Aproximación al paternalismo

Por Gabriel Boragina ©

paternalismo.
1. m. Tendencia a aplicar las formas de autoridad y protección propias del padre en la familia tradicional a relaciones sociales de otro tipo; políticas, laborales, etc. U. m. en sent. peyor.[1]

El individuo o las sociedades afectadas de paternalismo, suelen ser rígidas y poco flexibles, intolerantes, soberbias y, como señala la definición de la Real Academia Española, autoritarias.  El sujeto paternalista es potencialmente peligroso, y dicho peligro crece exponencialmente en la medida que tal sujeto accede mas y mas a nuevas posiciones de poder.
El daño que un paternalista puede hacer será pues, tanto menor cuanto menor sea su radio de influencia sobre otros, y a la inversa, crecerá en cuanto ese radio social se amplíe, y en esa misma medida.
El paternalista es un afectado por dos síndromes que a su vez, sirven para reconocerlo como tal. Denomino a estos síndromes como el de la regularitis y la legalitis. El paternalista estima y siente que toda actividad social -o la mayor parte de la misma- debe estar regulada y legislada, y su hablar y actuar (en el caso de que tenga alguna posición de poder) se manifiesta en este último sentido. Siente un impulsivo deseo a reglamentar a los demás, siempre conforme a sus gustos personales y pareceres. Es ciertamente un dictador en potencia, y de llegar al poder se convertirá -a no dudarlo- en un dictador en acto.
No necesariamente estará animado por malas intenciones. El paternalista no es en sí mismo un ser perverso. Como muchos padres, quizás alentados por la mejor de las intenciones "querrá lo mejor" para sus hijos. De la misma manera que ocurre a muchos padres, a pesar de que creen conocer "muy bien" a sus hijos, olvidan a menudo que tales hijos son -después de todo y en última instancia- personas diferentes e independientes en su humanidad de sus padres (algo difícil de reconocer incluso a muchos buenos e inteligentes padres). Olvidar que un hijo es, en suma, otra persona y no la misma persona que sus padres, ha traído y sigue trayendo no pocos conflictos familiares, y en lo psicológico, una buena cantidad de traumas de la niñez, que se suelen arrastrar por toda una vida. Esta situación se agudiza muchísimo más cuando el paternalista pretende proyectar su paternalismo fuera del radio específico de su propia familia y pretende asimismo ejercer su paternalismo sobre parientes, amigos, conocidos y -si le resultara posible- sobre la sociedad completa, en la cual se encuentra el inserto. Es el síndrome de la regularitis y legalitis llevado al extremo.
Pero si un padre bueno puede hacer daño cuando cree hacer bien ¿qué podremos esperar de un padre malo? Alguien dijo alguna vez sensatamente que, la mayoría de los padres no están preparados para ejercer su paternidad. Tener hijos es un hecho biológico relativamente simple, no requiere más que copular y ser fértil. Pero ejercer el rol de padre ya es otra cuestión, para la cual, alguien mas dijo que no existe una carrera universitaria ni de ningún nivel medio o inferior que nos eduque para ser padres. Aun así y todo, hay sujetos que pretenden ejercer su paternalismo sobre el resto de la sociedad, y los hay en todas las sociedades. 
En todos lados encontramos estos sujetos paternalistas: en nuestro trabajo, en la universidad, en el club, en el barrio, en nuestro vecindario, en nuestro edificio, en nuestro circulo social, en nuestra ciudad, nuestra provincia, y más frecuentemente, en nuestra nación, es decir, en nuestros gobernantes. En este sentido, un gobierno no es más que una legión de paternalistas (o si son mujeres, maternalistas) juntos y en plena acción.
Como dijimos, el paternalista no se caracteriza precisamente por su maldad, por lo que el daño social que generalmente provoca procede de su propia ignorancia (que suele estar combinada con una buena dosis de arrogancia, pedantería y soberbia). El desconoce completamente aquel dicho célebre por el cual "El camino al infierno está plagado de las mejores intenciones". El paternalista de buena fe cree que puede pensar, sentir, preferir y decidir lo que es "más conveniente" por y para los demás. Cree que sus gustos, inclinaciones y convicciones son (y deben ser) las mismas que deben adoptar sus semejantes, y, llegado el caso, si no es él mismo el que deba regularlas y legislarlas, deben ser otras personas que crean lo mismo que él (es decir, otros paternalistas), pero que se encuentren instaladas o a instalarse en el poder.  Por lo general, el paternalista no sabe que lo es, y cuando se le señala que lo es, naturalmente lo niega de plano. Se trata de una reacción normal en ellos.
Mientras –como señalamos- el paternalista tiene acotado su ámbito de poder, su daño se limita simplemente a las personas que le prestan oídos a sus "infalibles –y siempre listas- recetas" para regular todo lo regulable, es decir, absolutamente todo. Como dijimos antes, la cuestión ya cambia cuando esos sujetos acceden a posiciones de poder, y lo hacen a menudo, ya que no cabe la menor duda que detrás de todo político hay un paternalista "hecho y derecho". He aquí cuando su peligro se materializa en toda su dimensión, ya que estos sujetos consideran a sus semejantes como una suerte de infradotados y estúpidos que necesitan siempre de alguien quien los guie, corrija y los discipline en todo o casi todo. ¿y quién mejor para ello que nuestro "amigo" paternalista? Es decir, en realidad, no los consideran como semejantes, o sea como individuos, sino como algo inferior: como si fuéramos infra-individuos.
El paternalista choca a menudo (o casi siempre) con el individualista, ya que este último naturalmente no está propenso a acatar los dictados que el paternalista pretende imponerle, aun cuando el paternalista lo haga en sentido y con modales fraternales, como un "amigo" que aconseja "inocentemente" o que simplemente "sugiere". Detrás de cada aparente "sugerencia" o "consejo" del paternalista en realidad se esconde una mal disimulada orden de carácter claramente imperativo, que por mucho que lo disimule con sus amables y educadas palabras, un interlocutor suficientemente alerta y que no sufra del síndrome complementario del infantilismo  puede claramente advertir.
No es extraño que los sujetos paternalistas se sientan ideológicamente inclinados por las doctrinas colectivistas (como, por ejemplo, las socialistas o socialdemócratas) o admiren países como Suecia (el paradigma del paternalismo estatal) ya que dichas ideologías cuentan con una elevada dosis de paternalismo o bien puede considerarse que son la resultante de un conjunto de actitudes paternalistas acumuladas.



