Fiscalidad y falacia ad populum


Por Gabriel Boragina ©

"Wagner, economista alemán, apunta que "el impuesto como medio de cubrir las necesidades financieras, se funda, desde el punto de vista de los principios, en la hipótesis necesaria de mantener y desarrollar la existencia del Estado, como la de toda corporación cimentada en la comunidad económica obligatoria." El fundamento jurídico de la imposición, sostiene, conduce a la cuestión del fundamento mismo del Estado y de otras comunidades económicas obligatorias. El fundamento del impuesto, y, por consecuencia, el del derecho de imposición, se vincula íntimamente a la necesidad absoluta del Estado y del sistema de las comunidades económicas obligatorias de que existan y se desenvuelvan."[1]
Ya hemos dicho antes que el "estado" (como dicen ellos; el gobierno en rigor) no tiene "necesidades", porque no existe como tal. Lo que no existe no puede tener necesidades. La gente si existe, y esta es la única que sufre de necesidades, las que históricamente ha venido remediando a través del mercado, y no de ningún fantasmal "estado". Los gobiernos -por sí y ante si- tomaron -primero- la función de proveer a esas insuficiencias compitiendo con el mercado para tal fin y -más tarde- tratando de suprimirlo o abolirlo, monopolizando aquellas funciones y declarándolas por ley como "propias". Así, se han ido estableciendo todos los gobiernos del mundo en el curso de la historia de la humanidad. El impuesto, pues, lo que permite es la existencia del gobierno como ente que agrupa a determinadas personas que son elegidas por si o por otros para ejercer el mando sobre otros grupos de personas determinadas en un territorio equis.
No cabria -en principio y con reservas- objeción a que el gobierno "compita"[2] con el sector privado en brindar esos servicios, pero si sería censurable que tratara de monopolizarlos como lo ha perpetrado y sigue haciéndolo en todas partes. De hecho, como los gobiernos del mundo han probado más que suficientes veces sus deficiencias en la prestación de los servicios que monopoliza, la gente espontáneamente procura satisfacer esas necesidades buscando esos servicios en el mercado, que era de donde originariamente los habían obtenido. Pero -como ya dijimos- esto implica un doble gravamen para el particular desprotegido: se ve obligado a pagar impuestos por servicios que se le prestan en forma deficitaria, o no se le prestan en absoluto (estatales) y, por lo tanto, debe procurárselos a un costo mayor o menor en el mercado. Pero, tal como se advierte, los autores socialistas siguen hablando de quiméricas "necesidades absolutas" y de "comunidades obligatorias" fieles a sus deseos de regimentar y poner bajo su dominio total absolutamente todo lo existente. Aquellos a los que no pueden obligar a nada directamente lo desprecian o ignoran.
"Desde luego, todo el basamento se apoya en el derecho de soberanía del Estado que, a través de los órganos competentes, promueve y sanciona los recursos de los que ha de nutrirse la administración pública. Este es el concepto de la mayoría de los autores y tratadistas para fundamentar jurídicamente el derecho a la imposición."[3]
No existe ningún "derecho de soberanía del estado", lo cual es otra ficción muy apetecida por los socialistas que comentamos pero que no se asumen como tales. Se llaman a sí mismos "demócratas", pero en realidad son socialdemócratas, es decir, socialistas que, fracasados los métodos violentos de la revolución marxista desean implantar el socialismo por las vías democráticas creyendo que ello es posible. Sin embargo, sus experimentos -históricamente- siempre han terminado en la violencia, de un lado o del otro. La única soberanía reside en el pueblo, y no en míticos estados-naciones y -en última instancia- la soberanía reside en el consumidor, dueño de sus cosas. Pero -como se advierte- la terminología empleada por el autor continúa siendo organicista, suponiendo (dando por cierta en rigor) la existencia del gobierno como ente orgánico dotado de voluntad, inteligencia y capaz de tomar decisiones como si fuera un ser humano. Es decir, estos escritores tratan sobre fantasías creyendo -quizás de buena fe- que son realidades.
"Cualquiera entiende, señala un autor francés, que, en un sistema de apropiación de riquezas, la autoridad conserve siempre un vasto imperio, pues es la que garantiza la seguridad de las personas, de la propiedad y de la ejecución de los contratos, al mismo tiempo que la aplicación de las reglas generales sobre las sucesiones y testamentos."[4]
La retórica de los socialistas que escriben estas cosas adopta formas sinuosas, no se expresan claramente, y cuando se les interroga sobre qué quieren decir contestan vaguedades aún mayores. Pero nada cambiará la realidad de que la "apropiación de riquezas" que defienden con un entusiasmo cuasi místico, no es más que un robo liso y llano, o sea un delito, más allá que sus leyes lo exculpen. Y decir que "la autoridad conserve siempre un vasto imperio" como lo hacen, no es más que avalar la tiranía más cruda, por mucho que lo quieran adornar con lenguaje alambicado. A los déspotas que se apoderan de los gobiernos los sostienen -en última instancia- los otros tiranos: los de la pluma, los que gustan posar de "intelectuales", como los escritores que estamos analizando. La práctica indica, no obstante, que la seguridad de las personas está más amenazada por esa misma autoridad que reclama arrogantemente su "vasto imperio" para someter a todos a su voluntad omnímoda.
"En todas partes existe, prosigue, un poder público investido de atribuciones más o menos amplias y rodeado de un cuerpo de funcionarios más o menos considerable."[5]
También en todas partes existen delincuentes, asesinos, ladrones, violadores, criminales de todo tipo, rodeados de cómplices y colaboracionistas que coadyuvan a sus planes delictivos. Siguiendo la argumentación socialista deberíase otorgárseles un monopolio y un vasto imperio para que pueden delinquir sin ser molestados por la policía.
En suma, esgrime la cita la falacia ad populum (simplemente porque todo el mundo lo hace debería hacerse también donde no se lo hace).

[1] Mateo Goldstein. Voz "IMPUESTOS" en Enciclopedia Jurídica OMEBA, TOMO 15 letra I Grupo 05.
[2] Lo cual es una forma de decir porque, rigurosamente, resulta imposible, dado que, la única manera de competir es con recursos propios, y el gobierno carece siempre de ellos, y es incapaz de generarlos sin expoliar a la gente.
[3] Goldstein, Ibidem.
[4] Goldstein, Ibidem.
[5] Goldstein, Ibidem.

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