Socialismo, planificación e intervencionismo



Por Gabriel Boragina ©

El socialismo es un concepto que suele aparecer disfrazado bajo otros que -explícita o implícitamente- terminan identificándose con aquel. Pero existen más confusiones adicionales, de las cuales la más notable es la de la fusión bajo la misma noción de medios y fines que hacen al socialismo.
"Esta confusión concierne nada menos que al propio concepto de socialismo. Puede éste tan sólo significar, y a menudo se usa para describir, los ideales de justicia social, mayor igualdad y seguridad, que son los fines últimos del socialismo. Pero significa también el método particular por el que la mayoría de los socialistas espera alcanzar estos fines, y que muchas personas idóneas consideran como el único método por el que pueden plena y prontamente lograrse. En este sentido, socialismo significa abolición de la empresa privada y de la propiedad privada de los medios de producción y creación de un sistema de «economía planificada», en el cual el empresario que actúa en busca de un beneficio es reemplazado por un organismo central de planificación"[1]
 Lo que implica que bajo un mismo vocablo (socialismo) se están designando cosas diferentes, las que -a su turno- involucran tanto los objetivos últimos del socialismo como los mecanismos empleados para alcanzar dichas metas. Si bien en la actualidad hay numerosas personas que ven con simpatía la consecución de tales propósitos empleando idénticos medios pero que se rehúsan a sí mismas a tildarse como socialistas, lo cierto es que ello puede ocurrir ya sea porque tales individuos desconozcan en realidad cual es el significado correcto del vocablo socialismo, o bien que, conociéndolo, tratan de infiltrarse en las filas de los partidarios de la libertad para desmoralizarlos, ya sea por vía de una deliberada confusión de términos y conceptos, o bien con el ánimo de convencerlos de su doctrina.  Mucho se ha escrito, explicado y demostrado históricamente respecto de la imposibilidad de alcanzar aquellas intenciones con esos métodos. La abolición de la empresa y propiedad privada y los sistemas de economía planificada que se han ensayado y se siguen practicando en el mundo, lejos de alcanzar algún grado de seguridad, igualdad o "justicia social", han tenido como resultado exactamente sus opuestos : inseguridad, desigualdad e injusticia.  
"Esto bastaría para crear confusión. Mas la confusión ha aumentado todavía por la práctica común de negar que quienes rechazan los medios aprecian los fines. Pero no es esto todo. Se complica más la situación por el hecho de valer los mismos medios, la «planificación económica», que es el principal instrumento de la reforma socialista, para otras muchas finalidades. Tenemos que centralizar la dirección de la actividad económica si deseamos conformar la distribución de la renta a las ideas actuales sobre la justicia social. Propugnan la «planificación», por consiguiente, todos aquellos que demandan que la «producción para el uso~ sustituya a la producción para el beneficio. Pero esta planificación no es menos indispensable si la distribución de la renta ha de regularse de una manera que tengamos por opuesta a la Justa. Si deseamos que la mayor parte de las cosas buenas de este mundo vaya a manos de alguna élite racial, el hombre nórdico o los miembros de un partido o una aristocracia, los métodos que habríamos de emplear son los mismos que asegurarían una distribución igualitaria."[2]
No es necesario ser demasiado despierto para darse cuenta que lo que se describe en la cita anterior es un proceso que termina desembocando en un estado totalitario.  Paradójicamente, los mismos medios señalados, los socialistas los indican como apropiados, tanto para lograr una mayor igualdad como cuando se proponen lo contrario, es decir, cuando bajo su concepto de "justicia social" los que deben beneficiarse son un grupo determinado ("alguna élite racial, el hombre nórdico o los miembros de un partido o una aristocracia"). De tal suerte, la «planificación económica» (que es el método por excelencia que busca imponer el socialismo) era apoyada, tanto por los nazis, como por los fascistas, comunistas, etc. siendo que estas sectas tenían destinatarios finales diferentes entre ellas. Pero incluso tal planificación es propugnada, además, por partidos que se consideran tanto a sí mismos como por sus simpatizantes como "moderados", franja en la que se engloban la mayoría de los partidos políticos que dicen ser de tendencia socialdemócrata.
En definitiva, abundan las corrientes de pensamiento que adoptan las recetas socialistas inclusive en buena parte de los casos- sin saber a ciencia cierta de donde provienen estas. Es así que, es frecuente toparse con personas que no dudan en recomendar la intervención del gobierno en múltiples campos, que van desde el laboral pasando por el comercial y hasta el empresarial, sugiriendo que esta sería la "única manera" de lograr un equilibro entre "fuerzas" que están en pugna y en desigualdad de condiciones. Cuando se les observa que ese modo de pensar es típicamente socialista, se sorprenden como primera reacción, y como segunda lo niegan enfáticamente, con lo que evidencian su más completo desconocimiento del socialismo, al que adhieren sin saberlo y, posiblemente, a su pesar.
No obstante, el intervencionismo es una forma menor de planificación, que se distingue del socialismo y del comunismo por ser un tipo de planificación algo más descentralizada, y un poco menos coercitiva, si bien mantiene en común con estos el hecho de que el que debe planificar es siempre el gobierno, o alguno de sus departamentos. Además, es un tipo de planificación que -en principio- no llega a todos los sectores de la economía, pero, como Ludwig von Mises ha expuesto irrefutablemente, una vez que comienza el proceso intervencionista este se torna indetenible y, de persistir por ese mismo camino, se arribará a un punto donde toda la economía terminará siendo planificada, ya sea centralizada o descentralizadamente. Lo que significa que el espíritu del intervencionismo es, por supuesto, socialista, y también es, lamentablemente, el que inspira la mayoría de los sistemas políticos del mundo actual.  