[1]DICCIONARIO DE LA LENGUA ESPAÑOLA - Vigésima segunda edición -Real Academia Española © Todos los derechos reservados

Individualismo versus paternalismo

Por Gabriel Boragina ©

1. Definiciones

Entre nosotros es ya casi un lugar común atribuir nuestros males políticos, económicos y sociales al individualismo. Esto es un grave error, porque nuestra sociedad no es en modo alguno individualista, sino paternalista. Esto es muy notorio, sobre todo en Latinoamérica.
¿Por qué nuestra sociedad es paternalista y no individualista? ¿Qué diferencias hay entre el individualismo y el paternalismo? Muchas. En este texto sólo señalaremos unas pocas y las más acusadas.
Comencemos por definir los términos. Veamos en primer lugar la definición de individualismo que nos da la Enciclopedia Encarta:
Individualismo, en filosofía política y económica, doctrina promulgada por teóricos como el filósofo inglés Thomas Hobbes y el economista escocés Adam Smith, según la cual la sociedad es un artilugio artificial que sólo existe para promover el bienestar de sus miembros como individuos y que sólo se puede juzgar adecuadamente basándose en criterios establecidos por los propios individuos. Un individualista no defiende forzosamente la doctrina del egoísmo, que considera que el interés personal es la única motivación humana lógica. Por el contrario, el individualista puede tener un pensamiento político y económico cuyas motivaciones se basen en el altruismo y defender que el objetivo de la organización social, política y económica es aumentar el bienestar al máximo para el mayor número de personas. Lo que caracteriza al pensador individualista es, sin embargo, su concepto del "máximo número" como un conjunto de unidades independientes y su oposición a la interferencia de la acción del Estado en la felicidad o la libertad de dichas unidades.(1)
Veamos ahora la definición de paternalismo según la misma enciclopedia:

