Lord Keynes y el pleno empleo (II)



Por Gabriel Boragina ©

"En la concepción del mundo de Keynes, los gobiernos guiados por sus ideas serían sabios y largoplacistas, asegurando que el desempleo masivo de los años 30 nunca sucediera de nuevo. El gobierno manipularía los tipos de interés, el nivel de precios, y la cantidad y dirección de la inversión para asegurar que la sociedad tuviera elevado empleo, inversiones socialmente beneficiosas, y estabilidad económica general."[1]
En realidad, esta observación no es del todo exacta. Keynes era un declarado cortoplacista. Precisamente su teoría -y en particular su libro más famoso- tenían como norte encontrar una solución al paro (desempleo) que tenía ante sus ojos. Pero en cambio, sí es verdad que aspiraba a que los gobiernos siguieran las que él consideraba sus sabias ideas. Que el objetivo de Keynes era dar punto final al desempleo que se vivía en su época es algo que la misma cita menciona cuando hace referencia a la crisis de los años 30. Lo que aparentemente no pudo reconocer J. M. Keynes fue que, precisamente las medidas que él aconsejaba adoptar ya se estaban ejecutando en los principales países del mundo, y eran esas sus recetas las que estaban generando el desempleo masivo. En el fondo, la propuesta keynesiana era la de perseverar en el camino que los gobiernos de su época -en particular el de los EEUU bajo la administración Roosevelt- ya venían transitando. Keynes le estaba dando soporte teórico a políticas económicas que ya se encontraban en realización entre las primordiales naciones del orbe. En lo sustancial, la teoría keynesiana no "crea" empleo genuino, sino que transfiere o transporta puestos de trabajo de un lado hacia otro. "Crea" puntos de trabajo en un sector a costa de sacrificar esas mismas colocaciones (u otras) en un sector diferente.
"El fallo central en el pensamiento de Keynes, insistía Hazlitt, era su falta de voluntad en admitir que el elevado desempleo en Gran Bretaña (años 20) y EEUU (años 30) fue causado por la intervención gubernamental, incluyendo a los sindicatos, que convirtieron muchos precios y salarios en prácticamente “rígidos”. Poderes políticos e intereses especiales evitaron que los mercados re-establecieran competitivamente un equilibrio entre la oferta y la demanda para varios bienes."[2]
Keynes rechazaba –ya sea por desconocimiento o por conveniencia (lo que no queda claro después de todo) que la única causa del desempleo se encontraba en la inflexibilidad de los salarios a la baja en un contexto recesivo como era el que habían provocado las políticas intervencionistas que se estaban desplegando en su época. El decreto de controles de precios y salarios generaba fuerte distorsiones a todo el aparato productivo, una de las cuales afectaba principalmente al mercado laboral de la manera típica en que tales deformaciones lo hacen: provocando desempleo. Al obstaculizar que los precios de los bienes y servicios subieran, y el de los salarios del trabajo bajaran se creaban -como decimos- los efectos característicos: restricción de la oferta de los primeros y de la demanda de los segundos. Al negar la ley de la oferta y la demanda, la teoría keynesiana impedía que precios y salarios se movieran buscando su punto de equilibrio. La consecuencia lógica –entonces- era la depresión.
"La solución de Hazlitt. Por tanto, el mercado estuvo atrapado en distorsiones salariales y de precios que destruían empleo y oportunidades productivas, resultando en la Gran Depresión. (Hazlitt no negó que la contracción de la oferta monetaria a principios de los años 30 incrementó el grado al que los precios y salarios tenían que caer para re-establecer el pleno empleo)."[3]
En lo que al empleo se refiere, la principal distorsión consistía en que políticamente se habían fijado salarios mínimos al trabajo, en tanto que -en sentido contrario- se contraía la oferta monetaria. Y dado que -por ley- los salarios no podían reducirse, tampoco era posible pagarlos. Esta contracción de los años 30 siguió a la expansión de la década anterior. El resultado fue una espectacular caída de los salarios reales junto a un elevado índice de desocupación.
"Lo que se necesitaba para restaurar el pleno empleo era un ajuste de numerosos salarios individuales y precios de los recursos a los precios más bajos de muchos bienes de consumo. El grado al que cualquier salario monetario individual o precio de un recurso tuviera que ajustarse hacia abajo dependía de las diferentes condiciones de oferta y demanda de cada uno de los mercados individuales."[4]
Era necesario -en primer lugar- abolir los controles de precios y salarios que se habían determinado políticamente. Una medida tal implicaba un elevado grado de impopularidad, razón por la cual el gobierno no estaba dispuesto a adoptarla. Pero, sin embargo, era muy claro (para quien quisiera verlo) que la recesión y los controles eran incompatibles entre sí, y que estos últimos estaban contribuyendo a agravar la crisis. Pero, tal como se ha dicho antes, eliminar los controles acarrearía al gobierno una alto grado de antipatía, lo que hoy llamaríamos un costo político que el gobierno no se encontraba dispuesto a pagar. En una palabra, la solución pasaba por sincerar la economía a la situación que se estaba viviendo.
"Una política inflacionaria intenta devolver al equilibrio algunas relaciones individuales de precios-salarios empujando a los precios hacia arriba a lo largo y ancho de la economía, explicó Hazlitt: "Debido a que Keynes, con su pensamiento basado en agregados, se opone a restaurar el empleo o el equilibrio mediante ajustes pequeños, graduales, poco sistemáticos [...] debemos conseguir el mismo resultado inflando la oferta monetaria y subiendo el nivel de precios, para que los salarios reales de todos los trabajadores se reduzcan en la misma proporción [...] El remedio keynesiano, en resumen, es como cambiar la cerradura para evitar cambiar la llave adecuada, o como ajustar el piano al taburete en lugar del taburete al piano."[5]

