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Impuestos reales y personales

 Por Gabriel Boragina ©

La finalidad del impuesto es llenar las arcas de un fisco voraz. Esta finalidad está clara para todo el que paga o debería pagar un impuesto. Es cierto que, la mayoría de la gente cree que los impuestos los pagan los ricos solamente, pero ello es falso. Una mayoría de la gente piensa que no paga impuestos, sino que siempre el que paga más es "el otro" que tiene más.

La masa ignorante no sabe nada de impuestos, y los movimientos sociales que se producen son simplemente porque la gente ve subir los precios de los productos que consume sin tener en claro si es por los impuestos o simplemente porque los comerciantes y empresarios suben los precios (esta es la explicación que dan los marxistas, que son mayoría en el mundo).

En cambio, las personas de medianos o altos recursos, si saben cuándo le están aumentando los impuestos y se resisten (aunque no todos) pero no por medios violentos sino a través de la evasión fiscal, aunque en baja proporción y sin ningún peso político para modificar la indeseable situación.

"a) Impuestos reales y personales. Los primeros son los que gravan la riqueza objetivamente considerada, es decir, sin atender a la situación personal del que la posee. Ejemplos: el impuesto sobre las tierras, sobre las casas, sobre la riqueza mobiliaria. Si bien en los tiempos pretéritos existía el impuesto personal bajo la forma de capitación, subsiste en los modernos bajo otras formas, menos directas y se considera que son impuestos personales "los que gravan la riqueza subjetivamente", es decir, atendiendo a la situación económica del contribuyente, según resulte de su renta o de su patrimonio: ejemplos, el incomex tax, de Gran Bretaña y el Einkommensteuer alemán, antecedente del impuesto a los réditos nuestro."[1]

En primer lugar, la riqueza se considera o se valora -mejor dicho- de manera subjetiva, nunca objetiva. Cada persona tiene una valoración diferente sobre las mismas cosas. Se llame riqueza o como se la quiera designar, las valoraciones que recaen sobre ella (y aquí el plural nunca mejor utilizado) siempre serán disimiles, con lo cual la cita comienza con un grosero error. Al fisco no le interesa la historia personal, familiar, sentimental, etc. del contribuyente sino aquello que -en el momento de la imposición- cada persona tenga efectivamente en su haber, pero nada de esto implica caer en el error de creer en valoraciones "objetivas" que nunca existen.

La capitación se abandonó porque, en realidad, no rendía frutos al fisco. Imponer un impuesto de 100 al que en su haber solamente tenía menos de 100 o 0 no rendía al fisco ningún fruto económico. Se usaba antiguamente para perseguir a opositores o disidentes al régimen (en cierto sentido, hoy día también se lo hace, solapada o abiertamente) algo que de alguna manera -y sin especificar las verdaderas motivaciones- admite el autor en comentario.

En lo demás, se alude a las rentas, tema ya tratado anteriormente, pero la distinción que se hace entre gravaciones subjetivas y objetivas no tiene ningún sustento ni teórico ni factico toda vez que como queda dicho todas las valoraciones son subjetivas. Seguramente las valoraciones que el fisco y el titular de los bienes o rentas les den a los mismos serán disimiles, pero siempre -tanto en un caso como en el otro- esas valoraciones siempre serán subjetivas (o del fisco o del expoliado).

"Ello no obstante, la antigua diferenciación entre impuestos reales y personales va siendo superada en la actualidad y todos los impuestos se consideran reales, todos consisten en prestaciones pecuniarias; pero mientras unos consideran la riqueza en sí misma, otros la consideran en relación con la situación económica del que debe pagarlos. Puede decirse, afirma un escritor, que hoy día no hay impuestos personales y reales, sino más bien reales-objetivos y reales-subjetivos."[2]

La última es otra clasificación absurda de todas las que el autor ha venido exponiéndonos, objeto de puro academicismo a la que los juristas -sobre todo- son muy afectos como ya expresamos. En la línea de la terminología que utiliza la cita, podemos decir que todos los impuestos son reales y, en ese sentido, podemos quizás tener una pequeña coincidencia con lo que el párrafo expone. Reales en el significado de lo ya dicho: al fisco sólo interesan los bienes materiales del expoliado, sea en especie o en dinero, con prescindencia a quien sea el titular de los mismos al momento de la imposición. Centrará su atención en el sujeto únicamente si posee los bienes que el fisco tiene en la mira para extraer de ahí el objeto expoliado.

Al evaluar los bienes sobre los cuales el parásito fiscal hincará sus dientes evaluará si los costos de recaudación superan el valor venal de esos bienes y, en caso de que esos costos estén subvaluados en relación a los beneficios que los bienes le reporten, procederá al acto expoliatorio. Ninguna otra consideración hace el fisco al respecto, excepto emplear la ecuación costo-beneficio que efectuamos todos cuando emprendemos cualquier acción. En ese aspecto, el parásito fiscal opera con la misma orientación, porque quien evalúa -al fin de cuentas- siempre es un ser humano, que tiene la decisión evaluatoria final, por más que se esconda y se escude detrás de una máscara o entelequia (fisco, "estado", gobierno, ministerio, etc.)

"7. El impuesto único y la multiplicidad de impuestos. En la práctica todos los sistemas impositivos son múltiples, atribuyéndole a tal sistema numerosas ventajas, entre ellas: 1") adaptación de los impuestos a la diversa naturaleza de las riquezas gravadas, lo que no puede conseguirse con el impuesto único; 2') corregir con unos impuestos las inevitables desigualdades inherentes a otros; 3") hacer la tributación menos sensible a los contribuyentes; 4") dar al sistema tributario la extensión y elasticidad necesarias para que rinda cuanto sea preciso para subvenir a los gastos públicos."[3]

Sigue sin cuestionarse el impuesto en sí mismo sino cual es la mejor forma de aplicarlo. Claro que se analiza desde el punto de vista del recaudador: qué es lo mejor para el sin tener en consideración que se está expoliando a otro. ¿Cuál es la mejor manera de expoliar al prójimo? ¿Robamos a todos en un sólo acto, o dividimos el robo en diferentes actos? Esa sería la pregunta de fondo: ¿muchos robos a cada uno o uno sólo directo a todos? Este es el verdadero "drama" fiscal.


