En busca de fondos


En un momento de aguda crisis económica del gobierno central, como apuntábamos en nuestro ultimo comentario sobre el tema, el matrimonio K, puede intentar un proceso de re-estatización de empresas, aprovechando la general ignorancia económica que impera sobre la materia y en virtud de la cual, la mayoría cree que el vocablo "privatizar" es una mala palabra.
En vista de la experiencia poco satisfactoria mediante la cual se llevó a cabo el proceso (mal llamado) de privatización de las ex empresas del estado en Argentina, que -en definitiva- resultaron transferidas a monopolios particulares, aquel (el de la re-estatización) sería un camino posible a seguir por la pareja de presidentes que somete al país.
Pocas personas recuerdan -o directamente ignoran- las terribles consecuencias que para la economía nacional han tenido las tristemente célebres empresas del estado; si a ello se le suma la prédica marxista-socialdemócrata-progresista imperante por doquier, por la cual, todo lucro privado "es condenable" en tanto el mismo lucro público sería "virtuoso", no es de extrañar que el gobierno argentino -que profesa abiertamente esta caduca ideología trasnochada-, encamine sus pasos en la dirección señalada.
Los efectos de transitar este camino son sobradamente conocidos a escala mundial, los índices de pobreza se elevarán en forma paulatina, junto con el gasto público, habida cuenta que será necesario financiar las erogaciones que irroguen la o las empresas que se estaticen, aun cuando se las adquiera a un "bajo" precio "descontando" el pasivo.
La ignorancia económica a la que aludimos antes reside –precisamente- en este punto: el debate parece centrarse -hoy por hoy- no en la conveniencia o no de la estatización (en el momento gira -puntualmente- en torno a la de Aerolíneas Argentinas, pero bien podría ser cualquiera otra de los tantas que existen, ya que los efectos económicos serán exactamente los mismos), sino acerca de si el estado debe asumir el pasivo de la empresa a estatizar o no, lo que -como cualquier economista inteligente bien sabe- se trata de una cuestión adyacente y hasta anecdótica en torno a la temática.
El asunto central no tendría que circular en torno a quien asumirá -en definitiva- el pasivo, por cuanto lo crucial y verdaderamente grave es la estatización en si misma, ya que la medida -en su propia esencia- implica que, a la larga o a la corta, el estado siempre estará tomando el pasivo de la empresa en cuestión y no se quedará allí, sino que la estatización -en si misma- implica engrosar el pasivo del estado vía incremento del gasto público que significará el mantenimiento y sostenimiento de la empresa. La estatización como tal, representa un gravamen para la nación, aunque en rigor, hay que decir que este pasivo los gobiernos –invariablemente- lo trasladan a los bolsillos de los consumidores. En ultima instancia, los que siempre pierden con las medidas estatizantes son los ciudadanos implicados donde la estatización se lleva a cabo.
En el caso argentino, se trata –claramente- de un círculo vicioso, el gobierno desea estatizar la empresa para obtener fondos de su explotación, pero el "dilema" es que carece de fondos para su adquisición y mantenimiento, los que -dado el contexto recesivo actual- solo podría adquirir por la vía de la emisión monetaria o el empréstito, opciones ambas a las que viene recurriendo para sostenerse y sostener a sus socios, pero que tiene un limite.
Con todo, la estatización es un "buen negocio" aunque solo lo sea para el gobierno y signifique una pérdida neta y gravosa para el país. En el fondo, el esquema es sencillo: para comprar la empresa el gobierno debe emitir dinero o contraer deuda, en ambos casos, ello implica pérdida para el ciudadano, porque mediante la emisión se degrada el poder adquisitivo de la moneda, lo que -a su vez- significa que el salario pierde cada vez más valor. Por el lado del empréstito ocurre otro tanto, se trata de "dinero fresco" que sale de los bolsillos de los ciudadanos, circuito que no termina allí y que se prolongará -infinitamente- en tanto la empresa siga en cabeza del gobierno (o del "estado", a estos efectos no existe gran diferencia, ya que las ganancias -en cualquiera de ambos casos- se las embolsa el gobierno siempre).
El mantenimiento de la empresa estatal implicará -en la medida de su estatización- quitar recursos a la gente de más bajos ingresos y -lo más grave- es que entre un 75 % a 85 % (o mas) de las personas que pagarán la estatización y su manutención -en virtud de dichas erogaciones- no podrán usar del servicio, sea total o parcialmente, en la exacta medida en que sus entradas disminuyan, no solo por esta operación, sino por todas las demás implicadas y englobadas en lo que se llama el gasto público estatal.
Se lo vea desde donde se lo vea, el "negocio" será ineluctablemente ruinoso, no para el gobierno, tengamos esto muy en claro, pero sí para el país en su conjunto y -en particular- para cada uno de los habitantes del mismo.
Si bien, naturalmente, no fueron el único factor, las empresas estatales argentinas constituyeron un elemento fundamental que condujo a las crisis económicas que terminaron derrumbando las finanzas de la nación hacia fines de la década de 1980, época en la que -tardíamente- se comenzó a tomar algo de conciencia (no mucha) del verdadero problema que configuraba su implantación y sostenimiento. Lamentablemente, los cambios que se intentaron realizar a partir de dicha oportunidad no fueron consistentes ni profundos y -menos aun- continuados en el tiempo; perdiéndose una gran oportunidad de llevar a cabo una genuina privatización, acompañada de una inteligente desregulación y desmonopolización de amplísimos sectores de la economía. Esa tarea no se encaró con el vigor, la medida, ni con el coraje que debía ponerse en el empeño y los frutos negativos de tales carencias no tardaron en mostrarse.
Con todo, no puede dejar de reconocerse que las tibias acciones privatizadoras -aun mal implementadas y peor encaradas- importaron una mejora sustancial en lo que a la prestación de los servicios "privatizados" se refiere, si bien a un costo injustificable.
Gabriel Boragina es autor –entre otros- de los siguientes libros : La Credulidad, La Democracia, Socialismo y Capitalismo , etc.