[1] Richard M. Ebeling. “Hazlitt y el fracaso de la economía keynesiana". The Freeman. Ideas on Liberty. Nº 2. p. 2
[2] Ebeling R."Hazlitt y el..." op. cit. p. 3
[3] Ebeling R."Hazlitt y el..." op. cit. p. 3
[4] Ebeling R."Hazlitt y el..." op. cit. p. 3
[5] Ebeling R."Hazlitt y el..." op. cit. p. 3

La solución a la pobreza



Por Gabriel Boragina ©

Si bien hemos abordado este tema muchas veces, no estará de más reiterar algunas ideas básicas al respecto, sobre todo porque la confusión sobre el mismo sigue latente en muchos ámbitos, incluso académicos.
"La organización Oxfam ha dado con la solución para acabar con la pobreza en el mundo: ¡quitarle el dinero a los ricos! Nada fascina más al buenismo de todos los partidos y tendencias que las alquimias políticas que comporten la violación de la propiedad privada, sobre todo si es de una minoría indeseable. Los titulares de prensa recogieron con visible entusiasmo el descubrimiento de Oxfam: Los ingresos en 2012 de las 100 personas más ricas del planeta podrían acabar cuatro veces con la pobreza mundial."[1]
 La idea popular de que los ricos son ricos a expensas de los pobres no es nueva. Podría decirse que es tan antigua como el hombre. Ya en la Biblia encontramos referencias a ella, si bien bajo diferentes escenarios y contextos. El fundamento histórico parecía justificado: en los pueblos antiguos la riqueza era obtenida por medio de la fuerza de reyes, emperadores y monarcas, que a través de guerras de conquista se apropiaban absolutamente de todo lo que podían, a costa de sus conquistados. Tras una invasión, los jefes militares y políticos confiscaban tanto bienes como personas, usufructuando a ambos, y reduciendo a sus invadidos a la esclavitud. Así, el poder y el dinero terminaba hallándose -al final del camino- siempre en las mismas manos: la de los poderosos jefes militares y políticos. Este fue el panorama general mundial hasta que, hacia finales del siglo XVIII, comienza a irrumpir en escena un fenómeno que revertirá -casi por completo- esa historia, y este acontecimiento consistió en la aparición del capitalismo.
"El mensaje es diáfano: no sólo se resuelve la pobreza quitándole el dinero a los ricos, sino que ni siquiera hay que quitárselo todo. Incluso cabe dejarles bastante. Vamos, no quitarles el dinero es monstruoso: "la riqueza y los ingresos extremos no sólo no son éticos, sino que además son económicamente ineficientes, políticamente corrosivos, socialmente divisores y medioambientalmente destructivos". No sé si está claro: es que quitándoles un poco de su grosero patrimonio a los ricos, todo está resuelto. Todo."[2]
La palabra "extremo" no es más que un juicio de valor, una apreciación por entero subjetiva que varía de significado de persona en persona. Alguien que tenga un sólo par de zapatos podría considerar "extremo" que otra persona tuviera dos o tres; de la misma manera que alguien que tuviera un millón de dólares podría juzgar "extremo" que su vecino tuviera dos o tres millones de la misma moneda. Nunca vamos a poder acertar un criterio único ni un patrón uniforme que catalogue -de una vez por todas y para siempre- que es lo "extremo" o "anti-extremo" para todo el mundo.