paternalismo
 m. Carácter paternal.
2 Actitud protectora de un superior respecto a sus subordinados. Tómase a mala parte cuando éstos interpretan esa actitud como un pretexto para eludir determinadas obligaciones sociales o políticas que los subordinados estiman como un derecho propio. (2)

 Como vemos, el individualismo nada tiene que ver con el paternalismo y además podemos comprobar que nuestras sociedades -particularmente en Latinoamérica- son paternalistas y no individualistas como repetida y equivocadamente se dice.
Como se desprende de las definiciones de la enciclopedia transcriptas, el individualista se ve a sí mismo y ve a su prójimo como individuo y no en términos de superiores o subordinados. En el individualismo no hay relaciones de mando y obediencia, pero este tipo de relaciones es esencial al paternalismo. De allí que el paternalismo conduzca y se entremezcle con el dirigismo, que es lo que padece Latinoamérica desde hace décadas.
En tanto en el individualismo un individuo coopera con el siguiente, en el paternalismo las personas tratan de someterse entre sí, en una suerte de puja por ver quien puede ejercer el rol de superior en tanto se procura dominar al vecino en el papel de subordinado. Estos roles no son constantes y pueden variar y -de hecho- varían de persona a persona y aun en una misma persona. "A" puede ser superior de "B", en tanto "B" puede ser superior de "C" y este, a su vez, de "D" y así sucesivamente. El paternalismo se estructura en forma piramidal y jerárquica, donde los mismos individuos pueden representar simultáneamente y respecto de personas diferentes, los roles de jefes y subordinados. En cambio, nada de esto sucede en el individualismo.
El individualismo es inherente al liberalismo. Al respecto es muy ilustrativa la distinción que hace Blank y que transcribimos:
"Uno de los principios básicos del liberalismo es que el estado no debe hacer por el individuo lo que éste puede hacer por sí mismo. A esto se opone el paternalismo de estado, que considera que el estado está obligado a hacerle todo al individuo, lo que también implica una visión infantilista de los individuos, como si estos fuesen niños que no son capaces de hacer nada por sí mismos. (Carlos Blank en "Popper, centinela de la libertad")"
Precisamente esta visión dual "paternal-infantil" es lo que caracteriza las relaciones sociales en Latinoamérica. Los latinoamericanos se ven a sí mismos y ven a sus semejantes como "padres" o como "niños" y se comportan respecto de sus prójimos de acuerdo al rol que asumen.
Del paternalismo se derivan el caudillismo y el dirigismo, males típicos de Latinoamérica, tal como su historia y su presente cabalmente demuestran. En el paternalismo, el "padre" representa la autoridad que no sólo protege sino que corrige y castiga, reprende y aprueba. Véanse los gobiernos latinoamericanos y se comprobará este esquema. Pero bajando de los gobiernos al llano, estas mismas conductas se observarán en las relaciones ínter sociales e inter comerciales entre latinoamericanos. Los gobiernos no son más que reflejos de sus pueblos.
Si el estado paternalista tiene una visión infantilista del individuo, es porque, precisamente, las personas adoptan y asumen esa actitud infantilista. Esto puede apreciarse en muchos países, como Argentina, por ejemplo, donde los votantes se quejan de los políticos elegidos, pero cada dos o cuatro años siempre eligen a los mismos burócratas de los que se quejaron antes y que década tras década se han comportado paternalísticamente, en un paternalismo abusivo y claramente despótico, mas parecido al del "pater familiae" de la antigua Roma, que gozaba de potestad de vida y muerte sobre su prole.
La actitud del votante argentino de resignación y enojo hacia sus gobernantes, es claramente infantil. Es la misma actitud que asume el niño cuando su padre le niega la golosina anhelada o el paseo prometido. El niño protesta, patalea, refunfuña, pero el padre hace su voluntad a pesar de los lloriqueos.
En las sociedades latinoamericanas, los "padres" son los burócratas y los "niños" son quienes se subordinan a ellos luego de haberlos votado.

