Subsidios...para pocos

Por Gabriel Boragina ©

 

El gobierno argentino, a cargo del "Frente para la Victoria" de los Kirchner (FpV), ha anunciado el otorgamiento de un nuevo subsidio, esta vez destinado a los jóvenes que no trabajan ni estudian, lo que merece varias reflexiones. En primer lugar, se trata de un reconocimiento implícito del estrepitoso fracaso de este gobierno en materia laboral y educativa, lo que resulta más revelador aun si se tiene en cuenta el dilatadísimo lapso que lleva a cargo del ejecutivo (un decenio exacto) tiempo más que suficiente para haber tenido por solucionado los problemas más acuciantes del país, entre ellos el educativo y laboral. Se trata pues, de una admisión tácita de su más completa derrota en dichos sectores.

Desde luego, no estamos ante el primer gobierno que hace uso del sistema de subsidios. Como explica el Profesor Dr. Alberto Benegas Lynch (h):

"En los reiterados casos de subsidios que otorgan los gobiernos existe la costumbre de recortar el plano visual y circunscribir los efectos para el caso de los sujetos subsidiados. Obsérvese el curso de las campañas electorales: ya se trate de promesas de subsidios encubiertos o subsidios que se presentan crudamente al descubierto (en general se trata de los primeros) en cualquier caso se pretende recortar el plano visual señalando los beneficios que obtendrá el subsidiado. En verdad, esos beneficios son en muchos casos ciertos, pero el subsidio significa que el gobierno recurre a la fuerza para sacar recursos que hubieran sido destinados a un sector para destinarlos a otro. Se hubieran destinado al primer sector porque allí resultan de mayor provecho lo cual, a su vez, implica que las posibilidades de capitalización disminuyen con lo que, como una consecuencia no buscada, los ingresos y salarios en términos reales también merman. Por tanto, el cambio forzado de un sector por otro, significa menor nivel de vida para la gente en beneficio del subsidiado."[1]

Como decíamos, en el caso del FpV, lo que se evidencia con esta medida es que no se han generado fuentes genuinas de trabajo que capten la mano de obra que ahora se pretende subsidiar, y esos nuevos puestos laborales no han aparecido en la última década, por cuanto el gobierno del FpV ha obstaculizado de todas las maneras posibles -e incluso ha combatido fervorosamente- la producción y el comercio en prácticamente todas las áreas de producción y comercialización, a través de varios instrumentos, pero con mayor énfasis mediante los fiscales, claramente confiscatorios. 

"Una vez que se abren las compuertas de los subsidios se monta una máquina que hace que se desate una competencia por los recursos escasos de lo que se ofrece. De este modo los empresarios desvían su atención del mercado y la centran en quienes otorgan subsidios. Se desata así una lucha para ver quién saca mejor partida a expensas de los demás ya que el subsidio necesariamente proviene de los bolsillos de otros que resultan expoliados. Pero aquí no se trata simplemente de una suma cero, es decir, de una transferencia coactiva de un grupo o de una persona a otro grupo o persona. La competencia por obtener se desata debido a que los recursos son limitados. También son limitados los privilegios aunque no se trate de una transferencia directa de recursos puesto que si todos son privilegiados no habría privilegiados."[2]

Pese a que el Profesor A. Benegas Lynch (h) se refiere en el párrafo citado a los empresarios, los efectos son similares respecto de todos aquellos que -sin ser empresarios- reciben un subsidio. Es un principio básico de la economía que los recursos son escasos y las necesidades son ilimitadas. Esto implica que los subsidiados, en poco tiempo, considerarán insuficiente el subsidio recibido y no tardarán en reclamar una mayor cuantía del mismo, o incluso subsidios adicionales al primero, o ambas cosas a la vez. Pero también no tardarán en oírse los reclamos de aquellos que han quedado afuera del beneficio, y se consideran con "derecho" al mismo por razones similares a los primeros favorecidos, o "argumentos" parecidos a los de estos.