 "La mendacidad no es un accesorio del pensamiento único: integra su misma esencia, y aquí resplandece como nunca, en un triple sentido. En primer lugar, es falso que la pobreza tenga que ver con la riqueza: los pobres no son pobres porque los ricos sean ricos. Un rico no es necesariamente un ladrón. Sólo si hay apropiación forzada la riqueza equivale a la pobreza. Por cierto, eso sucede en un caso importante que no es analizado por el progresismo: cuando el Estado nos quita el dinero, ahí sí que se enriquece él a expensas de sus súbditos. En condiciones de libertad el rico no empobrece a los demás ni es éticamente reprochable, al revés de lo que asegura Oxfam."[3]
En condiciones de libertad o de un sistema capitalista pleno, el rico enriquece al pobre y no a la inversa. El capital acumulado hace de apoyo logístico al trabajo, y este efecto provoca que los salarios reales crezcan, lo que es sumamente provechoso para todas las personas de escasos recursos, sea que estén efectivamente empleadas o no lo estén. En el capitalismo, la libre competencia obliga a los empresarios y productores a bajar precios de sus artículos, al tiempo que el mercado libre competitivo los fuerza -les guste o no- a aumentar salarios, y a contratar más mano de obra. De tal suerte que, los desocupados pasan a conseguir empleo, y los ya empleados ven subir sus salarios. En los mercados intervenidos (como los nuestros) el efecto observado es el inverso.
"En segundo lugar, la pobreza no se supera mediante transferencias de recursos existentes, sino mediante creaciones de riqueza a cargo de los propios pobres, que jamás son considerados como protagonistas por el discurso hegemónico, que los ve como petrificados explotados, incapaces de salir adelante si no viene un poderoso a redistribuir a la fuerza la propiedad ajena."[4]
El gobierno no puede hacer caridad con los pobres, por la sencilla razón de que los recursos que les trasfiere se los está quitando a otras personas (ricos y pobres asimismo) y la caridad sólo adquiere relevancia cuando se realiza con fondos propios. Más los gobiernos nunca obtienen fondos propios. Todo dinero que maneja el gobierno es producto de la expoliación al sector productivo de la economía.
"Y en tercer lugar, el camelo de Oxfam transmite la sensación de que la política es buena si "lucha contra la desigualdad" hostigando exclusivamente a los millonarios. Pero la política no hace eso nunca, sino que se dedica a arrebatar los bienes a las grandes mayorías, a las que cobra impuestos y ahoga con toda suerte de controles, regulaciones, prohibiciones y multas; grandes mayorías, por cierto, que no reciben la atención de Oxfam ni de ninguna voz del buenismo predominante"[5]
La pobreza actual es consecuencia de la política de la mayoría de lo estados nación que se encuentran enrolados en una lucha contra la riqueza o contra el capital, tal como K. Marx quería. Estos gobiernos, rehusarían rotularse como marxistas, sin embargo lo que practican es marxismo, si bien no puro, pero marxismo al fin. El keynesianismo -mas aceptado recientemente- es sólo una forma edulcorada de marxismo menos violento pero no menos letal.

[1]Carlos Rodríguez Braun. "Oxfam Eureka". Fuente: Centro Diego de Covarrubias/ http://centrocovarrubias.com/node/437
[2] Rodríguez Braun. "Oxfam.... op- cit.
[3] Rodríguez Braun. "Oxfam..." op. Cit.
[4] Rodríguez Braun. "Oxfam... op. Cit.
[5] Rodríguez Braun. "Oxfam... op. Cit.