[1] Mateo Goldstein. Voz "IMPUESTOS" en Enciclopedia Jurídica OMEBA, TOMO 15, letra I, Grupo 05.

[2] Goldstein, M. ibidem.

[3] Goldstein, M. ibidem.

El voto político y el voto económico

Por Gabriel Boragina ©

La profunda politización en la que nos encontramos sumergidos produce distorsiones en nuestra visión y apreciación de los hechos vitales, los que por efecto de aquella politización, tendemos a ver y a interpretar solamente desde el ángulo político.

Esa politización cultural, nos empuja a no encontrar relaciones entre nuestros actos cotidianos por un lado y los actos políticos por el otro. Confundimos los actos políticos con los actos "de los políticos", y si bien esto ultimo es cierto, el ámbito de la expresión "actos políticos" es mucho más amplio. Todos nosotros, actuemos o no en política partidista, realizamos a diario actos políticos, que como he explicado muchas veces, no se agotan -como la mayoría cree-, en votar políticamente cada dos, cuatro o seis años, según el país en cuestión, sino que, como dijimos, son cotidianos.

El tema es difícil de explicar, además, por la carencia de un vocabulario especial para distinguir los diferentes tipos de elecciones que hacemos los seres humanos, y porque también, las relaciones causales parecen tan remotas, que una persona común, normalmente, no las advierte. Sin embargo, estas relaciones causales existen, son profundas y actúan en forma permanente.

Llamamos voto político al voto que, según los diferentes países que se consideren, se emite solamente cada dos, cuatro o seis años normalmente. Y voto económico, lo definimos como aquel que articulamos cuando gastamos nuestro dinero o lo invertimos en cierta actividad que -directa o indirectamente- tenga alguna relación o influye en acciones políticas o afectadas a la política.

Los impuestos

Todos los gobiernos del mundo desarrollan –lamentablemente en mi opinión- actividades económicas que deberían esta reservadas a los particulares; en doctrina económica, este fenómeno habitual se denomina intervencionismo

De momento que la esencia de todo gobierno es cobrar impuestos –muchos o pocos- este hecho, implica ya de por sí, un grado de intervención que será mayor o menor, en función de la cantidad de impuestos que se cobren y de la alícuota de cada uno de ellos. 

Es decir, todo gobierno interviene en la economía, como mínimo, cobrando impuestos, y como máximo, dirigiendo toda la economía, como postula el colectivismo. 

El camino que va desde la desregulación completa de la economía, a la regulación total de ella, admite muchos estadios intermedios y numerosos grados, encontrándose las economías mundiales –generalmente- en puntos más lejanos o más cercanos en esa escala. Hay así, gobiernos poco intervencionistas, otros muy intervencionistas y, por último, están los completamente intervencionistas.

Como decíamos al comienzo, el grado de politización de la gente es tan alto que los políticos nos han acostumbrado a ver el intervencionismo como un fenómeno "normal" en la vida económica, y de allí que prácticamente nadie considere anormal pagar impuestos. 

Cabe señalar al lector no habituado a temas económicos, que la palabra "impuesto" tiene en economía un sentido mucho más amplio al que se le da en el lenguaje coloquial. No solo comprende los conocidos "impuestos" a las "rentas o ganancias, IVA, ingresos brutos, netos", etc. nombres que van variando en un sentido o en el otro, de país a país. Sino que abarca un espectro mayor, que va desde los nombrados antes, hasta todo acto o hecho del gobierno que implique una detracción del ingreso o del consumo. 

Seguramente, el lector habrá leído o escuchado hablar –alguna vez- del impuesto inflacionario. Varios profesores de finanzas hablan de impuestos nominados e innominados. 

Para no obligar al lector a hacer un curso de finanzas -que no es, por cierto, la idea-, digamos -simplemente- que hay impuestos que, si bien no tienen nombres específicos (como el IVA, Rentas, Ganancias, etc.) o aun las leyes ni los mencionen, no solamente existen, sino que castigan de diversos modos los bolsillos de la gente. 

La inflación, por encontrar un ejemplo cercano y un nombre con el que la mayoría, a ciencia cierta, estará familiarizada, es un modelo típico de impuesto innominado, que como bien se dice y resulta enteramente cierto, el gobierno nos cobra a todos y todos nos vemos obligados a pagarlo.

Los gobiernos, que subsisten todos sin exclusión, gracias a los impuestos (en el sentido amplio del vocablo que dimos arriba) tienden a elevarlos lo máximo posible, y las personas que los pagan, tienden a evadirlos –también- en la mayor cantidad y calidad posible. Estos son comportamientos perfectamente racionales, tanto por parte de los gobiernos como por parte de los mal llamados "contribuyentes" (mal llamados, porque "contribuyente" es el que "contribuye" y por definición, toda contribución es voluntaria, cosa que no es -por cierto- el caso del impuesto, que de "voluntario" nada tiene).

Los gobiernos miden su grado de popularidad y aceptación entre la ciudadanía por los resultados de las encuestas en parte, pero -aunque sea un hecho poco conocido-; un índice más "riguroso" al que atienden, -especialmente los "técnicos" de su staff- es el nivel de su recaudación tributaria, si esta es alta, interpretan que su "aceptación" por parte de la ciudadanía también lo es proporcionalmente. 

Pero ocurre, que los gobiernos suelen estar "asesorados" por pseudo-economistas, que casi siempre, aconsejan muy mal a sus jefes ejecutivos y pierden de vista –o lo ignoran- que una alta tasa de recaudación tributaria no es indicativa de "popularidad", en razón –justamente- de la obligatoriedad del impuesto. 

