La reconstrucción



Por Gabriel Boragina ©

La Argentina emprende un nuevo camino que -se espera- sea una vía de renovación. Horrorosamente la llamada *herencia* que deja el gobierno que se va, será un lastre tremendo para el gobierno que viene, quien -a no dudarlo- deberá asumir los costos de una dilatada gestión fracasada, mediante la cual se procuró sistemáticamente, a lo largo de tres larguísimos gobiernos de dos personas (los Kirchner), saquear los recursos de la nación con el único propósito de llenar sus bolsillos a más no poder, y los de la banda de secuaces que instalados en prácticamente todos los sectores del estado nacional, los medios de comunicación y difusión, las universidades, escuelas, colegios, llegando inclusive a tratar de infiltrarse en las familias, provocando graves disensos, enfrentamientos y divisiones, marcaron una política caracterizada por el peculado y la rapacidad, de una manera que los registros históricos no reconocían desde hace decenios.
La tarea del presidente Macri será pues ingente y no exenta de dificultades. Máxime si se tiene en cuenta que las hordas del FpV, que soñaron seriamente con el poder eterno, y que durante muchísimo tiempo vivieron a costa de la ciudadanía, sobre todo la trabajadora, la realmente productora de bienes y servicios cuyo destino -las mas de las veces- no fue otro que el de las inagotables alforjas del gobierno, no se van a resignar fácilmente a verse forzados a vivir honestamente. La honestidad es, a esta altura, algo que visiblemente han perdido, fruto de tantos años usufructuando la maquinaria del poder en el sólo y exclusivo beneficio propio.
La sociedad argentina que votó por el cambio deberá estar no sólo consciente de estos desafíos, sino y por sobre todas las cosas, dispuesta a acompañar a su presidente en la difícil tarea de reconstrucción que tiene por delante. Pero, al mismo tiempo, ello implica resistir las fuerzas de la reacción de quienes apañados por el poder y la impunidad que creyeron el mismo les daba, se encuentran decididos a sabotear la labor de reedificación de un país que Macri recibe literalmente en ruinas. En algunas cosas, hay -sin duda- que comenzar desde cero, y en muchas otras, desde bajo cero.
Antes de la experiencia nefasta del gobierno del FpV, los diferentes gobiernos habidos desde el segundo gobierno de Perón hacia acá, debían concentrar sus esfuerzos en rectificar el rumbo económico, y aledañamente, corregir otros aspectos colaterales que, si bien eran importantes, no resultaban medianamente prioritarios. Todo ello, con mayores aciertos o errores, pero más o menos en ese orden de preferencia.
No se había vívido hasta ese entonces la devastadora demolición de todo lo que había en pie que provocaran los Kirchner y su banda, que arrasaron primero con las instituciones, para seguir con la moral, la ética, la educación, los valores republicanos y -por último- con la economía como un todo. El daño que infringieron fue enorme, y los costos, a esta altura, todavía resultan incalculables. Difícilmente pueda encontrarse en la historia reciente argentina una situación de decadencia similar a la que dejan los Kirchner. Ilustrativamente, un conocido ex fiscal de la nación que tuvo a su cargo la acusación a los jefes de la junta militar que gobernó de facto el país en la década del 70, dijo (parafraseándolo) que ni siquiera los militares se atrevieron a tanto como los Kirchner se atrevieron.