2. Indiferencia social

Otro error frecuente es afirmar que nota típica del individualismo es la indiferencia social. El error parte de volver a confundir individualismo con egoísmo. Pero ya la enciclopedia nos ha aclarado que el individualismo es altruista y no egoísta.
Según el diccionario:

indiferencia
 f. Estado del ánimo en que no se siente inclinación ni repugnancia a una cosa.
SIN. Frialdad. (3)

En realidad, ni en el individualismo ni en el paternalismo existe tal indiferencia social. Pero en tanto el individualismo es altruista el paternalismo no lo es. Veamos otra vez el diccionario:

altruismo
(fr. altruisme ← lat. alteru, otro)
m. Esmero y complacencia en el bien ajeno, aun a costa del propio.
2 fil. Individualismo ético, opuesto al egoísmo, que afirma como objeto de la acción moral otras personas que no son el sujeto de dicha acción.
CONTR. Egoísmo. (4)

El paternalismo no es altruista. ¿Por qué no? Un paternalista nunca aceptaría sacrificar su propio bien a favor del bien de otro. En el mejor de los casos reclamaría para sí el mismo bien ajeno, pero nunca aceptaría aquello de "aun a costa del propio". Lo mismo cabe decir de la segunda acepción del diccionario de la definición de altruismo. El paternalista jamás aceptaría NO ser sujeto de dicha acción. Pero como se ve, ni el individualismo ni el paternalismo son indiferentes sociales.
Observemos, por ejemplo, el tema de la pobreza, tema recurrente en estas cuestiones políticas y económicas. ¿Cómo resuelve un paternalista el problema de la pobreza y como lo hace un individualista?
El paternalista ve a sus semejantes como inferiores o superiores, tal como un hijo de familia ve a sus hermanos, a los que distingue por mayores y menores. Si soy de mentalidad paternalista y mi hermano menor carece de un juguete que yo si tengo, como paternalista no le presto mi juguete a mi hermano menor, sino que voy y le digo a mi padre que le quite su juguete a mi hermano mayor y se lo entregue a mi hermano menor. Es decir, no me sacrifico ni busco hacerlo, sino que pido el sacrificio de otro u otros. En el lenguaje socio-político económico, esta acción se conoce como "justicia social"
El individualista lo resuelve de otro modo. Como ve a sus semejantes como individuos tal y como él se ve a sí mismo, si su prójimo carece de algo que él si posee, no acude a ninguna autoridad para que le quite a otros lo que poseen y lo entregue al desposeído, sino que procura dárselo de su propio peculio o bien enseñarle a conseguirlo por si mismo. No acude el individualista a ninguna autoridad. Resuelve el problema por sí mismo como individuo.

1 "Individualismo", Enciclopedia Microsoft(r) Encarta(r) 99. (c) 1993-1998 Microsoft Corporation. Reservados todos los derechos.
2"paternalismo", Enciclopedia Microsoft(r) Encarta(r) 99. VOX - Diccionario General de la Lengua Española, (c) 1997 Biblograf, S.A., Barcelona. Reservados todos los derechos.
3"indiferencia", Enciclopedia Microsoft(r) Encarta(r) 99. VOX - Diccionario General de la Lengua Española, (c) 1997 Biblograf, S.A., Barcelona. Reservados todos los derechos.
4"altruismo", Enciclopedia Microsoft(r) Encarta(r) 99. VOX - Diccionario General de la Lengua Española, (c) 1997 Biblograf, S.A., Barcelona. Reservados todos los derechos.