Lo que sí es indicativo, -pero en términos negativos- es su inverso, la tasa de evasión fiscal. Por vía de la recaudación tributaria, un gobierno jamás puede saber cuan "popular" o "aceptado" es; Si, en cambio, solo puede saber mediante ella, que grado de rechazo despierta entre la ciudadanía, ese índice lo refleja -como dijimos- la tasa de evasión fiscal. Esto sería un ejemplo de lo que he llamado voto económico, en este caso, es un voto económico en contra del gobierno.

Claro que esto es un simple ejemplo, sencillamente explicado, hay muchísimas formas mas en las que la gente puede y de hecho demuestra, económicamente, su aprobación o repulsa, a las políticas de su gobierno.

Emigrar físicamente suele ser el único caso que, a la gente simple, se le ocurre como modo de "protestar" o "quejarse" radicalmente de las políticas de su gobierno. Pero hay muchas formas de disidencia económica, más fuertes y efectivas que la emigración, sin necesidad de moverse de la casa de uno. Por lo demás, emigrar puede perjudicar en algo al gobierno local, pero lo hace más al emigrante mismo.

En realidad, los gobiernos, pueden ser mas eficazmente socavados desde dentro de las fronteras que desde fuera de ellas; existen múltiples vías y maneras de boicotear económicamente a un mal gobierno, y de hecho, aunque la gente no lo crea, todos los gobiernos del mundo de todos los tiempos, han caído cuando perdieron en grado significativo, el apoyo económico popular mínimo como para continuar en el poder.

            Paradójicamente ,el peor enemigo de un gobierno es su propio poder cuando este se le vuelve en contra por mal uso y -mas frecuentemente- por abuso..  

           Las guerras, revoluciones, golpes de estado, no han sido causas, sino más bien efectos de previas crisis económicas agudas. Si bien es cierto que hay crisis económicas provocadas por motivaciones políticas. No es posible hallar siquiera ni un solo ejemplo histórico en el cual una guerra, revolución o asonada cualesquiera, no hubiera sido precedida por una debacle económica de significación. 

            De allí mi insistencia –y creencia- en la mayor importancia que le doy a la soberanía económica que a la política, de donde he sostenido, que toda soberanía política deriva y depende, en ultima instancia, de la preexistente soberanía económica. Es esta última la que gobierna a la política y no esta a aquella. 

            Claro que, como expresaba al principio, lo que digo, suele ser lo contrario a lo que todo el mundo cree; y como también he respondido, la causa de lo ultimo, reside a su vez -considero- en el hecho de la profunda politización a la que nos vemos sometidos desde pequeños, ya incluso desde nuestras escuelas, y ni que decir el fenomenal lavado de cerebro que recibimos cuando accedemos a los claustros universitarios. Muchos –lamentablemente- se pierden casi definitivamente en este ultimo estadio universitario.

             Pero, esto no implica negar que la política intente doblegar a la economía, lo que efectivamente, hace, con resultados entre positivos y negativos, aun cuando, en el balance final, estos últimos superen a los primeros.

Politización

        Antes de abordar las características de los tipos diferentes de votos que nos encontramos analizando, quiero dejar bien aclarado a que me refiero con la palabra "politización" para no generar equívocos. Con el vocablo politización; no quiero decir que la gente "ame" profundamente la política y menos aun, a los políticos. Politización es un término que alude, mas bien, a un vivir pendiente de la política y/o políticos, ya sea para condenarla o bien aprobarla. Sus rasgos característicos se denotan cuando a todo sitio donde vayamos, escuchamos o leemos hablar 7, 8 o 9 de cada 10 veces de dos temas: la política o los políticos, o ambos al unísono.

            En las sociedades politizadas, la gente ve todo con ojos políticos o ve todo con un tinte político para mejor decirlo; así, éxitos y fracasos que –objetivamente-, tienen relaciones remotas con los políticos o la política, se atribuyen, de cualquier modo, a ambos o bien, a unos o a la otra. Además, en este tipo de sociedades todo, absolutamente todo, sea bueno o sea malo, se espera también, con la misma regla, de la política y de los políticos.

            Cuando advertimos a nuestro alrededor que esto esta sucediendo, no podemos abrigar entonces, ninguna duda de que vivimos en un ambiente politizado.

Características de ambos votos.

La característica principal (no la única) del voto económico que lo diferencia del político, es que el primero se emite siempre, diariamente y muchísimas veces por día. Esto se llama democracia de mercado, la que diferencié de la democracia política en mi libro La Democracia. Quizá queden mas claras las diferencias entre un voto y el otro mediante la elaboración del siguiente cuadro:

Voto económico

Voto político

¿Cuándo se vota?

Todos los días varias veces por día

Cada dos, cuatro o seis años.

¿Dónde se vota?

En los comercios, empresas, tiendas, empleos, bancos, etc.

En los lugares que fija la autoridad, por ejemplo en las escuelas, etc.

¿Con qué se vota?

Con moneda local o extranjera

Con papeletas, boletas o volantes de votación

¿Quiénes votan?

Todos los que tengan dinero o trabajen

Solo los que figuran en el padrón electoral

¿Cómo se contabilizan los votos?

Mediante balances, cuentas, estados de resultados, estadísticas, contabilidad, etc.

En las mesas de votación mediante el escrutinio.

Podríamos seguir enumerando diferencias entre los dos tipos o clases de votos pero haría sumamente extensa esta exposición, de todos modos, creo que con lo dicho al comienzo, mas la tabla comparativa que hemos insertado aquí arriba, el lector podrá tener una idea algo mas aproximada de lo que hemos pretendido transmitirle. Fundamentalmente, aspiro a que estos conceptos contribuyan a desintoxicarnos un poco de la sobredosis de politización con la que se encaran los temas electorales y hayamos podido dar una visión algo más amplia, que muestre la implicancia de las decisiones económicas en los fenómenos de índole política. En este punto no puedo evitar mencionar a la escuela del Public Choice con James Buchanan y Gordon Tullock a la cabeza, auténticos pioneros del análisis económico de los fenómenos políticos, alentando al lector interesado en leer sus trabajos, siempre tan provechosos en este terreno.