[1] Friedrich A. von Hayek, Camino de servidumbre. Alianza Editorial. España. pág. 62
[2] F. A. v. Hayek. Camino....ob. cit. pág. 63

Necesidades, capitalismo y pobreza



Por Gabriel Boragina ©

La "culpabilidad" del capitalismo en cuanto a la generación y expansión de la pobreza es casi un lugar común en la mente, discursos, diálogos, periódicos, películas, libros y –prácticamente- cualquier expresión cultural o social. Esta tendencia no es "novedosa", sino que viene desde hace muchísimo tiempo atrás. La condena al capitalismo desde K. Marx hacia aquí se ha convertido en una práctica generalizada en la que personas de todas las condiciones sociales –y sin importar su status- incurren de continuo:
"Los teóricos del welfare, como los Kathedersozialisten alemanes y sus discípulos, los institucionalistas americanos, han publicado miles de volúmenes, detallados catálogos de las insatisfactorias condiciones en que se debate el género humano. Creen así evidenciar las deficiencias del capitalismo. Pero en realidad tales escritos no nos dicen sino lo que todos ya sabemos: que las necesidades humanas son prácticamente ilimitadas y que hay todavía mucho que hacer en bien de la humanidad. Lo que tales publicaciones nunca se preocupan de demostrar es la idoneidad del intervencionismo y del socialismo para remediar los propios males que airean."[1]
Puede decirse, sin lugar a dudas, que la persistencia de ideas tan equivocadas acerca del capitalismo es lo que agudiza los procesos creadores de pobreza en los distintos rincones del planeta. La doctrina socialista parte de la falsa premisa de un mundo donde todos los bienes necesarios sobran. Con esta base, tan ridícula y traída de los pelos, es que llegan a la "conclusión" de que "el problema económico" encontraría definitiva solución solamente si "personas honestas" se dedicaran a repartir las riquezas que rebosan por doquier. Si fuera cierto que las fortunas crecen en los árboles como parecen opinar tales teóricos, haría tiempo que la pobreza habría sido erradicada definitivamente de la faz de la tierra. No es por la carencia de sistemas legales justos que la pobreza existe aun en vastas partes del mundo, ni tampoco por falta de bien intencionados gobernantes, sino que resulta de la errada plataforma económica en que dichos procedimientos jurídicos se fundan la verdadera causa del fracaso de estos en lograr suprimir la pobreza.
"Nadie duda que, si hubiera mayor abundancia de bienes, todo el mundo estaría mejor. El problema, sin embargo, estriba en dilucidar si, para conseguir la tan deseada abundancia, existe algún método distinto del de acumular nuevos capitales. La ampulosidad verbal del dirigismo deliberadamente tiende a ocultar esta cuestión, la única que en verdad interesa. Pese a hallarse científicamente demostrado que la acumulación de nuevo capital es el único mecanismo capaz de impulsar el progreso económico, estos teóricos gustan de lucubrar en torno a un supuesto «ahorro excesivo» y a unas fantasma­góricas «inversiones extremadas» , aconsejando gastar más y, de paso, restringir la producción. Estamos, pues, ante los heraldos de la regresión económica, ante gentes que, aun sin quererlo, laboran por la miseria y la desintegración social. La comunidad organizada de acuerdo con las normas del paterna­lismo, desde un personal punto de vista subjetivo, podrá parecer justa a determinadas gentes. Pero lo que no ofrece duda es que los componentes de tal sociedad irían pauperizándose progresivamente."[2]
