La luz al final del túnel

Por Gabriel Boragina ©

Por primera vez en mucho tiempo, existe una verdadera posibilidad de que la Argentina se libere de lo que no hemos dudado en denominar una auténtica dictadura con apariencia democrática, un disfraz de democracia que se fue desdibujando a lo largo de los tres sucesivos y excesivamente extensos gobiernos del nefasto FPV (Frente para la Victoria) de los no menos tenebrosos Kirchner, una efectiva y sombría secta política conformada por un heterogéneo grupo de peronistas, otros autollamados "progresistas", y un número importante de ex terroristas y sus ideólogos, tanto del pasado como del presente. Un coctel explosivo por donde lo mire.
En este sentido, puede decirse sin hesitación que la Argentina está ante una oportunidad histórica para sacudir el pesadísimo yugo de quienes -desde el primer día de acceso al gobierno- hicieron de su eternización en el mismo su único objetivo, aunque no fuera, desde luego, hecho explícito por sus mentores.
Los costos políticos y económicos que ha tenido que pagar, y que con toda seguridad aun todavía tendrá que afrontar la sociedad argentina por esta aciaga experiencia, han sido tremendos. Pero al fin, parece que la gente ha llegado a un feliz punto de saturación, en el cual la necesidad de una transición a una situación más normal y coherente quiere imponerse con alguna fuerza.
El gobierno, pese a los resultados claramente negativos a su gestión, sigue encerrado en un delirante relato, construido cuidadosamente al mejor estilo del tristemente célebre sicario nazi Joseph Goebbels, Ministro de Propagada de la Alemania de Hitler, cuya *estrategia* de lavado de cerebros el FpV cultivó con fruición de la mano de teóricos afines reunidos bajo diferentes denominaciones. La prueba de ello es que el último discurso presidencial mostró definitivamente que, aun en las peores circunstancias, el gobierno no se encuentra dispuesto a abandonar la mentira, la prepotencia, la soberbia y la falsedad más escandalosa de su accionar en el tiempo, aun contra cualquier evidencia en contrario, por más contundente que esta sea.
Como hemos expuesto en otras tantas ocasiones, la sociedad argentina demoró muchísimo tiempo en reaccionar ante el cúmulo de atropellos, tropelías, trapisondas y violaciones continuas a los derechos más elementales del ser humano cometidos por el gobierno del tremebundo FpV. Ciertas características que hacen al pueblo argentino facilitan que inescrupulosos se hagan del gobierno y lo retengan.
Resulta realmente saludable que la sociedad haya reaccionado, aun cuando el oficialismo guarda alguna esperanza de continuar perpetuando sus maléficas acciones en cuanto resquicio le sea proclive.
Se impone con toda necesidad la exigencia de un gobierno de signo contrario al del FpV y sus personeros, porque no existe otra salida en medio de las actuales circunstancias para superar la terrible crisis moral, educativa, económica (en una palabra crisis social total) en el que se encuentra sumido el pueblo argentino.
Los Kirchner se han empeñado en pulverizar todo vestigio de racionalidad en la gente, y es a esto a lo que nos vemos obligados a sobrevivir, superar y destruir.
De cualquier manera, el grado de daño ha sido tan grande que, ni aun si el oficialismo continuara gobernando la situación podría seguirse sobrellevando. Un hipotético gobierno oficialista sólo lograría profundizar el camino al abismo al que el FpV dirigió el país desde el primer día de ascenso al poder.
Los desafíos que encuentra el próximo gobierno consisten en remontar la trágica herencia de la secta hasta ahora al frente del Ejecutivo.
         Entre la larga lista, destacan : en volver a poner en funcionamiento las instituciones republicanas, prácticamente aniquiladas a lo largo de los tres lamentables y sucesivos gobiernos unipersonales del FpV, tal que -como hemos dicho en ocasiones anteriores- uno de los principales objetivos que se plantea todo movimiento o persona que aspira a consolidar una fuerza dictatorial es, precisamente, la destrucción de las bases de la democracia y del republicanismo, y estas son las bases sobre la cuales estaban sentados los orígenes no sólo del poder político argentino, sino de la armoniosa convivencia social del pueblo. El FpV se propuso, desde sus mismos comienzos -y pese a la conformación de un contrario discurso mentiroso cuidadosamente elaborado también desde la misma época- la demolición de aquellos cimientos, por lo cual su reconstrucción imperiosamente se impone.
       Como también hemos manifestado en más de una vez, el modelo de gobierno que siempre ha tenido en mente la banda compuesta por los integrantes del FpV ha sido constantemente el que el chavismo venía imponiendo desde poco antes de fines del siglo pasado en Venezuela, es decir, una tiranía con ciertos visos de aspecto democrático, donde con regular periodicidad se permitía a la gente concurrir a las urnas para hacerles creer que la tiranía que se estaba consolidando delante de sus ojos, poseía positivas apariencias de legitimidad. La estrategia de penetración fue desgraciadamente exitosa en Venezuela, y en este esquema consintió -ni más ni menos- el proyecto de gobierno del FpV, sobre todo durante sus dos primeros periodos. Y no nos cabe duda que todavía ese es el proyecto del FpV en caso de lograr llegar nuevamente al Ejecutivo. He allí no toda, pero parte de su peligrosidad. A diferencia de Argentina, la dictadura chavista venezolana se prolongó en base a dos factores que consideramos clave: el sólido sostén militar de la misma, y la fuente de cuantiosos ingresos que representa el monopolio estatal sobre un recurso natural estratégico: el petróleo, que le brinda al gobierno venezolano el poder económico suficiente como para dominar al pueblo casi a voluntad.
        Los argentinos tienen la ocasión de revertir este verdadero camino de servidumbre -como no dudaría en llamarlo el premio Nobel de Economía Friedrich A. von Hayek-. Lamentablemente, el pueblo argentino -como hemos destacado- no es rápido de reflejos a la hora de advertir, prevenir y solucionar los males que les son propios. Esperemos que esta vez la reacción sea firme y duradera, y que configure el comienzo de una segura nueva etapa. La etapa de la refundación de lo que alguna vez fuera y se llamara con orgullo República Argentina

