversión, perversión, descalabro). Hay un claro tufillo estatista en el comentario citado. Los términos elogiosos, el autor los dedica a la monarquía centralista, a funcionarios y togados. Es decir, a elementos políticos, no civiles. Lo único positivo del comentario estaría representado por el impulso a "la actividad comercial como base de la expansión y del progreso", pero nos quedará la duda de a quien o quienes beneficiaba ese comercio, si exclusivamente a los nobles o (lo más difícil) al resto del pueblo. Es frecuente aludir en la historia al "progreso" en general, pero cuando se indaga más a fondo, con esta palabra se quiere -en realidad- significar a menudo la construcción de obras monumentales, ministerios fastuosos, de templos o ídolos, o palacios, o fortalezas descomunales y bien armadas, flotas provistas para el combate naval, (o, mas modernamente, aéreo), obras de ingeniería militar, o a ridículas competencias inter-estados como la tristemente célebre "carrera espacial" otrora llevada entre los EEUU y la URSS, "emprendimientos" estatales de los mas inútiles, costosos en millones de dólares y llevados a cabo sólo para masajear el ego de los burócratas encaramados en el poder de esos y otros tantos países. Hay gente que se refiere a todo esto como "progreso" lo que nada tiene que ver con nuestra idea de tal cosa.

[1] Dr. Antonio Castagno. Enciclopedia Jurídica OMEBA Tomo 14 letra I Grupo 02. Voz "igualdad".
[2] Castagno, A. Enciclopedia....Ob. cit. Voz "igualdad".
[3] Castagno, A. Enciclopedia....Ob. cit. Voz "igualdad".

Sociedad e igualdad de derechos



Por Gabriel Boragina ©

"2. La igualdad en las doctrinas del derecho social. Las doctrinas que partieron de la sociedad para estudiar al hombre, las doctrinas del derecho social, corno las denomina Duguit, o doctrinas socialistas, se oponen a las doctrinas individualistas (corno es lógico) y sostienen que el hombre es naturalmente social y sometido, por lo tanto, a las reglas que esa sociedad le impone con respecto a los demás hombres y sus derechos no son nada más que derivaciones de sus obligaciones. De allí hace derivar Duguit los conceptos de solidaridad o de interdependencia social, afirmando que todo hombre forma parte de un grupo humano, pero al mismo tiempo tiene conciencia de su propia individualidad".[1]
Evidentemente, el hombre no es una creación colectiva, y estas doctrinas socialistas parten de una clara ficción. El hombre no es "naturalmente" social, si por "natural" se quiere significar biológico, porque ninguna sociedad puede dar por fruto biológico a ningún hombre. En realidad, no puede crear biológicamente cosa alguna. Se olvida que el concepto de "sociedad" es una concepción mental. Una palabra que representa una abstracción intelectual, que no cuenta con existencia física. Si el hombre fuera "naturalmente" social la educación -sobre todo la de los primeros años de la vida- no tendría ninguna razón de ser y no sería en absoluto necesaria. El niño se comportaría socialmente por obra, gracia y efecto de tal supuesta "naturaleza social", reconocería espontáneamente a sus semejantes y sus derechos, y se autoimpondría límites a su propia conducta, y –todo ello- sin que nadie tuviera que explicárselo ni -mucho menos- recordárselo a cada instante. Tendría –en tal caso- también una conciencia "natural" de sus derechos y sus obligaciones, sin necesidad de que nadie se los enseñara previamente.
Empero, la experiencia más elemental nos demuestra que esto en modo alguno es como se derivaría de tales doctrinas socialistas llevadas a sus últimas consecuencias. La educación cumple su fin precisamente porque el ser humanos no es "naturalmente" social. Debe aprender a serlo, y debe enseñárselo a serlo. En cuanto a supuestas reglas "de la sociedad", el razonamiento ha de ser el mismo. La fantasmagórica "sociedad" no instituye reglas, ya que ella no tiene vida física, ni cuerpo, ni mente, ni voluntad, ni acción. Toda regla ha sido originariamente pensada por alguien una primera vez, y dicha regla (norma, ley, etc.,) –en un segundo momento- se ha hecho extensiva a otros, ya sea por imposición o bien por convención. Pero ni en su origen ni implementación esa fantasmal "sociedad" ha desempeñado -ni hubiera podido hacerlo- papel alguno.