Por nuestra parte, desde el ascenso mismo al poder del FpV, hemos venido sosteniendo que, a partir de dicha fecha, se había instalado en el país un gobierno que devendría en totalitario más tarde o más temprano. Y lo decíamos en medio de una fenomenal incredulidad de nuestro entorno (cercano y no tanto) en nuestros vaticinios. Fuimos una de las pocas voces que advertimos lo que sucedería y que finalmente ocurrió. Sólo hacia el final del imperio del FpV muchos vieron lo que a nosotros (y otros pocos más) siempre nos pareció evidente. Y no es que estuviéramos dotados de facultades especiales, ni paranormales que nos permitieran presagiar lo que para los demás no era indudable. Simplemente que reparamos en rasgos, gestos, actitudes, palabras, silencios, etc. que más tarde se iban transformando en concretas medidas de gobierno que, lamentablemente, marchaban paulatinamente apuntando en la dirección que nos temíamos y que anunciábamos aquel momento en vano- como una voz que clama en el desierto. Pero éramos muy pocos los que veíamos venir el desastre o, al decir de un querido amigo, el Titanic dirigiéndose, lenta pero inexorablemente, hacia el iceberg.
Finalmente, el Titanic de la Argentina, al mando de los *capitanes* Kirchner, colapsó contra el iceberg, y aun cuando más del 75% u 80% del barco se halla sumergido, todavía hay esperanzas de reflotarlo, esta vez de la mano del nuevo *capitán* al mando de la nave, el Ingeniero Mauricio Macri. Tarea -como indicábamos al comenzar- para nada simple, pero tampoco para nada imposible.
La diferencia en este caso a cambio de gobiernos anteriores es, como expresábamos, que ningún otro gobierno anterior asoló el país como lo hizo este. Por lo que seriamos muy ingenuos si esperáramos la producción de milagros por parte del nuevo gobierno. En materia política y económica -parece redundante decirlo- no existen los milagros. Y hemos de ser conscientes que la Argentina necesita poco menos que de eso para poder salir a flote. Sin embargo es posible, si se dan dos condiciones que, a primera vista, nos parecen básicas: 1º Neutralizar las fuerzas destructivas del FpV. Hay que tener en claro que esta secta no será un simple partido de oposición, sino que será (en caso de subsistir) lo que ha sido desde su ascenso al poder: un torrente de destrucción. 2º Acompañar las medidas de cambio del nuevo gobierno siendo conscientes de que requerirán esfuerzo y sacrificios, en la exacta medida del esfuerzo y sacrificio que exige para una familia que encontró su casa tomada, saqueada y destruida por una banda de ladrones, restaurar todo lo perdido una vez que pudo recuperar su hogar. Este es, análogamente, el estado en que la ciudadanía descubre al país luego de esta amarguísima experiencia de más de una década de latrocinio K. Y por supuesto, nada de esto significa resignar la dirección hacia el cambio votado. El apoyo ha de comprometerse en la medida que se observe que el nuevo gobierno da pasos efectivos hacia el cambio prometido.