Paternalismo e infantilismo

Por Gabriel Boragina ©

La relación entre la política y la psicología se me hace cada vez más y más evidente. Lógicamente que hay un parentesco y una relación entre todas las ramas de las ciencias y mucho mas fuerte aun en el ámbito de las ciencias sociales. En una oportunidad anterior me detuve a analizar las diferencias existentes entre el paternalismo y el individualismo y expuse lo que a mi juicio eran las razones por las cuales nuestra sociedad, especialmente la latina, tiene poco (o nada) de individualista y mucho (o todo) de paternalista. En los tiempos sociales que corren, este aspecto me parece cada vez más acentuado.
Ibero América, en particular, es una sociedad claramente paternalista, si bien el paternalismo es también observable en algunas naciones europeas, con más fuerza en las de origen latino y en menor grado en las de estirpe anglo-sajón.
Paternalismo e infantilismo son claras ideologías autoritarias, son dos caras de la misma moneda, una sin la otra son impensables. Estos síndromes, son adquiridos por la educación, tanto familiar como escolar, y reforzados por el entorno del individuo y los medios masivos de comunicaciones cuya misión es igualar y masificar, haciéndonos perder la individualidad, y negando realidades tales como el egoísmo, el amor propio, el interés propio y cualidades inherentes a la persona humana tales como esos.
La persona o grupo paternalista supone y ve a los demás como niños incapaces de dirigir sus propias vidas y necesitados de un director, amo y rector. En este tipo de sociedades, se educa a la gente de modo tal, que se agrupen por sí o por otros, en alguno de los dos grupos, el de los futuros "padres" o el de los futuros "hijos". Ya en su tiempo, el filósofo griego Platón, enseñaba que la sociedad había de dividirse en castas o razas: los guardianes están por naturaleza -según Platón- destinados a gobernar y los esclavos -por las mismas razones- debían estar destinados a obedecer, y la educación de unos y otros conforme a Platón, debía orientarse en esa dirección, sin permitir ni tolerar jamás que algún miembro de una clase se infiltrara en la siguiente. El profundo estudioso de la obra de Platón, el filósofo austriaco Karl Raimund Popper, nos describe con fidelidad y maestral prosa, la filosofía platónica desde las páginas de su magnífico libro "La sociedad abierta y sus enemigos".