El capitalismo puede definirse a la sazón como el sistema de acumulación de nuevos capitales y es -como tal- el único que garantiza por ese medio la diminución y posterior eliminación de la pobreza. Hay sólo dos motivos explicables por los cuales existen aun personas que acusan al capitalismo de originar "ganancias excesivas" o "desproporcionadas" (o sinónimos a estas calificaciones) que producen fortuna para unos e indigencia para los demás. La primera de estas razones es que, quienes así piensan, pueden llegar a ser víctimas de una supina ignorancia económica, y cuando se expresan de ese modo hablan entonces desde ella, en tanto que la segunda es atribuirla a una deliberada mala fe en quienes así se pronuncian. A su vez, esta oculta mala fe de quienes saben positivamente que el capitalismo produce bienes copiosos para todos y no a la inversa, puede radicar en dos sub-motivaciones: el hecho de que este segundo grupo de personas no se considera a si misma apta para competir en un sistema capitalista, o bien que siéndolo, padecen de fuertes dosis de envidia respecto de aquellos que mejores (o mayores) aptitudes demuestran en las lides del mercado libre. Sea como fuere, ya se trate del primer conjunto o del siguiente, lo cierto es que, en la medida que tales personas gozan de popularidad y logran convencer de sus falacias a otros incautos, la distorsión que sus ideas socialistas producen en los demás son un verdadero atentando contra el progreso y el desarrollo económicos de sus semejantes y, por carácter transitivo, del pueblo todo.
"La opinión pública del mundo occidental, durante una larga centuria, ha venido creyendo en la real existencia de eso que se ha dado en llamar «la cuestión social» y «el problema laboral». Se pretende, con tales expresiones, convencer a las gentes de que el capitalismo resulta esencialmente dañoso para los intereses vitales de las masas y, sobre todo, perjudicial para trabajadores y campesinos modestos. Siendo ello así, intolerable resulta mantener tan injusto orden económico; impónense las reformas más radicales.
La verdad, sin embargo, es que el capitalismo no sólo ha permitido a la población crecer en grado excepcional, sino que, además, ha elevado el nivel de vida de un modo sin precedentes. La ciencia económica y la experiencia histórica unánimes proclaman que el capitalismo constituye el orden social más beneficioso para las masas. Por sí solos, en tal sentido, hablan los logros del sistema. La economía de mercado no necesita de corifeos ni de propagandistas. Puedan aplicarse las célebres palabras grabadas en la catedral de San Pablo, sobre la losa mortuoria de su constructor, sir Christopher "Si buscas su monumento, contempla cuanto te rodea. "[3]

[1] Ludwig von Mises, La acción humana, tratado de economía. Unión Editorial, S.A., cuarta edición. pág. 1229 a 1231
[2] Mises L. V. La acción humana... ob. Cit. pág. 1229 a 1231
[3] Mises L. V. La acción humana... ob. Cit. pág. 1229 a 1231

Alberdi y el gasto público (I)