En el caso analizado, lo que en realidad se está otorgando es un subsidio al desempleo. Al respecto, ya había enseñado Henry Hazlitt: 

"Tampoco puede rectificarse la situación concediendo subsidios por paro. Tal subsidio, en primer lugar, es pagado en gran parte, directa o indirectamente, con los salarios de los que trabajan. Reduce, por consiguiente, esos salarios. Además, según hemos visto, un socorro «adecuado» provoca paro. Esto ocurre de diversas formas. Cuando en el pasado las poderosas uniones sindicales habían de sostener a sus miembros sin empleo, reflexionaban mucho antes de decidirse a solicitar unos salarios que darían lugar al paro de parte de sus afiliados. Pero cuando existe un sistema de subsidios en virtud del cual es el contribuyente quien sostiene a los obreros sin empleo, consecuencia de los excesivos aumentos de salarios, aquella prudencia en las exigencias de los sindicatos desaparece. Además, según hemos indicado ya, un socorro «adecuado» invitará a muchos a no buscar trabajo alguno y hará que otros piensen que se les está pidiendo que trabajen no por el salario ofrecido, sino sólo por la diferencia entre dicho salario y el importe del socorro Y un paro extenso significa que se produce menos, que la colectividad se empobrece y que todos tendremos menor cantidad de bienes a nuestra disposición."[3]

El subsidio que otorga el gobierno revela -en pocas palabras- que existe mayor desempleo en el renglón subsidiado, o en la franja de los receptores del subsidio. Nuevamente, es una confesión ficta del fracaso de sus políticas de "pleno empleo". Y como explica Hazlitt, el desempleo no se subsana con subsidios, sino que, por el contrario, se lo empeora.

Otro tanto sucede en el campo educativo. Si el que no estudia recibe dinero por no hacerlo, va de suyo que se lo está invitando a permanecer en la ignorancia.

 



[1] El juicio crítico como progreso. Editorial Sudamericana. Pág. 102-103

[2] El juicio crítico... pág. 515 a 518

[3] La economía en una lección. Pág. 75.

