Cuando el pueblo dice ¡basta!

Por Gabriel Boragina ©

Analizado el conflicto político que se genera entre mayorías autoritarias y sus gobiernos de igual signo, es importante considerar la hipótesis inversa, esto es la relación de fuerzas entre mayorías de signo contrario a sus gobiernos y estos últimos.
La dinámica social nos permite suponer la posibilidad de que, tanto mayorías como los gobiernos que emergen de su seno, muten de signo (autoritario/no-autoritario).
Resulta de interés decir que, cuando se busca el antónimo de la palabra "autoritario" la mayoría de los diccionarios señalan los vocablos "democrático" y "liberal". Nosotros entendemos que democracia y liberalismo, aunque no se oponen entre sí, no son tampoco sinónimos, y ya hemos expuesto las razones en nuestro libro titulado -precisamente- La democracia. Pero con el sólo objeto de simplificar la explicación de lo que queremos aquí decir, aceptaremos provisoriamente el empleo de la palabra "democracia" como antónima de "autoritarismo".
Volviendo pues a nuestro planteo inicial ¿Qué sucede cuándo una mayoría -antes autoritaria- se vuelve más "democrática" mientras es gobernada por un poder cada vez más autoritario? Resulta evidente que la respuesta es que, se creará un conflicto de fuerzas entre gobierno y mayoría y que -como todo choque- sólo encontrará dos vías posibles de solución: por el acuerdo o por la violencia, únicos dos caminos por los cuales se canaliza indefectiblemente toda confrontación.
Dado que -por definición- el gobierno tiene el monopolio de la violencia, el antagonismo revela -ya de por sí- el empleo de esa violencia contra la sociedad civil, porque de no ser de este modo no podría hablarse de conflicto de ninguna naturaleza. Existe pues ex ante del análisis una situación de violencia. Pero ¿Qué es la violencia? Según el diccionario:
violencia.
(Del lat. violentĭa).
1. f. Cualidad de violento.
2. f. Acción y efecto de violentar o violentarse.
3. f. Acción violenta o contra el natural modo de proceder.
4. f. Acción de violar a una mujer.
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y
violento, ta.
(Del lat. violentus).
1. adj. Que está fuera de su natural estado, situación o modo.
2. adj. Que obra con ímpetu y fuerza.
3. adj. Que se hace bruscamente, con ímpetu e intensidad extraordinarios.
4. adj. Que se hace contra el gusto de uno mismo, por ciertos respetos y consideraciones.
5. adj. Se dice del genio arrebatado e impetuoso y que se deja llevar fácilmente de la ira.
6. adj. Dicho del sentido o interpretación que se da a lo dicho o escrito: Falso, torcido, fuera de lo natural.
7. adj. Que se ejecuta contra el modo regular o fuera de razón y justicia.
8. adj. Se dice de la situación embarazosa en que se halla alguien.
En definitiva, si el gobierno no cede en su empleo indebido de la violencia contra la sociedad, no puede llamarle la atención que esa misma sociedad, en principio pacifica y con voluntad democrática, se torne ella misma también violenta y dirija esa violencia contra el propio gobierno. Precisamente esta es la forma en las que nacen las revueltas y las revoluciones, conforme nos ha bien demostrado la historia.
Este parece ser el camino elegido en Argentina por el gobierno del Frente Para la Victoria (FPV) que llevara al poder al matrimonio Kirchner, cuyo carácter dictatorial ya hemos expuesto con anterioridad, pero con el agravante que -como venimos diciendo desde su mismo acceso al poder en 2003- su largo gobierno no sólo no ha representado "mejora" alguna al bienestar general del país, sino que -por el contrario- ha resultado en un deterioro permanente en las condiciones de vida de los ciudadanos. Declive que buena parte de la población ha tardado mucho en percibir, fruto de un conjunto de factores (propaganda al estilo Goebbels, y cierta típica vanidad y bonhomía del argentino medio) pero cuyos efectos finalmente la población ha empezado a descubrir, a juzgar por las masivas protestas que han comenzado a generarse en todo el país, a raíz de las medidas cada vez mas autoritarias y de neto corte dictatorial que adopta el gobierno K.
Economistas serios han venido alertando durante todos estos años, acerca de los desvaríos económicos del gobierno del FPV. Finalmente, parece que parte de esta prédica ha tomado cuerpo en la ciudadanía y que existe voluntad de resistir a la opresión, lo que significaría que podríamos estar asistiendo a un proceso de maduración cívico-social, por denominarlo de alguna manera. Naturalmente, es imposible predecir cómo evolucionarán los acontecimientos de aquí en más. Es decir, si se precipitarán o no. Lo que sí se puede señalar, es que se advierte una voluntad del gobierno a ignorar las protestas -aun pacificas- de una sociedad que, si bien no siempre le fue hostil si, en cambio, durante la mayor parte de su gestión le fue indiferente (apatía que el gobierno del FPV capitalizó -por supuesto- a su favor y en contra del pueblo).
De lo que no nos caben dudas es que, el gobierno del FPV es una tiranía y una tiranía que busca perpetuarse a toda costa en el poder, y cuya irracionalidad -de continuar creciendo el malestar social que han sabido forjar durante lo que pretende convertir en un "reinado" lisa y llanamente- puede producir consecuencias impredecibles, que recuerden a los momentos vividos en los sucesos que desembocaron en el derrocamiento del presidente Fernando de la Rúa, o a hechos aun peores todavía a aquellos.
La ausencia de figuras políticas alternativas, y la inoperancia o -por qué no decirlo- cierta complicidad (explícita o implícita) de los partidos supuestamente "opositores" respecto de los constantes y notorios ataques del gobierno del FPV contra el orden constitucional, potencia naturalmente la reacción de la gente, que ha tolerado en demasía y por mucho tiempo la destrucción de la república a manos de los nefastos personeros del poder K. La carencia de un líder visible de las mayorías descontentas, no ha de verse como impedimento a la justa reacción del pueblo.