La caja menguante

Por Gabriel Boragina ©

El fracaso temporal del gobierno en su esfuerzo por imponer un fuerte, duro y progresivo impuesto al sector agropecuario, motivó que los Kirchner tuvieran que pensar –rápidamente- en fuentes de financiamiento alternativas para paliar la dificilísima situación económica en la que se encuentra la administración nacional.

Son varios los frentes económicos que el gobierno debe resolver ante el agotamiento de "la caja" y -todos ellos- de la mayor urgencia; al mantenimiento de la enorme estructura burocrática que han sabido crear y acrecentar mediante un descomunal gasto público, ha de sumársele el vencimiento inminente de la deuda pública y pago de otras obligaciones internacionales, subsidios comprometidos con los punteros políticos para conservar el clientelismo que fue –como ya es sabido- su base de operaciones estratégicas, y –desde luego- la voracidad y avidez personal, propia y característica del matrimonio patagónico reinante, por engordar sus alforjas, hasta donde la inmensa paciencia y parsimonia de los argentinos se los permitan.

Esta latente (como el propio gobierno lo ha anunciado) el replanteo y -llegado el caso- la imposición como fuere, del frustrado proyecto fiscal que recibió el eufemístico nombre de "retenciones" y que fuera rechazado por el senado de la nación, mediante el voto negativo del vicepresidente Julio C. Cobos. Pero hasta que las condiciones políticas se vuelvan a presentar favorables (léase: hasta que el gobierno constate que el pueblo se haya olvidado definitivamente del tema, como ha ocurrido -repetidamente- con tantas otras cuestiones y escándalos hasta hace poco sonados y ya olvidados) los Kirchner se ven impelidos a obtener recursos dinerarios de otras fuentes. El problema consiste, justamente, en que la mayoría de tales fuentes están agotadas.

Cerrado el financiamiento internacional, tanto por el repudio de la deuda externa e interna, como por el progresivo desmantelamiento de las instituciones, desalentando las inversiones extranjeras llevado a cabo por los K, han debido recurrir -una vez mas- al aliado político e ideológico venezolano, el socialista Hugo Chávez, quien ha adquirido bonos argentinos a tasas de usura, al son que el índice del riesgo-país crece a niveles acelerados y mas que preocupantes por las erradas políticas económicas y diplomáticas de la pareja "imperial".