Lord Keynes y el pleno empleo



Por Gabriel Boragina ©

J. M. Keynes ha pasado a la historia económica como el paladín del "pleno empleo". Sin embargo, aun no se encuentra suficientemente difundido (especialmente entre el vulgo) que sus recetas nunca consiguieron el tan ansiado objetivo y que, lejos de obtenerlo, tampoco podrían hacerlo, dado que su teoría para llegar a ello, fue y es -desde todo punto de vista- inviable.
Examinemos a continuación más en detalle la falacia keynesiana:
"Keynes argumentaba en La Teoría General que la economía de libre mercado no contenía ningún mecanismo interno para asegurar el pleno empleo. La debilidad crucial, decía, yace en la relación entre el ahorro y la inversión. La gente tiende a consumir más cuando sus ingresos suben, pero este incremento no es tan grande como el aumento en el ingreso. En otras palabras, también se ahorra una parte del aumento del ingreso. El problema, insistía, es que el ahorro es “no-gasto” y si la gente no gasta todo el ingreso extra que ganan, los empresarios pueden no tener el incentivo para invertir lo suficiente para emplear a todos aquellos que quieren trabajos a los salarios establecidos. Como resultado, una gran parte de la mano de obra puede acabar desempleada porque el sector privado ha fallado en crear suficientes puestos de trabajo. La economía, por tanto, se puede quedar atascada durante un periodo prolongado en lo que Keynes llamó un “equilibrio con desempleo”. ¿No podrían mejorar los trabajadores sus perspectivas aceptando salarios monetarios más bajos? No, insistía Keynes, porque los trabajadores sufren de una “ilusión monetaria” -incluso cuando los precios estuvieran cayendo y un recorte en los salarios no les afectara en términos de poder de compra, los trabajadores rechazarían aceptar menos dinero-".[1]
El error de Keynes consistía en que impugnaba como "falsa" la ley de la oferta y la demanda, también denominada "Ley de Salidas" de Say. De haber aceptado la verdad de esta ley básica de la economía habría advertido que su planteo era por completo equivocado. Pero no era su único desconocimiento, sino que tampoco tenía claro cómo funcionaban el ahorro y la inversión, lo que brinda evidencia que sus conceptos sobre ambos también eran oscuros. No obstante, su ataque principal estaba dirigido contra el ahorro, que Keynes asimilaba por completo al atesoramiento, campo este último donde también padecía de una severa confusión. En suma, parecía creer que -en última instancia- lo que provocaría el desempleo sería el excesivo ahorro, lo cual bien sabemos que resulta por completo falso. En su diseño mental, suponía que la única forma de generar empleos era mediante el consumo íntegro del ingreso por parte de la gente, lo que demuestra la falacia de las conexiones causales que establecía en su "teoría". El pleno empleo sólo reconoce una exclusiva y única causa : la total ausencia de interferencias regulatorias por parte de los gobiernos en el mercado laboral, es decir el más absoluto y riguroso respeto a las convenciones pactadas en los contratos laborales celebrados en el marco de la más incondicional libertad entre empleadores y empleados. En otras palabras, lo necesario para la existencia de pleno empleo es la no interferencia del gobierno en el mercado laboral, y no las abstrusas "elaboraciones" keynesianas.
"En vez de pedir que los trabajadores aceptaran cobrar menos, Keynes estaba a favor de aumentar el nivel general de precios para que los empresarios pudieran obtener beneficios sin recortar los salarios. En otras palabras, la solución de Keynes para el desempleo era la inflación de precios."[2]
También proponía la misma solución respecto de los salarios, lo que demuestra un nuevo desconocimiento adicional de la teoría keynesiana, a saber: en qué consiste realmente la inflación y cuáles son sus efectos. En realidad, los empresarios no podrían obtener beneficios si por un excesivo nivel de precios los consumidores se veían impedidos de aumentar sus compras, lo que hacía necesario que por un mecanismo análogo (inflacionario) se aumentara el poder de compra de los asalariados. No obstante, Keynes tampoco parecía advertir que en el mediano y largo plazo la inflación no aumenta el poder de compra real del salario. Lo que se genera en los hechos, es una carrera infernal entre precios y salarios (en rigor, entre dos tipos de precios diferentes, pero ambos precios al fin).
"Déficit público. El gasto deficitario del gobierno proporcionaría una demanda adicional al mercado, empujando los precios hacia arriba y estimulando la contratación. Esta política continuaría hasta que se consiguiera el “pleno empleo”. Pero debido a que, desde el punto de vista de Keynes, los empresarios eran normalmente cortoplacistas e irracionales en sus miedos acerca de las perspectivas de las inversiones, el sector privado siempre se retrasaría en crear trabajos. El gobierno tendría que estar constantemente al control de los instrumentos monetarios y fiscales, inyectando gasto en la economía para evitar que volviera a hundirse en niveles de desempleo inaceptables."[3]
A esa demanda adicional del gobierno es a lo que los keynesianos llamarían pomposamente "demanda agregada". Keynes creía que las mayores ganancias de los empresarios, fruto, a su turno, del aumento de precios generado por la demanda adicional del gobierno, impulsarían a una superior contratación de empleo, pero es de sentido común saber que no necesariamente habría de ser así. En realidad, también en eso se equivocaba Keynes. El mayor gasto de consumo gubernamental podría tener como efecto –alternativamente- un incremento de los gastos personales o familiares del empresario en cuestión, o el atesoramiento empresarial, o bien mayor inversión en tecnología, dado que los empresarios siempre están alertas a cualquier oportunidad de abaratar costos. Es verdad que esta mayor inversión en tecnología podía, indirectamente, crear nuevo empleo, pero -al mismo tiempo- antiguos puestos de trabajo desaparecerían como fruto de la innovación tecnológica. Por otra parte, el gasto continuaría empujando los precios al alza, desalentando la demanda de los trabajadores que no pudieran afrontar esos aumentos.

