Accion Humana

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Revista Digital

¿A quién le sirve la libertad?

 


Por Gabriel Boragina ©

 

Un liberal no dudaría en responder: ''A todos''. Pero un no liberal o (con más razón) un antiliberal no estaría tan de acuerdo o -en el último caso- no lo estaría en absoluto.

Sucede que, como explicamos muchas veces, la gente común y corriente percibe la libertad de la misma manera que lo hace con la riqueza:  como un juego de suma cero. Lo que uno gana es porque hay otro que lo pierde, y viceversa.

Esta idea no es actual, sino que es muy remota. Se remonta al siglo XVI y uno de sus inspiradores y difusores más famosos fue el filósofo francés Michael Montaigne, quien acuñó el célebre apotegma por el cual ''La riqueza de los ricos es consecuencia de la pobreza de los pobres'' fórmula que también admite su reverso, lo que, de una u otra forma, viene a significar lo mismo.

Tales conceptos sirvieron de base al marxismo, hoy plenamente triunfante en el plano cultural aunque solapado y aparentemente ‘’derrotado’’ en el político.

Pero más allá de toda elucubración académica, el pensamiento general opera del modo indicado.

Dicha percepción es uno de los escollos más importantes para que la libertad se acepte como lo que realmente es: algo que beneficia a todo el mundo sin excepción.

En el ambiente laboral se observa a menudo que, cuando alguien quiere obtener un ascenso, debe congraciarse con el jefe antes que con sus compañeros (potenciales competidores por el mismo puesto).

Ahí se ve claro el juego de suma cero de los participantes, porque todos ellos son conscientes que para que alguien obtenga el cargo, significa que el resto de los compañeros (posibles aspirantes al mismo) deben perderlo.

Lo mismo sucede en el campo de la competencia mercantil. Los empresarios (y más aun si se tratan de los argentinos) están sumamente acostumbrados al concepto de que el éxito empresarial depende, en gran manera, de los contactos políticos con los que se cuente y de la capacidad de lobby que pueda hacerse con los políticos de turno. Este es un juego de dependencia, pero se lo visualiza como otro, donde la libertad se compra y el que más la obtiene es el que más ofrece por ella.

En economía, el fenómeno se denomina intervencionismo, que es la denominación que le diera el célebre profesor y economista austriaco Ludwig von Mises, aunque con bastante anterioridad se le conoció como proteccionismo (en oposición al librecambismo) expresión aquella que quedó reservada en nuestros días al ámbito del comercio exterior junto con esta última.

En el mundo empresarial está muy arraigada esta noción y, por eso, numerosas veces los liberales pecamos de inocencia al suponer que la gente, en general, y los comerciantes y empresarios en particular, ''aman'' la libre competencia. En realidad, son conscientes de la competencia como un hecho, pero que la deseen como libre y conveniente es cosa muy diferente.

Es que, es esa visión de la libertad como un juego de suma cero la que la hace solamente codiciada para uno, pero no para los demás.

Todo esto que venimos refiriendo, estructura la cultura social a la que hemos aludido en escritos anteriores, y que forma parte no sólo del ser argentino sino que se trata de un hecho a nivel mundial, inclusive presente en aquellos países que (no con poca ligereza) acostumbramos a llamar irreflexiva y precipitadamente ''libres''.

En otras palabras, una genuina sociedad libre no es algo aceptado por todos y, a menudo, ni siquiera por aquellos que reconocieran sus ventajas teóricas.

Si esto sucede y se verifica en las naciones que suelen denominarse desarrolladas ¿qué podría esperarse en las nuestras?

En la realidad, la percepción normal y corriente de la competencia es la de una lucha donde todo vale y el galardón último de esa guerra es el poder. Poder que se manifiesta de muchas maneras diferentes, como (en el ejemplo que dimos) de un puesto de trabajo codiciado, la conquista de un ser amado, o de un cargo político (en esta área se advierte lo descripto en forma más que exacerbada).

Por esto, la libertad presenta resistencias a nivel general, y se la ve como un acto de despojo y no por lo que es y representa en sí misma.

Se dice que todos combaten por la libertad, pero no en el sentido liberal sino en el de suma cero, porque ‘’si no soy libre es porque otro me ha robado mi libertad y debo recuperarla’’. Eso es lo que ‘’justifica mi lucha’’. ‘’El lugar que no se ocupa se pierde, porque otro lo ha ganado’’. Esta es la extendida opinión popular sobre cómo opera la libertad.

No se disputa por una sociedad libre entendida como aquella donde todos ganan, sino que se riñe por un individuo libre, porque si no se lo es, es porque se ha convertido en un esclavo o un explotado (en términos marxistas).

A nivel político tenemos el caso paradigmático argentino, donde un gobierno que reclama para sí el rótulo de ''liberal'' pretende gobernar en base a decretos-leyes y con poderes absolutos, desconociendo la división tripartita republicana que consagra la Constitución de la Nación. Si alguien supone (como suponen muchos) que de esta forma se va a conseguir que la sociedad ‘’se vuelva liberal’’, es que no ha comprendido nada de nada.

Claro que con un pensamiento de esta naturaleza ninguna sociedad liberal es posible. Y esta concepción no parece haber sido erradicada con la llegada de un gobierno supuestamente'' libertario''.

Por el contrario, atento los primeros pasos de dicho gobierno, da muestras de un poder codicioso y único, sumando libertades de obrar para el mismo y restándoselas a los demás poderes.

Es que hemos sido seducidos con la teoría que todo el mundo quiere la libertad. Sin embargo, no es así. Es triste comprobar que mucha gente prefiere la dominación a la liberación.

Esto no debería ser sorprendente. Durante muchos siglos generaciones enteras de esclavos interpretaron que la esclavitud era su condición natural, y aun sabiendo que podrían ser libres no participaron de los grupos antiesclavistas, ni apetecieron su triunfo. Sólo se sentían libres bajo la protección de un amo que los cuidara y los mantuviera durante toda su vida, a él y a su familia.

Dicho sentimiento perdura aún hoy cuando creemos que la esclavitud ha sido abolida. Como tantas otras cosas si, ha sido abolida de las leyes, pero no de las mentes. No sólo existe la aspiración de dominar sino que también el de ser dominado, y no hay dominado sin dominador. Si existe una ambición es porque también está presente la otra.

Este instinto primitivo (el de la satisfacción de ser dominado y la sensación de seguridad que en el esta ínsito) perdura hoy, y lo vemos en la mentalidad del empleado público (título que le di a este síndrome hace años).

Muchos amigos (empleados del estado) me han repetido una y mil veces que prefieren ‘’ganar poco pero seguro’’ y que, por eso, aprecian sus puestos humildes en empresas estatales u organismos burocráticos. Adversan el riesgo del mercado, la competencia y la inseguridad que conllevan estos dos últimos.

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