Industrialización

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La divinización del ‘‘estado’’ y de la política

 Por Gabriel Boragina ©

¿De dónde proviene la divinización del estado-nación tan popular en nuestros días?, ¿Por qué los líderes estatales son prácticamente equiparados a celestiales encarnaciones? Quizás la exaltación venga de estos pasajes autoría de Hegel, que K. R. Popper reproduce en su obra:

«El Estado es la Divina Idea tal como existe sobre la Tierra... Por consiguiente, debernos adorar al Estado en su carácter de manifestación de la Divinidad sobre la Tierra y considerar que, si es difícil comprender la naturaleza, es infinitamente más arduo captar la Esencia del Estado... El Estado es la marcha de Dios a través del mundo... El Estado debe ser comprendido como un organismo... La conciencia y el pensamiento son atributos esenciales del Estado completo. El Estado sabe lo que quiere... El Estado es real, y la verdadera realidad es necesaria. Lo que es real es eternamente necesario. El Estado... existe por y para sí mismo... El Estado es lo que existe realmente, es la vida moral materializada... Esta selección de pensamientos bastará para mostrar el platonismo de Hegel y su insistencia en la autoridad moral absoluta del Estado, que rige toda moralidad personal y toda conciencia. Se trata, por supuesto, de un platonismo altisonante e histérico, pero esto sólo hace más obvio la vinculación del platonismo con el totalitarismo moderno’’[1]

Me parece que estas ideas hegelianas han impregnado tanto a la sociedad de nuestros días que constituyen una de la explicaciones más importantes (sino la más) de la razón por la cual dependemos tanto de los políticos, psicológicamente primero y económicamente después. Notable como ideas que parecen remotas en el tiempo mantienen una actualidad y una vigencia impensadas por quienes ignoran la historia de las ideas, que son muchos más de lo que creemos.

Ellos (los políticos en ejercicio de poder y los aspirantes a cargos políticos) son vistos por una inmensa mayoría como los ángeles terrenales que tendrán a su cargo cumplir con los paradisíacos mandatos de ese dios ‘‘estado’’ que todo lo domina y al que no cabe más que rendirle culto. Estas no son más que ideas que se transforman luego en comportamientos prácticos con las nefastas consecuencias que todos conocemos.

De allí, el culto que observamos se les rinde -en general- a los políticos que aspiran a controlar y a corregir a los ‘’pecadores’’ terrenales que no prestan atención ni reconocen a la voluntad del ‘‘estado’’, y más todavía a quienes -como nosotros- negamos de plano la existencia de tal ‘‘estado’’. Aunque no sean tildados de pecadores terrenales o anti estatales se los trata de esa manera.

Siempre hemos insistido que, detrás del estado nación sólo hay personas comunes, seres humanos como el lector y yo, con las mismas falencias y debilidades que el resto de los individuos. Hay que despejar la fantasía estatista de seres superiores o mesiánicos que –en su nombre- pueden ‘’salvar a la humanidad’’ de sus necesidades materiales de una vez y para siempre.

La mistificación por la cual se endiosa al estado nación tiene su origen en la ausencia de corporeidad de tal entidad mítica. Es allí, entonces, que a falta de un ‘‘estado’’ visible se hace recaer ese concepto ficticio en quienes lo teorizan, defienden y dicen ‘’representarlo’’. Es por eso que, el estatismo es una imaginaria religión proclamada por los falsos ''profetas'' de esa divinidad estatal que pretende remplazar a toda otra divinidad religiosa tomando su lugar, y proclamando una ‘’religiosidad’’ puramente terrenal y quimérica.

Está claro que toda esa filosofía hegeliana va en contra del individualismo y naturalmente se le opone. Si el ‘‘estado’’ es todo para ellos deviene como lógica consecuencia que el individuo es y debe ser nada y se lo declara enemigo del ‘‘estado’’ como algo antinatural. A partir de allí se lo empieza a combatir y a identificar todo tipo de individualismo como simple y puro egoísmo en su expresión más peyorativa posible.

Es la base y fundamento filosófico del totalitarismo, cuyo signo ideológico carece de relevancia, en el sentido que no importa si se lo califica de ‘’derecha’’, de ‘’izquierda’’ o de ‘’centro’’.

Como el antropomorfismo estatal es imposible, el culto al ‘‘estado’’ recae invariablemente en uno o más individuos que son los ‘’destinados’’ a personificar a ese ‘‘estado’’.

Detrás de este fenómeno está el ansia de poder que impulsa al ser humano. ¿De dónde proviene esa ansia de poder? A nuestro juicios, de la poca o falta de personalidad. El poder otorga (entre muchas de sus retribuciones) una sensación de seguridad para el que se siente amenazado por otros.

¿Cómo obtener esa seguridad? Controlando a los demás. Y ese control se consigue conquistando poder sobre esos demás de manera de neutralizarlos.

En consecuencia, la mayor parte de los líderes políticos son personas inseguras de sí mismas y, por lo tanto, extienden esa inseguridad a todo su entorno. No sólo se sienten inseguras de sí mismas sino que desconfían de todos los demás y los ven como una potencial o efectiva amenaza.

Si no pueden por sí mismos adquirir el poder suficiente como para controlar y someter a todo su entorno recurren pues al poder de los ‘’representantes’’ del ‘‘estado’’.

En los llamados sistemas democráticos echan mano del voto para elegir a los políticos que prometan ejercer más poder sobre los grupos que se definen como ‘’antagónicos’’ o ‘’impopulares’’. Una sociedad autocrática se vuelve -de esta manera- más autocrática todavía, y el poder se concentra de manera progresiva en pocas manos.

Llegan a la cúspide política de tal suerte, perfiles de personajes siniestros de la historia como Mussolini, Hitler, Stalin, Mao Tse Tung, Perón, Fidel Castro, El Che Guevara, Chávez, Maduro, los Kirchner, etc.

Entonces, tenemos aquí una posible explicación a la actual divinización de la política y de sus personajes, los políticos. Sus causas son remotas y -según Popper- se remiten a la influencia de tres autores importantes: Platón, Hegel y Marx temporalmente ordenados y, por supuesto, a sus innumerables discípulos que pueblan el planeta, y que han proliferado ampliando sus ideas hasta extremos que, vistos en retrospectiva, parecen increíbles.


[1]K. R. Popper. La sociedad abierta y sus enemigos. Paidós. Surcos 20, pág. 248

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