Argentina: Macri presidente



Por Gabriel Boragina ©

Las recientes elecciones celebradas que dieran el triunfo al candidato opositor Mauricio Macri merecen algunas reflexiones. Sin duda, cabe calificarlas de históricas, pero no por lo que señalan la mayoría de los "analistas" políticos y periodistas, en cuanto a haber sido el primer balotaje que se lleva a cabo en la Argentina, sino en otro sentido, por el cual significa haber vencido al poderoso aparato montado por la siniestra banda del FpV*. No puede resultar de ninguna manera sencillo doblegar al partido oficialista, máxime si se tiene en cuenta la mas de una década reteniendo ilegítimamente el poder, tiempo más que suficiente como para haber armado toda una estructura que, en otros casos, le hubiera permitido perpetuarse en la cúspide del mismo. El triunfo de Cambiemos tiene -por este sólo hecho- un mérito muy grande.
Otro rasgo significativo de estas elecciones fue el que, a pesar del escandaloso fraude cometido por el gobierno (que por el hecho de ser tal, controla todo el aparato electoral, como asimismo todo el mecanismo de escrutinio y conteo de los votos) pese a todo esto decimos, Cambiemos logró imponerse, aunque, sin duda, por una cantidad de votos muchísimo mayor que la anunciada oficialmente. Prueba de ello son las fotografías de las actas que circularon ampliamente por las redes sociales (en especial por Twitter) y de las cuales el periodismo (tanto el oficial como el mal llamado "opositor") no dieron cuenta. A luces vista, las fotografías comprobaban de que manera los fiscales del oficialismo adulteraron las actas para disminuir los votos de Cambiemos y aumentar artificialmente los del FpV. El fraude electoral no es nuevo en la Argentina, y ya lo practicó con éxito el mismo FpV en las dos anteriores elecciones presidenciales previas a la reciente. Dado el natural temor a formular denuncias que tiene la gente y a la fuerte propaganda oficialista en aquellas oportunidades, mas una cuota grande de resignación entre la ciudadanía en aquellos momentos, sumados otros factores menores, las denuncias fueron escasas y, como suele ocurrir en todo gobierno hegemónico, no prosperaron, fueron desestimadas o directamente silenciadas.
Esta vez el fraude fue menor, y aunque sin duda importante, al fin de cuentas, fracasó.
Otro aspecto, esta vez lamentable pero también típico del periodismo argentino, es el bajo nivel de los comentarios y análisis políticos en los medios tradicionales, aunque no escapan a esta bochornosa escala el de denominados "politólogos" de "prestigio" que -como en anteriores oportunidades- se centraron en la presunta escasa diferencia de votos entre Macri y Scioli, aspecto sin duda completamente irrelevante para quien maneje mínimas nociones de ciencia política.
Más allá que -tal hemos expuesto- estamos casi seguros que la diferencia de votos fue no menor a un 10% u 8%, de ninguna manera desmerece ni desluce el triunfo que esa diferencia hubiera sido (como se dice) menor.
Ningún presidente argentino, ya sea hubiera obtenido los votos que hubiera conseguido, gobernó menos (o con menos poder) que si -en los hechos- hubiera logrado el 99% de los votos. La cantidad de votos nada cuenta para gobernar (aunque cuenta para impresionar a mentalidades infantiles). Para ejemplos recientes parecen haber olvidado esos sedicentes "politólogos" que Kirchner -quien formalmente alcanzó un escaso 22% de votos- gobernó hasta el final como si hubiera ganado por el 100% al punto tal de haber creado una dinastía que, proponiéndose perpetuarse en el poder, logró hacerlo por más de una década. Y antes de él, tampoco ningún presidente gobernó por menos, sino por más. Es que el número de votos otorgan al ganador solamente un poder formal, que no siempre coincide con el poder real o material. Por lo que, en los hechos y en la práctica, formalmente para el ganador es lo mismo haber ganado por 1 voto que por todos los millones de sufragios que sean imaginables. Con más razón en la política argentina, donde -lamentablemente- lo que cuenta simplemente es ganar para acceder al poder, y una vez en posesión de él lo que se haga con el mismo es otro cantar.
Por otra parte -y desde un punto de vista estrictamente democrático- lo que tendría que importar (y que verdaderamente importa) es como -tras las elecciones- quedaron configuradas las cámaras legislativas, y no la cantidad de votos que obtuvo el candidato presidencial vencido.
También resultan ridículos los comentarios que mostraban preocupación por el hecho de que Cambiemos tendría que acordar con otras fuerzas políticas, porque, además de pasar por alto que todos los presidentes (unos mas, otros menos) se han visto obligados a ello, Macri ya lo ha hecho con la UCR y con la Coalición Cívica-ARI (antes de presentarse a las elecciones), partidos ambos -hasta lo que no hace relativamente mucho- no le eran afines. El presidente Macri ya demostró habilidad y flexibilidad en dicho sentido. Creemos entonces que no hay motivo ninguno como para suponer que no pueda lograr pactos a nivel nacional con otras fuerzas políticas, por lo que -al momento- las dudas que esos "politólogos" y "periodistas" manifiestan no tienen -a nuestro juicio- ni antecedentes ni asidero alguno que las justifiquen.
En suma, las críticas de muchos "periodistas" y "analistas" hechas al vencedor Macri en función del resultado electoral numérico nos parecen de la ridiculez y absurdidad más enorme, pueril y espantosa. La ciudadanía argentina se mostró en esta ocasión más juiciosa y más madura que muchos "analistas políticos" de la prensa oral y escrita.
En lo sustancial, el presidente Macri recibe un país destruido por las fuerzas letales del FpV, por lo que la terea de reconstrucción que le espera no será de ningún modo simple. Pero su efectiva gestión como Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires le brinda un antecedente muy auspicioso y favorable.
No somos amigos de hacer pronósticos y menos en materia política, por lo que -al momento- no cabe más que augurarle al flamante presidente de todos los argentinos el mejor éxito en la tarea que, en lo que sea positiva contará con todo nuestro apoyo. Y en lo que no, con nuestra amistosa crítica constructiva.

*FpV: siglas del Frente para la Victoria, rama del peronismo conformado por el matrimonio Kirchner.

