Estado y educación


Por Gabriel Boragina ©

Luego de explicar que todo tirano debe rodearse de un grupo de fanáticos que lo respalde, Friedrich A. von Hayek expone porque cree que los peores serán los seleccionados:
"Hay tres razones principales para que semejante grupo, numeroso y fuerte, con opiniones bastante homogéneas, no lo formen, probablemente, los mejores, sino los peores elementos de cualquier sociedad. Con relación a nuestros criterios, los principios sobre los que podrá seleccionarse un grupo tal serán casi enteramente negativos. En primer lugar, es probablemente cierto que, en general cuanto más se eleva la educación y la inteligencia de los individuos, más se diferencian sus opiniones y sus gustos y menos probable es que lleguen a un acuerdo sobre una particular jerarquía de valores. Corolario de esto es que, si deseamos un alto grado de uniformidad y semejanza de puntos de vista, tenemos que descender a las regiones de principios morales e intelectuales más bajos, donde prevalecen los más primitivos v «comunes» instintos y gustos. "[1]
Es por eso que los políticos no pueden estar interesados en una política educativa de alta calidad, ya que va en contra de sus propios intereses electorales. La excepción a esta regla es la del político estadista, especie tan rara en la actualidad que queda prácticamente descartada. Por lo demás, las leyes educativas y la educación estatal ampliamente aceptadas en todo el orbe, han armado un entramado tan fuerte y poderoso que es prácticamente imposible de doblegar y de romper. Esa estructura legal en procura de la mal llamada enseñanza "pública" tiende -invariablemente- a la uniformidad y homogeneidad de todos los contenidos educativos, ya sea que sean impartidos en instituciones públicas (estatales) o mal llamadas "privadas" (particulares) donde quienes son sus titulares los son únicamente de los inmuebles y mobiliarios del establecimiento, pero no lo son de los contenidos educativos que debe infundir a sus alumnos y demás educandos.
Es decir, por más que encontráramos esa rara avis del verdadero estadista (que reiteramos, no los hallamos con facilidad) de llegar al poder debería encarar una profunda reforma legislativa que diera por tierra con todo tipo de obligatoriedad de instruir sobre planes oficiales de enseñanza. Y es posible imaginar la resistencia que encontraría en las estructuras burocráticas consolidadas en torno de ministerios y secretarias de educación, y ni que decir de los gremios docentes que se opondrían con saña a tales planes reformistas.
Sigue declarando Hayek, respecto del grupo de los fanáticos de líder populista:
"Esto no significa que la mayoría de la gente tenga un bajo nivel moral; significa simplemente que el grupo más amplio cuyos valores son muy semejantes es el que forman las gentes de nivel bajo. Es, como si dijéramos, el mínimo común denominador lo que reúne el mayor número de personas."[2]
Ha de interpretarse con poca educación si lo relacionamos con la cita anterior. Da a entender que no es tan significativo el grupo como parte de una mayoría de personas, como la uniformidad de sus valores, o el más grande número de personas que comparten esos valores. Son más similares en gente de nivel educativo bajo o: a menor nivel mayor uniformidad. Ningún gobernante puede mantenerse en el poder si no logra un consenso muy amplio sobre ciertos aspectos de su programa de gobierno. Es por ello indefectiblemente necesario para él que el más alto número de personas comparta sus puntos de vista
"Si se necesita un grupo numeroso lo bastante fuerte para imponer a todos los demás sus criterios sobre los valores de la vida, no lo formarán jamás los de gustos altamente diferenciados y desarrollados; sólo quienes constituyen la «masa», en el sentido peyorativo de este término, los menos originales e independientes, podrán arrojar el peso de su número en favor de sus ideales particulares."[3]
Es más fácil descubrir ese tipo de personas entre los niveles educativos bajos. El secreto es hallar la homogeneidad de sentires, y esta se localiza en cuantioso número en las personas de escasa cultura. Y no hay peor enemiga de la uniformidad de pensamientos y de gustos que la educación, es por ese motivo que quien aspira a dominar a otros no puede jamás estar en favor de una alta educación, y es lo que diferencia la educación del adoctrinamiento. El gobierno adoctrina no educa, pero no se notará a ningún estatista que lo admita abiertamente.
Sin embargo, existe el prejuicio por el cual se cree que esta en el interés del gobernante que todos tengan acceso a una educación de calidad. Este es el argumento central de la llamada educación "pública". Mas allá de las buenas intenciones que un político en particular pudiera genuinamente poseer cuando afirma tal cosa, el sistema educativo estatal no ha conseguido nunca en el pasado, no lo consigue en el presente y es dudoso que lo consiga en el futuro el fin perseguido por sus apologistas. En rigor, el sistema educativo estatal está diseñado no para elevar la calidad educativa del pueblo, sino para todo lo contrario, por muy extraño que esto pudiera parecer a muchos o a todos.
Los líderes políticos, o quienes aspiren a convertirse en tales, encuentran un terreno mucho más fértil para sus planes de dominación dentro la gente menos educada y no sus opuestos. De allí que, los planes educativos oficiales tienden hacia la uniformidad intelectual y no a la diversidad del educando.
El fascismo logró imponerse en Europa gracias a que sus líderes apelaron a la gente de más baja cultura, y es por esto que reemplazaron la diversidad educativa por la uniformidad doctrinaria. ¿Cómo lo lograron? Monopolizando la educación de los países en donde aparecieron.
Será oportuno recordar que el décimo punto del Manifiesto Comunista estatuye lo siguiente:
"10. Implantar la instrucción pública obligatoria, a través de escuelas y establecimientos exclusivamente regidos por el Estado."[4]
De tal suerte que, no es casual que gran parte de la educación mundial esté en manos de los gobiernos por muy "liberales", "capitalistas" y "democráticos" que se los considere.

[1] Friedrich A. von Hayek, Camino de servidumbre. Alianza Editorial. España. pág. 177
[2] Hayek F. Camino…ibidem.
[3] Hayek F. Camino…ibidem.
[4] (Vid. Manifiesto Comunista (1848), Marx y Engels, págs. 74 y 75 (Progress Publishers), Moscú, 1975, edición en lengua inglesa.)

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