Claves del conflicto político

Por Gabriel Boragina ©

Las formas y los momentos en que un pueblo determinado toma la decisión de resistir a la opresión, difieren en el tiempo y en el espacio, pero también según las diferentes culturas. Pueblos como los de Europa de la preguerra del siglo XX, han sufrido dictaduras atroces que comenzaron siendo toleradas, ya sea por subestimación inicial o por "convicción" de que esas dictaduras eran los "caminos" mas "aptos" con los que se contaba al momento, para "solucionar" las "crisis" de las democracias. Los terroríficos resultados históricos de esas concepciones son bien conocidos por las experiencias -sobre todo- del nazismo y el fascismo por un lado, y las del comunismo soviético y chino, por el otro.
En Hispanoamérica, no se ha llegado todavía a aquellos extremos vividos en Europa, circunstancia que puede explicar, tal vez en algún grado, la prolongada tolerancia que se le han dispensado a los gobiernos autocráticos, generalmente de tipo militar, o como en el caso de México, de partidos como el PRI, durante la mayor parte del siglo XX. La conformación cultural de esta parte del mundo es bastante homogénea, sobre todo si se la compara con la europea, y explica -de algún modo- una cierta homogeneidad política en las experiencias de la región.
Salvo contados matices, el autoritarismo ha sido un rasgo dominante en la historia política de Latinoamérica y, desde luego, Argentina en modo alguno configuró una excepción. Hasta el concepto de "democracia" que se tiene en Hispanoamérica así lo evidencia, la que -en general- se entiende como el derecho al uso de la fuerza impuesta por el partido o candidato que mayor número de votos obtiene, es decir, una concepción claramente autoritaria de la "democracia".
Si alguna regla puede establecerse con cierto grado de precisión, es aquella por la cual dice que De tales mayorías tales gobiernos, de la cual -sin dificultad- puede derivarse esta otra: De mayorías autoritarias gobiernos autoritarios. Lo que implica que, tanto esas mayorías como los gobiernos que de ellas resulten, entenderán cualquier régimen político conforme a esta "filosofía", e interpretarán del mismo modo lo que llamen "democracia". Ese autoritarismo se dirige invariablemente contra las minorías no autoritarias o anti-autoritarias. El límite que las mayorías autoritarias imponen a sus gobiernos es que el autoritarismo de estos últimos no exceda jamás el de esas mayorías y que se dirija invariablemente contra las minorías. Cuando los gobiernos no comprenden o violan estas reglas implícitas, es entonces cuando comienza la resistencia de la mayoría contra esos gobiernos traidores. Claro que sería excesivo denominar a este último fenómeno como "resistencia a la opresión". Más bien correspondería llamarlo, por ejemplo, "conflicto de opresiones" o "puja de poderes". La auténtica resistencia a la opresión describe preferentemente un escenario disímil, en el cual mayorías liberales se enfrentan con gobiernos que tornan en autoritarios.
Donde las mayorías son autoritarias los gobiernos (de cuyo seno emergen) tenderán lógicamente a ser del mismo signo. Sin embargo, podría ocurrir que un gobierno surgido de una mayoría autoritaria resultara ser un gobierno dócil. En este supuesto, un gobierno así tendrá sus días contados, por no representar estrictamente a dicha mayoría. En el corto plazo tenderá a caer y será reemplazado por otro gobierno más acorde a la mentalidad autoritaria de esa mayoría que lo elija. No obstante, este mismo proceso se verá repetido en el caso de que esa misma mayoría hubiera elegido un gobierno tan autoritario como ella, pero que en el corto, mediano o largo plazo, quisiera sobrepasar en autoritarismo a aquella mayoría que lo ha votado. En este último supuesto, mayorías y minorías se unirán -por diferentes razones- contra un gobierno de tales características. Los motivos de la mayoría serán los de no tolerar a ninguna minoría que pretenda ser más autoritaria que esa mayoría, en tanto que las justificaciones de las minorías para oponerse a ese gobierno serán diferentes a saber: las de la lucha contra el autoritarismo de cualquier signo que fuere y en donde se encontrare.
El antagonismo nace pues de la puja entre dos sectores de la sociedad: la sociedad civil, dividida entre mayorías autoritarias y minorías anti-autoritarias por una parte, contra la sociedad política representada por el gobierno que pretende un grado mayor de autoritarismo que el que la mayoría le hubiera delegado (y tolerado) y que la minoría (objetivo y objeto a la vez de dicho autoritarismo) jamás -por obvias razones- le hubiera otorgado. El conflicto se detona cuando -para peor de males- ese gobierno pretende ejercer su autoritarismo no solamente contra la minoría no-autoritaria o anti-autoritaria (destinataria originaria del mismo) sino contra la misma mayoría decididamente autoritaria que le otorgara el poder.
En el caso argentino, el gobierno del FPV (siglas del Frente Para la Victoria de los Kirchner) ha ido más allá del límite que le hubiera delegado una mayoría para el ejercicio de ese autoritarismo, con el agravante que no se trata de un gobierno elegido ni apoyado electoralmente por ninguna mayoría (pese a la retórica contraria del propio gobierno y de algunos medios afines), sino por una minoría a la cual se ha puesto a su servicio. Ese exceso, no fue evidente –propaganda política intensiva y "relato" mediante- desde el comienzo de su gestión, lo que no significa que el exceso fuera inexistente, sino que estaba camuflado. Esto explica -entre otras cosas- lo tardío de la reacción de esa mayoría en su protesta.
La pugna se resuelve indefectiblemente de dos modos posibles, alternativos y excluyentes: o el gobierno cede en su autoritarismo por encima del de la mayoría, o no cede y cae derribado por dicha mayoría.  No existe otra.
Por supuesto, consideramos que este análisis es exclusivamente aplicable a las sociedades autoritarias o con tendencia a serlo como, en lo personal, no nos cabe duda alguna ocurre con la mayoría de las naciones hispanoparlantes y, casi con certeza absoluta, respecto de la argentina. En culturas con mayorías liberales, este tipo de conflictos no se presenta o lo hace raramente.