El ingenio semántico político

Por Gabriel Boragina ©

Los gobernantes suelen tener la habilidad de la retórica y la semántica para disfrazar "recetas" que han fracasado recurrentemente en el pasado y volver –a pesar de ello- a tratar de ponerlas en práctica una y otra vez en el presente. En el caso del gobierno argentino a cargo del FpV (Frente para la Victoria) de los Kirchner y su "grupo", a los tristemente célebres controles de precios o precios controlados, los han rebautizado con el aparentemente "inofensivo" y "cariñoso" mote de "precios cuidados" o "acuerdos de precios". El "inocente" cambio de etiquetas no puede disimular –no obstante- que se tratan, lisa y llanamente, de los tan estudiados por la ciencia económica bajo el rótulo de precios políticos, los que -a su turno- se dividen en precios máximos y mínimos, ambos en franca y abierta oposición a los precios de mercado, los que de no existir los precios políticos sería del todo redundante aludir como "de mercado" y deberíamos llamarlos simplemente "precios" y punto. Pero dado que impera un sistema intervencionista por doquier se mire, no queda más remedio que hacer las distinciones señaladas al exponer sobre este tema.
¿Qué lleva a los gobiernos a establecer precios políticos? Hay muchas causas, pero sólo tendremos tiempo para señalar someramente algunas de ellas.
El "argumento" favorito de los gobernantes, es que los precios máximos expanden la demanda del bien sujeto al precio político (lo que es cierto) y permiten a más gente acceder al producto en cuestión (lo que es manifiestamente falso), por lo que el blanco predilecto de la fijación de estos precios se concentra en los llamados productos de "primera necesidad", "básicos" o "esenciales", cuyos precios de mercado -los gobiernos continúan diciendo- tornarían la situación de quienes no puedan pagarlos en dramática. Pero, como explica el Profesor Alberto Benegas Lynch (h):
"…cuanto más dramática sea la situación mayor necesidad de que los precios reflejen la realidad y peores serán las consecuencias de alterar estos indicadores vitales. Podrá maldecirse todo lo que se quiera sobre lo “perverso” de la naturaleza de las cosas y que no haya de todo para todos pero las cosas son así y no de otro modo. El consejo de extender los precios políticos a otros rubros como los alquileres de viviendas no hace más que extender los efectos dañinos a este campo, con lo que habrá más gente que no encontrará donde alquilar debido a la expansión de pedidos, al tiempo que tendrá lugar una contracción de las ofertas correspondientes. La gran ventaja de los precios de mercado en una sociedad abierta es que, cada vez que se adoptan, muestran al mundo cuales son las prioridades y cualquiera puede irrumpir si piensa que puede hacer algo mejor. En otros términos, dada la estructura de capital vigente, se saca la mayor partida posible que las circunstancias permiten en el planeta."[1]
Entonces, los precios "congelados", "acordados" o "cuidados" perjudican la competencia, contraen la oferta, exacerban la escasez y expanden la pobreza.
Desde otro ángulo, no menos significativo, F. A. von Hayek alude, por ejemplo, a los grupos de presión, como causa remota de los precios congelados, entre los cuales indica como los más importantes a los sindicatos:
"Al conferírsele, por razones supuestamente "sociales", privilegios únicos a los sindicatos de los que difícilmente disfruta el mismo gobierno, las organizaciones de trabajadores han sido capaces de explotar a otros trabajadores privándolos totalmente de la oportunidad de un buen empleo. Si bien este hecho es todavía convencionalmente ignorado, en la actualidad los principales poderes de los sindicatos descansan completamente en el permiso que tienen para usar el poder de evitar que otros trabajadores hagan el trabajo que desearían hacer."[2]
F. A. von Hayek se refiere aquí a la legislación que otorga a los sindicatos privilegios especiales, la que según los diferentes países suele denominarse legislación social, sindical o laboral indistintamente, y que en el plano económico opera como una suerte de precio mínimo, que al elevar los costos laborales por encima de los del mercado genera -como consecuencia inmediata- la desocupación (lo que en España, por ejemplo, se lo llama paro).
"Pero al margen de que, por el ejercicio de este poder, los sindicatos pueden alcanzar solamente una mejora relativa en los salarios de sus miembros, al costo de reducir la productividad general del trabajo y así el nivel general de salarios reales, combinado con el hecho que pueden poner a un gobierno que controla la cantidad de dinero en la necesidad de emitir, este sistema está destruyendo rápidamente el orden económico. Los sindicatos pueden ahora colocar al gobierno en una posición en la cual la única elección que tiene es emitir o ser censurado por el desempleo, el que es provocado por la política salarial de los sindicatos (especialmente por su política de mantener las relaciones entre los salarios de distintos sindicatos constantes). Esta posición necesariamente destruirá dentro de poco el ordenamiento de mercado completo, probablemente a causa de los controles de precios que impondrá el gobierno, forzado por la inflación acelerada"[3]
En este caso explicado por Hayek, la emisión gubernamental será debida a la "necesidad" de "compensar" la caída del salario real con un aumento del salario nominal como artilugio para "evitar" el desempleo ocasionado por la suba constante del salario nominal gracias a los poderes que la legislación sindical otorga a estas organizaciones. Sin embargo, como es sabido, dicha emisión se traducirá en inflación, lo que -a su turno- llevará al gobierno a decretar controles de precios y, como dice el Premio Nobel en Economía, ello "necesariamente destruirá dentro de poco el ordenamiento de mercado completo". En una palabra, en esto desembocan los precios controlados, "acordados" o "cuidados" (como les gusta llamarlos el gobierno argentino): más inflación, más desempleo, menor salario, más escasez, etc.


[1]Las oligarquías reinantes. Discurso sobre el doble discurso. Editorial Atlántida. Pág. 114-116
[2]Friedrich A. von Hayek. "La contención del poder y el derrocamiento de la política", Estudios Públicos. pág. 65-66
[3] Friedrich A. von Hayek. “La contención del poder....” g. 65-66

Los subsidios. Causas y efectos.