El peso de cada voto

Una diferencia importante entre el voto político y el económico es el peso relativo de cada uno de ellos. Si hemos comprendido que; cada voto político equivale a una papeleta o boleta que se introduce en una urna solamente cada dos, cuatro o seis años, según dónde se vote y lo qué se vota, en tanto cada voto económico equivale a cada unidad monetaria que cualquier persona gaste o invierta, rápidamente advertiremos que cada persona tiene tantos votos económicos como unidades monetarias tenga en su posesión disponibles para gastar o invertir. En otros términos, esto equivale a decir que el que más dinero tiene mas votos tiene en la democracia de mercado. En este sentido, será rigurosamente cierto que el poder estará del lado del que más dinero tiene.[1]

Entonces la pregunta a hacerse ahora es: en una sociedad cualquiera ¿quién o quienes son los que más tienen dinero?. Para responder adecuadamente a esta pregunta, que es absolutamente válida, porque con ella estaremos respondiendo de parte de quien estará el poder, debemos, antes, hacer algunas aclaraciones previas. 

En primer lugar, solo hay dos modos de obtener dinero en cualquier tipo de sociedad, pasada, presente o futura, aquí o en cualquier parte del mundo. Esos dos modos básicos de obtener dinero son 1.- por medio del trabajo, o 2.- por medio del robo (o hurto, términos que usaremos a estos fines como sinónimos). No hay una tercera manera de obtener dinero. En otros términos, el dinero siempre estará en posesión o de los trabajadores o de los ladrones.

Dos ciencias, la historia y las estadísticas, nos dicen que en toda época y lugar la proporción de los trabajadores siempre ha sido mucho mayor que la de los ladrones, lo cual es cierto, no solo porque la ciencia lo diga, sino porque podemos verificarlo empíricamente en nuestra vida diaria. Por mucho que nos impresionen las noticias policiales por su espectacularidad -numerosas veces deliberada- los ladrones y hurtadores del mundo, siguen siendo una insignificante minoría, con relación a su contraparte, los trabajadores.

No es difícil imaginar ni responder como obtiene dinero un ladrón o hurtador, todos lo sabemos, lo obtiene por medio del atraco, sea a mano armada, sea por fraude, estafa, legal, ilegal o como fuere. La constante en esta modalidad, es la violencia, y la resultante de esta violencia, es que la ganancia del asaltante es la pérdida de la víctima. Es un juego de suma cero, lo que gana el salteador lo pierde el hurtado. ¿A quienes roban los ladrones? Pues a los trabajadores, por lógica. Los trabajadores siempre son y serán las víctimas de los manilargos.

El trabajador –en cambio- gana dinero trabajando, es decir, ofreciendo un bien o servicio a los demás, que en la medida en que los demás lo valoran, se lo retribuyen con dinero. El destinatario del trabajo gana con el bien o servicio que adquiere y el trabajador también gana con el dinero que obtiene a cambio de su trabajo. Y si recordamos que la inmensa mayoría de la gente es trabajadora y solo una muy reducida minoría es ladrona, vemos pues que el mayor volumen de dinero esta entonces en manos de la masa trabajadora. Ergo, el poder económico siempre es de los trabajadores, y este poder económico es lo que a su vez, lo sepan o no, les da el auténtico poder político.

Poder político y económico

Lo anterior es cierto aun cuando también sea cierto que los cleptómanos siempre roban a los trabajadores. Por fortuna el hecho que los trabajadores numéricamente sean una enorme mayoría en relación a la minoría ladrona implica, por si mismo, que los cuatreros -por mucho que roben- solo pueden dañar en proporción a su número, es decir, poco. El daño que el cortabolsas hace el trabajador está en proporción y relación con su número, y siendo los cacos menos que los trabajadores, son pocos los de este último grupo los que resultan perjudicados por los atracadores.

Esta es la regla general que, sin embargo, admite una excepción de suma importancia, y es que esto es cierto solo cuando los ladrones no están al frente del gobierno. La única manera en que los hurtadores y ladrones puedan robar a todos (incluso entre ellos mismos) es únicamente cuando acceden al control del gobierno del país en cuestión.

Son los trabajadores pues los que en la democracia de mercado, tienen la mayoría de los votos económicos, votos que ejercen cotidianamente cada vez que gastan o invierten cada unidad monetaria que tienen en su poder. Votarán en contra del gobierno de turno –por ejemplo- cada vez que evadan un impuesto, o eviten depositar su dinero en cuentas de bancos, reparticiones, dependencias o empresas del gobierno para hacerlo –en cambio- en entidades privadas no reguladas por ese gobierno, o bien giren su dinero al exterior a cuentas del extranjero. También estarán votando en contra del gobierno de su país cuando se desprendan de la moneda local para adquirir a cambio divisas. Incluso, hay casos históricos de gobiernos que han sido volteados popularmente mediante este procedimiento, como el del ex presidente argentino Alfonsín que produjo una hiperinflación del orden del 200% mensual que disparó los precios a "la estratosfera" entre ellos el precio del dólar por efecto de la devaluación del peso. La inflación de Alfonsín produjo tal pánico en la gente, que nadie quería ya tener ni un segundo mas un solo peso argentino en su billetera y todo el mundo se lanzó en forma estrepitosa a cambiar pesos por dólares con lo que el peso de ese país se despeñó y continuó derrumbándose aceleradamente. Mas allá de las consecuencias económicas del desastre; a nuestros actuales fines, cabe destacar la consecuencia política de la medida de aquel gobierno, por la cual tuvo que dimitir, "anticipando" las elecciones presidenciales y la entrega del poder –en medio de un caos social de proporciones incontrolables- para que no se produjera un nuevo golpe militar como todos en aquel tiempo temían, ya que una situación análoga se había vivido unos años antes, durante el gobierno de Isabel Perón, cuya hiperinflación provocada por su ministro Rodrigo, determinó –sumado a la incursión de la guerrilla- su derrocamiento y la toma del poder por parte de los militares. Estos hechos, demuestran -entre otras cosas- como la economía siempre controla a los gobiernos cuando estos intentan controlar a aquella.

