La meta de la propiedad común

Por Gabriel Boragina ©

 

Desde tiempos inmemoriales filósofos y pensadores de todas las épocas han buscado y creído posible -y hasta deseable- la meta de la propiedad común como medio de supresión de la propiedad privada. Sin embargo, este ideal adquirió su mayor fuerza con el advenimiento de las teorías marxistas que pretendieron darle a tal objetivo la categoría de "científico", y por lo tanto plenamente realizable.

Al respecto, explica el Dr. A. Benegas Lynch (h):

"Roosevelt formula diversas críticas a la idea de abolir el mercado e intenta algunas explicaciones sobre las dificultades que surgirán cuando se adopta esa política pero afirma que la propiedad común de los medios de producción se derivaría lógicamente de la premisa marxista. La premisa consistiría en que la etapa anterior de la sociedad comunista -el capitalismo- producirá la abundancia plena". ... "De ahí Roosevelt concluye que se asume la abundancia (p. 128) “por tanto en la visión de Marx, la sociedad comunista no tendrá que pelear con ‘el problema económico’, podrá lograr sus metas en un medio de abundancia” (p. 129). Anotamos al margen que esta lectura sobre Marx y Engels -en cuanto a que asumen la abundancia- no nos parece ajustada rigurosamente al sentido del texto, pero sin duda que si este fuera el caso no tendría sentido la propiedad privada de bienes y servicios, ni tampoco el mercado."[1]

Por supuesto que, si la abundancia fuera simplemente un dato de la realidad o, en otras palabras, la escasez hubiera desaparecido por completo de la faz del planeta, no existiría problema alguno en establecer un régimen de propiedad común, ya que habiendo "de todo para todos" y sobrando en las cantidades deseadas todos los bienes, carecería de objeto incluso la ciencia económica misma.

Sin embargo, lamentablemente no es ese el mundo en el que vivimos, al menos no lo es por el momento, y no lo será por muchísimo tiempo más. Los recursos continúan siendo escasos frente a necesidades humanas ilimitadas, y es precisamente en virtud de este último principio que si es un dato de la realidad que la propiedad común nunca ha podido ser, ni antes ni hoy, posible.

"El socialismo no persigue en modo alguno la división de los medios de producción y también desea hacer más que solamente expropiarlos; busca producir sobre la base de la propiedad común de los bienes de producción. Por tal razón, aquellas proposiciones que sólo apuntan a la expropiación de los medios de producción no pueden ser consideradas como socialismos; a lo más, pueden constituir proposiciones para una vía hacia el socialismo."[2]

 Pero la propiedad común de los bienes de producción, allí donde se la ha intentado, ha demostrado ser imposible, dado que la propiedad siempre es o pertenece a alguien, y sólo hay dos maneras de apropiarse de ella: una es por la fuerza y la otra es mediante acuerdos libremente celebrados y pactados entre las partes, lo que jurídicamente se denominan contratos.

Tampoco existen fórmulas intermedias o transaccionales entre la propiedad común y la propiedad privada. Siempre será una o la otra. Ambas son excluyentes:

"Todo intento de abolir a través de una transacción el contraste existente entre la propiedad común y la propiedad privada de los medios de producción es, por lo tanto, equivocado. La propiedad siempre estará localizada allí donde resida el poder de decisión. En consecuencia, el socialismo de estado y las economías planificadas, que desean conservar la propiedad privada legal y nominalmente –pero que en el hecho subordinan el poder de disponer a las órdenes del estado porque persiguen socializar la propiedad– son sistemas socialistas en todo el sentido de la palabra. La propiedad privada sólo existe allí donde el individuo puede manejar su propiedad privada de los medios de producción del modo como considere más ventajoso."[3]

Esto es, ni más ni menos, lo que ocurría en los sistemas nazi y fascista, donde jurídica y nominalmente se permitía que la propiedad figurara en cabeza de personas o empresas, pero que -en los hechos o también legalmente- quienes eran los únicos facultados a tomar decisiones sobre la administración y disposición de tales propiedades eran los funcionarios nazis o fascistas. Como explica L. v. Mises, se trataban de socialismos de estado y economías planificadas. Y así sigue siendo hoy en día, aunque los gobiernos del mundo no digan adherir ni al nazismo ni al fascismo, no obstante adoptan sus mismos métodos, quizás algo menos violentos a los que implementaban Hitler, Mussolini y fauna similar a estos dos ejemplares. 

En efecto, los controles de precios, las restricciones al comercio exterior (importaciones y exportaciones) la inflación, las regulaciones gubernamentales, el gasto público, los impuestos, y el sin fin de desorbitadas medidas económicas que los gobiernos adoptan, no son otra cosa más que virulentos ataques a la propiedad privada para reemplazarla por una falsa propiedad "común", que de "común" sólo tiene que pertenece en común a los políticos que dirigen el gobierno. Toda propiedad común implica una transferencia de ingresos del sector privado al sector estatal, es decir, una lisa y llana expropiación de la propiedad.

Es que, como ha explicado el genial Friedrich A. von Hayek:

"Nuestra generación ha olvidado que el sistema de la propiedad privada es la más importante garantía de libertad, no sólo para quienes poseen propiedad, sino también, y apenas en menor grado, para quienes no la tienen."[4]

La propiedad "común" fue, es y seguramente será siempre un mito.



[1] Alberto Benegas Lynch (h). Socialismo de mercado. Ensayo sobre un paradigma posmoderno. Ameghino Editores y Fundación Libertad –Rosario. Pág. 102 y 103.

[2] Ludwig von Mises. "SOCIALISMOS Y PSEUDOSOCIALISMOS" Extractado de Von Mises, Socialism: An Economic and Sociological Analysis, capítulos 14 y 15. La traducción ha tenido como base la versión inglesa publicada por Liberty Classics, Indianápolis, 1981. Traducido y publicado con la debida autorización. Estudios Públicos, 15. Pág. 28 y 29

[3] L. v. Mises, "SOCIALISMOS Y..." Op. Cit. Pág. 37

[4] Friedrich A. von Hayek, Camino de servidumbre. Alianza Editorial. España. pág. 140

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