Por Gabriel Boragina ©

No es para nada difícil hallar personas que se encuentren completamente de acuerdo con el otorgamiento de subsidios. Incluso no faltan, por supuesto, economistas quienes los recomienden entusiastamente como políticas de "promoción" o de "estimulo" para diversos sectores. Pero en la mayoría de los casos, hay situaciones en que los gobiernos adoptan la transferencia de subsidios en vista de consecuencias económicas que encuentran su origen en previas políticas económicas estatales. Tal es lo que sucede cuando se fijan precios y, en particular, cuando el precio político se impone por el lado de la oferta, lo que se conoce como precio máximo, cuyo efecto inmediato es reducir la rentabilidad del productor o comerciante:
"El Estado puede intentar solucionar la dificultad apelando a los subsidios. Reconoce, por ejemplo, que cuando mantiene el precio de la leche o la mantequilla por debajo del nivel del mercado o del nivel relativo en que fija otros precios, puede producirse una escasez por defecto de los inferiores salarios o márgenes de beneficios en la producción de leche o mantequilla, comparados con otras mercancías. Por consiguiente, el Estado trata de desvirtuar los efectos pagando un subsidio a los productores de leche y mantequilla."[1]
                El objeto del gobierno al conferir un subsidio a la producción es –precisamente- "evitar" la escasez del producto en cuestión, estimulando la elaboración o comercialización del mismo, que había sido previamente desincentivada debido a la imposición del precio político por debajo del precio de mercado. Se trata de incitar artificialmente a los oferentes que habían retraído su elaboración ante la señal falseada transmitida por el precio máximo. Pero, como señala Hazlitt:
"Prescindiendo de las dificultades administrativas que todo ello implica y suponiendo que el subsidio sea suficiente para asegurar la producción relativa deseada de leche y mantequilla, es notorio que si bien el subsidio es pagado a los productores, los realmente subvencionados son los consumidores. Porque los productores, en definitiva, no reciben por su leche y mantequilla más de lo que obtendrían si se les permitiese aplicar un precio libre a tales productos, pero en cambio, los consumidores los obtienen a un precio muy por debajo al del mercado libre. Están, pues siendo subvencionados en la diferencia, es decir, en el importe del subsidio pagado aparentemente a los productores."[2]
En otras palabras, se logra -en primera instancia- un efecto contrario al que gobierno deseaba al conferir el subsidio, porque -como enseña Hazlitt- éste, en rigor, en lugar de estimular la oferta incentiva aún más la demanda, pero sólo hasta un cierto punto:
"Ahora bien, a menos que el artículo así subvencionado se halle también racionado, serán quienes dispongan de mayor poder adquisitivo los que podrán adquirirlo en mayor cantidad. Ello significa que tales personas están siendo más subvencionadas que los económicamente más débiles. Quién subvenciona a los consumidores dependerá de la forma en que se articule el régimen fiscal. Ahora bien, resulta que cada persona, en su papel de contribuyente, se subvenciona a sí misma en su papel de consumidor. Y resulta un poco difícil determinar con precisión en este laberinto quién subvenciona a quién. Lo que se olvida es que alguien paga los subsidios y que no se ha descubierto aún el método para que la comunidad obtenga algo a cambio de nada."[3]
Lo que implica que la demanda tampoco crecerá en la misma proporción que la cantidad subsidiada, sino que lo hará en cuantía menor. La alusión de Hazlitt al régimen fiscal es sumamente clara, y es -en suma- exactamente igual a la que resumió Milton Friedman en su célebre frase por la cual "No hay tal cosa como un almuerzo gratis". Los subsidios son pagados por todos, en tanto todos somos a la vez contribuyentes y consumidores. Lo que "resulta un poco difícil determinar con precisión en este laberinto" -como nos explica Hazlitt- es quién subsidia más a quién y quién lo hace menos, lo que dependerá la estructura fiscal que impere en el país o zona en cuestión, y de cómo varíe esa estructura de imposición. Pero también resultará de la personal perspectiva que asuma cada uno de nosotros ante la situación.
Y así lo resume Hazlitt con la brillantez que lo caracteriza:
"Cada uno de nosotros, en una palabra, tiene una múltiple personalidad económica. Somos productores, contribuyentes y consumidores. La política que propugne dependerá de la postura particular que se adopte en cada momento. Porque cada cual es unas veces el Dr. Jekyll y otras Mr. Hyde. Como productor desea la inflación (pensando principalmente en sus propios servicios o productos), como consumidor desea la limitación de los precios (pensando principalmente en lo que ha de pagar por los productos ajenos). Como consumidor puede abogar por los subsidios o aceptarlos de buen grado; como contribuyente se lamenta de tener que pagarlos."[4]
La realidad, en definitiva, es que los subsidios nos perjudican a todos aunque, en diferentes momentos y direcciones, beneficien a algunos a costa de otros, desembocan -más tarde o más temprano- en un juego de suma cero, en el cual nadie gana nada. Y, como hemos observado, tienen un efecto perverso sobre los incentivos, porque distorsionan tanto la oferta como la demanda al conservar todas las secuelas nefastas de los precios controlados.
Indica Norberg en un meduloso estudio suyo que:
"En promedio, una vaca en la Unión Europea recibe más en subsidios diariamente, que lo que 3.000 millones de personas en los países en desarrollo tienen para subsistir. Pero un fin a los subsidios y al proteccionismo no es un acto de generosidad; es un acto de racionalidad ya que nosotros mismos perdemos con estas políticas, y únicamente se beneficia un pequeño grupo de presión. Las barreras y subsidios a la agricultura y horticultura de los países de la OCDE cuestan casi $1.000 millones al día."[5]