El fracaso del estado



Por Gabriel Boragina ©

Los lamentables hechos provocados por los ataques terroristas registrados en Francia días atrás, admiten y han tenido muchísimas lecturas e interpretaciones de todo tipo, algunas de ellas muy valiosas. Estos apuntes, seguidamente, aspiran a darle otra más desde un ángulo cuya importancia no nos parece menor, y que consiste en el fracaso del "estado" como ente u organización destinada a la protección de los derechos de las personas que viven bajo su órbita, derechos entre los cuales el más importante es el derecho a la vida. La pregunta que nos hacemos -y que sin desmerecer todos los demás análisis que se han realizado sobre estos desgraciados sucesos- es ¿qué responsabilidad ha cabido al estado francés en su papel de garante de la seguridad de sus habitantes? ¿No será que quizás el "estado" ha sido un cómplice involuntario de los terroristas al haber fallado en su papel de prevenir tan luctuosos sucesos, máxime si tenemos en cuenta la magnitud de los mismos? Hay consenso generalizado en que una las funciones "básicas" y "esenciales" del estado-nación es la de la seguridad y defensa de sus habitantes. La seguridad implica un aspecto claramente preventivo, en tanto que la defensa importa la reparación al hecho dañoso ya consumado. ¿Qué cuota de responsabilidad le cabe al estado-nación en acontecimientos desgraciados como el que analizamos? La no-protección ¿no es una forma de agresión?
"Existe otra razón por la cual la agresión del Estado ha sido mucho más importante que la privada, y que va más allá de la mayor organización y movilización central de recursos que sus dirigentes pueden imponer. Esa razón es la falta de control sobre la depredación estatal, un control que sí existe cuando se trata de los ladrones o la mafia. Podemos acudir al Estado o a su policía para que nos protejan de los criminales privados, pero ¿quién puede preservamos del propio Estado? Nadie, dado que otra distinción crítica es que monopoliza el servicio de protección; el Estado se arroga el virtual monopolio de la violencia y de la toma de decisiones definitivas en la sociedad."[1]
Sin minimizar lo horroroso del ataque terrorista de marras, creo que vale la pena reflexionar sobre la responsabilidad de los estados (no sólo el francés en el caso) donde tales crímenes se cometen, porque -después de todo- el terrorismo no es más que una forma especial de crimen. Los terroristas no dejan de ser criminales por el hecho de que sus crímenes se excusen en motivos dudosos, ya sean religiosos, políticos, o de otra índole. Desde nuestra perspectiva, el terrorista debe ser tratado como un delincuente mas, agravadas sus penas, sin duda, por los móviles que alega en defensa de sus crimines, pero que no se distingue en definitiva de cualquier otra clase de asesinos, excepto por su crueldad, alevosía y premeditación de cometer el delito.
Desgraciadamente, y aunque parezca tener una relación remota con el tema, los estados-nación se han alejado muchísimo de su función primordial de garantizar la paz, la seguridad y la defensa de sus habitantes. Son afectos a destinar recursos hacia áreas o sectores que poco o nada tienen que ver con tales funciones llamadas "básicas" o "primordiales", y -naturalmente- eso resta financiamiento a las que se suponen sus responsabilidades "esenciales" (seguridad y defensa).
Es interesante ahora rastrear de donde viene "aquello" que la seguridad nacional "debe" ser una "función esencial" del estado-nación. Y al respecto se ha dicho:
"Antes de la era moderna, la casta sacerdotal era particularmente poderosa entre los servidores intelectuales del Estado, cimentando la poderosa y terrible alianza del jefe guerrero y el hechicero, del Trono y el Altar. El Estado "oficializó" a la Iglesia y le confirió poder, prestigio y riqueza tomada de sus súbditos. A cambio, la Iglesia ungió al Estado con la aprobación divina e inculcó esa concepción en la gente común. En la era moderna, cuando los argumentos teocráticos perdieron su prestigio, los intelectuales integraron el cuadro de "expertos" científicos e informaron al desventurado público de que los asuntos políticos, exteriores y nacionales son demasiado complicados como para que el individuo promedio se perturbe pensando en ellos. Sólo el Estado y sus cuerpos de expertos intelectuales, planificadores, científicos, economistas y "administradores de la seguridad nacional" pueden tener la esperanza de encargarse de esos problemas. El rol de las masas, incluso en las "democracias", es ratificar las decisiones de sus informados gobernantes y acatarlas."[2]
Cabe asimismo preguntarse ¿cuántas víctimas fatales se hubieran registrado si la ley permitiera a los ciudadanos comunes estar armados y poder defenderse en caso de un ataque criminal? Sin duda el número de víctimas hubiera sido menor (entendiendo por el término "victima" a quien es objeto de una agresión, y por el vocablo victimario a quien echa uso de la fuerza ofensiva, o sea al agresor. En épocas de grave tergiversación semántica es necesario -aunque parezca mentira- hacer estas aclaraciones terminológicas).
No se trata, entendemos, de darles mayores poderes a los gobiernos, cuando estos ya cobran los impuestos suficientes (y en algunos casos exorbitantes) como para que los ciudadanos piensen que esos estados-nación utilizaran dichos dineros para resguardarlos de agresión o daños físicos, sino que se trata de descentralizar funciones que el estado nación viene demostrando no estar cumpliendo adecuadamente. Caso contrario, la criminalidad (y recordemos que incluimos a cualquier clase de terrorismo dentro de este vocablo) debería haber descendido y no aumentado en el mundo, en términos promedios.
Creemos -en suma- que los estados nación son corresponsables o, en el mejor de los casos, ineficientes en cuanto al incumplimiento de su deber de prevención respecto de cualquier episodio de criminales (comunes o calificados) y que dicha corresponsabilidad crece en la misma medida que los hechos delictivos son mayores en cantidad y atrocidad. Alegar que el país "X" es víctima de un acto criminal sin distinguir a su gobierno de su población es, cuanto menos, sumamente engañoso. El estado-nación es corresponsable por omisión, no nos cabe duda alguna al respecto.

