Las guerras y los impuestos

 Por Gabriel Boragina ©

"Alcanzó este impuesto su culminación en el régimen impositivo británico, donde cuenta con una historia que lo acredita. Apareció como recurso heroico para salvar los apremios del fisco inglés aligerado por las guerras con Francia. Los impuestos agobiadores que soportaba la población, eran impotentes para solventar los problemas económicos del Tesoro nacional: fue entonces cuando el famoso ministro Pitt propuso al Parlamento el assessed taxes que comprendía una serie de impuestos directos sobre las casas y el lujo en diversas manifestaciones, tomándose como base la renta. El Parlamento se agitó enormemente con esas propuestas extraordinarias, pero la ley fue sancionada en 1798 bajo el nombre de Aid and contribution Act. Conforme a este ordenamiento, la ciudadanía se divide en tres categorías; según la importancia económica de cada uno de los sectores. En 1799 se promovió una reforma a Ja de Pitt, debido al descontento que se mantenía latente contra ella, ya que según Seligman se la consideraba, entonces, "falso en sus bases, destructor en su desarrollo, erróneo en su realización. Este no es un impuesto —proclamaba un autor—, sino una extorsión; es una experiencia detestable y dañosa"."[1]

En realidad, como se ve, los impuestos han nacido con las guerras y las estimulan, porque es la mejor ocasión que tienen los burócratas de incrementar sus arcas: en las situaciones de "emergencia" bajo consignas por lo general patrióticas, o explotando el temor de la gente es más fácil que entreguen sin resistencia sus pertenencias al gobierno. Esta es la lectura correcta a darle al párrafo que hemos transcripto arriba.

Era lógico ese descontento contra una nueva ley que establecía un impuesto a la renta territorial (casas) toda vez que antes se dijo que el pueblo ya venía soportando agobiadores impuestos. Según parece (no es clara la cita) a los impuestos sobre el capital se agregaron impuestos sobre las rentas. Puede entenderse entonces como lógica la agitación del Parlamento británico si así hubiera sido. Podemos imaginar cómo se exprimía al ciudadano pues en su patrimonio.

Es que todo impuesto es efectivamente -como decía ese autor- "una extorsión; es una experiencia detestable y dañosa", pero la visión romántica del impuesto permanece hasta hoy y, por lo visto, también estaba en la mente del autor de esa frase que había caído bajo su influjo.

Y también asiste razón al que dijo que es "falso en sus bases, destructor en su desarrollo, erróneo en su realización" con lo que nosotros no hemos descubierto nada "nuevo", simplemente que la historia registra muchas opiniones similares a la nuestra, pero la posición contraria ha prevalecido y hoy resulta extraño a la gente que se le hable de la superfluidad del impuesto, y más chocante les parece que se proponga su eliminación lisa y llana, y su reemplazo por un sistema de pagos voluntarios y donaciones para mantener un gobierno si es que la comunidad lo reputa necesario.

Hay una suerte de servidumbre mental que facilita que la gente sea fiscalizada, y lo más triste de todo, que vea como "natural" que el Gran Hermano Estatal vigile primero sus bienes y más tarde toda su vida. El estatismo no sólo está arraigado en los que ansían el poder sino -y quizás más aun- en quienes viven y medran a su sombra. Y esto tanto en las épocas a las que se refiere el autor como en pleno siglo XXI.

"La resistencia al impuesto no cejó y en 1802 se logró, después de empeñosos esfuerzos, la supresión. Al año siguiente vuelve a plantearse en el Parlamento, aunque con otras proporciones y con carácter meramente transitorio. El ministro Addington dijo, al fundamentarlo: "Deseo que se comprenda bien que considero este impuesto solamente como aplicable a la guerra, y entiendo proponerlo con la condición de que se le suprima seis meses después de restablecida la paz". Se consideró como "una contribución sobre las ganancias provenientes de capitales profesionales, oficios y funciones", lo que ha hecho decir que en realidad se trata del primer impuesto a la renta. En 1805, siempre bajo la imposición de las circunstancias se elevó la cuota proporcional del 5 % se elevó al 6 y 8 %; el impuesto subsistió hasta el año 1816 y fue nuevamente suprimido."[2]

Se infiere del texto de la cita que el impuesto que se derogó se había establecido con carácter de permanente, lo que justifica -aún más- las resistencias que -se narra- había despertado. Existía -por lo menos en aquella época- una conciencia más clara de lo dañoso del impuesto en general al parecer que la que existe ahora.

Es sintomático que al proponerse un nuevo impuesto los gobiernos recurrentemente aludan a dudosas "circunstancias excepcionales" y en segundo lugar a la transitoriedad del mismo.

En la cita de arriba se nos dice que el "nuevo" impuesto al que se alude se impuso en el año 1803 y que el ministro proponente pidió que se lo suprima seis meses después de lograda la paz. Llama la atención que aquí se diga que "se trata del primer impuesto a la renta" cuando en el párrafo anterior se había dicho lo mismo del impuesto propuesto por Pitt. Quizás alude a que el anterior impuesto lo era sobre las rentas territoriales y este otro sobre "las ganancias provenientes de capitales profesionales, oficios y funciones".

Ahora bien, yendo al fondo de la cuestión: las guerras, en general, son creaciones gubernamentales a las que el pueblo resulta ajeno, y esto vale tanto para el pais invadido como para el invasor: quienes promueven las guerras son los gobiernos. Pero el costo de las guerras se carga sobre las espaldas de los pueblos cuyos gobiernos están envueltos en la contienda por decisión -repitamos- exclusivamente gubernamental. Si algún gobernante quiere hacer una guerra debería financiarla con sus propios recursos y no con los de sus gobernados. En tal caso, si el gobierno del pais "A" declara la guerra al país "B", la situación justificaría una rebelión fiscal por parte de los ciudadanos del pais "A", ya que la decisión de agredir a otro país vecino provino de sus gobernantes y no de sus ciudadanos. Si fuera así, el gobierno agresor no contaría con fondos para la aventura bélica, y no habría guerra alguna, y si la rebelión fiscal se prolonga ese gobierno agresor caería.


[1] Mateo Goldstein. Voz "IMPUESTOS" en Enciclopedia Jurídica OMEBA, TOMO 15, letra I, Grupo 05.

[2] Goldstein, M. ibidem.

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