El fracaso del estado



Por Gabriel Boragina ©

Los lamentables hechos provocados por los ataques terroristas registrados en Francia días atrás, admiten y han tenido muchísimas lecturas e interpretaciones de todo tipo, algunas de ellas muy valiosas. Estos apuntes, seguidamente, aspiran a darle otra más desde un ángulo cuya importancia no nos parece menor, y que consiste en el fracaso del "estado" como ente u organización destinada a la protección de los derechos de las personas que viven bajo su órbita, derechos entre los cuales el más importante es el derecho a la vida. La pregunta que nos hacemos -y que sin desmerecer todos los demás análisis que se han realizado sobre estos desgraciados sucesos- es ¿qué responsabilidad ha cabido al estado francés en su papel de garante de la seguridad de sus habitantes? ¿No será que quizás el "estado" ha sido un cómplice involuntario de los terroristas al haber fallado en su papel de prevenir tan luctuosos sucesos, máxime si tenemos en cuenta la magnitud de los mismos? Hay consenso generalizado en que una las funciones "básicas" y "esenciales" del estado-nación es la de la seguridad y defensa de sus habitantes. La seguridad implica un aspecto claramente preventivo, en tanto que la defensa importa la reparación al hecho dañoso ya consumado. ¿Qué cuota de responsabilidad le cabe al estado-nación en acontecimientos desgraciados como el que analizamos? La no-protección ¿no es una forma de agresión?
"Existe otra razón por la cual la agresión del Estado ha sido mucho más importante que la privada, y que va más allá de la mayor organización y movilización central de recursos que sus dirigentes pueden imponer. Esa razón es la falta de control sobre la depredación estatal, un control que sí existe cuando se trata de los ladrones o la mafia. Podemos acudir al Estado o a su policía para que nos protejan de los criminales privados, pero ¿quién puede preservamos del propio Estado? Nadie, dado que otra distinción crítica es que monopoliza el servicio de protección; el Estado se arroga el virtual monopolio de la violencia y de la toma de decisiones definitivas en la sociedad."[1]
Sin minimizar lo horroroso del ataque terrorista de marras, creo que vale la pena reflexionar sobre la responsabilidad de los estados (no sólo el francés en el caso) donde tales crímenes se cometen, porque -después de todo- el terrorismo no es más que una forma especial de crimen. Los terroristas no dejan de ser criminales por el hecho de que sus crímenes se excusen en motivos dudosos, ya sean religiosos, políticos, o de otra índole. Desde nuestra perspectiva, el terrorista debe ser tratado como un delincuente mas, agravadas sus penas, sin duda, por los móviles que alega en defensa de sus crimines, pero que no se distingue en definitiva de cualquier otra clase de asesinos, excepto por su crueldad, alevosía y premeditación de cometer el delito.
Desgraciadamente, y aunque parezca tener una relación remota con el tema, los estados-nación se han alejado muchísimo de su función primordial de garantizar la paz, la seguridad y la defensa de sus habitantes. Son afectos a destinar recursos hacia áreas o sectores que poco o nada tienen que ver con tales funciones llamadas "básicas" o "primordiales", y -naturalmente- eso resta financiamiento a las que se suponen sus responsabilidades "esenciales" (seguridad y defensa).
Es interesante ahora rastrear de donde viene "aquello" que la seguridad nacional "debe" ser una "función esencial" del estado-nación. Y al respecto se ha dicho:
"Antes de la era moderna, la casta sacerdotal era particularmente poderosa entre los servidores intelectuales del Estado, cimentando la poderosa y terrible alianza del jefe guerrero y el hechicero, del Trono y el Altar. El Estado "oficializó" a la Iglesia y le confirió poder, prestigio y riqueza tomada de sus súbditos. A cambio, la Iglesia ungió al Estado con la aprobación divina e inculcó esa concepción en la gente común. En la era moderna, cuando los argumentos teocráticos perdieron su prestigio, los intelectuales integraron el cuadro de "expertos" científicos e informaron al desventurado público de que los asuntos políticos, exteriores y nacionales son demasiado complicados como para que el individuo promedio se perturbe pensando en ellos. Sólo el Estado y sus cuerpos de expertos intelectuales, planificadores, científicos, economistas y "administradores de la seguridad nacional" pueden tener la esperanza de encargarse de esos problemas. El rol de las masas, incluso en las "democracias", es ratificar las decisiones de sus informados gobernantes y acatarlas."[2]
Cabe asimismo preguntarse ¿cuántas víctimas fatales se hubieran registrado si la ley permitiera a los ciudadanos comunes estar armados y poder defenderse en caso de un ataque criminal? Sin duda el número de víctimas hubiera sido menor (entendiendo por el término "victima" a quien es objeto de una agresión, y por el vocablo victimario a quien echa uso de la fuerza ofensiva, o sea al agresor. En épocas de grave tergiversación semántica es necesario -aunque parezca mentira- hacer estas aclaraciones terminológicas).
No se trata, entendemos, de darles mayores poderes a los gobiernos, cuando estos ya cobran los impuestos suficientes (y en algunos casos exorbitantes) como para que los ciudadanos piensen que esos estados-nación utilizaran dichos dineros para resguardarlos de agresión o daños físicos, sino que se trata de descentralizar funciones que el estado nación viene demostrando no estar cumpliendo adecuadamente. Caso contrario, la criminalidad (y recordemos que incluimos a cualquier clase de terrorismo dentro de este vocablo) debería haber descendido y no aumentado en el mundo, en términos promedios.
Creemos -en suma- que los estados nación son corresponsables o, en el mejor de los casos, ineficientes en cuanto al incumplimiento de su deber de prevención respecto de cualquier episodio de criminales (comunes o calificados) y que dicha corresponsabilidad crece en la misma medida que los hechos delictivos son mayores en cantidad y atrocidad. Alegar que el país "X" es víctima de un acto criminal sin distinguir a su gobierno de su población es, cuanto menos, sumamente engañoso. El estado-nación es corresponsable por omisión, no nos cabe duda alguna al respecto.

[1] Murray N. Rothbard. For a New Liberty: The Libertarian Manifesto. (ISBN 13: 9780020746904). Págs. 61-62
[2] Murray N. Rothbard. Ob. Cit pag. 70

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