Consecuentemente –y aquí de conformidad a sus presupuestos ideológicos- el matrimonio K ha emprendido un proyecto de re-estatización de varias empresas –otrora a cargo del estado- que habían sido "privatizadas" en la década anterior. En realidad, por mucho que jurídicamente se mantenga una estructura formal de orden y apariencia "privado", lo cierto es que, en términos reales, la economía -en general- se encuentra fuertemente estatizada, primordialmente mediante los tristemente célebres controles de precios impuestos desde la secretaria de comercio de la nación, lo que implica que muchas empresas que el vulgo considera "privadas" (simplemente porque sus titulares estarían fuera de la órbita burocrática), en realidad se encuentran estatizadas por la vía de los precios políticos fijados desde esa misma órbita.

En otro orden, la fuga de divisas, sea por falta de inversiones o por su erradicación –producto de muchas de las medidas antes enumeradas- obliga al banco central a incrementar la tasa de emisión monetaria, en otros términos, a aumentar la inflación, con el consabido efecto de distorsión de los precios relativos, causa principal del descalabro económico que -por todos los sectores- evidencia el país.

Todos estos hechos -que solo el gobierno y sus socios niegan en tanto el resto del mundo dentro y fuera de la Argentina observa con sorpresa y pasmo-, son producto de las políticas que, desde el arribo mismo al poder del matrimonio Kirchner, no han hecho otra cosa que llevar al país de un fracaso al siguiente. Las excusas esgrimidas para justificar el aumento de la presión fiscal han sido tragicómicas, porque -bien vistas- han representado una cabal confesión de la pareja tiránica respecto de cómo le han mentido al pueblo durante toda su larga gestión.

En efecto, dijeron los K que las retenciones irían destinadas a mejorar la distribución del ingreso y evitarían -al mismo tiempo sostenían- el incremento de la inflación que, -hasta hace poco- negaban. Ahora bien; la pregunta lógica que cualquier persona de escasas luces se haría en este caso es la siguiente: si hoy es necesario –según los K- imponer retenciones para mejorar la distribución del ingreso, ello implica que hasta el presente, esa distribución no se hizo en modo alguno, o si se hizo, no se hizo bien, lo que -a la vez- nos lleva de la mano a la conclusión de que el propio gobierno esta admitiendo –por esta vía- que la pobreza no se ha reducido en su gestión, como en contrario asegura desde hace años atrás.

Por lo demás -y siguiendo la extraña gama de absurdos expuestos por los K repetidamente- cabría (siempre con escasas luces) volver a preguntarnos lo siguiente: si durante un lustro no pudieron evitar ni reducir la inflación ¿cuál es la garantía de que podrán hacerlo en el lustro siguiente? ¿No han pagado ya los argentinos un alto costo social, lo suficientemente gravoso como para seguir confiando en la impericia de dos facinerosos usurpando el poder político?. No creo que haya una lectura más clara de la patente confesión de incompetencia efectuada por el par de siniestros gobernantes argentinos.

Si a la pareja Kirchner se les pudiera aplicar el célebre aforismo jurídico por el cual "nadie puede alegar su propia torpeza", estos dos personajes serían los campeones mundiales de la hipocresía y los eternos derrotados en todos los fueros jurídicos donde –efectivamente- se aplicara el apotegma citado.

En una palabra, con la medida de las retenciones han admitido -en los hechos- que lo que dogmatizaron en el discurso durante toda su gestión fue -descarada e hipócritamente- falso. En todos los casos, se trata la admisión del fracaso de su gestión de gobierno, con lo cual, lo más honesto que podrían -hoy por hoy- hacer, sería que renunciaran y que convocaran –anticipadamente- a unas prontas elecciones.

Para los Kirchner el dinero es poder y el dinero se acabó. Vano es esperar que sacrifiquen algunos centavos de su enorme fortuna para poder mantenerse en el poder; como socialistas que son no están ideológicamente preparados para ello. Y en el mismo carácter, solo conocen un medio de hacer dinero: esquilmando y saqueando a los demás.

Gabriel Boragina es autor –entre otros- de los siguientes libros : La Credulidad, La Democracia, Socialismo y Capitalismo.

Cobos ¿presidente?