Algunos ejemplos

Casos típicos de sociedades paternalistas son las teocráticas, pero también existen muchísimos ejemplos en las laicas y ateas, sin bien sostengo que en estas últimas, en realidad, se reemplaza un teísmo por otro, es decir, se pone en lugar del teísmo divino un teísmo terrenal; a la manera de Hegel y de Comte cuando afirmaban que el estado era la manifestación terrenal de Dios.
Los sistemas comunistas y socialistas son claramente paternalistas, en ellos el "dios estado" es a la vez el representante divino en la tierra de la sociedad, a este tótem los "ciudadanos niños" (aunque sean adultos) deben rendir el culto y respeto que la imagen paterna exige. Se trata de un símil artificial de una estructura familiar o para-familiar donde el "padre estado" reparte por igual, bienes y servicios a todos sus "hijos súbditos" (lo de por igual es el rasgo colectivista). Comunistas y socialistas hablan también de la "sociedad" o "sociedad comunista" (refiriéndose y englobando con ambas expresiones a esta última); la "sociedad comunista" sería -en la teoría comunista- la que representaría dicho rol paternal. De modo que, como se observa con claridad, las sociedades comunistas y socialistas también son paternalistas, quizás su expresión más nítida.
Otra variante del paternalismo es el nacionalismo, corriente esta ultima que se lleva muy bien (demasiado diríamos) con el militarismo. Es raro encontrar sociedades nacionalistas que no sean a la vez militaristas o fascistas, y es muy frecuente encontrar sociedades nacionalistas- militaristas-fascistas como tres rasgos o características que se refuerzan entre sí y se retro-alimentan. Lejano y ajeno a todas estas expresiones está el capitalismo liberal, que basado en la filosofía individualista, rechaza de plano todos estos colectivismos.
En los colectivismos en análisis, destacan por sobre todas las cosas, la importancia de las relaciones de mando y obediencia entre sus miembros. El paternalismo implica la subordinación incondicional de los súbditos al amo (padre estado, sociedad, colectividad, clase social, etc.) reforzado todo -como hemos señalado- por una educación que, desde los escritos de Platón, enseña que hay personas que nacen para mandar y otras para obedecer, Platón fue quizás uno de los primeros exponentes de esta tesis paternalista, al ser, como señala Popper [1] un gran defensor del colectivismo.
Otra forma típica de paternalismo es el caudillismo, donde se apela a la figura del líder carismático o del "salvador de la patria"; este síndrome ha afectado -en el curso de la historia- a varias naciones de Europa y de sud América, si bien, actualmente, parece menos acusado en Europa, rebrota nuevamente con toda intensidad en Ibero América, la figura del líder carismático o caudillo, es un semblante casi recurrente en la historia de los países latinoamericanos hasta el presente; claro está con diferentes grados e intensidades.

Dos estados.

El estado paternalista es en realidad doble, o mejor dicho, se subdivide en dos estados, sub-estados o dos estratos: el estado paternalista y el estado infantilista, donde los primeros mandan y los segundos obedecen. Para que haya paternalismo ha de haber sobre quien ejercerlo y de la misma manera que los tiranos se creen destinados a mandar, los tiranizados se creen destinados a obedecer. Por eso, la educación es clave, como ya lo había advertido Platón en su tiempo, no hay forma de dominar a nadie, si antes no se convence a los dominados por la vía de educación, que están destinados naturalmente a ser esclavos. Esta conciencia estuvo sumamente arraigada en la mentalidad y cultura de numerosos pueblos durante siglos, y aun hoy en día, esta mentalidad, este convencimiento, no ha sido desterrado -lamentablemente- por completo de la psiquis humana y de su cultura.
