Industrialización

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Nunca gobierna una sola persona

Por Gabriel Boragina ©

 

Un mito frecuente en el ámbito de las creencias políticas es la convicción de la mayoría que las decisiones que toma un gobierno recaen exclusivamente en la persona que reviste el máximo cargo en la jerarquía o estructura del poder. En otras palabras, y por expresarlo de un modo sintético, que el gobierno se reduce a una sola persona. Esto, quizás, sea un resabio de la antigüedad, con sus emperadores, monarquías absolutas, o sus caciques si nos remontamos hacia más atrás (o más hacia adelante dependiendo del lugar que tomemos de ejemplo). Pero detrás de toda figura de un cacique, un rey, emperador, monarca, presidente, jefe de estado, primer ministro, etc. siempre hay más personas colaborando con él, sin las cuales ese individuo investido con un cargo político no podría ejercer el poder ni siquiera un minuto. Esa colaboración con el mandón de turno puede revestir dos formas básicas: activa o pasiva. Y a esos fines es indiferente que nos estemos refiriendo tanto a partidarios como a opositores.

La tarea de gobernar reviste una complejidad tal que excede ampliamente la capacidad de una sola persona, por muy admirables que pudieran parecer sus dotes y cualidades personales a los ojos de sus admiradores o seguidores.

Esas personas que cooperan con el jefe máximo al mando, son muchas más de las que podemos y a menudo imaginamos. No se limitan a sus ministros, secretarios y funcionarios cercanos, oficiales o extraoficiales, sino que también todos los hombres que han tenido algún mando siempre se han rodeado de consejeros y asesores de todo tipo. Hasta los reyes más despóticos tenían su grupo de "notables" empezando por los miembros de sus propias familias u siguiendo por demás parientes y amigos, desde los más íntimos hasta los menos.

Es más, desde la antigüedad que el poder ha atraído tanto a los hombres que, apenas se sabía que alguien había accedido a la máxima posición del mismo, todos o casi todos trataban de cobijarse a su abrigo para obtener ventajas. Los nobles buscaban el favor de cada rey que ascendía al trono, en un sistema donde el nepotismo era una institución que casi se veía con naturalidad en tiempos antiguos. La lucha por el poder es una constante en la historia humana.

Quienes llegaban tarde a esa contienda por conquistas de favores de parte del monarca quedaban relegados a las últimas posiciones sociales. Y así hasta hoy.

Y en el último peldaño descendente de la escala están los gobernados, aquellos destinados a cumplir las órdenes del gobierno. Estos también -aun impensadamente- colaboran con la obra de gobierno ¿cómo? muy simple: por el mero hecho de obedecer las órdenes que llegan desde arriba, provenientes de la cúpula gobernante. Ordenes elaboradas y ejecutadas por todo un ejército de burócratas que, desde la cabeza del poder hasta el último nivel del mismo, hacen posible la tarea de gobernar. No hay gobierno sin gobernantes, pero tampoco sin gobernados, ya que sin gobernados ¿a quién gobernaría el gobierno? A nadie.

La prueba de que todo esto se desconoce, o no se medita, ni se internaliza a nivel popular lo constituye las quejas contra los gobernantes como así también los elogios y aclamaciones hacia los mismos. La mayoría coincide que los éxitos o fracasos de un gobierno se deben a la persona que es la "cara visible" de ese gobierno. Pero, en realidad, tanto las culpas como los méritos son el resultado de un gran número de personas de todos los niveles, que van desde aquella cara visible hasta la última de las caras invisibles de una nación, un pueblo, una provincia, un municipio. Todos ponen o sacan su granito de arena a la faena de gobernar para quien se encuentre circunstancialmente al mando del timón.

Porque, reiteremos: si no hay nadie que ejecute lo que la ley del gobernante ordena, habrá una “ley” escrita, pero esa “ley”, de “ley” no tendrá nada, en el sentido que jurídicamente se le da a la palabra “ley”. Porque una “ley” que nadie cumple no es más que “papel mojado” como dicen (en feliz expresión) los españoles.

En las discusiones políticas se ve gran despliegue, en los debates, de nombres y apellidos de funcionarios, culpados o aplaudidos por lo que dicen o hacen, pero nada de lo que expresan o hacen serviría de nada si sus dichos o actos no tuvieran el apoyo y la ayuda de todos los demás, o de la mayoría de los demás. La indiferencia colectiva los borraría del mapa político, así fueran sus supuestos méritos sobresalientes o nulos.

Ninguno de los dictadores más despiadados de la historia en el que podamos pensar hubiera podido hacer absolutamente nada de no haber contado con gente que les hiciera caso. Ni Stalin, ni Mussolini, ni Hitler, ni Mao Tse Tung, ni Fidel Castro, ni todos los demás dictadorzuelos que pasaron por la historia habrían podido cometer ni uno solo de sus crimines de no haber tenido nadie que cumpliera sus órdenes. Menos lo podrían haber hecho si la gente que se le hubiera opuesto hubieran sido lo suficientemente decididos, activos y numerosos para hacerlo.

Todo lo que en la historia los gobiernos hicieron o dejaron de hacer siempre fue fruto de acciones u omisiones colectivas, nunca aisladas. Jamás la responsabilidad en materia política es exclusivamente de un solo individuo. Cualquier idea -por brillante o extravagante que fuere- que no tenga apoyo de nadie, o sólo de un reducido número de personas, está destinada a la inacción y al fracaso. Vale tanto este principio para grandes y beneméritos proyectos como para los planes de destrucción masiva más atroces. Nada podría hacerse de esto si no existiera un número de personas que lo aprueba, otro grupo que lo ejecuta y otro que lo tolera o soporta pasivamente.

Entonces, más que gastar energías atacando o apoyando a fulano o mengano, zutano o perengano, más le valdría a la gente meditar seriamente en donde real y efectivamente radica el poder y quien es el que lo acata y lo ejecuta, y -una vez descubierto donde está el núcleo del poder- dirigir sus dardos o sus flores hacia ese sector.

 

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