"3. El principio de la igualdad en la sociedad antigua. La historia de las instituciones, desde la antigüedad hasta las civilizaciones contemporáneas, va mostrando en cada sociedad los matices de su estructura orgánica y especialmente, las distintas clases en que se divide esa sociedad, .separadas unas de otras en forma tan absoluta, como si se tratara de mundos distintos, con sus privilegios y sus cargas, con sus derechos y sus obligaciones, con todo y con nada, para unos y otros".[2]
Esta teoría organicista de la sociedad está sujeta a las mismas objeciones que hemos venido haciendo anteriormente. Se habla de la sociedad como de un ente vivo. Más aun, como si fuera una verdadera persona humana, o -mejor dicho- sobrehumana, muy por encima de cada individuo considerado física y mentalmente. Es precisamente el concepto de "sociedad" el que nos lleva al de igualitarismo, y de allí al de "clase social", que nace del conflicto entre el reconocimiento de la ausencia de igualdad de las personas y la necesidad de articular la idea de su existencia, con el sólo objeto de distinguir a los que mandan (clase dominante) de los que obedecen (clase subordinada o esclava). La igualdad ha sido una idea que siempre ha servido a tiranos o a potenciales déspotas.
"El principio de la igualdad de los hombres, en su condición humana no existe en realidad, pues las instituciones de la esclavitud muestran la diferencia abismal entre el noble y el esclavo, degradado éste hasta la situación de cosa o de bestia, aunque aparezca una igualdad que podría llamarse jurídica, pues el que nada tiene nada es; ha nacido en la situación de indigencia, nada lo ampara, vive sólo para las cargas y sin esperanzas".[3]
Aquí se confunde la desigualdad jurídica con la económica. Un error harto común en muchos pensadores reputados. Tanto las clases sociales como la institución de la esclavitud no son otra cosa que una consecuencia lógica de la desigualdad ante la ley de las personas, circunstancia no sólo común en la antigüedad, sino en los más "modernos" sistemas totalitarios como el socialismo, nazismo y fascismo, y sus sucedáneos menos violentos y algo más edulcorados. No existe ninguna clase de igualdad jurídica que pueda paliar, disminuir ni menos aun suprimir la desigualdad económica de las personas, porque esta es una ineludible consecuencia de los diferentes talentos, aptitudes, destrezas, o ausencia de ellas en cada una de las personas existentes. La igualdad ante la ley -una ley que garantice el uso y disposición de lo suyo y adquirido mediante su propio esfuerzo y dedicación-, es el único instrumento que hará que los hombres no dejen de ser biológica, psíquica y físicamente desiguales, sino que permitirá a cada uno -en la medida de sus capacidades- salir airosamente de la indigencia. Obviamente, ello no es posible en sistemas de castas o regímenes legales que otorgan privilegios y dadivas a grupos o individuos (como la mayoría de los actuales).
Hay que hacer notar que, en el curso de la historia, el principio de igualdad ante la ley ha sido declamado en un sinfín de oportunidades e –incluso- los déspotas más despiadados se han llenado la boca y sus discursos recitando supuestos "derechos" de todos "por igual" ante la ley. No obstante aquellos clamorosos monólogos, escasamente dicho principio se vio plasmado en los hechos, aun en aquellos países que dictaron constituciones que consagraban en forma expresa el mismo en su propio cuerpo normativo.