Cuando alguien afirma o admite que los pueblos deben ser gobernados, está aceptando o admitiendo la teoría paternalista. Tal afirmación puede hacerse, ya sea desde la óptica propia paternalista o infantilista. Si el hipotético sujeto afirma algo así como "nuestra nación o nuestro pueblo debe ser gobernado por fulano, el partido tal, la ideología cual, sigamos a fulano, lealtad a mengano, etc., etc. etc." el sujeto en cuestión, hace la afirmación desde una posición de infantilismo (afirma o acepta que él y otros como él o todos, deben ser gobernados por X (donde X puede ser una persona, un partido, una religión, un credo, una ideología, una clase social, etc.). la consigna es en suma "obedezcamos a..., sojuzguémonos a.... , inclinémonos ante ...., sigamos a....."
Si en cambio, dice algo así como "debemos controlar el movimiento migratorio, debemos imponer fuertes gravámenes a los ricos, debemos expropiar los capitales, debemos nacionalizar empresas, debemos tomar las fábricas, ocupemos las universidades, debemos dictar leyes que obliguen a tal cosa, u obliguen a tal otra, castiguen a...." etc., todas estas expresiones traducen una personalidad y actitud paternalista, es decir autoritaria, ya que se hacen desde una posición real o imaginaria, deseada o deseable de poder. La consigna aquí es "obliguemos a...., sometamos a...., sojuzguemos a....", etc.
Quedan así descriptas ambas actitudes psicológicas, en primer lugar la infantilista y en segundo lugar la paternalista.
La mayoría de las personas que conozco tienen actitudes duales, conforme sea el aspecto de su vida que se trate, pueden adoptar actitudes paternalistas o infantilistas, ya sea en el ámbito laboral, familiar, cultural, educativo o social en el cual se desempeñen. Por ejemplo, políticamente alguien puede ser un paternalista (en tanto desee unirse a los que dominan o desee dominar por sí mismo), pero quizás en lo familiar, esa misma persona sea un infantilista (como podría ser el caso de un hombre mantenido por su esposa u otros familiares, amigos, etc., no por necesidad, sino por convicción). Los infantilistas son aquellos de los que se dice comúnmente que "nunca maduran", revelan generalmente una personalidad caprichosa, conflictiva, bulliciosa, son aquellos que creen que tienen derecho a todo sin sacrificar de ellos absolutamente nada, rasgo muy acusado en los pueblos latinoamericanos como ya dijéramos. Los infantilistas esperan que se les dé sin dar ellos nada a cambio. Están siempre prestos a aceptar cualquier autoridad, con tal de que esta autoridad se avenga a satisfacer sus caprichos infantiles. Estos caprichos no son una imposición, sino que son una súplica, una imploración al amo paternalista, al caudillo, al jefe carismático, etc. Y esto es importante aclararlo, porque los paternalistas también son caprichosos pero desde otro ángulo, desde el ángulo del mandato, la imposición y la autoridad, creen que pueden imponer a otros sus caprichos a los que confunden con lo que "debe ser" por "el bien de otros". Son los apóstoles de la "justicia social" que sacrifican a los productivos para alimentar a los improductivos, los que fomentan el parasitismo social, el clientelismo político, la dependencia de la ayuda social, el ataque a la propiedad, al capital, a la riqueza, al éxito empresario, todas cuestiones, como se ve muy de moda en la Latinoamérica de hoy. Los caprichos del amo difieren de los caprichos del súbdito, en tanto los primeros son un mandato, los segundos son un clamor, una súplica, un ruego.