[1] Richard M. Ebeling."Hazlitt y el fracaso de la economía keynesiana". The Freeman. Ideas on Liberty. Nº 2
[2] Ebeling R."Hazlitt y el..." op. cit. p. 2
[3] Ebeling R."Hazlitt y el..." op. cit. p. 2

Alberdi y el gasto público (II)



Por Gabriel Boragina ©

Alberdi creía que un gasto público elevado no constituía necesariamente un obstáculo a la producción, lo que comparado con otros pasajes de su obra denotan cierta ambigüedad suya en el tema. Prueba de lo anterior la encontramos, por ejemplo, en esta cita:
"Repartir bien el peso de las contribuciones no sólo es medio de aligerarse en favor de los contribuyentes, sino también de agrandar su producto en favor del Tesoro nacional. La contribución es más capaz de dañar por la desproporción y desigualdad que por la exorbitancia: tan verdadero es esto, que muchos han visto en las contribuciones elevadas un estímulo a la producción más que un ataque. Todos recuerdan lo que sucedió en Inglaterra antes de 1815: a medida que se elevó el gasto público y con él la tasa de las contribuciones, mayor fue la producción. Muchas explicaciones ha recibido ese fenómeno, y de las más sensatas resulta, que si los impuestos no fueron causa del aumento de producción, tampoco fueron un obstáculo. - ¿Por qué? Porque pesaron sobre todos los agentes y modos de producción, a la vez que a todos ellos se les aseguró campo y libertad de acción."[1]
Ferviente partidario del impuesto proporcional que recayera sobre todos y cada uno de los ciudadanos, contaba que de tal modo la producción general no se vería afectada. Su argumento parecía hallar como toda apoyatura la experiencia de "Inglaterra antes de 1815". No podemos dejar de señalar que hay una cierta contradicción con lo que el insigne argentino había expuesto unas páginas antes (pág. 105). En su tesis, siempre y cuando el impuesto sea igualitario y proporcional la producción no sólo no disminuiría sino que hasta podría crecer. Hoy, desde una visión provista por la Escuela Austriaca de Economía, podríamos disentir con su enfoque. Indudablemente es positivo y hasta necesario que los impuestos sean proporcionales e igualitarios, pero al mismo tiempo es tan trascendente como que sean los menores posibles. Porque -como el mismo Alberdi parecía pensar en la pág. 105 de su obra-, el gasto privado y público son -en realidad- uno mismo, y no dos gastos de naturaleza distinta. En sus exactas palabras: "el gasto público y el gasto privado, pues no son gastos de dos naturalezas, sino dos modos de un mismo gasto, que tiene por único sufragante al hombre en sociedad". Pero hay una diferencia sustancial entre ambos, y es que no es la misma persona la que hace uno y otro gasto, si bien los recursos que se utilizan provienen de una misma fuente. En el gasto privado "A" gasta los recursos de "A", en tanto que en el gasto público "B" gasta los recursos de "A". Y, por cierto, nada garantiza que -en el segundo supuesto- "A" estuviera de acuerdo con "B" en cuanto a dos cosas: que se utilicen sus dineros para el gasto "C, D...etc." (por caso) y en segundo lugar –suponiendo que ese consentimiento existiera- que también hubiera una segunda anuencia por la cual "A" estuviera conforme con el destino de ese gasto que "B" hace en "C".