Lo verdaderamente ocurrido en este, como en tantos otros casos de caídas de gobiernos sea por vías electorales o por medio de golpes o derrocamientos, es que el peso del poder se volcó decididamente, desde los gobernantes hacia los gobernados. Por vías de hecho, el pueblo, harto, retomó su soberanía, cuyo ejercicio había delegado a sus "representantes", y terminó arrojando del poder a estos últimos. Naturalmente, que todo esto, no obedeció a un "plan" deliberado del pueblo ni de sus lideres, mas si tenemos en consideración, que la mayoría de los partidos políticos de entonces, -tanto como los actuales- no veían demasiado mal la política económica encarada por el gobierno alfonsinista.

Es importante advertir las consecuencias prácticas de lo que venimos exponiendo y que hemos ilustrado con dos casos históricos ocurridos en la Argentina. De allí, mi insistencia en la necesidad de instruir a la gente con nociones de economía básica, pero economía sana, no la basura keynesiano-marxista que de ordinario se enseña en colegios, escuelas y la mayoría de las universidades.

Recapitulando y resumiendo hasta aquí; el poder político se encuentra del lado de los trabajadores porque el poder económico también lo detentan estos, conforme demostramos renglones arriba. Para ser definitivamente claros, el lector deberá tener muy presente, que en todo lo hasta aquí dicho, no estamos utilizando la terminología y lexicografía marxista, siempre tan peculiar. Por ejemplo, cuando nos referimos al trabajador, con la palabra "trabajador" estamos designando a toda persona que trabaja, sea manual o intelectualmente. La aclaración es importante, porque según los lexicógrafos marxistas, un "trabajador" solo sería aquel que lo hace manualmente,[2] ya que por necesidad ideológica, para que sus dogmas "funcionen", los izquierdistas deben excluir a los trabajadores intelectuales de su característica definición de "trabajador". Caso contrario; se quedan sin la figura del "explotador" que resulta "esencial" para el dogma socialista.

De la misma manera que hemos explicado entonces antes como la gente puede votar económicamente en contra de un gobierno –solo dimos algunos ejemplos concretos de ello; pero la lista de ejemplos puede extenderse ad infinitum- también, desde luego, puede hacerlo a favor, gastando o invirtiendo en forma inversa a los casos que proporcionamos y de los que no dimos, pero el lector inteligente podrá deducir por sí mismo sin necesidad de muestras.

Esto, a su vez, nos permite hablar de dos tipos diferentes de popularidad de un gobierno especifico a saber; la popularidad determinadamente política y la popularidad económica. Por supuesto, como el lector ya habrá adivinado; nuestra tesis reside en que la popularidad política deriva en ultima instancia de la económica; no son dos tipos de estimaciones que estén completamente divorciadas, pero si pueden durante un tiempo mas o menos largo, caminar por carriles bastante diferenciados, aunque más tarde o más temprano se terminan encontrando, como en el ejemplo de Alfonsín y de Perón que dimos antes.

La popularidad política todos mayormente la conocemos. Es la que se mide a través de las encuestas y de los votos propiamente dichos, lo que aquí hemos llamado los votos políticos. Y la popularidad económica es la que se traduce mediante el voto económico. Como dijimos, pueden ser dispares durante algún tiempo, sobre todo en la mitad de una gestión de gobierno y suelen confluir al final de la gestión, llegando -como explicamos y ejemplificamos con hechos históricos- a precipitar la caída y el cierre de dicha gestión. Normalmente, los índices de popularidad política y económica de un nuevo gobierno, casi siempre son altos en sus inicios. Al comenzar un reciente gobierno, suele haber una cierta expectativa favorable por parte del electorado y según los casos, una buena dosis de credulidad en las promesas de la campaña que ha concluido, para dar paso al flamante gobierno electo. Casi como una regla general, al promediar la gestión de gobierno, ambos índices de popularidad empiezan a separarse en sentidos normalmente contrarios. En esta etapa intermedia, por así llamarla, el índice de aceptación política suele mantenerse estable, aunque muestra alguna declinación con relación a la primera etapa de inicio de gestión, y generalmente también, el índice de prestigio económico comienza a decaer. Esto ultimo sucede, por la sencilla razón, de que son pocos, muy pocos los gobiernos que tienden a reprimir sus ansias de expandir su poder interviniendo en la economía. Primero intervienen en un mercado, luego en otro mas acá, y más tarde en otro mas allá. Poco a poco, los tentáculos del enorme pulpo estatal se van extendiendo, y con ellos, la comunidad comienza a apreciar los primeros síntomas de asfixia económica, a los cuales reacciona, como explicamos, retirando sus votos económicos previamente otorgados al poder político de turno. Ya dimos varios ejemplos de esto.

Cuando decimos que la popularidad económica tiende a decaer, en lo que hemos llamado segundo tramo o la segunda etapa de la gestión de un gobierno, es importante aclarar que esto no ocurre necesariamente en razón de que la gente haya aprendido más economía o haya asistido a varios cursos economía después de haber votado. 

Generalmente la gente común tiene una idea muy pobre con relación a los conocimientos estrictamente económicos. Pero tiene una idea muy clara, aún en el caso del más ignorante de los ignorantes, respecto al valor de su dinero, y -concretamente- de su salario. Además, la mayoría de las personas suele medir la "bondad" o "maldad" de un gobierno con la de su propia fortuna. 

