Progresividad e impuestos directos e indirectos

 Por Gabriel Boragina ©

"Una corriente más ha concurrido para completar y fortificar los cimientos del impuesto progresivo, y es la que se identifica como "teoría económica". Según ella, los beneficios de los bienes patrimoniales decrecen para su titular a medida que aumenta el monto de los mismos, ya sea capital o renta."[1]

Lamentablemente ni el autor menciona, ni nosotros conocemos a ningún "exponente" de esta curiosa "teoría". Si en lugar de "monto" aludiera al valor de los bienes podríamos quizás apresuradamente confundirla con la teoría de la utilidad marginal, pero esta no habla de "montos" sino de unidades de un mismo bien (homogéneo). Por otra parte, cuando el texto citado se refiere a los beneficios no está claro si con ello quiere referirse a la utilidad de los bienes, o a los beneficios que recibe su titular del gobierno por lo que se dice en el párrafo siguiente.

Por último, si por beneficios se entienden utilidades, las conclusiones de una y otra teoría no son similares.

Quedaría definitivamente descartada la posibilidad de que se quiera aludir a la teoría de la utilidad marginal, porque ningún expositor de la misma sostendría -sin caer en grosera contradicción- que la misma viniera a proponer como "solución" a un problema que no existe que se aplique a su titular un impuesto progresivo para neutralizar los efectos que curiosamente la cita menciona.

 "La teoría del beneficio, que está involucrada en esta, es sostenida por los individualistas y se asemeja mucho a la compensadora; según ella, deben pagar más impuestos los ricos, porque ellos son los que reciben mayores beneficios del Estado. Estos se traducen en la seguridad de sus personas y en la de sus bienes. La teoría adolece de la gran falla que se advierte en las concepciones de retribución de servicios —o de tasas— que se atribuye al impuesto por los beneficios que en tal sentido brinda a los particulares, explicación que ya hemos refutado en otra parte de este estudio por su falacia, a pesar de que ha comprometido la posición de muchos estudiosos."[2]

Aparentemente, lo que aquí se llama ahora la "teoría del beneficio" sería la misma que en la cita anterior el articulista mencionó como "teoría económica" (la acostumbrada exposición enredada y abstrusa de Goldstein impide saberlo con exactitud).

No podemos adivinar a que llama el autor individualista, ya que nosotros, por ejemplo, nos enrolamos dentro de la corriente individualista, no obstante lo cual no auspiciamos, ni proponemos, ni -menos aún- sostenemos ninguna de las recetas o teorías expuestas por el autor del trabajo en estudio.

Evidentemente, la concepción que tiene Goldstein (o los autores a los que cita en su extenso trabajo) del individualismo es bastante alejada a la que sostenemos nosotros. De los demás individualistas que conocemos, ninguno de ellos ha sostenido ninguna de las barrabasadas que el autor adjudica a los "individualistas".

Quizás –y sólo como probabilidad- el autor piense en los economistas clásicos (que tampoco eran tan individualistas como comúnmente se cree) ignorando que la concepción del individualismo de aquellos ha evolucionado en el tiempo, y el moderno individualismo está representado por la corriente liberal en muchas vertientes, de las cuales nosotros nos enrolamos en la de la Escuela Austríaca de Economía, fundada en 1871 por Carl Menger ,quien no figura citado en el trabajo de Goldstein en parte alguna. Por cierto, ninguno de los individualistas modernos (al menos los conocidos por nosotros) patrocina los impuestos progresivos, aunque si muchos de ellos -contradictoriamente a nuestro juicio- los impuestos en general o -mejor dicho- la imposición por parte del gobierno.

Finalmente, es bastante probable que el autor emplee el término individualista en el habitual y extendido sentido peyorativo con el cual lo hace todo el mundo, incluso el hombre común y corriente sin formación académica.

Pero es cierto que los impuestos no retribuyen servicios, los cuales -en el mejor de los casos- son pésimos y -en el peor- ni siquiera existen.

"6. Impuestos directos e indirectos. Pocas son las personas, señala Gide, que, al comprar 1 kilo de azúcar o de café, o al tomar un billete de ferrocarril, saben que la mitad, la tercera o la décima parte del precio pagado es para el Tesoro. Por eso se llaman en Francia contribuciones indirectas; hasta puede decirse, agrega, que son en cierto modo facultativas, en el sentido de que no se pagan sino en tanto que uno compra la mercancía impuesta, y de que, al cabo y al fin, se puede no comprarla en absoluto o comprar sólo la cantidad que uno quiera."[3]

Parece una humorada de mal gusto decir que es "facultativo" para el consumidor consumir o no hacerlo. ¿Ignora el sr. Gide que si el ser humano no consume perece? Ahora bien, si unos bienes están gravados y otros no lo están se está coartando la libertad de la elección del consumidor al obligárselo a elegir (con lo cual la elección está condicionada) aquellos bienes sobre los cuales el gravamen no recae. Pero (como el mismo reconoce) es bastante difícil por no decir casi imposible para el consumidor común y corriente determinar cuáles bienes de los que consume a diario llevan impuesto y cuales no lo llevan. De hecho, la realidad es que todos los bienes de consumo (al momento en que escribimos estas líneas) están gravados, unos más otros menos, por lo cual al consumidor se la ha tendido una trampa de la cual le resulta imposible escapar: lo quiera o no, por una vía o por la otra, el impuesto -y todos los impuestos- recaen sobre la cabeza del consumidor, lo que se conoce en doctrina como el contribuyente de hecho y -a veces- de derecho también, gravamen que comparte con el contribuyente de derecho ,si bien ambos lo abonan de manera diferente.

Pero que un "profesor" diga que resulta "facultativo" al consumidor pagar estos impuestos o no hacerlo no solamente es un insulto directo a las masas de consumidores sino a la inteligencia más mediocre.


[1] Mateo Goldstein. Voz "IMPUESTOS" en Enciclopedia Jurídica OMEBA, TOMO 15, letra I, Grupo 05.

[2] Goldstein, M. ibídem.

[3] Goldstein, M. ibídem.

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