Por Gabriel Boragina ©
El voto adverso de desempate del Vicepresidente de la Nación Argentina, Julio César Cleto Cobos, en la sesión del Senado en la que se definía la suerte de un fuerte impuestazo contra una de las mayores actividades productivas del país –posiblemente la mayor de todas- negativo a la pretensión del poder ejecutivo nacional –a la sazón, monopolizado por el matrimonio Kirchner- debió haber configurado un hecho natural e intrascendente, si se hubiera dado en un contexto institucional democrático. Como dicho marco es inexistente en la Argentina, la oposición del vicepresidente Cobos, representó -casi- un acto revolucionario, visto por muchos, como un evento de verdadera resistencia a la tiranía.
La oposición política partidaria en la Argentina, desde el arribo de los Kirchner al poder, sufrió dos tipos de procesos destructivos: externo e interno. El externo fue decididamente encarado por el propio matrimonio gobernante desde el primer día de su gobierno, mediante distintos mecanismos, donde destacó -y sigue destacando- el soborno, mediante dinero, cargos o puestos políticos, como procedimiento principal. Podemos llamar a este primer proceso de "liquidación". El segundo, fue de "auto-liquidación"; donde los partidos opositores se "licuan" a sí mismos, se opacan o se entibian (sea por propias carencias o por efectos del primer procedimiento, y/o por combinación de ambos), todo lo cual, los tornan inoperantes como oposición. Ha de sumarse a ello la falta de apoyo de la ciudadanía, por desinterés, producto –en cierta medida- del hartazgo producido por varias décadas de prácticas políticas corruptas, causantes de la indiferencia de la mayor parte de la población. El último presidente con un significativo respaldo electoral fue -sin duda- Carlos Menem (sin abrir con ello, juicio personal respecto de su gobierno en sí mismo). De Menem hacia aquí, resulta evidente que los diferentes personajes que pasaron por el gobierno hasta el presente ocuparon el poder ejecutivo por abstención.
La sociología (y psicología) política argentina es caudillista en primer orden, y corporativista en segundo lugar; esto hace que se valore la figura personal del político por encima de la estructura partidaria a la que pertenece, que pasa a un segundo plano. Caudillismo y populismo son primos hermanos, y en esta disposición socio-política, el carisma del líder es fundamental. En Argentina, los personajes que reunieron estas características (que pueden verse como defectos o virtudes, de acuerdo a la posición política del lector) fueron los que más tiempo detentaron el poder político. El caso paradigmático fue J. D. Perón quien desde 1946 hasta 1974, aun derrocado y exiliado en el ínterin, mantuvo su liderazgo y su gravitación política, producto –meramente- de su alta popularidad, consecuencia –a su vez- del carisma del que hablamos.
En menor medida, -y salvando las consabidas distancias- Alfonsín y Menem lograron sus ascensos y permanencias en el poder por razones análogas. El matrimonio Kirchner nunca consiguió -ni siquiera mínimamente- las mismas cotas de popularidad que los nombrados antes. Kirchner era un virtual desconocido en el ámbito nacional antes de 2003, pese a su larga gobernación en la provincia de Santa Cruz y su subida al poder fue mediante una oscura elección –producto de menos claras maquinaciones- donde, "compitiendo" contra cuatro candidatos de su mismo partido, obtuvo apenas el 22 % (oficial) de los votos (extraoficialmente se supo –mas tarde- que apenas rozaron el 16 %).