En otras palabras; para la gente común si durante el gobierno de fulano, a él o a ella personalmente le ha ido bien, en el sentido económico del término, es decir, por ejemplo, durante esa gestión ha conseguido un empleo, o no lo despidieron del qué tiene, o le aumentaron el sueldo, la tendencia es, sobre todo mas en las sociedades politizadas, que estas personas comunes, relacionen su buena fortuna económica, asimilándola y subordinándola con una buena gestión de gobierno.

Naturalmente, la mayoría de las personas, ignorantes en economía, no tienen herramientas ni tienen elementos como para diferenciar en qué medida su aumento de salario, o la oportunidad de empleo, tuvieron o tienen una relación directa con el gobierno que ejerce el poder en ese momento. No obstante lo cual, este tipo de relaciones a nivel enteramente psicológico y observables incluso como fenómeno sociológico, se verifica empíricamente.

Ahora bien, cabe señalar que a medida que el intervencionismo económico se acelera y se profundiza, la imagen positiva del gobierno empieza cada vez a ser menos y menos positiva, y como dejamos planteado, esto -a la larga- arrastra hacia la baja al otro índice: el de aprobación política, lo que demuestra, otra vez mas, el grado de dependencia de la política con relación a la economía.

Lo dicho sucede, inclusive, en los países donde no existe democracia política. Aun en ellos, sigue permaneciendo la democracia económica o democracia de mercado. Solo que en estas situaciones de totalitarismo político (que, naturalmente, procura extenderse a lo económico en lo fundamental), la democracia económica o de mercado, se suele denominar, en tales casos, con el nombre de mercado (o economía) negro, subterráneo, alternativo, oculto, informal, etc. variando de país en país la denominación que se le dé.

En los regímenes totalitarios, la democracia de mercado funciona, sí bien en forma -obviamente- clandestina, pero manifiesta para todo el mundo, incluso para los propios dictadores. Lo cual resultó notorio en un país que constituyó el paradigma del totalitarismo, tal como la URSS. 

La subsistencia del régimen comunista fue posible –exclusivamente- por la presencia de un enorme mercado negro; informal o paralelo que permitió que no muriera de hambre más gente que la que el comunismo exterminó mediante su política económica, (sin contar las ejecuciones violentas, torturas, fusilamientos, campos de concentración, etc.) nos referimos ahora –meramente- a la gente que, sin ofrecer aparente resistencia política, operaba económicamente en carriles diferentes a los oficiales. Lo hacían (aunque no lo supieran) en el circuito de la democracia de mercado, la única democracia genuina que actúa siempre, incluso en las condiciones más adversas, como puede ser el sistema totalitario comunista socialista. Y fue esta economía de mercado la que les permitió subsistir a aquellos ex soviéticos, quienes gracias a ella, sobrevivieron a la caída del régimen.

Naturalmente, si la democracia de mercado opera aun en condiciones tan hostiles como las que rigen en el absolutismo, cuyo fin principal es el obtener su completo exterminio sin lograrlo, con mayor razón, lo hace en aquellos sistemas que no alcanzan los extremos de dominación despóticos de los regímenes totalitarios.


[1] En esta exposición asumimos que el dinero del que hablamos posee valor. El poder del dinero reside en su valor y en ninguna otra cosa que no sea en este ultimo. El valor al que nos referimos es el explicado por la teoría de la utilidad marginal expuesta por la Escuela Austriaca de economía de Carl Menger y sus discípulos.

[2] En realidad el socialismo agrega un par de requisitos mas para poder entrar en la categoría de "trabajador" según la religión marxista. Para un colectivista, un "trabajador" además de hacerlo manualmente, debe "ganar poco" y llevar una vida "miserable". Solo si reúne estas "condiciones" marxistas, se podrá ganar el sujeto que así lo cumpla la calificación de "trabajador". Todo aquel que no cumpla ninguno de los tres requisitos mencionados, será un vulgar explotador chupasangre burgués...

Metodología de recaudación versus impacto fiscal

 Por Gabriel Boragina ©

"Las contribuciones indirectas, incluso las aduanas, figuran en los presupuestos de todos los países por una suma considerable y en algunos, puede decirse que estas constituyen los recursos principales para establecerlos. Sin embargo, el número de mercancías que así pueden imponerse es muy limitado, pues necesitan reunir dos condiciones que en ciertos sentidos son contradictorias: 1°, la de ser de mucho consumo, para ofrecer una base suficiente al impuesto; 2" la de no ser indispensables a la existencia, para no dar al impuesto un carácter demasiado injusto. Aquí tenemos simultáneamente la diferencia entre, los impuestos directos e indirectos. Sin embargo, en la doctrina, la diferenciación y la definición de unos y otros, no es tan sencilla."[1]

Ya nos resulta familiar la falsedad contenida en este párrafo, se trata de la tantas veces vista falacia ad populum: como todos los países cobran impuestos indirectos el autor utiliza esto de "argumento" para concluir que, porque lo hacen "todos" eso "está bien" (¿?), y se acabó la discusión. Echa mano a este artilugio desgraciadamente difundido en el debate de la cuestión.

En el caso, nos pretende convencer que como los impuestos indirectos figuran en todos los presupuestos, es fundamental para los presupuestos que existan recursos indirectos. El absurdo es manifiesto. Pero se intenta presentar como un "argumento" de nivel jurídico y hasta académico cuando no resulta más que un burdo disparate. Estos son los llamados impuestos al consumo que, en realidad, lo son todos porque todo impuesto termina gravando el consumo, directa o indirectamente, de hecho o de derecho, no importa cómo, la consecuencia siempre es la misma.

Sorprendentemente, el autor encuentra una contradicción que -en realidad- es obvia, y no sólo en "ciertos" sentidos sino en todos ellos. Pero vayamos a la realidad: estos impuestos que son al consumo, en la práctica de nuestros días, se aplican absolutamente a todos los productos existentes en el almacén o el supermercado, alcanzan decididamente a todas las mercancías, inclusive a las que muchos llaman "de primera necesidad" con lo que queda patentada la poca o nula "sensibilidad social" del fisco tan cacareada por los propios agentes fiscales, tanto como por estos teóricos que los apañan. La imposición alcanza pues a artículos de mucho consumo, incluidos los indispensables. Y esto es más importante que las clasificaciones puramente académicas, que son el núcleo de los intereses del autor en análisis.

