Colectivismo y "bien común"



Por Gabriel Boragina ©

La regla que impera en una sociedad de bienes colectivos es precisamente esa misma: que los bienes son colectivos. Es decir, son "de todos". A esto, Garret Hardin lo llamó "La tragedia de los comunes" que se sintetiza en la fórmula por la cual "lo que es de todos no es de nadie". Entonces, "todos" están habilitados a tomar "su parte" de esos bienes colectivos. El problema consiste en que, al no haber propiedad privada, cualquier parte (o el todo) de esos bienes le "correspondería" a cualquiera. Y es aquí cuando empiezan las verdaderas dificultades. Fue la vigencia de la propiedad colectiva la que determinó que la sociedad tribal desapareciera (más que cualquier otra causa). Esto lo explica muy bien F. A. von Hayek. Y, necesariamente, los intentos por reflotar la propiedad colectiva tribal (pero ahora a gran escala) ocasionaron la caída de la URSS y sus países satélites. No es que la gente sea "intrínsecamente ladrona", sino que son las instituciones (en el caso, la propiedad colectiva) la que la vuelve ladrona. Aunque el ejemplo del ladrón se aplica -en rigor- a sociedades no colectivistas y no a las que lo son.
Efectivamente, en el colectivismo impera el derecho del primer ocupante, que en el caso de la URSS, sus países satélites, Cuba, Corea, etc., ese primer ocupante no es otro que el mismo estado o gobierno. En la sociedad tribal, ese lugar era el del Jefe o Cacique. Hoy lo es el estado-nación. Las "reglas" las impone el Jefe, Cacique, Presidente, Führer, Duce, César, etc.
Ahora bien, no hay que perder de vista que tanto el individualismo como el colectivismo son -en última instancia- un producto cultural, y que su "imposición" desde una cúpula de poder sería imposible si no existiera en esa sociedad un substrato cultural que la hiciera posible. En realidad, el procedimiento es el inverso, una vez dadas las condiciones culturales necesarias como para que uno u otro sistema se imponga, lo demás se da por añadidura.
Lo que produce pues que nuestra sociedad actual sea -en su mayor parte- colectivista es indispensablemente este factor, por encima de cualquier otro.
La aceptación irreflexiva de nociones etéreas y vacías de contenido, tales como "el bien o interés público" o "interés o bienestar general" y expresiones análogas, como opuestas al bien particular o individual, es la que ocasiona que la sociedad actual se haya volcado al colectivismo, en la convicción de que existiría un "conflicto irreconciliable" entre los intereses individuales y "los colectivos", sin percibir que resulta imposible la objetividad de cosa tal como "intereses colectivos" excepto que como la mera suma de los individuales, con lo que el supuesto "conflicto" no es más que una pura invención de quienes explotan tales creencias en su provecho personal, por ejemplo los políticos, cuyos discursos rebosan de apelaciones a favor del "bien público", el "interés general", "del pueblo", de "la gente", etc.
No hay, en este esquema, oposición alguna entre intereses individuales reales y un "interés colectivo" irreal por imposible existencia de este último.
Invocar la fórmula vaga del "bien común" no sirve de nada, en tanto y en cuanto no se precise qué se quiere significar con la misma, ya que es imprescindible que quien recurra a ella clarifique -para empezar- "común a qué grupo de referencia" sería el "bien" que se califica como "común". En efecto, "la sociedad" no es un todo homogéneo, monolítico y univoco. Ni siquiera se trata de un ente corpóreo, con el cual se pudiera conversar, escuchar o ver. Consiste, en última instancia, de una construcción mental, que cada uno de nosotros se representa de diferente manera, esencialmente por estas mismas razones.
Lo anterior implica que "la sociedad" o "comunidad" no es un único y exclusivo grupo, sino que -en rigor- se trata de un conjunto de subgrupos, que -a su vez- se dividen en conjuntos menores y así sucesivamente, hasta llegar al individuo, núcleo básico de lo que se llama "sociedad".
Ahora bien, de todo esto se deriva que el interés individual de una persona puede ocasionalmente oponerse al interés individual de otra persona, o de más de una persona, pero no infinitamente, sino hasta un pequeño número limitado de estas, pero nunca puede entrar en conflicto con un imprecisable "interés social" o "común" que no se define a priori, y que -en principio- abarcaría un número incalculable de personas, que, para el sujeto en cuestión, no sólo actualmente no conoce, sino que sería imposible conocer, geográfica y temporalmente.
Por análogas consideraciones, nadie puede "enfrentarse" a los "intereses" de "la patria", de "la nación", del "estado", del "pueblo", de "los negros", de "los judíos", de "los cristianos", de "los rusos", de "los americanos", etc. Nadie puede oponerse a "intereses colectivos", porque estos no existen, son imaginarios, habida cuenta que no pueden ser identificados, ni personalizados en seres de existencia física concreta.
En sentido inverso, los "representantes" de supuestos "intereses colectivos", autoproclamados defensores del "bien común", ejemplo típico de ellos los gobernantes, si pueden atacar a los intereses individuales, y de ordinario es lo que hacen. No sólo se enfrentan sino que, en la mayoría de los casos, dedican mucho empeño en desplazarlos, y -en última instancia- en destruirlos, en la medida en que desafíen al interés personal del poderoso.
La diferencia entre un gobernante y el resto de las personas fuera del gobierno, es el poder del primero y la indefensión de las últimas. A primera vista, podría decirse que en este supuesto, el interés particular del gobernante conseguiría contraponerse al "interés común" de los gobernados. Pero sería caer en la misma trampa que opera en el sentido contrario (que es en el que maniobran los ideólogos políticos que manipulan la "respetable" noción de "interés común"). No se trata más que de un caso en el que el interés particular del gobernante esta en contraposición a un determinado número de intereses individuales de quienes están en el llano, fuera del gobierno, es decir, excluidos de la posición de poder que el detentar el gobierno de un territorio otorga a quien lo esgrime.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Muy interesante tu articulo,