Por Gabriel Boragina ©

El notable inspirador de la Constitución de la Nación Argentina, el prócer Juan Bautista Alberdi, fue quizás el primero en haber hecho un análisis meduloso de la naturaleza, función y el objetivo del gasto público argentino, que siempre ha dado tanto que hablar a los economistas de todos los tiempos. Y así, nos dice en su obra:
"En el estudio de las disposiciones de la Constitución argentina, que se refieren al consumo de las riquezas, vamos a examinar: .... A qué se destina, qué objetos tiene, qué principios respeta el gasto público según la Constitución argentina."[1]
Rescatamos la noción alberdiana del gasto público como consumo de las riquezas, lo que difiere de la concepción en boga, que ve en el gasto público no una función de consumo sino de inversión. Este trastrocamiento de los conceptos y de los diferentes significados que se le asignan a los vocablos gasto, consumo e inversión resulta de importancia vital para poder comprender de qué hablaba el eminente argentino, y captar en toda su dimensión lo nuclear de su mensaje.
"Si el hombre sabe gastar por el mismo instinto de conservación que le enseña a producir y enriquecer, ¿qué apoyo exige de la ley a este respecto? - En el gasto privado, el de su abstención completa; un apoyo negativo que no le estorbe, que no le restrinja su libertad de gastar o consumir, de que su juicio propio y el instinto de su conservación son los mejores legisladores. En el gasto público, todo el apoyo que exige de la ley, es que ella intervenga sólo para impedir que se distraiga de su verdadero destino, que es el bien general; para impedir que exceda este objeto, y para cuidar que el impuesto levantado para sufragarlo no atropelle la libertad, ni esterilice la riqueza."[2]
Lamentablemente, las previsiones del insigne en este segundo aspecto no se vieron cumplidas. Fue, justamente, en nombre de ese "bien general" que los gobiernos argentinos -sobre todo desde la segunda década del siglo XX en adelante y hasta nuestros días- se lanzaron cada vez mas desenfrenadamente a lo que hoy conocemos como una incesante expansión del gasto publico. Lo que -en términos de Alberdi- seria el exceso de ese mismo objeto (bien general). De igual manera -y como también esperaba Alberdi que no sucediera- a ese crecimiento casi indefinido del gasto estatal se le sumó (como no podía ser de otro modo) un consiguiente incremento fiscal. A los impuestos directos se le añadieron los indirectos, no sólo en cantidad de ellos, sino asimismo en sus alícuotas, que de proporcionales –como además lo aconsejaba el ilustre Alberdi- rápidamente pasaron a ser progresivas
"En el interés de la libertad, conviene no olvidar que son unos mismos los principios que gobiernan el gasto público y el gasto privado, pues no son gastos de dos naturalezas, sino dos modos de un mismo gasto, que tiene por único sufragante al hombre en sociedad. Como miembro de varias sociedades a la vez, en cada una tiene exigencias y deberes, que se derivan del objeto de la asociación. Llámase gasto o consumo privado el que hace el hombre en satisfacción de sus necesidades de familia, téngala propia o sea soltero; y se llama gasto o consumo público el que ese mismo hombre efectúa por el intermedio del gobierno, en satisfacción de las necesidades de su existencia colectiva, que consiste en verse defendido, respetado, protegido en el goce de su persona, bienes y derechos naturales."[3]
Estamos aquí frente a uno de los párrafos mas importantes de la obra de este gran erudito, donde nos enseña -con ejemplar maestría- que ya se lo denomine gasto público o gasto privado, en definitiva, estamos hablando de una misma cosa. Lo que denota la unidad entre ambos conceptos es, no otra cuestión, que la fuente de financiamiento de uno o del otro. Y este origen coincide recurrentemente en el mismo punto: quien sufraga ambos tipos de gastos perpetuamente es la misma persona: el contribuyente, o como a veces igualmente se lo denomina: el ciudadano "de a pie". Todavía, es trascedente observar que -hasta donde hemos podido advertir- Alberdi no identifica plenamente el gasto público con el gasto estatal. Más bien, parece tener en mente que el gasto público persistentemente se encuentra compuesto por gastos privados, pero que tienen un destino público, tal como Alberdi lo entendió como "bien general". El gobierno -en este párrafo- vendría a ser un simple intermediario, un proveedor liso y llano de servicios que el hombre no podría (o no debería) procurarse por sí mismo. Claramente se delimitan cuales serian esos servicios: consisten "en verse defendido, respetado, protegido en el goce de su persona, bienes y derechos naturales."[4]
"Luego que se organiza o erige un gobierno, es menester darle medios de existir, formarle un Tesoro nacional. El gobierno ocupa hombres en el servicio de la administración civil, a quienes debe sueldos en cambio de su tiempo; necesita edificios para las oficinas del servicio, cuya adquisición y sostén cuesta dinero; necesita soldados para hacer respetar y obedecer las leyes y su autoridad; estos soldados viven de su sueldo, consumen municiones de guerra y de boca, y necesitan armas, todo a expensas del Estado, a quien dedican su tiempo y su servicio. Necesita de otras mil cosas que detallaremos al estudiar los objetos del gasto público, pero indudablemente no puede haber gobierno gratis, ni debe haberle por ser el más caro de los gobiernos. Donde se sabe lo que es gobierno, por ejemplo, en Estados Unidos, ni los empleos concejiles o municipales son gratuitos. El sueldo es la mejor garantía contra el peculado, pues el Estado que quiere explotar al empleado no hace más que entregarle sus arcas a una represalia merecida."[5]
Subyace en este párrafo la idea de un gasto equilibrado y que cumpla con los objetivos que tiene en mente Alberdi al exponer sus ideas sobre la naturaleza y el destino del gasto público. El énfasis contra la gratuidad indica quizás algún debate de su época que apoyara esta última postura. Lo cierto es que -en su pensar- la mejor garantía contra la defraudación hacia el estado Alberdi la hacía afincar en una retribución adecuada al empleo público.