"Así hay quien establece que, desde "un punto de vista práctico, tomando como criterio para la distinción el "método administrativo de recaudación", se conoce como impuestos directos los que se recaudan nominal, regular y periódicamente a los individuos inscriptos en las listas, registros o matrículas formadas por la Administración de Hacienda; e indirectos los que se recaudan de un modo intermitente a persona indeterminada y con arreglo a las tarifas referentes a las cosas o a los actos objeto del impuesto, en las que no se tiene para nada en cuenta la personalidad de quienes hayan de pagarlos. Esta distinción, al tomar por base caracteres extrínsecos a la naturaleza esencial de los impuestos, incurre en notorio empirismo"."[2]

No interesa la forma o método de recaudación. Es irrelevante si el expoliado está inscripto o no inscripto en listas, registros o similares. Lo que interesa es cómo repercute el impuesto en el patrimonio y no la vía por la cual llegan a hacerlo. Desde este punto de vista (repercusión) todos los impuestos son directos al patrimonio, aunque los métodos de recaudación difieran (inscripciones en registros, etc.). Tampoco importa si el expoliado está o no individualizado sino si tiene patrimonio o no lo tiene, ya que el impuesto va directo contra él. Sin embargo, el autor se preocupa por la metodología, que podrá ser más o menos cruenta, pero interesa el destino y no el camino. Y en el destino -cuando el impuesto arriba al mismo- el impacto sobre el patrimonio dañado siempre es directo.

Es indistinto si el fisco conoce o no al contribuyente, ya que lo que le importa no es la persona del contribuyente sino su patrimonio, porque sobre este se calcula el impuesto o, aunque se lo haga sobre ciertas partes de su patrimonio (capital, renta, etc.) el gravamen a cualquiera de esas partes repercutirá negativamente sobre el patrimonio del cual dependen y que son su motor generador. Pero el tributarista centra su atención en los modos como se recauda, y si el sujeto es conocido o no por el fisco, todo lo cual es indiferente para el problema que -en sí mismo- representa el impuesto como tal.

"Stuart Mili, Rau y Wagner, fundan la diferencia en el proceso de "repercusión" del impuesto, criterio más científico que el anterior: directos son los que se exigen a quien el legislador quiere que los pague; e indirectos los que se reclaman a una persona que los paga a título de intermediario, obteniendo ésta el reembolso de los mismos a cargo de un tercero a quien repercuten, que es el contribuyente efectivo."[3]

El intermediario parece ser lo que modernamente se conoce como el tristemente célebre agente de retención, aunque en el texto pareciera que, en realidad, adelanta el impuesto que, en definitiva, gravará a otro.

Nuevamente, se centra en el método de cobro del impuesto y no en su efecto sobre su destino final: el patrimonio. Como en el caso anterior, el análisis lo centran en la persona que en definitiva ingrese el impuesto. Pero la repercusión que importa no es quien lo paga sino cual será el patrimonio que lo sufra. Evidentemente en el caso del intermediario no es el suyo sino del contribuyente efectivo, que en nuestra terminología vendría a ser el de hecho en tanto que el intermediario (agente de retención o de percepción) es el contribuyente de derecho. Nuevamente es criticable que se siga centrándose en la metodología de recaudación y no en la manera en que el impuesto daña el patrimonio.


[1] Mateo Goldstein. Voz "IMPUESTOS" en Enciclopedia Jurídica OMEBA, TOMO 15, letra I, Grupo 05.

[2] Goldstein, M. ibídem.

[3] Goldstein, M. ibídem.

El mito del superávit fiscal

 


Por Gabriel Boragina ©

 

Quienes centran todas sus esperanzas de la buena fortuna económica que se vaticina que se producirá gracias al superávit fiscal, no solamente desconocen bastante de historia económica, sino que también mucho de lógica. Tampoco explican cómo es posible conseguir un superávit fiscal y, menos aún, sostenerlo en medio de una recesión, o peor todavía, a través de una recesión como medio idóneo para llegar al superávit. Sin embargo, afirman que es posible, porque estimularía la baja de impuestos. 

Si aceptamos la definición del profesor Sabino por la cual se entiende por:

recesión. Fase del ciclo económico caracterizada por la disminución de la actividad, el empleo y la producción. En épocas de recesión suele caer también la inversión y hay una tendencia hacia la deflación o, en las economías modernas, hacia cierta disminución de la inflación. [1]

Resulta bastante difícil comprender cómo dicen que va a ser más fácil en recesión conseguir un superávit fiscal, ya que este supone una mayor recaudación de impuestos y no menos como ocurre en las recesiones. Pero es de simple lógica que si se recurre a la deflación para reducir la inflación, se sigue que se va a recaudar menos y no más. ¿Cómo se llega al superávit por esa vía?. Hay una inconsistencia que no terminan de explicar.

La deflación es una contracción de dinero, exactamente lo contrario a la inflación y, nuevamente, es de simple lógica deducir que si la masa monetarias es menor también lo será lo que el fisco pueda recaudar. A la inversa una mayor cantidad de dinero (inflación) implica consiguientemente una mayor recaudación. De allí que devenga contradictorio afirmar que es más fácil conseguir superávit fiscal en recesión que en expansión. Excepto que se quiera significar que el gobierno gasta menos, pero no es el caso argentino precisamente.

El otro punto discordante (o al menos no explicito adecuadamente) es ¿de dónde se sigue que a mayor superávit fiscal los impuestos se reducirán?. Se podría argüir con más coherencia que, por el contrario, al ver el gobierno que recauda mas ¿qué lo induciría a reducir impuestos? Porque podría argüir que la mayor recaudación le permitirá hacer más cosas ''por la gente'' (aunque en realidad no las haga).