Privacidad e intimidad



Por Gabriel Boragina ©

"Seguramente el tema central del siglo XXI será el derecho a la intimidad. Es de trascendental importancia definir y redefinir derechos de propiedad para proteger la privacidad en vista de la alta tecnología que, entre otras cosas, permite vulnerarla. Pero nuevamente "no es culpa" de la tecnología sino de la forma en que se la emplee. La alta tecnología igual que el martillo y el mercado puede emplearse para fines morales o inmorales. Nos brindan extraordinarias posibilidades pero de nosotros depende su buen uso."[1]
La alta tecnología es particularmente peligrosa en manos de los gobiernos. Esto, se puede decir, es una constante y puede sentarse como una regla general. El gobierno es el mecanismo de compulsión y coerción por excelencia, y sus fines se concentran fundamentalmente en dichas tareas, por ello que los gobiernos dispongan de medios tecnológicos refinados confiere un serio riesgo al resto de la sociedad civil. Pero, como bien dice el autor citado, no solamente el gobierno se torna amenazante mediante el empleo de tecnología sofisticada, sino que en numerosísimos casos, son los mismos particulares quienes se ponen en riesgo mediante el uso que ellos mismos dan a ciertas herramientas tecnológicas, sobre todo en materia informática, exhibiéndose de manera imprudente en sitios tales como las redes sociales que, con su auge, han puesto en evidencia asimismo la necesidad compulsiva de mucha gente a desnudar literalmente toda su privacidad e intimidad. Por supuesto, el uso que se le da a la tecnología tiene un soporte de corte teórico tras de sí:
"Hoy día observamos tres corrientes de pensamiento que aparecen en escena con alguna contundencia: el socialismo aplicado al medio ambiente que abarca hasta los más mínimos resquicios de la intimidad, el "political correctness" que proclama el relativismo cultural y el llamado socialismo de mercado que pretende simultáneamente tener la torta y comerla. Este trípode resulta sumamente prolífico y cala cada vez más hondo en el espíritu de numerosas personas."[2]
El socialismo medioambiental -como podría perfectamente denominársele-, pretende, como bien se apunta en la cita, a interferir en la vida privada de las personas de muchísimas maneras diferentes, pero –fundamentalmente- tratando de dictar y de regular "qué es" lo que las personas "deben" consumir o no, o de qué modo emplear sus respectivas propiedades, al punto de disminuir precisamente sus derechos de propiedad al regular su uso, con pretexto de los efectos "potenciales" o "efectivamente contaminantes" que el uso de la propiedad privada "podría" causar en el entorno ambiental. La gran mayoría de los "argumentos" del socialismo ambiental no son más que meras excusas, para lograr el objetivo de siempre del socialismo en su más pura expresión: el control y final supresión de la propiedad privada. Pero también el tema tiene otras aristas a explorar:
"Estamos tan acostumbrados a que los gobiernos se infiltren en la intimidad de las personas que tiende a rechazarse la propuesta de abrogar el matrimonio civil. En verdad, constituye un atropello que el gobierno case o "descase". Este campo debería librarse a las partes. Arreglos contractuales libres y voluntarios deberían acordar temas patrimoniales, uso de apellidos, custodia de los hijos, eventuales condiciones de separación, etc. El debate divorcio-antidivorcio es estéril y surge como consecuencia de la intervención estatal."[3]
El matrimonio -como la mayoría de los temas que involucran a la familia- resulta claro para nosotros que se trata de una cuestión estrictamente privada y dentro de la órbita total de la intimidad de las personas. Los estados no tienen (no deberían tener en rigor) ningún rol a cumplir en estos asuntos. Sin embargo, es una de las zonas donde el intervencionismo estatal es mas aceptado que en ninguna otra, lo cual da cuenta de hasta qué punto nuestras sociedades llevan implícitas en su pensamiento y han incorporado en todos sus aspectos el más amplio intervencionismo estatal, incluso en esferas que son de índole privativa familiar como el matrimonio, y demás aspectos que bien se mencionan en la cita precedente.
"Claro que usar y disponer de lo propio no significa que se puedan violentar iguales derechos de terceros. De ahí es que debe resguardarse la intimidad de cada uno. Los actos privados que se hacen de modo tal que pretenden sustraerse del dominio público deben ser respetados. De lo contrario, la consideración a los distintos proyectos de vida se convertiría en pura declamación."[4]
Es que lo propio involucra, con total claridad, también a lo íntimo y a lo privado, por eso el derecho de propiedad privada se extiende y comprende naturalmente lo íntimo y privado, en una palabra intimidad y privacidad son campos a los que pertenece la propiedad privada de cada persona. Estas zonas de privacidad no deben ser vulneradas por ninguna persona, ni "en nombre" de los estados, ni en nombre propio, caso contrario, no podría hablarse de un efectivo derecho de propiedad, sino de todo lo contrario a ello.
"Claro que si la gente anda desnuda por las playas y conversa en voz alta delante de los demás sobre sus intimidades, resulta claro que la intención no es resguardar nada sino más bien ventilarlo todo. De lo que se trata es de preservar la intimidad de quienes desean mantener su vida privada fuera de los alcances de los demás. Este derecho se desprende del derecho de propiedad sin interferencia de extraños. Esta es la razón por la que una Constitución que se precie de tal incluye la prohibición de entrometerse en los papeles, las conversaciones y los lugares privados, a menos de que se trate de un delincuente en cuyo caso se requiere de una orden judicial debidamente justificada. La preservación de la intimidad resulta indispensable además para la creatividad: Goethe subrayaba que "El talento germina en la intimidad"."[5]
En un régimen liberal, entonces, el respeto a la intimidad y privacidad del vecino es un derecho fundamental que debe cumplirse y hacerse cumplir por todos y cada uno. Y, por supuesto, el gobierno ha de ser el primero en cumplirlo, ya que normalmente es el primero en violarlo, cosa que hace con frecuencia y con gusto.