Como bien mencionas, la sociedad es un conjunto de subgrupos que parten del individuo, el cual es el elemento esencia de la sociedad, y como tal por solo el hecho de ser individuo, es diferente a todos los demás, es decir, en principio una sociedad es un conjunto de innumerables individualidades que, eso sí, tienen aspectos en común que permiten establecer grupos de intereses, lo cuales permiten generar ideas que agrupan las percepciones de un conjunto comprendiendo la pluralidad de conjuntos que se puedan llegar a generar. La sociedad tribal o El estado o la institución nacen para agrupar esa serie de conjuntos.
No busco llegar al relativismo, Por lo menos me dirijo más hacia la complejidad que revierte administrar correctamente a esta serie de conjuntos. La administración eficiente implica generar políticas que busquen “idealmente” la armonía del sistema, (y pienso más en los socráticos que en los estoicos, por lo que una mano invisible me resulta un tanto desmesurado). Estos intereses de la patria como lo mencionas, pienso, son intangibles materialmente, pero con un contenido explicito que los hace reales, (La nota al pie seria la discusión sobre la realidad de las ideas, Platón y Aristóteles no se escaparían). Tal como es imposible que un individuo que sea igual a otro, es imposible que una política beneficie a todos. Siempre habrán perjudicados, es inevitable y esencial. La democracia viene a establecer que la decisión debe quedar en la mayoría, pero el mismo Sócrates (o platón, depende de cada cual) se opone, Menciona en el diálogo de laques que la mejor decisión no debe quedar en la mayoría sino en las manos del que cuente con mayor experiencia y conocimientos en el tema. Entonces, a un dilema que esta impuesto hace más de 2000 años seguro no habrá una respuesta verdadera. ( y así la haya, me siento tentado a decir que matemáticamente 2+2 no siempre es 4 a pesar de que se considere verdadero). Las decisiones de un gobernante benefician y perjudican, no todos son indefensos ni todos protegidos. En la correcta proporción está el arte, pero comprender que en la búsqueda de la correcta proporción están inmiscuidas notables relaciones de poder, está la reflexión (y la hermenéutica del sujeto no se escapa). No tenemos una proporción aurea para la sociedad. ¿En manos de la democracia o en manos de “expertos”?.