[1]Hazlitt, Henry. La economía en una lección. pág. 65-66
[2]Hazlitt H. La economía…ob. Cit. pág. 65-66
[3]Hazlitt H. La economía…ob. Cit. pág. 65-66
[4]Hazlitt idem ... Pág. 68
[5]Johan Norberg. "La Globalización y los Pobres". Pág. 17

Los controles de precios

Por Gabriel Boragina ©

 

Los controles de precios son una de las consecuencias de la inflación. Se trata de una medida política que los gobiernos adoptan para tratar de "solucionar" un problema que ellos mismos han creado, es decir, la inflación, cuando la solución real pasa por el hecho de que los gobiernos no emitan dinero, ni manipulen la tasa de interés.

Los precios son las señales que guían al mercado:

"Por esto es que resultan contraproducentes los controles de precios. Pongamos un caso dramático. Supongamos que se trata de un laboratorio de productos farmacéuticos que vende un producto que resulta esencial para salvar las vidas de cierta población en la que se ha propagado una plaga. Si el gobierno impone precios máximos (es decir inferiores al precio de mercado), lo primero que ocurrirá es que se expandirá la demanda puesto que un precio inferior permite que un número mayor de personas puedan adquirir el bien. Ahora bien, si sacamos una fotografía del instante en que se controlaron precios, debemos tener presente que no por el mero hecho de que aparece un número adicional de demandantes automáticamente se incrementará la oferta. Por tanto, en ese primer momento, habrá un faltante artificial, es decir, habrá un número insatisfecho de personas que tienen la necesidad más el poder de compra y, sin embargo, el remedio no se encuentra disponible."[1]

Es más, la oferta no se incrementará, sino que, por el contrario, se contraerá, en razón del precio político que representa el precio máximo. La creación de esta demanda verdaderamente artificial, lo único que logra es hacer que el precio de mercado del producto controlado sea cada vez mayor. Es decir, empeora la situación de esos mismos nuevos demandantes. Sigue el Dr. A. Benegas Lynch (h):

"En un segundo paso se observará que, debido al precio máximo, los márgenes operativos resultan más reducidos, lo cual, a su vez, hará que los productores marginales (los menos eficientes, pero eficientes al fin según los precios libres) se retiren de esa actividad. Esto es así debido a que los nuevos precios artificialmente impuestos estarán pasando una señal en la que se lee que esos productores marginales se han convertido en ineptos para seguir en ese renglón. Cuanto mayor la diferencia entre el precio de mercado y el precio político mayor será la cantidad de oferentes que serán persuadidos a retirarse. Esta contracción agudiza el faltante artificial con lo que aumenta la cantidad de frustrados que deberán discriminarse según el criterio de los que llegaron últimos a la cola, los más débiles para pelearse o lo que fuere."[2]

Con ello, se afecta a tanto a productores como a comerciantes del renglón. Como se observa con toda claridad, se produce un doble perjuicio, tanto del lado de la oferta como del lado de la demanda. En suma, todos pierden a raíz del congelamiento de precios.