[1] Dr. Antonio Castagno. Enciclopedia Jurídica OMEBA Tomo 14 letra I Grupo 02. Voz "igualdad".
[2] Castagno, A. Enciclopedia....Ob. cit. Voz "igualdad"
[3] Castagno, A. Enciclopedia....Ob. cit. Voz "igualdad"

Peronismo y mayorías



Por Gabriel Boragina ©

Un típico mito político argentino tiene como asumido que el peronismo seria la fuerza política "mayoritaria" del país. Trataré de explicar porque no se trata más que de una ficción.
En cada comicio electoral, estadísticamente un tercio de los argentinos vota siempre al peronismo, otro tercio no lo vota nunca, y el tercio restante lo vota la misma cantidad de veces en que no lo hace.
Esto significa que literalmente el peronismo -en votos- representa sólo un tercio del total de la población en condiciones de votar.
Cuando me refiero al peronismo, lo hago en su más amplio espectro y las distintas variantes en las que se ha presentado en el mercado electoral argentino, que incluye lo que prefiero llamar el peronismo de Perón (a veces denominado "peronismo histórico", "fundacional" o de "la primera hora", y que yo abrevio como PP); el peronismo de Menem (que designo como "peronismo M" o brevemente PM) y el peronismo de los Kirchner (que diferencio como "peronismo K", y abrevio como PK). Con todas sus variantes y en todas sus diferentes facetas: PP + PM + PK = P. Por eso, cuando aludo simplemente al peronismo (P) el lector deberá estar alerta en cuanto a que apunto a los tres (PP-PM-PK) salvo que haga los debidos contrastes para cada uno de ellos por alguna cuestión en particular.
Todos los gobiernos peronistas han tenido un común denominador: la corrupción, variando el grado de ella.
Supongamos la siguiente escala de corrupción, y la ubicación de los diferentes "peronismos" dentro de ella
MUY ALTA
PK
ALTA
PP
SEMI-ALTA
PM
MEDIA
---
SEMI-MEDIA
---
BAJA
---
MUY BAJA
---
El peronismo -también en cualquiera de sus tres expresiones- ha sido (y sigue siendo) un populismo. Asimismo, como en el caso de la corrupción (y como todo) el populismo admite grados, lo que nos permite intentar un cuadro similar al anterior, pero esta vez de populismo:
MUY ALTO
PK
ALTO
PP
SEMI-ALTO
PM
MEDIO
---
SEMI-MEDIO
---
BAJO
---
MUY BAJO
---
Otra característica del peronismo es su estatismo. En su graduación, aquí notamos algunas variantes, las que reflejamos en la siguiente escala:
MUY ALTO
PP
ALTO
PK
SEMI-ALTO
---
MEDIO
PM
SEMI-MEDIO
---
BAJO
---
MUY BAJO
---
Podríamos seguir analizando otras características de este "movimiento" (como gustan llamarlo sus seguidores), pero haría sumamente extenso lo que pretende ser un breve análisis.
No vamos ahora a explayarnos sobre que queremos significar con las palabras corrupción, populismo, estatismo, etc. porque hemos dedicado muchísimos trabajos a estos temas que sería muy espacioso reproducir aquí.
Estas características, simplemente delineadas, no han sido -por supuesto- exclusivas del peronismo, sino que las ha compartido con otros gobiernos que alternaron en el poder, tanto civiles como militares y, supuestamente, anti-peronistas. Pero, sin duda, el peronismo ha llevado al paroxismo (en las graduaciones sugeridas) los rasgos más negativos de la política argentina en su conjunto.
Ahora bien, a pesar de todo lo anterior, el peronismo ha gobernado el país por dilatados periodos. Desde su aparición en 1945 y hasta el presente posee, evidentemente, el historial de gobiernos más largos en el tiempo. Si, como sostengo, nunca ha sido mayoría ¿cómo pudo haberlo logrado?
Primero veamos como distribuyen sus votos los peronistas (P) los no peronistas (NP) y los antiperonistas (AP):
P
VOTA SIEMPRE
P
NP
VOTA
P o NP o AP
AP
NUNCA VOTA
P
AP
VOTA
AP o NP
Como observamos, la mayor flexibilidad electoral -a la hora de depositar sus sufragios- son los NP. Por ende, son los que definen toda elección a favor o en contra de los candidatos P, NP o AP.
Lo que ha determinado las elecciones en las que históricamente el peronismo se alzó con el triunfo fue ese tercio no peronista (NP) ni antiperonista (AP) que mencioné antes. Los que -alternativamente- en cada elección, votan al peronismo o a alguna otra fuerza o partido no peronista o antiperonista. ¿Cómo es ello posible?
Para responder esta pregunta, la mira debe enfocarse en un estudio más profundo, que contemple la sociología política del argentino medio. En esta línea, puede decirse que el plafón ideológico de este, es la socialdemocracia, lo sepa o no. A muy grandes rasgos, la socialdemocracia postula el intervencionismo estatal, y oscila entre un menor o mayor grado del mismo, conforme a las circunstancias.
El peronismo es un populismo, y -como tal- no abraza ninguna ideología precisa, sino que las utiliza y las cambia (o intercambia) en función de que le permitan arribar y conservar el poder político y económico a todo trance. Se ha dicho que la única "ideología" del populismo es este último objetivo.
Esta "plasticidad ideológica" (por llamarla de alguna manera) le permite mutar sin rubor, desde el intervencionismo más extremo hasta el más moderado, pero sin dejar de lado jamás el intervencionismo.
Como el liberalismo es anti-intervencionista, el populismo nunca podría ser (ni lo fue) liberal. Dígase, obviamente, lo mismo del peronismo.
Este -como populismo- ha sabido adaptarse a esas estrategias de conversión, y las ha modelado conforme la idiosincrasia del argentino medio quien, a sus espaldas, carga con una larga historia de caudillismo y personalismo que forman parte esencialísima de todo populismo y -por consiguiente- igualmente del peronismo.
Esa absoluta falta de compromiso ideológico, siempre le facilitó ofrecer un discurso acorde a aquello que sus oyentes circunstanciales deseaban oír, lo que le ha posibilitado alzarse con la victoria en muchas contiendas electorales, zanjadas por ese tercio de ciudadanos no-peronistas (NP) quien -en sentido inverso- le ha infringido, asimismo, sendas derrotas cuando esa fracción ciudadana creyó que había llegado el momento de menos estatismo en el gobierno.
Sin embargo, un menor estatismo nunca es primera prioridad para un electorado que comparte -en más o menos- el sistema estatista, como es el argentino. Las derrotas del P, desde la primera en 1983 hasta la fecha, no representaron (ni quisieron serlo) derrotas del estatismo, sino que trataron de ser derrotas a la corrupción.
Sucede que al argentino promedio le cuesta muchísimo reconocer que el intervencionismo estatal lleva necesariamente a la corrupción, y que esta es no otra cosa que un simple efecto de aquel.
Este esbozo, naturalmente, no agota el examen del peronismo. Y será sumamente extraño que un peronista este de acuerdo con el mismo (algo que, dicho sea de paso, no lo espero). Pretendo aquí -simplemente- dar mi visión personal sintética de este peculiar fenómeno político argentino.

Gobierno, economía y educación

Por Gabriel Boragina © Es casi un lugar común considerar que la educación debe prioritariamente estar a cargo del gobierno. Existe u...