[1] Alberdi, Juan Bautista. Sistema económico y rentístico de la Confederación Argentina según su Constitución de 1853.
Pág. 104
[2] Alberdi....Ob. cit. pág. 105
[3] Alberdi....Ob. cit. pág. 105-106

[4] Alberdi....Ob. cit. pág. 105-106
[5] Alberdi....Ob. cit. Pág. 109

Burocracia asistencial y educativa



Por Gabriel Boragina ©

"El único elemento que impide que el actual Estado Benefactor sea un absoluto desastre es precisamente la burocracia y el estigma que conlleva el recibir asistencia social. El beneficiario de la asistencia social aún se siente psíquicamente agraviado, a pesar de que esto ha disminuido en los últimos años, y tiene que enfrentar a una burocracia típicamente ineficiente, impersonal y complicada. Pero el ingreso anual garantizado, precisamente al hacer que el reparto sea eficiente, sencillo y automático, eliminará los principales obstáculos, los mayores incentivos negativos para la "función proveedora" de la beneficencia, y hará que la gente adhiera en forma masiva al reparto garantizado. Además, ahora todos considerarán al nuevo subsidio como un "derecho" automático más que como un privilegio o regalo, y todo estigma será eliminado". [1]
Cuando Rothbard escribía lo anterior, el asistencialismo no se encontraba tan difundido (ni aceptado) en los EEUU ni en el mundo como se halla hoy. Allí, hablaba de un beneficiario del sistema que se sentía psíquicamente agraviado en su carácter de tal. En ese entonces, recibir un subsidio del estado nación era todavía oprobioso en alguna medida, pero ya en ese momento ese sentimiento había disminuido en modo considerable. Lo que impedía que el estado "benefactor" colapsara eran precisamente aquellos dos elementos: que la burocracia era "típicamente ineficiente, impersonal y complicada", y la deshonra que en la psiquis de la gente constituía ser receptor de una dádiva del gobierno. También alude que, al momento de escribir la obra que comentamos, se estudiaba en su país implementar lo que llama "el ingreso anual garantizado", el cual -con independencia de la mayor o menor cantidad de la gente que realmente lo precisara- tendría un carácter universal. La clave de la cuestión la encontramos en su frase: "ahora todos considerarán al nuevo subsidio como un "derecho" automático". Se podría creer que lo que parece querer significar en esta cita, es que esta transmutación psicológica, por la cual lo que antes era pensado como "un privilegio o regalo" ahora lo es como un "derecho", contribuiría a hacer de la "burocracia típicamente ineficiente, impersonal y complicada" lo contrario. Pero nosotros no opinamos que este sea el sentido. Más bien, interpretamos que, dado que ese subsidio podría ser distribuido por vías no burocráticas (por ejemplo, incluido -por ley- en los salarios que los empleadores pagan a sus empleados) este mecanismo aliviaría, de alguna manera, el "trabajo" de la burocracia, pero no haría mella alguna en lo "típicamente ineficiente, impersonal y complicada" inherente a ella. Y dado que la burocracia tiende a funcionar en idéntico estilo en cualquier parte del mundo (con mayores o menores variantes) y que su tendencia natural es a crecer y no a disminuir, podemos estar seguros que -en esa línea- su típica ineficiencia, impersonalidad y complicación estarán -en la misma proporción- garantizadas.