Por otra parte, los gobiernos están formados por seres humanos que, además, detentan un poder otorgado por el pueblo o por si en el caso de los gobiernos autoritarios. Si todos tendemos a maximizar ganancias ¿qué les hace pensar a los que así ''razonan'' que las personas que componen el gobierno no cumplen con esta condición?.

Es más. Si se visualiza el gobierno como una organización (y así, por ejemplo, lo catalogaría Friedrich A. von Hayek) ¿por qué se conjetura escaparía a la lógica de una ganancia maximizada?

Presumir que los gobiernos (por ser gobiernos) son automáticamente altruistas y cobrarán los menores impuestos posibles o los eliminará, es de una ingenuidad a toda prueba para quien conozca un poco de economía elemental.

El único incentivo que tiene el gobierno para reducir impuestos esta dado por el funcionamiento de la curva de Laffer cuando la recaudación alcanza el punto máximo fiscal, que se puede visualizar como el punto de inflexión a partir del cual una mayor presión tributaria sólo redundaría en una menor recaudación. Pero el gobierno no puede conocer de antemano cual sería la cantidad exacta de la recaudación a partir de la cual la curva de Laffer entra en la pendiente descendente. Hasta que la presión no llegue a ese grado, no es posible conocer a priori cual es el parámetro máximo fiscal.

En realidad, la única referencia que tiene el gobierno es el presupuesto nacional que sanciona el Congreso. Pero esto desde lo legal y no desde lo económico, ya que el punto máximo fiscal puede estar por encima o por debajo de la cantidad exacta que indica el presupuesto. Es por ello que, determinar dónde va a estar exactamente ese término máximo sólo es cuestión de ensayo y error por parte del gobierno. Para no llegar a ese extremo los liberales recomiendan impuestos mínimos. Pero ¿qué es un impuesto mínimo y en qué cantidad fijarlo?.

El dato relevante y mensurable es el gasto público. Los impuestos deben ser la sola fuente con la que ese gasto se salde. Esto raramente lo han cumplido los gobiernos argentinos. Muchas veces por demanda de la misma gente (gobernados) y otras por iniciativa de los propios gobernantes.

Las reducciones del gasto siempre han sido mínimas, transitorias y poco relevantes, han servido más como propaganda para manipular inocentes (que en Argentina los hay y son mayoría) que como una verdadera política económica seria.

Y el otro problema que a menudo se soslaya es ¿por qué confiar absolutamente en los datos oficiales que se tienen por indiscutiblemente ''ciertos'' por casi todo el mundo y de manera acrítica?:

A veces, el desequilibrio fiscal no aparece en las cuentas gubernamentales. Así ocurrió en los años setenta en Brasil, país que efectuó gastos no incluidos en el balance general para ocultar su desequilibrio fiscal (Brasil mantuvo con frecuencia un superávit fiscal oficial junto con una elevada inflación en los años 1960 y 1970). Los rescates bancarios anticipados (que han costado más del 20 por ciento del PBI en los países de “crisis mellizas” de las últimas dos décadas) son la causa más frecuente del desequilibrio fiscal en las crisis recientes. Sin embargo, Brasil y la Argentina arribaron a sus dificultades fiscales actuales y sus monedas débiles “a la manera antigua”, al no poder controlar los programas de gastos gubernamentales[2]

Si Brasil y Argentina ocultaron sus déficits fiscales, y por arte de birlibirloque, los hicieron aparecer como ‘’superávits’’ en el pasado ¿qué garantiza que no lo volverían a hacer en el futuro? Excepto que se tuviera una fe religiosa en que los gobiernos jamás mienten, esa creencia no tiene base alguna.

Muchos economistas identifican, sin más, la inflación con el gasto público como si fueran la misma cosa. Si bien son dos hechos económicos distintos, están fuertemente relacionados, por cuanto la inflación es el medio más empleado por los gobiernos para financiar el gasto publico dada la alta impopularidad de crear o subir impuestos. La inflación ha permitido a los gobiernos desde los albores de la historia incrementar el gasto público al que se han entregado desde que han controlado el dinero. Entonces, es común identificarlos como si fueran sinónimos aunque no lo sean.

De allí que, son incompatibles inflación y superávit, tal como también lo son este último y la deflación. En Argentina, el gobierno quiere hacer creer a la gente que se ha logrado llegar a un superávit con deflación, lo que económicamente vimos que resulta inconsistente ya que, tanto la expansión como la contracción monetaria, no pueden dar ambas como resultado un superávit fiscal, aunque por razones distintas. 

Ahora bien, que sean incompatibles no significa decir que sean imposibles. Inflar la moneda sólo requiere que el banco central imprima los billetes que quiera, lo que no depende de la recaudación. Por eso, como en el caso de Brasil examinado antes, pueden convivir inflación y superávit. Y lo mismo con la deflación. 

Decir que se logró superávit fiscal gracias a la recesión o a pesar de la recesión, implica el contrasentido de afirmar que se pudo recaudar más con menos actividad económica (empleos, producción, inversión, etc.) lo que es absurdo.


[1] Carlos SABINO; Diccionario de Economía y Finanzas. Contiene léxico inglés-español y traducción de los términos al inglés. Consultores: Emeterio Gómez; Fernando Salas Falcón; Ramón V. Melinkoff. CEDICE. Editorial Panapo. Caracas. Venezuela. Vos respectiva.

[2] Charles W. Calomiris "Lecciones de la Argentina y Brasil", Capítulo 3, p. 38 en Crisis financieras internacionales: ¿qué rol le corresponde al gobierno? / compilado por Daniel Artana y James A. Dorn. - 1ª. ed.– Buenos Aires: Fundación de Investigaciones Económicas Latinoamericanas, ISBN 987-9329-18-X pág. 34,

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