Colectivismo, individualismo y egoísmo


Por Gabriel Boragina ©

La principal dificultad que se presenta en el debate de este tema, -dejando momentáneamente de lado las diferencias filosóficas- es la falta de precisión de límites y contornos precisos que distingan el pensar, actuar y sentir colectivista del individualista. Cada autor tiene, por supuesto, sus propias posiciones y puntos de vista, y resultará sumamente difícil hacer un análisis de todos ellos, pero tampoco es nuestra pretensión efectuarlo aquí y ahora. Por lo que nos limitaremos a ofrecerle al lector solamente unos pocos criterios, que son los que utilizamos nosotros para trazar esas diversidades, que dicho sea de paso, para nosotros son claras.
El colectivista razona siempre de este modo:

1.   "Me debo a la sociedad" o
2.   "La sociedad me debe"

En cambio, el individualista lo hace así:
3.   "Me debo al individuo" o
4.   "El individuo me debe"

Como dijo K. R. Popper[1], un colectivista puede ser un perfecto egoísta (caso de la fórmula nº 2) contrariamente a lo que comúnmente se piensa. El egoísmo del colectivismo se diferencia del posible egoísmo del individualismo, en que el colectivista egoísta le reclama a todos que le sirvan, le provean o lo atiendan, en cambio el individualista egoísta sólo le reclama a otro ; lo que hace del egoísmo colectivista algo muchísimo más dañoso que el eventual egoísmo individualista.
Desde el punto de vista del "altruismo" se puede decir lo mismo (vendrían a ser las situaciones 1 y 3 de arriba). En el caso nº 1 el colectivista declara su voluntad de sacrificarse o permitir ser sacrificado por cualquiera de los miembros del colectivo, o por todos juntos al mismo tiempo y sin distinción de buenos o malos. El individualista altruista, en cambio, sólo se sacrificará por otro individuo, jamás por un grupo como grupo en sí mismo. Es importante aclarar esto último: un individualista altruista (o altruista individualista, que es lo mismo) puede sacrificarse a sí mismo por otra persona o por más de una persona, pero nunca lo hará al mismo tiempo, ni por los mismos motivos, ni mucho menos porque estas personas pertenezcan a un colectivo al que adhiere. Y aquí viene lo aparentemente paradójico del individualista altruista: se sacrificará por otro (u otra) por motivos puramente egoístas (ahora si, en un sentido claramente misiano), de donde concluimos que el altruismo es -en el fondo- un comportamiento tan egoísta como cualquier otro, como parece ser el pensamiento expuesto por Ludwig von Mises respecto de este tema. El presente enfoque se aparta en algo (o en mucho) -creemos- de la tajante división que hace Ayn Rand entre altruismo y egoísmo. También nos abstenemos de tratar como "virtuoso" a uno o al otro aisladamente, ya que esta calificación entra de lleno en el campo de los juicios de valor.
Demás está decir que el político -en función de gobierno- quizás el colectivista por antonomasia, declama hasta el cansancio la frase nº 1 en todos sus discursos, pero su meta es concretar -en los hechos- la fórmula nº 2, que se termina transformando en un objetivo, por el cual a la frase "la sociedad me debe" le corresponde complementarse con "la sociedad me debe... (respeto, poder, dinero, obediencia, lealtad, fidelidad, amor, temor, culto, pleitesía, reverencia, etc..) "
Como ya tuvimos ocasión de expresar en muchas otras oportunidades, el colectivista -en su versión totalitaria- reemplaza el singular por el plural, de tal suerte que transforma rápidamente las fórmulas 1 y 2 en las que -para seguir el orden de numeración- denominaremos las 5 y 6, las que convierte del siguiente modo:

5.   "Nos debemos a la sociedad" o
6.   "La sociedad nos debe"

Esta forma claramente hipócrita de expresarse, es nítidamente totalitaria, porque quien la pronuncia, asume implícitamente -por si, ante sí y también ante los demás- que todos, absolutamente todos, deben pensar, desear y conducirse de la manera en que se enuncia. Y es manifiestamente hipócrita, porque esconde habilidosamente que el autor de la frase se encuentra expresando su propia aspiración o sentir, generalizando indebidamente hacia los demás (el colectivo) su particular profesar, desear o querer. Lo que se está haciendo -en definitiva- con las fórmulas 5 y 6 es impartir una orden semi-encubierta a todos los demás, la que se "suaviza" a los sensibles oídos del auditorio con la aparente "inclusión" del ordenante dentro de la fórmula general ("nos"). En los casos 5 y 6, pareciera que el "colectivo" se dirige al "colectivo" y no como en los supuestos anteriores (1 y 2) en el que el sujeto colectivista se dirige al colectivo (activa o pasivamente). No hay ni puede haber una equivalencia semejante en el individualismo. En las fórmulas 5 y 6, el colectivista asume él mismo el rol del colectivo y se "fusiona" con él. Por supuesto que, en el mundo fáctico y real, no hay "fusión" de ninguna naturaleza, pero en la impresión de los destinatarios del mensaje queda impregnada esa misma sensación, con lo cual el colectivista totalitario consigue su objetivo (dominar a una masa dócil). Pero además, resulta implícita en las locuciones 5 y 6 la exclusión completa del individuo, y hasta podría decirse que en ambas se está haciendo una declaración –también sobrentendida- de su enemistad, tanto desde el individuo hacia el colectivo como respecto de los objetivos del mismo. Esta "enemistad" desde luego que no existe en esa dirección sino en la inversa, y es solamente una proyección colectivista que sirve a los fines del colectivismo, que no son otros, como tantas veces hemos dicho, que los del líder del colectivo en cuestión (ya sea este un colectivo político, sindical, empresarial, etc.).
Piénsese asimismo que, en la mentalidad colectivista, muchísimas veces se asume sin más que el representante "natural" de la sociedad no es otro que el gobierno mismo, por lo que -por ejemplo- el enunciado "Nos debemos a la sociedad" en rigor debe traducirse como "Nos debemos al gobierno", expresión esta última que mantiene todo su significado incluso cuando el que la pronuncia es el propio gobernante. De todos modos, ha de quedar claro que las diferencias ente 1, 2, 5 y 6 son más sutiles que de fondo.


[1] K. R. Popper, La sociedad abierta y sus enemigos, Ed. Planeta Agostini. España.

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