Esto sucede por los amplios objetivos y extensos campos que pretende cubrir la burocracia. Un ejemplo característico se da en el campo educativo:
"Es necesario comprender que el Estado o los políticos que lo componen no siempre tienen la razón en cuanto a la educación. Es más, para mi gusto, rara vez la burocracia gubernamental piensa acertadamente porque está bajo la influencia de factores de orden político y sus intereses; de esto hay muchos ejemplos." [2]
Es casi una ironía hablar de los "móviles" de la burocracia, porque si hay algo que define a esta es –precisamente- su poca movilidad, y -en la mayoría de los casos- su más completa inmovilidad. Este es un resultado ineludible de la misma estructura de la burocracia y de su fuente de financiamiento. A estos se les llama pomposamente "recursos públicos" como si en verdad todo el público tuviera acceso o participación en los mismos. La realidad es muy diferente, los recursos no son de uso público, sino que son estatales aunque su fuente de financiamiento si tiene origen en el público, es decir en el de todos los ciudadanos, a los que se rotulan como "contribuyentes", y que son expoliados sistemáticamente por vía del mecanismo fiscal que –como no podía ser de otra forma- también compone parte de la burocracia. La burocracia fiscal es entonces aquella parte del estado nación encargada de expoliar al resto de los ciudadanos de sus recursos con el objeto de costear la vida y empleos de esos mismos burócratas fiscales, y estos -a su turno- redistribuir el saldo de los tributos percibidos para poder hacer lo propio con los demás sectores de la burocracia. Incluida, por supuesto, la burocracia educativa:
"...hay que reconocer que nuestro sistema educativo gubernamental es muy reacio a los cambios. Cualquier reforma que se quiere implantar en educación pública desata reacciones violentas. La burocracia educativa se ha acostumbrado a cobrar sin trabajar, sin que nadie le pida cuentas y a vivir sin riesgos. Prefiere un salario flaco pero seguro y de por vida. Esta burocracia educativa ni siquiera se muestra preocupada por incorporar las nuevas tecnologías y métodos de enseñanza. Han transformado a las universidades en centros de simulación donde unos hacen como que enseñan, otros hacen como que aprenden y al final toda la sociedad pierde." [3]
Claro que este problema, que bien describe el Dr. Mercado Reyes, no es privativo ni exclusivo de la burocracia educativa, sino que se extiende a la burocracia como un todo. Si sus ingresos provienen de los impuestos que pagamos por vía de la fuerza estatal, sin necesidad que los burócratas nos ofrezcan ningún servicio a cambio por ello, es un resultado casi obligado que no habrá ningún tipo de incentivos para trabajar o cosa semejante. Es, en cambio, cuando aparece el simulacro de "trabajar", espectáculo con el que tanta frecuencia nos topamos quienes hemos de acudir a la burocracia para poder hacer cada vez más cosas para las cuales la burocracia no debería ser en absoluto necesaria.

[1] Murray N. Rothbard. For a New Liberty: The Libertarian Manifesto. (ISBN 13: 9780020746904). Pág. 197-198
[2] Santos Mercado Reyes. El fin de la educación pública. México. Pág. 7
[3] Mercado Reyes. S. El fin...ob. cit. Pág. 18

El Derecho (7° parte)

Por Gabriel Boragina © “F. La coerción jurídica en la práctica. Saliendo ahora del aspecto puramente filosófico y emplazando el tema...