[1] Murray N. Rothbard. For a New Liberty: The Libertarian Manifesto. (ISBN 13: 9780020746904). Págs. 61-62
[2] Murray N. Rothbard. Ob. Cit pag. 70

El valor de las estadísticas



Por Gabriel Boragina ©

No son pocos los que, desde diferentes espacios (periodísticos, universitarios, etc.), buscan apoyar sus argumentos en series estadísticas que, normalmente, impactan al lego en las cuestiones de que se tratan. A veces, los números impresionan a los menos informados (y formados) por la aparente seriedad que las matemáticas mueven en la mayoría de las personas, ya que los números dan la impresión de estricta exactitud y precisión, y todo aquel argumento -o aun mera declamación o exclamación- que es seguido o antecedido por alguna cifra despierta en quien la escucha o lee un atisbo de convicción. 
"En general, en los medios de comunicación lo más frecuente es la exhibición de una carga inusitada de series estadísticas al efecto de defender una u otra política. Es extenuante y exasperante sin que se ponga de manifiesto prácticamente ningún razonamiento de fondo ni fundamento alguno, excepto en algunos círculos de izquierda con lo que provocan un corrimiento significativo en el eje del debate y as í logran que, en gran medida, se adopten las políticas a las que adhieren." [1]
La recopilación de datos -en una dirección o en otra- carece por si misma de sentido si no se expone cómo se ha construido la serie estadística, cuáles criterios sirvieron de orientación para su selección, y si no se indican los objetivos de la misma, ni se explican las variables ponderadas, las excluidas y las razones pertinentes para adoptar uno u otro criterio para dirigirse en esa alineación. Pero -por otra parte- es de importancia también tener en cuenta los diferentes períodos contenidos, los cuales deberían ser sometidos a la misma prueba de idoneidad. Pero aun cuando se cumplieran con todas las minuciosas exigencias de rigor para la edificación de la estadística, siempre -y en virtud de la falibilidad humana- hay que tener presente que no hay persona ni grupos de ellas que puedan abarcar todos los múltiples factores humanos, por lo cual la estadística –cualquiera que ella fuere, y aun en el caso de las consideradas las mejores- siempre tendrá una cuota de error, que será mayor o menor dependiendo, nuevamente, de hechos que de ninguna manera son captables ni medibles.
"Dejando de lado las fraudulentas o las que pretenden demostrar puntos en base a ratios mal concebidos (por ejemplo, la relación déficit-producto como si el crecimiento del producto justificara un desequilibrio presupuestario mayor) o comparaciones improcedentes (como el denominado deterioro de los términos de intercambio sin tomar en cuenta que en la serie se compara el valor del trigo con el de los tractores sin contemplar que estos últimos cambian de modelo por lo que permiten rendimientos de trigo mayores, además de que esas comparaciones no prueban nada ya que, por ejemplo, la relación de intercambio de los automotores con la cebada fue desfavorable para el primer rubro desde su invento y, sin embargo, los balances de las empresas automotrices revelaron notables mejoras). La sola mención de estadísticas no logra objetivo alguno como no sea una efímera impresión que en realidad no conduce a nada relevante."[2]