[1] Alberto Benegas Lynch (h). El juicio crítico como progreso. Editorial Sudamericana. Pág. 109
[2] A. Benegas Lynch (h) El juicio....ob. cit. pág. 177
[3] A. Benegas Lynch (h) El juicio....ob. cit. pág. 126/127
[4] A. Benegas Lynch (h) El juicio....ob. cit. pág. 126/127
[5] A. Benegas Lynch (h) El juicio....ob. cit. pág. 126/127

Igualdad, justicia y merecimientos



Por Gabriel Boragina ©

 La meta de la "igualdad" social, y su fuerte identificación popular con la justicia, es uno de los escollos más voluminosos -paradójicamente- que en los hechos sólo sirven para alejarnos tanto de una como de la otra. A mayores esfuerzos por lograr la "igualdad" de rentas y patrimonios, superiores también serán las probabilidades de que las fortunas de todo el conjunto social sean cada vez menores. Al menos, esa ha sido la experiencia que registran aquellos países donde la lucha por la "igualdad" de oportunidades se ha planteado y se le han dedicado las energías mas denodadas. Los resultados han sido no sólo magros, sino totalmente contrarios a los objetivos declamados. Los términos de la elección social no suelen ser realistas y fue Friedrich A. von Hayek uno de los más sagaces pensadores en advertirlo:
"Los términos de la elección que nos está abierta no son un sistema en el que todos tendrán lo que merezcan, de acuerdo con algún patrón absoluto y universal de justicia, y otro en el que las participaciones individuales están determinadas parcialmente por accidente o buena o mala suerte, sino un sistema en el que es la voluntad de unas cuantas personas la que decide lo que cada uno recibirá, y otro en el que ello depende, por lo menos en parte, de la capacidad y actividad de los interesados y, en parte, de circunstancias imprevisibles. No pierde esto importancia porque en un sistema de libertad de empresa las oportunidades no sean iguales, dado que este sistema descansa necesariamente sobre la propiedad privada y (aunque, quizá, no con la misma necesidad) la herencia, con las diferencias que éstas crean en cuanto a oportunidades. Hay, pues, un fuerte motivo para reducir esta desigualdad" de oportunidades hasta donde las diferencias congénitas lo permitan y en la medida en que sea posible hacerlo sin destruir el carácter impersonal del proceso por el cual cada uno corre su suerte, v los criterios de unas personas sobre lo justo y deseable no predominan sobre los de otras."[1]
La cuestión no se plantea entre un sistema social azaroso donde cada sujeto se encuentra librado a su suerte, sin ningún tipo de control sobre su destino ni sus decisiones; y otro sistema "ideal" esencialmente "justo" donde cada uno recibirá lo que efectivamente "algún patrón absoluto y universal de justicia" determine. Dicho patrón sólo puede ser suministrado por "alguien" que se constituya en autoridad por sobre los demás, con lo cual en ese mismo momento la supuesta "igualdad" (del tipo que sea) se quiebra a favor de aquel o aquellos que, desde un pedestal de mando, decretan de qué manera y bajo qué circunstancias todos los demás serán "iguales" entre sí, dado que, aun cuando los decididores mismos se incluyan, estarán de hecho excluidos al tener la potestad de decretar quienes serán "iguales" y quienes no, en qué medida, proporción y tiempo lo serán, etc. En cuanto a supuestas o reales "diferencias congénitas", la ciencia ha demostrado que no son inmodificables, y su importancia no es mayor y a veces ni siquiera es igual a las adquiridas, por lo que no nos convence la sugerencia de F. A. v. Hayek de "reducirlas" por parte de quien forzosamente deberá revestir una posición de imperio para proceder en consecuencia. Enfoque de este autor que -en alguna medida- contradice sus brillantes aportes en contra de la ingeniería social y la presunción del conocimiento implicada en la misma.