Más indicadores de fraude electoral


Por Gabriel Boragina ©

Es probable que en un núcleo de personas reducido, como ser una familia, los gustos de sus miembros y las opiniones acerca de ellos, sean bastante similares. También lo es, aunque en un grado menor, que esas coincidencias (u otras no familiares) ocurran entre grupos de amigos. Mas difícil lo será entre compañeros de trabajo u oficina, donde la gente trabaja "junta" no por un aglutinamiento espontáneo, sino impuesto por las circunstancias (en este caso, laborales). Mucho más raro será encontrar "coincidencias" de pareceres entre personas que ocupan un mismo edificio (baste asistir a una reunión de copropietarios de un consorcio para entender lo que decimos) menos aun en una misma manzana de una calle, y ni que hablar si nos extendemos al barrio y mas allá todavía, al municipio, la ciudad y mucho menos siquiera el país.
Aun cuando esos "acuerdos" expresos o tácitos, pudieran ser detectados en determinados y rarísimos casos, la experiencia indica que suelen ser más bien efímeros. Puede haber "concordancias" en ciertos puntos, pero no en otros. Como abogados podemos dar fe de ello, por la cantidad enorme de pleitos en los que hemos intervenido y aun lo hacemos, conflictos desatados -por lo general- en cuestiones nimias. Ante esta realidad humana ¿es racional sostener -con algún mínimo de seriedad- que millones de personas están permanentemente acordes en votar para un cargo político siempre a la misma persona? Nadie niega que pueda resultar altamente probable que, en un igual lugar y hasta en un idéntico día, tal vez, esos millones puedan "coincidir" en la elección del candidato X. Lo que resulta a todas luces absurdo, desde cualquier ángulo de visión que se lo observe, es pretender obstinadamente que esa "concordancia" de "elección" se mantiene estática y omnipresente durante mas allá de unas pocas horas, y el ridículo será tanto mayor, cuando más se quiera "convencer" a alguien de que esa "inmutabilidad" de voluntad de elección se prolonga más allá de días, semanas, meses y años. El grotesco de los que dicen eso, crecerá en la misma proporción en que lo hará el transcurso del tiempo en que insistan en el "argumento" (que de tal, como advertimos, tiene muy poco o nada).
Los "acuerdos" (casuales o provocados) de las personas, tienen todos en común su brevedad en el tiempo. Su duración, a su turno, (y siempre dentro de esa brevedad normativa) estará en función del número de personas que "acuerdan" entre si y del grado de afinidad que exista entre las mismas. Por ejemplo, es probable que los miembros del partido "A" voten al candidato "B", pero es mucho menos probable que voten a "B" los simpatizantes del partido "C".  Cuando ese número de gente crece y se diversifica, al tiempo que la afinidad entre las personas se difuma, la posibilidad de "unidad de acuerdos" (expresos o tácitos) se desvanece, y las posibles "coincidencias casuales" se tornan en cuasi utópicas. Ergo, si lo que se pretende "demostrar" es que un/a determinado/a candidato/a "disfruta" del permanente "consenso" de una "mayoría", la posibilidad de que tal "aserto" fuera "correcto" es inversamente proporcional al número de personas que se presume forman parte de esa supuesta "mayoría". O dicho de otra forma, que el alegado "consenso" sea -en realidad- por completo falso.