"Más adelante, en el capítulo sobre los objetos del gasto público, estudiaremos la necesidad de dividir el presupuesto en tantos capítulos de gastos como el número de los ministerios que integran el despacho colectivo del gobierno, y de que los artículos de gastos y entradas sean discutidos y sancionados separadamente, sin que el gobierno pueda trasladar a un artículo fondos destinados a otro: cuyos requisitos son garantías prácticas de limpieza en la gestión del Tesoro nacional, y no meras y vanas formalidades".[2]
Aquí tenemos otro párrafo en el cual no parece preocuparle demasiado a Alberdi el tamaño del gasto público, dado que sigue poniendo el énfasis en dos aspectos: el equilibrio y el destino. Hoy objetaríamos, desde nuestra perspectiva actual, que el volumen del gasto público importa y mucho, si tenemos en cuenta algo que el propio Alberdi parecía aceptar páginas antes : que lo que el estado-nación gasta lo extrae de impuestos que, necesariamente, cobra al contribuyente, y que ello implica (simple operación aritmética mediante) que cada unidad monetaria que el "estado" gasta es una unidad memos que el particular tendrá disponible –pero- para diferentes propósitos : ya sea gastar, invertir, ahorrar, etc. Por lo que no resulta indiferente –repetimos- la cuantía de ese gasto "público" que, en rigor, es puro gasto estatal.
Un problema que Alberdi enfrentaba en su tiempo era el del federalismo frente al unitarismo, términos con los cuales se designaba en aquella época lo que hoy llamaríamos descentralización frente a centralización tanto del poder como de los recursos que ese poder maneja. Ello le hacía señalar con precisión que:
"Así los gastos de provincia no son del resorte del Tesoro nacional en la Confederación Argentina. Pero es preciso no confundir con los gastos de provincia propiamente dichos los gastos de carácter nacional ocasionados en provincia. En este sentido, los gastos nacionales de la Confederación, considerados dentro de sus límites excepcionales, son susceptibles de la división ordinaria en gastos generales y gastos locales de carácter federal. Los gastos del servicio de aduanas, del de correos, de la venta de las tierras públicas, los gastos del ejército, que son todos gastos nacionales, se dividirán naturalmente en tantas secciones locales como las provincias en que se ocasionen. Esa división será necesaria al buen método y claridad del cálculo de gastos y a la confección de la ley de presupuestos. Por otra parte, residiendo el gasto público al lado de la entrada fiscal en cada sección de la Confederación, y no habiendo necesidad de que el Tesoro percibido en provincia viaje a la capital para volver a la provincia en que haya de invertirse, la división de entradas y gastos en dos órdenes, uno general y otro local, servirá para distribuir los gastos locales que pertenecen a la Confederación en el orden en que están distribuidas las entradas, sin necesidad de sacar los caudales del lugar de su origen y destino en la parte que tiene de federal o nacional. Bajo el antiguo régimen español del virreinato argentino, se observaba un método semejante que se debe estudiar como antecedente nacido de la experiencia de siglos".[3]


[1] Alberdi, Juan Bautista. Sistema económico y rentístico de la Confederación Argentina según su Constitución de 1853. Pag. 168
[2] Alberdi....Ob. cit. pág 183
[3] Alberdi....Ob. cit. pág 198

Gobierno, economía y educación

Por Gabriel Boragina © Es casi un lugar común considerar que la educación debe prioritariamente estar a cargo del gobierno. Existe u...