"El hecho de ser mucho más restringidas, en una sociedad en régimen de competencia, las oportunidades abiertas al pobre que las ofrecidas al rico, no impide que en esta sociedad el pobre tenga mucha más libertad que la persona dotada de un confort material mucho mayor en una sociedad diferente. Aunque, bajo la competencia: la probabilidad de que un hombre que empieza pobre alcance una gran riqueza es mucho menor que la que tiene el hombre que ha heredado propiedad, no sólo aquél tiene alguna probabilidad, sino que el sistema de competencia es el único donde aquél sólo depende de sí mismo y no de los favores del poderoso, y donde nadie puede impedir que un hombre intente alcanzar dicho resultado."[2]
Pero además de la verdad que encierran las palabras contenidas en la cita anterior, hay que destacar que, en las sociedades libres, la acumulación de capital es mucho mayor que en las comunidades antiliberales, lo que determina que el acopio de capital presione a la suba los salarios e ingresos en términos reales, con lo cual, los trabajadores ven aumentarlos, sin necesidad de mejorar siquiera su desempeño laboral. Este beneficio alcanza, incluso, a aquellos que están desempleados, ya que opera como generador de un aumento de las oportunidades que, por definición, será imposible que sean "iguales" para todos, pero que, ineludiblemente, bajo el capitalismo siempre serán crecientes. En la economía de libre mercado, un funcionario estatal sólo podría impedir este proceso dejando, por supuesto, a partir de ese momento, de ser una economía de libre mercado, y pasando a ser otra de mercado intervenido.
"Sólo porque hemos olvidado lo que significa la falta de libertad, despreciamos a menudo el hecho patente de que, en cualquier sentido real, un mal pagado trabajador no calificado tiene mucha más libertad en Inglaterra para disponer de su vida que muchos pequeños empresarios en Alemania o un mucho mejor pagado ingeniero o gerente en Rusia. En cuanto a cambiar de quehacer o de lugar de residencia, a profesar ciertas opiniones o gastar su ocio de una particular manera, aunque a veces pueda ser alto el precio que ha de pagar por seguir las propias inclinaciones y a muchos parezca demasiado elevado, no hay impedimentos absolutos, no hay peligros para la seguridad corporal y la libertad que le aten por la fuerza bruta a la tarea y al lugar asignados por un superior."[3]
En las sociedades libres o capitalistas las oportunidades siempre son, en consecuencia, mucho mayores para la gente de menos recursos, para los más pobres en todo sentido, trabajen o no. Esto ya de por si implica -al mismo tiempo- que las sociedades abiertas son también indefectiblemente mucho más justas que las que se oponen a tales valores esenciales al ser humano.

[1]Camino de servidumbre. Alianza Editorial. España. pág. 137-139
[2] Ob. Cit. Ídem.
[3] Ob. Cit. Ídem.

Gobierno, economía y educación

Por Gabriel Boragina © Es casi un lugar común considerar que la educación debe prioritariamente estar a cargo del gobierno. Existe u...