En suma, la estadística no prueba nada, ni nada en rigor puede demostrarse con ella, excepto en forma parcial y temporaria. En el siguiente periodo comprendido, la serie estadística -que pudo haber sido "verdadera" en el periodo anterior-, pudo haber perdido -en el siguiente- cualquier clase de "valor", o todo su "valor". Como bien declara Ludwig von Mises, la que se da en llamar economía estadística no es en realidad ninguna otra cosa que simple historia económica. Sus datos podrán revistar, quizás, algún interés como dato histórico, aun cuando se trate de ayer mismo siquiera, pero no mucho más que eso. Ni por lo menos podrá preconizarse como tendencia, ya que las denominadas tendencias dependen, a su vez, de un sinnúmero de elementos menores que no siempre variarán en el mismo sentido cuando reflexionamos sobre la conducta humana, ya que esta acción está influida por innúmeras motivaciones subjetivas que, asimismo, sólo pueden ser conocidas por el sujeto actuante, y -a veces- ni aun pueden ser anticipadas por este. 
"Desde el locuaz y prepotente Nicolás Maduro en adelante, todos los gobernantes se empeñan en cubrir sus agujeros negros con una regadera de estadísticas. No son pocos los que entran por la variante respondiendo con otras estadísticas, pero, en última instancia, para demostrar las ventajas o desventajas de un sistema se hace necesario argumentar y desarrollar silogismos consistentes. Básicamente, eliminar la barrera mental de que es posible que el aparato estatal planifique lo que no se conoce de antemano, como la innovación que es la esencia del progreso y todos los millones de arreglos contractuales que sólo se ponen en evidencia en el momento de actuar (“preferencia revelada” decimos los economistas), por lo que los datos no están disponibles ex ante. "[3]
Indudablemente, hay estadísticas que fundadas debidamente son reveladoras en cuanto a efectos causales de diferentes teorías aplicadas. La estadística puede corroborar los efectos de tal o cual teoría. Lo que es imposible es pretender montar teorías en base a series estadísticas. Esto implica tanto como pretender poner el carruaje delante del caballo y pretender que aquel tire de este. La estadística no revela las relaciones causales sino que es el revés: son estas las que explican aquella. Esto implica que la estadística es valiosa siempre y cuando cumpla con todas las condiciones dadas antes, o con la mayor parte de ellas, y que sea sincera en cuanto a lo que involucra y omite. A mayor cantidad de variables incluidas, mayor será la exactitud de lo que se pretende medir, sin perder de vista la volatilidad de la acción humana, por lo que una serie estadística no tendrá el mismo valor en ciencias naturales que en las sociales, dado que su valor predictivo será mayor en las primeras que en las segundas.  El peso relativo de cada variable también es otro componente a evaluar. No sólo cuenta la cantidad de variables que pretende comprender la estadística, sino que el peso relativo de cada una es tan o quizás más importante que la cantidad de aquellas.

[1] Alberto Benegas Lynch (h) La batalla de las estadísticas ESEADE- 15-August-2014, https://eseade.wordpress.com/
[2] Alberto Benegas Lynch (h) La batalla de....op. cit.
[3] Alberto Benegas Lynch (h) La batalla de....op. cit.

Gobierno, economía y educación

Por Gabriel Boragina © Es casi un lugar común considerar que la educación debe prioritariamente estar a cargo del gobierno. Existe u...