Mitos económico-políticos



Por Gabriel Boragina ©

Cuando los gobiernos intervienen en la economía, necesariamente se producen ganadores y perdedores que no existen en otro caso. Toda intervención gubernamental genera un "efecto de suma cero" económico, es decir que los que unos ganan sucede porque otros lo pierden, juego en el cual los que pierden siempre son muchísimos más que los que ganan:
"Hay políticas económicas que mantienen en la pobreza a un gran número, pero be­nefician a pequeños grupos de grandes corporaciones, gremios o gobernantes. La descripción y estudio de cada política económica permite identificar a los per­judicados y a los beneficiados, ya que la mayoría de ellas tiene ganadores y per­dedores. (pág. 13) La politización de la economía consis­te en subordinar las políticas económicas a la conquista o conservación del poder."[1]
Prácticamente, no existe país en el mundo donde este fenómeno no se registre en mayor o menor medida. Décadas de intervención estatal en la economía han generado resultados tan distorsivos que pocos son los gobiernos que -aun con la mejor de las intenciones- pueden corregir las devastadoras consecuencias que la injerencia estatal económica ha producido. En Latinoamérica, las secuelas destructoras de los Kirchner en Argentina, Correa en Ecuador, Morales en Bolivia y -por, sobre todo- el castrcomunismo chavista en Venezuela han arrasado casi con las economías de cada uno de sus países, y llevará un buen tiempo revertir tan tremenda situación.
"Muchos gobernantes, aun a sabiendas de los resultados negativos a largo plazo de una determinada política económica, la ponen en práctica, pues a corto plazo les ayuda a conservar el poder. (Pág. 22 y 23) El término estanflación - inflación con desempleo- implica que los estímulos de la demanda vía déficit fiscal y gasto pú­blico ya no generan empleo, sino desem­pleo. (Pág. 103)"[2]
La tentación a adoptar medidas económicas populares es algo a lo que usualmente ningún político se encuentra exento, y -más tarde o más temprano- cae en la misma. De allí a desembocar en el populismo hay un sólo paso. Y eso es precisamente lo que ha ocurrido en los casos que señalábamos antes. Lamentablemente, empero, siempre llega el momento de poner orden en las cuentas y ese trabajo "desagradable" (en términos populares) le toca hacerlo al político siguiente de turno cuando la situación ha llegado a un punto de crisis. Eso es un poco lo que le está sucediendo al presidente Macri en la Argentina, y lo que le acontecerá al resto de los países mencionados que no terminan de salir de la trampa populista en la que se vieron encerrados en los últimos años.
"Los ciclos económicos, auges inducidos y recesiones, son producto de políticas eco­nómicas de gasto público expansivo, no son inherentes a un proceso económico. (Pág. 105)"[3]
Es un mito muy extendido que los ciclos económicos son producidos por fenómenos típicos del mercado y de la actividad privada, culpándose a empresarios y comerciantes de inducirlos o -en el mejor de los casos- atribuirlos a simple y puro fatalismo económico. Pero ninguna de estas explicaciones tiene el menor atisbo de verdad. Los ciclos económicos son esencial y exclusivamente productos de la injerencia gubernamental en la economía, con lo cual esta deja de ser privada y pasa a ser estatal, produciéndose entonces severas alteraciones en las transacciones económicas, las que llevan finalmente al famoso "ciclo".
"Si mediante leyes y decretos se pudieran aumentar los empleos y el nivel de vida de los trabajadores, ya no habría desemplea­dos ni pobres en el mundo. El problema es que las leyes que teóricamente buscan esos objetivos por medio de su obligato­riedad sólo benefician a minorías de tra­bajadores, a costa de provocar un efecto contrario en la mayoría. (Pág. 118) "[4]
En el curso de la historia hasta la actualidad se han dictado cúmulos de leyes y decretos laborales siempre con el mismo objetivo: el de "mejorar" el nivel de ingreso de los trabajadores. En la misma línea, gran cantidad de leyes y decretos han ordenado la transferencia de fondos de los que -según los gobiernos- "más tienen" hacia los que -también para ellos- "menos poseen". Sin embargo, ninguna de aquellas abundantes medidas logró suprimir ni el desempleo ni la indigencia, sino que, al contrario, solamente las han estimulado y ayudado a crecer todavía más. Incluso en el caso de que el objetivo se encuentre animado por las mejores intenciones, todavía así, las derivaciones son adversas.
"Hay que distinguir los factores que real­mente elevan el nivel de vida de los traba­jadores, los salarios reales y el empleo, de las promesas y leyes que para ganar votos ofrecen políticos o líderes sindicales. Esas promesas, si bien a corto plazo y a peque­ños grupos les dan privilegios, son a costa de reducir el empleo formal y los salarios en la mayoría de los trabajadores que no forman parte de esos grupos organizados. (Pág. 119)"[5]
Tal como enseña la sana doctrina económica, el único factor que eleva el nivel de vida y de empleo es la mayor inversión de capital, y esto sólo acontece en aquellas economías completamente libres de cualquier injerencia estatal y no en otro caso. Toda medida que obstaculice la inversión de capital como, por ejemplo, las leyes laborales, tendrán como indefectible ramificación disminuir los empleos y salarios, ocasionando un fruto contrario al buscado. El corolario no es diferente cuando, como bien muestra nuestro autor, la consecuencia buscada con tales leyes por esos políticos o líderes sindicales sea meramente obtener mayores votos.
"La productividad, decisiva para lograr me­jores salarios, se incrementa, como expli­camos anteriormente, mediante la incor­poración de mejores maquinarias (capital físico) y una mayor capacitación (capital humano) en los procesos productivos o de comercialización, que permitan producir más a un trabajador en un mismo periodo."[6]
La inversión de capital (que, como conforme enseña el autor, admite varias subclasificaciones) es la que consigue, en suma, el progreso social. La combinación de inversión tecnológica y en capacitación es la clave del éxito. Y el requisito para conseguirlo es la libertad. 

[1] Luis Pazos. Educación económica contra demagogia electorera, Centro de Investigaciones Sobre la Libre Empre­sa, A.C. (CISLE) (Del libro Políticas Económicas). pág. 5
[2] Luis Pazos. Educación económica…ob. cit. Pag. 5
[3] Luis Pazos. Educación económica…ob. cit. Pag. 6
[4] Luis Pazos. Educación económica…ob. cit. Pag. 6
[5] Luis Pazos. Educación económica…ob. cit. Pag. 6
[6] Luis Pazos. Educación económica…ob. cit. Pag. 6-7

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