Esta contundente falta de apoyo popular, lo obligó a crearse -y crear en la sociedad- una imagen de "poder" entendido como "fortaleza". En lugar de hacerse "popular" (como lo fueron sus antecesores) eligió hacerse "fuerte" articulando una figura de "dureza", para lo cual echó mano a los recursos de la nación financiando dudosas encuestas y sondeos de opinión (que lo daban siempre en "positivo"). Pero, como dicen que dijo Lincoln, (no sé sí exactamente en este orden) : "se puede mentir a pocos mucho tiempo, o mentir a muchos poco tiempo, lo que no se puede es mentir a todos, todo el tiempo".
Como Kirchner no pudo, no supo o no quiso hacerse popular, intentó hacerse "fuerte", y el resultado fue que terminó convirtiéndose en un déspota, y el poder -como la violencia- engendra mas y mas poder. Las medidas de su gobierno se fueron tornando mas y más opresivas, sin oposición partidaria política organizada, y sin limites aparentes, hasta que llegó el famoso voto de Cobos (vicepresidente de su propio gobierno, o el del títere de su mujer K, lo mismo da para el caso).
Como le sucede a todo impopular aspirante a tirano, a medida que se hace más abusivo, su poder va menguando, porque la resistencia que genera en los oprimidos es cada vez mayor. En el caso de los argentinos, los sojuzgados carecían de una oposición política partidaria que los represente y que le diera cauce a esa repulsa –desorganizada, pero creciente-, hasta el voto negativo de Cobos, donde la reacción civil -ampliamente mayoritaria- luego del gesto del mendocino, vio en él la oportunidad para el surgimiento de una verdadera oposición política partidaria y orgánica.
Sin embargo, nadie sabe, excepto el mismo Cobos (o quizás ni él mismo), si se decidirá a asumir ese papel protagónico a fondo. A juzgar por sus dichos y actitudes posteriores al acto de su voto, no esta en sus intenciones asumir el rol opositor dentro del gobierno del que forma parte. Y posiblemente sea sincero cuando lo dice. Es muy probable que la ciudadanía haya depositado falsas expectativas en su persona, producto de la tensión que vivió el país durante los meses en que el conflicto entre el gobierno y el sector agropecuario argentino no cesaba de aumentar.
Ideológicamente J. C. Cobos comparte las premisas estatistas e intervencionistas del matrimonio Kirchner, y –aparentemente- su primera gran diferencia con estos últimos fue en cuanto a los métodos toscos, violentos y rústicos con los que la pareja gobernante intenta -a toda costa y a todo trance- imponer sus manías políticas. Ese parece haber sido el único sentido de su voto negativo en el senado. No se advierte en él una clara actitud rupturista con el gobierno, la que por lo demás, la niega en forma permanente.
Probablemente, los acontecimientos se precipiten en contra de los deseos de los tres (Cobos y los Kirchner) y quizá -en breve- Cobos sea vea obligado a asumir la presidencia de la nación hasta completar el mandato de la presidencia vacante. Qué hará en ese caso, es –naturalmente- imposible saberlo hoy. Lo único que parece bastante probable es que -al menos inicialmente- ascendería al poder con un apoyo popular muchísimo mas grande que el de los desgastados Kirchner, lo que no sería nada despreciable frente al caótico escenario en el que le tocaría gobernar hasta la próxima elección.