 [1] Karl R. Popper, La sociedad abierta y sus enemigos, Editorial Orbis.

Un país fácil de gobernar


Si bien en abstracto no es fácil gobernar, en concreto, y más específicamente, en relación a la Argentina, la experiencia histórica de, digamos, poco antes de la mitad del siglo pasado hasta el presente, demuestra que, al menos en el caso argentino, a los personajes que, por diversos motivos, accedieron al poder, ya hayan sido estos sujetos militares o civiles, no les ha costado demasiado gobernar el país. 
Por supuesto que esto no tendría nada de peculiar ni de extraño si hubieran concurrido mínimamente dos factores, a saber:

1.                        que todos ellos hubieran recibido el más amplio apoyo mayoritario de la población y
2.                        que hubieran gobernado bien o, al menos, medianamente bien.

Lamentablemente, ninguno de estos dos factores se dio durante el periodo analizado, no sólo porque ha habido varios golpes de estado en dicho lapso, sino porque -incluso- en aquellos casos en que los gobiernos llegaron por medio de elecciones, tampoco se han verificado, ninguno de los dos puntos señalados antes.
En cuanto al punto uno, es innegable que unos pocos presidentes fueron electos con importante caudal de votos (Perón, Alfonsín y Menem, durante el periodo en estudio) lo que no es igual a decir que hubieran recibido el más amplio apoyo mayoritario de la población ya que, en el mejor de los casos, y tras sus elecciones, sus apoyos se limitaron a sus partidarios y a medida de que sus errores y desaciertos crecían, perdían -además- quizás en idéntica medida, el apoyo de los mismos. Las tremendas crisis políticas y económicas desatadas por los dos primeros de los nombrados, no les impidieron, con todo, gobernar con facilidad (y el que se les haya permitido llevar el país a extremos caóticos es una buena demostración de lo que dejamos dicho en el punto). El caso de Menem se distancia de los dos anteriores y, aunque lejos de hacer un buen gobierno, tampoco encontró mayores obstáculos en su gestión. Lo mismo se puede decir para las tristes experiencias de: De la Rúa, Duhalde y el nefasto matrimonio Kirchner.
Cada uno de los nombrados llegó sin mayores méritos -ni personales, ni académicos, ni mucho menos intelectuales- a la cima del poder y obraron con la mayor de las libertades, siempre en relación (y en comparación) con la que hubieran gozado en otras latitudes foráneas. Su único límite residió en la propia potencialidad de cada uno de hacer daño, y en este sentido, el país se benefició con aquellos de los cuales su capacidad de inferir graves daños a la población era menor a la de sus pares. Las crisis que generaron y de las cuales, adicionalmente, fueron –a la larga- sus propias víctimas, hallaron sus orígenes en sus propias y notorias incapacidades, más que en los obstáculos que sus gobernados pudieran haberles opuesto.
Siempre sostuve que estos personajes no fueron más que productos de la sociedad de la cual emergieron. Hasta podría decirse que cada uno de ellos representa cada una de las distintas facetas que pueden encontrarse en el argentino medio, del llano o como a veces se dice "de a pie", cuyo notable punto de coincidencia puede fijarse en la obsesiva manía de descargar las propias culpas en la "responsabilidad" de los demás, los otros, "los diferentes a uno". Un síndrome típicamente argentino.
El análisis político no puede prescindir de la relación sociológica y psicológica existente entre gobernantes y gobernados. Y en el caso argentino esta relación es engañosamente incompatible entre sí. Prueba de ello es que en el periodo que analizamos no han existido conflictos violentos entre ambas categorías[1]. Los gobernados se han acoplado -más o menos bien- a los caprichos de sus diferentes gobernantes porque, en esencia, repitamos, ni psicológica ni sociológicamente, se diferencian en sustancia unos de otros. Ya hemos hablado antes, de las peculiares contradicciones que existen entre la mayoría de los argentinos, por ejemplo, el rechazo de estos hacia los políticos pero -a la vez- el beneplácito con que confían sus destinos a ese ente inmaterial y amorfo llamado "política partidaria". Y es una contradicción porque, si se confía en la política como panacea y "solución" a todos los males, no se puede prescindir de los políticos, sin embargo, los argentinos -en su mayoría- pretenden que la política "resuelva" todos sus problemas en forma completa, pero –paradójicamente- sin recurrir a los políticos. Hasta que la sociología (o la psicología quizás) argentina no supere estas antinomias, el pueblo no encontrará su rumbo ni estabilidad.
Todas estas características, y otras muchas que hemos estudiado en detalle en otra parte[2] hacen que el pueblo argentino sea visto por sus políticos como una masa de gente quejosa y, a veces, ruidosa[3] pero, al fin de cuentas –y para lo que les interesa a tales políticos- dócil y, en última instancia, resignada a su suerte, dispuesta a aceptar a cualquier idiota, energúmeno e impresentable (hombre o mujer) que acceda a las más altas magistraturas, tal y como ha venido sucediendo en la vida política argentina hasta nuestros días. La cultura del rebaño (como prefiero denominar a las características enumeradas antes) parece profundamente afianzada y afincada entre los argentinos, el menos en su mayoría, lo que no permite realizar -al momento- pronósticos optimistas con miras al futuro.




[1] Los hechos sucedidos en la década del 70 –tremendamente magnificados hoy día- no fueron un enfrentamiento entre gobernantes y gobernados. Sino que fueron un enfrentamiento entre grupos guerrilleros terroristas CONTRA gobernantes y gobernados.
[2] Véase mi libro Apuntes sobre filosofía política y económica en http://libros-gb.blogspot.com/
[3] Como en los hechos que determinaron la caída del presidente De la Rúa

El derecho de propiedad y su violación

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