El crecimiento del número de individuos, la fluctuación de sus intereses y la sucesión de sus problemas personales en el corto, mediano y largo plazo, hace que sus opiniones sobre un mismo asunto y/o persona (o personaje), sufran una dispersión constante que les impida mantener decisiones unificadas o centralizadas en esas cosas o personas. Ello, sin contar con la dificultad de la posibilidad de medición -en grado suficientemente representativo- del verdadero sentir y opinar de cada uno de los integrantes del grupo analizado. Sin embargo, la tendencia general a mejorar de estado, y su acción consecuente, no requiere verificación empírica.  
La llamada "teoría" del mal menor. Podría objetarse que la tesis expuesta se invalida ante lo que, a veces, se suele denominar "la teoría del mal menor", según la cual, no es que gane el "mejor" candidato, sino el menos malo de "todos" ellos. Pero este "argumento" frecuente, no refuta lo que sostenemos. Porque puede contra-argüirse que no conocemos realmente a "todos" los candidatos posibles, y que siempre existe la posibilidad de la búsqueda y descubrimiento de otros candidatos a conocer "menos malos" que los "menos malos" conocidos, con lo que los primeros pasarán a ser los "mejores" del conjunto de candidatos disponibles. Es que en materia de ciencia política, a diferencia de lo que ocurre en las ciencias morales, "bueno" y "malo" son conceptos altamente relativos. En suma, la oferta política de candidatos siempre puede ser ampliada, de allí la importancia de mercados electorales libres. Si el mercado electoral es restringido, la oferta de candidatos será poca, y la calidad de la misma será pobre, lo que hará crecer el índice de abstenciones, ausentismo, votos en blanco, nulos, etc. lo que será señal de una demanda popular insatisfecha.
Es posible que un grupo de personas decidan dejar "las cosas como están" con el gobernante que "ya este", o sea "no innovar", pero no cabe ninguna duda que esta es una tendencia extraña en la naturaleza humana. La historia del mundo es la historia del progreso y del cambio, de la mejora y su perenne búsqueda. No es admisible que se sostenga que, en el campo de la acción política esta regla no se cumple, o que se verifique "escasamente". Es factible que una mayoría apoye la democracia en el largo plazo; menos posible es que esa mayoría apuntale -en el igual periodo considerado- al propio partido en el poder; y mucho menos realista es creer que esa idéntica mayoría podría otorgar el equivalente sostén exclusivamente a una sola persona de ese partido indefinidamente. Mas descabellado es porfiar que toda esa cadena de presuntos "soportes" sería inmodificable en el tiempo como esgrimen los reeleccionistas. Justamente en materia política los conservadores son minoría.

El Derecho (7° parte)

Por Gabriel Boragina © “F. La coerción jurídica en la práctica. Saliendo ahora del aspecto puramente filosófico y emplazando el tema...