¿Y ahora, como sigue esta historia?

Por mucho que trate de disimularlo, la crisis ha llegado al gobierno. Digo que ha llegado al gobierno porque el país hace rato que esta en crisis, el gobierno Kirchner no hizo mas que profundizarla y hasta el conflicto con el campo, no se vio alcanzado por ella. Ahora la situación es diferente, porque la crisis del país -que el gobierno contribuyó a agravar-, luego del enfrentamiento con el campo y la ciudad, llegó -finalmente- al gobierno mismo.
Sin embargo, hay que tener mucho cuidado de no confundir la crisis del gobierno con la de los dos personajes que lo usurparon, me refiero, por supuesto, al matrimonio Kirchner. Ellos están fuera de toda crisis, habida cuenta que, durante muchos años, han acumulado una fortuna suficiente como para pasar el resto de sus vidas a cubierto y a seguro de cualquier crisis que pueda imaginarse. De allí que, insisto, no debe mezclarse la suerte del gobierno con la de estos dos personajes. El gobierno puede fracasar sin que queden afectadas sus riquezas personales, seguramente ya a salvo en destinos extranjeros.
Recurrentemente en estos días, se ha comparado la situación de la Argentina como semejante a la del Titanic. Adelanto a mis queridos lectores que no soy un experto en la historia del Titanic, pero hasta donde pude saber, se trataba de un gran trasatlántico, aparentemente el mas moderno y grande de su época, que se suponía (y se proclamaba repetidamente) inhundible y que apenas en su viaje inaugural chocó contra un iceberg y se hundió rápidamente.
La analogía tiene sus puntos débiles, porque la Argentina no es, ni la más grande ni la más moderna nación, ahora, si con esa comparación se quiere ilustrar que su rumbo es ir directo al iceberg para chocar contra él, en ese caso, es plenamente aceptable, pero con una pequeña diferencia; que entre tanto los pasajeros siguen al borde del barco, sus dos capitanes (la pareja K) controlan y dirigen el navío a control remoto, pero cómodamente ubicados a corta distancia del buque, en un bote salvavidas, bote que, sin embargo, es lo suficientemente grande y espacioso como para que en él quepan –cómodamente- todo el gabinete ministerial, gobernadores, legisladores y empresarios amigos. Y los pasajeros en desgracia están compuestos –claro esta- por los millones de habitantes que, entre argentinos y extranjeros, residen en esa "nave-país" llamada "Argentina" . Es decir, que cuando llegué el momento de la fatal colisión contra el "iceberg" de la realidad, los que se hundirán irremediablemente serán los ocupantes del buque y no los capitanes K ni la tripulación a salvo en la distante, pero -a la vez- medianamente cercana, lancha salvavidas de la impunidad, la prebenda y el privilegio en el que -de antemano- se han cuidado muy bien de refugiar.
Los dos capitanes K y la tripulación de ministros, legisladores, gobernadores y empresarios adictos, posiblemente no vean el "iceberg" de la realidad hacia el cual, mediante control remoto dirigen a la nave mayor, o quizás lo vean cuando ya sea demasiado tarde, es decir, puede ser que produzcan el choque, ya sea por su podría impericia en materia de pilotaje, tanto como, por su propia maldad, ya que es visible que los capitanes Kirchner y los tripulantes (por ejemplo D´Elía, Bonafini, Verbitzky, etc.) odian a buena parte de los viajeros del trasatlántico. Pero desde el punto de vista de estos últimos, las motivaciones e intenciones de los tripulantes son indiferentes, de lo que se trata para ellos es de evitar el escollo y llevar la nave a buen puerto.
Con todo, lo cierto es que, de producirse el encontronazo con el duro hielo marino, la tripulación (el gobierno) saldrá ilesa, y el resto de los pasajeros (la nación) se hundirán irremediablemente. La única manera de evitar este desenlace es que los pasajeros ocupen prestamente el bote salvavidas, le quiten el control remoto a los dos capitanes K y nombren -en su lugar- a un nuevo capitán, que dirigiendo la nave con la maestría propia de los grandes navegantes, la aleje del peligro de la embestida contra el "iceberg" de la realidad.
Mi deseo es, claro esta, que la nación no se estrelle, por culpa de los capitanes K y su séquito de adulones tripulantes, que ningún daño sufrirían si ello ocurre. En todo caso, lo deseable que es que se hunda el mismo bote salvavidas con la tripulación completa, pero difícilmente ello sucederá. Los capitanes K saltaron hace tiempo del barco que aun intentan "controlar" por cuanto desde la misma cubierta de la nave hay quienes todavía los aprovisionan de alimentos y víveres. Es cierto que tienen lo suficiente para vivir tranquilos en el bote salvavidas lo sobradamente grande como para que no padezcan de ningún sobresalto por el resto de sus vidas, pero la ambición de los Kirchner es tan infinita que lucrarán hasta donde les sea posible y les sea permitido, proveyéndose de las mismas existencias del barco "madre" hasta el final, del que ya tienen casi certeza que se va a hundir.
Tal es –creo- la situación en la que se encuentra la Argentina al día de hoy. De entre los pasajeros de tal hipotético "Titanic" ha de surgir el nuevo capitán que le quite el control remoto a los Kirchner y salve al "buque-nación" del irremediable colapso al que la pareja patagónica lo conduce fatalmente. Ese es, precisamente, el rol de la oposición, arrebatar el liderazgo al capitán y -sin duda- creo que este es un buen momento para ello. ¿Qué partido o figura podría surgir de la oposición política para tal fin?. Es muy difícil, hoy por hoy, contestar esta pregunta, porque la primera respuesta que se me ocurría es: ninguno. Algunas encuestas –las que nunca gozaron de mi confianza- indican a Cobos y Carrió, entre los posibles. No importa mucho el nombre de quien sea, lo importante es que capte claramente la señal de la sociedad y se de cuenta que hay que cambiar el curso de navegación para que el buque no se destruya contra el "iceberg" de la realidad. Y es deseable que ello –el surgimiento de una oposición fuerte, valiente y decidida- aparezca pronto, antes que la distancia con el iceberg se haga cada vez mas corta y el desenlace parezca inevitable.
Gabriel Boragina es autor –entre otros- de los siguientes libros : La Credulidad, La Democracia, Socialismo y Capitalismo.

El Derecho (7° parte)

Por Gabriel Boragina © “F. La coerción jurídica en la práctica. Saliendo ahora del aspecto puramente filosófico y emplazando el tema...