Gabriel S. Boragina dijo...

Bryan:
La idea de un *gobierno de expertos* proviene -según K. R. Popper- de Platón, que quería poner en manos del *filósofo rey*. Siempre según K. R. Popper , Platón fue un enemigo de la democracia, porque Patón era esencialmente un anti-individualista. Y para K. R. Popper el individualismo es la base de la democracia.
En las propias palabras de K. R. Popper :
*¿Por qué trató Platón de atacar al individualismo? A mi juicio, Platón sabía muy bien lo que hacía al emplazar sus cañones en esa posición, pues el individualismo -aún más quizá que el igualitarismo- constituía un verdadero bastión en la línea defensiva del nuevo credo humanitario. En efecto, la gran revolución espiritual que condujo al derrumbe del tribalismo y al advenimiento de la democracia no fue sino la emancipación del individuo.
La astuta intuición sociológica de Platón se revela cabalmente en la forma en que éste reconoce invariablemente al enemigo allí donde le sale al paso.
El individualismo formaba parte de la antigua idea intuitiva de la justicia. Como se recordará, Aristóteles hace hincapié en que la justicia no es -como quería Platón-la salud y armonía del Estado, sino más bien cierta forma de tratar a los individuos, cuando afirma que «la justicia es algo que incumbe a las personas" Este elemento individualista ya había sido destacado por la generación de Pericles. Fue él mismo quien dejó claramente sentado que las leyes debían garantizar una justicia equitativa, «a todos los hombres por igual, en sus querellas privadas» pero no se detuvo ahí:
«Cuando nuestro vecino decide seguir una senda determinada no somos nosotros los llamados a indicarle si hace bien o mal». (Compárese eso con la afirmación de Platón" de que el Estado no engendra a sus hijos «con el fin de librarlos a su suerte y dejar que cada uno siga su propio camino...».) Pericles insiste en que este individualismo debe hallarse ligado al altruismo: «Se nos ha enseñado... a no olvidar nunca que debemos proteger a los débiles», y su discurso culmina en una descripción del joven ateniense que alcanza en su madurez «una adaptabilidad feliz y confianza en sí mismo».
Ese individualismo que no prescinde del altruismo se ha convertido en base de nuestra civilización occidental. Así, constituye la doctrina central del cristianismo (ama a tu prójimo» dicen las escrituras, y no «a tu tribu») y el corazón de todas las doctrinas éticas originadas en el seno de nuestra civilización y alimentadas por ella. Es, asimismo, la doctrina práctica central de Kant, que preconiza «reconocer siempre que los individuos humanos son fines en sí mismos y no utilizarlos como meros medios para conseguir determinados fines». En todo el desarrollo moral del hombre no ha habido otro pensamiento que se impusiera al espíritu con mayor fuerza.
Platón no erraba cuando creía ver en esta doctrina al principal enemigo de su Estado basado en las castas y por eso la aborreció más que a cualquier otra ideología «subversiva» de su tiempo. Podrá verse claramente la verdad de lo que afirmamos en los dos pasajes siguientes tomados de Las Leyes, cuya asombrosa hostilidad contra el individuo ha sido siempre, a mi juicio, increíblemente subestimada.* (K. R. Popper. La sociedad abierta y sus enemigos. Paidos. Surcos 20. pág. 116/117).
Apoyado pues en estos párrafos de K. R. Popper yo me pronuncio en favor de la democracia tal como el mismo K. R. Popper la entiende.
Gaby

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