"Aumenta más aún el problema si nos detenemos a considerar lo que ocurre a continuación: el sistema de señales hace que se alteren las prioridades de la gente ahuyentando productores actuales y potenciales del área en la que requiere atención para combatir la plaga. Supongamos que antes del establecimiento del precio máximo, debido al urgente requerimiento de la droga en cuestión, los márgenes en esa área eran del siete por ciento y que el de las camisas era del cinco por ciento. Ahora que se impuso el precio político en el producto farmacéutico digamos que el margen operativo se redujo al cuatro por ciento. Veamos lo que ocurre. Mirando las señales de precios los operadores serán engañados ya que las prioridades se alteraron artificialmente. Ahora aparecen como prioritarias las camisas y en segundo término los remedios de los que hablamos (o tercero, cuarto, según el nivel en el que la autoridad política establezca el precio o más bien número). En resumen, con esta política se produjo una escasez artificial y se logró ahuyentar inversiones del área con lo que, en definitiva, se habrá matado a más personas."[3]

Por obra de "un economista desconocido llamado Ludwig Erhard [que] fue nombrado director económico de las zonas ocupadas por los norteamericanos y los británicos"[4], el despegue de la Alemania de posguerra se debió a la derogación de los precios contralados :

"La revolución de Erhard se llevó a cabo en dos fases. En un primer momento, el 20 de junio del 48, se creó una nueva moneda, el marco alemán. Al día siguiente, mercancías que habían desaparecido porque la gente no confiaba en la moneda volvieron a aparecer. El segundo paso fue más difícil. Erhard sabía que el efecto de la reforma monetaria sólo perduraría si el marco reflejaba el precio verdadero de los bienes y servicios. Eso significaba abolir el racionamiento y los controles de precios, algo que no había sido aprobado por las autoridades aliadas. Aun así, el 24 de junio Erhard siguió adelante con su plan. Los beneficios fueron inmediatos. El dinero reflejaba su verdadero poder de compra. La gente perdió el miedo a vender mercancías y las colas desaparecieron. Los incentivos empresariales se volvieron una realidad, y así comenzó la extraordinaria prosperidad alemana de la posguerra."[5]

En otras palabras, el camino inverso de la prosperidad económica es precisamente aplicar precios controlados a los bienes y servicios. Ello garantizará en muy poco tiempo una fenomenal crisis, y en poco tiempo más la pobreza y miseria más generalizada que pueda concebirse. Máxime si se tiene en cuenta que esta, sólo en parte es una de las pésimas medidas que toman a diario los gobiernos de nuestros días. Sobre todo en la Latinoamérica populista de los Kirchner en Argentina, Correa en Ecuador, Morales en Bolivia y el comunismo castrochavista venezolano.



[1] Alberto Benegas Lynch (h) Las oligarquías reinantes. Discurso sobre el doble discurso. Editorial Atlántida. pág. 114-116

[2] A. Benegas Lynch (h) Las oligarquías...Ob. Cit. pág. 114-116

[3] A. Benegas Lynch (h) Las oligarquías... Ob. Cit. Pág. 114-116

[4] Sam Gregg "No hubo milagro alemán". Publicado el 2 de Julio de 2008 - Fuente: http://www.fundacionburke.org/2008/07/02/no-hubo-milagro-aleman/

[5] Gregg S. "No hubo..." Óp. Cit. Pág. 1

Gobierno, economía y educación

Por Gabriel Boragina © Es casi un lugar común considerar que la educación debe prioritariamente estar a cargo del gobierno. Existe u...